miércoles, 20 de mayo de 2026

Practiquemos la verdadera justicia (1)

 

Por P. Robert A. Brisman P.

  Nos advierte Jesús en el evangelio: “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt 5,20).

  Creo que todos, a estas alturas de nuestra vida cristiana, debemos tener claro que no nos salvamos como quiera. Que nuestra salvación está condicionada a la escucha y práctica de la palabra de Dios: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7,21).

Ya sabemos que Dios quiere salvarnos a todos y que lleguemos al conocimiento de la verdad (1Tm 2,4). Pero, cada uno de nosotros debe querer también salvarse. Cristo dijo que el que se condena, se condena porque quiere, porque lo ha decidido con su libertad y voluntad. Pero que no diga que Dios lo ha condenado, porque Dios no condena a nadie. De hecho, Dios Padre nos ha ofrecido la salvación como un don, un regalo, y no como una imposición.

  Los Fariseos y Escribas eran los doctores de la ley. La conocían muy bien: la profundizaban, la investigaban, la enseñaban, la defendían, se esforzaban en cumplirla y la hacían cumplir. Como sus conocedores, se encargaron de añadirle más preceptos que hacían más difícil su cumplimiento. Era una carga demasiado pesada e incómoda de llevar. Más que ayudar a caminar en su intención de agradar a Dios, lo que hacía era impedir el avance en el camino de la virtud y una auténtica vida religiosa: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan y cumplan todo cuanto les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas” (Mt 23,2-4).

  Por parte de estos grupos se daba una presunción de ser fieles cumplidores de la ley religiosa, pero no eran más que farsantes religiosos que sólo les importaba aparentar una piedad que en realidad no vivían ni transformaba el corazón. Por esto el Señor ya había denunciado al pueblo de su hipocresía religiosa a través del profeta Isaías 29,13: “Este pueblo me honra con los labios. Pero su corazón está lejos de mí”.

  Jesús siempre criticó y advirtió a sus discípulos y demás oyentes sobre el peligro que es para el creyente en Dios vivir una religión sólo basada en cumplimiento de normas, una religión puramente legalista; y no una religión verdadera y auténtica que busca la transformación del interior de la persona: de su corazón y de su mente, para que pueda tener los sentimientos y los pensamientos de un verdadero hijo e hija de Dios. Nos invita Jesús a esforzarnos a practicar una religión no de esfuerzo mínimo, que nos lleve a exigirle un derecho a Dios para que cumpla nuestros antojos y pareceres; más bien quiere Jesús que practiquemos una religión de profunda generosidad y servicio.

  La justicia que Dios quiere que practiquemos es la puesta en práctica de su amor: un amor que nos lleva a amar sus preceptos, mandatos y leyes; que nos lleva a vivir el santo temor de Dios, a fortalecer nuestra oración y a vivirla como un verdadero encuentro de fe y amor al Padre que ve en lo secreto de nuestro interior para ser recompensados. El amor no tiene límites, no se conforma. Lo da todo sin medidas. Es el amor que se entrega, que se da por entero a la persona amada, a ejemplo del mismo Jesús. Es el amor que perfecciona. Esta es la nueva y definitiva ley que Jesús nos dejó como camino a recorrer si es que queremos salvarnos: “En esto conocerán los demás que son mis discípulos: en que se aman unos a otros” (Jn 13,35).

  Jesús no fue un transgresor de la ley ni enseñó tal cosa a sus discípulos. Él dijo que no vino a abolir la Ley y los Profetas, sino a darle su plenitud. Y esa plenitud es la del amor de Dios: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

  Nuestra fe en Cristo nos debe de llevar a vivir de manera diferente. A no vivir como los demás, a no amar ni a juzgar a la manera del mundo, a no insultarnos como lo hace el mundo y sus adeptos; a no ser violentos, ni iracundos, ni vengativos. Si queremos ser y vivir diferente, a la manera cristiana, tenemos que aceptar la invitación de Jesús: “No es digno de mí el que no toma su cruz de cada día y me sigue” (Mt 10,38).

martes, 5 de mayo de 2026

María: la Mujer asociada al Redentor

 Por P. Robert A. Brisman P.

