martes, 3 de marzo de 2015

Espiritualidad para un mundo desespiritualizado: la oracion.


Hemos dicho anteriormente que uno de los caminos para llegar a la fuente de la espiritualidad es el de la oración. Debemos de resaltar que es importante ante todo la oración personal. Los evangelios nos presentan a Jesús dedicando tiempo a la oración personal. Nos narran que se pasaba noches enteras en oración. Claro que no nos dice qué palabras utilizaba en ella, pero eso no interesa, sino mas bien la actitud: “por aquellos días se salió a la montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios” (Lc 6,12). Jesús mismo entonces insistirá a sus discípulos de la conveniencia de orar sin desanimarse.

Pero, ¿Cómo orar sin desanimarnos si no contamos con suficiente tiempo para practicarla? Es una realidad palpable que a muchas personas se les dificulta la oración y por lo regular siempre andan buscando excusas para justificar su poca disposición para hacerlo. Una cosa que debemos de tener muy en cuenta es que ninguno de nosotros, ninguna persona nace siendo un experto en oración; ni los grandes hombres y mujeres de la vida espiritual han nacido así. La oración es algo que cada creyente debe de ir aprendiendo a lo largo de su vida, de su caminar en la fe; y mientras más la practica es cuando más se va perfeccionando en ella. Pensemos por lo pronto en cualquier disciplina deportiva. El deportista, mientras más practica más se va perfeccionando en su disciplina deportiva. Llega un momento en que el deportista llega al tope máximo de su disciplina y ya no tiene nada más que buscar porque ya ha llegado a la cima y por eso se retira del deporte. En la vida espiritual, en la oración, también debemos de practicarla si es que queremos perfeccionarnos en ella, pero siendo conscientes de que por más que la practiquemos nunca llegaremos a la cima porque si así sucediera, pues ya no tendríamos nada que buscar en los caminos de Dios y se pensaría como  si después de Dios hubiera algo más. Es cierto que en la actualidad hay personas que se les dificulta la oración. Pero es más la dificultad de que muchas veces no se sabe qué palabras utilizar para hablar con Dios. La oración que más agrada a Dios es aquella que brota del corazón, ya que es una oración sincera y humilde.

Como sabemos, la oración es sobre todo un diálogo con Dios, diálogo de la criatura con su Creador; diálogo entre Padre con su hijo; diálogo entre dos amigos que se buscan, se conocen, se aman. Es un diálogo basado en la sinceridad y la verdad, en donde le expreso a Dios aquello que me preocupa; en donde descargo en las manos de Dios todos mis afanes, mis dudas, preocupaciones, mi cansancio…para encontrar descanso y alivio en Él: “vengan a mi todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré” (Mt 11,28). En la oración, de lo que se trata es de abrir mi corazón a la presencia divina de Dios; esta oración puede ser en silencio o en voz alta. Debe de haber en mí una plena confianza de que Dios me escucha y de que me responderá. Pero debo de estar atento a saber discernir la respuesta de Dios en cualquier acontecimiento en mi interior y mi exterior, ya que Dios se manifiesta en la sutileza de mi existencia; esto fue lo que le sucedió a Elías en el monte Horeb, que descubrió a Dios en el “susurro de una brisa suave”, y no en los huracanes ni fuertes vientos ni terremoto (1Re 19,9-12).

Nos dice Anselm Grün al respecto de la oración: “la oración es una lucha con Dios. Puedo decirle a Dios todos mis deseos y pedirle que los cumpla. Pero al mismo tiempo confío en que Él sabe qué es lo mejor para mí y para los demás”. Una de las cosas que debemos de tener cuidado en no caer cuando oramos es en no crearnos falsas necesidades. Por eso en la misma oración debemos pedir discernimiento para saber presentar a Dios nuestras reales y verdaderas necesidades. San Pablo nos dirá al respecto de esto: “Y de igual manera, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26). No deja de ser un reto para el creyente entonces cuando tiene que experimentar lo contrario a lo que le ha pedido a Dios.

