martes, 18 de agosto de 2026

El caos del tránsito vehicular: ¿Por dónde debe empezar el cambio?

 

Por P. Robert A. Brisman P.

  Uno de los dichos populares en nuestra sociedad es que, el dominicano, desde que pisa el aeropuerto, se transforma. Se vuelve un estricto cumplidor de las leyes, sobre todo cuando viaja a un país donde las leyes se cumplen, como por ejemplo los EE.UU. Pero, desde que llega al país y sale del aeropuerto, se transforma y vuelve automáticamente a asumir la actitud del desorden.

  Teniendo estas palabras anteriores en cuenta, uno de los dolores de cabeza de nuestra sociedad dominicana siempre ha sido el desorden del tránsito vehicular. Este desorden no lo venimos padeciendo desde hace unos años atrás. Es un padeciendo de décadas atrás que, con el paso del tiempo y la indiferencia de las autoridades se ha complicado más.

  Parte de la culpa de este desorden lo encabezan las autoridades, pasadas y presentes, porque nunca han querido asumir ni aplicar las medidas que se necesitan para ayudar a buscar posibles soluciones a este problema.

  Hemos sido testigos de las numerosas concesiones y dejadez que las autoridades le han otorgado, sobre todo a los llamados sindicatos de choferes que, más bien han funcionado siempre como empresarios del transporte. Es muy oportuno recordar el calificativo con el que un prestigioso periodista, - fallecido -, los nombró como "los dueños del país".

  Así es. "Los dueños del país" que siempre le han trazado pautas y presionado a los gobiernos para que éstos a su vez, les otorguen y concedan beneficios particulares a costa de que ellos no incendien las calles, mientras y el resto de la población está indefensa ante las medidas que estos empresarios del transporte han aplicado en detrimento y en franco abuso de la población de a pie. Desde hace décadas, estos empresarios del transporte le han sacado tantos beneficios a los gobiernos que se han inflado de tal manera que los mismos gobiernos se han visto en la inacción e indiferencia o impotencia de no hacerles nada: les meten miedo o los chantajean. Les han creado programas de renovación vehicular (como los pasados dos planes – RENOVE -, vehiculares para el transporte público y que la sociedad bautizó como “los pollitos y las garzas blancas”), y no fueron más que un puro desastre, entramado mafioso y de corrupción que al final no resolvieron nada para que el transporte público. Estos sindicatos choferiles han funcionado como "monstruos" insaciables donde sus presidentes se han enriquecido y hasta han ocupado posiciones políticas de alto nivel, como ha sido en el poder legislativo.

  Pero, volvamos al punto. Hemos venido escuchando opiniones de diferentes sectores y personalidades señalando posibles soluciones para que este desorden vehicular desaparezca. Lo que me he dado cuenta es que no he leído ni escuchado a ninguno señalar lo que debería ser, a mi pensar, el primer paso para provocar dichos cambios: la reforma total de la ley de tránsito de nuestro país.

  Unos dicen que podría ser fundir en una sola institución la DIGESSET y el INTRANT. Pero ¿Será esa la real solución? Si queremos dar pasos seguros para esto, la solución a este desorden vehicular pasa por un conjunto de medidas que, si no se asume así, pues todo seguirán siendo "medidas parches" que nada resuelven.

  Las medidas que ameritan asumirse para empezar a dar señales de verdaderos cambios pasan por la reforma total y absoluta de la ley de tránsito del país. Para hacer esto, debe consultarse y establecer una comisión por personas que sean expertas en movilidad vehicular que tomen en cuenta la realidad vehicular nacional, pero sin privilegios ni distinción. La pregunta es: ¿Tenemos en el país ese personal calificado?

  Por otro lado, esa reforma de la ley de tránsito debe incluir, lo que yo llamo, medidas disuasivas, por ejemplo: el aumento de las multas a un monto que la población se espante. Por eso se llaman "medidas disuasivas”, porque se trata de disuadir al conductor de que no viole la ley para que no tenga que pagar una multa alta. Y es que uno de los problemas es que hay un gran porcentaje de conductores que no pagan sus multas porque son irrisorias y tampoco existe un sistema que ayude a saber la situación de esos casos. Es que no hay régimen de consecuencias por las violaciones a la ley de tránsito.

  Por otro lado, esa reforma debe incluir la educación vial, y esto se hace incluyendo esta materia en el sistema educativo nacional. Puede ser desde el nivel de bachillerato (o como se le diga ahora). Pero tampoco como materia de relleno. La educación guía a la toma de conciencia ciudadana.

  Esta reforma debe incluir devolverle a la institución responsable la autoridad debida. Es decir, que no valga la excusa de que el conductor violador llame muestre a su papi, muestre la tarjetica de su amigo militar o funcionario, ni que el agente fiscalizador le tome llamada a nadie. Que la aplicación de la ley no sea ni aleatoria, ni selectiva, ni con privilegio, ni distinción. La aplicación de la ley debe ser igual para todos e innegociable. También debe castigar los abusos de autoridad.