En los evangelios nos encontramos que Jesús en más de una ocasión se dirigió a María, no llamándola Madre, sino Mujer. Esta expresión en Jesús ha provocado cierta sospecha y especulaciones y muchos las han interpretado como si fuera una desconsideración, rebajándola y hasta sería una corrección de Jesús a María, su madre. Es como si él le estuviera llamando la atención por entrometerse en cosas que a ella no le competen. Y así le quita toda la importancia a ella en el plan salvífico de Dios. ¡Nada más falso y manipulador de parte de los enemigos de la Madre de Jesús!

  Para poder entender mejor y, más acorde con la revelación divina, tenemos que irnos al principio de las Sagradas Escrituras. María es la mujer que está asociada a la voluntad redentora de Dios Padre desde el principio hasta el final, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Al acercarnos a profundizar en esta expresión, nos adentramos en lo que podríamos llamar una de las expresiones más profundas y teológicas de todas las Sagradas Escrituras. Las Sagradas Escrituras, - la Biblia -, debemos leerla en relación o conexión con toda la Tradición eclesial, el Magisterio, los Padres Apostólicos, y no nada más de una manera literal, emocional y desconectada del lenguaje bíblico. Todas las palabras de Jesús, podemos decir que tienen un sentido pedagógico, de enseñanza; no son palabras dichas al azar, para salir del paso, no hay improvisación; son palabras con contenido sapiencial que debemos estar en consonancia con el Espíritu para poder entenderlas, aceptarlas y practicarlas.

  Jesús utilizó una pedagogía divina. Al llamar a su Madre “mujer”, fue precisamente para enseñar algo fundamental. En Caná de Galilea, es donde Jesús por primera vez se dirigió a María con la palabra “mujer”. Esta expresión no la podemos leer fuera del contexto en que fue dicha. Ya lo dice el dicho popular: “Un texto, sacado de contexto, se convierte en un pretexto”. Y muchos aquí es lo que hacen. Esta expresión en boca de Jesús a María, su Madre, no fue una reprimenda a ella. No podemos jamás pensar ni afirmar que Jesús tuviera una actitud tan negativa hacia su madre. Jesús, como todo niño educado en la enseñanza de la Torá, manifestaba un amor y respeto hacia sus padres, en cumplimiento del mandato divino de honrar a los padres. Y es que vemos aquí también la reacción de María que no se siente ofendida ni maltratada ni desconsiderada por parte de su Hijo. Ella solamente asiste, intercede por aquel joven matrimonio y dice una de las frases que quedará para la posteridad evangelizadora: “Hagan lo que él les diga”.

  Jesús no estaba marcando distancia de María. El accedió sin más a la súplica de su Madre, y así da inicio a su manifestación pública. Aquí lo que hubo fue una Revelación. Jesús no rebaja a María al llamarla “mujer”, sino que la estaba elevando. El papel de María va más allá de la maternidad biológica; surge de la voluntad divina de unirla a la Redención del género humano: “Pondré enemistad entre ti y la mujer…ella te aplastará la cabeza”. Por esto, el pueblo elegido, Israel, esperó durante siglos a la mujer asociada al Mesías. María es la mujer anunciada desde el Génesis, es la nueva Eva. La primera mujer, por su desobediencia entró el pecado al mundo; la segunda mujer, por su obediencia, vino la salvación al mundo. María es la cooperadora en la Redención: “Hágase en mí según tu palabra”. Esto no es casualidad, ni accidental. Es voluntad divina. Es teología pura.

  La Iglesia nunca ha orado como si Cristo estuviera sin su Madre. La liturgia, teología en acto, ni presenta a María como elemento decorativo del culto ni como figura paralela al Redentor, ni la relega por razón de prudencia ecuménica o por temor a exageraciones. La mira exactamente donde la ve el Evangelio: en la Encarnacion, en la cruz, en el cenáculo; junto al Hijo, nunca aislada, jamás a su nivel, siempre unida a Cristo, con él y bajo él, pero realmente presente como Madre que coopera en el misterio.

