jueves, 11 de febrero de 2016

Actitudes de pecado


“… Llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contiendas, de engaño, de malignidad, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen” (Rm 1,29-32).

  Así describe el apóstol Pablo a los hombres que rechazan el conocimiento de Dios. Estas actitudes son comunes a todos los seres humanos, aun aquellos que se esfuerzan por obrar correctamente. Estos males están enraizados en el corazón del hombre. Ya lo hemos dicho recordando las palabras de Jesús a este respecto. El corazón humano está herido por el pecado. Pues de esas heridas Cristo nos quiere curar. Por eso es que el Señor quiere cambiar nuestro corazón de piedra por un corazón de carne. Nuestro corazón necesita de conversión: “vuelvan a mí de todo corazón, con ayunos, con llantos, con lamentos. Desgarran su corazón y no sus vestidos, vuelvan al Señor su Dios” (Jl 2,12-13). Esto es lo que le dice el Señor al profeta Joel con respecto al corazón del hombre y su conversión.

  Muchas veces hemos oído a gente decir que ya no aguanta seguir viviendo en este mundo por tanta maldad que hay en él; como que quisieran irse a vivir a otro lugar, a otro planeta, etc. ¿Sería esta la solución para que desaparezca de la humanidad el pecado, el mal? No. El problema aquí no es el mundo en sí, sino mas bien la humanidad misma. Donde quiera que nos vayamos a vivir, aun sea a otro planeta, tendremos la presencia siempre del mal. Porque los que tenemos que cambiar somos nosotros los seres humanos. Si la humanidad se arregla, se arregla el mundo; si la humanidad se ordena, se ordena el mundo. Todos necesitamos salvación, porque todos somos pecadores: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Rm 3,23). Y esta salvación la tenemos que experimentar aquí en la tierra o en cualquier otro lugar que nos vayamos a vivir, así sea otro planeta. El pecado es una amenaza permanente para la humanidad. Aun el hombre se vaya de este mundo, el pecado continuará en él mientras exista un ser humano sobre la tierra. Por esto mismo no podemos vivir en la ignorancia de pecado.

  Bueno, siendo esto así, ¿Qué podemos hacer para enfrentar este mal? Dios mismo nos ha dado o dejado medios e instrumentos para poder enfrentar este mal del pecado. Pero debemos de tomar conciencia de que tenemos que hacer uso de ellos si es que queremos vencerlo. Se hace necesario que le echemos mano a esos medios, que tomemos conciencia de ellos. Una cosa será el ser consciente de que hay medios para luchar contra el pecado, y otra muy diferente será el que nos decidamos a hacerlo. El Papa Pío XII llegó a afirmar que la humanidad ha perdido la “conciencia de pecado”; y Juan Pablo II habló de la “debilitación del sentido del mal”.  Pero esta falta no sólo es propia de esta generación únicamente; esta ha sido una característica de toda la humanidad.

  Para luchar contra el pecado, es necesario que lo conozcamos. Saber contra quién estamos lidiando; no podemos librar una batalla sin conocer lo suficiente al enemigo. Estamos llamados a luchar contra el pecado, pero no a dejarnos vencer por él: “Pero él me dijo: solo mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza” (2Cor 9,12). Estas fueron las palabraS que le dirigió el Señor a Pablo cuando éste se le quejaba de tantas pruebas a que estaba siendo sometido por el pecado en su misión de evangelización. El Señor no le dijo que le quitaría las pruebas, sino más bien que le daría la fuerza necesaria para que pudiera enfrentar la prueba, el pecado. Esto mismo es lo que hace el Señor con nosotros.

  Se hace necesario y urgente que la humanidad asuma una actitud de verdadera conversión. Esta conversión nos tiene que llevar a ir tomando cada vez más conciencia del mal que hay entre nosotros; conciencia del pecado que nos acompaña. Pero también es necesario y urgente que la humanidad tome conciencia de que para librar esta lucha deberá contar con la ayuda de Dios. Ningún cristiano, si quiere ser auténtico en su fe, puede prescindir de Cristo y de su gracia, si es que quiere vencer al mal, vencer al pecado: “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva”, ya que, por el Dios de la vida y para la vida fuimos creados.

martes, 9 de febrero de 2016

El cordero en la casa del lobo


 “Miren que yo lo s envío como ovejas en medio de lobos. Sean, pues, prudentes como la serpiente y sencillos como la paloma” (Mt 10,16).

