martes, 8 de febrero de 2022

Las tribulaciones continúan

 

“Miren que llega la hora, y ya llegó, en que se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo. Les he dicho esto para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán sufrimientos, pero confíen: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

 

  Son y siguen siendo muchas las voces en el mundo que advierten que esta crisis de salud en la que la humanidad viene caminando nos llevan a que las cosas ya no serán iguales a como las vivíamos antes de la misma, es decir, antes del 2019. Recordamos aquí las palabras dichas en una entrevista por el presidente del Foro Económico Mundial, el señor Klaus Schuab, cuando le preguntaron en una entrevista: “¿Cuándo volveremos a la normalidad? Y su respuesta fue simplemente “nunca”. A esta afirmación se suman también otros organismos como la ONU, el mismo papa Francisco, FMI, etc. Y es que las tribulaciones o pruebas siguen y no parece que vayan a parar. Pero cabe preguntarnos si nosotros sabemos cómo detenerlas.

  ¿Qué ha sucedido con el hombre? ¿Qué ha sucedido con el plan original de Dios con respecto al hombre? ¿Qué ha hecho el hombre con la libertad con que Dios lo creó? ¿Por qué el hombre sigue con la intención de aniquilar al mismo hombre? ¿Por qué el hombre quiere adueñarse y cambiar lo que él no creó ni inventó? ¿Por qué el hombre sigue con la idea de querer ser como dios? ¿Por qué sigue el hombre queriendo dominar hasta lo que no puede dominar: la naturaleza? Sigue el hombre cayendo en la misma tentación de nuestros primeros padres, cuando la serpiente les dijo “serán como dioses”. ¿Por qué sigue sucediendo todo esto? Pues la respuesta parece ser sin lugar a duda, que la humanidad sigue en su empecinamiento de revelarse contra Dios. Pero ¿esta revelación la adquirió solo o, alguien, algún espíritu maligno se la inoculó? Pues así es: el maligno, el padre de la mentira, el embaucador, enemigo de Cristo y de su Iglesia…, satanás es el causante de esta rebeldía de la humanidad. Es lo que se ha denominado la tan señalada batalla espiritual: guerra entre el Reino de Dios contra el reino de satanás. Ya el Señor nos había dejado en claro, en el diálogo con Poncio Pilatos, que su Reino no es de este mundo. Y es que el Reino de Dios nos ha llegado por medio de su Hijo como el remedio, la medicina que sana y cura esta enfermedad del mundo.

  Nuestra celestial Madre del cielo, en su aparición en Fátima, ya nos había advertido que Rusia esparciría sus errores por el mundo y que se le podía combatir cuando el Papa, en unión con todos los obispos del mundo consagraran a Rusia a su Inmaculado Corazón, para así tener y vivir una real y verdadera época de paz. Pero lo cierto es que este deseo de la Señora del cielo, su deseo de consagración de Rusia, no se realizó como ella lo pidió. Ha habido uno que otro intento de hacerlo, pero la realidad religiosa y política rusa lo ha impedido, ya que, no se ha querido entrar en una especie de controversia con la iglesia ortodoxa y el gobierno ruso. El Papa san Juan Pablo II, el 25 de marzo de 1984 lo que dijo fue: “Madre de la Iglesia, ilumina especialmente a los pueblos de los que tú esperas nuestra consagración”. Y en otra revelación de nuestra Madre, dijo estas palabras: “Hoy la consagración de Rusia y su consagración personal, son necesarias para la salvación de toda la humanidad, tan enferma y tan alejada de Dios y de la Iglesia”.

  Como parte de estas tribulaciones, tenemos lo que está viviendo la Iglesia de Cristo a lo interno en estos últimos tiempos. No podemos negar que la Iglesia está siendo azotada por embates externos, pero también por embates internos producto de la infiltración del enemigo de Cristo y sus secuaces: los masones y los comunistas que se han infiltrado desde los seminarios. ¿Y con qué intención hicieron esto? Pues con la intención de que influyeran, desde los altos puestos, para cambiar la doctrina y moral católica. Es una especie de sabotaje interno de la Iglesia. Estos ataques a la Iglesia de Cristo, desde fuera y desde dentro, conllevan la consecuencia de la disminución de la fe a su mínima expresión en países y continentes, para dar paso así a una nueva religión, despojada toda ella de su contenido trascendental; una vivencia religiosa puramente horizontal.

