martes, 13 de marzo de 2018

¿Qué enseñamos?


A raíz del viaje apostólico que hiciera el Papa Francisco el pasado mes de enero a Chile y Perú, se publicó en la prensa escrita un artículo que hacía referencia de cómo está el catolicismo en América, -sobre todo en América Latina-, y también cómo está valorada la figura del santo padre entre los católicos principalmente. Decía el artículo que el porcentaje de católicos en América ha descendido significativamente, que siguen saliendo feligreses de la Iglesia y que, la simpatía y seguimiento al Papa también han descendido mucho. Cabe señalar que este tipo de reportajes siempre tiene, -lo que se dice popularmente-, su segunda intención. Es decir, lo que busca en realidad este tipo de noticias es crear una percepción negativa y derrotista entre los feligreses católicos de presentar o dar la imagen de que la Iglesia Católica está en camino a desaparecer o de extinción, fomentar el pesimismo y provocar una avalancha hacia otros grupos religiosos o ninguno si no se “actualiza o moderniza”. Hay quienes se dejan arropar por esta idea, pero habemos otros, -y éstos somos los más-, que no caemos en ese gancho o treta de los enemigos de Cristo y su Iglesia. La Iglesia no es una institución meramente humana; es sobre todo, una institución divina; y Cristo prometió que no permitirá que su familia sea destruida ni desaparezca.

  Por otro lado, en la última semana de enero también se publicó un estudio que se realizó hace unos  meses atrás en los Estados Unidos, principalmente entre el público joven sobre las causas que les han motivado a salir de la Iglesia Católica para irse a otra iglesia o abandonar el camino de la religión. En este tipo de encuestas siempre salen dos causas que son constantes: la primera es que dicen que el culto, la liturgia católica es aburrida; y la segunda es lo relacionado a la doctrina católica, sobre todo en lo que respecta a la moral sexual. Pero, seamos sinceros y preguntémonos: ¿desde cuándo no se han ido gente de la Iglesia Católica? Da la impresión de que esta situación ha surgido hace unos años atrás; pero recordemos que ya en tiempos del mismo Jesús, muchos le abandonaron; ejemplo de esto es el capítulo 6 del evangelio de san Juan, conocido como el discurso eucarístico de Jesús. Y es que Jesús no vino a suavizarnos el evangelio; Jesús fue radical y este radicalismo fue el que muchos no aceptaron, no aceptan ni aceptarán; hasta el propio grupo de los Doce que Él mismo eligió, muchas veces no lo comprendía y les costaba aceptar su mensaje, y hasta lo abandonaron cuando lo apresaron, enjuiciaron y condenaron a muerte. Ya otra cosa será después de la Resurrección. Y es que somos nosotros los que nos tenemos que adaptar al evangelio, no al revés; es el evangelio el que tiene que iluminar nuestras vidas. Y en cuanto a la moral católica recordemos que el mismo Jesús fue el que calificó el adulterio como pecado, y el mismo san Pablo, apóstol guiado por el Espíritu Santo, dijo que todo el que se acerque a recibir el cuerpo y sangre de Cristo indignamente, se traga su propia condenación. Además, entendamos que a la Iglesia no vamos a divertirnos; el templo es un lugar sagrado, santo y de encuentro con Dios. No es un lugar social. Al templo vamos a orar, a celebrar nuestra fe personal y comunitaria, y esto nos exige asumir actitudes internas y externas para prepararnos a dicha celebración religiosa.

  Ya en el evangelio de san Marcos 6,1-6 leemos que a Jesús lo seguía una multitud porque “les enseñaba”. ¿Qué les enseñaba? Pues el evangelio, la buena noticia de salvación acerca del Reino de Dios. Y esto es lo que tenemos que hacer la Iglesia de Cristo: enseñar y testimoniar el evangelio. Hablar del evangelio de Cristo es hablar de la salvación, del infierno, del purgatorio, de las obras de misericordia, de la moral sexual, etc. Pero hablarlo como Jesús lo habló. La Iglesia enseña, predica el único evangelio de Jesús; no predica su propio evangelio. Si por un lado la Iglesia no es poseedora de la verdad, por el otro lado, sí está en la verdad revelada por Dios en su Hijo Jesucristo, y todo el que quiera estar en esta verdad se salvará y el que no quiera estar, se condenará. Hoy se necesita que todos los cristianos seamos verdaderos predicadores, anunciadores y, sobre todo, testigos del evangelio.

  Hoy en día se ven a algunos sacerdotes que han abandonado el sentido real y fundamental de su ministerio sacerdotal que es la de ser dispensadores de la Gracia de Dios para la salvación de las almas. Es verdad que tenemos que ser voz de los que no tienen voz; defender al pobre de las garras del opresor, etc. Pero esto no hacerlo a costa de descuidar lo esencial del ministerio sacerdotal. Hay sacerdotes que confunden a los feligreses predicando un evangelio distinto al de Jesús y poniendo en boca de Jesús cosas que Él nunca dijo, predicando una falsa misericordia. Jesús nunca nos dio carta blanca para pecar sin más pensando en que, como Dios es misericordioso y nos perdona; si es cierto que Dios es inmensamente misericordioso, también es cierto que es inmensamente justo. ¿Quién es el que se salva? El que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica… porque no todo el que le diga Señor, Señor se salvará. Hoy algunos sacerdotes parecen más unos sindicalistas que verdaderos ministros de Cristo.

  Recuperemos lo esencial de nuestra fe; recuperemos lo esencial de nuestro ministerio sacerdotal: prediquemos el único evangelio, prediquemos la sana doctrina eclesial, ser fieles al Magisterio de la Iglesia, prediquemos las verdades de nuestra fe. Esto es lo que tenemos que enseñar ya que es lo que atraerá a muchos hacia Jesús, que es el camino y la puerta para llegar y acceder a Dios Padre.

jueves, 8 de marzo de 2018

Iglesia que sirve


Una de las características de la iglesia es la del servicio. La Iglesia de Cristo, su familia, está en el mundo para servir al mundo. No es el mundo para la Iglesia, sino la Iglesia para el mundo, entendida esta afirmación como servicio. Pero, servir al mundo para qué o en qué sentido. Pues este servicio de la Iglesia al mundo se debe de entender en sentido de que es la Iglesia la que debe de guiar al mundo hacia Dios: la Iglesia, que es portadora de la luz de Cristo, debe de llevar al mundo esa luz para que éste sea iluminado: “ustedes son la luz del mundo”, dijo Cristo.