 

  Al concluir el Papa Francisco  la segunda etapa de su viaje número diez fuera del Vaticano, que tocó suelo estadounidense, -recordemos que la primera etapa tocó suelo cubano-, son varias las enseñanzas que podemos destacar.

  El ministerio del pontificado está en relación a la unidad de la iglesia, en alusión a las palabras dirigidas por Jesús al apóstol Pedro: “Pero yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). Esta es la misión principal que realiza el Papa como sucesor del primero entre los apóstoles y Vicario de Cristo en la tierra. El Papa Francisco ha ido a estas tierras de Norteamérica precisamente a confirmar a sus hermanos de fe en la fe en nuestro señor Jesucristo, es decir, no sólo a la jerarquía eclesial, sino a todos los bautizados de la gran familia de Dios, -su pueblo santo-, que habita en ese gran país. La visita del Vicario de Cristo a los Estados Unidos fue lo que podríamos llamar una bocanada de aire fresco en una comunidad cristiana católica que ha sufrido muchos y duros golpes, principalmente por los abusos y escándalos, -pecados-, de algunos de los miembros de su jerarquía. La fe de muchos católicos se ha visto lastimada seria y profundamente por estas graves faltas de una parte de sus pastores. Ante esta triste realidad, el Papa quiso ir para avivar y fortalecer la fe lastimada de tantos católicos y esto  provocó que gran parte de ellos regresen a la Iglesia, a su Iglesia, -de donde nunca debieron salir o ser impulsados a salir-, debido a los anti testimonios de algunos de sus miembros.

  Pero también es cierto que esa visita del Papa Francisco a esta gran nación no dejó de ser un acto de valentía y coraje porque es ir nada más y nada menos que a la casa del gran gendarme del mundo, el Estado que se ha abrogado la autoridad y el derecho, sin permiso de nadie, de señalar los errores de los demás; de mirar la paja en el ojo ajeno y no la viga que tiene en el suyo; el Estado que lleva a cabo una política de imposiciones y de guerras que van en detrimento de los países más vulnerables del planeta. Es lo que podríamos llamar, en palabras evangélicas “se ha erigido en lumbrera de la calle, y oscuridad en su casa”. Recordemos que el gobierno de los Estados Unidos ha llevado a cabo una guerra ideológica, sobre todo contra la Institución de la Iglesia católica y su doctrina, aplicando normas constitucionales en su propio país abiertas claramente contra la enseñanza religiosa cristiana, principalmente la católica. Este ataque feroz e ideológico ha estado dirigido, si se quiere sutilmente, contra el Papa; pero es que atacar al Papa es atacar a la Iglesia Católica. El Papa Francisco tuvo el coraje y la valentía de dirigir importantes discursos ante el Congreso de los Estados Unidos y la ONU, en donde expresó con claridad su compromiso y fiel seguimiento a las enseñanzas evangélicas en lo concerniente al respeto e inviolabilidad de la vida humana en todas sus etapas; también ha reiterado y llamado a la preservación de la libertad religiosa, así como los temas sobre la ecología, recordando las palabras del Papa Paulo VI cuando éste habló de “nuestra casa común”, y de la responsabilidad que tenemos todos los hombres y mujeres de cuidarla y dejar un buen legado a las futuras generaciones.