  Esta reforma debería aplicar la ley de que, la persona que compre un vehículo de motor en un dealer, para poder salir con él del concesionario debe obtener la placa y el seguro; ya después lo podrá cambiar por el que más le acomode. Otra medida debe ser que todo vehículo de motor debe tener su registro (placa) para poder circular en el territorio nacional y prohibir la circulación de vehículos de motor no aptos para circular de manera ordinaria en las calles, por ejemplo: los buguis para montear, y que sean trasladados en remolques. La reforma de la ley debe contemplar el poner a una persona o personal al frente de la institución responsable que sepa y tenga experiencia en movilidad vehicular. Lamentablemente siempre vemos que al frente de la institución se nombran personas que no cumplen o no saben nada de esto y los ponen solo por amiguismo, cuota o compromiso político. La reforma debe también establecer el fortalecimiento de la institución en sus recursos humanos y técnicos: dotar a la institución de equipo de tecnología de punta que les permita realizar un trabajo mucho más efectivo.

  ¡Basta de aplicar medidas parches que no resuelven nada! ¡Basta de que la autoridad muestre miedo en la aplicación de la ley! ¡Basta de que la institución sea asumida nada más como institución recaudadora, que sólo aplican la ley cuando el gobierno necesita dinero! ¡Basta que miembros del gobierno de turno crean y asuman que su puesto político o jerarquía es una licencia para ellos hacer y andar en la calle como jefes y que las leyes para ellos no se aplican sin ninguna justificación!

  Mientras los presidentes no asuman su responsabilidad en esta área de tomar el toro por los cuernos en una real y profunda reforma de la ley de tránsito y eliminar los privilegios, así como los abusos de poder de los funcionarios para violar la ley sin consecuencias, este desorden de nuestras calles no va a cambiar para bien. La ley es dura, pero es la ley; debemos cumplirla y hacerla cumplir. La inconsciencia, el irrespeto, la imprudencia y otras actitudes negativas son las causantes, muchas veces, de los accidentes de tránsito que han colocado a nuestro país como uno de los más peligrosos del mundo para manejar. Transitar en orden en nuestras calles no nos va caer del cielo ni los buenos deseos u opiniones sin voluntad política y ciudadana.

  Tenemos leyes, pero no se aplican como debe ser. Todos debemos someternos a su cumplimiento. Todos debemos asumir la parte que nos corresponde. La responsabilidad no sólo es de las autoridades, sino también de todos los ciudadanos, empresarios y demás instituciones. No exijamos a los demás lo que no estamos dispuestos a dar o hacer por el bien de nuestra sociedad. No exijamos orden, cortesía y amabilidad a los demás, si no estamos dispuestos a practicarlas primero.

  Pues esta es sólo una opinión. Trabajar para poner o establecer el orden con el cumplimiento de la ley es una de las tareas pendientes de las actuales autoridades y las venideras. Pasemos de la quejadera a la acción. Hay muchas otras cosas o medidas que se pueden y se deben asumir si en verdad queremos que este desorden vehicular cambie y el tiempo es ahora. No basta con construir nuevas carreteras, túneles y elevados, si no se aplican ni cumplimos con las leyes de tránsito.

 

Dios les bendiga.

viernes, 14 de agosto de 2026

Massachusetts: Cuando la ley olvida al más vulnerable.

 

Por P. Robert A. Brisman P.

  Ha sido noticia mundial que el pasado 10 de agosto se publicara la rueda de prensa de la gobernadora del estado norteamericano de Massachussets, firmando la ley del aborto hasta el momento del nacimiento, legislación que deroga la anterior que establecía el límite del aborto hasta la semana 24. Su entrada en vigor está fechada para el mes de noviembre próximo. Según las imágenes que se publicaron, la gobernadora del estado norteamericano firmó la orden ejecutiva estatal en su oficina en presencia o compañía de un grupo de mujeres, legisladoras y miembros de organizaciones abortistas como la IPPF que, una vez firmada la ley, se unieron todas en un gran aplauso por el triunfo logrado en favor de los derechos de las mujeres y después brindaron por el acontecimiento. Cabe destacar que la gobernadora del estado ella misma pregona su catolicismo, pero también es defensora de estos derechos femeninos. Ante esta ley que ha firmado, como católica, la gobernadora está bajo la legislación católica de Derecho Canónico que, en sus cánones 1398 impone la pena canónica de excomunión automática (Latae sententiae), así como el canon 1329 &2 que extiende la pena a los cómplices sin cuya colaboración el delito no se habría cometido.

  Hemos de tener en cuenta que esta legislación estatal sucede a consecuencia de que, la Suprema Corte de Justicia Federal, eliminó la legislación federal del aborto (ley Rose and Wade), y otorgó la libertad a los estados para que legislen en sus territorios. Esto gracias a la influencia de la administración Trump de este segundo mandato y los jueces que fue nombrando para ocupar las vacantes en el Tribunal Supremo Federal.

