viernes, 14 de agosto de 2020

Yo sé a quienes elegí (Jn 13,18ª)

 

  Estas palabras del Señor a sus discípulos, después de haberles lavado los pies y mencionar nuevamente la traición de Judas, son de hecho palabras que nos deben de hacer reflexionar sobre el tema de la elección de Dios a nosotros. Lo primero que tenemos que decir es que, esta elección de parte del Señor no hay que entenderla nada más como la elección que hace Cristo de una persona para un ministerio o acción específica, -como podría ser el sacerdocio ministerial, la vida religiosa, etc. Tenemos que entenderla en su sentido amplio. Es decir, entenderla y asumirla en la elección que ha hecho el Señor de todos nosotros, sus hijos y discípulos. Y es que todos hemos sido elegidos por Dios, y elegidos de Dios. Pero, lo que debemos de preguntarnos es cómo estoy viviendo yo esa elección de Dios. No se trata de “sentirme” elegido por Dios, sino más bien de “vivir” como elegido por Dios y elegido de Dios. Y es que el vivir la elección como un puro sentimentalismo es limitado y superficial. Vivir la elección de Dios, es llegar al punto de la experiencia de vida; es dejar que esta elección transforme mi vida, mi existencia, todo mi ser. ¿Y cómo puedo lograr este cometido? Pues el mismo Señor nos lo dirá con estas palabras: “El que escucha mis palabras y las pone en práctica, es como el hombre prudente y sensato que edifica su casa sobre roca firme”. Pero también el cristiano que vive de esta manera, pasa a ser parte de la nueva familia de Jesús, es decir, se convierte en su hermano, su hermana y su madre.

  Fijémonos que el Señor deja claro que es el que ha dado el primer paso para esta elección. Ya en otra ocasión dirá a sus discípulos, y en ellos a nosotros, que no han sido ellos los que le han elegido, sino que es el Señor el que los ha elegido, y los ha elegido para que vayan y den fruto y ese fruto permanezca. La iniciativa siempre parte de Dios. El mismo evangelista san Juan nos dirá: “Nadie puede decir que ama a Dios, si Dios no lo ha amado primero”. Como Dios es el primero que ha dado el paso, pues espera que nosotros demos el segundo; y este consiste en que respondamos positivamente a su iniciativa. Pero como nos ha creado en y con libertad, sabe que esa respuesta no siempre es de acuerdo a lo que espera de nosotros.

  Por otro lado, este tema de la elección divina, -hay que decirlo-, tiene lo que podemos llamar un elemento de misterio. Pero, este misterio no hay que entenderlo como que existe algo que nosotros no debemos saber; sino más bien como, que siempre existe algo que al preguntarnos por qué Dios me ha elegido, no tenemos clara la respuesta. Es decir, fijémonos que los evangelistas no nos presentan al Señor dando explicación ni razones a los elegidos del por qué de la misma. Él solamente elige y así mismo espera que aceptemos su elección y que actuemos en consecuencia. El Señor no da detalles a nadie ni pregunta si la persona es buena, si no ha tenido malos pensamientos, si no ha dicho malas palabras, si nunca se ha equivocado, si eres devoto o no, si eres buen esposo o esposa, buen padre o buena madre, buen hijo o buena hija, buen empleado/a, buen jefe/a, etc. Él solo elige y punto. Ahora, es cierto también que nos elige para algo, y nosotros tenemos que ir descubriendo qué es o será ese “algo”. Es parecido a aquellas palabras que san pablo le dirigió al Señor después de su encuentro con él: “¿Qué tengo que hacer Señor?” o, las palabras que las gentes le dirigiera a Pablo y Pedro después de predicarles en la sinagoga sobre Jesucristo resucitado: “¿Qué tenemos que hacer?”.

  Yo sé a quienes he elegido”, quiere decir que el Señor nos conoce muy bien; mejor que a nosotros mismos. La elección del Señor es segura porque nos conoce y quiere que también nosotros le conozcamos para que le podamos amar: “Nadie ama lo que no conoce”. El Señor nos ha elegido para que estemos con él, le escuchemos, nos dejemos instruir y guiar por él para que hagamos lo mismo que nos dejó como enseñanza. El Señor nos ha elegido para ser hijos y, sobre todo, para que vivamos como sus hijos; portadores, anunciadores y testigos de la luz, ya que él vino como luz para el mundo. Nos ha hecho de esta manera “luz de las naciones para que, viendo los demás nuestras buenas obras, den gloria al Padre del cielo”; y así sea conocido y amado por todos, o por todos aquellos que aceptarán el mensaje de salvación del evangelio.

 

miércoles, 12 de agosto de 2020

Discurso Provida del presidente de los EE.UU., Donald Trump (2020)

 

El pasado 24 de enero, tuvo lugar en la capital de los Estados Unidos, la tradicional marcha por la vida, que llevaba por título: “Empodera la vida: Ser provida es ser promujer”. Dicha marcha, como su nombre lo indica, es la más clara manifestación en la sociedad norteamericana en defensa de la vida por nacer y contra el aborto, o como se dice en inglés, en contra de los “Prochoice”. Esta marcha, en esta ocasión, tuvo la particularidad de contar, por primera vez, con la presencia del presidente norteamericano y esta presencia no fue nada más con la intención de estar ahí sin más, sino que dirigió un discurso a los presentes, y que ha sido considerado como histórico por su contenido, su clara y profunda referencia a la fe cristiana, doctrina evangélica y dignidad de la persona humana.

  Independientemente del comportamiento de Donald Trump en lo personal, -con sus desmanes, misoginia y cualquier otro defecto que se le quiera adjudicar, puesto que todos los tenemos, y todos los presidentes estadounidenses, como personas, también los han tenido, unos más otros menos -, hay que hacer un acto de justicia ante este discurso provida del presidente Trump. Hemos querido rescatar lo que serían las ideas centrales de su discurso en esa manifestación por la defensa de la vida, sobre todo del niño por nacer ya que, es el primero de todos los derechos humanos y en el cual se sustentan todos los demás. Hemos querido resaltar esto por la importancia que tiene para el resto de los países que en estos momentos estamos luchando contra este genocidio moderno y liberal que es el aborto; contra sus promotores y defensores que lo presentan, no sólo como un derecho humano, sino que lo presentan como signo de progreso y que tiene que ser defendido y legislado en todos los Estados, con el apoyo de grupos, instituciones, organismos y sus ongs, con un fuerte financiamiento exorbitante.

  He aquí entonces esas ideas centrales del discurso provida de Trump:

1.- Los jóvenes son el corazón de la marcha por la vida: su generación es la que está haciendo a los EE.UU. una nación provida y Profamilia.

2.- Todos nosotros aquí entendemos una verdad eterna: cada niño es un regalo precioso y sagrado de Dios. Juntos debemos proteger, apreciar y defender la dignidad y la santidad de toda vida humana.

3.- Cuando vemos la imagen de un bebe en el útero, vislumbramos la majestad de la creación de Dios; cuando sostenemos a un recién nacido en nuestros brazos, sabemos el amor infinito que cada niño trae a una familia.

4.- Cuando vemos crecer a un niño, vemos el esplendor que irradia cada alma humana: una vida cambia el mundo.

5.- Los niños no nacidos no han tenido un defensor más fuerte que yo en la casa blanca, desde que ésta existe.

6.- Como nos dice la Biblia: cada persona está hecha maravillosamente a imagen y semejanza de nuestro Creador.

7.- Hemos tomado medidas decisivas para proteger la libertad religiosa: nos ocupamos de médicos, enfermeras, maestros y grupos, como las Hermanitas de los Pobres. Estamos preservando la adopción basada en la fe.

8.- Estamos protegiendo los derechos de los estudiantes provida a la libertad de expresión en los campus universitarios. Si las universidades quieren dólares de los contribuyentes federales, deben defender su derecho a la primera enmienda para decir lo que piensan y en lo que creen, y si no lo hacen, pagarán una multa financiera muy grande que no estarán dispuestos a pagar.

9.- Lamentablemente, la extrema izquierda, está trabajando para borrar nuestros derechos otorgados por Dios: cerrar organizaciones benéficas basadas en la fe, prohibir a los líderes religiosos en la plaza pública y silenciar a los estadounidenses que creen en la santidad de la vida.

10.- Para todas las mujeres que están hoy aquí, apoyando la marcha provida, tú simplemente haces que la misión de tu vida sea ayudar y difundir la gracia de Dios.

11.- Y todas las madres aquí – hoy -, las celebramos y declaramos que las madres son las heroínas. Gracias a ustedes nuestro país ha sido beneficiado con almas increíbles que han cambiado el curso, no sólo de nuestra historia local, sino de la tierra entera.

12.- No podemos saber qué lograrán nuestros ciudadanos aún no nacidos, los sueños que imaginarán, las obras maestras que crearán ni los descubrimientos que harán. Pero sabemos esto: cada vida trae amor a este mundo, cada niño trae alegría a una familia; vale la pena proteger a cada persona desde el momento de la concepción.

  Concluyo este artículo recordando las palabras del Papa Benedicto XVI: “Le recuerdo a todo aquel que se autonombre católico o lo sea, cualquier bautizado que quiera seguir en comunión con la Iglesia, con nuestro Señor Jesucristo y vivir en estado de gracia, NO puede apoyar ni votar a ningún candidato abortista”.

 

Bendiciones

 

Humanizar el sufrimiento

 

En el evangelio de san Marcos 1,29-39, se nos narra el milagro de la sanación de la suegra del apóstol Pedro y también la sanación de muchos enfermos y expulsión de muchos demonios de algunas personas por obra de Jesús. A todo esto, casi ya en los versículos finales se nos dice que los discípulos buscaban al Maestro y le dijeron que “todos” lo andaban buscando y el Señor les responde que hay que ir a otras ciudades y pueblos cercanos a seguir anunciando el evangelio porque para eso es que Él ha venido.

  Este pasaje del evangelista san Marcos nos pone de frente a reflexionar en la realidad del sufrimiento. Si a nosotros nos preguntaran si nos gusta el sufrimiento la respuesta por lógica ya sabemos cuál sería. Pero, lo cierto es que, aunque a ninguno de nosotros no nos guste sufrir, experimentamos el sufrimiento, y no una ni dos veces en nuestra existencia, sino varias veces. Claro que no se trata tampoco de afirmar que nuestra vida sea o deba de ser un continuo sufrimiento. Pero ¿por qué sufrimos? Pues porque el sufrimiento es parte de la realidad de nosotros los seres humanos; nosotros los seres humanos sufrimos, nos guste o no, estemos de acuerdo o no; el experimentar el sufrimiento no es una opción en nuestra existencia. Dios mismo no exentó a su Hijo del sufrimiento; al contrario, el mismo Jesús dijo que si a Él le hicieron todas esas cosas, a nosotros también nos sucederían o la experimentaríamos. Jesús no vino a explicarnos ni a quitarnos el sufrimiento; Jesús vino a llenarnos de su presencia. Aquí no cabe aquel slogan de una iglesia cristiana brasileña “pare de sufrir”. Pero en nuestros días se ha deshumanizado el sufrimiento y tenemos que recuperar esa dimensión de este. El que sufre no es una cosa; es un ser humano. No se trata de eliminar, matar al ser humano que sufre haciéndole sentir una falsa compasión (eutanasia); es más bien combatir y eliminar el sufrimiento, acompañando al que sufre. Por eso, ¡recuperemos la humanización del sufrimiento!