  El mismo Cristo se encargó de ir enseñando a sus discípulos la importancia y necesidad de esta actitud. Pero hay que distinguir también entre servilismo y servicio. La Iglesia y, en ella, los cristianos, debemos de ser servidores, pero no servilistas. Esto no fue lo que hizo ni enseñó Jesucristo. El pasaje evangélico paradigmático de esta enseñanza lo encontramos cuando Jesús está acompañado del grupo de los Doce en la última cena que, después de lavarles los pies a todos, les dijo: “Ustedes me dicen Maestro y Señor, y dicen bien porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y Señor, les he dado ejemplo de servicio, es para que ustedes hagan lo mismo”. Pero también hay otro pasaje evangélico interesante al respecto en el que leemos: “Quien quiera ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos”. Entonces, la Iglesia y los cristianos servimos al mundo de acuerdo a la voluntad de Cristo; estamos en el mundo como el que sirve, no como al que lo sirven.

  La Iglesia entonces es una comunidad de servicio y de servidores. Pero esta peculiaridad eclesial y cristiana, no ha sido muy entendida ni asimilada por todos los cristianos. Hay muchos cristianos que creen que su presencia y compromiso en la Iglesia se concreta nada más a ir a la misa o al culto el domingo o sábado y no más. Hay un dicho popular que dice que no todos servimos para todo, pero sí todos servimos para algo. Pues es deber de cada cristiano saber, descubrir y discernir qué es ese algo que yo puedo y debo de hacer en la Iglesia. En la Iglesia misma, a su interior, también debemos de servir. Si todos los cristianos asumiéramos con conciencia y compromiso esta actitud, pues muchas cosas en la Iglesia y el mundo se harían. Son muchos los cristianos que no quieren asumir el servicio en la comunidad eclesial y esto conlleva el que muchas cosas dentro y fuera de ella no se hagan.

  Pero es que también otra de las actitudes que impiden que muchos cristianos no sirvan en la comunidad, es su falta de generosidad. A veces se da la impresión de que si alguno hace algo en la Iglesia, lo hace quizá pensando en que le está haciendo un favor a Dios, o como si fuera una dádiva, y esto es falso. Sabemos que Dios no necesita de nuestros favores, sino que somos nosotros más bien los que necesitamos de los favores de Dios; otra actitud muy común en muchos cristianos es que dicen que el servicio en la Iglesia no es remunerado; también se escucha decir que los que sirven en la Iglesia no tienen más que hacer, etc. Pero es que Cristo nunca llamó a vagos a que le siguieran. El grupo de los Doce eran todos hombres de trabajo y a cada uno los llamó desde sus trabajos. Tiene mucho sentido entonces el dicho popular “el que no vive para servir, no sirve para vivir”; y tenemos tantos testimonios de hombres y mujeres que pasaron por este mundo sirviendo a los demás; pasaron por este mundo haciendo el bien, a ejemplo de Jesucristo.

  Ahora, es verdad, y no podemos evitarlo, que este servicio nos trae y provoca muchas desavenencias, dificultades, pruebas, incomprensiones, críticas, señalamientos, etc.; son cosas que no podemos evitar. Pero el Señor también nos dice que por eso es que tenemos que prepararnos, que mantengamos un corazón firme, que seamos valientes y que no nos asustemos; que nos adhiramos a Él y seremos bendecidos.  Y es que el servidor es una persona que está siempre a la vista de los demás y por eso lo que él haga va a estar sometido a la opinión de los otros. Pero es que esto es normal que suceda, y no podemos jamás dejarnos influenciar por estos comentarios que, muchas veces son dañinos y mal intencionados; porque es que nosotros estamos sirviendo a Dios y a la Iglesia, y es el Señor el que tiene que importarnos; no se trata de hacer las cosas para que nos vean, sino para glorificar a Dios y que Él sea el que nos de la recompensa debida; no se trata de ir repicando la campana para llamar la atención: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. El servicio tiene que ser impulsado siempre por el amor, y amor cristiano: san Pablo, en el su famoso himno al amor dice que el amor es servicial; y la madre Teresa de Calcuta dijo que hay que amar hasta donde nos duela; y servir duele.

  Pongamos en práctica siempre esta característica de todo buen discípulo de Cristo. Seamos sus servidores, siempre y en todo momento. Sirvamos a su Iglesia, a la cual pertenecemos por el bautismo que hemos recibido. Seamos así también servidores de Cristo en el mundo, pero sin dejarnos esclavizar por el mundo, porque Cristo nos ha liberado. Al servir al mundo conduzcámoslo por el camino que hacia Cristo lleva para que entremos por la puerta que nos da acceso al Padre celestial.

martes, 13 de febrero de 2018

¿Perdonar o NO perdonar?


Nuestra sociedad dominicana ha sido testigo una vez más de una tragedia humana que ha provocado dolor, sufrimiento, odio, indignación y otras cosas más. Me refiero al caso de este señor que asesinó a su esposa y tres niños de una manera tan espantosa que se pudiera pensar que no existen palabras para describirlo. Este caso ha sido abordado desde diferentes tópicos: psicológico, psiquiátrico, judicial. Yo quiero hacerlo desde el aspecto religioso o, mejor dicho, desde la perspectiva del evangelio de Jesucristo. Y es que esta situación nos confronta a todos los creyentes a asumir la postura lo más evangélicamente posible, aunque sabemos que no es fácil. El evangelio nos presenta la actitud que tenemos que asumir, no la que podemos asumir. O sea, nos lleva a tomar partido, y no es una opción.

  Quiero partir de la pregunta: ¿este señor es digno o no del perdón? Y la respuesta inmediata es sí. Ninguno de nosotros es más digno que los demás de ser perdonado. Todos hemos sido hechos dignos por Dios de su amor, su perdón y su misericordia. Recordemos que estamos hablando desde la perspectiva cristiana. El otorgar el perdón a alguien, no importa la falta o delito que haya cometido, es ya un síntoma de la justicia. En el caso que me refiero, hay que entender que otorgar el perdón a este señor no quiere decir que no se haga justicia. No es decir “te perdono y vete para tu casa que aquí nada ha pasado”. Este señor tiene que “satisfacer” el daño causado a los afectados directamente, -la familia-, y también a la sociedad. Otros casos parecidos hemos tenido en nuestra sociedad. Claro que hay que tener en cuenta que, por más sanción fuerte que se le imponga al acusado, la verdad es que nunca satisfará por completo el daño causado. Pero es lo correcto.

  Desde hace un buen tiempo, nuestra sociedad se ha ido encaminando en lo que yo he calificado como “una sociedad sanguinaria”; es decir, nos estamos dejando llevar por una actitud que lo que queremos es sangre; queremos que a los culpables se les arranque la cabeza, se les descuartice, etc. Esto no es más que venganza, odio, y esta actitud no es correcta ni cristiana. Yo entiendo y comprendo la indignación, repulsa que estos casos pueden provocar en las personas, porque también me indignan. Pero no podemos dejarnos dominar por los mismos, ya que nos convertiríamos en una sociedad vengativa, rencorosa y asesina.

  El perdón no es nada más ni sólo un sentimiento. El perdón es sobre todo una decisión. Pensemos nosotros que cuando le pedimos perdón a Dios nos dijera que nos perdona cuando lo sienta, ¿qué significaría eso? Pues que nos puede perdonar un día porque está de buen humor, o se siente tranquilo, etc. Pero, ¿y si al día siguiente se siente mal? Porque es que perdonar por el sólo hecho de sentirlo, no es perdón real porque no todos los días estamos sintiéndonos bien o sintiendo bonito o sintiéndonos contentos. Más bien, cuando una persona perdona está tomando una decisión y esa sí que es perdurable. Es lo que ha hecho Dios con nosotros. Dios ha decidido perdonarnos; no nos perdona porque lo siente. Pensemos en el pasaje de la crucifixión de Jesús cuando uno de los dos ladrones crucificados con Él le pidió que se acordara de él cuando esté en su Reino, y Jesús le contestó que hoy mismo estaría con Él en el paraíso. Esa fue una decisión de Jesús, y no un puro sentimiento. El perdón tiene una dimensión de sanación interna. Pero esta sanación no se da de la noche a la mañana; es más bien un proceso que se da en el interior de la persona. Cuando una persona toma la decisión de perdonar, lo hace no porque ella se le antoja hacerlo, sino más bien porque hay una fuerza interior que la impulsa a ello. Esa fuerza interior es lo que los creyentes en Dios llamamos Gracia: es la fortaleza que Cristo nos da para ayudarnos en nuestra intención, propósito y disposición al perdón, porque sin Él nada podemos hacer.

  Otro elemento que no está ayudando en nada a este proceso de justicia es el que han asumido algunos medios de comunicación de estar subiendo videos a las redes sociales donde se presenta a una de las niñas cantando y haciendo cosas que provocan ternura. Esto lo que hace o provoca es caldear más la indignación y el odio de la sociedad hacia el inculpado. Se crea la reacción contraria, y parece ser que es como si fuera a propósito que lo hicieran. Los jueces y abogados encargados de hacer justicia en los tribunales no pueden dejarse llevar por sus sentimientos puramente humanos y personales ya que esto podría nublar su recto juicio a la hora de administrar justicia. La justicia humana es imperfecta, pero es justicia; y nosotros no podemos tomar la justicia en nuestras manos ya que si así fuera, pues no existiría un ser humano sobre la tierra. La solución no es la eliminación física de la persona. Si la justicia determina que esta persona debe de estar aislada del resto de la sociedad por muchos años, pues que así sea.

  Parece ser que este señor, por lo que ha expresado a través de los medios de comunicación, no presenta ni manifiesta ningún arrepentimiento; dio como justificante del acto la difícil situación económica que está pasando; pero sabemos que nada justifica un acto de esa barbarie. Este caso y esta persona se han analizado desde la psicología y psiquiatría; pero un elemento que no debe descartarse y que, -según la médico forense que hizo el levantamiento de los cuerpos-, las posiciones en que fueron encontrados los mismos, da la sospecha de que hubo algún conato de rito satánico. A esta persona se le ha señalado que, por fotos subidas a su red social y que lo muestran con unas vestimentas poco comunes y accesorios en sus orejas, pintura y tatuajes, se le acusa de “metálico” y que por eso actuó de esa manera. Cada persona puede estar o no de acuerdo con esa opinión; pero yo más bien pienso que la apariencia física podría ser consecuencia de algo más profundo. Hay mucha gente que se muestra incrédula cuando oye estas cosas. Pero tenemos que ser conscientes de que la práctica del satanismo en nuestra sociedad es una realidad; y estos ritos se practican en todos los niveles de la sociedad, no es específico de una clase social particular ni sólo se da en la clase baja o pobre. Siempre que se menciona este tema hay quienes lo asumen con mucha sospecha y hasta incredulidad a lo mejor pensando que es una exageración o que está fuera de la realidad hablar de esto. Recordemos que hace ya unos años atrás, en la carta pastoral de 2002, nuestros obispos dominicanos nos advertían de esta realidad del satanismo en nuestra sociedad, y que les invito a que la lean.

  No nos convirtamos en sanguinarios; aprendamos más bien a saber manejar nuestra indignación, enojo y odio para que no nos esclavicen y no nos lleven a convertirnos en jueces. Ningún ser humano es más digno que los demás de recibir el perdón; a todos Dios nos ha hecho dignos de ello y esto por pura decisión suya. Aprendamos a tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros, porque con la vara que midamos a los demás, con esa misma vara nos medirán a nosotros. Aprendamos a perdonar de corazón; aprendamos a exigir justicia y no sangre ni cabeza de nadie, porque en eso nos pareceremos a los hijos de Dios, que hace salir su sol y mandar su lluvia sobre buenos y malos, sobre justos y pecadores. Yo sé y estoy consciente de que estas ideas pueden parecerle a más de uno una visión difícil y hasta inaceptable, pero es lo que nos toca poner en práctica como cristianos; no tenemos otra opción, si es que queremos vivir de acuerdo al evangelio. Lo que es imposible para nosotros, es posible para Dios, pero tenemos que darle la oportunidad de que lo haga posible con nuestra disposición y su Gracia.


martes, 30 de enero de 2018

Homilía IV domingo tiempo ordinario


Si no para todos, pero si para muchos de nosotros, puede parecernos extraño o algo fuera de tiempo este tema que nos narra el evangelista Marcos en estos versículos que acabamos de escuchar. Quizá este comportamiento que se daba en tiempos de Jesús lo consideramos propio de los endemoniados; y que a nosotros nos parecerán más bien comportamientos de personas enfermas.

