Por P. Robert A. Brisman P.
La categoría teológica “Reino
de Dios”, es la columna vertebral de todo el mensaje del evangelio. Jesús mismo
lo dejó claro en su predicación: “Si yo expulso a los demonios con el poder de
Dios, es para que ustedes entiendan que el Reino de Dios ha llegado a ustedes”
(Mt 12,27). Y en el evangelio de san Lucas se nos dice que, “el Reino de Dios
está ya en medio de ustedes” (17,21).
El Reino de Dios no es una realidad material,
sino más bien es una realidad espiritual, divina, que viene de lo alto. En el
diálogo entre Jesús y Pilatos, cuando éste le pregunta que si es rey, Jesús le
responde que su Reino no es de este mundo. Y es verdad. Porque, si el Reino de
Dios fuera de este mundo, pues no podría ofrecer sanación a este mundo enfermo
por el pecado.
El Reino de Dios se opone a otro reino: el
reino del mundo. Estos dos son antagónicos y enfrentan una batalla permanente.
El Reino de Dios tiene su rey: Cristo; y el reino del mundo también tiene su
rey: satanás. Cuando hablamos del reino del mundo, no nos estamos refiriendo al
mundo de la creación, sino a las instituciones, grupos e ideologías que están
presentes en el mundo y que se oponen al plan salvador de Dios.
El Reino de Dios, al ser de naturaleza
espiritual y divina, se nos ha dado como un don y una tarea al mismo tiempo. Es
un don, un regalo de Dios para nosotros; no hemos hecho absolutamente nada para
merecerlo. Todo ha sido generosidad y gratuidad de parte de Dios. Por esto
mismo es que Jesús dijo que “lo que hemos recibido gratis, debemos darlo
gratis”. El Reino de Dios ha sido sembrado en nuestro corazón como una semilla
de grano de mostaza para que, con el tiempo vaya germinando en nuestro interior
y de ahí pase a nuestro exterior. A nosotros nos corresponde ir resolviendo
esta tarea. Pero, dicha tarea, no se resuelve de un día para otro, ni en una
semana, ni en un mes, ni en un año, etc. Esta tarea, de hacer presente el Reino
de Dios en el mundo, es una tarea, un trabajo de toda la vida. Esta tarea terminará
cuando el Señor vuelva; que no sabemos cuándo será, porque él nunca dio fechas.
Desde la Ascensión de Cristo al Padre hasta que Cristo regrese, estamos en el
tiempo de la Iglesia. Es decir, estamos en el tiempo de seguir anunciando y
proclamando el evangelio de Jesús para la salvación de las almas. Estamos en el
tiempo de hacer presente, de testimoniar la luz de Cristo en este mundo
arropado por las tinieblas. El Reino de Dios es luz, vida, verdad, justicia,
compasión, etc. El reino del mundo es oscuridad, muerte, mentira, injusticia,
impiedad, etc.
El Reino de Dios busca la transformación
interior de la persona, la transformación del corazón y la mente, la conversión
de la persona. Este Reino de Dios impregna toda la vida y cada una de las
realidades en las cuales el creyente desenvuelve su vida cotidiana. Allí donde
quiera que se encuentre el creyente, debe testimoniar ese don, esa gracia del
Reino de Dios. Por eso Jesús advirtió que su Reino no tenemos que buscarlo
fuera de nosotros; no se puede comprar en ninguna tienda.
El Reino de Dios es silencioso. Su eficacia
depende de la presencia y acción del Espíritu Santo en colaboración con nuestra
disponibilidad interior. Crece lentamente. El Reino de Dios nos conduce a ver
las cosas de manera diferente, con la mirada de Dios. El cristiano que vive la
fe, la caridad, la compasión, la justicia, etc., ya está manifestando con su
vida el Reino de Dios. Y el libro de la Sabiduría 7,22-30, nos enseña que un
espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, perspicaz, sin
mancha, diáfano, inalterable, amante del bien, agudo, libre, bienhechor, amigo
de los hombres, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, lo observa todo y
penetra en todos los espíritus; en los inteligentes, en los puros y hasta los
más sutiles. Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la
actividad de Dios y una imagen de su bondad. Aunque es una sola, lo puede todo;
permaneciendo en sí misma, renueva el universo; de generación en generación,
entra en las almas santas, para hacer amigos de Dios y profetas…todo esto es el
Reino de Dios.
El Reino de Dios debemos hacerlo presente primeramente
en la familia, en el trabajo, con los amigos, en el tránsito, etc. El Reino de
Dios quiere hacer nuevos a cada hombre y a cada mujer, para que así las
sociedades sean nuevas; tener familias nuevas, hogares nuevos y ambientes
nuevos.