martes, 3 de octubre de 2017

Cumplir los mandatos del Señor o rechazarlos


En el primer relato de la creación del capítulo primero del Génesis, leemos que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Pero lo cierto es que muchas personas todavía hoy no entienden estas palabras o no saben cómo interpretar esta imagen y semejanza del hombre con Dios. La respuesta más sencilla a esta cuestión es saber que, el hombre, a diferencia de los demás seres vivientes creados por Dios, fuimos creados con tres facultades específicas y que nos hacen exclusivos frente a los demás seres vivos, y son las facultades de la inteligencia, voluntad y libertad. Aquí está nuestra imagen y semejanza con Dios. Pero también lo cierto es que estas facultades no las poseemos o tenemos de manera absoluta, sino que tienen sus límites. Pero cuando el hombre se ha empecinado en transgredir esos límites ahí vienen las dificultades. Recordemos el pasaje del a Torre de Babel donde el hombre quiso, no sólo ser igual que Dios, sino más que Dios y las consecuencias que esta actitud le trajo. Y es que el hombre, hoy en día,  sigue queriendo ser más que Dios.

  En el libro del Eclesiástico 15,16-21 leemos que el escritor sagrado nos señala que “si queremos, guardaremos los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad, y que por eso Dios ha puesto delante de nosotros fuego y agua, vida y muerte, para que escojamos de acuerdo a nuestra voluntad y libertad; y que Dios no ha mandado al hombre a pecar…”  La palabra guardar hay que entenderla como practicar. Por eso el mismo Jesús nos dice en el evangelio de san Juan: “si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. Y es que guardar los mandatos del Señor nos da la herencia eterna porque ellos alegran nuestro corazón (Slm 119,11). Aquí entran en juego la voluntad y libertad del hombre; Dios nos da la opción de elegir. Sabemos lo que Dios quiere para nosotros, pero no basta con que Él quiera nuestro bien, es necesario que nosotros también queramos nuestro bien. También se nos habla de la prudencia. Y la prudencia es una de las virtudes cardinales, que son cuatro: prudencia, justicia, templanza y fortaleza. Las virtudes cardinales son fundamentales en el ser humano. La palabra virtud quiere decir hacer hábito; pero este hábito no es en sentido de rutina, sino hábito de hacer lo bueno, porque es bueno.

  La virtud de la prudencia ayuda al hombre a discernir el bien del mal o distinguir entre el bien y el mal, para que pueda elegir siempre el bien. Pero, como está en juego la facultad de la libertad, pues no siempre elegimos el bien, sino el mal. Para el hombre siempre es bueno elegir la voluntad de Dios, eso lo hace un hombre prudente: “…el que me oye y hace lo que yo digo, es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca” (Mt 7,24); elegir lo contrario, por lo tanto, lo hace un hombre imprudente. El hombre siempre está pidiéndole a Dios que le muestre su voluntad y que se haga su voluntad en él, pero cuando Dios muestra cuál es su voluntad, que no siempre coincide con la del hombre, éste se echa para atrás.

  El mal, el pecado, más que estar fuera del hombre, está más bien dentro del hombre. Todo lo que Dios creó lo creó bueno, y al hombre lo creó muy bueno, nos dice el Génesis. Entonces, si el hombre fue creado muy bueno, ¿por qué peca? Pues porque quiere y elige pecar. El pecado se gesta, se anida en el interior del hombre, y de su interior pasa al exterior: “no es lo que entra al hombre lo que lo hace impuro, sino lo que sale de su boca…”, dijo Jesús. Cuando el hombre consiente en su interior, es lo peligroso. El consentir es como un deleitarse, gozarse en el pecado, y después viene la acción. Cuando Jesús habla de que si no somos mejores que los fariseos y escribas, no entraremos al reino de los cielos, nos está exhortando a que no nos quedemos en la letra, en lo externo de la ley, sino que seamos capaces de ir al espíritu de la ley. Por eso fue que Él vino a darle su plenitud a la ley y a los profetas, y no a abolirla. La ley de Dios y la ley dada a Moisés, nos son dos leyes contrapuestas, sino una sola ley dada al hombre en dos etapas: una en el Antiguo Testamento, que es preparación para la segunda, dada en el Nuevo Testamento y revelada en el Hijo de Dios. Jesús se nos muestra así como el verdadero legislador. Jesús nos hace ver en nuestro interior; por eso insistió tanto en limpiar nuestro corazón y en que no nos parezcamos a los fariseos y escribas. Que no hagamos de nuestro culto a Dios un culto vacío; que no honremos a Dios con los labios, sino con el corazón. Que elijamos cumplir sus mandatos y enseñemos a los demás a cumplirlos para así ser grandes en el reino de los cielos. Que seamos capaces de hablar de los mandatos del Señor ante los reyes y poderosos de la tierra, y en especial de nuestra sociedad, sin miedo ni vergüenza. Los mandatos del Señor dan vida y alegran el corazón.