  El Papa Francisco supo conducirse con prudencia en esos ambientes. Pero también con firmeza y sin poses. El es portador y proclamador de la verdad del evangelio. La verdad que nos hace libres. De una libertad que, por el mal uso que hemos hecho muchas veces, nos está llevando a la destrucción de mundo y de nuestros semejantes. El Papa Francisco no  actuó con miedo. Esta no es característica suya. Es un hombre de fe, de Dios y de la Iglesia que sabe qué papel está jugando en este complejo mundo. Sabe que es una voz moral que todo el mundo escucha, -creyentes y no creyentes. Un hombre que concita la atención de todos y que hace llorar a muchos, más que con sus palabras, con sus gestos. Es un hombre de fe que sabe que su fortaleza está en las manos del mismo Jesucristo que lo conduce por estos caminos difíciles, pero a la vez emocionantes y de esperanza. Es el hombre que ve en la humanidad el potencial para que nuestro mundo sea lo que debe de ser. Un hombre de fe y de la iglesia que vela, sobretodo, por los más indefensos. Un hombre que no teme acercarse a los otros y participarles un gesto de amor, de comprensión, de esperanza. En conclusión, es un hombre que no teme andar, caminar y meterse en la casa de los más fieros enemigos de Cristo, de su iglesia y de la humanidad.

miércoles, 13 de enero de 2016

La dedicación pastoral del sacerdote


“Más tú enseña lo que es conforme a la sana doctrina… Exhorta igualmente a los jóvenes para que sean sensatos en todo. Muéstrate como modelo de bellas obras: pureza de doctrina, dignidad, palabra sana, intachable, para que el adversario se avergüence no teniendo nada malo que decir de nosotros” (Tit 2,1. 7-9).



  Desde hace mucho tiempo a los sacerdotes se les conoce como “curas”, esta palabra lo que hace referencia es a la “cura de almas”; así como el médico cura las dolencias del cuerpo, el sacerdote ayuda a curar las dolencias del alma. Esto lo podemos relacionar al cuidado o dedicación pastoral que debe de ejercer el ministro del sacerdote a favor del pueblo a él encomendado por Cristo. El ministro del sacerdote está constituido para la atención, el servicio y el favor del pueblo de Dios, y no es una categoría o rango que lo hace superior a los demás fieles. Recordemos que este fue uno de los grandes aportes del Concilio Vaticano II en la visión de la Iglesia como Pueblo de Dios, es decir, la Iglesia antes de este Concilio se definía a partir de la constitución jerárquica; era una visión piramidal en donde en la cima estaba la jerarquía eclesiástica y el resto del pueblo hasta abajo en la base. Pero a raíz de este Concilio esta pirámide se invirtió y así quedó establecida la nueva y definitiva imagen de la Iglesia de Cristo que se define entonces a partir del pueblo y la jerarquía queda ahora en la base. Es decir, la jerarquía está al servicio del Pueblo de Dios y no al revés.

  Esta visión nueva de la Iglesia es lo que ha llevado a que esta jerarquía se constituya en servidora de ella y se dedique por entero a su atención pastoral; así ese cuidado pastoral y dedicación por amor a la iglesia, se convierte en cuidado comunitario más que un cuidado individualista de personas. Entonces, hay que preguntarse cómo me estoy preparando para ejercer ese cuidado pastoral que me exige el amor cristiano. Ya sabemos que el evangelio tiene una dimensión comunitaria más que personal; y este sentido comunitario del evangelio es el que me tiene que impulsar a fortalecer y profundizar este celo de atención y dedicación pastoral a favor de todos. El mismo Señor fue quien mandó a los apóstoles a predicar el evangelio a todas las gentes de todos los pueblos y tiempos sin excepción; él extendió el deseo, voluntad y mandato del Padre a su Iglesia y en ella a sus ministros; por eso la insistencia del Señor de que “nos pongamos en camino”. Así también, los discípulos de Jesús son convocados a formar parte de un pueblo nuevo, incorporados al único Cristo. Debido a esto, según el p. Ariel David Busso “tener el cuidado de la grey no es principalmente el desempeño de un oficio, algo para hacer. La caridad pastoral se expresa, sobre todo, en lo que se denomina la identidad sacramental del sacerdote”.

   El sacerdote debe por esto configurar toda su vida a lo que sería el conjunto de la vida espiritual. Así su adhesión a los valores evangélicos de la pobreza en los bienes confiados, a la santificación de las horas, el acercamiento a los pequeños y pobres, a la obediencia, a su abandono a la providencia de Dios, tienen sentido con la dedicación pastoral. El sacerdote está al servicio de toda la comunidad eclesial y no solo a un grupito de su elección que esta más en sintonía con sus ideas y visión. En palabras del apóstol san pablo es que el sacerdote debe “hacerse todo a todos para ganarlos a todos” (1Cor 9,22). El sacerdote no puede ser electivo en el trabajo y atención pastoral porque esto empobrecería su ministerio.