  Con esta legislación estatal que ocurrió en este estado norteamericano, una vez más vemos que la cultura de la muerte sigue avanzando. El estado de Massachussets se convierte en el estado número once en aprobar este tipo de leyes, que también son estados gobernados por el partico azul, es decir, el partido demócrata.

  Así queda demostrado una vez más que la mujer pasa de ser portadora de vida, a ser portadora de muerte. Sigue convirtiéndose en la verduga de sus propios hijos en su vientre; es una devoradora de sus propios hijos; es una asesina de sus propios hijos desde el vientre. Es el más atroz infanticidio de estos tiempos modernos, de estos tiempos de progreso. Y lo peor es que son aplaudidos y secundados por muchos otros, incluyendo muchos cristianos. Es la decadencia de occidente. Es el reino de la muerte que sigue arropando a gran parte de la humanidad. El aborto es lo que es, por más que lo disfracen de derecho: es un homicidio, un asesinato, un crimen de lesa humanidad, que no garantiza ninguna salvación ni ningún remedio al sufrimiento de la madre que lo practica. La madre que asesina a su propio hijo en su vientre se cree que es su dueña y que puede disponer de su vida cómo y cuándo se le antoje. La mujer ha sido puesta como facilitadora de la vida, bendecida con el privilegio y la responsabilidad de preservar la especie, pero nunca es dueña de la vida que facilita y por tanto no tiene potestad para disponer la muerte de esa nueva persona. El papa León XIV, citando a su vez al Papa san Juan Pablo II, en su encíclica Magnifica Humanitas (n 51), nos recuerda: “El valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Ningún poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos arbitrariamente”.

  Según esta ley estatal ¿Cuál es el criterio para realizar un aborto? Pues el del médico y la voluntad de la madre. Aquí no toma en cuenta ningún método, ni estudio científico ni nada parecido. ¿Qué implica esta ley para un ser humano (el bebé), que se ha desarrollado completamente en el vientre materno, tiene su cuerpo formado, su código genético, que siente, que respira, que palpita su corazón…, en fin, es un ser humano completo? ¿Será este el último paso que darán estos grupos infanticidas en su carrera mortífera o pretenden dar más pasos en esta dirección? ¿Hasta dónde es que quieren llegar? ¿Dónde queda el derecho fundamental de no agredir a otro? ¿Dónde queda el mandamiento divino de “no matarás”? ¿A dónde va una sociedad que aplica la pena de muerte a una persona en el vientre materno y en el momento de nacer? ¿Dónde están los defensores de los indefensos; de los que no tienen voz? ¿Dónde están aquellos que pregonan y defienden los derechos de los inmigrantes, los lgtbq, los veganos, los ecologistas, etc.?  ¿Pero no dicen nada de los derechos de los niños por nacer?

  ¡Un estado más que decide por decreto quién vive y quién no! Esto no es gobernar. Esto es totalitarismo disfrazado de progreso, de derechos, de conquista. ¿Se puede llamar esto política? Creo que más bien hay que llamarlo demoníaco: es el poder del mal contra el poder del bien, el poder de las tinieblas contra el poder de la luz; es la batalla espiritual entre el bien y el mal. ¿Qué queremos decir con esto? Pues que parece ser que estamos siendo gobernados por personas que están poseídas por el demonio. Esto es síntoma de una sociedad violenta y sanguinaria que se ensaña contra los más débiles.

  Rabindranath Tagore señaló: “la verdad no está de parte de quien grite más”. Toda propaganda del mundo, no podrá ocultar el hecho de que el aborto es genocidio, y toda la censura del mundo, no podrá esconder el hecho de que tal genocidio es un negocio multimillonario para unos pocos.

  La mujer que aborta mata. Sabe qué mata, en qué momento mata y sabe perfectamente a quién mata. Al más cercano. Al propio. Al más indefenso, al más joven.

  Concluyo este artículo citando las palabras del Papa León XIV, en su reciente encíclica Magnifica Humanitas (n 214): “Tenemos una posibilidad real de contribuir al bien cada vez que decimos la verdad, que damos un consejo sabio, que apoyamos a quien necesita consuelo, que denunciamos una injusticia o damos voz a quien no la tiene”.

 

Dios les bendiga.

jueves, 11 de junio de 2026

Practiquemos la verdadera justicia (y 2)

 

Por P. Robert A. Brisman P.

  Estamos librando una batalla permanente contra el mal, contra el enemigo de Dios y de sus hijos e hijas. Ya el mismo san Pablo nos advirtió de que, nuestra batalla no es contra la sangre ni la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas y contra los espíritus malignos que están en los aires (Ef 6,12). Al difundir doctrinas falsas, satanás confunde a las gentes y, por lo tanto, se obstaculiza la verdad del evangelio y el progreso de la Iglesia de Cristo y su misión evangelizadora.

  Cuando el creyente solo se enfoca en practicar una religión legalista, de puro cumplimiento de normas, lo que hace es alejarse de la Iglesia y de la verdad de Dios. La batalla espiritual no es una lucha de poderes, sino una lucha por la verdad que perdura hasta el día de hoy y que durará hasta que venga el Señor Jesús en su gloria.