lunes, 2 de octubre de 2017

Renovar nuestra mente


En su carta a los Romanos, san Pablo nos exhorta a que no nos ajustemos a los criterios de este mundo, sino que nos dejemos transformar por la renovación de nuestra mente, para que sepamos discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (12, 1-2).

  En otras ocasiones hemos dicho y lo repetimos, que este mundo cada vez más está descristianizándose, (veamos principalmente a Europa); y es que cada vez más muchos cristianos se están acomodando a los criterios de este mundo y esto va en contra de la enseñanza del evangelio. Si Cristo, que se nos presentó como la luz verdadera que alumbra a todo hombre, y gran parte de la humanidad ha rechazado esa luz, por lo tanto está viviendo y caminando en la tiniebla; muchos cristianos también se han sumado y sumido en esa tiniebla porque se han alejado de la luz y han dejado de ser la sal y luz para el mundo; han perdido su sabor, se han vuelto sosos y están siendo tirados al suelo para ser pisoteados; se han llenado de oscuridad y ya no pueden iluminar.

  Hoy escuchamos a muchos cristianos decir a boca llena que son cristianos pero de mente abierta o, dicho en inglés que parece que suena más bonito, son “open main”. Pero lo cierto es que hay tantas personas con la mente abierta que podemos decir que se les ha salido el cerebro y parece que no se han dado cuenta. Esta actitud ya la denunció el mismo Cristo cuando dijo “nadie puede servir a dos amos al mismo tiempo…” Y es que con esa frase se da paso a todo lo que quiera entrar: aborto, uniones legales entre homosexuales y adopción de niños por estos, eutanasia, ideología de género, etc. Porque hay que ser inclusivos, y parece y el mensaje es que Cristo, el evangelio y la Iglesia son excluyentes. Muchos dicen “soy cristiano, pero de mente abierta”. Esto no es correcto: o se es cristiano completo o no se es cristiano.

  Pero esta mentalidad, esto de ser de mente abierta, no afecta y tampoco es una conducta que asumen sólo los laicos; es que también hay sacerdotes, obispos, religiosas y algunas instituciones de la nuestra iglesia Católica que se han plegado a este pensamiento relativista. En nombre de una falsa misericordia, una falsa caridad y falsa tolerancia, hoy muchos están aceptando todo como bueno y válido. No es raro encontrarnos con sacerdotes, obispos y colegios católicos apoyando todo esto que el evangelio denuncia. Muchos cristianos se han dejado arropar por esta oscuridad que les tiene nublado el cerebro y su fe, porque hay que estar bien con el mundo y sus pompas, sus errores, sus equívocos, pero se rechaza la enseñanza evangélica: Ya lo dijo el Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino: “decirle la verdad a los homosexuales es amarles”.

  Otro síntoma de este plegarse a los criterios del mundo es adherirse a lo que los analistas políticos llaman “lo políticamente correcto”, o como otros prefieren llamar “pensamiento único”. Por eso es que también vemos cómo muchos de los hombres y mujeres de la política, que están encargados de elaborar, aprobar y aplicar las leyes en sus países y que se dicen que son cristianos, sucumben tan fácil a este pensamiento único; no son fieles a sus convicciones cristianas y después que la Iglesia les llama la atención, se sienten ofendidos, rechazados, juzgados, señalados, etc. Tenemos el caso, -no el único-,  de la legalización del aborto en Chile con el apoyo del partido demócrata-cristiano y lo que les ha dicho el obispo de Villarrica al respecto; y aquí en nuestra sociedad dominicana se ha tomado el caso trágico de Emely y el aborto al que fue sometida para traer el tema de su legalización por parte de los diputados con apoyo de las Ongs pro aborto, politizando así esta tragedia, como si esta fuera la solución a esta problemática.  Eso popularmente se llama “pescar en río revuelto”. Y es que la Iglesia de Cristo, como madre que es, también debe de llamarles la atención y hacer los correctivos de lugar cuando uno de sus hijos comete un error, y más si este error es voluntario o intencional. En el evangelio esto se llama “corrección fraterna”, es decir, corregir al que yerra con caridad, pero, -al mismo tiempo-, con autoridad.

  Por eso san Pablo nos exhorta a que renovemos constantemente nuestra mente, pero a la manera cristiana, de acuerdo a lo que el Espíritu Santo nos inspire. El cristiano debe de ser el discípulo que manifieste sin tapujos ni vergüenza las enseñanzas de su Maestro, Cristo Jesús, porque todo el que se avergüence de Cristo delante de los hombres, Él se avergonzará de suyo delante de su Padre. Cristo mismo ya nos había advertido que aunque estamos en el mundo, no somos del mundo; y que nos eligió para que demos fruto en abundancia y que ese fruto perdure. No se trata de estar con Dios y con el Diablo al mismo tiempo; no se trata de ser complacientes con el mundo; no se trata de enseñar un mensaje diferente al que nos vino a enseñar Jesucristo, porque el que se enseñe a los demás a cumplir un mensaje diferente, ése será el más pequeño en el reino de los cielos.

  Tenemos que ser instrumentos en manos de Cristo para ayudar a otros a que lleguen al conocimiento de la verdad y sean personas verdaderamente libres, porque para eso nos libertó Cristo. Tenemos el Espíritu de Dios para poder discernirlo todo y quedarnos con lo bueno rechazando lo malo. El que tenga oídos para oír, que oiga.

martes, 26 de septiembre de 2017

La dirección espiritual es camino y fuente de alegría (2)


Nos dice Anselm Grün en su libro sobre los diez mandamientos: “Nuestro mundo se hace cada día más complicado e incomprensible. Por eso mucha gente busca una clara orientación. Buscan buenas indicaciones para conseguir una vida plena.  ¿Qué podríamos responder a esas personas que se afanan en buscar este bienestar, esta orientación para alcanzar esa vida plena? Creo que la respuesta sería: Solo el Señor tiene el remedio. Únicamente Él puede arreglar nuestra vida, falta de armonía y de sentido de tantas ocasiones, y realizar una obra maravillosa. Solo Él”.

  Ya sabemos que el Señor Jesús se nos reveló como el único camino para llegar al Padre, cuando uno de sus discípulos le preguntó cómo podrían saber el camino. Pero el Señor Jesús también es la puerta que nos da acceso al Padre. Entonces, nuestra presencia en este mundo es un retorno al Padre puesto que de Él hemos venido y a Él vamos a volver. Pero tenemos que hacerlo tal como el mismo Jesús nos lo indicó, y que podríamos resumirlo en sus propias palabras cuando resumió todos los mandamientos en dos: amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús es nuestro Maestro y nos señala con verdad y autoridad el camino que conduce a la alegría, a la eficacia y a la salvación.

  Pero es ahí el punto. Recorrer el camino nos indica ya una acción. Los evangelistas nos presentan en ocasiones a Jesús “poniéndose en camino”. Nosotros también tenemos que ponernos en camino, ponernos en acción. Tenemos que gastar energía y acumular cansancio y fatiga en este recorrido de la vida. Ponernos en camino es ir hacia la meta de la vida, que es la salvación. Pero es que esta meta de la salvación ya implica para nosotros en este mundo un gozo y una alegría: “Les daré un gozo y una alegría que nada ni nadie se las podrá quitar”, nos dice el Señor. Por eso es que decimos, o más bien afirmamos, que la dirección espiritual es camino de alegría. Una alegría que no nos cae del Cielo, sino más bien es una alegría que tenemos que ir construyendo, edificando en nuestro día a día en esta vida, en la medida en que nos abrimos al Dios que es la fuente de ella: “Dichosos todos aquellos que al escuchar mis palabras no se sientan defraudados de mí”.

  En el transcurrir de nuestra vida en este mundo, son muchas las contrariedades y pruebas que tenemos que ir enfrentando y sorteando en el caminar. Muchas veces sentimos el cansancio, la fatiga y hasta la derrota de no querer seguir avanzando a pesar de que la meta a alcanzar es lo más grandioso que puede experimentar el creyente. Este cansancio y fatiga nos hace perder, -la más de las veces-, el rumbo y sentido de la vida. Nos hace caer también en una especie de enfermedad que atrofia todo nuestro ser; nos aparta y aleja de Dios y su mensaje de salvación. Por esto Jesús se nos presentó como el “médico”, que vino a buscar y sanar a los enfermos del alma por el pecado, ya que posee la ciencia y las medicinas necesarias para realizar en nosotros esta sanación. Pero, ¿cómo vamos a encontrar o dar con este doctor y su medicina si nos negamos a ir donde Él; si le cerramos las puertas de nuestra casa interior para que no entre porque nos creemos que estamos sanos?: “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré”, nos dijo.

  Nuestro Señor Jesucristo es el Dios cercano; es el Dios próximo a nosotros. El está siempre más cerca de nosotros que nunca, no importa la falta, el ánimo, la fatiga, el cansancio, etc. Y es que Cristo Jesús es el remedio a nuestros males; es el remedio a nuestra fatiga; a nuestro cansancio; a nuestra tristeza; a nuestro sin sentido en la vida. Por eso es que tenemos que ir siempre hacia Él para poder descansar en Él y renovarnos en Él. Es volver a llenarnos de la sabia suya porque Él es el tronco y nosotros los sarmientos, y si es que queremos experimentar de esa sabia tenemos que estar adheridos a Él.

  Una buena dirección espiritual nos conduce a experimentar todo esto y más. Nos conduce a cambiar nuestro dolor, amargura y  tristeza en nuevos caminos de sanación, dulzura y alegría porque nos viene dada por el mismo Hijo de Dios, que le dijo a la samaritana “si sigues bebiendo del agua de ese pozo, seguirás teniendo sed; pero si tomas del agua que yo te doy nunca más tendrás sed”. Y nosotros tenemos que decirle como la samaritana: “Señor, dame de esa agua para nunca más tener sed”. Cristo es la fuente inagotable de toda nuestra existencia. Nos pide, nos invita a que vayamos hacia Él; que nos atrevamos a sumergirnos en su misma persona, que es la fuente inagotable de nuestra alegría y de nuestra salvación.

martes, 5 de septiembre de 2017

La dirección espiritual (I)


“Les dijo también una parábola: ¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en algún hoyo?” (Lc 6,39).

  Queremos hablar en los próximos números de nuestra revista acerca de un medio tan importante en nuestra vida cristiana como lo es la dirección espiritual. Hay muchas dudas y resistencia de muchos cristianos a utilizar este medio o recurso que nos ayuda a crecer en la vida de la fe. Muchos miran la dirección espiritual con cierta “sospecha”. Son muchos los cristianos que dicen a voz en grito que no necesitan  hablar con nadie acerca de lo que ocurre en sus vidas. Ya lo dice el dicho popular “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Una de las falsas visiones que se tiene del director espiritual es que a veces se le ve como si fuera una especie de “metiche”. Nada más falso. Por esto y otros malos entendidos es que queremos compartir en estos artículos el que podamos entender la verdadera y real necesidad que tenemos los cristianos de una ayuda en nuestro caminar de fe y espiritual. La necesidad que tenemos que existan otras personas que nos ayuden a ver cuando sentimos o sabemos que el camino se nos ha oscurecido. Dicen, y con razón, que dos cabezas piensan más que una; cuatro ojos ven más que dos, etc. Así, de esta manera, introducimos este apasionante tema y lo hacemos siempre con la única intención de aportar al crecimiento espiritual de todos los creyentes y también de todo aquel que lea estas líneas para su fortaleza  en la vida comunitaria.

  Es por todos nosotros sabido que el hombre no fue creado para estar solo, para vivir en soledad: “no es bueno que el hombre esté solo”, leemos en el libro del Génesis. Dios le crea al hombre la mujer para que le acompañe y le ayude. Pero también el hombre es compañía y ayuda para la mujer. Ambos fueron creados con la misma dignidad y con sus diferencias, y así surge entre ellos un complemento. Así vemos nosotros cómo se va desarrollando la vida de ambos en su caminar, en la vida en el paraíso del Edén.

