Por P. Robert A. Brisman P.
En los evangelios nos
encontramos que Jesús en más de una ocasión se dirigió a María, no llamándola Madre,
sino Mujer. Esta expresión en Jesús ha provocado cierta sospecha y
especulaciones y muchos las han interpretado como si fuera una
desconsideración, rebajándola y hasta sería una corrección de Jesús a María, su
madre. Es como si él le estuviera llamando la atención por entrometerse en
cosas que a ella no le competen. Y así le quita toda la importancia a ella en
el plan salvífico de Dios. ¡Nada más falso y manipulador de parte de los
enemigos de la Madre de Jesús!
Para poder entender mejor y, más acorde con
la revelación divina, tenemos que irnos al principio de las Sagradas Escrituras.
María es la mujer que está asociada a la voluntad redentora de Dios Padre desde
el principio hasta el final, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Al acercarnos
a profundizar en esta expresión, nos adentramos en lo que podríamos llamar una
de las expresiones más profundas y teológicas de todas las Sagradas Escrituras.
Las Sagradas Escrituras, - la Biblia -, debemos leerla en relación o conexión
con toda la Tradición eclesial, el Magisterio, los Padres Apostólicos, y no
nada más de una manera literal, emocional y desconectada del lenguaje bíblico.
Todas las palabras de Jesús, podemos decir que tienen un sentido pedagógico, de
enseñanza; no son palabras dichas al azar, para salir del paso, no hay improvisación;
son palabras con contenido sapiencial que debemos estar en consonancia con el Espíritu
para poder entenderlas, aceptarlas y practicarlas.
Jesús utilizó una pedagogía divina. Al llamar
a su Madre “mujer”, fue precisamente para enseñar algo fundamental. En Caná de
Galilea, es donde Jesús por primera vez se dirigió a María con la palabra
“mujer”. Esta expresión no la podemos leer fuera del contexto en que fue dicha.
Ya lo dice el dicho popular: “Un texto, sacado de contexto, se convierte en
un pretexto”. Y muchos aquí es lo que hacen. Esta expresión en boca de Jesús
a María, su Madre, no fue una reprimenda a ella. No podemos jamás pensar ni afirmar
que Jesús tuviera una actitud tan negativa hacia su madre. Jesús, como todo
niño educado en la enseñanza de la Torá, manifestaba un amor y respeto hacia
sus padres, en cumplimiento del mandato divino de honrar a los padres. Y es que
vemos aquí también la reacción de María que no se siente ofendida ni maltratada
ni desconsiderada por parte de su Hijo. Ella solamente asiste, intercede por
aquel joven matrimonio y dice una de las frases que quedará para la posteridad
evangelizadora: “Hagan lo que él les diga”.
Jesús no estaba marcando distancia de María.
El accedió sin más a la súplica de su Madre, y así da inicio a su manifestación
pública. Aquí lo que hubo fue una Revelación. Jesús no rebaja a María al llamarla
“mujer”, sino que la estaba elevando. El papel de María va más allá de la
maternidad biológica; surge de la voluntad divina de unirla a la Redención del
género humano: “Pondré enemistad entre ti y la mujer…ella te aplastará la
cabeza”. Por esto, el pueblo elegido, Israel, esperó durante siglos a la
mujer asociada al Mesías. María es la mujer anunciada desde el Génesis, es la
nueva Eva. La primera mujer, por su desobediencia entró el pecado al mundo; la
segunda mujer, por su obediencia, vino la salvación al mundo. María es la
cooperadora en la Redención: “Hágase en mí según tu palabra”. Esto no es
casualidad, ni accidental. Es voluntad divina. Es teología pura.
La Iglesia nunca ha orado como si Cristo
estuviera sin su Madre. La liturgia, teología en acto, ni presenta a María como
elemento decorativo del culto ni como figura paralela al Redentor, ni la relega
por razón de prudencia ecuménica o por temor a exageraciones. La mira
exactamente donde la ve el Evangelio: en la Encarnacion, en la cruz, en el
cenáculo; junto al Hijo, nunca aislada, jamás a su nivel, siempre unida a
Cristo, con él y bajo él, pero realmente presente como Madre que coopera en el
misterio.
Pues, en este mes de mayo, mes dedicado a la
celebración de las madres, mes de María, dejémonos arropar por su amor maternal
y espiritual, para que nuestra devoción a tan insigne Señora se fortalezca cada
día más y seamos hijos e hijas transformados por su amor y misericordia
espiritual.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario