martes, 11 de febrero de 2014

... Y siguen con la foto


Con motivo a la celebración de la Virgen de la Altagracia, Protectora de la República Dominicana; la Conferencia del Episcopado Dominicano, como es costumbre, escribe una carta pastoral dirigida al pueblo dominicano en donde aborda algún tema de actualidad y de corte preferentemente pastoral, en donde nos da una panorámica de lo que está sucediendo en nuestra sociedad y motivando por lo tanto a que asumamos algunas medidas al respecto tanto en lo que se refiere a lo eclesial como a lo social.

  Pues esta carta pastoral de este año lleva por título “Familia cristiana: vive y proclama tu fe”. En esta carta, nuestros obispos nos dan una panorámica, si no exhaustiva si general, sobre la situación actual de la familia en nuestra sociedad, la problemática que está enfrentando y posibles métodos de ayuda para poder enfrentar estos retos a que está siendo sometida esta pequeña pero fundamental célula de la sociedad. Nos dicen nuestros obispos: “nos golpea la violencia intrafamiliar con los feminicidios y suicidios… (n 11); es una preocupación ver a tantas familias incompletas…(n 12); la pobreza extrema y abandono del hogar…” (n 13). Hablan nuestros obispos del “plan de Dios sobre el matrimonio y la familia: Dios es el autor del matrimonio, no es hechura del Estado ni de la sociedad… (n 29); la familia es la primera comunidad humana revelada, querida e iluminada por Dios… (n 37); la familia es imagen de Dios…” (n 41). Nos hablan de la “misión de la familia cristiana: su misión es formar hombres y mujeres felices… (n 47). Sobre los “desafíos de la familia: el efecto negativo y masivo de los medios de comunicación en desmedro de los valores éticos y morales familiares…” (n 51). De la “pastoral familiar: la familia es prioridad fundamental en la pastoral eclesial… (n 57); invitando a un dialogo en la verdad para renovar la sociedad…” (n 70). Estos temas deben de ser profundizados por las diferentes comunidades eclesiales para una mayor riqueza y juntos buscar la forma de cómo ayudar a enfrentar las diferentes problemáticas que enfrentan las familias en nuestra sociedad.

  Pero, a lo que voy, -y es el motivo de este artículo-; esta carta fue acompañada por una foto de los miembros (obispos) de la Conferencia. Se señala que la foto estuvo manipulada y que esto es un atentado contra la ética, y que es también una falta de respeto a los medios y a la sociedad. La sala de prensa de la Conferencia emitió un comunicado en donde explica las razones de por qué el uso de la foto y los cambios. Se podrá estar o no de acuerdo con las razones expresadas por este organismo. Pero llegar a enrostrarle a la Conferencia que ésta ha sido una grave falta a los medios y sociedad y ponerlo como si de verdad se cayó en una falta imperdonable, creo que eso no es objetivo. Que si la Conferencia debió pedir disculpas, está bien; pero acusar la institución como si el error cometido es imperdonable, no. Si a esas vamos, pues entonces hay que enrostrarle a los medios la “falta grave” que cometieron algunos de ellos una semana antes de que se publicara la carta pastoral, en la que informaron sobre la muerte de “Monseñor Arnaiz”: ¿de dónde obtuvieron ellos esa información? ¿Quién se las facilitó? ¿La Conferencia del Episcopado? No creo. Si a la Conferencia se le critica el error y, por ende, hasta se le acusa de falta a la ética, entonces ¿cómo hay que calificar este error de los medios sobre la supuesta muerte de Monseñor Arnaiz? Hasta ahora yo no he escuchado ni leído en esos medios pidiendo una disculpa por el error en la información. Creo que si vamos a exigirle al otro que cumpla las normas éticas, también hay que exigírselas a los otros. Seamos todos éticos, porque no se vale señalar al otro y después esconder la mano.