  Por otro lado, sí es verdad que debe de tener una preferencia por los más alejados, los más pobres. Pero sin caer en la exclusividad. Jesús hizo una preferencia por los pobres y marginados, pero su actitud no fue excluyente sino más bien incluyente. En palabras del Papa Francisco es que el sacerdote salga a las periferias y deje su acomodamiento; es, si se quiere, abandonar la postura de los sacerdotes y escribas de la corte de Herodes que sabían dónde iba a nacer el rey de los judíos, pero ellos no movieron ni un dedo para ir a adorarlo porque no querían renunciar a sus comodidades. Esto es tener en cuenta de que el mensaje del evangelio es universal, incluye a todos al encuentro y experiencia de este amor que sana, libera y salva.

 

Bendiciones.

Hablemos del pecado (5): El pecado existe


Hemos dicho anteriormente que a mucha gente no le gusta oír ni hablar del pecado ya que les parece que es una palabra fuera de moda. Pero lo cierto es que, aunque no nos guste esta palabra, existe. No porque no queramos hablar del pecado no quiere decir que no exista, que no sea real su presencia entre nosotros, en nuestras estructuras sociales. Se da la impresión con esta actitud de que hay un silencio culpable en donde no queremos hablar de ello, ni siquiera de Dios. Pero nos permitimos hablar de cualquier otra cosa. Y nos preguntamos: ¿dejará de existir el pecado por estas actitudes? La respuesta es simple y directa, NO. Porque su fuerza es abrazadora y seductora, y arrastra a la persona a sus más hondas pasiones llevándolo por tanto a un abismo profundo y difícil de salir por las propias fuerzas.

  En los últimos años, está muy de moda hablar de la ecología; de que debemos de proteger nuestro medio ambiente. Se habla mucho del “cambio climático”, etc. Todo esto lo podemos relacionar con la “creación”. La creación es uno de los terrenos en donde podemos verificar claramente la presencia del pecado cuando la instrumentalizamos de tal manera que ya no es un medio para nuestra sobrevivencia, sino más bien un instrumento de nuestro afán de dominio desenfrenado. Ya sabemos claramente lo que nos dice el libro del Génesis en el relato de la creación: “todo lo que Dios creó, lo creó bueno”; y en otros versículos dice que lo creó “muy” bueno. Esto es así porque Dios es la suma bondad y, por lo tanto, de él no puede jamás venir o salir algo malo. El libro del Eclesiástico nos dice que “las obras del Señor son todas buenas” (39,33). Sin embargo, si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que no todo es bueno: hay un contraste entre vida y muerte, paz y guerra, luz y tinieblas, etc. La creación sufre violencia: “la creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rm 8,20-22). En palabras de Martín Lenk, sj, en su libro “Buscando a Dios”, dice: “el dominio del ser humano sobre la tierra significa, por primera vez en la historia del planeta, que tenemos en nuestras manos la posibilidad de destruirlo por completo”. Pero, ¿cuál es la actitud de Dios ante su creación? ¿De indiferencia? No. Sigue siendo una actitud de amor por su obra creada. Dios no es un Dios de desorden, sino de orden.

  Si la creación es buena, ¿por quién entonces vino la maldición hacia ella? El libro del Génesis nos aclara esta cuestión, cuando nos dice: “Al hombre le dijo: por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa; con fatiga sacarás de él alimento todos los días de tu vida” (Gn 3,17). Ahí está. Es la acción del hombre que al desobedecer a Dios, lo ha llevado a ensañarse contra la creación; lo ha llevado a abusar de ella, a irla destruyendo, etc. Eso es manifestación del pecado. ¡¡¡El pecado existe!!! Ya lo dice el dicho: “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. No queremos ver el pecado; pero esto no quiere decir que no exista.