Pero aun así, no podemos nosotros ser ingenuos y cerrar los ojos para no darnos cuenta ni aceptar la presencia del mal en el mundo y entre nosotros. Las llamadas “tentaciones” no son sino manifestaciones de ese espíritu del mal que nos inclina a hacer lo que no debemos y nos frena cuando queremos hacer el bien, como lo diría el apóstol san Pablo: “el mal que no quiero hacer es el que hago, y el bien que quiero hacer es el que no hago”. No caben dudas de que en nuestro interior hay una constante y permanente lucha entre estas dos tendencias: las tendencias del espíritu contra las tendencias de la carne; el espíritu siempre dispuesto, pero la carne no, porque es débil.

¿Quién de nosotros puede decir o presumir que nunca ha experimentado el mal en su interior y de ahí manifestarlo hacia su exterior? Cuando  nos retorcemos de rabia y de indignación ante alguna situación que no nos gusta; nos retorcemos de ira y de rencor cuando nos ofenden, nos humillan, nos desprecian; nos retorcemos de envida cuando no nos valoran ni nos tienen en cuenta como nosotros quisiéramos; nos retorcemos de celos y de orgullo cuando no somos el centro de atención y los protagonistas de todo. ¿De cuantas cosas más nos retorcemos interiormente porque el maligno está presente en nuestras vidas? Y es que el mal nos acompaña como si fuera nuestra propia sombra. Cada uno sabe lo que pasa en su interior, aunque no lo diga o le cueste reconocerlo, y cuánto esfuerzo cuesta vencer la tentación.

A todo esto y según lo que hemos escuchado en este pasaje del evangelio de Marcos, nos encontramos que Jesús habla y actúa con autoridad. Y  esta autoridad la manifiesta y usa Jesús para hacer el bien; porque sólo quiere lo bueno para nosotros. Cuando con humildad nos ponemos ante Él, cuando acudimos al sacramento del perdón, también Jesús nos libra de todo mal y de todo pecado; cura las heridas de nuestro corazón; cura lo que nos hace estar espiritualmente enfermos, -como diría el escritor e historiador ruso Alexander Solzhenitsyn: “sin vida espiritual el hombre está mutilado; tan mutilado que ni siquiera es humano”.

 En el diccionario etimológico encontramos que la palabra autoridad viene del latín auctoritas, que derivó de auctor, cuya raíz es augere, que significa hacer crecer, hacer progresar. Desde el punto de vista etimológico, autoridad es una cualidad creadora de ser, así como de progreso. Pero también en latín las palabras ducet et docet hacen referencia a conducir y enseñar. Así entonces, tenemos que la persona que ejerce autoridad es aquella que es creadora o forjadora del ser propio y del ser del otro; que nos ayuda a crecer. Pero, también en base a las palabras latinas antes mencionadas, podemos decir que la persona que ejerce autoridad es aquella que sabe  conducirse en la vida y a la vez enseña a los demás a conducirse en la vida.

  Desde el punto de vista de la fe, podemos afirmar que estas virtudes estaban bien claras y definidas en la persona de Jesús: Jesús fue llamado por los demás como el Maestro; que enseñaba con una sabiduría diferente a la de los escribas y fariseos. Jesús también se conducía con autoridad y esto era muy bien percibido por sus oyentes; sabía muy bien ejercer esta virtud con todos, principalmente con sus discípulos. Una cosa es ejercer la autoridad y otra es ejercer el autoritarismo: la primera, como ya lo hemos visto, es positiva y ayuda al buen conducirse de la persona; mientras que la segunda es entendida como el ejercicio abusivo de la autoridad, y puede derivar en despotismo, dictadura y absolutismo.  Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué hoy en día la humanidad esta tan falta de autoridad? o, como dicen otros, se percibe un gran vacío de autoridad en la humanidad, en sus instituciones. Se puede decir que esta falta de autoridad se ha institucionalizado, es estructural; y esto, como es lógico, está contribuyendo al deterioro de la convivencia familiar, social y cultural.

Hoy en día, la debilidad institucional que atravesamos en nuestro país empieza sin duda por la primera de las instituciones humana y fundamental de toda sociedad: la familia. En ella descansa la fortaleza y estabilidad de todo el organismo social porque en ella se forjan hombres y mujeres, elementos activos que componen, al integrarse, las otras instituciones. Parece ser que en nuestros días, los padres tienen miedo a ejercer la autoridad, que es su deber y responsabilidad. Hay padres que tienen o manifiestan miedo a corregir sus hijos de sus errores; que, en el colmo, hasta parece que les piden permiso a sus hijos para hacer o decir las cosas, -cuantas veces no hemos escuchado a muchos padres decir “a estos muchachos de hoy no se les puede decir nada”. Uno de los grandes errores en muchos hogares es que hoy todo lo dialogan, y no todo se dialoga; la aplicación de las normas se regatea y los padres, muchas veces, ceden ante el chantaje de  los hijos. No se trata de vivir en el hogar como si fuera un lugar militar, pero tampoco como si fuera un parlamento. Un error de muchos padres es pensar que sus hijos no pasen las dificultades que ellos pasaron en su niñez o que no tengan las precariedades que ellos tuvieron. Pero, ¿es este pensamiento correcto? Claro que no. A los hijos  no se les puede dar todo, aunque se pueda darlo; más bien hay que enseñarles a esforzarse en la vida, hay que enseñarles el valor de las virtudes, como la benignidad, por la que se trata y juzga a los demás y a sus actuaciones con delicadeza; la indulgencia ante lo defectos y errores de los demás; la educación y la urbanidad en las palabras y modales; la cordialidad; la gratitud; la humildad; el sacrificio, el trabajo, el respeto, para mirar a los demás descubriendo lo que valen; la responsabilidad. Como se dice popularmente: hay que enseñarles a rascarse con sus propias uñas; o, hay que enseñarles a pescar y no siempre darles el pescado. A los hijos no se les puede llenar de derechos, y no recordarles sus deberes. Hay que educarlos enseñándoles quién tiene la autoridad en el hogar, y la autoridad es monopolio de los padres. Los padres cristianos deben de pedirle a Dios que les ilumine para que sepan ejercerla con amor y de acuerdo a su voluntad; el mejor ejemplo lo tienen en el mismo Jesús que practicó la autoridad con amor y servicio.