  La práctica farisaica de la religión nos lleva a abandonar la verdad y a abrazar la mentira; nos lleva a crear falsos ídolos a los cuales nos postramos en adoración y no son más que ídolos de barro que no pueden salvarnos. Son ídolos que habitan en nuestro corazón. Por esto, ya el Señor nos advirtió a través del profeta Ezequiel (14,4-5): “Por tanto, háblales y diles: Esto dice el Señor Dios: Todo hombre de la casa de Israel que ha erigido ídolos en su corazón y ha puesto ante su rostro la ocasión de su iniquidad, y luego acude al profeta, Yo, el Señor, le responderé por mí mismo, de acuerdo con la multitud de sus ídolos, a fin de recobrar por el corazón la casa de Israel, los que se han apartado de mí por la multitud de sus ídolos”. Nuestros ídolos nos autodestruyen y nos convierten en víctimas de guerra; todo esto empieza a partir de cambiar la verdad por la mentira.

  La verdad libera, mientras que la mentira esclaviza. Y Dios no nos quiere esclavos, sino libres, porque Cristo nos ha liberado. El fariseísmo nos hace falsos y tibios. Nuestra naturaleza espiritual es la verdad de Cristo, porque Cristo es la verdad, mientras que la naturaleza de satanás es la mentira: él es el padre de la mentira. No es satanás el que nos tiene que decir qué tenemos que creer, sino Cristo, que nos dijo que creamos en Dios, creamos en él y a su palabra.

  Muchos cristianos nos hemos dejado arropar y manipular por la mentira; la hemos comprado en algún momento de nuestra vida. ¿Cómo se destruye la mentira? Pues con la práctica de la verdad de Cristo. Por eso, ya el mismo Cristo nos dijo que no podemos estar al mismo tiempo con Dios y con el diablo; que no podemos servir a dos amos al mismo tiempo. Ésta también es la justicia que debemos practicar si queremos entrar en el Reino de los cielos.

  El mundo está arropado y viviendo en el engaño, en la mentira, en la manipulación, en la oscuridad. Y vende este engaño como algo bueno, loable y digno de ser asumido. Pero en realidad es todo lo contrario. San pablo nos advierte: “Vigilen para que nadie los seduzca por medio de vanas filosofías y falacias fundadas en la tradición de los hombres, y en los elementos del mundo, pero no en Cristo” (Col 2,8).  Los cambios, las ideas y creencias que el mundo va presentando como progreso y desarrollo, cambian continuamente según la época, pero tienen un elemento invariable: son contrarias a Cristo. Y ya Cristo dijo que “el cielo y la tierra pasarán. Pero sus palabras no pasarán” (Mt 24,35).

  Nuestra civilización occidental está enferma y nosotros debemos aprender a ver sus síntomas espirituales para aplicar la medicina que la sanaría.  Nuestra civilización es como un paciente que está en cama agonizando, luchando por no morir. Una civilización que ha atomizado la familia natural, donde los padres no conocen a sus hijos; el desplome de la natalidad; juventudes perdidas que cambian de género como si fuera cambiarse de ropa; naciones divididas contra sí mismas; culturas que celebran su propia autodestrucción porque le han metido en la mente la idea de que tenemos que ser inclusivos con todas las aberraciones que se puedan inventar; civilizaciones que han perdido el rumbo de hacia dónde deben ir; universidades que son centros de adoctrinamiento ideológico; iglesias vacías y convertidas en antros de perdición por el placer desmedido; políticos que se venden; medios de comunicación que se alinean con las ideologías modernas por dinero y se convierten en manipuladores; el amor convertido en mercancía y la sexualidad en entretenimiento; progresismo, diversidad, feminismo, relativismo, multiculturalismo, ecologismo, etc. Es la inoculación del veneno ideológico. Pues todo esto no es nada más que una lucha contra la civilización cristiana, porque la intención es borrar de raíz todo vestigio de cristianismo, específicamente la fe católica. 

  En conclusión. La palabra de Cristo es inmutable, porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, y a él nos debemos si queremos entrar en el Reino de los cielos.

miércoles, 10 de junio de 2026

El Reino de Dios está dentro de nosotros. Testimoniémoslo irradiando gracia

 Por P. Robert A. Brisman P.

La categoría teológica “Reino de Dios”, es la columna vertebral de todo el mensaje del evangelio. Jesús mismo lo dejó claro en su predicación: “Si yo expulso a los demonios con el poder de Dios, es para que ustedes entiendan que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Mt 12,27). Y en el evangelio de san Lucas se nos dice que, “el Reino de Dios está ya en medio de ustedes” (17,21).

  El Reino de Dios no es una realidad material, sino más bien es una realidad espiritual, divina, que viene de lo alto. En el diálogo entre Jesús y Pilatos, cuando éste le pregunta que si es rey, Jesús le responde que su Reino no es de este mundo. Y es verdad. Porque, si el Reino de Dios fuera de este mundo, pues no podría ofrecer sanación a este mundo enfermo por el pecado.