  ¿Y la humanidad? En la humanidad se aprecia también un gran desorden. Dios nos creó a su imagen y semejanza; por lo tanto nos creó para la felicidad, para la comunión con ÉL… Había gran armonía entre Dios y el hombre, entre el hombre y la creación, del hombre consigo mismo. Pero por el pecado, ¿en qué está sumida la humanidad? Mirando alrededor vemos que hay guerras entre pueblos y naciones; guerras en la economía, persecuciones religiosas, abusos de los indefensos, abusos y muerte entre familias, etc. Bien lo denunció el Papa san Juan Pablo II cuando acuñó la frase “cultura de la muerte”. Todas éstas también son manifestaciones claras de la presencia del pecado en la humanidad. El libro del Eclesiastés lo resume con estas palabras: “cierto es que no hay ningún justo sobre la tierra que haga el bien sin nunca pecar” (7,20).

  Concluimos reafirmando que el pecado existe. Es parte de nuestra realidad y camina con nosotros como si fuera nuestra sombra. Este no viene de Dios, sino por la desobediencia del hombre a la ley de Dios. Dios sigue y seguirá amando su creación, él no puede contradecirse a sí mismo. Sigue creyendo en su criatura y sigue apostando por ella y por todo lo bueno que sembró en su corazón para que la relación entre ambos sea lo que desde un principio quiso que sea: una relación de amor entre el Padre y los hijos y de los hijos entre sí.



Bendiciones.

Sentencia Valiente


“No actúes con injustica cuando dictes sentencia: ni favorezcas al débil, ni te rindas ante el poderoso. Apégate a la justicia cuando dictes sentencia” (Lv 19,15).



  El Tribunal Constitucional ha dictado sentencia sobre la inconstitucionalidad del nuevo código procesal penal que se reformó para permitir, entre otras cosas, la aplicación del aborto en algunas circunstancias. La misma sentencia del Tribunal manda a que siga en vigencia el anterior código penal. Pero como ya sabemos, y esa fue la principal objeción de los grupos de la sociedad civil y movimientos cristianos católicos a favor de la constitucionalidad, que la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural está protegida por la última reforma constitucional que se llevó a cabo en el 2010. Se aduce para esta sentencia de inconstitucionalidad que los procedimientos por los cuales se llevó a cabo esta reforma del código que no se cumplieron con la formas que permite la misma Constitución, ya que solo fue aprobada por una de las dos cámaras (Diputados) sin pasar por la de los Senadores; además que se cometieron varias irregularidades durante el conocimiento de las observaciones que hizo el Poder Ejecutivo a la pieza. Esta sentencia lo que deja en claro es que se ha fallado en cuanto a la forma las acciones directas de inconstitucionalidad de la ley núm. 550 que instituye un nuevo código procesal penal; y en cuanto al fondo acoge las acciones directas de inconstitucionalidad, descritas anteriormente y declara así su inconstitucionalidad del citado número.

  Como era de esperarse, fruto de esta sentencia hay vencidos y vencedores; se experimenta el néctar de la victoria y la agonía de la derrota. Por parte de los vencidos ya se expresan los grupos contrarios a la vida de los más vulnerables que, dejados llevar por intereses foráneos extranjeros, Ongs y organismos internacionales, se apandillan en contra de la vida humana, sobre todo, de los más indefensos. Escuchamos también opiniones en los diferentes medios de comunicación de estos que también están en contra de la vida de los no nacidos y que actúan como bocinas de estos grupos y organismos foráneos y que obedecen a una agenda violatoria de nuestras leyes y de cultura de la muerte que quiere instalarse en nuestra sociedad. Por el otro lado escuchamos las voces de los vencedores que se regocijan porque ha triunfado, no el dinero ni la presión mediática, sino la verdad, la ley, la constitucionalidad.