  Si aplicamos esta voluntad divina a la vida espiritual, podemos también decir que no es bueno que el cristiano esté solo. De hecho, el mismo Jesús ya lo había previsto, y fue más lejos: Él mismo no quiso llevar a cabo la misión del Reino solo, sino que se hizo acompañar por un grupo de hombres elegidos por Él mismo para instruirlos en las cosas del Reino de Dios y después enviarlos a la misión de seguir o continuar su obra. Pero Jesús sabía a qué tipo de terreno o realidad los enviaba y por eso les dijo que los enviaba como corderos en medio de lobos. Sabía que iban a estar sometidos a muchas y diferentes pruebas en su caminar y que esto provocaría el que pudieran flaquear en el camino de la fe. Les insistió muchas veces en la necesidad de estar siempre unidos y de confiar plenamente en Dios para que les diera la fortaleza necesaria para cumplir con la misión. Él mismo prometió su presencia, su acompañamiento a los discípulos todos los días hasta el fin del mundo. Jesús así se convertiría en el guía, custodio, acompañante de los suyos y atestiguaría sus palabras con obras de sanación, liberación y salvación; haría creíbles con gestos concretos las palabras de los discípulos. Jesús mantendría en la dirección correcta a los discípulos para que no se desviasen del camino trazado y sería también el motivo de la fortaleza de los mismos. Por eso les prometió el Espíritu Santo, que era el que terminaría de comunicarles y revelarles lo que faltaba a la misión iniciada por Jesús.

  En la vida de la fe y de la espiritualidad no podemos caminar solos. Jesús lo sabía y por eso estableció la comunidad cristiana que es la Iglesia, su Iglesia, su pueblo santo. Vivir la vida cristiana en comunidad es la manera más fácil de poder llegar a la meta, que es la casa de Dios-Padre. Cuando Jesús resucitó y se le apareció a María Magdalena le dio el mandato de que le dijera a los discípulos que permanecieran juntos y así se les manifestaría resucitado y también vendría sobre ellos el Espíritu Santo. Así podrían caminar y cumplir con lo mandado por el Maestro de Nazaret. Estarían en sintonía con la voluntad de Jesús y en profundo discernimiento de las palabras del buen pastor. Esto les permitiría saber cuándo el buen pastor les habla y cuándo sería el lobo el que actúa. Y es que, sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar.



Bendiciones.

 



 

... Y formó Dio al hombre del polvo


  En el segundo relato de la creación que se nos narra en el capítulo segundo del Génesis, encontramos nosotros unos indicios muy interesantes para nuestra fe. A diferencia del primer relato del capítulo primero, en donde se nos va narrando lo que Dios iba haciendo día por día, y que cierra ese relato con la creación del hombre como culmen de la misma creación; en este segundo relato, más breve, nos encontramos con un Dios artesano, un Dios alfarero.

  Leemos en este pasaje bíblico que Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz un aliento de vida, y así el hombre se convirtió en ser viviente (2,7). Es interesante esto porque, si en el primer relato de la creación se presenta a Dios creador de todo: pone orden donde antes había caos, las dos lumbreras, el mar y la tierra, los seres vivientes del mar, las aves del cielo, las plantas, etc., y crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Pero en este segundo relato es muy específico al presentar a Dios como moldeador o una especie de alfarero que se detiene a darle forma al cuerpo del hombre, cosa que no hace con los demás seres vivientes. Podemos nosotros incluso pensar, sin que esto se vaya a interpretar como un atrevimiento de nuestra parte, que a lo mejor Dios tuvo que intentar varias veces la formación del cuerpo del hombre hasta darle la forma perfecta que Él quería. Pero dejémoslo ahí. Lo que sí es de resaltar es la actitud de Dios en detenerse a formar el cuerpo del hombre.