  Ante la realidad del sufrimiento tenemos que asumir actitudes. Actitudes que encontramos en estos breves versículos arriba mencionados. Vemos a Jesús que no es indiferente ante el sufrimiento del otro, es más bien solidario; se acerca al que sufre con amor, se compadece y actúa en consecuencia. Compadecerse del sufrimiento ajeno no es nada más sentir lástima; el compadecernos del sufrimiento ajeno nos lleva a actuar en consecuencia para ver o buscar la forma de cómo podemos ayudar a sanar o liberar del mismo, a ejemplo de Jesús. Es como lo dirá Jesús a sus discípulos en el pasaje de la multiplicación de los panes cuando éstos le pidieron que despidiera a la gente a sus casas porque ya casi anochecía y no habían comido, y el Señor les dijo “denles ustedes de comer”. No se trata de despedir a la gente ante sus necesidades, ante sus sufrimientos; se trata más bien de ayudarles a resolver sus necesidades, sus sufrimientos.

  Un aspecto muy importante que nos encontramos en estos versículos de san Marcos es que nos presenta a Jesús, -nuevamente-, realizando milagros; lo que en lenguaje técnico se conoce como un “taumaturgo” (hacedor de milagros). Pero debemos de tener muy claro que Jesús no vino al mundo a hacer milagros, sino más bien a anunciarnos el mensaje del Reino de Dios, la salvación. Por lo tanto, los milagros que Jesús realizaba se tienen que leer y ver en relación con este mensaje, no fuera de él. Por eso es que Jesús en ocasiones nos lo presentan los evangelistas que se niega a realizar milagros porque la gente eso es precisamente lo que buscaba en Él: ¡buscaban los milagros del Señor, pero no al Señor de los milagros! Ya en este mismo pasaje de san Marcos se nos narra que no sanó a todos los enfermos ni a todos los posesos, sino que sanó y liberó a “muchos”. Recordemos que en ocasiones se queja de esa visión y, justamente después del milagro de la multiplicación de los panes les reclama a la gente que están siguiéndolo no por el mensaje que transmite, sino porque les dio de comer; y en otra ocasión cuando dijo que esta generación si no ve no cree. Queda más bien especificado por el mismo Jesús que su misión es anunciar el evangelio, la buena noticia de salvación. Cuando Jesús, después de la resurrección, tiene que regresar al Padre les dice a sus discípulos que vayan a anunciar el evangelio a todos los hombres y todos los pueblos y el que quiera creer y se bautice se salvará; su mandato no fue que fueran a realizar milagros. El mismo apóstol san Pablo en su primera carta a los Corintios 9,16-19.22-23 nos dice “hay de mi si no anuncio el evangelio”, y como signos de la veracidad del mensaje les acompañarán los milagros. Pero no al revés. Como vemos, san Pablo sabe que su misión fue esa, la de anunciar el evangelio, no la de realizar milagros. En nuestros días también se sigue dando una visión taumatúrgica de la persona de Jesús; es decir, hay personas que sólo buscan a Jesús para que les realice un milagro, pero no tanto seguirlo porque hayan descubierto en él al Hijo de Dios, al Mesías, al salvador. Buscan y siguen los milagros del Señor, pero no buscan ni siguen al Señor de los milagros.

  Esta es la actitud que debemos de asumir los creyentes en Dios y también como parte de su gran familia que es la Iglesia, a la cual pertenecemos por el bautismo que hemos recibido. Tenemos que ser fieles al mandato del Señor de seguir anunciando su evangelio y Él mismo se irá encargando de ir realizando los pequeños o grandes milagros en nuestras vidas que considere que nos merecemos. Recordemos que la base del milagro es la fe, y no al revés. Como pedimos los cursillistas de cristiandad en nuestra guía del peregrino: señor, que no busquemos tus milagros; pero sí que tengamos tanta fe que merezcamos que nos los hagas.

 

sábado, 20 de junio de 2020

¿Tiene o no razón el papa emérito Benedicto XVI?

“Por eso Dios los abandonó a los malos deseos de sus corazones, a la impureza con que deshonran entre ellos sus propios cuerpos: cambiaron la verdad de Dios por la mentira y dieron culto y adoración a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amen” Rm 1-24-25.

 

En esta semana hemos sido testigos una vez más, de un nuevo paso avasallante de esta colonización ideológica llamada “Teoría del Gender”. La Corte Suprema de los Estados Unidos de Norteamérica, en las voces de sus incumbentes, ha determinado o cambiado, - por un mero trámite de sentencia de este máximo tribunal constitucional -, el significado de la palabra “sexo” en la ley federal para incluir no sólo el significado biológico tradicional del término, -hombre y mujer -, sino también la orientación sexual y la identidad de género, algo que el poder legislativo del país nunca tuvo la intención de hacer. Con esta sentencia, entonces, ahora se forza la parte legislativa que parece ser que tendrá que cambiar la Constitución para adaptarla a la sentencia del Tribunal Supremo. Esto me recuerda a la aprobación de la legalización del “matrimonio homosexual”, que se dio precisamente por una sentencia del máximo Tribunal judicial y no por una legislatura constitucional. Sigue siendo la misma treta que utilizan los poderosos lobbies LGTBIQ+ y abanderados del progresismo, para imponer su ideología totalitarista.

  A esta sentencia de la Corte Suprema, no se han hecho esperar las voces disidentes, como la del Presidente de la Conferencia Episcopal Norteamericana, Mons. José H. Gómez, Arzobispo De Los Ángeles, que dijo: “Estoy profundamente preocupado de que la Corte Suprema de Estado Unidos haya redefinido efectivamente el significado legal de sexo en la ley de derechos civiles de nuestra nación. Esta es una injusticia que tendrá implicaciones en muchas áreas de la vida… Nuestro sexo, ya sea hombre o mujer, es parte del plan de Dios para la creación y para nuestras vidas… Toda persona humana está hecha a imagen y semejanza de Dios y, sin excepción, debe ser tratada con dignidad, compasión y respeto. Proteger a nuestros vecinos de la discriminación injusta no requiere redefinir la naturaleza humana”. Como vemos, Monseñor Gómez mantiene la enseñanza de la Iglesia en materia de sexualidad y dignidad de la persona humana y deja en claro que una cosa no tiene que ver con la otra. Recordemos que una cosa es la persona, en cuanto que es criatura de Dios, con su dignidad; y otra cosa son las actitudes que la persona asuma en su vida. Dicho en lenguaje bíblico: una cosa es el pecador y otra el pecado; Dios ama al pecador, pero rechaza y aborrece su pecado; es al pecador al que hay que salvar, rechazando su pecado; Cristo vino a sanar y salvar al hombre de la enfermedad del pecado.

