martes, 9 de septiembre de 2014

El necesario diálogo entre fe, razón y ciencia


“Y los bendijo Dios con estas palabras: sean fecundos y multiplíquense, y llenen la tierra y sométanla…” (Gen 1,28ª).

 

  No podemos pasar desapercibido el gran avance que ha tenido la ciencia en el caminar de la humanidad y de sus grandes aportes a la misma y que esto ha representado un gran triunfo de la técnica que ha surgido de ella. Como señal de este avance y progreso científico tenemos el que algunas enfermedades que, en otros tiempos eran consideradas mortales, han podido ser combatidas con eficacia y se ha encontrado la cura; está también el desarrollo de la industria automovilística con la fabricación de vehículos cada vez más sofisticados y con tecnología que en tiempos atrás era impensable que pudiera ser posible; y qué decir con relación al transporte aéreo, ferroviario y marítimo; el desarrollo de la comunicación digital y lo rápido que podemos comunicarnos de continente a continente en cuestión de segundos, etc. No caben dudas de que nuestra vida hoy, sin los logros de la ciencia moderna, sería completamente impensable. Pero también es cierto que este progreso científico y tecnológico tiene su lado oscuro: el dominio del ser humano sobre la tierra significa, por primera vez en la historia del planeta, que tenemos en nuestras manos la posibilidad de destruirlo por completo.

  Ya el Papa Francisco nos alerta contra esta visión progresista de la ciencia y la tecnología cuando nos dice que “la  sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría” (EG 7). Esto es lo que el Santo Padre ha llamado como la “gran tentación” en la que ha caído la humanidad y que frecuentemente aparece como excusa y reclamo, para que fuera posible la alegría que busca y anhela el ser humano.

  En siglos anteriores, la Iglesia era la que dictaba lo que había que creer y muchas veces usurpó el lugar de la ciencia. Esto es lo que ha llevado a la misma ciencia a una especie de dictadura y de sospecha, e incluso a una actitud de condenación a todo planteamiento religioso, puesto que se levanta una especie de protesta contra una visión que ve el universo como un lugar de la manifestación divina. Pensemos en las famosas teorías del Big Bang y la evolución como estandartes de la contraposición entre ciencia y fe. Así entonces, la Iglesia no pretende detener el admirable progreso de las ciencias. Al contrario, se alegra e incluso disfruta reconociendo el enorme potencial que Dios ha dado a la mente humana. Cuando el desarrollo de las ciencias, manteniéndose con rigor académico en el campo de su objeto especifico, vuelve evidente una determinada conclusión que la razón no puede negar, la fe no la contradice (EG 243).

  Cuando la ciencia haya dicho todo lo que puede decir, todavía no nos habrá dicho lo que más queremos saber. Para el gran filósofo británico Ludwing Wittgenstein, aunque todos los problemas que hoy en día ocupan a los científicos de todas las ramas, fueran resueltos, las preguntas realmente importantes de nuestra vida quedarían sin tocar: sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales no se han rozado en lo mas mínimo.

  La verdadera ciencia no aleja de la fe, sino que ayuda a entenderla mejor. Aquí es muy ilustrativo la encíclica del Papa san Juan Pablo II “fides et ratio” (fe y razón), en donde nos muestra la relación que existe entre estas dos y de cómo se complementan una a otra. Y el Papa Francisco nos dice que la fe no le tiene miedo a la razón; al contrario, la busca y confía en ella, porque la luz de la razón y la de la fe provienen ambas de Dios, y no pueden contradecirse entre sí (EG 242).

  Necesitamos el uso científico de la razón que ha dado tantos bienes a la humanidad, pero no es cierto que este uso de la capacidad racional propio de las ciencias sea el único legítimo.

 

Bendiciones.

danos hoy nuestro pan de cada dia...


Esta petición tiene la característica de que es la más humana de todas: el Señor conoce nuestras necesidades y las tiene muy en cuenta. Ya en el libro del Éxodo leemos: “El Señor dijo a Moisés: haré llover pan del cielo para ustedes…” (16,4). Y el mismo Jesús dirá a sus apóstoles: “…no estén agobiados pensando qué van a comer… pues ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso” (Mt 6,31-32).

 El pan es fruto de la tierra y del trabajo del hombre, pero la tierra no da fruto si no recibe desde arriba la lluvia y el sol. Por lo tanto, no somos nosotros mismos los que nos damos de comer; el alimento nuestro nos viene dado por la misma voluntad de Dios que, así como hace salir su sol y lluvia para todos, lo hace también con el alimento. Es un Padre que vela por las necesidades de todos sus hijos. Al ser conscientes de esto, evitamos la tendencia de caer en la fatídica actitud de creernos que todo lo que hemos logrado con nuestro trabajo y esfuerzo es propiedad nuestra y sólo nuestra. Esto nos hace recordar además que, nosotros no somos los dueños de las cosas, aunque las obtengamos con nuestro trabajo, sino que somos sus administradores, porque uno sólo es el dueño, amo y señor de todo y éste nos pedirá cuenta de lo suyo.

  Jesús nos invita también a que no nos olvidemos de pedir. Si es cierto que Dios sabe y conoce de nuestras necesidades, también lo es el que quiere que se las presentemos en nuestra oración: “pidan y se les dará…” (Lc 11,9); y también: “si, pues, ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, el Padre del cielo no negará los bienes que sólo Él puede dar” (v 13). Fijémonos también que en esta petición, al igual que decimos Padre “nuestro”, también decimos danos hoy “nuestro” pan. Es decir, pedimos por el pan de todos, y no sólo por el propio, pedimos por el pan de los demás. Si todos somos hermanos, según nos lo enseñó Jesús, pues lo más lógico es que nos preocupemos y pidamos porque todos nuestros hermanos tengan su necesidad de pan cubierta. Esto es orar en la comunión de los hijos de Dios. Así entonces, el que tiene pan en abundancia está llamado a compartir: “denles ustedes de comer” (Mc 6,37), dijo Jesús a sus discípulos.

  San Cipriano nos hace caer en la cuenta y a la vez nos participa de una observación: “Con razón pide el discípulo lo necesario para vivir un solo día, pues le está prohibido preocuparse por el mañana. Para él sería una contradicción querer vivir mucho tiempo en este mundo, pues nosotros pedimos precisamente que el Reino de Dios llegue pronto”. Se pide el pan para el día presente. La oración presupone la pobreza del discípulo. El discípulo debe así confiar en su Señor que no se olvida ni de él ni de sus necesidades, porque a cada día le basta con sus preocupaciones y ajetreos: “No se procuren ustedes oro, ni plata ni cobre en sus bolsillos; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni bastón, ni sandalias; porque el obrero merece su salario” (Mt 10,9-10).

  Esta actitud se traduce en una total y plena confianza en la providencia de Dios. Es un claro testimonio de hombres y mujeres que comparten de los bienes que el mismo Dios les ha dado. Son personas, -creyentes-, que dan de comer a los demás porque se experimentan como hermanos de los demás y se preocupan también por sus necesidades. Por eso, la comunidad de discípulos, que vive cada día de la bondad del Señor, renueva la experiencia del pueblo de Dios en camino, que era alimentado por Dios también en el desierto (Benedicto XVI).

  El tema del pan ocupa un lugar importante en el mensaje de Jesús, desde la tentación en el desierto, pasando por la multiplicación de los panes, hasta la última cena. Jesús mismo se autodenominó como el “pan vivo que ha bajado del cielo” (Jn 6,50). Todo el capítulo 6 del evangelio de san Juan nos evoca ya todo su contenido y relación con la eucaristía, y que guarda una estrecha relación con esta cuarta petición del Padre Nuestro. San Cipriano dice: “Nosotros, que podemos recibir la eucaristía como pan nuestro, tenemos que pedir también que nadie quede fuera, excluido del cuerpo de Cristo. Por eso pedimos que nuestro pan, es decir, Cristo, nos sea dado cada día, para que quienes permanecemos y vivimos en Cristo no nos alejemos de la fuerza santificadora de su cuerpo”. El Papa Francisco nos dice en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium: “La eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (n. 47).

