martes, 21 de enero de 2020

Homilía en la Solemnidad de nuestra señora, La Virgen María De La Altagracia 2020: Protectora del pueblo Dominicano


En el pasaje del evangelio que nos narra la expulsión de los mercaderes del templo hecha por Jesús, una de las razones que presenta el Señor a sus oyentes es que el templo es casa de oración. Esto quiere decir que el templo es lugar de encuentro con el Señor en un ambiente de fe y oración, de diálogo confiado entre dos personas, dos amigos; el templo es el lugar privilegiado donde nos reunimos para celebrar nuestra fe. El Señor nos espera cada día en la sagrada eucaristía. La presencia maravillosa de Cristo en el sagrario en medio de nosotros debe renovar cada día nuestra vida. Cuando le recibimos y le visitamos, podemos decir con toda seguridad: hoy he estado con Dios. Estar en la presencia del Señor ante el sagrario, es estar, - a imitación María, su madre-, meditando y guardando todas estas cosas en nuestro corazón; también como la otra María, -hermana de Martha y Lázaro-, estar a los pies del Maestro, en contemplación, escuchando su palabra y su enseñanza, porque hemos sabido elegir y escoger la parte mejor, la que no se nos quitará. Es también la actitud de dar gracias al Señor por las bendiciones recibidas. El hábito de Jesús de dar gracias nos dirige a tomar la decisión de ser agradecidos con Dios en cualquier situación, creyendo que Dios está por encima de todas las situaciones. Dar gracias es una opción, no un sentimiento. Los enemigos de dar gracias son: el quejarse, tomar las bendiciones de Dios como algo obligatorio, la falta de fe, el pesimismo y el egoísmo. Dios no nos debe nada a ninguno; pero sí nosotros le debemos todo a Dios. Su gratuidad sigue siendo y será para cada uno un gran don de su infinita misericordia e infinito amor.

  Estos tiempos que estamos viviendo no dejan de ser y presentarnos a todos, en lo personal, social y eclesial grandes retos y desafíos que de alguna manera tocan nuestro ser cristiano, nuestra fe y nuestro compromiso apostólico. Estamos viviendo lo que el escritor español José Javier Esparza ha llamado como “La civilización más materialista de todos los tiempos. Esta es una civilización que descansa, sobre todo, en la eficacia técnica-material, la eficacia tecno-económica”.

  En lo que respecta a nuestra sociedad dominicana, este año se nos presentan y, por lo tanto, experimentaremos una vez más, el tener que elegir, por medio del voto, a nuestras autoridades. Siempre hemos escuchado a muchos decir, a manera de queja, que no van a ejercer ese derecho al voto, porque ya están hartos de los entuertos, trapacerías y corruptelas de los actores políticos. Cada cual tiene o tendrá su manera de ver y asumir su postura ante este hecho y otros más. Pero lo cierto es que, todos tenemos un deber cívico de ser los protagonistas de nuestro futuro como nación. Tenemos el deber y el compromiso de votar cada uno por sus convicciones. Aquí recuerdo las palabras del poeta, ensayista, periodista y humanista estadounidense, Walt Whitman, que dijo: “Los peores gobernantes son elegidos por los buenos ciudadanos que no votan”. Tenemos que luchar contra los enemigos de la desconfianza, el desacuerdo, la culpa y la ignorancia. Las leyes nos permiten vivir en una sociedad civilizada. En lugar de estarnos quejando del gobierno, comencemos por dar gracias a Dios por nuestro país. Recordemos que nosotros somos cristianos, ciudadanos del cielo, pero también somos parte de esta nación en la que hemos nacido, crecido y desarrollamos. Y es que, un buen cristiano, es también un buen ciudadano.

  En lo que respecta a nuestra condición de miembros de la Iglesia, desde hace ya un buen tiempo atrás, se ha venido denunciado la triste realidad que viene enfrentando y golpeando a la vez la Iglesia de Cristo. Hoy se denuncia la situación a la que está siendo sometida la Iglesia, con lo que el ex prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, cardenal Gerard Müller, ha denunciado como “el afán o intención de muchos miembros de la Iglesia de querer llevarla a acomodarse al espíritu del mundo”. Hoy en día muchos quieren una iglesia moderna, a tono con los tiempos; otros afirman que la iglesia debe de discernir los signos de los tiempos, y estos tiempos modernos exigen y reclaman que la Iglesia de Cristo se amolde al mismo, asumiendo todo aquello que el mismo Señor combatió como manifestaciones del espíritu del mundo, del padre de la mentira. Lo peor de esta situación es que son fomentadas, alentadas, defendidas y justificadas por algunos pastores que se han adueñado del evangelio de Cristo y están cediendo a los impulsos del demonio. Ellos se encaminan hacia el infierno y están arrastrando otras almas con ellos. Los cristianos, hace tiempo ya, que solo ven en sus pastores a hombres en busca de poder; porque éstos han olvidado que el poder y la autoridad son para servir en la Iglesia. El pastor posee, por el sacramento del Orden, el poder y la autoridad de Cristo, que es servidor y como tal debe ejercerla. Debe despojarse de todo el ser, las ideas personales, de las preferencias y los gustos para hacerse humilde servidor de la salvación de todos. Es Jesucristo que edifica a su Iglesia con la Palabra y la Eucaristía. Decía Benedicto XVI: “Lo que necesita la Iglesia para responder en todo tiempo a las necesidades del hombre es santidad, no administración”. ¿Qué es lo que está en crisis hoy en día? No son las instituciones ni las estructuras, sino nuestra fe y fidelidad a Cristo. Si el cristianismo pacta con el mundo en lugar de iluminarlo, los cristianos no somos fieles a la esencia de nuestra fe. La tibieza del cristianismo y de la Iglesia provoca la decadencia de la civilización. Recordemos las fuertes palabras del Apocalipsis de que a los tibios los vomita el Señor.

  En el evangelio de la misa de hoy, hemos escuchado que el Señor envió al ángel Gabriel, -que significa “fuerza de Dios o, Dios es mi fortaleza” -, a una joven virgen, de una ciudad pequeña, que por su pequeñez era a los ojos de las demás naciones insignificante; pues de esta virgen pobre y de esta pequeña ciudad saldría el Mesías de Dios. Así mismo ha querido el Señor visitarnos a nosotros, el pueblo dominicano, por medio de la madre de su Hijo, la virgen María de la Altagracia; la mujer de la más alta gracia y bendición entre los demás. Dios, por medio de su ángel, habita en el interior de María, en su corazón, tal como lo dirá más adelante el mismo Jesucristo: “Mira que estoy a la puerta, tocando; si tú me abres, mi Padre y yo vendremos y haremos en ti nuestra morada”. El corazón humano es el lugar privilegiado de la presencia Trinitaria; quiere hacer de nosotros un sagrario permanente de su presencia santificadora. Así, nos llena de alegría, gozo y felicidad; nos hace a nuestro pueblo dominicano, una nación bendecida, dichosa, bienaventurada. María de la Altagracia es la puerta por la cual el Hijo de Dios se ha hecho presente en la historia de nuestra nación. Dios, por medio de María de la Altagracia, camina con nuestro pueblo dominicano en sus luchas diarias: en sus sufrimientos, inquietudes, anhelos, proyectos y metas; María de la Altagracia es la puerta de entrada para nuestro pueblo dominicano por la cual Cristo se hace presente, a pesar de que gran parte de sus hijos, quieren vivir sin Dios.

  Por otro lado, descubrimos en este pasaje del evangelio el deseo y anhelo de María de querer ser madre; el anhelo de toda mujer de vivir la experiencia de sentir cómo se va desarrollando la vida de otro ser humano en su vientre, alimentándolo de su propia sangre. No le importó a María las consecuencias que esta aceptación de la voluntad divina le traería; por eso, ella sabe muy bien en quién cree y confía, y se abandona a las manos del Dios todopoderoso; puede que haya sentido el miedo, pero no se dejó dominar por él. ¿Cómo contrasta todo este deseo de la madre del Hijo de Dios con lo que actualmente estamos viviendo en nuestra sociedad, con relación a la maternidad? Hoy en día estamos siendo testigos del desprecio que hay en muchas mujeres para no convertirse en madres; hoy se presenta la maternidad como un obstáculo al desarrollo personal; se presenta la maternidad como una esclavitud deseada y propiciada por el hombre para mantener dominada y sumisa a la mujer. Para estos grupos feministas radicales y manipuladores, la maternidad no es más que una retranca de la cual toda mujer tiene que liberarse, porque la consideran una maldición. Nuestra Constitución establece la protección e inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural; pero hemos llegado al descaro, como sociedad, de ver cómo se está ofertando a todas luces y sin consecuencias jurídicas, talleres de formación basados en la falacia de aborto seguro y el uso de anticonceptivos, en franca violación a la misma Constitución, como un medio para ayudar a la mujer para que asesine a sus hijos en el vientre. Siempre es bueno recordar que, cuando una mujer decide embarazarse, se convierte en madre para siempre, y lo que ella tiene que decidir es si quiere ser madre de su hijo asesinado o madre de su hijo vivo.

  Nuestra nación, hace tiempo que viene siendo sometida de diferentes modos a un proceso de ir sacando a Dios de su camino, y esto traerá consecuencias serias para nosotros. Denunciamos aquí los acuerdos a lo que se están comprometiendo algunos candidatos a cargos públicos y sus partidos, de implementar la llamada perspectiva de género en las instituciones públicas, y que no es más que una especie de caramelo envenenado que ofrecen e imponen países, organismos internacionales y ongs, para socavar los cimientos, valores y principios en los que está fundamentada nuestra nación dominicana. Y ojo, ¡que estos acuerdos no son para nada gratuitos! Como siempre, hay mucho dinero de por medio. En todos nosotros, los seres humanos, hay un deseo inextinguible de infinito que no lo podemos apagar ni expulsar de nuestro interior. No hay duda de que una vida sin Dios es una vida limitada, una vida superflua; una vida que busca su sentido en ideologías que han fracasado siempre porque son insatisfechas. María de la Altagracia nos lleva, nos guía al infinito de Dios, la satisfacción plena de infinito que no termina en Dios, sino que comienza en Él.

  Nuestra fe y pertenencia a la Iglesia no deben llevarnos jamás a perder de vista que predicamos a Cristo y su evangelio, en la fidelidad de su Iglesia. Ninguno de nosotros jamás debe buscar ni fomentar ni querer vivir su propia Iglesia; no es la Iglesia ni la doctrina que proclama las que tienen que adaptarse a nosotros; es al revés; caminar para donde camina la Iglesia de Cristo, que la guía en la verdad y hacia puerto seguro; no se trata de imponer nuestras ideas, criterios ni costumbres. La Iglesia y nuestro pueblo dominicano tienen necesidad de santos, y éstos no caen del cielo, porque ¡los santos no nacen, se hacen! Los cristianos tenemos que ser el perfume de Dios. Todos los que somos de Dios y trabajamos para su gloria y para la salvación de las almas, hemos de ser como una ofrenda del suave olor, agradable ante Dios. Tenemos que seguir dejándonos amar por Dios para amarlo a él; tenemos que seguir enseñando a los demás a amar a Dios; tenemos que seguir aprendiendo entre nosotros a amarnos como Cristo nos ama. Esto es lo que cambia y transforma el corazón de la persona y hace que el evangelio de Cristo sea creíble. Porque si el corazón de la persona no se transforma, su realidad tampoco se transformará.

  Necesitamos seguir profundizando en el silencio interior; seguir madurando nuestra fe y compromiso cristiano; seguir creciendo en nuestro interior. No estamos aquí para perder el tiempo: la escucha y la reflexión de la palabra de Dios, la oración, los sacramentos, la reflexión sobre nosotros mismos, el estudio, la lectura, la formación, etc., serán necesarias para seguir creciendo, para dar consistencia a nuestra fe y compromiso eclesial, para seguir madurando como personas y como cristianos. Tenemos el Espíritu de Dios que nos llena de su vida y su presencia y nos llamó sus hijos amados y predilectos. Tenemos que seguir siendo instrumentos de Dios para que otros se acerquen a Él; a nosotros no nos toca decidir quien sí y quien no puede buscar a Dios y su amor.

  Propongámonos hacer el esfuerzo de preocuparnos de nuestra formación cristiana, para que nuestra fe y nuestra vida interior madure y tenga consistencia. Procuremos hacer siempre el bien y poner el corazón en ello para que así, nuestro pueblo dominicano, pueda estar lleno siempre de la gracia de Dios que nos comunica por medio de la Madre de su Hijo, María de la Altagracia.



¡Que así sea!

viernes, 6 de diciembre de 2019

El sacerdote: hombre sabio.


Sabemos que el hombre, al ser revestido del don del Espíritu Santo, es colmado también de los dones del mismo Espíritu. El sacerdote es el hombre del Espíritu Santo: “… después del saludo, el Señor sopló sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo…” El Espíritu es el que da vida; es el medio por el cual nosotros permanecemos en contacto, en relación con Dios. Pero también es por medio del Espíritu Santo que Dios actúa en nosotros y a través de nosotros. Nuestro Señor Jesucristo ya había dicho a los discípulos que era necesario que él regresara al Padre porque así podría enviarles el abogado, el defensor, el intercesor…el Espíritu Santo. Es por medio de este Espíritu que el Señor entonces nos colma de sus bienes y sus dones. Cuando nosotros fuimos bautizados, el gran regalo que recibimos de parte de Dios es precisamente el Espíritu Santo; pero en los demás sacramentos también recibimos esa gracia especial que se sigue manifestando por medio del Espíritu Santo.

  En el sacramento del Orden, los que hemos sido revestidos de él, el Espíritu Santo nos arropa de una manera especial o, si se quiere, de una manera muy particular. El Espíritu Santo se posa en nosotros, habita en nosotros y nos colma con sus diferentes dones para que actuemos como los fieles discípulos de Cristo y nos convierte en sus instrumentos para que podamos enseñar con autoridad la palabra de Dios; podamos perdonar los pecados en su nombre y podamos consagrar su cuerpo y su sangre en el sacrificio eucarístico. Pero también nos colma de virtudes, como lo es su sabiduría.

  Mirando a las Sagradas Escrituras, nos encontramos con que el rey Salomón gozó de manera particular del privilegio divino y fue revestido de una manera muy particular de la sabiduría. De hecho, al rey Salomón se le reconoce y se celebra como el “rey sabio”. Es muy característico el pasaje de las Sagradas Escrituras en el cual este hijo de David que, a la demanda de Dios de “pídeme lo que quieras”, éste le pide lo esencial para gobernar: no le pide larga vida, ni victorias, ni días felices, ni riquezas, sino la sabiduría en el juicio, a fin de gobernar bien y de acuerdo a su voluntad, al pueblo que Dios le confió: “Y ahora, Señor Dios mío, has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David, a mí, que soy apenas un muchacho y no sé valerme por mi mismo… concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal” (1Re 3,7-9). Salomón pide esta sabiduría no para su propio beneficio, sino para beneficio del pueblo que gobernará; una sabiduría que le consienta la buena administración de lo que se le ha confiado, porque, como administrador, se le pedirá cuentas de su administración. Salomón se visualiza ante Dios como lo que es: un instrumento en sus manos y así entonces ve la necesidad de actuar de acuerdo a la voluntad del Dios único y verdadero.

  Podríamos preguntarnos el por qué esta oración de Salomón agradó a Dios: Salomón comprendió la grandeza e importancia de la misión que Dios le confiaba y se presenta ante ese Dios como lo que es, una criatura limitada y, por lo tanto, asume una actitud humilde y ésta le enaltece ante Dios; por eso es que el mismo Señor Jesucristo ya nos recordará en el evangelio que todo aquel que se humille será enaltecido, y todo aquel que se enaltezca será humillado. Pues Salomón fue enaltecido por Dios al asumir una actitud humilde, que no lo llevó a presumir de sus propias fuerzas y por eso invoca la ayuda del Dios de Israel. Si es verdad que por el hecho de escudriñar los conocimientos que hay en el mundo podemos llegar a obtener sabiduría; la verdadera sabiduría nos viene dada por el conocimiento y relación cercana por medio de la oración verdadera y convencida, que surge de la humildad de saberse débil y abrirse con confianza al don de Dios. Porque la presunción, la soberbia, el orgullo, hacen caer hasta al más seguro: “aquel que confíe en sus seguridades se perderá, pero el que confíe en la seguridad divina ese se salvará”. Esto fue lo que le sucedió al rey Salomón en su ancianidad: por confiar en sus seguridades y su propia fuerza, le fue infiel a Dios. Aun así, Dios no se amedrenta por esta actitud humana y sigue adelante en su proyecto salvífico. Aunque el sacerdote falle en su fidelidad al Dios que le llamó y le revistió de ese magnífico don, Dios sigue realizando su proyecto sobre la humanidad. El sacerdote, al igual que Salomón, debe de decidir a quién le entrega su corazón: al Dios único, vivo y verdadero, o al dios pagano; así como en quién pone su confianza: en el Dios de Jesús, o en el dios de su propia fuerza. El sacerdote debe de ser consciente cada día de sus limitaciones y carencias, porque el olvido de su propia debilidad es la peor carencia de sabiduría.

Cristo nos ha hecho libres para la libertad


El gran filósofo griego Platón, en la República, 1. VIII., dijo: “El exceso de libertad, ya sea en los Estados o en los individuos, parece que sólo da paso a un exceso de esclavitud. Y, de esta manera, surge naturalmente, de la democracia, la tiranía y la forma más agravada de tiranía y esclavitud surge de la forma más extrema de la libertad”.

  Estamos en una situación actual que parece que caminamos como el cangrejo, hacia atrás. Ayer, lo que era considerado como malo, hoy es bueno; y lo que era considerado bueno, hoy es malo. Y esto, se puede decir que es parte de un proceso asombroso. Si vamos a la parte de lo sucedido después de la II guerra mundial, surgió un organismo supra nacional para velar por la protección y difusión de los derechos humanos, la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En ésta se elaboró un texto de defensa y protección de derechos humanos, en la cual en su artículo 16 leemos lo siguiente: “La familia es la unidad básica natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a protección por parte de la sociedad y del estado”. La Constitución italiana, en su artículo 29 dice: “La república reconoce los derechos de la familia como sociedad natural basada en el matrimonio”; y con la sentencia 138/2010, dictaminó: “La familia contemplada en el artículo 29 de la Constitución tiene derechos originales y preexistentes al Estado, el cual está obligado a reconocerlos”. Entonces, vemos aquí la importancia que tiene, le dan y le reconocen estas instituciones a la familia natural. Ciertamente, la institución familiar es anterior al Estado, e incluso a la misma Iglesia. La institución familiar tiene unos derechos que no le han sido dados ni por los Estados ni por las iglesias. Esos derechos son inalienables y naturales y lo que corresponde a los Estados es reconocerlos, protegerlos y defenderlos. Pero eso no es lo que ha estado sucediendo en muchas sociedades con toda una caterva de leyes anti-familia y reestructuración-creación de nuevos modelos de familias motivadas e impulsada precisamente desde la ONU. Y es que la familia, formada por un hombre y una mujer es lo que da paso a la creación de nuevas vidas, y está protegida por el matrimonio. Es también donde se inculcan los valores, deberes y principios a las nuevas generaciones, pero esto es lo que parece que no gusta e incómoda a grupos, organismos y países, y, por lo tanto, se han enfocado en acabar con esta institución de orden natural y divina. El matrimonio monogámico exige fidelidad sexual entre los esposos, y si ésta se llegara a romper, se destruiría la familia.

  El modelo de libertad que se está proponiendo desde estos organismos internacionales es una especie de libertad absoluta sin restricciones ni limitaciones naturales ni morales. Es como dijera el ex jefe del gobierno español José Luís Zapatero “la libertad los hará más verdaderos”; y esto se opone a la enseñanza evangélica de Jesucristo de que “la verdad os hará libres”. Pero para alcanzar dicha libertad absoluta tiene que liberarse de la tiranía de la naturaleza. Es el colmo del asombro ya que lo que busca esta nueva libertad absoluta es la creación de un nuevo ser humano, liberado de todo ese bagaje de cristianismo que dio origen a toda una cultura occidental, y que proporcionó la moralidad básica que se transmitía de generación en generación. Y es que, por cuántas situaciones catastróficas no ha pasado la fe cristiana en su devenir histórico, tanto hacia fuera como hacia dentro; y de todas ellas siempre ha sabido salir victoriosa porque esa fue la promesa de su fundador de que los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Después de cada catástrofe, el crecimiento del cristianismo brotó de nuevo, y con el tiempo llegó la unificación, -por ejemplo, de Europa-, sobre la roca de los más altos valores de sus fundamentos cristianos.

  Pero en estos tiempos se está gestando una situación conflictiva muy profunda. El ataque apunta a la estructural moral íntima de la persona, la que le capacita para ser libre. Es cortar de cuajo dicha raíz para que así esta institución natural caiga como cual edificio de naipes. La idea cristiana de que los seres humanos son creados a imagen y semejanza de Dios fue la base de la dignidad inviolable de toda persona y llevó a la formación del Estado y de la sociedad sobre el principio de la libertad. Como prueba de esto, veamos hacia los principios fundantes de nuestra patria dominicana que está toda ella impregnada de la fe cristiana católica; las palabras de nuestro escudo nacional de Dios, Patria y Libertad, y la Biblia en su centro con las palabras iluminadoras del evangelio de Cristo: “Conocerán la verdad y serán libres”. La elevada cultura configurada por el cristianismo, con su compromiso con la razón y la verdad, permitió la investigación abierta sobre la realidad, dando lugar a un desarrollo científico y tecnológico único. Pero todo esto está siendo socavado y puesto bajo presión por estos nuevos profetas del progresismo mundial. Y los resultados son terribles. Muchas personas ya no quieren transmitir la vida que han recibido y las familias se están desintegrando.

 

miércoles, 13 de noviembre de 2019

El sufrimiento apostólico del sacerdote


Pero tú, hombre de Dios, huye de todo esto. Lleva una vida de rectitud, de piedad, de fe, de amor, de fortaleza en el sufrimiento y de humildad de corazón” (2Tim 6,11).



  Existe un escrito de Monseñor Domingo Castagna, que me permito transcribir aquí algunas ideas que, con motivo al año sacerdotal 2009-2010, escribió a cerca del sufrimiento de un joven sacerdote y que hoy es beato: “El pbro. Eduardo Poppe: La vida de este sacerdote estuvo muy marcada por el dolor y el sufrimiento. Él ejerció su ministerio sacerdotal en Bruselas. Resalta este obispo la cualidad de la fidelidad que este sacerdote manifestaba a todo aquello que Dios no cesaba de inspirarle y que era más fuerte que su deseo de desaparecer de la atención de la gente, entre sus hermanos sacerdotes. Era un sacerdote de una madurez espiritual profunda, de pobreza y generosa disponibilidad para el servicio. Mantenerse fiel en un clima eclesiástico poco comprensivo supone mucho silencio y humildad. El amor a Cristo le otorga valor excepcional y gran libertad evangélica. Sus primeras experiencias sacerdotales ponen en cuestión su capacidad de obedecer y, al mismo tiempo, de tender a la perfección que el Señor le exige…” Y así, muchas otras cosas más resaltan este Monseñor de este beato sacerdote, que murió en 1924, a la edad de 33 años.

  Cuando leemos el escrito completo, la pregunta que nos asalta después de tan rica lectura es ¿qué mensaje encara para la Iglesia y para los sacerdotes? No debemos dudar de que Dios, en su infinita providencia, permite que surjan los santos en el momento oportuno cuando la fe parece que está por desaparecer o cuando es más manifiesta la debilidad de la misma; cuando parece que la duda y la incredulidad buscan, sin pensarlo, testigos de la fe perdida. Nos dice el pbro. David Busso que “no siempre es la incredulidad el mal que corroe la vida de los creyentes sino la mediocridad. Sin duda el mayor peligro que amenaza el ejercicio del ministerio sacerdotal es la vida mediocre de los ministros. Poca oración, criterios prebendarios y de comodidad, descuido escandaloso de enfermos y penitentes, espera ambiciosa de promociones y reconocimientos, etc.” El sacerdote Poppe supo elegir todo lo contrario; supo, -como María, la hermana de Lázaro-, elegir la parte mejor, la parte que no le será quitada. Supo elegir a Cristo. Pero esta elección no estuvo exenta de sufrimientos, provocados muchos de ellos por asumir en su vida el evangelio; por hacer vida en su vida el mensaje de Cristo y así cimentar su vida en la roca firme que es la persona de Jesús y su mensaje. Supo edificar su ministerio sacerdotal en la misma palabra viva de su Señor, quien lo llamó al servicio por medio de este ministerio sacerdotal. Poppe quiso ser santo; quiso encarnar en su misma vida, en este mundo, la llamada a la santidad que le hizo el Señor Jesús, sin escatimar el dolor, la incomprensión y el sufrimiento.

  El beato sacerdote Poppe supo ser y encarnar la imagen del buen pastor y salir o abandonar la mediocridad sin llegar a sentirse más que los demás; sin llegar a sentirse más que sus hermanos sacerdotes. En el beato Poppe siempre estuvo manifiesto su gran e infinito deseo de permanecer fiel al amor de su Señor y de manifestarlo y testimoniarlo a todos los que le rodeaban; quiso siempre ser un verdadero siervo del Señor, un siervo inútil que solo le interesaba cumplir con lo mandado por su Señor. Ser un hombre, un sacerdote de Dios; un fiel administrador de los misterios y la gracia de Dios, de la cual él tendría que dar cuentas cuando fuera llamado por Dios a su presencia.

  De este sacerdote y de su incansable amor que testimoniaba a través del ministerio sacerdotal, debemos de aprender los demás sacerdotes para salir de nuestra vida y ministerio, -muchas veces-, sin sentido y acomodado. Ya el mismo santo Padre Francisco nos ha insistido que debemos ser sacerdotes  o pastores que olamos a ovejas; que nos adentremos e insertemos en la realidad en que ejercemos nuestro ministerio sacerdotal; que salgamos de nuestra comodidad y nos lancemos a las periferias; que seamos sacerdotes siempre en salida; que cumplamos con la responsabilidad puesta en nuestras manos de ser buenos y fieles administradores de la gracia de Dios; que entendamos que la atención pastoral a los enfermos y el ministerio de la confesión y reconciliación no son añadidos al ministerio sacerdotal, sino más bien parte de nuestro deber y responsabilidad de administrar con fidelidad los dones a nosotros entregados para ofrecerlos de acuerdo a la voluntad e intención del único dueño, Jesucristo.

La humanidad al borde de la Esquizofrenia


“Pero, ten por seguro que, si te olvidaras del Señor, tu Dios, y, marchando tras dioses extraños, le rindieras culto y te prosternaras ante ellos, te aseguro hoy en su presencia que perecerás irremisiblemente; de la misma manera que las naciones a las que el Señor ha hecho perecer ante su vista: así perecerán por no haber escuchado la voz del Señor, su Dios” (Dt 8,19-20).



  Etimológicamente, la palabra “esquizofrenia” viene del vocablo griego “schizein”, que significa “dividir, escindir, hendir, romper”; y de “phren” que significa “entendimiento, razón, mente”. Es decir que, la esquizofrenia es “la división, el rompimiento de la mente, del entendimiento, de la razón”. Y en cuanto a su definición, la esquizofrenia es un grupo de enfermedades mentales que se caracterizan por alteraciones de la personalidad, alucinaciones y pérdida de contacto con la realidad; también como un trastorno que afecta la capacidad de una persona para pensar, sentir y comportarse de manera lúcida. El esquizofrénico pierde el contacto con la realidad. Si aplicamos estas palabras a la humanidad, podríamos decir que, ciertamente, ésta está padeciendo un fuerte trastorno esquizofrénico ya que, nos están llevando a una especie de rompimiento, de división de la razón y así hacernos caer en una pérdida de contacto con la realidad y comportarnos de una manera desorganizada.

  Pero esta esquizofrenia no nos ha caído del cielo ni ha aparecido de repente en nuestro camino. Esta aparición es más bien causada por alguien o algunos poderosos que han venido empujando, sino a toda la humanidad, sí a gran parte de ella, y como consecuencia, así el resto se va contagiando de la misma; dicho más gráficamente, es como que están llevando a la humanidad a ponerla entre la espada y la pared. Hay quienes dicen que, más que una enfermedad mental, lo relacionan más a una enfermedad del alma. Y es que, como bien sabemos, los seres humanos somos una composición o unidad de alma y cuerpo, materia y espíritu. Se habla de alma humana y alma animal; el alma como el “aliento” de vida. El alma humana procede de Dios, es propiedad de Dios. En el libro del génesis leemos que, después de haber creado al hombre del barro, Dios insufló en sus narices el “aliento” de vida a esa materia. Pero, también es importante tener en cuenta que, los seres humanos, a diferencia de los demás seres vivientes, también tenemos “espíritu”. Es decir, el alma es el aliento de vida, pero el espíritu es el que nos da la posibilidad de relacionarnos con el trascendente, con Dios. Podríamos decir que no basta el alma para salvarnos, sino que es necesario tener el Espíritu. Y éste es el que los cristianos recibimos cuando somos bautizados.

  La persona que vive en esa constante y permanente separación de su alma para con lo trascendente (llámele, Dios, Alá, Buda, Cristo, etc.); corre el riesgo de, al mismo tiempo, relacionarse con otro u otros sustitutos del ser trascendente. Y es que el hombre, por más que quiera, no puede vivir sin Dios o sin un sustituto de Dios; tiene o tendrán siempre su o sus pequeños dioses. El hombre que se aparta de Dios ya sea porque no le interesa, por indiferencia o ateísmo, sólo le queda el puro intelecto; pero este es limitado.

  Las causas de la esquizofrenia no están del todo identificadas con exactitud. Hay autores que señalan unas causas colectivas, como son las drogas narcóticas, alcohol, los medios de comunicación, -con su línea de desinformación y manipulación-, la industria del entretenimiento (cine, música), adoctrinamientos; otra de las causas colectivas que está contribuyendo a esta esquizofrenia es la migración masiva ilegal que está encaminada a lo que algunos han calificado como el “suicidio étnico” de los pueblos, es decir, que no existan las razas. Y he aquí algo contradictorio: estos grupos de la nueva izquierda no quieren que haya razas, pero sí denuncian el racismo.  Esta esquizofrenia, quien o quienes la están provocando es porque algún interés busca con ello, como si buscaran el propósito de desarticular, desarmar la sociedad humana; volverla una especie de rompecabezas en el que las fichas se pondrían medalaganariamente por el armador. ¿Qué es lo que le da al hombre la fortaleza como ser humano? Pues la familia. Y esta es la principal fortaleza que estos re-ingenieros quieren y están desarticulando; volver al hombre vulnerable y así quede debilitado y cada vez más empequeñecido, y lógicamente, así quedará como una presa más fácil. Parece que la intención es generar, buscar, fomentar, crear pueblos, naciones, sociedades cada vez más desorientados, vulnerables, desarticulados, infelices, desculturizados, que no piensen por ellos mismos. Y es que, no hay nada más difícil de controlar que un pueblo, sociedad o nación inteligente, bien articulado, bien organizado y que piense por ella misma; una sociedad que no sea borrega, que no sea ni viva como una masa, como un conglomerado. Hoy, gran parte de la humanidad está “loca”, es decir, fuera de lugar, fuera de sitio. Por lo tanto, hay que ver la forma, la manera de cómo hacer volver a esa parte de la humanidad a alinearse con la realidad. ¡Tenemos que recuperar los valores éticos-morales; tenemos que recuperar nuestra identidad y principios cristianos en los que fue fundada nuestra cultura occidental; tenemos que recuperar la soberanía de los pueblos!



Bendiciones.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Honremos y Defendamos nuestra Constitución




  En el Preámbulo de nuestro texto Constitucional leemos: “Nosotros, representantes del pueblo dominicano, libre y democráticamente elegidos…, invocando el nombre de Dios, guiados por el ideario de nuestro padres de la Patria… y de los próceres de la Restauración de establecer una república libre, independiente, soberana y democrática…; inspirados en los ejemplos de lucha y sacrificios de nuestros héroes y heroínas inmortales, estimulados por el trabajo abnegado de nuestros hombres y mujeres; regidos por los valores supremos y los principios fundamentales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad, el imperio de la ley, la justicia, la solidaridad,  la convivencia fraterna, el bienestar social…el progreso y la paz…; declaramos la voluntad de promover la unidad de la nación dominicana…”.

  En este texto que acabo de citar, encontramos ya todo un compendio de palabras y frases dignas de ser reflexionadas y profundizadas ya que son el hilo conductor de todo el texto constitucional. Nosotros sabemos, - aunque hay unos que lo ignoran; otros no están conscientes, otros son indiferentes y otros lo niegan - que, nuestra nación dominicana fue fundada sobre los valores y principios cristianos, que hasta en el nombre del país y su capital quedó plasmado. Y es que nuestro ADN como nación es Cristocéntrico; ese ADN, por más que quieran eliminarlo, borrarlo, no podrán; es nuestra naturaleza como nación independiente, libre y soberana. Así lo quisieron nuestros grandes hombres y mujeres de la gesta patriótica.

  Nuestros próceres de la Patria quisieron consagrar a Dios desde el principio, desde su nacimiento, nuestra nación; quisieron edificar la nación dominicana sobre la roca firme y piedra angular que es Cristo y su Palabra, su evangelio. Duarte, dirigiéndose a los dominicanos de su tiempo, y por qué no también hoy a nosotros, les estimulaba con estas palabras: “Sigan, repito, y su gloria no será menor por cierto que la de aquellos que desde el 16 de julio de 1838 vienen trabajando en tan santa empresa bajo el lema venerado de Dios, Patria y Libertad, que son los principios fundamentales de la República Dominicana”. Dios es, para Duarte pensador, el infinito; la fuerza creadora y motora del universo; la razón última de todo cuanto existe. Y para Duarte, creyente y cristiano, Dios es el Padre, el Creador, el Conservador, la Providencia que no abandona a sus criaturas, porque son suyas por pleno derecho. Amar a la Patria y servirla, no servirse de ella. Defender, aun a costa de sacrificios, la libertad. Hacer del lema trinitario un código de vida, significa para nuestro pueblo la más sólida garantía de nuestra supervivencia como nación. Somos una nación de fundamentos cristianos, y nuestra ley debe estar fundamentada en la ley divina que es el mejor apoyo para la ley civil cuando establece para todos por igual la ley del amor sin olvidar jamás la justicia.

  Siempre se ha buscado en diversos lugares y situaciones un cambio a veces radical, cuyos fundamentos han descansado en concepciones materialistas y ateístas de la vida, dejando de lado a Dios, y por supuesto, también al hombre. Desde hace un tiempo para acá, nuestra sociedad ha venido observando la actitud culpable de nuestras autoridades de querer ir borrando la memoria histórica de nuestro pueblo, suprimiendo el escudo nacional de nuestra bandera, de nuestra enseña tricolor, porque tiene en su centro la Biblia y la cruz de la redención; así como otros derechos y libertades humanos que nuestra Constitución consagra y protege, como lo son el derecho a la vida, el matrimonio entre un hombre y una mujer, los derechos a la libertad religiosa y de expresión del libre pensamiento, etc.; y se convierten así en los primeros violadores de la Carta Magna y no hay consecuencias penales, aun cuando la misma Constitución lo establece (art. 20 ley 210/19). Entonces pregunto: ¿Es así como quieren promover, fomentar y defender la unidad de la nación dominicana; aportar al progreso y la paz de nuestra nación como dice en el preámbulo del texto constitucional? ¿O se sacan de la manga estos artilugios para distraer la atención de los grandes y graves problemas que agobian a nuestra sociedad? Esto me hace recordar la frase del rey Federico el Grande, rey de Prusia,- y que repitiera un ex presidente dominicano-, cuando dijo: “La Constitución de los pueblos no es más que un pedazo de papel…”. Y es que, un país que se avergüence de su propio pasado y que se desprecia a sí mismo, jamás inspirará respeto a los allegados. Les molesta a estos grupos el que seamos una nación que enarbole su identidad nacional bajo la Palabra de Dios. Parece que, como nación, nos quieren mantener en las alturas del árbol, con la mirada indiferente hacia la multitud y rechazar así la mirada y llamada de Jesús: “dominicano, baja de ahí porque hoy quiero alojarme en tu tierra”. Les recuerdo a todos que el mensaje de Jesús es salud y paz no sólo para los individuos, sino también para las naciones ayer, hoy y siempre; y nuestra nación, hoy más que nunca, necesita de esa inyección intravenosa del mensaje evangélico. Los pleitos personales y mezquinos de ningún grupo, de ningún partido deben ser endosados al pueblo. Estamos hartos de las trampas, de los engaños, de los entuertos, de las zancadillas. Nuestra nación la hunden por el descrédito, la corrupción, la malversación, el nepotismo.

  Nosotros somos muy dados a mirar hacia los EEUU para hacer comparaciones y como ejemplo a seguir. Pues siendo esto así, entonces mencionemos algunos ejemplos de los padres fundadores de esa nación. Benjamín Franklin afirmó: “Solo un pueblo virtuoso es capaz de libertad; a medida que las naciones se vuelven más corruptas y viciosas, tienen más necesidad de un amo”. Patrick Henry (gobernador del estado de Virginia 1776-79) sostuvo: “Ni el gobierno libre ni las bendiciones de la libertad pueden ser conservados por un pueblo sino es mediante una firme adhesión a la justicia, la templanza, la frugalidad y la virtud”. El senador norteamericano y único firmante católico de la Declaración de Independencia de EE. UU, Charles Carroll, escribió: “La única estabilidad de una república libre debe depender de la moralidad del pueblo, pues ciudadanos inmorales elegirán a representantes inmorales; y, si por casualidad eligieran a representantes sabios que aprueben leyes prudentes, estas serán rechazadas por un pueblo corrupto”. John Adams, -segundo presidente de los EE. UU-, afirmó: “No tenemos un gobierno que sea capaz de contener las pasiones humanas, si estas no estuvieran refrenadas por la moral y la religión. Nuestra Constitución fue hecha sólo para un pueblo moral y religioso. Resulta totalmente inadecuada para el gobierno de cualquier otro”. George Washington afirmó: “La religión y la moral son los soportes indispensables de todas las disposiciones y hábitos que llevan a la prosperidad política. En vano reclamará la condición de patriota aquel que trabaje por subvertir esos grandes pilares de la felicidad humana, estos firmísimos cimientos de nuestros deberes como ciudadanos y como hombres. El político, como el hombre piadoso, debería respetarlos y reverenciarlos”.