  El Reino de Dios se opone a otro reino: el reino del mundo. Estos dos son antagónicos y enfrentan una batalla permanente. El Reino de Dios tiene su rey: Cristo; y el reino del mundo también tiene su rey: satanás. Cuando hablamos del reino del mundo, no nos estamos refiriendo al mundo de la creación, sino a las instituciones, grupos e ideologías que están presentes en el mundo y que se oponen al plan salvador de Dios.

  El Reino de Dios, al ser de naturaleza espiritual y divina, se nos ha dado como un don y una tarea al mismo tiempo. Es un don, un regalo de Dios para nosotros; no hemos hecho absolutamente nada para merecerlo. Todo ha sido generosidad y gratuidad de parte de Dios. Por esto mismo es que Jesús dijo que “lo que hemos recibido gratis, debemos darlo gratis”. El Reino de Dios ha sido sembrado en nuestro corazón como una semilla de grano de mostaza para que, con el tiempo vaya germinando en nuestro interior y de ahí pase a nuestro exterior. A nosotros nos corresponde ir resolviendo esta tarea. Pero, dicha tarea, no se resuelve de un día para otro, ni en una semana, ni en un mes, ni en un año, etc. Esta tarea, de hacer presente el Reino de Dios en el mundo, es una tarea, un trabajo de toda la vida. Esta tarea terminará cuando el Señor vuelva; que no sabemos cuándo será, porque él nunca dio fechas. Desde la Ascensión de Cristo al Padre hasta que Cristo regrese, estamos en el tiempo de la Iglesia. Es decir, estamos en el tiempo de seguir anunciando y proclamando el evangelio de Jesús para la salvación de las almas. Estamos en el tiempo de hacer presente, de testimoniar la luz de Cristo en este mundo arropado por las tinieblas. El Reino de Dios es luz, vida, verdad, justicia, compasión, etc. El reino del mundo es oscuridad, muerte, mentira, injusticia, impiedad, etc.

  El Reino de Dios busca la transformación interior de la persona, la transformación del corazón y la mente, la conversión de la persona. Este Reino de Dios impregna toda la vida y cada una de las realidades en las cuales el creyente desenvuelve su vida cotidiana. Allí donde quiera que se encuentre el creyente, debe testimoniar ese don, esa gracia del Reino de Dios. Por eso Jesús advirtió que su Reino no tenemos que buscarlo fuera de nosotros; no se puede comprar en ninguna tienda.

  El Reino de Dios es silencioso. Su eficacia depende de la presencia y acción del Espíritu Santo en colaboración con nuestra disponibilidad interior. Crece lentamente. El Reino de Dios nos conduce a ver las cosas de manera diferente, con la mirada de Dios. El cristiano que vive la fe, la caridad, la compasión, la justicia, etc., ya está manifestando con su vida el Reino de Dios. Y el libro de la Sabiduría 7,22-30, nos enseña que un espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, perspicaz, sin mancha, diáfano, inalterable, amante del bien, agudo, libre, bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, lo observa todo y penetra en todos los espíritus; en los inteligentes, en los puros y hasta los más sutiles. Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios y una imagen de su bondad. Aunque es una sola, lo puede todo; permaneciendo en sí misma, renueva el universo; de generación en generación, entra en las almas santas, para hacer amigos de Dios y profetas…todo esto es el Reino de Dios.

  El Reino de Dios debemos hacerlo presente primeramente en la familia, en el trabajo, con los amigos, en el tránsito, etc. El Reino de Dios quiere hacer nuevos a cada hombre y a cada mujer, para que así las sociedades sean nuevas; tener familias nuevas, hogares nuevos y ambientes nuevos.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Practiquemos la verdadera justicia (1)

 

Por P. Robert A. Brisman P.

  Nos advierte Jesús en el evangelio: “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt 5,20).

  Creo que todos, a estas alturas de nuestra vida cristiana, debemos tener claro que no nos salvamos como quiera. Que nuestra salvación está condicionada a la escucha y práctica de la palabra de Dios: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7,21).

Ya sabemos que Dios quiere salvarnos a todos y que lleguemos al conocimiento de la verdad (1Tm 2,4). Pero, cada uno de nosotros debe querer también salvarse. Cristo dijo que el que se condena, se condena porque quiere, porque lo ha decidido con su libertad y voluntad. Pero que no diga que Dios lo ha condenado, porque Dios no condena a nadie. De hecho, Dios Padre nos ha ofrecido la salvación como un don, un regalo, y no como una imposición.

  Los Fariseos y Escribas eran los doctores de la ley. La conocían muy bien: la profundizaban, la investigaban, la enseñaban, la defendían, se esforzaban en cumplirla y la hacían cumplir. Como sus conocedores, se encargaron de añadirle más preceptos que hacían más difícil su cumplimiento. Era una carga demasiado pesada e incómoda de llevar. Más que ayudar a caminar en su intención de agradar a Dios, lo que hacía era impedir el avance en el camino de la virtud y una auténtica vida religiosa: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan y cumplan todo cuanto les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas” (Mt 23,2-4).