  Pues, en este mes de mayo, mes dedicado a la celebración de las madres, mes de María, dejémonos arropar por su amor maternal y espiritual, para que nuestra devoción a tan insigne Señora se fortalezca cada día más y seamos hijos e hijas transformados por su amor y misericordia espiritual.

viernes, 1 de mayo de 2026

Revuelo en el Vaticano: el Papa León XIV y una mujer disfrazada de arzobispo

 

Por P. Robert A. Brisman P.

 

  Según el diccionario de la RAE, la palabra revuelo significa: “agitación, confusión, alboroto o desorden entre personas o cosas, a menudo generado por una noticia impactante o un suceso”. Y es así. Pues esta semana ha causado un revuelo y escándalo el recibimiento que hicieran las autoridades del Vaticano a la señora Sarah Mullally, quien se desempeña o es la máxima autoridad de la iglesia católica anglicana ya que ostenta el grado de “arzobispa” de dicha Iglesia.

  Antes de seguir profundizando en este tema, es bueno saber que, la Iglesia católica, apostólica y romana, desde el Concilio Vaticano II, viene fomentando y aplicando lo que en uno de sus documentos llamado “Unitatis Redintegratio”, es el ecumenismo. En su Proemio leemos: “El restablecimiento de la unidad entre los cristianos es uno de los propósitos principales de este Concilio. La división de las iglesias que se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Cristo contradice a la voluntad de Dios y es motivo de escándalo para el mundo. En estos últimos tiempos, Dios ha dado a muchas personas y comunidades la gracia de un vivo deseo de la unión. Alegrándose de ello, este Concilio quiere proponer a todos los católicos los medios para responder a esta gracia divina”.

  Sabemos, por lo que leemos en el evangelio, que Cristo pidió al Padre celestial por la unidad de los suyos: “Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno” (Jn 17,21-22). La Iglesia nos enseña que la unidad querida por Cristo para ella, - su familia santa -, es un don y una tarea al mismo tiempo. La unidad de la Iglesia no se construye de un día para otro, ni cae del cielo. Esta unidad es un don, un regalo de Dios que necesita de la colaboración de cada uno de nosotros. Esta es la tarea que nos corresponde asumir a todos los cristianos.

  Pero, también es cierto que esta unidad debemos buscarla y edificarla en el fundamento de la verdad revelada por Dios Padre en su Hijo Jesucristo. No es la unidad que se nos puede antojar a algunos o a ciertos grupos de acuerdo con nuestras propias ideas y pareceres. Volvamos a citar el documento del V-II sobre el ecumenismo: “En esta Iglesia una y única han surgido escisiones y divisiones, a consecuencia de las cuales algunas comunidades se separaron, a veces no sin culpa de los hombres, de la plena comunión de la Iglesia romana” (Unitatis Redintegratio n.3). La tentación del rechazo y la división siempre han existido al interno de la Iglesia. El mismo Jesús lo vivió con el grupo de los Doce y sus discípulos: “Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: es dura esta enseñanza, ¿Quién puede escucharla?” (Jn 6,60). Por esto creemos que Jesús no le dio ninguna autoridad ni potestad a la naciente comunidad apostólica de alterar ni cambiar una sola letra del mensaje del evangelio: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto les he mandado” (Mt 28,19).

  La Iglesia de Cristo no está terminada; no se ha terminado de construir, de edificar. Se viene edificando en el tiempo. Cristo es el arquitecto y nosotros somos los obreros. Pero tenemos que aportar a su edificación según las indicaciones del arquitecto. Uno de esos aspectos es construir y edificar la unidad, que terminará cuando él regrese en su gloria.

Así llegamos al punto del ecumenismo. Esta palabra viene de la lengua griega antigua “Oikoumene”, que significa “tierra habitada o mundo habitado”. Desde la perspectiva católica, el “ecumenismo” es el movimiento surgido por gracia del Espíritu Santo, para reestablecer la unidad de todos los cristianos. Son muchos los encuentros que ha realizado la Iglesia Católica en el caminar para lograr edificar la unidad de la familia de Cristo. En 1960, el Papa Juan XXIII, funda el “Secretariado para la unión de los cristianos”. Y, como ya hemos señalado, tenemos el documento conciliar Unitatis Redintegratio, sobre la unidad de los cristianos, que presenta las bases doctrinales y las líneas de acción práctica del ecumenismo católico. Hay más documentos magisteriales sobre este tema.