  ¿Estamos de acuerdo con estos ejemplos? Pues, ¿Qué esperamos para poner en práctica estas sabias palabras? ¿Seguiremos sacando a Dios y su Palabra de nuestra sociedad para darle cabida al diablo? ¿Por qué ya no queremos dialogar con Dios, pero sí con el diablo y hasta hacerle fiesta? ¡Nos estamos convirtiendo en una sociedad malvada y pervertida! Nuestro Dios, en el libro del Deuteronomio (8,19-20), nos dice: “Ten por seguro que, si te olvidaras del Señor, tu Dios, y marchando tras dioses extraños, le rindieras culto y te prosternaras ante ellos, te aseguro hoy en su presencia que perecerás irremisiblemente; de la misma manera que las naciones a las que el Señor ha hecho perecer ante su vista: así perecerán por no haber escuchado la voz del Señor, su Dios”; y en 2Crónicas 7,14 leemos: “… si mi pueblo, sobre el que es invocado mi nombre, se humilla, suplica, busca mi rostro y se convierte de su mala conducta, yo perdonaré sus pecados y le restituiré su tierra”; y el papa Francisco nos advirtió: “Con el diablo no se dialoga…porque la hipocresía es el lenguaje del diablo”.  Se aparenta mucho estar acorde con los valores, principios y leyes nacionales; vivimos de esta manera en una sociedad del espectáculo. Y es que, para estos hombres, -padres fundadores de EE.UU.-, una democracia necesita ciudadanos virtuosos.

  No nos quedemos callados. Los cristianos siempre tenemos algo que decir; no somos ciudadanos ni de segunda ni tercera categoría; somos ciudadanos de pleno derecho y nuestras ideas tienen y deben ser escuchadas como las demás; debemos rechazar las falsas neutralidades y reclamar nuestro derecho a ser laicos: nuestro derecho a participar en el debate democrático, en estricto pie de igualdad con los ciudadanos de otras convicciones. No permitamos que nuestra nación ni nuestros símbolos patrios sigan siendo ultrajados por grupos, instituciones y organismos nacionales y extranjeros. No puede haber sociedad civil fuerte sin familias estables, capaces de educar a sus hijos en el respeto a la ley, la responsabilidad y la virtud cívica.

  Termino esta reflexión haciéndome eco de esta Plegaria por la Patria Dominicana:

Señor, líbranos de todo aquello que pueda sernos obstáculo a la unión fraternal con los hijos de un mismo pueblo, de una misma patria, de una misma comunidad universal.

Líbranos de la ambición, de la maledicencia, del orgullo, de la mentira, del odio, de la falsedad, de la hipocresía, de la desconfianza mutua. Que tengamos valor para servirte en la verdad, en la justicia y en la caridad. Que hagamos de la familia una iglesia; de la iglesia una familia; de la Patria un altar y de las autoridades que la gobiernan sacerdotes de la dignidad, de la responsabilidad, de la honradez, de la justicia y de tu santo temor. Danos una Patria cada vez más soberana, más independiente, más libre, más justa. Libre de amos internos y externos. Libre de corrupción, de vicios, de injusticias, de pecado”. Amen.


Jesús y Zaqueo


  Las lecturas de este domingo nos enlazan con las de los domingos anteriores sobre las características de la verdadera oración. Hoy se nos hace hincapié en la confianza.

  La primera lectura nos manifiesta la misericordia de Dios: “Se compadece de todos, porque todo lo puede, cierra los ojos a los pecados de los hombres y no odia nada de lo que ha hecho”.

  Y el evangelista san Lucas pondrá en boca de Jesús: “El hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Pues esta actitud misericordiosa de Dios es el fundamento inconmovible de nuestra confianza. Por eso Jesús mismo, en otro momento, nos insistirá en la confianza que debemos tener y manifestar en su amor, que nos perdona: “Confía hijo, tus pecados son perdonados”, le dijo a un paralítico.

  En nuestro lenguaje, tenemos la palabra “saqueo” con “s” que, significa robo, muchas veces ejercido con violencia; y la palabra “Zaqueo” con “z”, viene de la lengua griega, y significa “puro, inocente”. Este segundo significado es el que nos presenta el evangelista san Lucas en estos versículos.

  Zaqueo es un publicano, es decir, un pecador público, y también un hombre rico. Pero ¿quién le ha etiquetado de esta manera? La misma sociedad; aquellos que se creen que son los puros, los sanos, los justos, los buenos. Era el hombre que, por su oficio de recaudador de impuestos, estaba al servicio del Imperio Romano, del imperio opresor, del rey. Este pasaje evangélico se compone de dos escenas: una se da en el exterior, afuera con la gente; y la segunda se da en el interior de la casa entre Jesús y Zaqueo. En este pasaje de este evangelio, Jesús nos demuestra que ha venido al mundo para salvar a los pecadores: “Son los enfermos los que necesitan al médico; no los sanos”. ¡Él no excluye de su salvación a nadie! Y si él hace esto con todos, ¿por qué muchos de nosotros nos hemos tomado la autoridad de excluir a otros de ella? ¿Se nos han olvidado, acaso, las palabras de Jesús cuando nos dijo: “No juzguen para que no sean juzgados; Con la vara que midan a los demás, con esa misma los medirán a ustedes; Perdonen para que puedan ser perdonados?” ¿Por qué algunos de nosotros somos obstáculo para que otros se acerquen a Dios, a la comunidad eclesial? ¿Es que algunos nos creemos más dignos que los demás del amor y la misericordia de Dios, cuando todos somos hijos del mismo y único Dios-Padre? Pues en esta escena de este evangelio, Jesús nos muestra que deja a la multitud que lo seguía y ovacionaba; deja las noventa y nueve ovejas, y va en búsqueda de la oveja alejada, perdida, descarriada… porque este también es hijo de Abraham, es hijo de Dios.

  Vemos que todo empieza con la curiosidad en Zaqueo por ver y conocer a Jesús, y también a lo mejor por hablar, dialogar con él. Ya aquí empieza a trabajar en Zaqueo el anhelo de salvación. Jesús no queda indiferente ni decepciona a Zaqueo, ya que le regala, le responde a su deseo con una mirada fija y profunda, una mirada que transforma su corazón, y que cambia el rumbo de su existencia. Lo mismo que ha sucedido con nosotros, a partir de ese primer encuentro que tuvimos con Cristo en nuestro caminar. Si por un lado Zaqueo era un hombre al servicio del Imperio Romano, pues, por otro lado, al mismo tiempo, esto no fue impedimento de que abriera sus oídos para oír de Jesús, que predica un evangelio de justicia, de caridad, de pobreza, que no tenía nada que ver con el estilo de vida que llevaba entre la abundancia de los bienes materiales que poseía. Zaqueo era un hombre que, antes de conocer y recibir a Jesús en su vida, ya tenía su tesoro y seguridad aquí en la tierra, pero no era consciente de que, por ellas mismas, estaba perdiendo todo, perdiendo aquello para lo que en realidad fue creado: la salvación, la eternidad con Dios.