  Y en cuanto al ejercicio de la autoridad en la sociedad, ¿qué pasa? Pues que vemos cómo la autoridad está desacreditada en ella. Hoy tenemos una sociedad, en extremo, desafiante a la autoridad; en gran parte consecuencia de que la misma Institución ha caído en la violación de la misma ley que ella está llamada a cumplir y hacer cumplir. Tenemos una Institución que negocia y hasta le regatean y se deja chantajear en la aplicación de la ley. Las leyes se negocian, se discuten, se aprueban o se rechazan en el Congreso; pero una vez aprobadas y promulgadas, se tienen que aplicar: “la ley es dura, pero es la ley”. Hoy en día se está exigiendo el “imperio de la ley”. Debemos y tenemos que ser una sociedad que no transija con la aplicación de la ley; que sea cierto de que todos somos iguales ante la ley. Que la ley no sea utilizada para proteger a los poderosos y fastidiar a los pequeños. Y es que cuando una sociedad esta manga por hombro, no queda más que el desorden y caos. No se trata de exigir a los demás que cumplan la ley que yo no estoy dispuesto a cumplir (ahí tenemos el ejemplo de los “padres de familia”). Es muy característico de nosotros que, cuando vamos a un país en donde sí se cumplen las leyes nos adaptamos inmediatamente a ello, pero no queremos hacerlo en nuestro país. Seguimos fomentando el desorden, la anarquía, el caos, porque hay quienes se benefician del desorden; queremos ser una sociedad ordenada, pero sin esfuerzo ni sacrificio. La autoridad tiene que devolverle a la Institución el monopolio de la misma, pero ella tiene que dar ejemplo de su fiel cumplimiento al resto de la sociedad, porque el ejemplo entra por casa.

Ante este panorama al cual hemos hecho referencia, el pasado día 26 celebramos un aniversario más del nacimiento de  nuestro prócer  de la Patria Juan Pablo Duarte y Diez. Él inicio el proceso de nuestra independencia y liberación, pero hemos de reconocer que éste aún no ha terminado. Falta lo que cada uno de nosotros debe hacer para que ese proceso, que prácticamente no termina nunca, porque nada humano es perfecto, sea completado por las próximas generaciones. Y es que toda liberación plena en lo político, en lo social, en lo económico o en lo espiritual es ciertamente un proceso que se desarrolla, se cumple en lo interno o en lo externo de una determinada sociedad, y también en lo interno o espiritual de cada ser humano. Hay otras esclavitudes en el cuerpo y en el alma como son la ignorancia, la miseria, el temor, el vicio y desde luego el pecado. Nuevamente cito a Alexander Solzhenitsyn: “una sociedad entregada a la idolatría del progreso social y tecnológico, entregada a la consecución de una felicidad de orden inferior, -esto es, carente de un sentido moral-,  camina sin remisión hacia el desaliento... y es que hemos puesto demasiada esperanza en las reformas políticas y sociales y solo para darnos cuenta de que hemos sido privados de nuestra posesión  más valiosa: nuestra vida espiritual”.

Para Duarte, el compromiso con la Patria fue un deber. Pasar de la libertad a la responsabilidad supone aceptación y puesta en práctica de valores básicos como son la verdad, el amor, el respeto mutuo, el trabajo, la honradez, la caridad, la solidaridad, la fraternidad, el desinterés, la valentía, la constancia y otros valores que por tanto se han de inculcar desde muy temprano a nuestra juventud.

Precisamente, gran parte de las tragedias que actualmente estamos viviendo como sociedad, es consecuencia del tipo de ciudadanos que estamos formando, tanto en el hogar como en las instituciones educativas. Desde hace años se eliminó del sistema educativo nacional la educación moral y cívica. Queremos ciudadanos rectos, justos, responsables, solidarios, trabajadores… pero sin moral: que hacen de la mentira su ley de vida; del odio su razón de ser; del irrespeto su cotidianidad; de la vagancia su costumbre. Una carencia hacia el amor y respeto a los valores y principios que han fundamentado por tantos años nuestra nación. Si en nuestra sociedad, el ejercicio de la autoridad, se realiza fuera de los límites del orden moral, no será raro que se pretenda ignorar o pasar por alto los derechos individuales y se tomen decisiones con miras egoístas al margen del bien común. Y es que las acciones moralmente erróneas, aunque puedan parecer útiles al principio, aunque reporten beneficios inmediatos, acaban arrastrándonos inexorablemente a la ruina.

El filósofo y teólogo danés Soren Kierkegaard escribió que “Lutero f ue el hombre más plebeyo que jamás haya existido; pues, sacando al Papa de su trono, puso en su lugar a la opinión pública”. Hoy, nuestra sociedad, se está adentrando en una especie de laicismo  que acusa a la Iglesia de inmiscuirse en la política, aduciendo aquella sentencia evangélica que suelen enarbolar quienes leen el evangelio a su conveniencia: “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Pero, ¿qué es lo propio del César? Las cosas temporales, las realidades terrenas; pero no, desde luego, los principios de orden moral que surgen de la misma naturaleza humana, no los fundamentos éticos del orden moral. Este nuevo laicismo, tan celoso de expandir las libertades de sus súbditos, niega en cambio a la Iglesia la libertad de enjuiciar la moralidad de sus actuaciones temporales, pues sabe que tal juicio incorpora una radical subversión de esta ilusión óptica, de este engaño sobre el que se asienta este laicismo trasnochado. Anhela una Iglesia farisaica y corrompida que renuncie a restituir al hombre su verdadera naturaleza y acate el misterio de la iniquidad, que es la adoración del hombre; anhela, en fin, una iglesia puesta de rodillas ante el César.