  Pero esto tampoco queda ahí. Se nos dice inmediatamente que, después de formar al hombre del polvo, insufló en sus narices el aliento de vida. Dios le dio la vida, y esto se interpreta como un don o regalo. La vida del hombre viene o procede de Dios, que es el Dios de la vida. La vida al hombre se le ha sido dada como don; el hombre no se ha dado la vida a sí mismo. La vida no le pertenece, sino a Dios. De aquí entenderemos entonces las palabras de Jesús cuando dijo “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos ustedes están vivos para Él; y también cuando dijo: “ustedes están en el mundo, pero no son del mundo, sino de Dios”. Por esto mismo y en base a esta enseñanza bíblica, la Iglesia defiende, protege y promueve la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Ella no puede renunciar a esta enseñanza ya que si lo haría traicionaría el mensaje evangélico. Esto lamentablemente es lo que muchos, incluyendo creyentes, no han entendido y por eso nos encontramos con esas ideas disque progresistas que niegan el primer derecho que es el fundamento de todos los demás: el derecho a la vida.

  Ahora bien, tengamos en cuenta que existe alma animal y alma humana. Los hombres tenemos alma humana; tenemos el aliento de la vida. Pero nos falta algo para poder ser y llamarnos hijos de Dios. Además del alma humana, se nos ha dado también el don del Espíritu. El Espíritu es lo que nos hace tener relación con Dios, a diferencia de los demás seres vivos. Sólo el hombre puede relacionarse con Dios a través del Espíritu. Tengamos en cuenta que cuando somos bautizados el gran don o regalo que recibimos es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Este Espíritu Santo es el que nos guiará hacia nuestra relación con Dios; es por el Espíritu Santo que nosotros, como lo dijo san Pablo, podemos dirigirnos a Dios como “Padre”; es el Espíritu Santo el que ora en nosotros y a través de nosotros. Es el Espíritu Santo el que nos impulsa a obrar de acuerdo a la voluntad de Dios. Es decir, no basta con que nosotros tengamos el don de la vida por medio del soplo divino, es necesario y hasta indispensable, que seamos revestidos por el Espíritu de Dios, y esto lo logramos por medio del sacramento del bautismo. Jesús mismo, -cuando elogió a Pedro cuando éste le reconoció como el Señor, el Hijo del Altísimo-, le dijo que eso no se lo había revelado ni carne ni sangre alguna, sino su Padre del cielo: ¿cómo fue o se da esta revelación en la persona? Pues por medio del Espíritu Santo.

  ¿Qué podemos concluir de esto? Pues que la salvación de Dios ha sido dada sólo a nosotros los seres humanos, porque somos las únicas criaturas destinada a ello. Sólo a nosotros los seres humanos vino el Hijo de Dios para llevarnos de regreso al Padre: “es mi voluntad que donde yo esté, estén también todos ustedes los que creen en mí, y  los que por su testimonio también creerán en mi”. Hay muchas personas que se preguntan si los animales se salvarán o llegarán a la vida eterna. Pues según las Sagradas Escrituras, eso no es así por las razones antes expuestas; es decir, los animales tienen aliento de vida, pero no tienen Espíritu. Cristo vino a rescatar a los enfermos por el pecado, y esos enfermos somos nosotros los seres humanos; no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores, y esos pecadores somos nosotros los seres humanos.

