martes, 7 de junio de 2016

Exhortación Apostólica Amoris Laetitia


Ya está publicada la Exhortación apostólica post-sinodal “Amoris Laetitia” (la alegría del amor en la familia), que es el resultado del Sínodo sobre la familia que tuvo lugar el año pasado en la ciudad del Vaticano. Este documento es el resultado de una amplia reflexión sinodal y papal, fruto de ese pasado Sínodo que tuvo como preámbulo un Sínodo extraordinario, es decir, que es fruto de dos años de reflexión sobre el tema de la familia en su situación actual. Ha sido un documento muy esperado, no solo por los católicos sino también por el resto del mundo ya que generó desde el principio muchas expectativas y también muchas especulaciones en donde se esperaba la postura del santo Padre en materia doctrinal y eclesial. Hay que recordar que este Sínodo sobre la familia, desde el principio se dijo que no iba a tratar aspecto de la doctrina, sino más bien era en lo referente a los desafíos pastorales que hoy presenta esta institución humana y cristiana en el contexto de la nueva evangelización.

  Fueron muchas las opiniones que se dieron en torno a este Sínodo tanto desde el ámbito externo como a lo interno de la Iglesia. Opiniones muy variadas, hasta de varios cardenales, como lo fue el cardenal alemán Kasper sobre el tema de la comunión a los divorciados vueltos a casar. Ya el mismo santo padre había dicho que el tema de la familia es muy basto y complejo para querer enmarcarlo a un solo aspecto como el ya mencionado, como si fuera éste el único problema que afecta a la familia. Fueron muchas las especulaciones y hasta se dieron por seguras una que otra idea que el santo padre ya había dicho. Hemos dicho en otras ocasiones que una de las particularidades del Papa Francisco es que él deja que todos opinen y hablen, pero después él viene con las palabras definitivas al respecto de cualquier tema que tenga que ver con su magisterio y la doctrina eclesial.

  Este documento post-sinodal, podríamos decir que ha causado mucha “decepción” en muchas personas que pensaron que el santo padre una vez más pondría en entredicho la enseñanza y doctrina eclesial de más de veinte siglos; pensaban que en este documento quedaría ya manifestada la “nueva postura” de la Iglesia Católica con respecto a estos temas; era, por así decirlo, la “modernización” de la Iglesia, o la nueva postura de una Iglesia Católica disque anquilosada y atrasada, etc. Pero nada de eso ha sucedido. Lo externado por el santo padre en este documento es una prueba más de que sigue en continuidad con el magisterio eclesial de tantos siglos del cristianismo.

  Aun así, no han parado, -sobre todo los medios de comunicación secular y uno que otro católico-, de hacer sus especulaciones o interpretaciones a conveniencia; han querido o forzado a decir al Papa lo que no ha dicho o querer hacerle decir al documento lo que no dice. Se sigue insistiendo en el tema de la comunión a los divorciados vueltos a casar y se especula que el Papa ha dado el permiso para que esto pueda ser posible. Pero la realidad es que en ninguna parte del documento dice tal cosa. El santo padre reitera la doctrina eclesial al respecto de este tema. Esta exhortación apostólica es un documento muy extenso, consta de nueve capítulos: 1- a la luz de la palabra; 2-  la realidad y desafíos de la familia; 3- mirando a Jesús: vocación de la familia; 4- el amor en el matrimonio; 5- amor que se vuelve fecundo; 6- perspectivas pastorales; 7- fortalecer la educación de los hijos; 8- acompañar, discernir e integrar la fragilidad y 9- espiritualidad matrimonial y familiar. Por lo cual el mismo Papa invita a que sea leído con pausa y discernimiento. Dice el Papa en el no. 2: “los debates que se dan en los medios de comunicación o en publicaciones, y aún entre ministros de la Iglesia, van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, a la actitud de  pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas”.

  Es compleja la situación de la familia actualmente. Esto lleva a la Iglesia a estar buscando constantemente nuevas formas o maneras de cómo responder a estas problemáticas sin que esto quiera decir que tiene que traicionar la enseñanza evangélica y eclesial de más de veinte siglos. El santo padre invita y nos recuerda como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad y la paciencia.

  No esperemos más. Leamos con fe y desafío esta exhortación para que juntos busquemos y logremos fortalecer esta institución fundamental de la sociedad y los retos pastorales que nos presenta.

martes, 24 de mayo de 2016

Hablemos del pecado: su nombre


“…Un día en que los hijos de Dios fueron a presentarse ante Él, apareció también entre ellos el Satán. Dijo Dios al Satán: ¿de dónde vienes? El respondió: de pasearme por la tierra…Dijo Dios. ¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él en la tierra, es un hombre íntegro y temeroso de Dios y apartado del mal. Dijo el Satán: ¿crees que no le teme a Dios por nada? Has bendecido sus actividades y familia. Ponle la mano a sus posesiones y verás cómo te maldice…” (Job 1,6-11).

  Vemos en este pasaje del libro de Job que se nos muestra al tentador como uno de los hijos de Dios. El nombre de Satán significa “el adversario”, “el acusador”. Es uno de los servidores de Dios. Este ángel servidor reta a Dios en su siervo Job y Dios le permite la prueba, pero sin ponerle la mano a Job. Nos muestra este pasaje bíblico que el Diablo o Satán tiene astucia para tentar, más no poder. Lo mismo nos presenta el evangelio, cuando Jesús fue tentado en el desierto por el Diablo o tentador. El Diablo no es poderoso ya que si lo fuera le haría la guerra directamente a Dios; entonces como no puede hacerlo así, le golpea a Dios por donde más le duele: por sus hijos e hijas, tentándolos. Ya estamos más conscientes de la astucia que utiliza para tentar y hacer caer a nuestros primeros padres.

  Con el Diablo no se dialoga. Este es uno o el más grave error que cometemos los seres humanos. Escucharle es ponernos en riesgo de caer, ya que tiene una forma muy sutil de cómo enredarnos en su telaraña pecaminosa. Lo que empezó en Eva como una tentación en la carne, terminó en una tentación en la soberbia... “seréis como dioses”. El Diablo no tienta a la buena de Dios, sino que analiza y ataca donde ve que tiene alguna posibilidad. Por esto mismo es que se nos recomienda muy encarecidamente la oración: “velen y oren para que no caigan en la tentación” (Mc 14,38), nos dijo Jesús. La tentación es incompatible con la oración.

  Una pregunta que no deja de darnos vueltas en la cabeza, hablando de la tentación -, es preguntarnos el por qué Dios permite la tentación. Lo podemos formular de otra manera: ¿Dios puede tentar? La respuesta inmediata es NO. Dios no puede tentar ni ser tentado. La tentación no puede darle a Dios lo que Dios tiene en plenitud. Dios es el sumo bien. En Dios no hay maldad. En Dios la tentación es imposible, porque esta no tiene nada que ofrecerle. Nos dice el apóstol Santiago en su carta: “Consideren como perfecta alegría, hermanos míos, cuando se vean cercados por diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce constancia” (1,2). Nuestra fe en Dios se fortalece en la prueba. San Pablo utiliza la imagen del oro pasado por el fuego para decirnos que así mismo tiene que ser probada, purificada y fortalecida nuestra fe; y también nos dice que nos preparemos para cuando Dios se decida a probar nuestra fe.  Es muy conocida por nosotros la frase que dice “si tus problemas son grandes, cuéntales a tus problemas lo grande que es Dios”. Esto nos llama a fortalecer nuestra fe; pero también la tentación es una oportunidad para crecer y fortalece r la virtud. Nos dice el padre Fortea en su libro Summa Daemoniaca: “Si no existiera la tentación no podría darse esa constancia de la virtud que resiste una y otra vez contra toda seducción tentadora. Dicho de otra manera, hay determinados tipos de virtudes que jamás podrían existir sin haber resistido antes la tentación. Es más, cuanto más dura sea la prueba, mayor será la luz de la virtud al sobreponerse a la tentación” (pág. 45).

 

Bendiciones.

martes, 19 de abril de 2016

Hablemos del pecado: Su origen (2a. parte)


Nosotros siempre o por lo general hablamos del pecado de diferentes maneras. Pero casi nunca nos preguntamos por su origen. Leemos en la biblia que por un solo hombre entro el pecado en el mundo y que por eso todos somos pecadores (san Pablo); pero no sabemos o no hemos reflexionado cómo fue esa llegada del pecado al mundo o cómo fue ese origen. Es bueno entonces que digamos algunas ideas al respecto de este punto.

  Es de todos sabido y aceptado que el mal o el pecado no entraron al mundo venido de Dios. Ya hemos dicho que en Dios solo hay bondad, no maldad. Dios no puede contradecirse. La maldad viene de otro sitio. El apóstol Santiago en su carta nos dice: “ninguno, cuando sea tentado, diga: es Dios quien me tienta; porque Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie” (1,13). Claro está ¡Dios no tienta a nadie! Dios no está a favor del pecado, sino más bien que lo rechaza. El pecado mata, y Dios quiere nuestra vida; para eso nos creó y nos envió a su Hijo para que nos redimiera. Dios rechaza el pecado pero ama al pecador; o sea, ama al pecador pero sin su pecado. Entonces, si Dios no es el origen del pecado, ¿Quién es? o ¿Cuál es?

  Es importante aquí lo que la Revelación nos comunica con respecto al pecado. Si no fuera por ella, todo se quedaría en el ámbito del misterio. Cuando leemos las Sagradas Escrituras, nos damos cuenta que la primera aparición del mal o pecado tuvo lugar en el surgimiento de la rebelión de los ángeles contra Dios. En la carta de Judas leemos: “a los ángeles, que no mantuvieron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados con ligaduras eternas bajo tinieblas para el juicio del gran día” (Jud 6). Vemos que ya en el cielo, en presencia del mismo Dios, la rebeldía de muchos de sus servidores ya estaba presente y esto les trajo serias consecuencias. El padre José Antonio Fortea, en su libro “Summa Daemoniaca”, nos dice al respecto: “Comenzaban a acariciar la posibilidad de que había aparecido en sus inteligencias la posibilidad de una existencia  aparte de Dios y de sus normas” (pag 17); y en otro apartado: “Cada demonio pecó en uno o varios pecados en especial. La rebelión tuvo su raíz en la soberbia, pero de esa raíz nacieron otros pecados… Hay unos demonios que pecan más de ira, otros de egolatría, otros de desesperación, etc. Los locuaces, los hay más despectivos, en uno brilla de un modo especial la soberbia, en otro el pecado del odio… Aunque todos se apartaron de Dios, unos son más malos que otros” (pag. 25)

  La Revelación nos da a conocer el origen del pecado en dos etapas: una es la rebeldía  de los ángeles por el mal uso de su libertad; y la otra es el hombre que hace lo mismo al dejarse seducir por el demonio cuando le dijo “serán como dioses” (Gen 3,5). Pero, el origen de los ángeles fue bueno porque fueron creados por Dios: “El Diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos” (Concilio de Letrán IV, 1215). El mismo apóstol Pedro, en su epístola nos dice: “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, si no que, precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro, los entregó para ser custodiado hasta su juicio” (2Pe 2,4). El apóstol Pedro nos indica el pecado de estos ángeles. Entonces, vemos más claro que el pecado de los ángeles es anterior al pecado de los hombres. Han rechazado a Dios y su Reino, el rechazo de su amor. El Diablo es pecador desde el principio.

  Pero es curioso que para estos seres no hay salvación, no hay redención; sin embargo, para el hombre sí. El hombre sí es redimido del pecado. Nos dice el Catecismo en el número 393: “Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado”; y san Juan Damasceno dijo: “no hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte”.

