En el libro del Eclesiástico
6,14-16, se nos dice que “un amigo fiel es protección poderosa, quien lo
encuentra, halla un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio, es de incalculable
valor. Un amigo fiel es medicina que salva, lo encontrarán los que temen al
Señor”.
Una amistad buena, sincera y duradera se
fundamenta en la misma palabra de Dios, en la fe en él, en su gracia. Fue el
mismo Señor Jesucristo que dijo “a ustedes ya no los llamo siervos, sino
amigos; porque el siervo no sabe lo que hace su señor” (Jn 15,14-15); y
también dijo “ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”.
Vemos aquí que el mismo Cristo, el Maestro, condicionó su amistad al cumplimiento
fiel de su palabra, de su enseñanza; y por eso también dijo que todo el que
enseñe a los demás a cumplir la más leve palabra del mensaje, será el más
grande en el Reino de los cielos.
Jesús quiso unirnos a su persona en su misión
evangelizadora concediéndonos su amistad sincera. Les prometió a sus discípulos
y, en ellos a nosotros, que nunca nos dejaría solos; como un fiel amigo estaría
siempre con nosotros, a nuestro lado dándonos la fuerza y el valor que
necesitaríamos para llevar a cabo la misión evangelizadora encomendada por él.
Su amor y su amistad son nuestros compañeros en el camino misionero y nos guía
en el camino de ser sus verdaderos y fieles testigos; nos hizo testigos de su
amor, su amistad, su alegría y su bienaventuranza.
Jesús llama amigos íntimos a quienes le
siguen en fidelidad; nos ha invitado a participar de sus alegrías, en el
banquete nupcial, que es imagen del banquete del Reino de los cielos. Jesús nos
enseñó que quienes creen y siguen sus enseñanzas en fidelidad, ocuparían un
lugar de predilección en su corazón. Con su gesto de amistad nos enseña a
acoger a todos sin distinción; a no ser solamente amigo de los amigos, sino
también de aquellos que hasta nos ven como sus enemigos. Recordemos que Jesús
lloró por la muerte de su amigo Lázaro, ante la muerte de una persona amada.
Como cristianos debemos estar siempre abiertos a los demás. Debemos también
seguir aprendiendo y profundizando en la amistad verdadera y saber comunicar el
amor de Dios que llevamos en el corazón.
San Ambrosio dijo: “Si descubres algún
defecto en el amigo corrígele en secreto. Las correcciones hacen bien y son de
más provecho que una amistad muda”. La amistad sincera requiere que
ayudemos al amigo a ser más perfecto, una amistad perseverante; y nuevamente el
libro del Eclesiástico 22,31 nos dice que “no debemos avergonzarnos de
defender al amigo”. No abandonarlo en el momento de las necesidades, no
negarle nuestro afecto, mantener nuestra lealtad. Y es que, en la adversidad se
prueban los amigos verdaderos, pues en la prosperidad todos parecen fieles (san
Ambrosio).
La caridad sobrenatural fortalece y enriquece
la amistad. San Agustín dijo que “la verdadera amistad no se mide por
intereses temporales, sino que se bebe por amor gratuito”. Y es que este
amor gratuito viene del mismo Dios, de su amor gratuito, deseando su bienestar
y su alegría. Y no olvidemos, a ejemplo del mismo Cristo, que el extremo del
verdadero amor es aquel que está dispuesto a dar la vida por sus amigos. Cristo
fue fiel a su amistad por nosotros hasta el extremo y nos enseña así a ser
amigos de los amigos.
Pues queridos hermanos, celebremos la
verdadera amistad y el amor sincero hoy y siempre. No vivamos nada más el
aspecto comercial y banal de estos dones de Dios a nosotros. Sigamos pidiendo a
nuestro Dios y Señor, que nos siga llenando de su gracia para fortalecer
nuestra amistad que se fundamenta en su amor gratuito para una esperanza viva.
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