Por P. Robert A. Brisman P.
Estamos librando una batalla permanente
contra el mal, contra el enemigo de Dios y de sus hijos e hijas. Ya el mismo
san Pablo nos advirtió de que, nuestra batalla no es contra la sangre ni la carne,
sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de
tinieblas y contra los espíritus malignos que están en los aires (Ef 6,12). Al
difundir doctrinas falsas, satanás confunde a las gentes y, por lo tanto, se
obstaculiza la verdad del evangelio y el progreso de la Iglesia de Cristo y su
misión evangelizadora.
Cuando el creyente solo se enfoca en
practicar una religión legalista, de puro cumplimiento de normas, lo que hace
es alejarse de la Iglesia y de la verdad de Dios. La batalla espiritual no es
una lucha de poderes, sino una lucha por la verdad que perdura hasta el día de
hoy y que durará hasta que venga el Señor Jesús en su gloria.
La práctica farisaica de la religión nos
lleva a abandonar la verdad y a abrazar la mentira; nos lleva a crear falsos
ídolos a los cuales nos postramos en adoración y no son más que ídolos de barro
que no pueden salvarnos. Son ídolos que habitan en nuestro corazón. Por esto,
ya el Señor nos advirtió a través del profeta Ezequiel (14,4-5): “Por tanto,
háblales y diles: Esto dice el Señor Dios: Todo hombre de la casa de Israel que
ha erigido ídolos en su corazón y ha puesto ante su rostro la ocasión de su iniquidad,
y luego acude al profeta, Yo, el Señor, le responderé por mí mismo, de acuerdo
con la multitud de sus ídolos, a fin de recobrar por el corazón la casa de
Israel, los que se han apartado de mí por la multitud de sus ídolos”.
Nuestros ídolos nos autodestruyen y nos convierten en víctimas de guerra; todo
esto empieza a partir de cambiar la verdad por la mentira.
La verdad libera, mientras que la mentira
esclaviza. Y Dios no nos quiere esclavos, sino libres, porque Cristo nos ha
liberado. El fariseísmo nos hace falsos y tibios. Nuestra naturaleza espiritual
es la verdad de Cristo, porque Cristo es la verdad, mientras que la naturaleza
de satanás es la mentira: él es el padre de la mentira. No es satanás el que
nos tiene que decir qué tenemos que creer, sino Cristo, que nos dijo que
creamos en Dios, creamos en él y a su palabra.
Muchos cristianos nos hemos dejado arropar y
manipular por la mentira; la hemos comprado en algún momento de nuestra vida.
¿Cómo se destruye la mentira? Pues con la práctica de la verdad de Cristo. Por
eso, ya el mismo Cristo nos dijo que no podemos estar al mismo tiempo con Dios
y con el diablo; que no podemos servir a dos amos al mismo tiempo. Ésta también
es la justicia que debemos practicar si queremos entrar en el Reino de los
cielos.
El mundo está arropado y viviendo en el
engaño, en la mentira, en la manipulación, en la oscuridad. Y vende este engaño
como algo bueno, loable y digno de ser asumido. Pero en realidad es todo lo
contrario. San pablo nos advierte: “Vigilen para que nadie los seduzca por
medio de vanas filosofías y falacias fundadas en la tradición de los hombres, y
en los elementos del mundo, pero no en Cristo” (Col 2,8). Los cambios, las ideas y creencias que el
mundo va presentando como progreso y desarrollo, cambian continuamente según la
época, pero tienen un elemento invariable: son contrarias a Cristo. Y ya Cristo
dijo que “el cielo y la tierra pasarán. Pero sus palabras no pasarán”
(Mt 24,35).
Nuestra civilización occidental está enferma
y nosotros debemos aprender a ver sus síntomas espirituales para aplicar la
medicina que la sanaría. Nuestra
civilización es como un paciente que está en cama agonizando, luchando por no
morir. Una civilización que ha atomizado la familia natural, donde los padres
no conocen a sus hijos; el desplome de la natalidad; juventudes perdidas que
cambian de género como si fuera cambiarse de ropa; naciones divididas contra sí
mismas; culturas que celebran su propia autodestrucción porque le han metido en
la mente la idea de que tenemos que ser inclusivos con todas las aberraciones
que se puedan inventar; civilizaciones que han perdido el rumbo de hacia dónde
deben ir; universidades que son centros de adoctrinamiento ideológico; iglesias
vacías y convertidas en antros de perdición por el placer desmedido; políticos
que se venden; medios de comunicación que se alinean con las ideologías
modernas por dinero y se convierten en manipuladores; el amor convertido en
mercancía y la sexualidad en entretenimiento; progresismo, diversidad,
feminismo, relativismo, multiculturalismo, ecologismo, etc. Es la inoculación
del veneno ideológico. Pues todo esto no es nada más que una lucha contra la
civilización cristiana, porque la intención es borrar de raíz todo vestigio de
cristianismo, específicamente la fe católica.
En conclusión. La palabra de Cristo es
inmutable, porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, y a él nos debemos si
queremos entrar en el Reino de los cielos.