  Concluimos esta parte con unas palabras del padre Fortea en su libro ya citado más arriba: “El demonio no es más que un ángel que ha decidido tener su destino lejos de Dios. Es un ángel que quiere vivir libre, sin ataduras. La soledad interior en que se encontrará por los siglos de los siglos, los celos de comprender que los fieles gozan de la visión de un Ser Infinito, le llevan a reprocharse a sí mismo su pecado una u otra vez” (pág. 21).



Bendiciones.

miércoles, 13 de abril de 2016

El Papa en tierra azteca


Nuevamente tuvimos al santo Padre en América, específicamente ahora le tocó a México. Pero antes de llegar a tierra azteca, el santo padre hizo una escala breve en Cuba para un encuentro fraterno con el líder de la iglesia católica ortodoxa de lo que se conoce como de toda las Rusias-, el patriarca Kiril. Este encuentro de estos dos líderes religiosos se viene propiciando desde hace un poco más de medio siglo. Todo empezó con el Papa san Juan Pablo II, pero no fue posible ya que faltando unas semanas para ese encuentro, el Papa polaco murió. Se continúo la intención con el Papa Benedicto XVI, pero tampoco se pudo realizar por motivos de impases sobre la presencia de la iglesia católica en Rusia. Pero ya con el Papa Francisco estas diferencias han sido superadas y se ha aprovechado este viaje a América y reunirse en un país neutral, como lo ha sido Cuba.

  Es mucha la noticia que hay en los medios sobre este acontecimiento. Y, ¡claro que ha sido un acontecimiento! Desde que sucedió el cisma que dividió a la Iglesia hasta ahora, estos dos líderes religiosos se juntan, se dan las manos y conversan en un clima de fraternidad. El tema más importante tratado fue el de la persecución y martirio que están sufriendo nuestros hermanos cristianos por el estado islámico. Tendremos que esperar para saber a qué conclusiones habrán llegado ambos líderes religiosos.

  Pero ahora el santo Padre llega a México. Siempre una gran cantidad de personas y fieles católicos se han preguntado por qué los últimos tres papas han visitado más de una ocasión este gran país azteca; qué es lo que les ha llamado la atención  a los últimos tres Papas de México, etc. Cabe señalar que a veces estas preguntas se hacen bajo el manto de cierto celo porque pareciera que los otros países del continente latinoamericano no despiertan la misma inquietud de los pontífices. Se han dado varias razones para justificar estos viajes apostólicos a México, y el mismo santo padre ha dado algunas que otras causas de su visita. Independientemente de estas, si quiero, -y es bueno señalar-, otras causas que hay que tener en cuenta son las siguientes: recordemos que México, junto con Brasil y Colombia, tienen la mayor cantidad de fieles católicos de este continente. México es una de las columnas del catolicismo junto a estas otras dos naciones. La fe católica del pueblo Mexicano ha sido muy golpeada por los escándalos de abusos sexuales llevados a cabo por algunos miembros del clero. Esta triste situación, como en los otros países, ha sido un demoledor golpe a la fe de muchos fieles y ha puesto en entredicho también la autoridad de la Iglesia. Recordemos que siempre se le ha endilgado a la jerarquía católica en México y al Vaticano el no haber actuado con prontitud y energía ante estos casos.