 

hagase tu voluntad en al tierra como en el cielo...


El obispo auxiliar de la diócesis de Rottenburgo-Stuttgart, dijo: “Muchas personas no pueden decir sí, ni a sí mismas, ni a nuestro mundo, ni tampoco a Dios. Están urgidas por cuestiones abrumadoras: incertidumbre, duda, contradicción, protesta, miedo. Sus labios están más prontos a decir no que a decir sí. Por eso necesitamos hombres que con su vida nos den ejemplo del sí, que den testimonio de la esperanza que los colma”.

  El Papa Benedicto XVI afirma que con estas dos peticiones del Padre Nuestro, descubrimos dos cosas: la primera es que existe una voluntad de Dios para nosotros y con nosotros que debe convertirse en el criterio de nuestro querer y de nuestro ser. La segunda es que la característica del cielo es que allí se cumple indefectiblemente la voluntad de Dios; dicho de otra manera, que allí donde se cumple la voluntad de Dios, está el cielo. La tierra se convierte en cielo, sí y en la medida en que en ella se cumple la voluntad de Dios, mientras que solamente es tierra, sí y en la medida en que se sustrae a la voluntad de Dios. En otras palabras, el hombre puede convertirse o vivir como mundano, hombre del mundo; o puede vivir como seglar en el mundo. Por esto el Señor Jesucristo dijo: “ustedes están en el mundo, pero no son del mundo”.

  Según las Escrituras, el hombre puede conocer la voluntad de Dios, ya que está inscrita en lo más profundo de su corazón, y se da por medio de la conciencia. Se dice que la conciencia es la voz de Dios en el interior del hombre. Por ésta, Dios le habla al hombre y le descubre sus más profundos secretos. Pero también es cierto que muchas veces esta comunión con Dios ha quedado oscurecida por diferentes motivos y circunstancias que habitan en nuestro interior y otras nos vienen desde fuera. De ahí entonces que el mismo Dios sea el que en diferentes ocasiones y de diferentes modos nos haya iluminado desde nuestro interior para que podamos salir de la oscuridad que muchas veces nos domina y nos aparta de Él. De esto tenemos como muestra el decálogo que Dios entregó a Moisés en el Sinaí, que el mismo Jesús no vino a abolir, sino más bien a darle su plenitud: éstos nos revelan la clave de nuestra existencia, de modo que podamos entenderla y convertirlos en vida. La voluntad de Dios nos introduce en la verdad de nuestro ser, nos salva de la autodestrucción producida por la mentira (Benedicto XVI).

  Nuestra voluntad debe de estar unida a la voluntad de Dios. Esto es lo que nos enseñó el mismo Jesús cuando dijo: “mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4,34). Toda la existencia de Jesús se resume en estas palabras: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Jesús mismo es el cielo aquí en la tierra. Por medio de Él se cumple la voluntad de Dios. Somos justos por medio de Él, no por nuestras propias fuerzas. Cuando nos dejamos arrastrar por nuestra propia voluntad, nos alejamos de la voluntad de Dios, pero en Cristo somos elevados hacia Él, nos acoge dentro de Él, y en la comunión con Él, aprendemos también la voluntad de Dios.

 

Bendiciones.

viernes, 1 de agosto de 2014

Dios: Creador y presente en todas las cosas


El Papa Benedicto XVI dice que el mundo en que vivimos es obra del Espíritu creador. El mundo no existe por sí mismo; proviene del Espíritu creador de Dios, de la palabra creadora de Dios. El hombre quiere hacerse por sí solo y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de lo que le atañe. Pero de este modo vive contra la verdad, vive contra el Espíritu creador… Así, el testimonio en favor del Espíritu creador presente en la naturaleza en su conjunto y de modo especial en la naturaleza del hombre, creado a imagen de Dios, forma parte del anuncio que la Iglesia debe transmitir. Y san Ignacio de Loyola, en sus ejercicios espirituales, nos dice que nosotros debemos de ser capaces de buscar y hallar  a Dios en todas las cosas como actitud frente al mundo y a la historia.