Para el que se inicia en el camino de la oración, puede encontrar mucha ayuda en todo un conjunto de oraciones preestablecidas que le servirán como guía mientras se va perfeccionando en ella. Se me ocurre pensar en los salmos. En ellos presentamos a Dios nuestra miseria, debilidad, ira, anhelos, etc., pero también las necesidades de todo el mundo. La oración por excelencia, el “Padre Nuestro”, que contiene todas las características de toda verdadera oración: humildad, sencillez, perseverancia, devoción, fe. Esta oración nos dispone al perdón y a la reconciliación con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Es una oración que tiene su dimensión también comunitaria, por lo cual me llevará a manifestar mi espiritualidad en una actitud ética.

 

Bendiciones.

¿La busqueda de Dios es una busqueda en vano?


“…Para que busquen a Dios, y quizá, como a tientas, puedan encontrarlo, aunque en verdad Dios no está lejos de cada uno de nosotros” (Hc 17,27).

 

  Son muchas las personas, sobre todo, en el ámbito intelectual en donde destacan algunos grandes filósofos, que han apostado y manifestado siempre que la búsqueda de Dios es una búsqueda vana. Estos se fundamentan en que, según ellos, Dios no existe. Es pura invención del mismo ser humano que necesita crearse la idea de un ser supremo que lo domina y determina todo. Recordemos entre ellos a Frederick Nietzsche que habló de la “muerte de Dios”, que no fue más que un diagnóstico de la situación cultural y una profecía sobre el futuro crecimiento del nihilismo (actitud vital y filosófica que niega todo valor a la existencia, o que hace girar la existencia alrededor de algo inexistente); y la pérdida de sentido del todo en occidente. Dicho en otras palabras: para Nietzsche toda cultura que crea en la existencia de una realidad absoluta, realidad en la que se sitúan los valores objetivos de la verdad y el bien, es una cultura nihilista. Es una cultura de la nada.

  También tenemos que mencionar a Martin Heidegger, que habló de la “falta de Dios” en nuestro tiempo. Para Heidegger, vivimos en el tiempo de la noche del mundo. Martin Buber habló de un “eclipse de Dios”: durante su eclipse, el sol está ahí pero no se puede ver. Así, en nuestro tiempo, Dios está presente, pero no se puede ver. Podemos entonces decir en base a estas premisas, que si Dios está presente, permanece oculto; si Dios ya no es la luz, entonces el mundo está opaco.     Entendemos “algo”, pero  el sentido del todo se ha oscurecido. Las ciencias pueden explicar algo del todo, pero el conjunto se pierde de vista. En la V conferencia del CELAM leemos: “como pastores de la Iglesia, nos interesa cómo este fenómeno (el de los grandes cambios sociales), afecta la vida de nuestros pueblos y el sentido religioso y ético de nuestros hermanos que buscan infatigablemente el rostros de Dios… Sin una percepción clara del misterio de Dios, se vuelve opaco el designio amoroso y paternal de una vida digna para todos los seres humanos” (no.35). Así, la ciencia y la razón que salieron a hacer transparente el mundo, acabaron por opacarlo más, disolviendo su unidad en muchos pedazos; por lo tanto, el todo es cada vez más difícil de percibir.

  El Papa Francisco, en su exhortación apostólica post sinodal Evangelii Gaudium (la alegría del evangelio), dice: “…La Iglesia propone un camino entre un uso responsable de las metodologías propias de las ciencias empíricas y otros saberes como al filosofía, la teología, y la misma fe, que eleva al ser humano hasta el misterio que trasciende la naturaleza y la inteligencia humana (no. 242).  El mundo, y en especial el ser humano, son un complejo e inmenso rompecabezas compuesto por un incontable número de piezas, muchas de ellas complejas de unir y que nos llevan a un profundo estudio con sus detalles para descubrir cómo encajarían en este mundo tan complejo. Pareciera que la imagen que forman esas piezas se nos perdiera de vista.