  Por parte de estos grupos se daba una presunción de ser fieles cumplidores de la ley religiosa, pero no eran más que farsantes religiosos que sólo les importaba aparentar una piedad que en realidad no vivían ni transformaba el corazón. Por esto el Señor ya había denunciado al pueblo de su hipocresía religiosa a través del profeta Isaías 29,13: “Este pueblo me honra con los labios. Pero su corazón está lejos de mí”.

  Jesús siempre criticó y advirtió a sus discípulos y demás oyentes sobre el peligro que es para el creyente en Dios vivir una religión sólo basada en cumplimiento de normas, una religión puramente legalista; y no una religión verdadera y auténtica que busca la transformación del interior de la persona: de su corazón y de su mente, para que pueda tener los sentimientos y los pensamientos de un verdadero hijo e hija de Dios. Nos invita Jesús a esforzarnos a practicar una religión no de esfuerzo mínimo, que nos lleve a exigirle un derecho a Dios para que cumpla nuestros antojos y pareceres; más bien quiere Jesús que practiquemos una religión de profunda generosidad y servicio.

  La justicia que Dios quiere que practiquemos es la puesta en práctica de su amor: un amor que nos lleva a amar sus preceptos, mandatos y leyes; que nos lleva a vivir el santo temor de Dios, a fortalecer nuestra oración y a vivirla como un verdadero encuentro de fe y amor al Padre que ve en lo secreto de nuestro interior para ser recompensados. El amor no tiene límites, no se conforma. Lo da todo sin medidas. Es el amor que se entrega, que se da por entero a la persona amada, a ejemplo del mismo Jesús. Es el amor que perfecciona. Esta es la nueva y definitiva ley que Jesús nos dejó como camino a recorrer si es que queremos salvarnos: “En esto conocerán los demás que son mis discípulos: en que se aman unos a otros” (Jn 13,35).

  Jesús no fue un transgresor de la ley ni enseñó tal cosa a sus discípulos. Él dijo que no vino a abolir la Ley y los Profetas, sino a darle su plenitud. Y esa plenitud es la del amor de Dios: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

  Nuestra fe en Cristo nos debe de llevar a vivir de manera diferente. A no vivir como los demás, a no amar ni a juzgar a la manera del mundo, a no insultarnos como lo hace el mundo y sus adeptos; a no ser violentos, ni iracundos, ni vengativos. Si queremos ser y vivir diferente, a la manera cristiana, tenemos que aceptar la invitación de Jesús: “No es digno de mí el que no toma su cruz de cada día y me sigue” (Mt 10,38).

martes, 5 de mayo de 2026

María: la Mujer asociada al Redentor

 Por P. Robert A. Brisman P.

En los evangelios nos encontramos que Jesús en más de una ocasión se dirigió a María, no llamándola Madre, sino Mujer. Esta expresión en Jesús ha provocado cierta sospecha y especulaciones y muchos las han interpretado como si fuera una desconsideración, rebajándola y hasta sería una corrección de Jesús a María, su madre. Es como si él le estuviera llamando la atención por entrometerse en cosas que a ella no le competen. Y así le quita toda la importancia a ella en el plan salvífico de Dios. ¡Nada más falso y manipulador de parte de los enemigos de la Madre de Jesús!

  Para poder entender mejor y, más acorde con la revelación divina, tenemos que irnos al principio de las Sagradas Escrituras. María es la mujer que está asociada a la voluntad redentora de Dios Padre desde el principio hasta el final, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Al acercarnos a profundizar en esta expresión, nos adentramos en lo que podríamos llamar una de las expresiones más profundas y teológicas de todas las Sagradas Escrituras. Las Sagradas Escrituras, - la Biblia -, debemos leerla en relación o conexión con toda la Tradición eclesial, el Magisterio, los Padres Apostólicos, y no nada más de una manera literal, emocional y desconectada del lenguaje bíblico. Todas las palabras de Jesús, podemos decir que tienen un sentido pedagógico, de enseñanza; no son palabras dichas al azar, para salir del paso, no hay improvisación; son palabras con contenido sapiencial que debemos estar en consonancia con el Espíritu para poder entenderlas, aceptarlas y practicarlas.

  Jesús utilizó una pedagogía divina. Al llamar a su Madre “mujer”, fue precisamente para enseñar algo fundamental. En Caná de Galilea, es donde Jesús por primera vez se dirigió a María con la palabra “mujer”. Esta expresión no la podemos leer fuera del contexto en que fue dicha. Ya lo dice el dicho popular: “Un texto, sacado de contexto, se convierte en un pretexto”. Y muchos aquí es lo que hacen. Esta expresión en boca de Jesús a María, su Madre, no fue una reprimenda a ella. No podemos jamás pensar ni afirmar que Jesús tuviera una actitud tan negativa hacia su madre. Jesús, como todo niño educado en la enseñanza de la Torá, manifestaba un amor y respeto hacia sus padres, en cumplimiento del mandato divino de honrar a los padres. Y es que vemos aquí también la reacción de María que no se siente ofendida ni maltratada ni desconsiderada por parte de su Hijo. Ella solamente asiste, intercede por aquel joven matrimonio y dice una de las frases que quedará para la posteridad evangelizadora: “Hagan lo que él les diga”.