  Otro asunto o problema que no debemos dejar pasar por alto es que México ha sido contagiado, si cabe el término, por la ideología de género. En algunos estados de México se han aprobados leyes que hacen presente aquello que el papa san Juan Pablo II llamó “la cultura de la muerte”, con leyes de aborto, uniones homosexuales y adopciones por estos y eutanasia. México es un país federado y hay leyes federales y leyes estatales; por eso estas leyes sólo se han aprobados en algunos estados incluyendo el Distrito Federal. Todo esto conlleva a mermar más la tradición, valores y principios del pueblo mexicano que en su mayoría se identifican con el catolicismo. La visita del santo Padre a México ha provocado también cierto malestar y crítica porque los contrarios a ella han dicho que el gobierno mexicano ha gastado muchos millones y que lo mejor era que lo invirtieran en obras de bien social. Hay que aclarar que el costo de la visita papal a México casi en su totalidad fue asumida por donaciones de empresas y  personas particulares, -por ejemplo: los cinco papamóviles usados para sus recorridos fueron donados por empresas automotrices-; sin dejar de lado la responsabilidad o la parte que sí le corresponde a las autoridades. Recordemos que el santo Padre también ostenta la categoría de jefe de Estado del Vaticano y el país anfitrión tiene la obligación y responsabilidad de garantizar la seguridad y estancia  de todo visitante distinguido, como lo son los jefes de estado que visitan un país. Jamás se puede pretender que porque sea el Papa, el gobierno mexicano no cumpla con su deber con tan distinguido huésped. A estos que dicen estas cosas habría que preguntarles por qué no reclaman lo mismo cuando va cualquier otro jefe de estado de visita a su país. Lo evidente no necesita demostración: definitivamente se fragua por debajo una animadversión hacia la figura del Papa y lástima que sea en uno de los bastiones del catolicismo en América. Pero, esto tampoco ha de extrañarnos.

  Esperemos que esta visita del santo Padre haya logrado su cometido y que Francisco haya podido confirmar a nuestros hermanos de México en la fe en Cristo y su Iglesia.

viernes, 18 de marzo de 2016

Cambiemos nuestro rumbo


Desde hace unos años atrás estamos siendo testigos y, -más que testigos-,  adecuado es decir que estamos siendo atacados por estos grupos que se dicen de vanguardia y progres que están llevando a la humanidad a un callejón sin salida con esta nueva visión del mundo y su pensamiento único, o lo que otros conocen como Nuevo Orden Mundial. Esta nueva dictadura del relativismo que en su momento denunció el Papa Benedicto XVI. Si ya el mismo Jesucristo había dicho que “la verdad nos hará libres”; el lema de estos paladines modernos es el “mientras más libres seas, más verdadero serás”. Así nos llevan camino a la anulación del ser humano convirtiéndolo en una cosa, despojándolo de su dignidad, principios, valores y su sentido de trascendencia. Y es que el relativismo se hace especialmente fuerte en las instituciones de carácter supranacional, es decir, en aquellas organizaciones que están más alejadas de la gente, de los valores de la persona, y que tienen su máxima expresión en la ONU.

  Nos parece muy acertado, -teniendo en cuenta que nos encontramos en esta carrera de elegir nuevas autoridades o ratificar a las que están en mayo próximo-, compartir con ustedes una serie de considerandos que el periodista y consultor Paco Segarra  participa a su audiencia y aplicarlo a nuestra realidad en vistas a las próximas elecciones presidenciales. Los cristianos no estamos ni debemos ser ajenos ni mucho menos sustraernos al compromiso político en la sociedad en que vivimos. El verdadero y auténtico creyente no puede jamás renunciar a ser luz en este terreno donde abunda la oscuridad. Los cristianos no consideramos que Estado y sociedad sean una misma cosa, y siempre defenderemos nuestro derecho a opinar sobre cualquier cosa que afecte a la sociedad y el bien común, incluso cuando la acción del Estado resulte injusta o perjudicial para el bien común. Nuestros países atraviesan un momento histórico en que el compromiso de los cristianos en la esfera pública es más necesario que nunca. Los cristianos debemos poner entre paréntesis nuestras diferencias y cooperar para ofrecer  respuestas auténticas a un Occidente cada vez más extraviado y desesperanzado.