  Tenemos que desterrar de nosotros todas esas imágenes falsas de Dios que aún nos acompañan en nuestra vida. Tenemos que buscar al Dios único, vivo y verdadero que nos reveló nuestro Señor Jesucristo. Él nos invita a buscarlo ya que se deja encontrar: “…pidan y Dios les dará; busquen y encontrarán…” (Mt 7,7). La búsqueda de Dios nunca es en vano. Dios está con nosotros y camina con nosotros. Dios se hace el encontradizo: “Busquen al Señor todos ustedes, los humildes de este mundo, los que obedecen sus mandatos…” (Sof 2,3). Necesitamos purificar y clarificar nuestra idea de Dios, porque el Dios verdadero siempre es infinitamente más grande que cualquier idea o pensamiento que se pueda construir sobre Él.

 

Bendiciones.

 

martes, 10 de febrero de 2015

Espiritualidad para un mundo desespiritualizado


El hombre no solo es materia, cuerpo; sino también es alma, es espíritu. Pero, ¿Qué pasa con esa parte interna-espiritual del hombre? ¿Cómo vive el hombre de hoy su espiritualidad? ¿Qué conciencia tiene el hombre de hoy de su espiritualidad? Estas y otras más preguntas podríamos hacernos al respecto y quizá no encontraríamos las respuestas adecuadas a cada una, pero sí tenemos y debemos hacer el intento por buscar esas respuestas que nos ayuden a comprender más y mejor esta realidad nuestra que es parte constitutiva de nuestro ser. Claro que para una persona que no sea creyente esta posibilidad estará vedada, abstracta y no le provocará nada de entusiasmo profundizar en ello. Pero tenemos que hacer el intento, como ya hemos dicho, de tomar conciencia de esta realidad.

Lo primero que tenemos que saber es que “la espiritualidad no es algo que esté fuera de este mundo o, mejor dicho, no es algo que esté separada del mundo ni es ajena a él, sino que actúa concretamente sobre la vida de la sociedad y sobre mi propia vida” (Anselm Grün). En ocasiones, al hombre espiritual se le ha visto con cierta sospecha ya que se le mira como a una persona que no encaja en el mundo; o que es una especie de persona que vive en las nubes, etc. Esta no es la verdadera espiritualidad. La verdadera espiritualidad no me arranca ni me separa del mundo, más bien me hace vivir con más conciencia mi presencia en el mundo en una actitud de cambio permanente. La verdadera espiritualidad me lleva a dar buenos frutos para mí y los demás: “todo árbol bueno da frutos sanos…” (Mt 7,17). Ante la vida convulsionada y agitada que está viviendo la humanidad y las sociedades, podríamos preguntarnos, ¿puede la sociedad vivir sin espiritualidad? He aquí el aporte importante y esencial que nos dan las diferentes religiones al respecto. Cada una de ellas nos ofrece caminos diferentes y diversos que nos conducen a abrirnos cada vez más a Dios y su Espíritu. Nos ayudan a abrirnos a una realidad mucho más grande; nos ayudan a ser uno con nosotros mismos y con Dios.

No existe una espiritualidad que nos aleje de Dios o que se viva sin Dios, si no, no fuera espiritualidad. No hay separación entre una realidad y otra. Por esta razón es que muchas personas buscan una espiritualidad fuera de la Iglesia o de las religiones. No se sienten identificadas con determinada fe o creencia porque piensan que estas religiones solo se centran en sus ritualismos y nada más. Muchas de estas actitudes están vinculadas a ciertas experiencias amargas y dolorosas de la infancia, a la visión de un Dios castigador y vengativo, etc. Sabemos del acercamiento cada vez más buscado de personas a las diferentes técnicas de meditación y relajación, sobre todo de corte oriental. Pero también es cierto que estas personas no pueden negar que en diferentes momentos de su vida han experimentado la presencia cercana de Dios que les ha transformado sus esquemas de vida, les ha sanado sus heridas; y aun así buscan caminos espirituales fuera de las iglesias.