  Jesús no estaba marcando distancia de María. El accedió sin más a la súplica de su Madre, y así da inicio a su manifestación pública. Aquí lo que hubo fue una Revelación. Jesús no rebaja a María al llamarla “mujer”, sino que la estaba elevando. El papel de María va más allá de la maternidad biológica; surge de la voluntad divina de unirla a la Redención del género humano: “Pondré enemistad entre ti y la mujer…ella te aplastará la cabeza”. Por esto, el pueblo elegido, Israel, esperó durante siglos a la mujer asociada al Mesías. María es la mujer anunciada desde el Génesis, es la nueva Eva. La primera mujer, por su desobediencia entró el pecado al mundo; la segunda mujer, por su obediencia, vino la salvación al mundo. María es la cooperadora en la Redención: “Hágase en mí según tu palabra”. Esto no es casualidad, ni accidental. Es voluntad divina. Es teología pura.

  La Iglesia nunca ha orado como si Cristo estuviera sin su Madre. La liturgia, teología en acto, ni presenta a María como elemento decorativo del culto ni como figura paralela al Redentor, ni la relega por razón de prudencia ecuménica o por temor a exageraciones. La mira exactamente donde la ve el Evangelio: en la Encarnacion, en la cruz, en el cenáculo; junto al Hijo, nunca aislada, jamás a su nivel, siempre unida a Cristo, con él y bajo él, pero realmente presente como Madre que coopera en el misterio.

  Pues, en este mes de mayo, mes dedicado a la celebración de las madres, mes de María, dejémonos arropar por su amor maternal y espiritual, para que nuestra devoción a tan insigne Señora se fortalezca cada día más y seamos hijos e hijas transformados por su amor y misericordia espiritual.

viernes, 1 de mayo de 2026

Revuelo en el Vaticano: el Papa León XIV y una mujer disfrazada de arzobispo

 

Por P. Robert A. Brisman P.

 

  Según el diccionario de la RAE, la palabra revuelo significa: “agitación, confusión, alboroto o desorden entre personas o cosas, a menudo generado por una noticia impactante o un suceso”. Y es así. Pues esta semana ha causado un revuelo y escándalo el recibimiento que hicieran las autoridades del Vaticano a la señora Sarah Mullally, quien se desempeña o es la máxima autoridad de la iglesia católica anglicana ya que ostenta el grado de “arzobispa” de dicha Iglesia.

  Antes de seguir profundizando en este tema, es bueno saber que, la Iglesia católica, apostólica y romana, desde el Concilio Vaticano II, viene fomentando y aplicando lo que en uno de sus documentos llamado “Unitatis Redintegratio”, es el ecumenismo. En su Proemio leemos: “El restablecimiento de la unidad entre los cristianos es uno de los propósitos principales de este Concilio. La división de las iglesias que se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Cristo contradice a la voluntad de Dios y es motivo de escándalo para el mundo. En estos últimos tiempos, Dios ha dado a muchas personas y comunidades la gracia de un vivo deseo de la unión. Alegrándose de ello, este Concilio quiere proponer a todos los católicos los medios para responder a esta gracia divina”.

  Sabemos, por lo que leemos en el evangelio, que Cristo pidió al Padre celestial por la unidad de los suyos: “Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno” (Jn 17,21-22). La Iglesia nos enseña que la unidad querida por Cristo para ella, - su familia santa -, es un don y una tarea al mismo tiempo. La unidad de la Iglesia no se construye de un día para otro, ni cae del cielo. Esta unidad es un don, un regalo de Dios que necesita de la colaboración de cada uno de nosotros. Esta es la tarea que nos corresponde asumir a todos los cristianos.

  Pero, también es cierto que esta unidad debemos buscarla y edificarla en el fundamento de la verdad revelada por Dios Padre en su Hijo Jesucristo. No es la unidad que se nos puede antojar a algunos o a ciertos grupos de acuerdo con nuestras propias ideas y pareceres. Volvamos a citar el documento del V-II sobre el ecumenismo: “En esta Iglesia una y única han surgido escisiones y divisiones, a consecuencia de las cuales algunas comunidades se separaron, a veces no sin culpa de los hombres, de la plena comunión de la Iglesia romana” (Unitatis Redintegratio n.3). La tentación del rechazo y la división siempre han existido al interno de la Iglesia. El mismo Jesús lo vivió con el grupo de los Doce y sus discípulos: “Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: es dura esta enseñanza, ¿Quién puede escucharla?” (Jn 6,60). Por esto creemos que Jesús no le dio ninguna autoridad ni potestad a la naciente comunidad apostólica de alterar ni cambiar una sola letra del mensaje del evangelio: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto les he mandado” (Mt 28,19).