  También tenemos la opinión del senador norteamericano por el Estado de Missouri, el republicano Josh Hawley, que calificó la sentencia de la Suprema Corte como “una decisión sísmica” que cambia el alcance, el significado y el texto de la Ley de Derechos Civiles. La decisión tendrá efectos que van desde el derecho laboral a los deportes y las iglesias. Esta decisión representa el fin del movimiento jurista conservador. Es decir, la posibilidad de interpretar las leyes desde el punto de vista conservador. Después de Bostock (como se le conoce a la sentencia), ese movimiento tal como lo conocemos, tal como ha existido hasta ahora, ha terminado. Otra cosa que dejó en claro este senador norteamericano fue lo que se califica como un lamentable secreto a voces: “Toda persona honesta sabe que las leyes en este país hoy en día están hechas casi en su totalidad por burócratas y tribunales no elegidos. No están hechas por este cuerpo legislativo. ¿Por qué? Porque este cuerpo legislativo no quiere hacer leyes, por eso. Porque para hacer una ley, hay que hacer una votación. Para poder votar, tienes que registrarla, y registrarla es ser responsable, y eso es lo que este legislativo teme por encima de todo”. Y concluye diciendo: “Este cuerpo legislativo está aterrorizado de ser responsable de cualquier cosa en cualquier tema. ¿Podemos sorprendernos tanto de que donde los legisladores temen pisar, donde el artículo I del legislativo, -este legislativo que recibe el mandato de legislar por la Constitución -, se niegan a hacer su trabajo, los tribunales se precipiten y los burócratas también? ¿Rinden cuentas al pueblo? No, en absoluto. Ahora, ¿qué debemos hacer? Ahora debemos esperar a ver qué dirán los super legisladores sobre nuestros derechos en futuros casos”. Pues parece ser que, por estas palabras y visión de este senador, no hay mucha esperanza de que esta sentencia se revierta. ¿Y habrá sido casualidad que esta sentencia de la Suprema Corte haya sido dada a pocos días de que el Ejecutivo de esa nación promulgara la ley de protección a la objeción de conciencia? ¿Cómo se podría tomar este paso dado por la Suprema Corte frente al Ejecutivo de la nación: quizá como una traición de estos jueces que votaron a favor y que fueron presentados por el presidente norteamericano para ocupar un asiento en dicho Tribunal?, porque la votación fue de seis votos a favor y tres en contra.

  Esta sentencia del Supremo Tribunal de Estados Unidos, no hay dudas de que tendrá una gran influencia en los demás países del área, ya que, si esto ha sido legalizado en el país de las libertades, pues ¿qué nos queda a los demás países en donde esta gran nación tiene su influencia y tomamos como referente para posibles cambios en nuestras legislaciones nacionales? Como dijo una vez nefastamente, un comentarista radial afín al partido de gobierno en nuestro país, cuando en los Estados Unidos se legalizó el matrimonio homosexual: “Tenemos que subirnos a ese tren del progreso”. Y es que el progreso es un poderoso ídolo de las sociedades occidentales.

  Entonces, no cabe dudas de que lo que dijo hace unas semanas atrás el papa emérito Benedicto XVI, tiene razón en calificar la actual realidad de la sociedad moderna en la que ésta está formulando “un nuevo credo anticristiano y castigando a quienes los resisten con la excomunión social. El miedo a este poder espiritual del anticristo es, por lo tanto, demasiado natural, y realmente se necesitan las oraciones de toda una diócesis y de la Iglesia Universal para resistirlo. Dijo también que la mayor amenaza que enfrenta la Iglesia es una “dictadura mundial de ideologías aparentemente humanistas, y contradecirlas constituye una exclusión del consenso social básico. Continuó diciendo: “Hace cien años, todos hubieran pensado que era absurdo hablar de matrimonio homosexual. Hoy, el que se opone, es socialmente excomulgado. Lo mismo se aplica al aborto y la producción de seres humanos en laboratorios”.

  No hay dudas de que esta nueva embestida que se ha presentado será un enfrentamiento más al que tendrá que hacerle cara la Iglesia de Cristo al mundo, porque ella está en el mundo para evangelizarlo, no para perderse en él; ella está en el mundo, pero no es del mundo; está en el mundo como sacramento de Dios. Como vemos una vez más, los políticos y los juristas son los que nos están diciendo lo que es el hombre; no es la naturaleza, ni lo que nos ha revelado Dios lo que nos determina. Es más bien la pura voluntad del hombre, sus antojos, sus percepciones, etc., lo que lo define; si el matrimonio, según la legislación de muchos países, es cualquier cosa, pues también el sexo va por el mismo camino. Y es que el hombre, voluntariamente, quiere seguir transformando su cuerpo. Ya lo dijo el cardenal Robert Sarah: “La humanidad no perecerá: la salvará Cristo. La posthumanidad es una mentira: quiere ser autónoma respecto de su Creador, pero jamás podrá matar a su Creador. Nuestra esperanza esta en Dios. Si el hombre sigue odiando y apartándose de Dios, de su Creador, no le queda otro camino que el de su muerte; avanzar por un camino sin rumbo, sin sentido. Si el hombre deja de buscar a Dios, si se crea sus propios dioses al servicio de su plenitud personal, el Dios verdadero desaparece del horizonte del mundo. El hombre tiene raíces divinas, pues sólo Dios nos da la eternidad”.


jueves, 28 de mayo de 2020

Hay que decidirse: o por la iglesia de la adaptación o por la Iglesia de la Fe.

“Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará” (Mc 8,35).

  Ya hemos entrado, en lo que podríamos llamar o calificar como el final del confinamiento al que fuimos llevados por las autoridades como medida de prevención para que el coronavirus no se siguiera expandiendo entre la población. Ya se ha empezado a aplicar lo que se ha llamado los protocolos de descalada para volver a reactivar la vida productiva, económica y social del país, siempre manteniendo las debidas precauciones para que los contagios y enfermedades por el coronavirus no se siga expandiendo y seguir atendiendo los casos que se presenten. Apelamos siempre a la cordura y conciencia de nuestra gente para que todos pongamos de nuestra parte para que esta reactivación de la cotidianeidad pueda ser exitosa y sin traumas. Por el otro lado, y en lo que respecta a la parte religiosa y eclesial, hay que decir que hemos venido caminando también en este confinamiento ya que, desde el principio, nuestra alta jerarquía católica, decidió cerrar los templos como medida de prevención para no arriesgar la salud física y la vida de nuestros fieles, así como el colaborar con las autoridades civiles para ayudar a la no propagación del virus. Al llegar al momento de la “descalada o reactivación” de las actividades de la población, pues nuestra Iglesia institucional está asumiendo su parte para la reapertura de nuestros templos poniendo en práctica los protocolos de prevención emitidos por las autoridades del área de la salud principalmente y algunos otros que sean de consideración específica para nuestra Iglesia.

  Echando una mirada al ámbito internacional, en lo que respecta a la Iglesia universal, vemos que algunos gobiernos civiles han asumido unas acciones que han afectado a la Iglesia Católica en una clara intromisión en lo que es asunto exclusivo de la institución religiosa, como son las celebraciones litúrgicas dentro del templo. Hemos conocido las acciones de algunos cuerpos policiales en otros países de ingresar al interior del templo y detener la celebración de la misa y mandar a la gente a sus casas, alegando violación a las normas y decretos que prohíben durante la epidemia estas celebraciones o reuniones, y en otros casos se han multado a fieles y sacerdotes por estas acciones. Hemos conocido también las actitudes de algunos obispos que han confrontado directamente a las autoridades manifestándoles su negación a cerrar los templos y la celebración de la misa con pueblo: algunos de estos casos lo tenemos con el cardenal arzobispo de Luxemburgo contra el gobierno; así como los obispos suizos y también los obispos del estado norteamericano de Minnesota que han ordenado que los feligreses vuelvan a los templos para las celebraciones litúrgicas. En realidad, hay que preguntarse, y hasta de justicia es: ¿Se corre menos riesgo en los bancos, supermercados, transporte público, etc., donde hay personas que no guardan la distancia adecuada, ni usan muchas de ellas, las mascarillas; y en los templos sí? Da la impresión de que los templos se han pintado como un lugar o espacio de alto riesgo para la salud y, por lo tanto, la gente manifiesta un fuerte sentimiento de miedo y hasta de pánico. Esperemos en la gracia divina de que estos sentimientos negativos desaparezcan y nuestra gente pueda volver a recuperar la vivencia de su fe y pertenencia a la iglesia de Cristo para así seguir avanzando y dando testimonio de la misma en este mundo convulsionado.

  Siguiendo con la mirada hacia fuera, no podemos olvidarnos del sonado camino sinodal en la que se encuentra, desde octubre del año pasado, la Iglesia Católica en  Alemania. Éstos siguen en su empeño y afán de querer crear una especie de iglesia moderna y progresista; una iglesia adaptada al mundo. Dicen que ya no se puede seguir pensando ni practicando los métodos de evangelización de hace dos mil años; esto tiene que cambiar. Es decir, hay que ir cambiando la doctrina evangélica para adaptarla a los nuevos tiempos: hay que cambiar la moral sexual, lo mismo que la práctica y doctrina sacramental, porque la Iglesia Católica debe de ser más inclusiva, es decir, debe de permitir que las mujeres accedan al ministerio ordenado, que la Iglesia Católica bendiga las uniones homosexuales (como es el caso de los obispos de Austria), permitir el aborto, eutanasia, etc. O sea, la iglesia alemana está planteando la opción de cambiar la enseñanza de Cristo en su evangelio, contradiciendo así el mandato del mismo Cristo de “ensañarles a todos a cumplir TODO cuanto él nos enseñó”. No es de extrañarnos entonces que, para este año presente, -según la oficina de estadística de Munich -, que unos 10,744 católicos se dieron de baja o se retiraron de la Iglesia por diferentes razones.

  Pero preguntémonos: ¿Las otras iglesias cristianas no católicas que han cambiado la doctrina del evangelio de Cristo, pensando que así tendrían más adeptos o fieles en sus templos, en verdad ha sido así? ¿Estas iglesias que se han plegado y adaptado a los criterios del mundo moderno y progresista, han sido exitosas en la evangelización? Los ejemplos ahí están. Están peor que la Iglesia Católica. Han traicionado a Cristo y su evangelio; han afueridado, hechado a un lado a Cristo porque lo consideran un estorbo; y así quieren seguir llamándose iglesias cristianas. Hoy se habla de la “nueva normalidad” después de la epidemia del coronavirus; pues hoy también se habla de la “nueva iglesia”, la iglesia adaptada al mundo. El papa Benedicto XVI, haciendo una evaluación de la tarea de evangelización de la Iglesia Católica, dijo: “La Iglesia ha de abrirse al mundo para evangelizarlo, NO para perderse en él”. Cristo dijo que nosotros los creyentes y discípulos suyos hemos sido puestos como luz para el mundo y sal de la tierra; de modo que, tampoco un ciego puede guiar a otro ciego. La Iglesia es, ante todo, sacramento de Dios en el mundo. El puesto de la Iglesia en la tierra está solamente al pie de la cruz. La Iglesia es de Cristo, no nuestra y por eso prometió que ningún poder del infierno prevalecerá sobre ella. No somos los cristianos los que nos oponemos al mundo. Es el mundo el que se opone a nosotros cuando proclamamos la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Con razón dijo el papa san Juan Pablo II que la Iglesia de hoy no necesita de nuevos reformadores, sino que necesita nuevos santos.

