jueves, 11 de junio de 2026

Practiquemos la verdadera justicia (y 2)

 

Por P. Robert A. Brisman P.

  Estamos librando una batalla permanente contra el mal, contra el enemigo de Dios y de sus hijos e hijas. Ya el mismo san Pablo nos advirtió de que, nuestra batalla no es contra la sangre ni la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas y contra los espíritus malignos que están en los aires (Ef 6,12). Al difundir doctrinas falsas, satanás confunde a las gentes y, por lo tanto, se obstaculiza la verdad del evangelio y el progreso de la Iglesia de Cristo y su misión evangelizadora.

  Cuando el creyente solo se enfoca en practicar una religión legalista, de puro cumplimiento de normas, lo que hace es alejarse de la Iglesia y de la verdad de Dios. La batalla espiritual no es una lucha de poderes, sino una lucha por la verdad que perdura hasta el día de hoy y que durará hasta que venga el Señor Jesús en su gloria.

  La práctica farisaica de la religión nos lleva a abandonar la verdad y a abrazar la mentira; nos lleva a crear falsos ídolos a los cuales nos postramos en adoración y no son más que ídolos de barro que no pueden salvarnos. Son ídolos que habitan en nuestro corazón. Por esto, ya el Señor nos advirtió a través del profeta Ezequiel (14,4-5): “Por tanto, háblales y diles: Esto dice el Señor Dios: Todo hombre de la casa de Israel que ha erigido ídolos en su corazón y ha puesto ante su rostro la ocasión de su iniquidad, y luego acude al profeta, Yo, el Señor, le responderé por mí mismo, de acuerdo con la multitud de sus ídolos, a fin de recobrar por el corazón la casa de Israel, los que se han apartado de mí por la multitud de sus ídolos”. Nuestros ídolos nos autodestruyen y nos convierten en víctimas de guerra; todo esto empieza a partir de cambiar la verdad por la mentira.

  La verdad libera, mientras que la mentira esclaviza. Y Dios no nos quiere esclavos, sino libres, porque Cristo nos ha liberado. El fariseísmo nos hace falsos y tibios. Nuestra naturaleza espiritual es la verdad de Cristo, porque Cristo es la verdad, mientras que la naturaleza de satanás es la mentira: él es el padre de la mentira. No es satanás el que nos tiene que decir qué tenemos que creer, sino Cristo, que nos dijo que creamos en Dios, creamos en él y a su palabra.

  Muchos cristianos nos hemos dejado arropar y manipular por la mentira; la hemos comprado en algún momento de nuestra vida. ¿Cómo se destruye la mentira? Pues con la práctica de la verdad de Cristo. Por eso, ya el mismo Cristo nos dijo que no podemos estar al mismo tiempo con Dios y con el diablo; que no podemos servir a dos amos al mismo tiempo. Ésta también es la justicia que debemos practicar si queremos entrar en el Reino de los cielos.

  El mundo está arropado y viviendo en el engaño, en la mentira, en la manipulación, en la oscuridad. Y vende este engaño como algo bueno, loable y digno de ser asumido. Pero en realidad es todo lo contrario. San pablo nos advierte: “Vigilen para que nadie los seduzca por medio de vanas filosofías y falacias fundadas en la tradición de los hombres, y en los elementos del mundo, pero no en Cristo” (Col 2,8).  Los cambios, las ideas y creencias que el mundo va presentando como progreso y desarrollo, cambian continuamente según la época, pero tienen un elemento invariable: son contrarias a Cristo. Y ya Cristo dijo que “el cielo y la tierra pasarán. Pero sus palabras no pasarán” (Mt 24,35).

  Nuestra civilización occidental está enferma y nosotros debemos aprender a ver sus síntomas espirituales para aplicar la medicina que la sanaría.  Nuestra civilización es como un paciente que está en cama agonizando, luchando por no morir. Una civilización que ha atomizado la familia natural, donde los padres no conocen a sus hijos; el desplome de la natalidad; juventudes perdidas que cambian de género como si fuera cambiarse de ropa; naciones divididas contra sí mismas; culturas que celebran su propia autodestrucción porque le han metido en la mente la idea de que tenemos que ser inclusivos con todas las aberraciones que se puedan inventar; civilizaciones que han perdido el rumbo de hacia dónde deben ir; universidades que son centros de adoctrinamiento ideológico; iglesias vacías y convertidas en antros de perdición por el placer desmedido; políticos que se venden; medios de comunicación que se alinean con las ideologías modernas por dinero y se convierten en manipuladores; el amor convertido en mercancía y la sexualidad en entretenimiento; progresismo, diversidad, feminismo, relativismo, multiculturalismo, ecologismo, etc. Es la inoculación del veneno ideológico. Pues todo esto no es nada más que una lucha contra la civilización cristiana, porque la intención es borrar de raíz todo vestigio de cristianismo, específicamente la fe católica. 