  La Iglesia de Cristo no está terminada; no se ha terminado de construir, de edificar. Se viene edificando en el tiempo. Cristo es el arquitecto y nosotros somos los obreros. Pero tenemos que aportar a su edificación según las indicaciones del arquitecto. Uno de esos aspectos es construir y edificar la unidad, que terminará cuando él regrese en su gloria.

Así llegamos al punto del ecumenismo. Esta palabra viene de la lengua griega antigua “Oikoumene”, que significa “tierra habitada o mundo habitado”. Desde la perspectiva católica, el “ecumenismo” es el movimiento surgido por gracia del Espíritu Santo, para reestablecer la unidad de todos los cristianos. Son muchos los encuentros que ha realizado la Iglesia Católica en el caminar para lograr edificar la unidad de la familia de Cristo. En 1960, el Papa Juan XXIII, funda el “Secretariado para la unión de los cristianos”. Y, como ya hemos señalado, tenemos el documento conciliar Unitatis Redintegratio, sobre la unidad de los cristianos, que presenta las bases doctrinales y las líneas de acción práctica del ecumenismo católico. Hay más documentos magisteriales sobre este tema.

  Dicho todo lo anterior, pues llegamos al punto central de este artículo: el recibimiento que ha sucedido en el Vaticano a la señora Sarah Mullally, “arzobispa de la Iglesia Anglicana”. Pues este hecho ha causado, como ya titulamos, un revuelo y escándalo en gran parte de los fieles católicos. Los medios de comunicación, que han resaltado esta noticia, algunos los han interpretado como un gesto de acercamiento y aceptación por parte de Roma a esta comunidad religiosa anglicana y su doctrina. Han circulado fotos y videos de algunos momentos en los que esta mujer ha interactuado con otras personalidades eclesiales vaticanas, como lo fue el gesto de bendición que ella hizo y donde se ve a un cardenal arzobispo inclinando su cabeza recibiendo dicha bendición.

Hay que aclarar que, aunque a esta mujer se dirigen como “arzobispa”, en realidad NO LO ES. Y no lo es porque, primero, la Iglesia anglicana, al separarse de la Iglesia de Roma, perdió la sucesión apostólica; otro elemento esencial es que, la mujer, por voluntad del mismo Cristo, no fue escogida para este ministerio sacerdotal. Y que quede claro: esto no quiere decir que la mujer sea menos que el hombre en la Iglesia. La mujer tiene su papel, su función, su lugar dentro de la Iglesia. Que no sea ministro sacerdotal no quiere decir que sea degradante para ella o discriminatorio. ¡Eso jamás! Aquí estamos hablando y señalando la voluntad y designio llevado a cabo por el mismo Jesús. La Virgen María, la madre de Jesús, no fue elegida ni incluida en este ministerio por Jesús. Y podemos afirmar que ella tenía mucha más dignidad que cualquier otro ser humano para serlo. Pero no fue así. A Jesús lo seguían otras mujeres y a ninguna de ellas las eligió para este ministerio; y tampoco leemos en el evangelio que ellas hicieran algún tipo de reclamo, o revuelta a Jesús por no incluirlas en este ministerio. Ellas sí realizaban otros ministerios en la comunidad creyente, también importantes.

  Pues esta mujer no es arzobispa, aunque otros la llamen y se dirijan a ella con ese título. Esto no es discriminación ni machismo. Esto es doctrina, tradición y magisterio eclesial. ¿Podemos afirmar que el Papa León XIV, al recibirla en audiencia, la reconoce y acepta como tal? Pues creo que no. Aunque el hecho no deja de causar escándalo y malentendidos. Esta mujer, disfrazada de arzobispo, no puede presidir ninguna acción litúrgica sacerdotal: no puede bendecir, no puede presidir la eucaristía ni consagrar las especies eucarísticas, no puede conferir el ministerio ordenado, etc. Todo es invento del hombre, no de Dios.

  Concluimos diciendo y reafirmando que, el verdadero ecumenismo es el que se funda en la verdad de Cristo. El ministerio sacerdotal también se le conoce como “sacramento del orden”, pero ¿en orden a qué? Pues es el sacramento que está ordenado al servicio, no al poder. Y esto es lo que muchos, - hombres y mujeres -, ven y asumen con el sacerdocio ministerial. El sacerdote de Cristo es un servidor en y para la comunidad creyente, la Iglesia; actúa en persona de Cristo: cuando el sacerdote perdona los pecados, es Cristo mismo quien perdona a través de él. Es Cristo quien posee todo el ser del sacerdote en su acción litúrgica. Jesús dijo que los escándalos no se pueden evitar. Pero también dijo que ¡ay de aquellos que los provocan! Más le valdría que le amarrasen una piedra de molino al cuello y ser lanzado al fondo del mar (Mt 18,6; Mc 9,42). Nuestra jerarquía eclesiástica y pastores todos, debemos tener mucho cuidado en no seguir provocando escándalos a los más sencillos. Cuidado con hacer cosas buenas que parecen malas y viceversa. Esto tiene su costo.

 

Dios les bendiga.