  El debate en vez de centrarse en el contenido de la carta pastoral, se ha centrado en la dichosa foto. A esta se le han dedicado de artículos enteros hasta editoriales. Hay quienes están de acuerdo y otros no sobre su contenido. Hay que recordar que la carta pastoral no es palabra de Dios; es más bien una visión de una realidad de nuestra sociedad iluminada por el mensaje del evangelio y abordada desde la enseñanza del magisterio eclesial. La desilusión y críticas a su contenido vienen por lo general marcada por esa ideología que promueven muchos comunicadores que velan y proclaman los intereses de organismos internacionales y ONGs que financian ideas contrarias a los valores morales, culturales, sociales y religiosos de nuestra sociedad. Claro que la “carta es pobre” porque no dice lo que ellos quieren que diga, sino lo que tienen que oír, y esto incomoda. La Iglesia no se va a acomodar a sus criterios e ideas dañinas, sino al evangelio. La Iglesia no puede dejar de ser lo que es, porque si ella calla, serán las piedras las que hablarán.

miércoles, 29 de enero de 2014

¿Por qué confesarme? Pecado Mortal y Pecado Venial.


Hablemos ahora más específicamente del pecado. La tradición de la Iglesia siempre ha distinguido entre “pecado mortal y pecado venial”. Antes de distinguir uno del otro, es bueno señalar que esta división ha sido un problema para muchos católicos puesto que se confunden en distinguir uno y otro. Vamos a decirlo de manera sencilla. “Los pecados veniales dañan nuestra vida sobrenatural, mientras que, los pecados mortales acaban con nuestra vida sobrenatural. Los pecados veniales indican una enfermedad espiritual, mientras que, los pecados mortales indican la muerte sobrenatural”.

El pecado mortal es terrible. Aquí volvemos a recordar las palabras de Jesús en Mt 10,28: “no teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; teman más bien a los que matando el cuerpo también matan el alma arrojándolos al infierno”.  El infierno no es un lugar físico, como algunas personas piensan o creen. Es más bien lo que se llama “un estado del alma”, que se experimenta en la medida en que la persona vive su vida cada vez más alejada de Dios e inmerso cada vez más en la vida de pecado. Tanto el infierno como el cielo, o mejor dicho, la iniquidad y la beatitud se comienzan a vivir aquí en la Tierra, pues “existen hombres que viven en un verdadero odio y rabia continua, así como otros que viven inmersos en un verdadero abismo de amor” (José Ant. Fortea).

Para que haya pecado mortal, hacen falta tres condiciones: materia grave (especificada por los mandamientos de Dios), conocimiento pleno y consentimiento deliberado. La absolución sacramental es para los pecados mortales o graves. Alguien me preguntará entonces, ¿y qué pasa con los pecados veniales? ¿No se perdonan en la confesión? O ¿no es necesario confesarlos? ¿Qué pasa con ellos? Aquí quiero parafrasear un dicho popular que dice “grano a grano se llena la gallina el buche”. Si aplicáramos este dicho a los pecados veniales podríamos decir que la práctica de pecados leves puede llevar a caer en un pecado mortal o grave. Entonces, hay que curarnos en salud; aunque no se haya cometido un pecado mortal, es bueno prevenirnos acercándonos a la confesión para que sean perdonados. Claro que tampoco hay que caer en los extremos, porque si no, no vamos a salir del confesionario ya que es más fácil o común cometer pecados veniales que mortales. Por eso es importante el examen de conciencia.

Quiero aprovechar este momento para aclarar una situación que muchos católicos asumen o piensan. La Gracia de Dios no tiene fecha de vencimiento. O sea, hay muchos católicos que se acercan al sacerdote pidiendo que se le renueve la Gracia como si ella tuviera fecha de vencimiento o de caducidad. Nada más falso. La Gracia de Dios lo único que la rompe, que la anula o la destruye es el pecado mortal. Es decir, que si un católico no ha cometido ningún pecado mortal después de su última confesión, no tiene que pedir renovación de la Gracia. Para que la confesión sea válida, tenemos que confesar todos los pecados mortales de los cuales tengamos conciencia después de nuestra última confesión.

Es muy común escuchar a gente decir “Dios no me perdonará esta falta o pecado”. Falso. El que así piensa en realidad no conoce la misericordia de Dios. No hay pecado que Dios no perdone si nuestro arrepentimiento es sincero. A esto, el Catecismo nos dice: “no hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento, rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna” (Cat. no. 1864).

El pecado venial debilita nuestra voluntad. Nos hiere en el alma, aunque no nos mata. El Papa Juan Pablo II decía: “el pecado venial no priva al pecador de la gracia santificante, de la amistad con Dios, la caridad y en consecuencia la felicidad eterna” (Reconciliación y Penitencia no. 17.9). Ningún pecado, por pequeño que sea, es compatible con la vida de Cristo, que siempre está libre de pecado.
Los pecados engendran otros pecados, no solo en el pecador sino también en los demás. Esta es la dimensión social del pecado. Hay una responsabilidad nuestra cuando participamos o colaboramos en los pecados de los demás: ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos, aprobándolos, no impidiéndolos, no denunciándolos o protegiéndolos (Cat. no. 1868).

Bendiciones.

miércoles, 8 de enero de 2014

¿Por que confesarme? La Gracia


“Porque tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Cuando hablamos de la confesión, es necesario hablar también de un aspecto de nuestra vida cristiana que es esencial y que tanto se oye hablar de ella, pero que a lo mejor muchos todavía no saben de qué se trata o qué hay que entender por ella. Me refiero concretamente a LA GRACIA. Se hace necesario que hablemos un poco sobre este don o regalo que Dios nos da para que podamos entender mejor qué es lo que nosotros perdemos cuando cometemos un pecado.

Lo primero que tenemos que decir es qué es LA GRACIA: “la gracia es la vida de Dios comunicada gratuitamente a la persona, aceptada libremente por ésta mediante la fe” (libro de rollos y meditaciones del MCC pag. 26).

Vemos aquí una breve y sencilla definición de lo que es la Gracia divina. Es bueno que la comentemos por partes. Lo primero que nos dice es que la gracia “es la vida de Dios”. Ya lo hemos dicho en nuestra cita bíblica al inicio de nuestro artículo, del evangelista san Juan. Dios ha querido hacernos partícipes de su misma vida; Dios nos ha creado para la vida, y para la vida en abundancia. Cristo mismo nos dirá en otro momento que EL es “el camino, la verdad y la vida”; “todo el que cree en él no morirá, sino que tendrá la luz de la vida”; “él es la resurrección y la vida”; “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos”. Cristo vino al mundo a ofrecernos la misma vida de Dios. La segunda parte de la definición dice que la gracia (vida de Dios) “es comunicada gratuitamente”. Es decir, no nos ha costado absolutamente ni un centavo. Todo ha sido pura gratuidad, generosidad, donación departe de Dios para con nosotros. No hemos hecho nada para merecerla, sino que Dios mismo nos ha hecho merecedores porque nos ama. Dios ha querido entrar en diálogo, en comunicación con nosotros. Al entrar en comunicación con nosotros, ha querido relacionarse con nosotros; ha querido encontrarse con nosotros; ha querido ser cercano a nosotros. Es el Dios que deja de estar allá arriba y se abaja hasta llegar a nosotros, y poner su morada entre nosotros. La tercera parte dice que “la gracia es aceptada libremente por la persona”. El amor es donación, es regalo; por lo tanto no se impone. Así entonces este regalo, esta donación debe ser correspondido desde la libertad del amado. Hemos sido creados con inteligencia y voluntad. Es como si Dios quisiera establecer una relación con cada uno de nosotros en libertad, sin presión. Y la ultima parte de la definición dice que la gracia (vida de Dios), “la experimentamos mediante la fe”. Es decir, este don de Dios no lo podemos percibir por nuestros sentidos, sino que el único modo de vivirlo es por la fe en EL. De ahí la insistencia de Jesús en que creamos en él y en su palabra, y por esa fe seamos capaces de obrar las obras de la fe.

Este don de la gracia o vida de Dios, lo recibimos primeramente en el bautismo. Y se nos manifiesta por medio del Espíritu Santo. Este don de la gracia o vida de Dios, tenemos que irlo fortaleciendo y profundizando en nuestro caminar cristiano y en la medida en que recibimos los demás sacramentos, ya que cada uno de ellos nos comunican el mismo don de Dios. Este don de la gracia divina tiene que irse fortaleciendo; tiene que ir creciendo y madurando.

La gracia nos hace santos. Cristo mismo nos dijo “sean santos como su Padre celestial es santo”. La santidad se manifiesta en nosotros en cada acto de amor que hacemos. La madre Teresa de Calcuta dijo “hay que amar hasta que nos duela”. La vida de los santos fue una vida toda ella en manifestación del amor de Dios. Cristo dijo que el signo por el cual el mundo va a creer que somos sus discípulos y discípulas es en la vivencia y testimonio de su amor. Nuestro amor debe ser semejante al amor que EL nos tiene: “ámense como yo los he amado”.