  Zaqueo no rechaza el encuentro con Jesús; todo lo contrario, lo busca, lo propicia; es sincero y pone los medios para conseguirlo, y por eso es recompensado por Jesús; Jesús colma el anhelo de aquel hombre que está hábido de su amor y su misericordia. Zaqueo, así, comienza a acercarse a la fuente inagotable del amor y la misericordia divina. Jesús no se le esconde, no lo evade; al contrario, se hace el encontradizo y le propone reunirse con él en su propia casa; Jesús va donde está el pecador, a su ambiente, no espera a que sea el pecador el que se acerque. Así también debemos de actuar nosotros, discípulos de Cristo, porque el discípulo no es más que su maestro, si hace lo que él manda y enseña.

  Dios quiere que todos nos salvemos y lleguemos al conocimiento de la verdad, pero también espera y quiere que nosotros queramos salvarnos, pero que lo demostremos día a día con nuestras actitudes; esforzarnos para entrar por la puerta estrecha; ya lo dijo san Agustín: “El que te creó sin ti, no te puede salvar sin ti”. Y es que la salvación es un don y una tarea al mismo tiempo.

  Pero, no podemos dejar de observar que, siempre ante estas acciones de Jesús, nunca faltan las críticas, las murmuraciones: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”; y en otras ocasiones, son los mismos que comentan con los discípulos esas acciones para tratar de predisponerlos con su Maestro. ¿No es acaso lo que muchos de nosotros comentamos de otros cuando nos preguntamos o preguntamos qué hace esa persona aquí en la iglesia? Y la respuesta es sencilla, pero profunda: hace lo mismo que tú: busca de Dios, busca su amor, busca su perdón. Ya el mismo Jesús dijo: “El que busca encuentra” Pero, te has preguntado: ¿Qué es lo que estás buscando? ¿Dónde lo estás buscando? y, ¿Cómo lo estás buscando?

  Fijémonos en esto: Jesús, cuando le dijo a Zaqueo que bajara del árbol porque quería hospedarse en su casa, no cuestionó a Zaqueo; es decir, no le cuestionó sobre su honorabilidad, ni su moral ni sus acciones; no le cuestionó si era buen esposo, buen padre, buen jefe, buen vecino, caritativo, solidario, religioso; ¿y cuántas veces muchos de nosotros, eso es lo primero que hacemos con los demás que, para que se acerquen a Dios, primero los cuestionamos: ¿estas casado por la iglesia? ¿te confiesas? ¿das limosna? ¿vas a misa? ..., para saber si es digno o no de estar en la casa de Dios, en la comunidad, o de participar en el retiro, o en la liturgia, en el coro o en cualquier otro ministerio. Y nos olvidamos de que lo que nos hace cristianos e hijos de Dios es el bautismo. Ante esta actitud nos advierte el Señor: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley, que se han quedado con la llave del saber; ustedes, ¡que no han entrado y han cerrado el paso a los que intentaban entrar! No se trata de evaluar a las personas en las categorías de puro e impuro, sino aprender a ir más allá, a mirar la persona y las intenciones de su corazón. En definitiva, no debemos ser obstáculo para que otros se acerquen a Dios y a la Iglesia.

  Recibir a Jesús en nuestras vidas es dejar entrar el amor de la justicia y de la caridad. El encuentro de Zaqueo con Jesús y el haberlo recibido en su casa, condujo a Zaqueo a convertirse en un hombre justo y generoso, en un hombre nuevo, desprendiéndose libremente de aquello que lo tenía atado, que lo tenía esclavizado, poseído: sus bienes materiales. Zaqueo solo quería ver a Jesús, pero recibió de éste mucho más de lo que esperaba y pensaba: Jesús lo mira, le habla, quiere entrar en su casa y entra con él la salvación para Zaqueo y todos los de la casa. Es la gracia de Dios, la vida de Dios que se empezó a manifestar abundantemente en aquella casa y así se empezó a edificar sobre la roca firme y piedra angular que es Jesús y su evangelio, su buena noticia de sanación, liberación y salvación. Es el gran tesoro al que podemos aspirar los hijos de Dios: los bienes espirituales (san Mateo), el don del Espíritu Santo (san Lucas). Y es que las riquezas son vacías cuando están acaparadas, sustrayéndolas a los más débiles y vienen usadas para el propio lujo desenfrenado; cesan de ser malas cuando son fruto del propio trabajo y se consiguen para servir también a los otros y a la comunidad. No es la riqueza en sí lo que Jesús condena sin más, sino el uso perverso de ella. También para el rico hay salvación.

  Jesús nunca aduló a los ricos y poderosos, y nunca buscó su favor a costa de acomodar el evangelio. Todo lo contrario. Antes de Zaqueo oír las palabras de Jesús: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”, debió tomar una valiente decisión: dar a los pobres la mitad de sus sueldos y de los bienes acumulados, reparar las extorsiones hechas en su trabajo, restituyendo cuatro veces más. Zaqueo es así, un ejemplo y testimonio de conversión evangélica, que es siempre una conversión para con Dios y para con los demás. ¿Y qué podríamos decir de la frase que Jesús le dirigió a Zaqueo al principio: “Zaqueo, baja enseguida?” Si por un lado el evangelista nos dice que estaba arriba del árbol porque era bajo de estatura, por el otro lado, ese lugar alto era también un sitio muy acomodado que le permitía ver desde arriba a todo y a todos sin ser visto, sin ser tocado. Vemos aquí los papeles invertidos: ¡Es el Señor el que tiene que levantar la mirada para ver al hombre! Es estar por encima de los demás, estar apartado de la muchedumbre. Así también muchos de nosotros que estamos en la comunidad, pero apartados de los hermanos, contemplando todo desde arriba, desde la distancia o desde el lugar cómodo donde me siento, sin entablar ningún tipo de relación ni compromiso en la comunidad ni la sociedad; nos comportamos como simples espectadores. Pero Cristo, al igual que con Zaqueo, nos conmina a que bajemos de las alturas en la que nos encontramos, porque es la oportunidad de aprovechar su paso por debajo de nosotros y que puede que ya no levante más su mirada, como diría san Agustín: “Temo, Señor, que pases delante de mí y yo no me dé por aludido”.