martes, 11 de diciembre de 2018

Aprendan de mí


  Los evangelistas nos dicen de Jesús que la gente y sus discípulos se dirigían a él como Maestro; ya el mismo Jesús les dirá a los discípulos que no deben decirle maestro a nadie en la tierra porque un solo Maestro tienen ellos; refiriéndose a él, claro. Jesús se nos presenta como el Maestro de maestros; diferente en su enseñanza y manera de trasmitirla. Nos dice que tenemos que aprender de él. Toda palabra y toda la vida de Jesús son para nosotros enseñanza: “Dichoso el que al escuchar mis palabras no se sienta defraudado de mí; porque mis palabras son palabras de vida eterna”, y, “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

  Aprender de Jesús, -del Maestro-, a ser manso y humilde de corazón. La mansedumbre es virtud que nos da el Espíritu Santo; no es defecto. La mansedumbre es fortaleza interior bajo control. Es fortaleza que nos ayuda a ser cercano a los demás y ayudar a los demás. Si nos preguntaran ¿debe el cristiano ser manso? La respuesta es SI. El creyente que es manso sabe ser fuerte ante los embates de la vida, ante las pruebas, ante las tentaciones; el creyente manso no se doblega ante la prueba ni ante la tentación. Jesús fue un hombre manso, de fortaleza incuestionable ante tantas pruebas y tentaciones que tuvo que enfrentar en su ministerio; pruebas y tentaciones que no sólo le llegaban desde fuera, sino también desde dentro, desde los mismos discípulos cada vez que lo incitaban a que se manifestara a los demás como rey poderoso para que ocupara el trono del palacio y así ellos también gozar de esa posición de realeza. Pero el Señor jamás quiso estar por encima de los demás de esa manera. La única ocasión en que estará por encima de los demás será cuando esté crucificado en la cruz y ahí sí atraerá a todos hacia él.

  Pero también está la otra virtud de la humildad. Jesús mismo nos enseñará, tanto de palabra como en la vida, lo importante que es ser humilde; virtud ésta que también tenemos que pedirla a aquel que nos la puede dar, Dios. La humildad que también va unida a la sencillez. Una persona sencilla es aquella que no se complica la vida, ni su vida ni la de los demás. La persona humilde es la que está siempre abierta desde su interior a las grandezas de Dios; es la persona que conoce a Dios por medio de la revelación del Hijo; es el que está preparado para recibir todo cuanto Dios tiene que darnos para seguir avanzando en la vida hacia la casa del Padre. Y es que estas virtudes tenemos que aprender a vivirla con sinceridad, desde lo más profundo de nuestro corazón, sin fingimiento; así encontraremos el descanso necesario para seguir la batalla de la vida, sin desmayar, sin mirar hacia atrás.

  El evangelista san Juan nos dice bien claro que tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Pero más adelante será el mismo Jesús que nos dirá o hará la invitación para que nos acerquemos a él o vayamos hacia él. Y es que, quién de nosotros no ha sentido en más de una ocasión el cansancio, la frustración, el peso de la vida. Cuántas veces hemos escuchado a gente decir que ya está cansada de la vida; que no le encuentra sentido a la misma; que son tantos los dolores y sufrimientos que no merece la pena seguir luchando ni viviendo, etc. Es precisamente el cansancio de la vida. Por eso el Señor Jesús nos invita a ir hacia él con todo nuestro cansancio y agobio acumulado no solo de la vida, sino el de todos los días. Nos dice que vayamos hacia él porque puede aliviarnos de todo ello. Fijémonos que dice que nos “aliviará”, más no dice que no tendremos cargas. Las cargas siempre estarán, pero él nos ofrece alivio con el peso. Es la actitud del cirineo. Seguiremos en el camino con la carga, pero contaremos con su ayuda para seguir avanzando y no quedarnos estáticos, derrotados.

  Hay mucha gente que dice y hasta afirma que no son dignos de acercarse a Dios; de estar en su camino. Pero es que el Señor, que nos conoce muy bien, no nos puso condición para acercarnos a él; él no dijo que para seguirlo o buscarlo teníamos que ser intachables, no cometer falta alguna, no cometer ningún error, ni nada parecido. Sin más, nos invitó a acercarnos a él, y nos llama hacia él: “vengan a mí”. Tenemos que ir hacia él con lo que nosotros somos y tenemos: con nuestras limitaciones, defectos, errores. Pero también y sobre todo, con nuestras virtudes y cualidades; porque es que en él y con él tenemos garantizada nuestra victoria; porque su victoria es nuestra victoria: “yo he vencido al mundo, sus pompas, el pecado, la muerte…Y ustedes también los podrán vencer”; pero sólo si vamos hacia él, porque sin él nada podremos hacer.

 

martes, 13 de noviembre de 2018

La dirección espiritual: Vida de Fe.


“Jesús se quedó admirado al oír esto, y dijo a los que le seguían: Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel con tanta fe como este hombre” (Mt 8,10).



  La fe es una de las tres virtudes teologales que posee el ser humano. Se llaman virtudes teologales porque es el mismo Dios-Padre quien las ha sembrado en nosotros como una pequeña semillita para que poco a poco vayan germinando y puedan llegar a convertirse en un árbol grande y frondoso. Es el primer paso que le corresponde a Dios. De hecho, nadie puede decir que cree en Dios por su propia cuenta si Dios no lo impulsa para ello; por eso la fe. Pero el segundo paso nos corresponde a cada uno de nosotros que es hacer que esa semillita de la fe vaya germinando con nuestra práctica de vida. La fe debe impregnar toda nuestra vida: familiar, estudio, trabajo, amistades, etc. La fe no es nada más una simple palabra que suena bonita, sino más bien que es un estilo de vida; una manera de cómo tenemos que vivir nuestra vida; y esa manera es la manera cristiana. Por eso es que hemos dicho lo anterior.

  La fe debe informar las grandes y pequeñas decisiones. No basta asentir a las grandes verdades del credo, tener una buena formación (que es importante); es necesario, además, vivirla, practicarla, ejercerla, debe generar una vida de fe que sea, a la vez, fruto y manifestación de lo que se cree. No se trata de vivir la fe o practicarla únicamente cuando voy al templo o al grupo de oración. La fe no es un traje que me pongo y me quito cuando voy a la misa o al grupo de oración y ahí queda. A la misa, al grupo de oración o el apostolado voy a nutrirme de la palabra de Dios y de la comunión sacramental para renovar fuerzas y una vez que salgo de esas actividades, poner en práctica lo aprendido y revelado por Dios. Es así como seremos luz en medio de la oscuridad; es así como nuestra lámpara iluminará a todos los de la casa, a todos los que nos rodean; es así como daremos buenos frutos y permanecerán. Así entonces, será bueno e importante hablar de esta virtud sobrenatural en la dirección espiritual de cómo está iluminando o trabajando la misma en nuestra vida: cómo interviene en la aceptación de una enfermedad, de la muerte de un ser querido, de una contradicción; cómo incide en el comportamiento con los amigos, compañeros de trabajo, si ayuda a procurar el bien para ellos, sobre todo el mayor bien, que es acercarlos a Dios…

  Recordemos que el camino de la fe es un camino de muchas tribulaciones: en la conversación el director espiritual nos hará comprender que los obstáculos, vicisitudes, los acontecimientos menos agradables… también son parte del plan providencial de Dios-Padre, que a veces bendice con la cruz, como medio de purificación y crecimiento interior: “No es digno de mí el que no toma su cruz y me sigue” (Mt 10,38). Todo esto nos ayuda a ofrecer estas contradicciones, evitar las quejas, porque también son medios de santificación. Una vida profunda de fe nos ayuda a enfrentar con mansedumbre y humildad las tribulaciones por las cuales nos conduce a veces nuestro Padre celestial. Esta fue una de las grandes enseñanzas de la vida de fe de la madre Teresa de Calcuta.

  Es importante también que al hablar con el director espiritual sobre esta gran virtud, hablemos de todas aquellas cosas que la ponen en entredicho; porque hay mucha confusión en mucha gente acerca de la doctrina, que caracteriza nuestros ambientes. Siempre es bueno y aconsejable saber qué libros, estudios, etc. nos podrían ayudar para contrarrestar tanta propaganda contraria a la fe que encontramos muchas veces en la universidad, el ambiente social, laboral, medios de comunicación, etc. Se trata de buscar los remedios oportunos cuando sea necesario.

  Por último, quiero también mencionar otra gran virtud que no podemos obviar porque es importante en el caminar espiritual. Es la virtud de la pureza. Esta virtud está muy relacionada con el amor  a Dios, y está destinada a crecer y fortalecerse bajo la acción del Espíritu Santo. Para muchos hombres y mujeres de la vida espiritual, esta virtud es la puerta de entrada a una vida interior honda y a una vida apostólica. Esta virtud guarda el corazón y los sentidos; mortificación y control de la imaginación; prudencia en las lecturas, en los espectáculos; en el trato con las personas del sexo opuesto, etc. Esta virtud ha sido minusvalorada y atacada por muchos. No se trata de ser o caer en el puritanismo. La verdadera pureza nos libera de los escrúpulos y nos conduce a la finura interior, con la confianza de poderla vivir siempre en las circunstancias en las que se desenvuelve nuestra vida.

Les dijo: ¡cobardes! ¡Hombres de poca fe!


  En el evangelio de Mateo en el capítulo 8,23-27, se nos presenta, si se quiere, una escena evangélica muy simpática. Se nos narra que Jesús sube a la barca junto a los discípulos y como todo ser humano, se hecha a dormir porque está cansado, agotado. Esto es muy importante tenerlo en cuenta ya que se nos presenta a Jesús en una actitud muy humana; recordemos que las mismas Sagradas Escrituras nos dicen de Jesús que en todo se asemejó a nosotros, menos en el pecado. Jesús fue tan humano como cualquiera de nosotros, simples mortales; al igual que nosotros, también siente el cansancio de toda una jornada de trabajo, y es lógico que, agotado, quiera descansar. Además, no es el único pasaje del evangelio en el que se nos muestra a Jesús asumiendo esta actitud. Es como si se nos quisiera hacer ver una intención muy a propósito de Jesús.

  En este pasaje evangélico, tenemos por un lado a los discípulos, hombres diestros en las cosas del mar, ya que ellos se dedicaban al oficio de la pesca. Este pasaje evangélico es a lo mejor paradigmático, ya que estos hombres no sólo debieron experimentar estas situaciones en el mar una sola vez; de seguro la vivieron muchas veces; pero ahora está la particularidad de que está presente el Señor. Estos hombres, adentrados en el mar, sienten los embates de los fuertes vientos y el fuerte oleaje que golpean la barca sintiendo la sensación de que la misma quisiera hundirse. Y esto es lo que le dicen a su Maestro: Señor, ¡sálvanos, que nos hundimos! Por el otro lado esta precisamente Jesús, agotado por el cansancio, está sumido en un profundo sueño ya que estos embates contra la barca no lo despertaban; fueron sus discípulos que lo despertaron.

  Los discípulos están asustados, temerosos, no saben qué hacer para poder seguir adelante en su travesía. Es entonces cuando van con el Maestro, lo despiertan y le gritan que haga algo. En lo personal  así también es nuestra vida. Cuántas veces no hemos tenido que enfrentar en nuestro caminar esos fuertes vientos y tempestades de nuestros dolores, sufrimientos, pruebas, tentaciones, problemas, etc., que zarandean y golpean nuestra vida fuertemente y nosotros llenos de miedo no sabemos qué hacer y nos desesperamos; miramos para todos lados y no vemos salida, no vemos la luz al final del túnel. En medio de la desesperación le gritamos a Dios que nos ayude, que nos salve porque nos hundimos, nuestra vida sentimos que se nos va, la perdemos, perdemos la batalla. Pero el Señor, al igual que a los discípulos nos dice “gente de poca fe”. Fijémonos que el Señor no les reclama a los discípulos que no sientan miedo; de hecho, el mismo Jesús experimento el miedo. Lo que les reclama es que se dejen dominar por el miedo, porque los inmoviliza, los frisa, no los deja avanzar ni en la vida ni en la fe ni en la vida espiritual. Que aprendamos más bien a confiar, porque no estamos ni caminamos solos en la vida. Él lo prometió que estaría con nosotros siempre; pero tenemos que creerlo y dejar que se acerque y nosotros acercarnos.

  En cuanto a lo eclesial, la imagen de la barca es imagen de la Iglesia; el mar es imagen del mundo donde hay toda clase de peces. En la barca hay uno que lleva el timón, pero otro es el capitán, y el timonero guía la barca por donde le manda el capitán; no por donde el timonero le da la gana de llevarla. Hay otros que van en la barca haciendo otras labores, necesarias todas. Así va la Iglesia: Pedro es el timonero, y sus sucesores, los papas; pero Jesús es el capitán y es el que dice al timonero por donde guiar la Iglesia. Los discípulos, a pesar del miedo que experimentaron, no se lanzaron al mar porque lo cierto es que, a pesar de los fuertes vientos y embates del mar, están a salvo en la barca. Pues en la Iglesia, la gran familia de Cristo, nos pasa igual: a pesar de los embates contra ella, de las persecuciones, si permanecemos en ella estaremos seguros; llegaremos a puerto seguro, estamos a salvo; porque Jesús prometió que a su Iglesia nada ni nadie la podrá destruir. No se trata de lanzarnos al mar, abandonar la Iglesia a pesar de los problemas que encontremos en ella. En el mar, fuera de la Iglesia estamos a merced del maligno y de sus embates y fácilmente morimos, nos ahogamos.

  En nuestra vida y en la misma Iglesia encontraremos estas situaciones. Cristo dijo que tuviéramos ánimo ya que Él ha vencido al mundo, al pecado y la muerte, y ese mismo sería nuestro triunfo si permanecemos fieles a Él y a sus enseñanzas. Pidamos a Jesús siempre que nos dé fortaleza para permanecer en sus caminos, porque es el que nos conduce al Padre y por el cual tenemos acceso al Él.


jueves, 8 de noviembre de 2018

Vio Jesús a un hombre llamado Mateo… y le dijo: Sígueme.


En el evangelio de san Mateo, leemos en el capítulo 9, 9-13, cuando Jesús se acerca a este “publicano” (pecador público), que está sentado en la mesa del cobro de los impuestos, y sin iniciar ningún diálogo le dirige una sola palabra: sígueme. Hemos de imaginarnos que Mateo quizá nunca había visto al Maestro en persona hasta ese momento; quizá sí oyó hablar de un tal Jesús que hacía milagros y que hablaba como ningún otro maestro, etc. Pero ya se le presenta la ocasión de conocerlo y tenerlo cara a cara. El mismo pasaje del evangelio nos dice que este hombre era un publicano cobrador de impuestos. Pero, ¿cobrar los impuestos es malo? No. Lo que sí es malo es cobrar lo injusto para después embolsillarse una buena parte; además, éste estaba al servicio del Imperio Romano, del Emperador, peor todavía. Entonces era señalado como un pecador público.

  Pensemos en las posturas que asumen tanto Jesús como Mateo. Primero, dice el pasaje evangélico que Mateo estaba “sentado” a la mesa de recaudación de los impuestos. Esa postura de estar sentado nos hace pensar que es la misma postura que asumimos nosotros de comodidad con respecto al pecado: mucha gente le gusta estarse revolcando como los cerdos en el lodo mal oliente, putrefacción, etc.; gente que se goza nadando en las aguas turbias; vigilando lo propio, lo suyo, sus pertenencias para que nadie se las toque, pero ellos sí tocan las de los demás y con la intención de despojarlos de las mismas, aun sabiendo que es injusto. Diciéndolo de una manera llana sería el “no cojo corte con lo mío, pero sí corto lo de los demás”. Jesús llega a él en ese momento y lo mira con una mirada fija, penetrante y de misericordia. Le dirige una palabra “sígueme”. Hay que pensar no tanto en la palabra que Jesús le dijo a Mateo, sino más bien es pensar y reflexionar en cómo Jesús le dijo esa palabra; a lo mejor se la dijo de una manera que caló en lo más profundo del corazón de este hombre que se sintió impulsado a dejarlo todo y aceptar la invitación a seguirlo. Jesús conoce muy bien la situación de aquel hombre, pero no le importa; lo llama a seguirle.

  Sigue narrando el pasaje evangélico que Mateo “se levanta y dejándolo todo, lo sigue”. Se levanta de aquello que significa esa mesa y oficio. Ya Jesús en una ocasión nos dirá que todo aquel que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que la pierda por Él y por evangelio, la encontrará. Esto fue lo que sucedió en Mateo: abandonó sus seguridades y las puso en Jesús. Así nos pasa a muchos de nosotros: queremos seguir al Señor, pero con nuestras seguridades; con nuestras cosas agarradas. Recordemos el pasaje del evangelio de san Juan del joven rico que le preguntó al Señor qué tenía que hacer para ganarse la vida eterna, el Señor le contestó que vendiera todas sus posesiones, la compartiera con los pobres y luego lo siguiera; pero aquel joven no quiso aceptar la invitación del Señor porque estaba muy aferrado a sus posesiones. No era él el que poseía las cosas; más bien, eran las cosas las que lo que lo poseían a él.

  El novelista inglés Aldous Huxley, en su novela Un mundo feliz, nos dice: “si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y esfuérzate por comportarte mejor la próxima vez. Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse”. Y es que nosotros también debemos de aprender a levantarnos del fango de nuestro pecado, para que, escuchando el llamado del Señor, aprendamos a dejarlo todo para seguirlo. Abandonar nuestras seguridades para asegurarnos en lo que nos da el Señor, porque es que el Señor es nuestro verdadero tesoro; es el tesoro que nada ni nadie puede robar ni destruir. Pues Mateo así empezó a acumular su tesoro en el cielo.

  La otra idea importante que nos dice este pasaje evangélico, es que Jesús, -como respuesta a los fariseos que lo criticaban por esta acción de juntarse y comer con publicanos y pecadores-, les dice que son los enfermos los que necesitan al médico, no los sanos. Bueno, pues es que nosotros estamos enfermos por la enfermedad del pecado, y Jesús es nuestra sanación. Fue la sanación de Mateo y tantos otros enfermos del pecado. Mateo, al escuchar el llamado del Señor, levantarse, dejarlo todo y seguirle, empezó a sanar. Lo mismo nosotros: hemos recibido un llamado del Señor a seguirle, pero es un llamado que exige nuestra respuesta personal y, al igual que Mateo, encontrar en Jesús aquel que nos puede y de hecho nos sana de la enfermedad de nuestro pecado. Mateo empezó así su cambio de vida, su proceso, camino de conversión. Mateo encontró su lugar en la comunidad cristiana, como lo podemos y encontramos cada uno de nosotros, porque Dios ama al pecador, pero rechaza el pecado; ama al enfermo, pero sana de la enfermedad del pecado.

  Los sacrificios que cada uno de nosotros hagamos tienen que ir acompañados del amor que nace de un corazón bueno, pues la caridad ha de informar toda la actividad del cristiano, y de modo particular, el culto a Dios.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

El neo lenguaje o lenguaje inclusivo


Desde que la izquierda moderna se decidió a meterse a la fuerza e imponer su nueva manera de ver la vida o la realidad, han venido destrozando, cual espada de Democles, todo lo que a su paso encuentran para darle un nuevo giro o sentido a lo que no lo tiene. Hoy se denuncia mucho que el sentido común es el menos común de los sentidos; y en esto los promotores y apañadores de esta nueva izquierda se pintan solitos. Se han metido de lleno hasta las más altas esferas, sobre todo de la política, -y con fuerte respaldo económico de organismos internacionales como la ONU, UE, BM, FMI, BID,- para desde ahí imponer su avasalladora forma o manera de percibir la realidad con su nueva visión que raya muchas de las veces en la idiotez, imbecilidad, estupidez y la sinrazón. Y  es una realidad que en este mundo hay muchas estupideces e idioteces, y las mismas las promueven los idiotas y estúpidos; por lo tanto, en el mundo actualmente hay muchos idiotas y estúpidos. Y lo peor de esto es que quieren imponerles sus idioteces al resto de la humanidad de una forma irracional. Es lo que muchos han llamado como lo políticamente correcto. Pues lo mejor que podemos hacer es declararnos “políticamente incorrectos”.

  Desde hace tiempo venimos soportando un sin número de cosas que cuando nos detenemos a analizar y reflexionar en las mismas, no queda más que la pregunta: ¿A dónde diablos es que estos grupitos nos quieren llevar? Pero también: ¿Por qué nos dejamos dominar, avasallar e imponer sus estupideces? ¿Es que el resto de la población no razonamos? ¿Por qué tenemos miedo a enfrentar a estos grupitos y decirles en su cara que ya basta de sus estupideces irracionales? ¿Por qué los que representan el poder político doblan la muñeca tan fácil ante estos grupitos de gente que parecen que no tiene nada que hacer más que estarle fastidiando la vida a los demás con sus antojos, idioteces y estupideces?

  Todo lo anterior viene al caso por el asunto de que ahora nos han metido o llevado por un derrotero más, una estupidez más: el asunto del lenguaje inclusivo. Primero aclaremos esto desde el uso correcto del lenguaje: si el participio activo del verbo “atacar” es “atacante”, y del verbo “existir” es “existente”; entonces ¿cuál es el participio activo del verbo “ser”?: “ente”, que significa “el que tiene identidad”. Por esto, cuando queremos nombrar a la persona que ejerce acción, se añade la terminación “ente”. Así entonces tenemos que, al que preside se le llama presidente y no presidenta; independientemente del género; lo mismo pasa con la palabra “estudiante” y no “estudianta”; el participio activo del verbo “cantar” es cantante, no cantanta; se dice capilla ardiente, no capilla ardienta; se dice adolescente, no adolescenta; se dice paciente, no pacienta; se dice dirigente, no dirigenta; etc. En estos casos, el género lo indica el artículo.   Dicen los partidarios de esta estupidez que la lengua castellana es una lengua machista. Pero ¡por Dios! Con respecto a esto se ha pronunciado la Real Academia Española (RAE), para denunciar y condenar esta nueva manera de presentar y de maltratar nuestra lengua castellana. Precisamente, en España es donde esta aberración y estupidez está avanzando más. Se está tratando de someter un proyecto de ley para cambiar la Constitución española y quitarle todo ese conato de lenguaje machista que tiene la misma y que utilice un lenguaje más inclusivo.  Aquí en América Latina tenemos el caso de la ex presidente de Argentina Cristina Kishner que en sus discursos ya utilizaba esta manera de hablar, cuando decía: todos y todas, estudiantes y estudiantas; jóvenes y jovenas; lo mismo sucede en el régimen socialista del presidente Maduro en Venezuela; está el caso de la portavoz en el Congreso español del partido Podemos, Irene Montero, que utiliza las palabras jóvenes y jovenas,  portavoces y portavosas. Esto raya en la ridiculez. Y es que el político, pero también toda persona que no se adhiera a esta manera del lenguaje, está en contra de la igualdad de género y del movimiento feminista. Y es que estos grupos ideológicos feministas de extrema izquierda ven el machismo hasta en la sopa; tienen una obsesión tan marcada contra el machismo o el heteropatriarcado, que no les deja ver más allá de sus narices.