Por lo tanto, hay que decir entonces que, el pecado es cualquier acción –de pensamiento, palabra, obra u omisión-, que ofenda a Dios, viola su ley o rechaza el orden de su creación.

La gracia de Dios también nos hace hijos e hijas de Dios: hemos sido hechos hijos e hijas de Dios en el Hijo. La gracia de Dios nos hace templos de Dios, porque su Espíritu Santo habita en nosotros. Y, por último, la gracia de Dios nos diviniza: nos eleva de peldaño para que estemos junto con EL. No podemos estar junto a Dios manteniendo nuestra condición humana. Su gracia nos purifica de todas nuestras maldades y pecados.

Bendiciones.

viernes, 27 de diciembre de 2013

¿Por qué confesarme? : La raíz del pecado


“Dijo Jesús a sus discípulos: es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien viene el escándalo! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Anden, pues, con cuidado” (Lc 17,1-3).

Al leer este pasaje del evangelista san Lucas, me viene a la mente la pregunta, ¿Qué está mal en el mundo? Muchas veces hemos oído decir que la Iglesia no debe inmiscuirse en los asuntos que no son de su competencia; que se ocupe de lo espiritual, y así quieren relegar a la Iglesia al ámbito de lo privado. Le echan en cara que entre sus miembros, -jerarquía-, hay abusadores, pederastas, violadores, etc. Bueno, hay que decir, en honor a la verdad, que en la Iglesia hay miembros jerárquicos que no han sabido ser fieles al llamado y compromiso asumido por ellos ante Dios y la comunidad cristiana. Pero no se puede acusar a la Iglesia de eso sin más, porque si a esa vamos, entonces tendríamos que aplicarle este mismo rigor a cada una de las instituciones y grupos humanos que existen: a las fuerzas armadas, policías, políticos, abogados, médicos, ingenieros, mecánicos, arquitectos, ebanistas, incluso la familia, etc. En conclusión: tendríamos que abandonar este mundo e irnos para otro planeta a recomenzar la vida, y donde quiera que nos vayamos tendríamos los mismos problemas o quizá peores; porque la realidad es que el problema no son las instituciones, somos más bien las personas que somos parte de las instituciones. Ya lo dijo G.K. Chesterton: “el problema soy yo mismo”. Viene a mi mente una anécdota de un niño que quería jugar con su padre, pero éste estaba muy cansado y le dio al niño un rompe cabezas con la imagen del mundo para que lo armara pensando que se tardaría unas horas en ello y así descansaría. De pronto viene el niño a los pocos minutos con el rompe cabezas armado y el padre sorprendido le pregunta cómo lo había hecho, a lo que el niño le respondió: es que detrás del rompe cabezas esta la figura de un hombre y arreglando al hombre arregle el mundo.

Aquí pues está lo que podríamos decir que es la esencia de la confesión: confesar nuestras faltas o pecados es aceptar la responsabilidad de nuestras acciones y sus consecuencias; no echarle la culpa de nuestros actos a los otros, no querer justificar mis malos actos señalando a los otros. Ya lo dijo el Señor: “no juzguen y no serán juzgados, no señalen y no serán señalados; con la vara que midas a los demás, con esa misma vara te medirán a ti”; y también, “¿por qué miras la paja en el ojo ajeno sin antes sacar la viga que traes en el tuyo?”. ¿Qué anda mal en el mundo? Es fácil ver el mal que hay en la Iglesia, la sociedad, el planeta, etc. Hay una quiebra de los valores familiares, sociales, culturales, pero, ¿qué vamos a hacer? Lo que hay que hacer es un reconocimiento del pecado que hemos cometido de pensamiento, palabra, obra y omisión…POR MI CULPA.

Ya sabemos de los regaños y llamadas de atención departe de Jesús a los fariseos; recordemos esas fuertes palabras que les dirigió a ellos cuando les dijo “sepulcros blanqueados”. El mal no está fuera de nosotros, está en lo más hondo y profundo de cada uno de nosotros, en nuestro interior: “no es lo que entra al hombre lo que lo hace impuro, es lo que sale de su boca, porque de su interior es que nacen las pasiones desordenadas…” (Mt 15,19-20). Claro que hay de pecado a pecado. Pero pecado al fin. La lista es larga, el mismo san Pablo nos enumera varias listas de ellos (Gal 5,19-21; Rm 1,28-32; 1Cor 6,9-10; Ef 5,3-5; Col 3, 5-8; 1Tim 1,9-10; 2Tim 3,2-5).