  A estos grupos y sus incumbentes hay que recordarles que la historia fundacional de la República  Dominicana está cimentada sobre la base del cristianismo católico porque así lo quisieron nuestros próceres de la Patria y esto no se puede borrar ni si quiera por decreto, porque de ser así tendríamos que regresar en el tiempo y quitar de la gesta independentista todo lo que sea y huela a cristianismo. El mismo Jesús ya había dicho que debemos de buscar la verdad, y en el centro de nuestro escudo nacional está la Santa Biblia abierta en el pasaje del evangelio de san Juan que dice “la verdad los hará libres”. Esta es la verdad que se ha querido violar, mancillar; y por la valentía de estos hombres y mujeres convencidos de que esto es lo que conviene a nuestra sociedad se lanzaron a las calles y enfrentaron a los poderosos imperialistas que quieren imponernos sus ideas y leyes porque lo que les interesa son mantener tranquilas sus fronteras y países de lo que ellos llaman la “plaga” migratoria.

  Los problemas de las sociedades –ya sean desarrolladas o subdesarrolladas-, no se resuelven eliminando al ser humano, sino asumiendo y elaborando políticas públicas que promuevan y defiendan a todos, especialmente a los más vulnerables e indefensos. Solo basta que echemos una mirada a esos países desarrollados y progresistas cómo se están quedando sin relevo generacional a consecuencia de haber asumido una guerra en contra del mismo ser humano acabando con ellos. En España, según el Instituto Nacional de Estadísticas, el índice de muertes ha aumentado a un 10% en contra de los nacimientos que se redujo a un 0,8%. Es decir, que en España han muerto más personas que las que han nacido. Gran parte de esta situación es causa del número de abortos que se practican en esa nación.

  Pero cuidado, este triunfo no nos debe llevar a dormirnos en nuestros laureles porque lo cierto es que el enemigo no duerme y solo se retira a preparar su próxima embestida para atacar con más fuerza. Los intereses que están en juego son muy poderosos. Recordemos que por la plata baila el mono. El chantaje a nuestros pueblos tercer mundistas está siempre a la puesta del día. Los poderosos utilizan la pobreza de nuestros países para imponer sus leyes mediante el chantaje. Como dijo un alto funcionario “es mejor morir de pie que seguir viviendo arrodillado”.

 

 

martes, 8 de diciembre de 2015

Hablemos del pecado (4): El mal existe


“…Escúchenme todos y entiendan. No mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso mancha al hombre… Lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre” (Mt 15,10.18).

  Ante el fracaso del hombre de querer controlar y eliminar el mal por sus propias fuerzas y capacidad, hay que reconocer que en verdad necesitamos de la ayuda de Dios para poder enfrentar esta realidad nuestra; necesitamos de la sabiduría divina, que es un camino que Dios pone a nuestro alcance para que podamos progresar y fortalecer nuestra fe por medio del Espíritu Santo, que lo sondea todo y lo penetra todo. Esta es sabiduría divina que Dios mismo ha revelado al hombre, y que es desconocida por los enemigos de Dios. Ya lo dice el autor de la carta a los Hebreos, que Dios se ha revelado al hombre de muchas y diferentes formas, y que de manera definitiva lo ha hecho por medio de su Hijo Jesucristo y en Él nos ha dado a conocer realidades que estaban escondida a nuestra mente y sólo por la revelación podríamos conocer (Hb 11,1-2). Entre esas realidades reveladas esta el mal.

  En el libro del Génesis, en el relato de la creación se nos dice que todo lo que Dios creó, lo creó bueno. Pero también es cierto que existe el mal, que no fue creado por Dios. Pensemos en la oración del Padre Nuestro: Jesús nos enseña que debemos de pedirle a Dios que nos libre del mal (Mt 6,13). Algo que debemos de tener bien claro es que el origen de este mal es precisamente “el pecado”. La mayor consecuencia del pecado es la muerte. Y esto lo conocemos por la revelación divina. La muerte no fue hecha ni creada por Dios. Dios es el Dios de la vida y quiere que todos nosotros tengamos vida y vida en abundancia; por eso nos envió a su Hijo. “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos” (Lc 20.38). Entonces, ¿por quién vino la muerte? Pues por el hombre. Por un mal uso de su libertad; porque fue capacitado para poder distinguir entre el bien y el mal, entre lo bueno y malo, entre la vida y la muerte, etc.