  La iglesia de la adaptación no cree que sea Cristo el que la haya querido fundar; cree que es mera construcción humana, creada por nosotros y, por lo tanto, puede ser sometida a cambios y transformaciones antojadizas de acuerdo a los tiempos; es la iglesia de la oscuridad, de la mentira; crean su propia iglesia según sus necesidades; con una visión puramente sociológica y no sobrenatural; es decir, la iglesia de la adaptación es una estructura puramente humana, y así mismo acaba, siendo humana. La iglesia de la adaptación se convierte en una cueva de ladrones y en servidores del demonio. La iglesia de la adaptación muere porque tiene miedo de hablar con absoluta honestidad y claridad. La iglesia de la adaptación es cómplice por su silencio con la culpabilidad del mundo pecador. Pero la Iglesia de la fe es el pueblo de Dios, que ora y es fiel a Su Señor; y en la concepción neotestamentaria, es cuerpo de Cristo: se entra y se pertenece a ella por medio de la inserción en el cuerpo del Señor, por medio del bautismo y la eucaristía. Es la comunión de los santos, que tienen en común las cosas santas, es decir, la gracia de los sacramentos que brotan de Cristo, muerto y resucitado. La iglesia de la fe escucha el corazón de nuestro Dios. La iglesia de la fe forja su unidad sobre la verdadera Doctrina a ella encomendada. La iglesia de la fe no impone a Dios, pero sí lo propone, lo anuncia, lo proclama porque es indispensable para el hombre. La iglesia de la fe procede de Dios y es fiel a Jesucristo. La iglesia de la fe es la que sobrevive a los embates del mundo.

  En conclusión: adaptarse es sucumbir, es morir. Sólo la fidelidad a Cristo y a su evangelio nos podrá mantener en pie; no importa que sea una iglesia pequeña, lo importante es que sea fiel a su Señor. No podemos renunciar a Cristo para adaptarnos al mundo. La iglesia de la adaptación no salva. No busquemos ni construyamos una iglesia a nuestra medida; más bien que nuestra necesidad sea la medida de Cristo, su conocimiento, su amor, su vida. Esta es la iglesia que salva y la que fundó Cristo y que ningún poder mundano podrá destruir.

  ¿Qué decides? ¿Estas con Cristo o contra Cristo? ¿Cosechas con Él o desparramas? ¿Quieres servir a Cristo o quieres servir al mundo? ¿Quieres adorar a Cristo o quieres postrarte ante el mundo y su pecado adorándolo? ¿Quieres darle a Cristo lo que es de Cristo y al César lo que es del César? O ¿Quieres darle al César también lo que es de Cristo? Nuestra gloria es la gloria de Cristo. Esa es nuestra meta. Esa es nuestra fe.


martes, 19 de mayo de 2020

La reapertura de nuestros templos: una nota aclaratoria


“Jesús les dijo: Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y se admiraban de Él” (Mc 12,17).


  Queridos hermanos, a raíz de esta situación de la epidemia del coronavirus que la humanidad viene experimentando durante estos meses, y tomando en cuenta las medidas que han ido adoptando las autoridades de los países para ayudar a contrarrestar la expansión de este, motivados por las recomendaciones de la OMS, principalmente. En lo que respecta a nuestro país, que no ha quedado al margen de todo esto, pues hemos venido caminando bajo una serie de medidas que han alterado nuestros hábitos y costumbres, en la que generalmente se ha manifestado la incomodidad por un lado y el apoyo por el otro; se ha señalado también la falta de educación e inconciencia de gran parte de la población para el cumplimiento de las medidas preventivas. Tenemos por otro lado, la no eficacia por parte de las autoridades en hacer cumplir las normas de prevención, así como el manejo político que se le ha dado al tema. En la reciente alocución del presidente de la República, donde comunicó a la población las acciones a seguir en lo adelante con respecto a la reactivación de la vida económica y social de la población, y que ésta se ha de realizar por etapas establecidas por unas fechas; se nos comunicó a la nación cómo se van a reiniciar las actividades económicas, los negocios, las instituciones;  pero en ninguna parte del discurso ni de las medidas, se mencionó lo referente a la reapertura de los templos o iglesias. Hay quienes afirman que las iglesias se reabrirán a partir de la segunda etapa porque piensan que están incluidas en el grupo que se menciona con las palabras: “No abren espacios de entretenimiento, cines, parques, plazas comerciales, sector hotelero, gimnasios, entre otros”. Pues hay que aclarar que esto no es así.

  La Iglesia Católica, como institución, no está sujeta ni bajo la tutela o legislación de los Estados. Es una institución autónoma, independiente, soberana que tiene su fundamento en lo que se conoce como el “derecho de Dios o derecho divino”. El Estado o los Estados no pueden intervenir en los asuntos internos de la institución eclesial; dicho de otra manera, no puede intervenir en lo que sucede en el altar. Si lo hace y la Iglesia lo acepta, la libertad de la Iglesia se pierde. Si no es libre en el altar, la iglesia no será libre en ningún otro campo. La libertad de la Iglesia se basa en su divina institución. El ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Gerard Müller, en una entrevista publicada a principios de mayo del presente, dijo: “La Iglesia no es cliente del Estado. Los sacerdotes no son funcionarios del Estado. Nuestro pastor supremo es Jesucristo, no ningún presidente. El Estado tiene su tarea, y la Iglesia tiene la suya. Tomar determinadas medidas externas es tarea del Estado; la nuestra es defender la libertad e independencia de la Iglesia y su superioridad en la dimensión espiritual. No somos una agencia subordinada al Estado”. Cristo la ha constituido, ha enviado el Espíritu Santo para sostenerla y guiarla, la ha hecho administradora de la Gracia, ha establecido un orden jerárquico en ella, le ha dado una misión, le ha dicho cómo adorarlo en la liturgia, le ha enseñado cómo rezarle, le ha hecho parte de una maternidad sobrenatural, le ha dicho que respete a las autoridades terrenales que se apoyan en el derecho natural que tiene a Dios como autor, y también que obedezca a Dios antes que a los hombres (Hc 5,29). Tenemos entonces que los derechos de la Iglesia se basan en los derechos de Dios y no en el derecho a la libertad religiosa de los cristianos. La Iglesia es soberana en la custodia de las verdades reveladas y de la ley moral natural, es soberana en la determinación de la liturgia porque Dios debe ser adorado como Él quiere y no como los hombres desean, es soberana en la educación de los niños y de los jóvenes porque la educación es como la continuación de la creación, es soberana en la santa constitución del matrimonio y de la familia y es, por último, soberana en la caridad que es participación en la vida misma de Dios.

