viernes, 1 de mayo de 2026

Revuelo en el Vaticano: el Papa León XIV y una mujer disfrazada de arzobispo

 

Por P. Robert A. Brisman P.

 

  Según el diccionario de la RAE, la palabra revuelo significa: “agitación, confusión, alboroto o desorden entre personas o cosas, a menudo generado por una noticia impactante o un suceso”. Y es así. Pues esta semana ha causado un revuelo y escándalo el recibimiento que hicieran las autoridades del Vaticano a la señora Sarah Mullally, quien se desempeña o es la máxima autoridad de la iglesia católica anglicana ya que ostenta el grado de “arzobispa” de dicha Iglesia.

  Antes de seguir profundizando en este tema, es bueno saber que, la Iglesia católica, apostólica y romana, desde el Concilio Vaticano II, viene fomentando y aplicando lo que en uno de sus documentos llamado “Unitatis Redintegratio”, es el ecumenismo. En su Proemio leemos: “El restablecimiento de la unidad entre los cristianos es uno de los propósitos principales de este Concilio. La división de las iglesias que se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Cristo contradice a la voluntad de Dios y es motivo de escándalo para el mundo. En estos últimos tiempos, Dios ha dado a muchas personas y comunidades la gracia de un vivo deseo de la unión. Alegrándose de ello, este Concilio quiere proponer a todos los católicos los medios para responder a esta gracia divina”.

  Sabemos, por lo que leemos en el evangelio, que Cristo pidió al Padre celestial por la unidad de los suyos: “Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno” (Jn 17,21-22). La Iglesia nos enseña que la unidad querida por Cristo para ella, - su familia santa -, es un don y una tarea al mismo tiempo. La unidad de la Iglesia no se construye de un día para otro, ni cae del cielo. Esta unidad es un don, un regalo de Dios que necesita de la colaboración de cada uno de nosotros. Esta es la tarea que nos corresponde asumir a todos los cristianos.

  Pero, también es cierto que esta unidad debemos buscarla y edificarla en el fundamento de la verdad revelada por Dios Padre en su Hijo Jesucristo. No es la unidad que se nos puede antojar a algunos o a ciertos grupos de acuerdo con nuestras propias ideas y pareceres. Volvamos a citar el documento del V-II sobre el ecumenismo: “En esta Iglesia una y única han surgido escisiones y divisiones, a consecuencia de las cuales algunas comunidades se separaron, a veces no sin culpa de los hombres, de la plena comunión de la Iglesia romana” (Unitatis Redintegratio n.3). La tentación del rechazo y la división siempre han existido al interno de la Iglesia. El mismo Jesús lo vivió con el grupo de los Doce y sus discípulos: “Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: es dura esta enseñanza, ¿Quién puede escucharla?” (Jn 6,60). Por esto creemos que Jesús no le dio ninguna autoridad ni potestad a la naciente comunidad apostólica de alterar ni cambiar una sola letra del mensaje del evangelio: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto les he mandado” (Mt 28,19).

  La Iglesia de Cristo no está terminada; no se ha terminado de construir, de edificar. Se viene edificando en el tiempo. Cristo es el arquitecto y nosotros somos los obreros. Pero tenemos que aportar a su edificación según las indicaciones del arquitecto. Uno de esos aspectos es construir y edificar la unidad, que terminará cuando él regrese en su gloria.

Así llegamos al punto del ecumenismo. Esta palabra viene de la lengua griega antigua “Oikoumene”, que significa “tierra habitada o mundo habitado”. Desde la perspectiva católica, el “ecumenismo” es el movimiento surgido por gracia del Espíritu Santo, para reestablecer la unidad de todos los cristianos. Son muchos los encuentros que ha realizado la Iglesia Católica en el caminar para lograr edificar la unidad de la familia de Cristo. En 1960, el Papa Juan XXIII, funda el “Secretariado para la unión de los cristianos”. Y, como ya hemos señalado, tenemos el documento conciliar Unitatis Redintegratio, sobre la unidad de los cristianos, que presenta las bases doctrinales y las líneas de acción práctica del ecumenismo católico. Hay más documentos magisteriales sobre este tema.