  También estos paladines de este neo lenguaje ya se les escucha hablar así: queridos, queridas y querides; amigos, amigas y amigues. Hace un tiempo atrás se intentó usar la “@” y la “X”, pero como eran imposible pronunciarlas, pues la cambiaron por el uso de la “e”. Así, en la Argentina, parte de la clase política se refieren a sus colegas como “les diputades indecises”. Pero, ¿de quién fue esta flamante idea de deconstruir, desdoblar el lenguaje?  La que inició con esto fue la ex presidente de Islandia, Vigdis Finnbogadottir, y que tiene una presencia cimera en la ONU como embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO; y que,  con la intención de deconstruir la educación para dar paso a todo esto de la ideología de género, pues se le ocurrió que hay que destrozar el lenguaje para hacerlo más genérico. ¿Qué pensaríamos de una persona que ante un público de diferentes edades y sexo y profesiones u oficio, hablara de esta manera: “la pacienta era una estudianta adolescenta, sufrienta, representanta, integranta e independienta de las cantantas y también atacanta y la velaron en la capilla ardienta ahí existenta?”. Ya lo dijo el gran filósofo danés y luterano Soren Kierkegaard: “El sufragio universal ha establecido la hegemonía de la idiotez”.

  En español el plural masculino implica ambos géneros gramaticales. Así que al dirigirse al público no es necesario ni correcto decir “dominicanos y dominicanas, niños y niñas, hermanos y hermanas”. Y es que a eso vamos a la escuela y colegios: a aprender el uso correcto del lenguaje. Hoy en día, políticos e ignorantes comunicadores continúan con el error. Decir ambos géneros es correcto sólo cuando el masculino y el femenino son palabras diferentes, por ejemplo: mujeres y hombres, toros y vacas, damas y caballeros.

  En conclusión, abogamos por el uso correcto de nuestro lenguaje. Allí donde haya que diferenciar los hombres de las mujeres, pues que se haga; pero allí donde no sea necesario hacer esta distinción, pues que también se haga. No se trata de caer en un “quítate tú para ponerme yo”, en lo que al uso de las palabras se refiere. Se trata de ser correctos a la hora de hablar.

La Dirección Espiritual nos lleva hacia la docilidad.


“No confíes en que vivan mucho tiempo, ni creas que terminarán bien. Vale más hijo dócil que mil que no los son; vale más morir sin hijos que tener hijos insolentes” (Eclo 16,3).



  Según el diccionario, la docilidad es el carácter del que es fácil de educar o dirigir; y también carácter del que cumple lo que se le manda. Va muy relacionado a la obediencia: la persona dócil es una persona obediente.

  En el libro de los Reyes se nos narra la historia de un general sirio llamado Naamán, que estaba enfermo de lepra, que oyó a una esclava hablar de un profeta de Israel con poder para curarle ese mal. Así que se puso en camino con sus soldados y llegó frente a la puerta de Eliseo. Este le mandó a decir que se fuera a bañar siete veces en el Jordán y así su carne quedaría sanada. Este general no ocultó su molestia porque pensó que el profeta le había hecho un desplante y lo irrespetó al no recibirlo; se enojó con el profeta. Uno de sus servidores lo convenció de que cumpliera con lo mandado por el profeta puesto que no era nada complicado; éste reflexionó y cumplió con el mandato del profeta y su carne quedó curada. Esta actitud es lo que podemos decir que la asumió con docilidad y humildad, que desde su punto de vista parecía inútil. Tuvo una buena disposición interior y así las palabras del profeta Eliseo se cumplieron en él.

  La docilidad es una de las virtudes que nos enseña el mismo Señor Jesucristo. Se habla muchas veces de la docilidad al Espíritu. El Papa Francisco, al canonizar al Papa Juan XXIII, lo describió como el “Papa de la docilidad al Espíritu”. Era el hombre, el sacerdote, el sucesor de san Pedro, vicario de Cristo…dócil al Espíritu. Hombre que se dejaba guiar y obedecía al Espíritu de Dios, al Espíritu Santo. La docilidad es una clara muestra de fe. Jesús en una ocasión dijo que lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Pero esto será posible si nos dejamos guiar y aprendemos a obedecer al Espíritu; si dejamos que la gracia de Dios actuara en nosotros. En la dirección espiritual podemos alcanzar esta virtud que nos llena de la gracia divina. Otro ejemplo de esta docilidad la encontramos en el apóstol Pedro que, después de haber estado toda la noche bregando en la pesca, no pescó nada y cuando obedeció al mandato del Señor de echar las redes al lado derecho de la barca, pescaron tal cantidad de peces que las redes casi se rompían. Por eso, el que obedece no se equivoca, y Pedro supo obedecer al Señor y no se equivocó.

  ¿Y qué decir de lo sucedido con el milagro de la multiplicación de los panes? Primero Jesús confronta a sus discípulos con esas palabras que a lo mejor los dejaron atónitos: “denles ustedes de comer”. Pero más adelante estos cumplen con lo mandado por su Maestro, en actitud de verdadera y profunda docilidad. Ellos pusieron en práctica lo que estaba a su alcance y el Señor Jesús hizo lo demás. Estas palabras nos las dirige el Señor a cada uno de nosotros; nos ubica en la realidad, que es contar con Él, que sigue actuando en nuestras vidas de modos concretos. Nos lleva a que contemos con Él para todo: “sin mi nada podrán hacer”. Otra enseñanza la encontramos en la curación de los diez leprosos. Estos quedaron sanos gracias a su docilidad a las palabras del Señor: sólo les dijo que fueran a presentarse con el sacerdote y por el camino quedaron sanados.