Como diría Dostoievski: “las sociedades sanas se dedican a fortalecer los frenos morales que mantienen a todos los demonios encadenados; mientras que las sociedades enfermas desatan a los demonios para después escandalizarse cuando empiezan a hacer fechorías”.

Hoy hay muchos traidores a los más nobles ideales del que fuera el ideólogo de nuestra independencia; traidores a la Patria en la que nacieron y se han desarrollado. Duarte veía con atenta y gran preocupación estas actitudes. Su concepto de fidelidad era altamente moral, puesto que la vivía y no solo se concretaba a enseñarla. La traición no merece consideración ni indulgencia ni recompensa. Decía en su ideario: “se prohíbe recompensar al delator y al traidor, por más que agrade la traición y aun cuando haya justos motivos para agradecer la delación”. Los “vende patria” son los mismos, ayer y siempre. La única diferencia parece ser la elegancia de las formas, muy bien encubiertas en la estrategia de salón. Entre una gran traición y muchas relativamente pequeñas traiciones, el resultado es el mismo: la Patria se puede perder. Aquí recuerdo, y debiéramos hacer nuestras las palabras del Papa Francisco, cuando aún era arzobispo de Buenos Aires: “tenemos que echarnos la Patria al hombro”. Pero si nosotros, como hijos que somos de esta tierra tan hermosa, como dijo el poeta, apartamos a Dios de nuestro camino como nación y de nuestras vidas, queriendo eliminarlo hasta por decreto, tendremos que decir con el salmista: “si Dios no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas”.



  Termino afirmando: creo y pienso que ha de hacerse valer la fuerza de la ley, descartando, por irracional, la ley de la fuerza. Hablando, por necesidad, en términos claros, en toda sociedad civilizada se necesita un gobierno con fuerza, no un gobierno de fuerza. No con la fuerza del garrote, o del fusil, sino con la fuerza moral que lo identifique como primer responsable del bien común. La ley que nunca falla, la ley de Dios, es el mejor apoyo para la ley civil cuando establece para todos por igual la ley del amor sin dejar a un lado la justicia.

Siendo consciente de esto, pues actuemos en consecuencia. No seamos cobardes ni acomodaticios ni irresponsables. Tenemos un deber, una responsabilidad y un compromiso que asumir, ante Dios y la Patria, ya que por esto, también se nos pedirá cuenta.

 

viernes, 19 de enero de 2018

Rep.Dominicana camino al Etnocidio (y 3)


Parto nuevamente diciendo que, en lo que respecta a la migración, la ley tiene que aplicarse a todos los extranjeros por igual. No se trata de ensañarse sólo con un grupo. Ahora, también soy consciente que en lo que respecta a los migrantes haitianos, son pocas las cosas que podemos decir que tenemos en común en comparación con otros grupos de migrantes. Pero esto no es tampoco un motivo para hacer o cometer injusticias y exigirles orden y respeto a unos, y a otros no. RD y Haití somos dos pueblos muy diferentes; la cultura haitiana es lo que se ha calificado como “cultura depredadora”, sobre todo del medio ambiente: han acabado con la capa vegetal de su nación y desde hace tiempo vienen y depredan la vegetación de la RD; lo único que tenemos en común es que compartimos una misma isla y como tal lo que más nos conviene a ambas naciones es establecer políticas que nos lleven a convivir como buenos vecinos. Pero en este punto ha habido más condescendencia y cooperación de la parte dominicana que de la haitiana. Los haitianos han sabido jugar muy bien al chantaje y al hacerse las víctimas. Esta actitud de víctimas es lo que ya tiene cansados también a las otras naciones que han recibido ciudadanos haitianos y hasta le han exigido a las autoridades haitianas que den una explicación convincente de por qué esto es así si reciben tantas ayudas y la nación no da señales de despegar hacia una franca mejoría de su gente e instituciones. Pero hasta el sol de hoy esta explicación no la han dado.

  Yo veo en el tema de la migración ilegal haitiana una especie de caballo de Troya. Es decir, se está utilizando este asunto para minar la cultura, identidad, valores y principios de la nación dominicana. Los haitianos siempre han dicho que ellos van a volver a tomar lo que les pertenece, refiriéndose al lado dominicano, y no lo harán por medio de las armas, sino más bien por lo que se ha llamado “invasión pacífica”. Los haitianos,- como sucede con los migrantes musulmanes en Europa-, no se integran a la sociedad que llegan o los reciben; ejemplo de esto son los estudiantes dominicanos de descendencia haitiana, que no cantan el himno nacional dominicano porque no se sienten identificados con ello. Llegan al país exigiendo derechos y concesiones, pero no quieren cumplir con los deberes que la sociedad exige a todos.

  Desde el punto de vista religioso, hemos escuchado, sobre todo, al Papa Francisco decir y pedir que se acoja a los migrantes. Pero yo creo que estas palabras e intención del Papa, él no las ha explicado de manera clara, y tampoco los demás las hemos entendido correctamente. Es verdad que la enseñanza evangélica nos habla del acogimiento de los demás, sobre todo del forastero. Pero una cosa es acoger al forastero que llega a mi casa, y otra es decirles a estos que vengan para acá que aquí los vamos a recibir sin más. Tenemos que cuidar y proteger nuestra casa común, -como el mismo Papa Francisco enseña-, que es el planeta Tierra; pero otra cosa es pensar que tenemos ambas naciones una patria común. NO. Esta afirmación, ninguna nación la acepta. A los haitianos hay que ayudarlos, pero en su tierra; no podemos permitir que vengan de fuera a echarnos de nuestras casas por un mal entendimiento del acogimiento del forastero; hacer eso es una insensatez y hasta injusto. El planeta está compuesto por continentes, y estos a su vez por países que son libres y soberanos, y están divididos por fronteras. Cada país tiene sus propias leyes migratorias. Las fronteras existen y los países no renuncian a ellas. Establecer una política de fronteras abiertas es un aniquilamiento que ninguna nación está dispuesta a hacer, y quienes lo han hecho, hoy se están arrepintiendo. Religiosamente hablando, es verdad que una gran población haitiana tiene sus fundamentos cristianos, pero también está la práctica de sincretismo religioso profunda con una fuerte mezcla del vudú, gaga, hechicería, y otros cultos esotéricos; y ahora se suma el crecimiento del islam en territorio haitiano; pero también están las costumbres (vemos a muchos haitianos cómo hacen sus necesidades en plena vía pública), la idiosincrasia, etc.; yo no digo con esto que nosotros seamos mejores que los haitianos; cada nación, cada cultura tiene su valor en sí misma; las artes, la música, el idioma… son totalmente diferente.