  Dicho todo lo anterior, pues llegamos al punto central de este artículo: el recibimiento que ha sucedido en el Vaticano a la señora Sarah Mullally, “arzobispa de la Iglesia Anglicana”. Pues este hecho ha causado, como ya titulamos, un revuelo y escándalo en gran parte de los fieles católicos. Los medios de comunicación, que han resaltado esta noticia, algunos los han interpretado como un gesto de acercamiento y aceptación por parte de Roma a esta comunidad religiosa anglicana y su doctrina. Han circulado fotos y videos de algunos momentos en los que esta mujer ha interactuado con otras personalidades eclesiales vaticanas, como lo fue el gesto de bendición que ella hizo y donde se ve a un cardenal arzobispo inclinando su cabeza recibiendo dicha bendición.

Hay que aclarar que, aunque a esta mujer se dirigen como “arzobispa”, en realidad NO LO ES. Y no lo es porque, primero, la Iglesia anglicana, al separarse de la Iglesia de Roma, perdió la sucesión apostólica; otro elemento esencial es que, la mujer, por voluntad del mismo Cristo, no fue escogida para este ministerio sacerdotal. Y que quede claro: esto no quiere decir que la mujer sea menos que el hombre en la Iglesia. La mujer tiene su papel, su función, su lugar dentro de la Iglesia. Que no sea ministro sacerdotal no quiere decir que sea degradante para ella o discriminatorio. ¡Eso jamás! Aquí estamos hablando y señalando la voluntad y designio llevado a cabo por el mismo Jesús. La Virgen María, la madre de Jesús, no fue elegida ni incluida en este ministerio por Jesús. Y podemos afirmar que ella tenía mucha más dignidad que cualquier otro ser humano para serlo. Pero no fue así. A Jesús lo seguían otras mujeres y a ninguna de ellas las eligió para este ministerio; y tampoco leemos en el evangelio que ellas hicieran algún tipo de reclamo, o revuelta a Jesús por no incluirlas en este ministerio. Ellas sí realizaban otros ministerios en la comunidad creyente, también importantes.

  Pues esta mujer no es arzobispa, aunque otros la llamen y se dirijan a ella con ese título. Esto no es discriminación ni machismo. Esto es doctrina, tradición y magisterio eclesial. ¿Podemos afirmar que el Papa León XIV, al recibirla en audiencia, la reconoce y acepta como tal? Pues creo que no. Aunque el hecho no deja de causar escándalo y malentendidos. Esta mujer, disfrazada de arzobispo, no puede presidir ninguna acción litúrgica sacerdotal: no puede bendecir, no puede presidir la eucaristía ni consagrar las especies eucarísticas, no puede conferir el ministerio ordenado, etc. Todo es invento del hombre, no de Dios.

  Concluimos diciendo y reafirmando que, el verdadero ecumenismo es el que se funda en la verdad de Cristo. El ministerio sacerdotal también se le conoce como “sacramento del orden”, pero ¿en orden a qué? Pues es el sacramento que está ordenado al servicio, no al poder. Y esto es lo que muchos, - hombres y mujeres -, ven y asumen con el sacerdocio ministerial. El sacerdote de Cristo es un servidor en y para la comunidad creyente, la Iglesia; actúa en persona de Cristo: cuando el sacerdote perdona los pecados, es Cristo mismo quien perdona a través de él. Es Cristo quien posee todo el ser del sacerdote en su acción litúrgica. Jesús dijo que los escándalos no se pueden evitar. Pero también dijo que ¡ay de aquellos que los provocan! Más le valdría que le amarrasen una piedra de molino al cuello y ser lanzado al fondo del mar (Mt 18,6; Mc 9,42). Nuestra jerarquía eclesiástica y pastores todos, debemos tener mucho cuidado en no seguir provocando escándalos a los más sencillos. Cuidado con hacer cosas buenas que parecen malas y viceversa. Esto tiene su costo.

 

Dios les bendiga.