  Ahora bien, lo cierto es que si el hombre no es capaz de reconocer y tomar conciencia de que si no busca la ayuda de Dios, no podrá vencer el mal, a pesar de todos los esfuerzos que haga por su propia fuerza. Esto también es parte de la revelación. Ya el mismo Jesús lo dijo: “sin mí nada podrán hacer” (Jn 15,5). Toda la humanidad esta imbuida por el mal: “no hay quien sea justo, ni uno sólo” (Rm 3,10). El mal tiene que ver con el pecado, que es su fuente y su raíz. El lugar privilegiado del pecado es el corazón del hombre; allí donde crecen juntos el trigo y la cizaña; ese lugar privilegiado donde el Padre y el Hijo quieren habitar, donde quieren poner su morada. De ahí que el corazón del hombre sea siempre el blanco de ataque de Cristo y su gracia. Dios es el único que puede cambiar nuestros corazones, nadie más; pero para hacerlo, necesita de nuestro consentimiento y colaboración; por eso es que Él está a la puerta tocando para que nosotros desde dentro le abramos. Nunca forzará o tirará la puerta porque es todo un caballero y respetuoso de nuestra libertad. Cristo mismo nos la fuerza para poder enfrentarnos al pecado y a nuestro pecado; busca de nosotros una verdadera y profunda conversión: “arrepiéntanse y conviértanse, para que sus pecados sean borrados” (Hb 3,19). Si en verdad queremos cambiar, necesitamos de una actitud profunda de conversión. Partiendo de la existencia de un Dios infinitamente bueno, y de la evidente existencia del mal, el pecado original es la única solución razonable al enigma del mal. La situación presente del mundo, ostensiblemente marcada por el mal, no puede ser considerada como constitutiva de la creación, sino que ha de ser entendida como resultado de una caída, de una herida, de una corrupción que padece el mundo creado. Tuvo que ser la libertad humana quien introdujo el mal en la creación.

  Cabe aclarar que hasta ahora lo que hemos dicho, es estarnos moviendo en el plano espiritual. Por esto mismo es que necesitamos apoyarnos en la fe, porque si no es así, no podremos avanzar. Muchas de estas situaciones del mal no podemos comprobarlas por nuestra sola inteligencia, sino que permanecen en el ámbito del misterio ya que están fuera del alcance de nuestra razón. Por eso hemos hablado de que esto es revelación de Dios. Es Él el que nos lo ha revelado y nos lo ha dado a conocer.














Ha concluido el Sinodo sobre la familia... ¿Y ahora qué?


Así es. Es la gran pregunta que muchos se han empezado a hacer y hasta ya de seguro se están empezando a dar una que otra respuesta. Tenemos que recordar que este Sínodo fue realizado para tratar de establecer las líneas pastorales, -no doctrinales-, sobre las nuevas situaciones que están amenazando a la familia en nuestros tiempos. Recordemos además que el año pasado se realizó un Sínodo extraordinario que sirvió de preparación para este Sínodo ordinario. De ese Sínodo extraordinario salió un documento de trabajo en el que se tomaron en cuenta las opiniones de las diferentes conferencias episcopales del mundo, y fue este “instrumentum laboris” el que se trabajó en el pasado Sínodo. Muchas personas, azuzadas por los medios de comunicación, principalmente  adversos a la Iglesia, creyeron que ese documento de trabajo era el documento conclusivo; pero nada que ver. Ese fue solo un instrumento para trabajar. El documento conclusivo consta de 94 puntos y esta más elaborado y enriquecido con citas bíblicas, con una reafirmación de la naturaleza del matrimonio. En el desarrollo del Sínodo salieron otros puntos a trabajar que no estaban en el instrumento de trabajo.