Por esto, la tradición y doctrina de la Iglesia distingue entre pecado mortal y pecado venial. Pecados que ofenden a Dios, otros al prójimo y a sí mismo; pecados espirituales y carnales; pecados de pensamiento, palabra, acción u omisión, etc.

¿Qué anda mal en el mundo? Definitivamente “yo mismo” (es lo que cada uno tiene que reconocer). Somos nosotros los seres humanos los que pecamos, y los pecados brotan del propio mal que hay en nuestro corazón. Esto ya Dios lo sabe; Cristo mismo lo sabe, y por eso nos ofreció y nos ofrece el remedio, la cura, para sanar nuestros corazones desgarrados, heridos y manchados por el pecado. Recordemos que el mismo Dios nos dice que “él no odia al pecador sino al pecado; o también, ama al pecador pero no al pecado”. Esta es la enseñanza que debemos de poner en práctica los cristianos si es que queremos ser fieles discípulos de Cristo. Ya se lo dijo al apóstol Pedro, “hay que perdonar hasta setenta veces siete”; o sea, hay que perdonar siempre, porque siempre Dios está presto para perdonarnos.

 

martes, 12 de noviembre de 2013

¿Por qué confesarme? (6a. parte)


Hablemos ahora del ministro del sacramento de la confesión. Hablemos del sacerdote.

“En todas las religiones hay sacerdotes y sacerdotisas, ellos son intermediarios entre Dios y los hombres, unen a los hombres con Dios. Los romanos los llamaban pontifex (constructores de puentes). El sacerdote tiene la misión de construir puentes sobre los cuales los hombres van a Dios y Dios a los hombres” (Anselm Grünn).

Como vemos, el sacerdote no es un ser fuera de este planeta que hace su acto de presencia de manera estrepitosa, o que viene de vez en cuando a la tierra a presentar los sacrificios a Dios y luego se retira hasta una próxima ocasión; no. La carta a los Hebreos nos dice de una manera clara, sencilla y profunda a la vez quién es el sacerdote: “todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y está constituido a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Es capaz de comprender a ignorantes y extraviados, porque esta también él envuelto en flaquezas. Y a causa de la misma debe ofrecer por sus propios pecados lo mismo que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, si no es llamado por Dios” (Hb 5,1-4).

He aquí lo esencial al ministerio sacerdotal y al mismo ministro. Lo primero es que este ministerio se da por un llamado especial al hombre,-cabe recordar que solo los varones bautizados, en nuestra Iglesia católica latina pueden ser sacerdotes-, departe del mismo Dios. La consagración sacerdotal no exime al sacerdote de su condición humana y lo que ella comporta. El sacerdote, por la consagración sacerdotal, no pierde su condición de ser humano y por eso es que también él debe de ofrecer o presentar sus sacrificios a Dios por el perdón de sus propios pecados o faltas. Hay muchos, sobre todo no católicos, que dicen que el sacerdote no es necesario para estas cosas; dicen también que el creyente o cristiano puede confesar sus pecados directamente a Dios. Es cierto; pero lo más conveniente es hacerlo tal como el mismo Señor lo estableció, a través de la persona del sacerdote. En ninguna parte del evangelio Jesús dijo que cuando necesitáramos confesarnos que lo llamáramos y él vendría; delegó más bien ese poder en sus discípulos y les dio autoridad para atar y desatar. Aquí volvemos a hacer referencia al evangelio de san Juan capítulo 20,21ss; y también la carta del apóstol Santiago, cuando habla de llamar a los presbíteros para ungir a los enfermos de la comunidad.

Hay que destacar aquí, o más bien aclarar que, la soberanía de Dios no está en peligro cuando él comparte su poder con otros. El poder sigue siendo suyo. Cristo es el Sacerdote detrás del sacerdote. Cristo es el que actúa a través del sacerdote. De modo que nosotros no vamos al sacerdote en lugar de ir a Cristo. No vamos al confesionario en lugar de ir al Dios de la misericordia. Vamos al Dios de la misericordia y él nos dice que vayamos al confesionario.