  Dicho todo lo anterior, pues llegamos al punto central de este artículo: el recibimiento que ha sucedido en el Vaticano a la señora Sarah Mullally, “arzobispa de la Iglesia Anglicana”. Pues este hecho ha causado, como ya titulamos, un revuelo y escándalo en gran parte de los fieles católicos. Los medios de comunicación, que han resaltado esta noticia, algunos los han interpretado como un gesto de acercamiento y aceptación por parte de Roma a esta comunidad religiosa anglicana y su doctrina. Han circulado fotos y videos de algunos momentos en los que esta mujer ha interactuado con otras personalidades eclesiales vaticanas, como lo fue el gesto de bendición que ella hizo y donde se ve a un cardenal arzobispo inclinando su cabeza recibiendo dicha bendición.

Hay que aclarar que, aunque a esta mujer se dirigen como “arzobispa”, en realidad NO LO ES. Y no lo es porque, primero, la Iglesia anglicana, al separarse de la Iglesia de Roma, perdió la sucesión apostólica; otro elemento esencial es que, la mujer, por voluntad del mismo Cristo, no fue escogida para este ministerio sacerdotal. Y que quede claro: esto no quiere decir que la mujer sea menos que el hombre en la Iglesia. La mujer tiene su papel, su función, su lugar dentro de la Iglesia. Que no sea ministro sacerdotal no quiere decir que sea degradante para ella o discriminatorio. ¡Eso jamás! Aquí estamos hablando y señalando la voluntad y designio llevado a cabo por el mismo Jesús. La Virgen María, la madre de Jesús, no fue elegida ni incluida en este ministerio por Jesús. Y podemos afirmar que ella tenía mucha más dignidad que cualquier otro ser humano para serlo. Pero no fue así. A Jesús lo seguían otras mujeres y a ninguna de ellas las eligió para este ministerio; y tampoco leemos en el evangelio que ellas hicieran algún tipo de reclamo, o revuelta a Jesús por no incluirlas en este ministerio. Ellas sí realizaban otros ministerios en la comunidad creyente, también importantes.

  Pues esta mujer no es arzobispa, aunque otros la llamen y se dirijan a ella con ese título. Esto no es discriminación ni machismo. Esto es doctrina, tradición y magisterio eclesial. ¿Podemos afirmar que el Papa León XIV, al recibirla en audiencia, la reconoce y acepta como tal? Pues creo que no. Aunque el hecho no deja de causar escándalo y malentendidos. Esta mujer, disfrazada de arzobispo, no puede presidir ninguna acción litúrgica sacerdotal: no puede bendecir, no puede presidir la eucaristía ni consagrar las especies eucarísticas, no puede conferir el ministerio ordenado, etc. Todo es invento del hombre, no de Dios.

  Concluimos diciendo y reafirmando que, el verdadero ecumenismo es el que se funda en la verdad de Cristo. El ministerio sacerdotal también se le conoce como “sacramento del orden”, pero ¿en orden a qué? Pues es el sacramento que está ordenado al servicio, no al poder. Y esto es lo que muchos, - hombres y mujeres -, ven y asumen con el sacerdocio ministerial. El sacerdote de Cristo es un servidor en y para la comunidad creyente, la Iglesia; actúa en persona de Cristo: cuando el sacerdote perdona los pecados, es Cristo mismo quien perdona a través de él. Es Cristo quien posee todo el ser del sacerdote en su acción litúrgica. Jesús dijo que los escándalos no se pueden evitar. Pero también dijo que ¡ay de aquellos que los provocan! Más le valdría que le amarrasen una piedra de molino al cuello y ser lanzado al fondo del mar (Mt 18,6; Mc 9,42). Nuestra jerarquía eclesiástica y pastores todos, debemos tener mucho cuidado en no seguir provocando escándalos a los más sencillos. Cuidado con hacer cosas buenas que parecen malas y viceversa. Esto tiene su costo.

 

Dios les bendiga.