  Ya sabemos que Dios se nos muestra como el Dios del total acceso. Su Hijo Jesucristo nos ha hecho posible, nos ha abierto la puerta para el total acceso a Dios-Padre: yo soy la puerta, nos dijo, y, también que El es el camino para llegar al Padre: nadie va al Padre si no es por Él. De esta forma Jesús nos pone en contacto directo con el Dios creador y Padre nuestro. Nos conduce a Dios-Padre para que aprendamos a depender de Él. Nos enseña de esta manera que no dependemos de nosotros mismos, sino de Dios. Nos recuerda de esta manera también que por eso fuimos creados a su imagen y semejanza. Dios, Creador y Padre, es así nuestro fin y nuestra verdad. Es nuestra felicidad. Esta es la verdad que encargó a su Iglesia transmitir.

  Para san Ignacio de Loyola Dios no solamente esta presente en todas las cosas, sino que trabaja en cada una de ellas: descubrir a Dios como creador de todas las cosas, y que está íntimamente en ellas, nos permite mirar cómo Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender, y así, en mí, dándome ser, animando, sensando, y haciéndome entender, asimismo haciendo templo de mí, siendo criado a la similitud e imagen de su divina majestad. El Dios que pasa trabajo para que todo se mantenga en existencia es el mismo que pasa trabajo en la historia para salvar a sus criaturas colmando estos trabajos en la pasión de la cruz. A esto el Papa Benedicto XVI dice que la teología de la cruz no es una teoría, sino que es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días, implica sufrimientos.

  San Juan De La Cruz, en su cántico espiritual explica que, Dios creó todas las cosas con gran facilidad y brevedad y en ellas dejó algún rastro de quien Él era, no solo dándoles el ser de la nada, más aún dotándolas de innumerables gracias y virtudes. Y más adelante también dirá: descubre tu presencia y mantenme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor que no se cura sino con la presencia y la figura (cántico espiritual 11). San Juan de la Cruz ora diciendo: descubre tu presencia, no porque Dios estuviera ausente, sino porque esta presencia es aún escondida. Y también prosigue rezando: mantenme tu vista y hermosura, pidiendo que la maravilla de la presencia velada de Dios en este mundo sea superada más allá de la muerte por la presencia desvelada del amor divino.

 

Bendiciones.

    

Venga a nosotros tu Reino...


La actividad más importante de Jesús es la proclamación el Reino de Dios. No hay un dato más seguro en los evangelios de que Jesús se dedicara a esta proclamación; no hay un tema más tratado en ellos que este Reino de Dios. Jesús proclama el Reino de Dios en continuidad con la historia de su pueblo, que ya se trataba en el antiguo testamento. Pero hay también una innovación: Jesús no sólo repite lo que ya hay, sino que lo enriquece.

  Con esta petición se reconoce la primacía de Dios: donde Él no está nada puede ser bueno. Donde no se ve a Dios, el hombre decae y decae también el mundo. En muchos creyentes la búsqueda de Dios ha desaparecido de la vida diaria y parece ser asunto de pocos. Pero lo cierto es que la búsqueda de Dios se realiza comprometiendo toda nuestra humanidad. Esta búsqueda se nos presenta con muchos matices: se nos aparece como escuchar, orar, callar, obedecer, servir, velar… Toda búsqueda apunta a una percepción de Dios, del Dios que está aquí.