Esta práctica la Iglesia la viene realizando siglos y siglos ininterrumpidamente, porque lo que hace es poner en ejecución el mandato del Señor de perdonar los pecados en su nombre. San Basilio decía: “la confesión de los pecados debe hacerse con los que han recibido el encargo de administrar los sacramentos de Dios”. Y san Ambrosio afirmaba: “Cristo otorgó ese poder a los apóstoles, y desde los apóstoles ha sido transmitido solamente a los sacerdotes”. Y san Juan Crisóstomo escribió: “los sacerdotes han recibido un poder  que Dios no ha concedido a los ángeles ni a los arcángeles…el de ser capaces de perdonar nuestros pecados”.

Recapitulemos. Solo Dios tiene el poder para perdonar los pecados. Pero El ha querido participar de este poder y autoridad a ciertos hombres que Él llama de manera particular a que ejerzan este poder en su nombre. El sacerdote, aunque actúa en nombre de Cristo, también tiene que buscar el perdón de sus propios pecados a través de otro sacerdote. Aquí no se vale el “autoservicio”. El sacerdote es ministro de Cristo que actúa en nombre de Cristo. Cuando el sacerdote absuelve los pecados no está usurpando el poder de Dios, sino más bien lo administra en su nombre porque así lo estableció el Señor. El sacramento de la confesión es un acto de fe; una fe que tiene que ser fortalecida por nuestro amor a Dios y a su evangelio, a su buena noticia de salvación. Aquí sería bueno que recordáramos aquellas palabras del apóstol Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te amo”.

 

Bendiciones.

martes, 22 de octubre de 2013

¿Con que todos somos Haiti?


“Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se resiste al orden divino, y los que resisten se atraerán sobre sí mismos la condenación” (Rm 13,1-2).

 

  Sigue el debate en nuestra sociedad por la sentencia del Tribunal Constitucional por el fallo emitido en cuanto a lo que tiene que ver con la ley de migración dominicana de extranjería. Son muchas las opiniones encontradas al respecto a favor y en contra. Lo cierto es que son pocos o casi ninguno los que se han tomado la molestia de leer completamente la sentencia del TC ya que la misma consta de aproximadamente 125 páginas. Pero eso sí, nos hemos afilado la lengua para despotricar y descalificar la misma sentencia. Se ha caído en criticar una sentencia que ni siquiera nos hemos tomado la molestia de conocer. Pero aquí ciertamente lo que prevalece no es más que un interés económico que se esconde muy por debajo de tantas opiniones de grupos y personalidades, pero que ya todos sabemos cómo se bate el cobre.

  Ha llamado la atención el percance al cual fue sometido el presidente de la República la semana pasada en la conferencia de la mujer auspiciada por la ONU-mujeres. Un grupo de mujeres que aprovecharon ese encuentro para enrostrarle en la cara al mandatario, y en su persona, a todo el pueblo dominicano, vociferando que “todos somos Haití”. Esa no fue más que una falta de respeto, una desconsideración y una intromisión en asuntos internos dominicanos de este grupo de mujeres irresponsables pagadas por ONGs y organismos internacionales que las dejaron en el ridículo. Aquí la pregunta obligatoria es, ¿Por qué estas mujeres no van a Estados Unidos, a Brasil, a México, Canadá, España… a bocearles a ellos en su patio que todos son Haití? Se dice que aquí hay democracia para manifestarse, y es cierto; pero también hay lo que se llama “respeto” a las leyes y soberanía de una nación. Muchos han dicho que de nada sirven al debate las groserías y malas palabras que se han emitido en varios programas en los medios de comunicación y prensa escrita; pero hay que entender también la indignación que fue el que vinieran un grupo de extranjeras a nuestra casa a bociarnos que todos somos Haití. Se equivocaron. Estos grupos no tienen la más mínima idea de los aspectos históricos de nuestras dos naciones para que vengan a desconsiderarnos de esa manera. Si ellas son Haití, pues que se vayan a Haití a luchar y defender a los haitianos de su mismas autoridades que no les dan ni proveen de lo básico para su subsistencia. No todos somos Haití, como tampoco somos ni Brasil, ni Perú, ni Canadá, ni España, ni Rusia, ni Panamá, etc. Somos República Dominicana. Yo soy dominicano y donde quiera que voy fuera de mi país me presento como dominicano, y con orgullo. Soy de la patria de Duarte, Sánchez, Mella, Luperón, Concepción Bona. Esto no es racismo ni patriotismo trasnochado. Yo respeto y honro la memoria de los hombres y mujeres que lucharon por la independencia de mi país.