La espiritualidad no es un camino o método o medio para aislarnos, para retirarnos completamente dentro de nosotros mismos. La espiritualidad es como una fuerza que actúa poderosamente dentro de nosotros. Pero hay que saberla descubrir y utilizar de manera que continúe actuando en la sociedad y en el mundo, y así nuestra propia vida pueda ser exitosa. La verdadera espiritualidad tiene que configurar nuestra propia existencia.

Pero, a todo esto hay que preguntarnos: ¿Qué es la espiritualidad? La palabra significa “vivir desde el Espíritu, vivir a partir de la fuente del Espíritu Santo”. Así, la espiritualidad cristiana es orientada por el Espíritu de Cristo. Espiritualidad significa que debo vivir mi vida a partir de la fuente del Espíritu Santo, pero para poder lograrlo tengo que acercarme y conocer esta fuente: “mas quien beba el agua que yo le daré, no tendrá sed nunca…” (Jn 4,14). Los medios, el camino para llegar a esta fuente inagotable son la oración, meditación, el silencio y los rituales. La espiritualidad debe ser visible en mi vida cotidiana: en la familia, en el trabajo, con los amigos, con todas las personas que me rodean.

Hay que saber discernir de qué fuente quiero beber para poder transformar mi vida. Hay muchas fuentes; pero una sola es la inagotable. De acuerdo a la fuente de la cual beba, será mi vivencia diaria: si bebo de la fuente de la insatisfacción y la amargura, pues eso es lo que irradiaré. Hay otras fuentes turbias. La fuente de los cristianos es el Espíritu Santo de la cual mana una vida fluida y fructífera. Esta es la fuente inagotable de la vida que Jesús le comunicó a la samaritana en el pozo de Jacob (Jn 4).

 

Bendiciones.

El anhelo de lo infinito


“…Nos hiciste señor para ti, y nuestra alma estará inquieta hasta que descanse en ti” (San Agustín).
 
 El ser humano tiene y siente un profundo anhelo insaciable e infinito. El ser humano nunca se siente satisfecho. A pesar de la gran bondad que caracteriza muchas de las cosas que le rodea, nunca se satisface por ello. Nunca es suficiente, nada le basta. El ser humano así, siempre está en una continua y permanente carrera por alcanzar lo inalcanzable. El hombre siempre está en búsqueda de ver cómo puede llenar ese anhelo de infinito. Aquel que está en casa en todas partes se percata, empujado por la nostalgia, de que no lo está en ninguna. Un ejemplo de esto es la serie Vikingos, que nos narra las aventuras de saqueos, de destrucción y muertes llevados a cabo por el líder de éstos de ir a otras tierras y reinos a traerse todo lo que encuentren y apoderarse de las mismas para dárselas a su pueblo y poder sembrarlas. Hay muchos ejemplos más que encontramos en la humanidad y la literatura. Lo cierto de todo esto es que hay un anhelo de regreso a la patria perdida y un anhelo aun más grande de encontrar lo infinito en tierras lejanas y desconocidas. En cualquier caso, el peregrino tiene algún conocimiento de alguna tierra donde espera encontrar lo que se le está escapando continuamente. Ernst Bloch, en su obra sobre la Esperanza, afirma: “…surgirá una tierra que a todos les parece ser el lugar de su infancia, pero donde nadie aun ha estado, donde uno verdaderamente está: en su casa”.

  El corazón es el infinito del hombre. Hay un anhelo y la sede de este anhelo se expresa en tantas lenguas y culturas como el corazón. Los antiguos decían que el corazón del hombre es más grande que el universo; y Roberto Belarmino decía que tan grande es la capacidad del corazón humano que todo el orbe no lo puede llenar. Este gran anhelo del hombre en su corazón se manifiesta con su deseo de felicidad. El mundo siempre nos ha prometido felicidad: en los medios de comunicación son muchos y variados los anuncios que nos ofrecen la felicidad. Hasta a veces se nos amenaza si no adquirimos lo que nos ofrecen: si no compras esto, no podrás ser feliz.