  El Reino de Dios quiere decir “soberanía de Dios”, y eso significa asumir su voluntad como criterio. Esa voluntad crea justicia, lo que implica que reconocemos a Dios su derecho y en Él encontramos el criterio para medir el derecho entre los hombres. La petición es “venga tu reino”, y no “venga nuestro reino”. Se necesita de un corazón dócil para que sea Dios el que reine y no nosotros. El Reino de Dios llega a través del corazón que escucha: “el que es de Dios escucha las palabras de Dios…” (Jn 8,47). Ese es su camino, y por eso nosotros hemos de rezar siempre: debemos de cambiar profundamente nuestra manera de pensar; aprender a pensar desde Dios y no desde el hombre, a fin de evaluar correctamente nuestra vida con sus oraciones escuchadas y nos escuchadas. Jesús no solamente proclamó el Reino de Dios, sino que donde está Él ahí está el Reino de Dios. Jesús es el Reino de Dios entre nosotros ya.

  Este Reino de Dios tiene varias connotaciones. Entre ellas podemos mencionar la que evoca un “nuevo orden social”: este nuevo orden social involucra al mismo Jesús y sus discípulos y a los demás de la comunidad (Iglesia). Es un nuevo orden social que sigue siendo un orden futuro. Sus elementos son: la purificación del templo, -ya que era el centro político y económico de Israel. Desde la monarquía, con el rey David, el pueblo de Israel se va constituyendo en el foco de todo con su capital Jerusalén. Aquí también entra la reforma religiosa del rey Josías que hace del templo el centro, la polarización de las actividades del pueblo. Hay una serie de actitudes de Jesús ante el templo que son desconcertantes para el pueblo: la expulsión de los vendedores del templo, por ejemplo; gesto profético que significa un cambio en la manera de cómo realizar los sacrificios y relacionarse con Dios. Con este hecho, Jesús anuncia que el orden presente está pasando, es decir, es un anuncio escatológico. El conflicto que se genera aquí no es solamente en contra de los dirigentes, sino que Jesús toca algo que está muy dentro del corazón del pueblo y no solamente de un grupo, es decir, la gente no acepta este gesto profético de Jesús. El nuevo orden que Dios está pidiendo no está en los sacrificios del templo, sino ahora en el cuerpo de Cristo resucitado: el templo no hecho por manos humanas.

  Un segundo elemento es la escogencia del grupo de los Doce, -que hace referencia a las doce tribus de Israel-, nuevo pueblo de Dios. Un tercer elemento es todo aquello referente al “banquete escatológico”: Jesús comienza a constituir un nuevo pueblo con lo que llamaríamos “banquete de mesa”. Esta imagen del banquete es interesante ya que nos habla de un orden social distinto en que su característica será “incluyente” y no excluyente: todos estaremos participando de él.

  Otra connotación es que nos presenta un “orden nuevo”: los principales destinatarios ahora no son solamente los ricos, sino los pobres; no sólo los justos, sino también los pecadores; no sólo los grandes, sino también los pequeños, etc.

  Rezar por el Reino de Dios significa decir a Jesús: déjanos ser tuyos Señor. Empápanos, vive en nosotros; reúne en tu cuerpo a la humanidad dispersa para que en ti todo quede sometido a Dios y tú puedas entregar el universo al Padre, para que Dios sea todo para todos (Benedicto XVI).

 

Bendiciones.

 

 

martes, 29 de julio de 2014

NO señor embajador norteamericano...


“…Pues los hijos de este mundo son más sagaces con los de su clase que los hijos de la luz” (Lc 16,8).

 