  El Etnocidio supone la muerte de la diferencia. Sus partidarios hablan de la diversidad y que si nuestro país se entremezcla con  diversas culturas tendremos una gran diversidad de personas con gran diversidad de personalidades. En RD tenemos diversidad desde siempre: el sureño es diferente al del Cibao y del sur; y así respectivamente. ¿Quiénes son los que deciden esta aniquilación de la diversidad? Pues los políticos, cuando dicen o se oponen a que se hable de estos temas ya que el que lo hace, lo tachan de xenófobo, racista y discriminador, y hasta otras sanciones más.

  No seamos ingenuos. Esto es parte de un plan muy bien orquestado por las élites extranjeras y nacionales. En este problema están metidos gente de ambas naciones y de otros lugares, como organismos internacionales. Ahí tenemos el caso de la CIDH de la ONU con sus presiones. El que quiera ayudar a los haitianos, que lo haga en Haití. No podemos asumir una política de frontera abierta porque sería nuestro suicidio étnico, como lo está haciendo un pastor protestante haitiano en Juana Méndez alentando  a sus feligreses para que vengan en masa y sin cumplir las leyes y defendiendo la unificación de ambas naciones. No podemos ni nos pueden obligar a igualarnos; nosotros no podemos acomodarnos al que venga, sino ellos a nosotros manteniendo cada quien sus costumbres pero sin pretender anular al otro. Es inmoral ayudar a los demás a costa de nuestro suicidio cultural.

jueves, 18 de enero de 2018

Rep. Dominicana camino al Etnocidio (2)


Ahora, la pregunta aquí es: ¿Qué interés/s tiene/n el/los que patrocina/n este etnocidio? Aquí recuerdo aquellas destempladas palabras del secretario general de la OEA, el uruguayo Luís Almagro, cuando dijo que en una isla no puede haber dos países. Inmediatamente nos asaltó la pregunta de por qué este señor dijo eso y qué en realidad era lo que estaba insinuando. Desde hace un buen tiempo, a la RD se le viene enrostrando en cara que es una nación discriminadora y xenófoba, y que además, ha metido en el limbo jurídico a miles de ciudadanos dominicanos de descendencia haitiana al negarles la nacionalidad dominicana. Ya se ha dicho hasta el cansancio, desde el campo de la jurisprudencia, que una ilegalidad no puede producir una legalidad. La Constitución dominicana es clara cuando dice que todo ciudadano extranjero en situación de tránsito no puede obtener la nacionalidad dominicana puesto que su situación migratoria es ilegal; y todo nacido en suelo dominicano de padres extranjeros en situación de ilegalidad, no es dominicano por la ilegalidad de sus progenitores. En el caso de los haitianos, se sabe que la Constitución de su país dice claramente que todo hijo de ciudadano haitiano, nazca donde nazca, es haitiano. Si constitucionalmente para los haitianos es así, ¿por qué entonces no le entregan sus documentos que los acreditan como ciudadanos haitianos? No es la RD la que está creando apátridas; es más bien el propio Haití, ya que sus autoridades no hacen lo que en justicia les corresponde hacer con los suyos. Pero es que todo esto tiene “maco entre macuto”, como se dice popularmente. Todo esto es parte de una estrategia que se gesta en las esferas más altas de la élite haitiana que incluye no sólo a sus autoridades, sino también a esa élite aburguesada y explotadora de su mismo pueblo. Todo el mundo defiende a Haití, pero nadie quiere a los haitianos en sus países. Tienen montada una fuerte presión a la RD con esto, pero al mismo tiempo les cierran las puertas para que no entren a su territorio; ejemplo de esto es el CARICOM, -del cual Haití es miembro con voz y voto, mientras que RD no-, que sus ciudadanos tienen libre tránsito entre sus países, pero no los haitianos.

  En este problema tenemos, no solamente la parsimonia o timidez de las autoridades dominicana que deben de cumplir y hacer cumplir las leyes migratorias, sino también la acción del gran conglomerado empresarial de ambas naciones, que saca provecho de este movimiento migratorio ilegal tremendo y que consigue así aniquilar el estado de bienestar y todos los logros sociales que hemos conseguido como nación durante todo este tiempo de existencia patria, y también el conseguir mano de obra barata. Así se asume que el dominicano exige demasiado y también demanda prebendas sociales; pero con esta migración masiva e ilegal, estos pueden ser recortados, y el dominicano que no hace el trabajo pues lo hará otro, ¡y a que costo!

  Pero también hay un punto en esto que se trata a muy largo plazo y es complicado, pero no por eso hay que dejarlo que pase. Para muchos hablar de esto es prohibido y provoca mucha roncha y sospecha, y de eso hay que cuidarse porque se cree que son delicadas y pueden ofender a los demás. El tocar este tema “étnico” para muchos representa un asunto de rechazo y hasta de anularlo en todo; por eso es que para los que piensan así, lo mejor es presentarse como simpático, inclusivo, aceptado por los demás; en otra palabra, es el famoso “buenismo”, del cual, por ejemplo, la nación italiana se cansó para con los migrantes refugiados que están llegando a su territorio. Es también ese famoso discurso cultural que los de izquierda han sabido dominar e imponer muy bien a través de los medios de comunicación, el pensamiento, la escuela. Es este pensamiento que se difunde en las sociedades y así las sociedades piensan aquello que les dicen o mandan a pensar.