  Ya Aristóteles trata el tema de la felicidad y le da gran importancia al mismo. Según este sabio griego, el bien es lo que todos desean, es decir, aquello hacia lo cual todo tiende en una dinámica interior. Así, el bien es la realización del hombre, es su meta, su fin. Pero, ¿es esa la idea o concepto que tenemos hoy de la felicidad? Puede que para muchas personas la felicidad sea un sentimiento que se experimenta en algunos o en ciertos momentos de la vida. Para Aristóteles, la felicidad es la perfecta realización del ser humano. Esta felicidad es social y racional. Así entonces, para Aristóteles, la felicidad no está en honores o placeres sino en una actividad de la razón. La felicidad es una actividad conforme a la virtud. La amistad también tiene una gran importancia para Aristóteles, ya que, el ser humano que es un animal social, no puede encontrar la felicidad en sí mismo o por sí solo. Para ser feliz, el ser humano tiene que estar en relación con los demás, necesita la amistad.

  El ser humano sigue en búsqueda de la felicidad y los autores cristianos han interpretado que esta felicidad solo se puede encontrar en Dios. Por eso la frase de san Agustín que encabeza este escrito. Ahora, lo cierto es que el mismo Agustín tuvo que caminar muchas veces por caminos equivocados y oscuros para poder llegar a esta convicción. Para Tomás de Aquino, el ser humano es deseo natural de ver a Dios. El ser humano desea ser feliz, pero no sabe realmente lo que le hace feliz. Y no puede saberlo porque no puede saber cómo es Dios, si el mismo Dios no le regala este conocimiento.

  Hay muchas cosas que nos dan una felicidad pasajera: ver una película, bañarnos en la playa, el estudiante que saca excelentes notas en el examen, etc. Para Tomás de Aquino todos estos son bienes y nos dan algo de felicidad, pero no felicidad plena. Ser feliz es siempre un don en sí mismo. Otras cosas las deseamos para ser felices, pero la felicidad misma no la queremos por algo, sino por sí misma.

  En conclusión, la felicidad última del ser humano no se puede alcanzar en esta vida. La felicidad que podemos alcanzar es imperfecta y provisional. El ser humano anhela una felicidad que no le es alcanzable. La naturaleza del ser humano tiene un deseo de felicidad que no puede llenarse en esta vida. Por más cosas que se consigan no se alcanza, ya que la felicidad no está en conseguir o tener cosas, sino en darse a sí mismo: “hay mas felicidad en dar que en recibir” (Hc 20,35). Asi entonces, según la lógica cristiana, rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita. Y en Dios están saciadas nuestras más profundas necesidades.

 

 

martes, 6 de enero de 2015

"Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morir" (Robert Kiyosaki)


Hemos oído infinidad de veces que el hombre es un misterio; él mismo no llega a comprenderse por completo; es un gran misterio insondable. Hemos oído también que el hombre hasta ahora no ha podido dar una respuesta exacta a las grandes cuestiones que tienen que ver con su existencia o con el sentido de su existencia, como lo son ¿de dónde vengo? ¿A dónde voy? Por esto decimos que el hombre es un gran enigma, sobre todo para sí mismo. Cada persona humana encierra un enigma y un misterio. Buscarle solución a este enigma se ha convertido en una tarea permanente que dura toda la vida. El hombre es la gran tarea de sí mismo. Al ir resolviendo esta tarea, el hombre se va conociendo a sí mismo. Es también por nosotros conocida la frase “conócete a ti mismo”, frase esta que estaba inscrita en la entrada del templo de Delfos. El ser humano sigue siendo un enigma y, a la vez, sigue siendo la solución del enigma. Cada ser humano debe de conocer dentro de su grandeza su miseria. Descubrir esta miseria, es lo que lo lleva a reconocer su condición suplicante.