  En estos últimos meses nuestra sociedad ha estado en un fuerte e intenso debate por una situación que se ha originado o involucra al embajador de los Estados Unidos de Norteamérica y su activismo en pro de la causa del colectivo gay  (LGTB) del país. Este embajador ha asumido como parte de su trabajo diplomático, -y parece que a esto fue que lo enviaron-, el motivar a estos grupos y otras Ongs a que se enfrasquen en su lucha porque les sean reconocidos unos supuestos derechos, como por ejemplo, el que se apruebe la legalización de las uniones entre parejas del mismo sexo. Hay que tener en cuenta, y es de nosotros reclamar al señor embajador norteamericano, que ciertamente estas no son funciones que le corresponden ya que no tienen nada que ver con la diplomacia. Ningún embajador, hasta ahora,  ni norteamericano y de otra nación, había incurrido en una acción de esa naturaleza puesto que no es de su facultad hacer ese tipo de acciones. Eso de alguna manera se puede entender como injerencia en asuntos internos del país que le ha recibido. Otra cosa que tenemos que recordar es que a raíz de su nombramiento como embajador ente el Estado dominicano, de parte de la sede diplomática en nuestro país, se emitió un comunicado público donde se aseguraba que este embajador venía única y exclusivamente a cumplir con sus funciones de embajador nada más. Pero qué ingenuos fueron muchos en creerse tal cuento, cuando muchas personalidades de diferentes estratos de la sociedad advirtieron lo contrario; es más, hasta hubieron voces que tildaron la observación de exagerada y fuera de lugar; y ya vemos los resultados. Teníamos razón. No caben dudas de que el enemigo es astuto.

  Pero tratemos de ser honestos en este caso. Al embajador norteamericano no podemos criticarle su preferencia sexual ya que eso es un asunto personal y de la libertad de cada persona. Pero el promover y querer imponernos a nuestra sociedad ese estilo de vida y presentarlo como algo normal y como un derecho, sí que riñe con nuestras costumbres, fundamentos y valores. Ni él ni nadie tienen derecho a venir a imponernos ese tipo de aberraciones. El tema aquí no es nada más ni solamente el que se legalicen las uniones de parejas del mismo sexo; el tema es que si se abre esa puerta en nuestra sociedad, vienen otros aspectos como consecuencia, como lo es la adopción de niños y niñas por estas uniones. Otros puntos de esa agenda de género es la aprobación del aborto y eutanasia. Claro es que todo esto obedece a una “agenda” que quieren imponer las naciones más ricas y poderosas, -a la cabeza Estados Unidos-, con la intención de socavar a las demás naciones del hemisferio y destruir su cultura y sus valores para imponer esta nueva cultura a la que san Juan Pablo II llamó “cultura de la muerte”. Esto es parte de lo que se llama “nuevo orden mundial”. El enemigo no duerme ni descansa. Es cierto que en nuestro país tenemos muchos problemas, pero con la presencia de este embajador nos ha llegado un problema más, al que tenemos que hacerle frente.

  Como parte de esta imposición de esta agenda de género, se plantea un adoctrinamiento desde las escuelas y colegios para mentalizar a nuestros niños, niñas y jóvenes en presentarles a ellos que estas actitudes son normales. Hemos de saber que ya hay personalidades, comunicadores, Ongs y dirigentes políticos que se están dejando arropar por toda esta ideología que nos viene importada desde los Estados Unidos. Este es un proyecto político y cultural de la administración del presidente Obama, ya que está comprometido políticamente con estos grupos por el aporte económico a sus dos campañas electorales. Claro que este apoyo no es gratuito, hay mucho dinero de por medio. Aquí jugarán un papel preponderante los padres y madres, y la familia en consecuencia para que este adoctrinamiento no pueda ser llevado a cabo. Uno de los medios, y no el único, que pueden ayudar a contrarrestar esto es la formación de las asociaciones de padres y madres de las escuelas y colegios, para que así vigilen qué tipo de enseñanza es la que están recibiendo sus hijos.