  Yo no tengo ningún problema con la migración de un país a otro. Pero que se haga de manera ordenada y aplicando las leyes. La situación migratoria que vive la RD no puede medirse con la misma vara que la de Estados Unidos, Alemania, Canadá, Chile, etc.; cada país se da las leyes migratorias que crea son las que les conviene y es un ejercicio libre de su soberanía el decidir quién entra o no a su casa. Todo extranjero que quiera venir a RD de paseo, a estudiar, a trabajar, hacer negocio, obtener la nacionalidad dominicana, tiene que hacerlo bajo el estricto marco legal migratorio dominicano. Soy partidario de que se construya el muro en la frontera, pero al mismo tiempo con varios puentes para que los ciudadanos de ambos países que quieran cruzar de un lado y otro, a visitar, estudiar, trabajar o hacer negocios, lo hagan por ellos cumpliendo con las leyes migratorias de los países. El muro fronterizo no es para sellar las fronteras. Eso es imposible. Es más bien para ayudar a un mejor control del paso de las personas. Y con este tema del muro, hay mucha hipocresía en nuestro ambiente. Hay muchos países que han construido muros en sus fronteras, y si para unos son buenos y hasta los ven con beneplácito, ¿por qué para nosotros tiene que ser malo? El mismo Haití construyó parte un muro de su lado fronterizo y nadie dijo nada. Años atrás recuerdo que era un castigo mandar a alguien a la frontera; pero ahora es un premio y un tremendo negocio y hasta filas hacen muchos para que los manden allá y así aprovecharse de todas las chapucerías que pueden hacer en ella, como lo es el tráfico de personas, contrabando de mercancías de todo tipo, drogas, armas; y cumplir también con la respectiva cuota o peaje con los que están aquí en la capital, porque es que tampoco es gratis el envío.

miércoles, 17 de enero de 2018

Rep. Dominicana camino al Etnocidio (1)


Estoy consciente de que el título de este artículo puede parecerle a algunos una exageración, pero yo no lo veo ni creo ni asumo así. Tratare, en el desarrollo de las ideas o argumentos, de justificar el por qué utilizo este término para referirme a un grave problema que la República Dominicana está enfrentando actualmente y que si no se toman las medidas correctivas para enfrentar dicho problema, será una situación que lamentaremos como nación. No pretendo ser un gurú o que mis ideas expresadas aquí sean palabra de Dios; es solamente mi opinión personal y que está sujeta a que no sea compartida por otros, ese es su derecho; es más bien, un aporte que hago a que seamos valientes y digamos las cosas sin miedo ni tapujos y que no nos dejemos seguir manipulando ni chantajeando por los enemigos, carniceros, estafadores y negociantes extranjeros y del patio. Me refiero al problema de la migración ilegal, sobre todo la que nos viene de Haití, y esto por el hecho de que lo nos divide es un río que no representa un peligro para cruzarlo, como sí lo es, por ejemplo, el río Bravo en la frontera méxico-estadounidense.

  Y es que este problema migratorio ilegal que afecta a nuestro país, veo que son muy pocos o casi nadie que aborda este tema con la seriedad, sinceridad y objetividad que amerita. Se percibe en la atmosfera un miedo a hacerlo, y este miedo es el mismo que los enemigos, tanto los de fuera como los de dentro, aprovechan para tener al país en cierta forma genuflexa o de postración y con manos atadas y mordaza. Esto da pie a que el país sea sometido a un permanente acoso y chantaje, sobre todo, ante la comunidad internacional. La RD vienen sufriendo un masivo flujo de migrantes de diferentes naciones; esta migración, muchos de ellos llegan de manera legal, pero después de cumplido el tiempo de permanencia, se quedan ilegalmente a residir en nuestro país. Pero el gran problema de esta migración ilegal es la que viene del vecino Haití. El día que estoy escribiendo este artículo, ya en la prensa escrita se resalta la noticia de que aproximadamente uno 35,000 ciudadanos haitianos han sido devueltos a su país porque habían cruzado de manera ilegal la frontera, y esto en apenas los primeros 15 días de enero. Pensemos por un instante y de manera rápida, -redondeándolo-, lo que significa si en un mes completo entraran a nuestro país 70,000 ciudadanos haitianos ilegales y multiplicado por 12, estaríamos hablando que, a la RD, solo de la parte de Haití, de manera ilegal entran unos 840,000 haitianos; que este cálculo es exagerado, puede ser o lo es; pero es simplemente un cálculo simple.

  El problema de la migración ilegal haitiana es una problemática que otras naciones han abordado sin tapujos ni miedo porque a ellos ya les está afectando de manera significativa esa migración ilegal haitiana, tenemos los casos de Brasil, Chile, Perú, México. El flujo de ilegales haitianos que ha llegado y está llegando a estos países esta trastornando la vida  de estas naciones. En lo que se refiere a la RD, el tema de esta migración ilegal haitiana hay que abordarla desde diferentes perspectivas: desde lo político, económico, cultural, social, religioso, etc. Pero una vez más lo digo, se percibe un miedo que impide hacerlo porque inmediatamente se nos mira con ojos extraños y sobre todo calificándonos de xenófobos, racistas y discriminadores. Esto no más que puro chantaje. Yo me atrevo a decir o afirmar que nos estamos enfrentando a dos noticias: una mala y otra no tan mala. Es decir, la mala es que, de seguir esta migración ilegal, sobre todo haitiana, nos puede llevar a desaparecer como nación, o sea, desaparecerán nuestros valores, principios, identidad, cultura, etc.; es un proceso de extinción en donde nuestras familias, nuestras raíces, lo que representa nuestra cultura e historia, está en proceso de extinción. Y la noticia no tan mala es que podemos seguir luchando para que este proceso no siga su avanzado camino. Pero recordemos, nos toca luchar. No podemos dejar las cosas como están o como van. Esto no es ni debe ser una posibilidad, ya que esto significaría que nuestros hijos, las futuras generaciones, dejarán de pertenecer a una cultura e identidad dominicana y cristiana.

  ¿Qué es el genocidio? Dicho de manera sencilla es la eliminación de toda una raza, una cultura que es aniquilada físicamente, ejemplo: lo que hicieron los norteamericanos con los japoneses de Hiroshima y Nagasaki; y, ¿Qué es el etnocidio? Es poner en discusión los valores, la ideología dominante de un pueblo concreto y, mediante la mezcla racial y cultural, hacerla desaparecer lentamente; de forma indolora, pero efectiva y segura. Así entonces, el etnocidio de la RD tiene lugar en el momento en que una cultura concreta (Haití), unos políticos concretos o grupo ideológico concreto, plantea poner en discusión lo que somos, lo que hemos sido y lo que podemos llegar a ser.