  Otro punto que está complicando más esto es que ahora se ha dedicado el gobierno haitiano, en la persona de su canciller y otros políticos, a ir a diferentes escenarios internacionales a exigir que a la República Dominicana se le condene por esta sentencia de TC. Ya se ha manifestado el CARICOM y ahora se pretende llegar al ALBA, y así a otros más. Estos organismos se han expresado y a lo mejor se expresen sobre un tema que ellos ni conocen y que además tiene que ver con una decisión soberana de un Estado soberano como el nuestro. Tengan mucho cuidado. La República Dominicana no ha emitido ningún juicio ni opinión sobre el muro que está construyendo Haití en su línea fronteriza porque lo entendemos como una acción soberana. Pero lo cierto es que si ese muro fuera levantado por la parte dominicana, hace rato que estuviéramos en la hoguera.

  Es conocida por muchos la expresión del derecho romano: “la ley es dura, pero es la ley”. La ley hay que respetarla, todos tenemos que respetarla, aunque nos perjudiquemos con ello. El respeto a la ley beneficia el futuro y a la comunidad. El apóstol san Pablo dice en la carta a los Romanos: “Los magistrados no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal…Por tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia” (Rm 13, 3.5). Son muchos los que amparados en una falsa interpretación de los derechos humanos han violado y siguen y quieren que se viole la ley. En eso han incurrido incluso hasta sacerdotes. Y es incorrecto. Todos debemos someternos a la ley. Nadie está por encima de ella. Ya lo dice el mismo san Pablo en la cita que pusimos al inicio de este artículo: “debemos someternos a la autoridad legítimamente constituida”. Todos estamos de acuerdo en que hay que aplicarles la ley a esos grupos de mafiosos tanto haitianos como dominicanos que no son más que comerciantes de humanos; que se lucran con la miseria de una nación utilizando a su gente para su propio beneficio. Que tratan mejor al perro de su casa que a estos seres humanos que lo quieren es dejar la miseria en la que están hundidos. Que les caiga el peso de la ley.

  La situación haitiana tiene una dimensión humana y otra política. En cuanto a la humana, hay que ayudarles a buscarles soluciones humanas sin menoscabar o perjudicar nuestras leyes; y en esa parte la República Dominicana ha sabido tenderles las manos siempre en ayuda humanitaria, cosa que otras naciones más ricas y poderosas no han querido hacer; pero sí ponen sus recursos para financiar grupos e instituciones que denigren a nuestro país. Eso es una vagabundería y una desconsideración de su parte, y una violación a nuestra soberanía. Con el pueblo haitiano no ha habido un pueblo más solidario que el nuestro, a pesar de nuestras limitaciones y precariedades. El otro camino es de tipo político y hay que buscarle soluciones políticas, y ahí entra la parte migratoria. Nuestro país tiene el derecho de establecer sus propias leyes de acuerdo a lo que consideremos que es lo que más nos conviene. La República Dominicana no es una institución de beneficencia pública. Es una nación libre y soberana que establece sus propias normas y leyes por las cuales nos regimos los ciudadanos nacionales y todo aquel extranjero que quiera residir aquí. La República Dominicana no puede ocuparse del drama haitiano cuando en su misma casa hay tantos dominicanos y dominicanas que no tienen sus necesidades básicas solucionadas.

  Si queremos emitir juicios lo más certeros posible, lo mejor es que aprendamos a escuchar a los expertos en la materia. Una de la característica de nuestra gente es que nos gusta opinar de todo sin tener o saber los más elementales fundamentos de las cosas. No nos dejemos llevar por los excesos ni pasión que no nos conducen a un debate serio de las ideas. Pero tampoco nos dejemos pisotear nuestra dignidad y nuestra identidad como nación libre y soberana. No tenemos por qué permitir que nos vengan a pisotear nuestra bandera, nuestro himno, que mucha sangre costó. República Dominicana y Haití tenemos costumbres y visiones diferentes que son irreconciliables.

  Yo soy dominicano. Yo soy de la patria de Duarte, Sánchez, Mella, Luperón, Concepción Bona. María Trinidad Sánchez.

miércoles, 16 de octubre de 2013

¿Por qué confesarme? (5a. parte)


Ahora hablemos de la Gracia. Ya hemos dicho anteriormente, que los sacramentos instituidos por Cristo y encomendados a su Iglesia nos comunican la gracia de Dios. Pero, ¿Qué es la gracia? Igual que lo dicho anteriormente cuando definíamos los sacramentos y decíamos que hay varias definiciones, también hay que decirlo con respecto a la gracia. Son varias las definiciones que hay al respecto. Solo vamos a mencionar dos, sobre todo porque lo que queremos es que el lector tenga una idea clara y sencilla de la gracia sacramental.