  En el libro del Génesis, en el relato de la creación, leemos que Dios creó al ser humano del polvo y a su imagen y semejanza. De acuerdo a esta enseñanza bíblica, podemos afirmar que hay en nosotros algo de divino, pero también esta en nosotros y nos acompaña, algo de miseria, de caducidad. El ser humano se encuentra en la tensión entre su cuasi divinidad y su miseria absoluta. El hombre no es completamente divino ni completamente humano. El hombre lo tiene todo y a la vez no tiene nada. Tiene una inmensidad de recursos para subsistir, encuentra su camino en cada circunstancia y, al mismo tiempo, no haya camino. No sabe cómo escaparse de la muerte. Su dicha es siempre pasajera…”vanidad de vanidades, dice Qohelet, todo es vanidad…”

  El ser humano es el ser que sabe que va a morir, pero jamás está dispuesto a rendirse frente a su propia muerte. El hombre tiene y siente un gran deseo de inmortalidad. Todos los vestigios de la antigüedad lo atestiguan. El ser humano es el ser que sabe que va a morir, pero no lo sabe de la misma manera que los demás animales; vive consciente de ello y por eso mismo se plantea la pregunta sobre su existencia y sentido de la vida como tal: ¿Tiene la vida humana un sentido? ¿Tiene el ser humano un destino, una meta, un fin? (M. Blondel). Mientras que el niño hace preguntas que pueden y tienen respuesta, el adulto se hace preguntas por el TODO: ¿Qué sentido puede tener una pregunta que no halle respuesta? Ciertamente, nos pone delante de un misterio, delante del misterio absoluto (Karl Rahner).

  Pero también es cierto que el ser humano muchas veces no quiere tampoco asumir una actitud de sacrificio. Queremos lograr cosas trascendentales, tener confort, salario abundante, buenas prestaciones, etc. Pensemos también en el deporte, y más ahora que en el mes de noviembre nuestro país logró una muy buena posición en el medallero centroamericano y del Caribe; vemos cómo se ha premiado el esfuerzo de los atletas y federados. Dicho en un lenguaje religioso y cristiano “no hay salvación sin sacrificio”. Vamos a decirlo de una manera muy popular y llana, el que pretenda llegar al cielo sin pasar por “go”  está equivocado. Ya lo dijo el mismo Señor Jesucristo: “no todo el que me diga Señor, Señor se salvará, sino el que escuche mis palabras y las ponga en práctica”.

  Todos queremos lograr grandes cosas en la vida, pero muy pocos estamos dispuesto a pagar el precio para obtenerlo. La única manera de ir al cielo es muriendo. Por eso es que la vida nuestra en este mundo es un retorno al Padre, que está en el cielo, porque de Él venimos y a Él vamos a volver; pero no podemos volver de cualquier manera. Hay una sola manera de regresar al Padre, y esa manera o, mejor dicho, ese camino es su Hijo Jesucristo, porque nadie va al Padre si no es por él ya que él es el camino, la verdad, la vida y la puerta para acceder al Padre y, por lo tanto, al cielo. Llegamos al cielo en la medida en que perdemos la vida por Cristo, por su evangelio; y nos damos, nos entregamos a los otros en nuestras familias, sociedad y comunidad.

 

 

Bendiciones.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Libranos del mal. Amen.


El mal existe, de eso no tenemos dudas. El mal no viene de Dios. El mal fue introducido en el mundo por el enemigo de Dios. El evangelio nos ilustra al respecto en la parábola sobre la cizaña, que nos advierte que el enemigo de Dios es el que ha sembrado, en la noche, la cizaña para que dañara el trigo (Mt 13, 24-30). Le pedimos a Dios en esta súplica no dar al maligno más fuerza de lo soportable. Le pedimos que nos salve, que nos redima, que nos libere. Es la petición de la redención (Benedicto XVI).

  Este “mal o maligno”, está representado en las Sagradas Escrituras por diferentes imágenes. Una de ellas la encontramos en el libro del apocalipsis cuando el autor usa la palabra “bestia”, que ve salir del fondo, del oscuro abismo del mar con los distintivos del poder político romano y que representaba un poder amenazante contra los cristianos. Ante esta amenaza, el cristiano en tiempo de la persecución invoca al Señor, la única fuerza que puede salvarlo: redímenos, líbranos del mal.