  En su libro “La columna del coronel Paquez”, el señor Segarra nos habla del “manifiesto del voto en blanco católico” para que una lluvia de blancura, de pacífica limpieza, cubra las urnas y vacíe el parlamento y los ámbitos del poder político de la maldad que atenta contra el bien común y la justicia. Así entonces: 1- no quiero teñir mi voto con la sangre de los niños antes de nacer; 2- no quiero dar mi voto a los verdugos de los desahuciados, de los pobres, de los débiles, de las viudas, de los huérfanos. Y la clase media; 3- no quiero manchar mi voto con la suciedad de la usura económica y la corrupción política; 4- no quiero que mi voto valide la derogación de la ley natural; 5- no quiero que mi voto contribuya a la destrucción de la familia y a la corrupción de la moral y las costumbres; 6- no quiero que la verdad se determine en un parlamento; 7- porque la mayor influencia de mi voto es la repercusión moral que tiene en mi conciencia; 8- porque el mal menor es, a la larga, el mayor de todos los males. Nunca se pacta con el mal, ni poco ni mucho; 9- porque más vale una Iglesia prohibida, perseguida y mártir, que una Iglesia liberal y acomodada al mundo; 10- porque no quiero permitir que el Estado eduque a nuestros hijos; 11- porque no quiero que el Estado, ningún Estado, se convierta en un dios al que hay que adorar; 12- porque los derechos fundamentales de las personas no pueden separarse del bien común y de la salvación de las almas; 13- porque no se puede servir a Dios y al dinero. Y porque mi conciencia no habita en mi bolsillo; 14- porque tengo mandado amar a los enemigos, no puedo odiar ni ofender; pero tengo el deber de denunciar la injusticia, la mentira y la iniquidad; 15- mi voto no irá a parar a manos de impíos, de mercaderes y lacayos de organizaciones transnacionales; 16- mi voto no contribuirá al triunfo de los mediocres y de los charlatanes. Ni al de la banca internacional; 17- porque no quiero que mi voto conceda al César lo que es de Dios; 18- y porque si doy a Dios lo que es de Dios, tengo que defender sus derechos y los de su santa Iglesia.

  Cuidado con la masonería y sus adeptos. No caben dudas de que tienen gran influencia política y social. Tenemos que aprender a identificar a esos lobos que se disfrazan de corderos. A esos comerciantes de la política que con su discurso demagógico engañan las conciencias de los más incautos para conseguir su voto haciéndoles falsas promesas y después se olvidan de las mismas cuando tienen el poder político en sus manos, porque para éstos “el poder es para usarse; no para servir”. Y es que el poder es un ídolo muy unido al dios dinero, pues vuelve locos a los hombres orgullosos, porque fácilmente se sienten unos elegidos, unos mesías, y justifican de este modo,-asqueroso también-, cualquier tropelía. Debemos de saber qué políticos son católicos-practicantes porque el catolicismo está en las antípodas de las sociedades secretas. El catolicismo ha tenido, sin duda, gran influencia política y social. Pero lo ha hecho a cara descubierta. No se ha escondido en ocultas logias. Para saber a quién votar debemos conocer la cosmovisión y el modelo de hombre que propone el candidato.

miércoles, 16 de marzo de 2016

El sacerdote debe ser confiable


  El Papa Benedicto XVI, en un discurso dirigido a los sacerdotes en el año 2005, les dirigió estas palabras: “Queridos sacerdotes, el Señor nos llama amigos, nos hace amigos suyos, confía en nosotros, nos encomienda su cuerpo en la eucaristía, nos encomienda su Iglesia. Así pues, debemos ser en verdad sus amigos, tener sus mismos sentimientos, querer lo que él quiere y no querer lo que él no quiere. Jesús mismo nos dice: sólo permanecen en mi amor si ponen en práctica mis mandamientos (Jn 15,10). Este debe ser nuestro propósito común: hacer todos juntos su santa voluntad, en la que está nuestra libertad y nuestra alegría”.