miércoles, 12 de julio de 2017

La cultura de lo inmediato

El ser humano, por una de las cosas que se ha destacado en el devenir de su historia ha sido siempre por querer hacer las cosas de inmediato. Claro que esta actitud se ha acentuado más en los últimos tiempos; es como si se tuviera la impresión de que cuanto más el hombre ha avanzado, sobre todo en el campo del saber humano, se ha hundido más en lo que muchos han llamado la cultura de lo inmediato: todo lo quiere rápido, al instante, de una vez…, la respuesta instantánea; dicho en otras palabras, y haciendo una analogía con muchos productos comestibles, sería aquello de lo “instantáneo”: café instantáneo, comida rápida, palomitas de maíz al instante, etc.
  Pero, ¿esta actitud funciona? ¿Es buena? ¿Es correcta? De pronto muchas personas caen en la certeza de que es todo lo contrario, es decir, se dan cuenta de que vivir así no funciona, no es correcto. Una de las actitudes que podemos decir y que es manifestación de esta inmediatez, es que muchas personas no son corteses ni amables ni respetuosas, no quieren esperar, hacer su turno. Esta actitud nos lleva siempre a caer en la violación del derecho de los demás, y esto exacerba los ánimos, quita la paz, etc. Ya lo dijo el benemérito de las Américas Benito Juárez “el respeto al derecho ajeno es la paz”. De esto nos damos cuenta en nuestro diario vivir: muchas personas les molesta que el otro sea amable, cortés y respetuoso. Pero esta molestia se da sobre todo cuando esa amabilidad, cortesía y respeto no son asumidas para conmigo; la molestia viene siempre cuando se asume con los demás; es lo que en muchas ocasiones hemos dicho: que las normas, leyes que yo exijo que cumplan los demás, son las mismas normas y leyes que yo no estoy dispuesto a cumplir. Y esto es hasta evangélico, porque el mismo Jesucristo dijo “trata a los demás como quieres que te traten a ti”. Nos atrevemos a decir que pareciera que no se nos está educando para la amabilidad, la cortesía y el respeto, porque parece que para el hombre de hoy, manifestar estas actitudes, -o virtudes humanas-, es sinónimo de cobardía y debilidad (por no decirlo con otra palabra). Es como si pareciera que estas actitudes o virtudes humanas fueran anticuadas y hoy están fuera de moda.
  Hay personas creyentes que muchas veces le reclaman a Dios el que no actúe de inmediato cuando ellos le exponen sus problemas y, al no recibir la respuesta que esperan y en el momento que esperan, muchos de esos reclamos terminan en un abandono de los caminos de Dios. ¡Y es que no hay solución mágica a los problemas! A Dios le exigimos que nos diga lo que queremos oír, pero Dios nos dice lo que tenemos que oír. Tenemos que aprender que la fe nos exige siempre paciencia y perseverancia; hay que regarla, cuidarla, abonarla… la fe no es magia.  Además de que tenemos que fortalecer la esperanza, tenemos que aprender a saber esperar en el tiempo de Dios. Tenemos que aprender a “aplacar esta urgencia” de nuestra vida de querer que las cosas se hagan cuando yo quiero, como yo quiero y donde yo quiero.
  Otro aspecto que no queremos dejar pasar es que una de las causas de este inmediatismo es la influencia que tienen los medios de comunicación; esta insistencia por estos medios de conducirnos por este camino de lo inmediato con su “¡llame ya, llame ahora mismo, qué espera!”; pareciera como si el mundo, la vida se nos va a acabar si no hacemos esa llamada en el momento, y caemos en la trampa. Y esto, claro está, es lo que contribuye a este consumismo que nos arrastra y nos convierte en compradores compulsivos en el que estamos inmersos y que nos lleva también por consecuencia a crearnos falsas necesidades. Recordemos que, según la lógica cristiana, rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita.
  Otro punto de este inmediatismo lo encontramos en la relación que muchas veces se establece entre el fetichismo y la religión: personas que llevan a su casa un determinado objeto o amuleto y lo ponen en un lugar determinado en el hogar para que se vayan las “malas vibras”, creyendo que esto provocará que los problemas familiares desaparezcan. La superstición está muy metida y arraigada en nuestra gente. Son muchas las personas que después de ir a misa el domingo o al culto, se dan su vueltecita donde el brujo o la señora adivina para que les lea la tasa, les lea la mano, le haga una limpia, le contacten con los espíritus del más allá, etc.
  Tenemos que recuperar la confianza en el Dios Todopoderoso, el Dios que Jesucristo nos vino a revelar y que no nos chantajea ni engaña. Jesús vino para que tengamos vida y vida en abundancia, vida eterna. Pero esta vida eterna cuesta y exige esfuerzo y sacrificio, y sólo los que se esfuerzan y se sacrifican logran alcanzarla; y es que el hombre de hoy  vive como si nunca fuera a morir, y muere sin haber vivido.

  