  No podemos dejar de mencionar al impetuoso San Pablo, con su fuerte personalidad y su carácter perseguidor, y que al encontrarse con el Señor en el camino a Damasco, a partir de ahí se convirtió en un apóstol de Cristo. San Pablo fue un hombre dócil al espíritu; pero también hay que resaltar que este hombre de carácter fuerte se dejó guiar, llevar por sus hombres a Damasco en donde Ananías, por revelación divina, le devolvería la vista, y así se convertiría en un hombre nuevo y útil para pelear a favor del Señor y su evangelio.

  La dirección espiritual se llena de frutos con la docilidad. Pero no podrá ser dócil quien se empeñe en ser tozudo, obstinado, incapaz de asimilar una idea distinta a la que ya tiene, o la que le dicta su experiencia. Aquí el soberbio, altanero y orgulloso se le dificultará seguir unos consejos; la vida siempre tiene algo que enseñarnos y solo quien está dispuesto con un verdadero espíritu de docilidad es el que puede aprender de lo desconocido, y reconoce que tiene que ser guiado e instruido. La docilidad requiere además de la virtud de la humildad, ya que nos lleva a sentirnos muy pequeños delante de Dios y necesitados de ayuda.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Santo Padre: No renuncie.


En el evangelio de san Mateo 26,31 se nos narra que Jesús les dice a sus discípulos, -al hablarles de lo que le sucedería en Jerusalén-: “heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.

  Desde hace un par de meses atrás, estamos siendo testigos de una nueva oleada de casos, de acusaciones; más bien de abusos de menores por parte de algunos sacerdotes acusados de pedofilia y también del hecho de encubrimiento de los mismos por parte de obispos y cardenales. Estos casos se han descubierto en el estado norteamericano de Pensilvania. Según el Gran Jurado formado para estas investigaciones, se han detectado aproximadamente más de mil casos, pero solamente se tienen documentación de unos trecientos, y de esos trecientos, solo cuatro están todavía dentro del tiempo de ser juzgados; los demás, ya perimieron. Son casos que datan desde la década de los 70s; muchos de los involucrados, tanto victimarios como víctimas, han muerto. Esta situación ha traído también lo que se podría llamar una cacería de brujas. Una vez más se señala a la jerarquía  católica norteamericana con el dedo acusatorio de su responsabilidad, complicidad y encubrimiento. Y como siempre, el dardo apunta a su cabeza: al Santo Padre.

  El diario norteamericano The Washington Post, -el segundo diario más importante de los Estados Unidos después del New York Times-; publicó en el mes de Agosto un artículo en el que pedía la renuncia del Papa Francisco. Hay que señalar que este diario es favorable a la Iglesia Católica. Pero este diario lo que más bien resalta con este artículo, es el sentir de una gran parte del catolicismo en Norteamérica, -del ala más conservadora-, que estos casos de abusos de menores por parte de algunos sacerdotes, es tan vergonzoso, que pareciera que lo que mejor puede sucederle a la Iglesia Católica es que el Papa renuncie; así, afirma el artículo, le estaría dando a sus opositores la oportunidad de ver a dos Papas eméritos, -Benedicto XVI y Francisco-, y dar oportunidad a una nueva cara fresca al frente de la misma. De hecho, estas ideas no nos pueden sorprender ya que, desde hace mucho tiempo se viene insinuando o cacareando de una posible renuncia al pontificado de Francisco; incluso en ocasiones periodistas le han llegado a preguntar sobre esta posibilidad. Y es que, si Benedicto XVI en su momento no pudo soportar más estar al frente de la Iglesia por todos los casos de corrupción, desorden y pederastia, pues a Francisco le sucedería lo mismo.

  Pero también esto tiene un conato de enfrentamiento entre lo que se ha llamado los dos bandos dentro del Vaticano: el ala tradicionalista o conservadora y el ala progresista o revolucionaria. Recordemos que el Papa Francisco, desde que asumió la guía de la Iglesia, se ha venido destacando por su reforma de la Curia Vaticana; también al mismo se la ha señalado que lleva a la Iglesia por un camino más progresista, más de avanzada, cosas que rayan muchas de las veces en una cierta apariencia de traición a la sana doctrina evangélica y eclesial de salvación de las almas; por una visión más social y de asistencialismo.  Por supuesto hay quienes no lo ven así y más bien lo aplauden y apoyan. Resalta mucho en esta situación, una carta que le dirigiera el ex nuncio apostólico en Estados Unidos, Mons. Carlos María Viganó al Papa Francisco, en donde lo acusa de encubrimiento de la conducta sexual inmoral del ex cardenal de Washington Monseñor Theodore McCarrick y le solicita que renuncie al pontificado. Esta carta ha tenido el apoyo de varios cardenales dentro y fuera de los Estados Unidos, pero también se han manifestado dentro y fuera del país muchos cardenales y conferencias episcopales, como la de España y el CELAM, en apoyo al santo Padre, que no hay que entenderlo como un “no haga nada, hágase el desentendido, mire para otro lado”.