  Pero, los Estados modernos o “progresistas”, han ido quitando soberanía a la Iglesia en estos temas que hemos señalado (unión legal gay, adopción por estas parejas, educación y adoctrinamiento ideológico de género, transexualismo, etc.). Le ha quitado soberanía sobre la doctrina y la moral, impidiéndole impartir enseñanza en contra de los “nuevos derechos”, le quita soberanía sobre la liturgia, regulando los altares con sus gritos.

  Dicho todo lo anterior, ¿qué esperar de la reapertura de nuestros templos en nuestro país? Lo primero es que, la decisión de cerrar los templos católicos la tomaron los obispos de común acuerdo y la comunicaron mediante un escrito de la Conferencia Episcopal. No fue el gobierno o Estado que lo ordenaron. Esto así, porque nuestra alta jerarquía católica lo asumió, sobre todo, para no provocar aglomeramiento de personas en los templos y ayudar a la no propagación del virus y velar así por la vida y la salud física de su feligresía; también como una colaboración con las autoridades civiles. Para la reapertura, es nuevamente la alta jerarquía católica la que deberá tomar la decisión y no el gobierno o Estado, porque no es de su competencia. Es más, si un obispo, en su diócesis, tomara la decisión de reabrir los templos el día de mañana, puede hacerlo con toda libertad porque es una acción exclusiva de su consagración, guía espiritual y autoridad pastoral. Ningún obispo tiene que esperar un comunicado de la Conferencia Episcopal para hacerlo; otra cosa es si deciden hacerlo de manera conjunta, y así se expresa la unidad eclesial de nuestros pastores y fieles.

  En conclusión. Si es verdad que esto que hemos escrito es así, no es menos cierto que también debemos apelar a la prudencia, - no confundirla con el miedo ni la imprudencia-, siempre y cuando ésta no nos lleve a relajar o rebajar nuestras celebraciones sacramentales ni de culto a Dios, tenemos que esperar y estar atentos a las determinaciones que tomarán nuestros pastores al respecto. Es sabido ya que algunos han empezado a prepararse para la posible reapertura de los templos y vida eclesial aplicando las recomendaciones de prevención y otras que a lo mejor se implementarán en las diócesis y comunidades parroquiales de acuerdo con sus realidades. Tenemos primero que seguir buscando el Reino de Dios y todo lo demás vendrá por añadidura. El corazón de nuestra fe cristiana es el Dios trascendente que se hace inmanencia en nuestra vida, es Cristo verdadero hombre y verdadero Dios a través de la Encarnación.

domingo, 17 de mayo de 2020

La “Nueva Normalidad” o “Control Social”


“Los regímenes totalitarios han destruido al hombre, han atropellado la fe y los valores culturales, han pisoteado las libertades y la dignidad del hombre: el mismo hombre al que ambicionaban transformar” (Card. Robert Sarah).



Por Pbro. Robert A. Brisman P.

 

  Sin pretender hacer un recorrido por los acontecimientos catastróficos que ha experimentado la humanidad en su caminar histórico, y más bien partiendo de las catástrofes más impactantes de los últimos veinte años, podemos citar el ataque terrorista con aviones comerciales de pasajeros a las torres gemelas (Word Trade Center) del estado de Nueva York en septiembre del 2001 (conocido como el 11S), también al centro del poder militar de los Estados Unidos, el Pentágono; así como otros acontecimientos terroristas en Europa, como el ataque al metro en Madrid y también al metro de Inglaterra. Actos estos calificados como de “terrorismo” y que dejaron la consecuencia de miles de muertes de seres humanos, más concretamente, el de las torres gemelas. Todavía, - y creo que así permanecerá en nuestra memoria -, recordamos aquella mañana fatídica de ver cómo ardían estos edificios y que al paso de los minutos muchas personas que quedaron atrapadas en los diferentes pisos se lanzaban desde las alturas pensando a lo mejor que tenían más oportunidad de sobrevivir que quedarse en el piso ardiente, para después ver cómo esas dos grandes edificaciones se derrumbaban completamente hasta el suelo.

  Menciono estas tragedias, - sin pretender jamás tocar heridas ni sentimientos que, a lo mejor, aún no han sanado ni cicatrizado -, porque a partir de esos acontecimientos, sobre todo el de las torres gemelas, la realidad de la aviación civil, en general, no ha sido la misma debido a las exigencias de las autoridades estadounidenses para viajar a su territorio. Como era de esperarse, al principio fue una tremenda molestia para las personas, en la que muchas no estaban de acuerdo con las “nuevas medidas” para viajar, y otras sí las apoyaban; también otras mostraban su indiferencia. En fin, diferentes reacciones ante una misma situación. Pero lo cierto es que, con el paso de los años, ya las personas, los viajeros nos hemos acostumbrado a todo esto y ya no le damos mente. Por ahí, de vez en cuando, nos sorprenden las autoridades estadounidenses de reforzar las medidas cuando se enteran de que hay alguna amenaza terrorista y activan los protocolos de seguridad y vigilancia. En suma, a partir de esa tragedia del 11S, las cosas empezaron a ser distintas en lo que a las normas de viajar se refiere.