  En conclusión. La palabra de Cristo es inmutable, porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, y a él nos debemos si queremos entrar en el Reino de los cielos.

miércoles, 10 de junio de 2026

El Reino de Dios está dentro de nosotros. Testimoniémoslo irradiando gracia

 Por P. Robert A. Brisman P.

La categoría teológica “Reino de Dios”, es la columna vertebral de todo el mensaje del evangelio. Jesús mismo lo dejó claro en su predicación: “Si yo expulso a los demonios con el poder de Dios, es para que ustedes entiendan que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Mt 12,27). Y en el evangelio de san Lucas se nos dice que, “el Reino de Dios está ya en medio de ustedes” (17,21).

  El Reino de Dios no es una realidad material, sino más bien es una realidad espiritual, divina, que viene de lo alto. En el diálogo entre Jesús y Pilatos, cuando éste le pregunta que si es rey, Jesús le responde que su Reino no es de este mundo. Y es verdad. Porque, si el Reino de Dios fuera de este mundo, pues no podría ofrecer sanación a este mundo enfermo por el pecado.

  El Reino de Dios se opone a otro reino: el reino del mundo. Estos dos son antagónicos y enfrentan una batalla permanente. El Reino de Dios tiene su rey: Cristo; y el reino del mundo también tiene su rey: satanás. Cuando hablamos del reino del mundo, no nos estamos refiriendo al mundo de la creación, sino a las instituciones, grupos e ideologías que están presentes en el mundo y que se oponen al plan salvador de Dios.

  El Reino de Dios, al ser de naturaleza espiritual y divina, se nos ha dado como un don y una tarea al mismo tiempo. Es un don, un regalo de Dios para nosotros; no hemos hecho absolutamente nada para merecerlo. Todo ha sido generosidad y gratuidad de parte de Dios. Por esto mismo es que Jesús dijo que “lo que hemos recibido gratis, debemos darlo gratis”. El Reino de Dios ha sido sembrado en nuestro corazón como una semilla de grano de mostaza para que, con el tiempo vaya germinando en nuestro interior y de ahí pase a nuestro exterior. A nosotros nos corresponde ir resolviendo esta tarea. Pero, dicha tarea, no se resuelve de un día para otro, ni en una semana, ni en un mes, ni en un año, etc. Esta tarea, de hacer presente el Reino de Dios en el mundo, es una tarea, un trabajo de toda la vida. Esta tarea terminará cuando el Señor vuelva; que no sabemos cuándo será, porque él nunca dio fechas. Desde la Ascensión de Cristo al Padre hasta que Cristo regrese, estamos en el tiempo de la Iglesia. Es decir, estamos en el tiempo de seguir anunciando y proclamando el evangelio de Jesús para la salvación de las almas. Estamos en el tiempo de hacer presente, de testimoniar la luz de Cristo en este mundo arropado por las tinieblas. El Reino de Dios es luz, vida, verdad, justicia, compasión, etc. El reino del mundo es oscuridad, muerte, mentira, injusticia, impiedad, etc.

  El Reino de Dios busca la transformación interior de la persona, la transformación del corazón y la mente, la conversión de la persona. Este Reino de Dios impregna toda la vida y cada una de las realidades en las cuales el creyente desenvuelve su vida cotidiana. Allí donde quiera que se encuentre el creyente, debe testimoniar ese don, esa gracia del Reino de Dios. Por eso Jesús advirtió que su Reino no tenemos que buscarlo fuera de nosotros; no se puede comprar en ninguna tienda.

  El Reino de Dios es silencioso. Su eficacia depende de la presencia y acción del Espíritu Santo en colaboración con nuestra disponibilidad interior. Crece lentamente. El Reino de Dios nos conduce a ver las cosas de manera diferente, con la mirada de Dios. El cristiano que vive la fe, la caridad, la compasión, la justicia, etc., ya está manifestando con su vida el Reino de Dios. Y el libro de la Sabiduría 7,22-30, nos enseña que un espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, perspicaz, sin mancha, diáfano, inalterable, amante del bien, agudo, libre, bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, lo observa todo y penetra en todos los espíritus; en los inteligentes, en los puros y hasta los más sutiles. Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios y una imagen de su bondad. Aunque es una sola, lo puede todo; permaneciendo en sí misma, renueva el universo; de generación en generación, entra en las almas santas, para hacer amigos de Dios y profetas…todo esto es el Reino de Dios.

  El Reino de Dios debemos hacerlo presente primeramente en la familia, en el trabajo, con los amigos, en el tránsito, etc. El Reino de Dios quiere hacer nuevos a cada hombre y a cada mujer, para que así las sociedades sean nuevas; tener familias nuevas, hogares nuevos y ambientes nuevos.