  Ahora, si esto fue en tiempos del Imperio Romano, lo cierto es que hoy día esta amenaza sigue siendo actual. Hoy nos enfrentamos a todo un sin número de amenazas e ideologías: los poderes de mercado, el capitalismo salvaje que denunció el Papa Juan Pablo II, el narcotráfico, la trata de personas, el lavado de dinero, tráfico de armas, etc., que son un lastre para el mundo y arrastran a la humanidad hacia ataduras de las que no nos podemos librar tan fácilmente. De esto le pedimos al Señor “líbranos del mal”. Están las diferentes ideologías que conducen al hombre a un sin sentido y más bien a apartarse de Dios y sus designios, ya que presentan a Dios como algo innecesario y como obstáculo para el desarrollo del mismo hombre. Presentan a Dios como una farsa, algo que hace perder el tiempo. Así conducen al hombre a un disfrute desenfrenado de la vida, sin compromiso ni responsabilidades. Son muy ilustrativas las palabras de Gandhi que dijo: “los siete pecados de la sociales de la humanidad son dinero sin trabajo, política sin principio, placer sin responsabilidad, negocios sin moral, conocimiento sin carácter, ciencia sin humanidad y religión sin sacrificio”.

  Esta petición nos alerta en el sentido de que si perdemos a Dios, nos habremos perdido a nosotros mismos; entonces seremos tan solo un producto casual de la evolución, y así entonces habrá triunfado el Dragón. Permanecer con Dios, junto a Dios, es estar íntimamente sano. La humanidad necesita de sanación. Por esto mismo Jesús, en su diálogo con Pilatos dice que su Reino no es de este mundo; y tuvo razón el Señor porque, si fuera de este mundo no hubiera podido ofrecer sanación a este mundo enfermo por el mal, por el pecado.

  San Cipriano dijo: “Cuando decimos líbranos del mal, no queda nada más que pudiéramos pedir. Una vez que hemos obtenido la protección pedida contra el mal, estamos seguros y protegidos de todo lo que el mundo y el demonio puedan hacernos”. Debemos de vivir con la confianza en el Señor que todo lo puede, como lo manifestó san Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado”. Esta es la seguridad del que vive abandonado al Dios de Jesús. Esta es la promesa de triunfo que prometió a sus seguidores. San Pablo lo entendió muy bien y fue lo que transmitió a los demás. Son las palabras que el mismo Señor Jesucristo trasmitió a sus seguidores cuando les dijo: “Animo, si yo he vencido al mundo (maligno), ustedes también lo podrán vencer”; nada más que nos puso una condición para poder lograr este triunfo: “tendrán que venir todos hacia mí, porque sin mi nada podrán hacer”.

  Esta es la riqueza y el gran tesoro que encontramos en esta oración del Padre Nuestro u oración del Señor y también oración dominical. Son muchas las reflexiones que se han hecho y muchos los libros que se han escrito para analizar y profundizar en la misma. La tarea sigue ardua, porque el mensaje de Dios no se agota en las palabras. Sus palabras son palabras de vida y son siempre nuevas. Estas no han sido más que un aporte para seguir profundizando en ella y que así podamos fortalecer nuestra fe y compromiso cristiano en una humanidad que quiere cada vez más desvincularse de Dios, no dándose cuenta que cada paso que da en esta dirección, se encaminada más y más a un abismo del cual lo único que sacará de él será su destrucción para siempre.

 

Bendiciones.