martes, 23 de mayo de 2017

Los cien años de Nuestra Señora La Virgen de Fátima


En este mes de mayo, exactamente el 13 en Covadeiria-Portugal, se cumplen cien años de las apariciones de la Virgen de Fátima a tres pastorcitos: Lucía de Jesús (principal vidente), Jacinta y Francisco Marto (hermanos). Covadeiria es el lugar de las apariciones, mientras que Fátima era el nombre de la princesa hija de Mahoma. Desde el año pasado ya se están llevando a cabo celebraciones jubilares con indulgencias plenarias a todos los que participen de este acontecimiento de nuestra fe católica, y ya se ha anunciado la participación del santo padre el Papa Francisco el día propio de la aparición. La aparición de la Virgen de Fátima, más que ser entendida en sentido mariano, debe ser entendida más bien en sentido eucarístico; y esto debido a que, según las palabras que les dirigió el ángel a los niños videntes, les encaminó a recibir la sagrada comunión. Y es que para llegar a Jesús, el camino más corto es María, su santa Madre. La Virgen Madre se irá encargando de ir preparando, orientando y hasta educando a los pastorcitos para estas manifestaciones, sobre todo por medio de la oración y el sacrificio. El ángel les indicará a éstos la manera de cómo será el sacrificio: les indicará que levanten sus manos con las palmas hacia arriba y estará en ellas el copón y la hostia consagrada acompañada por esta oración: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no aman”. Cuenta la tradición de la aparición que Lucía vio algo que sus dos primos no vieron: un obispo vestido de blanco en gran sufrimiento. Y hemos de imaginarnos quién sería: el Papa. Jacinta murió a los once años y su hermanito Francisco a los diez años. El libro que escribió Lucía se titula Las memorias de Lucía.

  Pero sin dudas que lo que más llama la atención de esta manifestación divina, es lo que se llama como El secreto de Fátima, y que ha dado lugar a tantas especulaciones e interpretaciones, muchas de ellas manipuladas porque se ha querido hacer con ello un medio para infundir miedo o terror. Muchas veces, y hasta el día de hoy es así, se le ha señalado a la Iglesia el ocultar ese secreto a la humanidad o de no decir la verdad sobre el mismo; muchas veces se le ha dado hasta un cierto sentido de oscurantismo, si se quiere, a este hecho. Para algunos Fátima no es un mensaje apocalíptico ni del fin del mundo, mientras que para otros sí lo es. La Virgen nos invita a que no tengamos miedo ni estemos tristes, porque estamos todos en su Corazón Inmaculado. Este secreto de Fátima se ha ido comunicando por partes, -tres partes específicamente-; pero hay  que resaltar que lo más importante de la aparición de Fátima es el mensaje de la oración y la penitencia. Y es que la Virgen lo que entregó a partir de ese momento fue el medicamento de la misericordia a través del rezo del santo rosario para que lo recemos con fe, perseverancia y devoción por la conversión de la humanidad, ya que Rusia se encargará de esparcir sus errores, -el ateísmo, promoviendo guerras y persecuciones contra el santo padre y la Iglesia-, por todo el mundo.

  Pero, ¿qué es lo que quiere la Virgen?, pregunta Lucía. Pues en la segunda aparición, -13 de junio de 1917-, la Virgen le dice a Lucía que quiere establecer en la tierra la devoción a su Corazón Inmaculado. También en esta segunda aparición habla del Purgatorio. En 1941 Lucía escribe las dos primeras partes del secreto y añade que la Virgen le mostró el Infierno: aquí van las almas de los pobres pecadores por no recurrir a Dios ni al sacramento de la confesión. Pero para impedirlo, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi corazón inmaculado. Si el mundo hace lo que digo, se salvarán muchas almas y vendrá la paz. Vendré a pedir la comunión reparadora de los cinco primeros sábados de mes.

  Ya en la última aparición, -3 de octubre-, es donde ella revela quién es: “soy la Señora del rosario, y quiero que se levante en este lugar una capilla. No ofendan más a nuestro Señor, porque ya está muy ofendido”. Podríamos decir que este es el gran mensaje de la Virgen de Fátima. Pero lamentablemente esto no ha sucedido. Es como la voz del clama en el desierto. La tercera parte del secreto es el mismo ángel levantando el brazo con una espada de fuego listo para castigar al mundo, y la Virgen le dice que se detenga; entonces el ángel grita tres veces: ¡penitencia, penitencia, penitencia!

  Celebremos con gozo profundo este acontecimiento de nuestra fe cristiana y eclesial. Jesucristo no quiso dejarnos huérfanos de madre; nos entregó a su santa Madre para que no perdiéramos el camino de nuestra salvación. Recemos con devoción a tan insigne señora pidiendo su intercesión. El mensaje de Fátima sigue siendo actual. Como ya lo diría el p. Peyton: “familia que reza unida, permanece unida”.  Y es que la oración es la omnipotencia del hombre y la debilidad de Dios. Somos la gran familia de Dios, Jesucristo es nuestro hermano mayor y la Virgen María nuestra Madre.