  A nuestros políticos tenemos que decirles que no se dejen chantajear por este tipo de ideologías dañinas a la sociedad. Que ellos están en esos puestos por el voto nuestro y es para que sean guardianes de la identidad, cultura y valores de nuestro pueblo al que ellos juran y han jurado servir. Que no vendan su conciencia ni negocien la verdad. Aquí no se trata de derechos, sino de imposición. Todos los ciudadanos de esta nación tienen sus derechos consignados en la Constitución, y la discriminación  está penalizada en la misma. El Estado no puede estar creándoles derechos especiales a cada minoría de la sociedad, ya que de ser así, cada grupo tendría sus propias normas y leyes, y esto es imposible. Al embajador norteamericano, la sociedad dominicana tenemos todo el derecho a exigirle que se ocupe de sus funciones diplomáticas, y si no lo hace así pues tenemos derecho a exigirle que se vaya de nuestro país. Por parte de las autoridades es poco o nada lo que podemos esperar porque aquí hay un compromiso político al cual no se va a poner en riesgo. El Papa Benedicto XVI denunció esta nueva visión del ser humano como “dictadura del relativismo”. No permitamos que a nuestra sociedad se le arrastre a este sin sentido de la existencia humana que ya está haciendo sus estragos en otras sociedades de mundo, por ejemplo, Europa y otras ciudades de América. Esto no es progreso; es más bien atraso y destrucción del ser humano. El progreso no es sinónimo de destrucción ni anulación del ser humano. No tengamos miedo, porque si nosotros callamos, hablarán las piedras (Lc 19,40).

 

 

 

 

jueves, 10 de julio de 2014

Santificado sea tu nombre…


De entrada, esta petición nos hace pensar en el segundo mandamiento del decálogo: “No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso” (Ex 20,7; Dt 5,11). Este “nombre de Dios” es una idea que quizá no siempre ha estado muy clara en la conciencia de muchos creyentes. Pensemos en el relato de la visión de Moisés de la zarza ardiendo que no se consumía. A cualquier persona un fenómeno como este le causa asombro y mucha curiosidad ya que no es nada normal. Esto es lo que le pasó a Moisés: llevado de la curiosidad se acerca para apreciar más de cerca este fenómeno, y se topa con la sorpresa de que de la misma zarza escucha una voz que le llama y le dice: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (Ex 3,6). Y así le da la orden de volver a Egipto con la encomienda de liberar al pueblo de Israel de la esclavitud.

  En el mundo de entonces existían muchos dioses; por eso entonces Moisés preguntará cuál es el nombre que debe de dar al faraón cuando le pregunte. El Dios que llama a Moisés es realmente Dios. Dios en sentido propio no existe en pluralidad con otros dioses, es el único. Dios es por definición, uno solo. El nombre de Dios será al mismo tiempo negación y afirmación. Le dice: “Yo soy el que soy”. Ese es mi nombre. Él “es”, y basta. Esta afirmación es al mismo tiempo nombre y no nombre. De aquí que tengamos que entender que para el pueblo de Israel no haya querido nombrar a Dios por su nombre y solo lo percibiera por la palabra YAHVE, que no es un nombre idolátrico.

  Ahora bien, lo cierto es que el nombre crea la posibilidad de dirigirse a alguien, de invocarle. Establece una relación. Dios establece una relación entre Él y nosotros. Hace que lo podamos invocar. Él entra en relación con nosotros y da la posibilidad de que nosotros nos relacionemos con Él. Al relacionarse, Dios ha querido comunicarse con nosotros, ya que Él creó al hombre para que estuviera en relación. Dios se entrega a nuestro mundo humano, se pone en nuestras manos, forma parte de nuestro mundo. Dios se hace accesible, y también vulnerable. Esto conlleva el riesgo ciertamente de abusar del nombre de Dios, de manchar su nombre; tomar el nombre de Dios para nuestros fines y desfigurar su imagen. El nombre de Dios tiene que ser limpiado de tantos abusos que hemos cometido en su mal uso. Pero para poder lograr esta limpieza de su nombre, necesitamos de su misma ayuda, que no deje que la luz de su nombre se apague en este mundo.

  Tenemos que dejar que sea el mismo Dios que nos guíe a santificar su nombre. Que sea Él mismo que nos ayude a abandonar las múltiples deformaciones de su majestuosidad en las que hemos caído cuando hemos pronunciado blasfemamente su nombre. Que en lo más profundo de nuestra conciencia nos lleve a preguntarnos ¿cómo me sitúo yo ante el santo nombre de Dios? ¿Me sitúo ante Él con respecto ante lo inexplicable de su cercanía y ante su presencia en la eucaristía, en la que se entrega totalmente en nuestras manos?

 

Bendiciones.