  Sea cierto o no la veracidad de estos casos de abusos de menores por parte de algunos sacerdotes, es vergonzoso y execrable; no tienen defensa alguna. La Iglesia de Cristo se ve una vez más en el ojo del huracán y sus enemigos están aprovechando la ocasión para enfilar sus ataques. Es verdad que la pedofilia no es exclusiva de la Iglesia Católica. En otras instituciones humanas este flagelo está presente. Esto no debe ser un consuelo ni una justificación. El papa Benedicto XVI lo dijo en su momento, y Francisco por igual: “un solo caso de abuso es demasiado”. ¿Qué tiene que seguir haciendo la Iglesia al respecto? ¿Abolir el celibato? ¿Cortarle la cabeza en la plaza pública a los sacerdotes pedófilos? ¿Renunciar el Papa? ¿Que desaparezca la institución eclesial? Ninguna de éstas. Lo que tiene que seguir haciendo es endurecer más su política de “cero tolerancia”; seguir colaborando con las autoridades civiles para el esclarecimiento de los casos; ser más estricta en el discernimiento de los candidatos al sacerdocio ministerial, etc. Tenemos que llegar a la verdad de esta desgracia; tenemos que asumir la crudeza de esta situación, incluso con esperanza; no como consuelo. Vemos aquí, por un lado, cómo se está acusando y señalando a la Iglesia Católica de ser permisiva y laxa con la conducta sexual inmoral de algunos de sus sacerdotes y se le exige que actúe en consecuencia; pero por otro lado, vemos también cómo, en muchas sociedades, se viene normalizando esta conducta depravada, impuesta en la educación, la política, los medios de comunicación, el mundo del entretenimiento, etc.; y muchos no dicen nada, más bien lo aplauden porque dicen y defienden la pedofilia como un derecho. Y es que en el mundo, el panorama de los abusos sexuales a niños, niñas y adolescentes, fuera de los ámbitos de la investigación, es desconocido. La pedofilia es un mal que atraviesa diversos estratos sociales: un 97% se produce en las familias; 2% en ámbitos escolares y 1% en ámbitos religiosos, recreativos y deportivos. Así también, el mercado de la pedofilia asume cuatro formas, que son: 1- prostitución infantil; 2- pornografía infantil; 3- el tráfico de niños y niñas, y 4- el turismo sexual pedófilo. Según un informe de la UNICEF de 2006, alrededor de un millón ochocientos mil niños, niñas y adolescentes en todo el mundo son absorbidos por el comercio sexual, víctimas inocentes que amenazan sus vidas; un flagelo e industria que mueve miles y miles de millones de dólares al año.

  No cabe dudas que en todo esto los que van ganando son los degenerados. El poder está en manos de personas malas, que no dudan en mentir, engañar, robar, matar y destruir sociedades enteras. La pedocriminalidad, -como afirma la escritora española Pilar Baselga-, existe porque miles de personas colaboran, encubren o hacen de la vista gorda para que podamos seguir tranquilos con nuestras vidas más o menos mediocre. Pero ¿por qué es tan profundo y tan lucrativo este flagelo de la pederastia? Porque se trata de hacer el mayor daño posible. No hay mayor mal que hacerle daño a un niño inocente, por eso el daño que se le inflinge a los niños por nacer con el aborto, ya que no hay nada más puro que un recién nacido. Violarlo es lo peor, analmente todavía peor.

  No podemos seguir mirando para el otro lado ante este flagelo, porque estos delincuentes seguirán violando y matando. Estamos en un proceso arduo, permanente y profundo de purificación. Es doloroso pasar por el fuego para purificarnos, pero tenemos que hacerlo si queremos seguir siendo luz para el mundo. El Papa Francisco no debe renunciar al ministerio que Cristo le ha confiado, de ser pastor de SU Iglesia. Cristo prometió, en la persona del apóstol Pedro, que rogaría a Dios para que su fe no desfallezca y pueda seguir confirmando a sus hermanos en la fe. El Santo Padre no está solo en este camino de cruz, dolor y sufrimiento. Desde que fue elegido para este ministerio y hasta el día de hoy, ha pedido y pide que oremos por él. Es lo que debemos seguir haciendo. La oración nos da fortaleza.