  ¿Qué es lo que debemos de hacer para contrarrestar esta situación de tribulaciones que está atravesando la Iglesia de Cristo? Nuestra Madre del cielo nos insiste que tenemos que fortalecer la oración, la penitencia y la práctica sacramental, para lograr, sobre todo, la conversión de los pecadores. Es el poder de la oración hecha con fe, perseverancia, confianza y humildad. Por medio de ella se disipan las tinieblas del pecado, los sufrimientos y tribulaciones que buscan apartarnos de Dios y de su plan de redención de sus hijos.

viernes, 21 de enero de 2022

Homilía Solemnidad de Nuestra Sra. De La Altagracia2022

 

Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

  En el pasaje del evangelio de san Lucas que hemos leído, escuchamos la afirmación de la Virgen María: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. En la tradición bíblica, el evangelista san Lucas es conocido como el “evangelista de la Virgen María” puesto que, de los cuatro evangelios canónicos que tenemos en el canon de la Biblia, este es el evangelista que más espacio le dedica a la madre del Mesías, de Jesús. De hecho, los pocos textos evangélicos que tenemos con relación a la Virgen María, tenemos que leerlos y asumirlos siempre en relación a la persona de su Hijo Jesucristo, ya que el evangelio se trata de Jesús y su misión salvífica, y la Virgen María está incluida en la misma, no aparte.

  El evangelista san Lucas resalta la actitud humilde de María ante la manifestación de la voluntad de Dios, expresada por su enviado. Esa humildad es ciertamente la que atrae la mirada de Dios. Es también enseñanza para nosotros si es que queremos atraer la mirada de Dios: tenemos que aprender a ser humildes. El Señor dijo que enaltece a todo el que se humilla, y humilla al que enaltece. La virtud de la humildad, llamada la madre de todas las virtudes, fue la que llevó a María a abandonarse y aceptar sin miramientos y de manera incondicional, la voluntad de Dios. María se abre así a que Dios, por medio de ella, lleve a cabo la realización de su plan de salvación para la humanidad. La virtud de la humildad va acompañada siempre de una verdadera actitud de oración de fe, de confianza, de devoción y de perseverancia. Por esto, María es siempre nuestro mayor y mejor ejemplo de fe y de humildad. Es nuestro modelo seguro para aprender a ser mejores hijos de Dios, en bondad y en santidad.

  La Virgen María es, además, el modelo de persona libre, creyente y comprometida. Dios no se le impone, sino que deja en la libertad a María para que asuma y haga suya su voluntad. Espera la respuesta libre de ella. Dios quiere ser padre a la manera humana, y necesita del mismo ser humano para poder lograrlo. Por eso eligió a una mujer, a María, para ver realizado su plan salvífico. María también quiere ser madre, por eso no vacila. Une sus deseos a los deseos de Dios que quiere salvar a su pueblo. La respuesta de María es una respuesta libre que expresa un hondo deseo ante algo que la va a ser muy feliz. Por esto, ya el mismo Jesús dirá que la dicha, el gozo y la felicidad nuestra está en la medida en que escuchemos la palabra de Dios y la pongamos en práctica. En su Fiat o hágase, María expresa su entrega confiada y total a Dios y su voluntad.

  El Fiat o hágase de María, nos tiene que llevar a pensar y reflexionar en cómo hizo ella la voluntad de Dios para imitarla, y nosotros hacer lo mismo. María no sólo fue la mujer judía, sino que también fue la mujer cristiana. Su fe la llevó a creer en el amor de Dios, en el interés de Dios por salvar a los hombres. María confía en Dios, y esa confianza la lleva a experimentar la paz interior que brota de saberse en las manos del Padre. María muestra y da testimonio así, de su confianza y agradecimiento, frutos hermosos que se desprenden de la fe en el Dios que existe y que también es amor. María nos enseña a estar disponibles para darle a Dios lo que él nos pida. Por eso tenemos que preguntarnos: ¿En qué consiste hacer la voluntad de Dios? ¿Qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Cómo puedo saber lo que Dios quiere de mí?

  Hemos iniciado este año 2022. Nos hemos reunido, en nombre de Cristo, en este lugar, que es la casa de Dios, lugar de nuestro encuentro con Cristo porque somos parte de SU Iglesia, de su nueva y gran familia espiritual: “Allí, donde dos o más están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”. Nos hemos reunido aquí para alabarle, bendecirle, adorarle, darle gracias y presentar nuestras peticiones. No olvidemos que nuestra fe es cristocéntrica: llegamos al Padre por medio y a través de su Hijo Unigénito; de nadie más, porque él es el camino, la verdad y la vida. Pero este cristocentrismo de nuestra fe, viene enfrentándose a lo que hoy en día muchos vienen predicando como una fe humanista, o una religión de la humanidad; una fe y religión horizontal. Es decir, una fe centrada en el hombre; donde no hay diferencia entre las religiones ya que, afirman que todas enseñan lo mismo, y en la que todos los hombres puedan estar de acuerdo. Una religión que busca que nadie se sienta pecador y que piensen que fácilmente llegarán al cielo. Los que predican esta idea, se olvidan de las palabras del mismo Cristo: “No todo el que me diga Señor, Señor, se salvará, sino el que escuche mis palabras y las ponga en práctica”; y también: “Una vez que el dueño de la casa haya entrado y haya cerrado la puerta, se quedarán fuera y empezarán a golpear la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. Y les responderá: no sé de dónde son” (Lc 13,25). Predican una religión que busca más la solidaridad entre las personas y proteger el planeta. Muchos están sustituyendo la predicación del cristianismo, por la predicación del humanismo y el ecologismo; han dejado de predicar el evangelio de Jesús, para predicar el señorío del hombre en la tierra.