Una primera definición de la gracia es: “la gracia es la vida de Dios, que El comparte con nosotros a través de esas acciones (sacramentos) que Cristo ha confiado a su Iglesia” (Scott Hahn). En el libro de Rollos y Meditaciones del Cursillo, del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, se nos propone otra breve y sencilla definición de la gracia parecida a la anterior pero con un elemento más, dice: “la gracia es la vida de Dios, comunicada gratuitamente a la persona, aceptada libremente por ésta mediante la fe” (pag. 26).

De estas dos definiciones ya citadas, podemos reflexionar lo siguiente. La gracia es el mismo Dios dándose a nosotros de una manera gratuita. La gracia es puro don (regalo) de Dios para el hombre. La gracia es pura gratuidad, nosotros no hemos hecho absolutamente nada para merecerla; Dios mismo nos ha hecho merecedores de ella, ¿Por qué? Pues porque nos ama. Y nos ama con un amor de predilección. Ya nos dice el evangelista san Juan que “Dios es el que nos ha amado primero”; y Cristo mismo nos dice que “el que ama al Hijo ama también al Padre… y así vendrán ellos y harán su morada en nosotros”. Esta gracia se nos es dada en cada uno de los sacramentos. Todos los sacramentos nos comunican la misma vida de Dios, su Gracia.

La Gracia no se impone; se ofrece, se da, se dona…a alguien que puede ser agraciado. Esta donación o regalo no se impone, sino que se ofrece en diálogo, comunicación de Dios para con nosotros. Ya la misma palabra comunicación indica también “encuentro”; Dios viene y, -de hecho así lo ha querido desde el principio-, a encontrarse con el hombre; se acerca al hombre. Dios deja de ser ese Dios lejano y vienen a poner su morada entre nosotros. Pero también este ofrecimiento de Dios el hombre debe de aceptarlo con y en libertad, sin presión. Dios ha querido que el hombre lo acepte y ame libremente. Este don de la Gracia es algo que el hombre no puede percibir por los sentidos, tiene que experimentarla y vivirla mediante la fe, esa virtud teologal que Dios ha sembrado en el corazón de cada hombre y mujer para que crea en El.

Hablando del sacramento de la confesión, hay que decir que éste nos prepara para recibir la eucaristía más dignamente. San Pablo ya nos advierte al respecto: “quien se acerca a comer el cuerpo y sangre de Cristo indignamente, se está comiendo su propia condenación” (1Cor 11,27). Para que el sacramento de la confesión logre su efecto en el penitente, es necesario que este asuma unas actitudes previas, como lo es el arrepentimiento sincero de los pecados o faltas: que el penitente sienta dolor profundo de sus pecados, y la gracia completará lo que falta a ese dolor. A menos que el penitente este verdaderamente arrepentido, el sacramento no confiere en absoluto la absolución y los pecados no son perdonados. La Gracia no es magia; no actúa como si fuera un acto mágico. Para que la gracia actúe necesita la disposición, el esfuerzo de la persona; al respecto, san Agustín dijo: “la gracia supone la naturaleza”. Otra actitud es la de confesar los pecados: los pecados que se deben de confesar son aquellos cometidos después de la última confesión. La absolución sacramental es para absolver los pecados graves o mortales, es decir, aquellos que van en contra de cualquiera de los mandamientos de Dios. Hay una máxima en medicina que dice “la medicina no cura lo que ignora”. Si aplicáramos palabras parecidas al sacramento de la confesión se podría decir “pecado que no se confiesa, queda sin absolver”. Tenemos que confesar nuestros pecados, no los ajenos. Una tercera actitud es cumplir la penitencia impuesta, que es una forma de satisfacción por el mal causado.

El pecado o falta cometida contra Dios, es el pecado más grave que una persona puede cometer ya que por encima de Dios no hay nadie más grande que EL: su dignidad es infinita, y aunque nunca podremos compensar nuestras ofensas a EL, Cristo nos ayuda a compensar lo que nos hace falta por medio del sacramento de la confesión.