  El Papa Francisco tiene una particularidad que ha hecho visible en su pontificado y es que él deja que todo el mundo hable y opine, tanto los de dentro como los de fuera, y es como si al final preguntara si ya acabaron de decir lo que tenían que decir para entonces él venir con la opinión definitiva. Muchas veces el Papa dejó en claro que la doctrina católica no se iba a tocar, sino que más bien eran aspectos pastorales los que se iban a tratar de cómo tenía la Iglesia que afrontar estos nuevos retos en torno a las familias. No podemos dejar de mencionar la controversia que despertó el cardenal alemán Kasper cuando propuso el que se le diera acceso a la comunión sacramental a los divorciados vueltos a casar, cuya visión tuvo sus seguidores pero también sus opositores. Se argumentó que esto, de aceptarse, rompería con la enseñanza evangélica y doctrina eclesial. El Papa insistió en que no se polarizara el tema de la familia únicamente a ese punto como si fuera el único problema que aqueja a la familia; hay otras grandes problemáticas, por ejemplo: ¿qué hacer con los niños que son adoptados por parejas homosexuales, hay que bautizarlos sí o no?

  Es muy importante que tengamos en cuenta el discurso de clausura del Sínodo del Papa Francisco. Quiero resaltar de este discurso tres puntos,-no los únicos-, que me parecen importantes. Dice el Papa: “que nos hayamos reunido aquí no significa que se hayan encontrado soluciones exhaustivas de fondo a todas las dificultades y dudas que amenazan a las familias; dichas dificultades se han puesto a la luz de la fe y se han afrontado sin miedo... Es una conversión pastoral que nos implica a todos... Nos ha llevado a comprender la importancia y mantenimiento de la institución familiar entre un hombre y una mujer, fundado sobre la unidad e indisolubilidad y célula fundamental de la sociedad”. Otro punto interesante y controvertido que toca el Papa es el referente a los homosexuales y la homosexualidad. Éstos requieren de un acompañamiento pastoral generoso, bondadoso; con un gran sentido de la dignidad humana; estas atracciones homosexuales en ninguna forma disminuyen el deber de atender pastoral y con caridad a estos hijos de Dios. Se deja claro en el documento que no hay por qué estar de acuerdo con la ideología homosexual. No hay comparación, ni siquiera remota, entre las uniones homosexuales y la unión establecida por Dios entre un hombre y una mujer. Como un tercer punto es el referente a los divorciados vueltos a casar. Se reafirma la doctrina eclesial y se elogia a aquellos católicos que permanecen en fidelidad al compromiso contraído y no rompen el vínculo con otra unión, a pesar de lo doloroso que esto pudiera ser para muchos. Se reafirma también la enseñanza de la familiaris consortio de san Juan Pablo II con respecto a este tema. Aquellos católicos que están en nueva unión matrimonial están integrados a la Iglesia y deben de ser acogidos y motivados a un trabajo apostólico profundo y compromiso eclesial serio. No están excomulgados; ni tienen ni deben de ser rechazados.

  A todo esto, hay quienes han afirmado que la Iglesia se ha quedado nuevamente en el atraso, que no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Una vez más son aquellos que todavía no comprenden la naturaleza de la Iglesia y no comprenden para qué existe la Iglesia. Quieren ver una Iglesia acomodada, adaptada a los criterios del mundo. Son personas que hablan de una institución que en realidad no conocen porque no han tenido la actitud de estudiarla desde sus orígenes y siempre tendrán una mirada miope, limitada, pírrica de la Iglesia. Pontifican sobre el evangelio y la persona de Jesús, pero en realidad no los conocen. Quieren que la Iglesia sea progresista, pero la pregunta es ¿hacia dónde se quiere progresar? El progreso es bueno, pero se puede caer en la vieja técnica de autodenominarse progresista para tachar a los demás de inmovilistas, y descalificar sin debate alguno a todo aquel que piense de manera distinta. Hay que recordarles que la Iglesia no es un sindicato ni una ONG ni una empresa, ni mucho menos un partido político. Las verdades de fe o las exigencias de la moral no pueden tratarse como si lo de menos fuera la verdad y lo importante fuera ser eficaz, ser muchos o ser modernos. Nosotros somos servidores de la Iglesia, no los que decidimos lo que es la Iglesia. Tenemos que saber qué quiere Dios y ponernos a su servicio.

  La Iglesia tiene una lógica interna aplastante,-si se quiere-, cuando dice: “a mí no me pidan que cambie la norma, adapte usted su comportamiento a la norma si quiere vivir realmente la fe católica”.