  Una de las virtudes que deben de manifestar y testimoniar siempre los esposos con su cónyuge es precisamente la confianza, ya que es uno de los pilares de todo proyecto matrimonial; cuando esta virtud no está presente o falla en el camino matrimonial, éste se empieza a tambalear. Con el ministro del sacerdote podríamos decir también que es parecido; pero, a diferencia de los cónyuges, el ministro del sacerdote está casado con Cristo. Entre Cristo y el sacerdote también debe de haber una relación de confianza, sobre todo departe del sacerdote. Esta es una virtud esencial para el buen desempeño pastoral del sacerdote. El mismo Señor, por boca del apóstol san Pablo nos exhorta diciéndonos: “…quien mediante la fe en él, nos da valor para llegarnos confiadamente a Dios” (Ef 3,12). La virtud de la confianza es signo del hombre nuevo, del hombre restaurado por Jesucristo, -y del ministerio al cual ha sido llamado. Es punto clave para todo ministro sacerdotal ser una persona confiable. Es uno del cual se puede fiar. Es bueno recordar, por si alguien aun no lo sabe o no está enterado, que el pueblo de Dios tiene todo el derecho a contar con la atención pastoral de sus sacerdotes; recordemos también que este es el real y verdadero sentido del sacerdocio ministerial: el ministro del sacerdote esta para servir al pueblo de Dios, no servirse de él; el sacerdocio ministerial no es una llamada al poder sino una llamada al servicio; ningún hombre es llamado al sacerdocio ministerial por Cristo para ostentar algún tipo de poder dentro de la Iglesia, sino que es revestido de esta dignidad sacerdotal para servir a la porción del pueblo de Dios a él encomendado. Por eso es que debe de ser una persona confiable y debe de saber ganarse la confianza del rebaño de Cristo a él confiado.

  La base de todo esto es el mismo Cristo, que es nuestro fundamento. Sobre esta roca es que se edifica toda la persona del sacerdote para que así también conforme la fe de los fieles, que son sus hermanos. Es roca firme y confiable, imagen expresiva de Dios verdad. El ministro el sacerdote debe tener coherencia con la palabra dada; sinceridad de lo que hace y piensa; sobriedad en las palabras y los gestos; prudencia, equilibrio y armonía en los consejos y las actitudes; paciencia, piedra angular de la esperanza que vive;  hospitalidad, reflejo del corazón del Padre; afabilidad, en el esfuerzo por comprender siempre, etc. Y el mismo san Pablo en su carta a Timoteo cita todo un elenco de virtudes que deben acompañar y adornar a todo hombre que se sienta llamado por Cristo a este ministerio: éstos deben de ser irreprochables, sobrios, equilibrados, ordenados, hospitalarios, aptos para la enseñanza, temperantes, pacíficos, indulgentes, con dotes de gobierno, con experiencia de vivir en cristiano, de buena fama…” (1Tm 3,1-7); y también más adelante puntualizará otras cualidades, como son: que sea justo, piadoso, hombre de fe, caritativo, constante, bondadoso. Y a Tito le insiste en que debe de ser irreprochable, de no ser arrogante, ni colérico, ni bebedor, ni pendenciero, ni codicioso (Tit 1,7-8).

  Ante toda esta lista de virtudes y cualidades del verdadero ministro sacerdotal, no es de sorprendernos el escándalo que causan algunos sacerdotes cuando asumen o han caído en situaciones o actitudes contrarias a éstas antes mencionadas, faltas pequeñas y diarias, pero también grandes y escandalosas. Estas faltas no solo se dan en lo relativo al terreno de la sexualidad, sino también y sobre todo en el terreno de la obediencia o transparencia y honestidad administrativa. El apóstol fiel también ayuda a los creyentes a comprender y a perdonar, a respetar las debilidades y las vivencias dramáticas, muchas de ellas experimentadas dolorosamente. La confiabilidad del apóstol se demuestra fundamentalmente en el ejercicio de su ministerio desarrollado al modo de Cristo: con la sabiduría del prudente y con la ternura del niño (Ariel David Busso).

miércoles, 9 de marzo de 2016

Hablemos del pecado: Su origen (1a. parte)