Busquemos a Dios partiendo de nosotros mismos


San Agustín, en sus “Confesiones” nos dice: “mira, tú estabas dentro de mí y yo fuera de ti, y por fuera te buscaba”. Para poder encontrarse con Dios, san Agustín tuvo que cambiar de dirección en su búsqueda, y así también nos invita a que hagamos lo mismo: “no vayas hacia fuera, entra en ti mismo; en el hombre interior habita la verdad”. Muchos de nosotros nos concentramos buscando a Dios en el exterior, en lo que está fuera de nosotros; pero son pocos los que reparan en que Dios habita en nuestro interior, en nuestro corazón. De hecho, es ahí, en nuestro corazón, donde Él quiere habitar: “mira que estoy a la puerta tocando, si tú me abres, mi Padre y yo vendremos y haremos en ti nuestra morada”; y también “cuando quieras hablar con Dios, tu Padre, entra a tu habitación, cierra la puerta; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará”. El lugar privilegiado de la presencia de Dios es el mismo ser humano, su interior, su corazón. Ya Anselmo de Canterbury nos invita a esta aventura del encuentro cercano con Dios en nuestro interior, cuando dijo: “oh hombre, huye un momento de tus ocupaciones, escóndete un instante del tumulto de tus pensamientos. Arroja lejos ahora tus agobiantes preocupaciones, y aparta de ti tus penosas inquietudes. Ten un poquito de tiempo para Dios y descansa un poquito en Él. Entra en la habitación de tu mente, saca todo de ella menos a Dios y lo que te ayuda a buscarlo y búscalo a puerta cerrada”.

  Los grandes místicos han sido hombres y mujeres que han emprendido este gran camino de aventura y encuentro hacia Dios desde su interior. Estos hombres y mujeres supieron descubrir esta presencia de Dios en lo más íntimo y profundo de su interior. Pensemos por ejemplo en la gran Santa Teresa de Jesús, que nos invita a entrar en las moradas del castillo interior del alma: “…para buscar a Dios en lo interior, que se halla mejor y más a nuestro provecho que en las criaturas” (Moradas III, 3,3). El P. Fco. Javier Sancho Fermín, comentando los escritos de la santa Edith Stein en su libro “Ciencia de la Cruz”, que se refiere al punto de “cruz y noche”, dice: “la noche mística, no debe entenderse cósmicamente. No nos llega desde el exterior, sino que tiene su origen en la interioridad, y afecta sólo al alma en la que emerge”. Es decir, que para Santa Teresa de Jesús, Dios vive en el interior del ser humano, y el ser humano vive en la morada de Dios. Este deseo de encuentro del hombre en su interior con Dios, para Teresa, parte desde la antropología al hombre preguntarse: ¿Qué es el hombre? ¿Qué es lo propio del ser humano que le distingue de las otras creaturas? ¿Cuál es su papel y su puesto enigmático en el universo?

  Es conocida por muchos de nosotros la famosa frase “conócete a ti mismo”; frase esta que estaba inscrita en la puerta de entrada del templo de Delfos, en la antigua Grecia. Son también famosos los enigmas del oráculo de Delfos a las preguntas de los hombres. La solución del enigma se convierte en la tarea de una vida, en la cual el hombre se va conociendo a sí mismo. El ser humano sigue siendo un enigma y, a la vez, es la solución del enigma. Me viene a la mente el famoso enigma de la Esfinge a Edipo cuando esta le preguntó ¿cuál es el animal que en la mañana anda en cuatro patas, en la tarde en dos y en la noche en tres? La respuesta fue ciertamente sencilla: el hombre, porque cuando nace, siendo niño gatea; de adulto, camina sobre dos; y cuando envejece, usa un bastón. Por lo tanto, el hombre, que es la solución al enigma, sigue siendo un misterio para él mismo. Cada persona humana encierra un enigma y un misterio y el mismo Edipo tuvo que  experimentarlo trágicamente.

  ¡Conócete a ti mismo! Para los autores de la antigüedad significaba esto que el ser humano debía conocer dentro de su grandeza su miseria, y parece que su grandeza precisamente consiste en conocer su miseria. Dada su miseria, su condición de ser suplicante aparece como la esencia del ser humano.

  Edith Stein reivindica la experiencia mística como un camino que da luz sobre los misterios mas íntimos del ser humano: “la conquista del centro del alma se transforma en una verdadera conquista de la humanidad, la sede de la libertad de la persona, la sede de los pensamientos del corazón, la sede del encuentro y de la unión con Dios”.

 

Bendiciones.