  En la actualidad, la humanidad se encuentra transitando por una nueva amenaza o tragedia que la ha obligado a cambiar, si no todos, sí algunos hábitos y costumbres. Estamos caminando en medio de esta epidemia, - algunos prefieren llamarla pandemia, otros la llaman planemia (de plan), y otros cortinavirus -, del coronavirus y ya se escuchan voces de analistas, científicos y políticos, hablando de que, a partir de esta epidemia, la vida, las cosas, las costumbres, los hábitos no volverán a ser igual. Según estas personas estamos ya entrando a lo que se ha calificado como la “Nueva Normalidad o Control Social”.

  Pero ¿en qué consiste es “Nueva Normalidad o Control Social”? Según el secretario de salud de la ciudad de México, Hugo López: ésta consiste en la regulación de actividades sociales, laborales, económicas, educativas y culturales, ya que, mientras existan casos de covid19 en el país, hay riesgo de que se presente un nuevo brote de la enfermedad. Una forma en la que se puede dar un rebrote del virus es a través de la liberación de la actividad pública, lo que podría ocasionar que el número de contagios volviera a incrementar. Por otro lado, ya en la Argentina están hablando de que, por ejemplo, los restaurantes y bares tendrán mamparas entre mesa y mesa, asientos bien separados (no aplicable a las familias), el uso de mascarillas; algunas líneas aéreas proponen eliminar filas de asientos en los aviones para crear espacios entre los pasajeros; en el deporte de masas, como el béisbol, fútbol, basquetbol, etc., con menos público y asientos distanciados. Otros elementos de esta “Nueva Normalidad o Control Social” son la supresión de los saludos, abrazos, besos, restricción de público en instalaciones deportivas estatales, la actividad cultural reducida a la mitad o menos de la mitad, el trabajo desde la casa (teletrabajo), así como el estudio desde la casa, y otras medidas escolares que caen en la ridiculez. En España y Argentina, algunos ayuntamientos están reacondicionando los pasos de cebra haciéndolos más anchos para garantizar el distanciamiento entre los peatones, así como dar más tiempo a los semáforos para el cruce de las calles. Otras sugerencias que circulan en las redes muestran que es posible que las personas tengan que cubrir la cabeza entera con una especie de globo al salir de sus casas. En Alemania ya se está aplicando en algunos templos católicos el uso de mamparas cuando las personas vayan a comulgar y al lado otra persona aplicándoles una especie de aerosol o desinfectante, y otras medidas o sugerencias más.

  ¿Soportaremos en verdad esta “Nueva Normalidad o Control Social”? ¿Nos acostumbraremos a hacer largas filas, con la pérdida de tiempo que implica? ¿Nos acostumbraremos o nos resignaremos a no poder saludar, ni abrazar a nuestros seres queridos (papá, mamá, abuelos, sobrinos, esposa, esposa, hijos), ni a nuestros amigos, etc., porque pensamos que pueden contagiarnos o contagiarlos del virus? Nos están enseñando a tenerle miedo al prójimo y están empezando con los niños en las escuelas. Es decir, ¡la muerte llega a través de la proximidad con el prójimo!  ¿Y es que esta Nueva Normalidad o Control Social nos va a impedir expresar nuestro cariño, afectos, sentimientos a los demás? En Argentina, el ministerio de salud motivó a la población a que se abstuviera de tener intimidad, - relaciones sexuales -, para evitar algún contagio del virus y que más bien usaran la masturbación motivándose con el uso de la pornografía. Hay que preguntarse seriamente, ¿a dónde nos van a llevar o a dónde nos quieren llevar con esta Nueva Normalidad o Control Social?

  ¿Saben qué? La vida continua y como sigamos batiendo, pensando, maquinando todo el tiempo esta situación anormal del virus y un confinamiento, - calificado de irracional porque nos han aislado a todos: contagiados, enfermos y sanos -; acabaremos con una depresión aguda y colectiva, - que de hecho está sucediendo -, con la terrible consecuencia de caer hasta en el suicidio. ¿En verdad se quiere buscar una cura?   La cita del cardenal Robert Sarah, con la que hemos iniciado este escrito, lo dice bien claro: “Nos están pisoteando nuestras libertades y nuestra dignidad; nos están atropellando”. Siento que nos están anestesiando, nos tienen hipnotizados y sin capacidad para reaccionar de un modo racional; parecemos borregos, todo lo que nos dicen los medios nos lo estamos creyendo; no cuestionamos y aceptamos todo tan mansamente; pocos son capaces de escuchar otras voces científicas calificadas de epidemiólogos y virólogos que nos están advirtiendo y orientando de lo que hay detrás de esta epidemia y no quieren escuchar ni entender, porque el miedo, el pánico y el terror los tiene congelados. En todo esto hay un beneficio que un grupo pequeño pero muy poderoso, quiere obtener a consecuencia de desentenderse y de fastidiar al mismo hombre. Y es que el rechazo a la vida, la muerte de los niños no nacidos, de los discapacitados y de los ancianos, la destrucción de la familia natural y de los valores morales y espirituales es el primer acto suicida de toda una población. Esta “Nueva Normalidad o Control Social” no es más que la continuación de la decadencia de la civilización. ¡La humanidad se derrumba, se sigue deshumanizando! Desgraciadamente, el hombre ya no quiere reconocer sus errores. Está satisfecho de lo que hace sin Dios. Está satisfecho de su decadencia, del caos. En un sistema relativista, todo es manipulable, incluida la vida humana. Y estas tragedias y manipulaciones continuarán. Preparémonos lo mejor que podamos para los golpes que vienen para que nos duelan lo menos posible, porque el plan genocida, dictatorial y deshumanizante sigue su curso, porque a los “dueños del mundo”, les urge tener el control absoluto sobre el resto de la humanidad.

¡Bienvenidos a la Nueva Normalidad o Control Social!