Hasta ahora hemos hablado mucho del pecado, pero sería bueno preguntarnos ¿cómo apareció el pecado? o ¿Qué es el pecado? Esto nos tiene que llevar a pensar y reflexionar en su origen, en su naturaleza; y cómo éste se ha visto en las sagradas escrituras en el sentido de la salvación. Las respuestas a estas preguntas ciertamente que no son fáciles de dar, ya que el origen del pecado escapa a nuestro entendimiento; es difícil abarcar el pecado en nuestro lenguaje humano y explicarlo de una manera inteligible y convincente. Pero algo se puede hacer al respecto. Podemos llegar a una aproximación que nos sirva como orientación de abordaje de la cuestión. Según el Catecismo de la Iglesia, el pecado hay que situarlo desde la relación del hombre con Dios y examinarlo a la luz de la Revelación divina (CIC 386).

  Ya hemos dicho en otros momentos que el pecado está presente en la historia de la humanidad y que no podemos ignorarlo ni hacernos los desentendidos. Volvemos a decir que el pecado hay que entenderlo en la relación del hombre con Dios y que esto tiene que ver con la Revelación divina: “solo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente” (CIC 387).

  El concepto de pecado en Dios no varía; es el mismo siempre. No así sucede en el hombre, ya que éste no puede entrar en el misterio profundo del mismo. Por esto mismo es que hay variación entre la visión de pecado del hombre del Antiguo Testamento con el del Nuevo Testamento ya que esta variación tiene mucho que ver con lo que Jesús mismo enseña y revela como salvador y redentor.

  En el Antiguo Testamento, el pecado es visto fundamentalmente como ruptura de la alianza del hombre con Dios. Para el Nuevo Testamento, sin embargo, el pecado es una falta grave contra el amor de Dios Padre: “yo les aseguro que se les perdonará todo a los hijos de los hombres, pecados y blasfemias…Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, será reo de pecado eterno” (Mc 3,28-29). Sería interesante, aunque no lo haremos aquí ahora, ver y reflexionar sobre la visión de pecado en la persona de Jesús, san Juan y san Pablo. Pero solo lo mencionamos.

  Ya el mismo Jesús había dicho que “lo que hace impuro al hombre no es lo que entra en él, sino lo que sale de su boca, porque viene del corazón…” (Mt 7,14-15). Por lo tanto, vemos entonces que el pecado reside en el interior de la persona y del interior se manifiesta hacia fuera en cada una de sus realidades. El pecado es sobre todo una actitud interior, en la que el hombre se declara a sí mismo como norma y legislador de sus propios actos, -en el buen dominicano diríamos batuta, ley y constitución-; no tiene en cuenta las leyes de Dios, lo ignora, y hasta puede llegar a desafiarlo. Esto también se llama orgullo, que deviene también en soberbia, y ya sabemos cuál es la sentencia de Dios con respecto al hombre soberbio. San Agustín dijo al respecto del pecado: “el pecado es amor de sí hasta el desprecio de Dios”.

  La enseñanza de los apóstoles con respecto al pecado es abundante y muy esclarecedora. En el documento que contiene sus enseñanzas llamado “Didaché”(didajé), hablando de los pecados más comunes entre los hombres dice: “el camino de la muerte es este: ante todo es camino malo y lleno de maldición: muertes, adulterios, codicias, fornicaciones, robos, idolatrías, magias, hechicerías, rapiñas, falsos testimonios, hipocresías, doblez de corazón, engaño, soberbia, maldad, arrogancia, avaricia, chismes, celos, temeridad, altanería, jactancia…” El pecado es un afán del hombre en querer ser como dioses, de querer dominarlo y saberlo todo… En resumen, en separarse de Dios.

  En conclusión, es mucho menos lo que sabemos del pecado que lo que sabemos de él. El pecado se presenta para nosotros como un misterio, que no nos queda más que ver y reflexionar lo que nos ofrece Dios por medio de la Revelación en su Hijo Jesucristo. El pecado es siempre para el hombre experiencia y misterio.



Bendiciones.