  Pero toda esta visión de esta nueva religión no es más que una gran herejía, que es el paso previo para la apostasía, que es el abandono generalizado de las verdades de la fe tradicional católica, por las verdades de la fe humanista. Aquí cabe recordar la pregunta que se hizo el mismo Cristo: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8). Y en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el apóstol san Pablo ya nos advierte: “Cuiden de ustedes y de toda la grey, en la que el Espíritu Santo los puso como obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que él adquirió con su sangre. Sé que después de mi marcha se meterán entre ustedes lobos feroces que no perdonarán al rebaño, y que de entre ustedes mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas perversas, con el fin de arrastrar a los discípulos tras ellos” (20,-30).

  Al llegar a este nuevo año, damos gracias a Dios y seguimos abriendo nuestro corazón a sus bendiciones. Pudimos dejar atrás un año que fue de muchas pruebas y dificultades; pero también de muchas experiencias positivas. Es el anhelo, sino de todos, pero sí de la gran mayoría, que este año que recién iniciamos, sea de cambios positivos en sentido general. Muchos se preguntan si el mismo será diferente al que acaba de pasar. Más bien creo que, lo que en realidad tenemos que preocuparnos es en que somos cada uno de nosotros los que debemos ser diferentes y cambiar. Un cambio que bien sabemos no nos cae del cielo, ni por arte de magia; sino que es el cambio que se da en la medida en que dejemos actuar la gracia de Dios en nuestras vidas.

  El demonio no descansa, no da tregua. Se retira siempre para preparar la siguiente estrategia de ataque contra los hijos de Dios. Esos ataques no solamente son externos, sino que se vienen haciendo presentes en el mismo interior de la Iglesia, de la familia espiritual de Cristo. Como Iglesia, como Pueblo santo de Dios, estamos atravesando por un tiempo difícil, por nuestro valle de lágrimas. Me viene a la mente recordar el pasaje del evangelio de la “tempestad calmada” en el cual se nos narra las dificultades que estaban experimentando los apóstoles de Cristo en la barca para cruzar el mar de Galilea y llegar a la otra orilla. El grito desesperante de los discípulos: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” (Mc 4,38b). La Iglesia, que es imagen de la barca, está navegando en medio de aguas turbulentas e increpada por los fuertes vientos, que están zarandeándola y a sus tripulantes los está llenando de miedo; y, al igual que los discípulos, también gritamos desesperados: “Señor, ¿no te importa que perezcamos?” Pero el Señor, al igual que le dijo a sus discípulos, nos dice también a nosotros: “¿Por qué se asustan? ¿Todavía no tienen fe?” (Mc 4,40).

  A la luz de estas palabras del evangelio, echamos una mirada rápida a nuestra realidad, a nuestra situación como sociedad y como comunidad cristiana, y vemos que las cosas no están del todo bien. En palabras del escritor peruano, Mario Vargas Llosa, “vivimos en la civilización del espectáculo”. Dice este autor: “En la fiesta y el concierto multitudinario los jóvenes de hoy comulgan, se confiesan, se redimen, se realizan y gozan de ese modo intenso y elemental que es el olvido de sí mismo… Masificación es otro rasgo, junto con la frivolidad, de la cultura de nuestro tiempo”. Y en cuanto a lo religioso, nos señala: “En la civilización del espectáculo el laicismo ha ganado terreno sobre las religiones, en apariencia. Y, entre los todavía creyentes, han aumentado los que sólo lo son a ratos y de boca para afuera, de manera superficial y social, en tanto que en la mayor parte de sus vidas prescinden por entero de la religión”.

  Nuestra sociedad dominicana, de fundamentos, valores y principios cristianos, está encaminándose cada vez más por caminos que la llevan a apartarse de los mismos. Somos, en gran medida, una sociedad que presume de su identidad cristiana, pero que sus acciones y hechos de vida, están cada vez más apartados del Dios dador de vida. Claro que este es un mal no exclusivo nuestro, sino de la humanidad. Hay una guerra sin precedentes y permanente entre dos poderes, dos reinos: el Reino de Dios contra el reino del mundo. Recordemos que Jesús dijo que su Reino no es de este mundo; que nosotros hemos venido de Dios y a Dios vamos a volver; que nuestra patria definitiva es la Jerusalén celestial. Pero, mientras llega esa partida a la casa del Padre, tenemos una misión que realizar en este mundo y es que debemos de guiarlo por el camino que hacia Dios conduce; que debemos dejarnos iluminar por la luz de Cristo y llevar esa luz a todos los rincones de nuestra vida, para que nuestras obras se vean iluminadas por la verdad de Dios; que debemos y tenemos la obligación, como bautizados, de traer de nuevo el evangelio de Cristo al interior de su Iglesia para que, como luz, la ilumine y la lleve de nuevo a vivir como su esposa, inmaculada y santa.  Hacer presente el evangelio de Cristo en nuestra sociedad, para que nuestros hombres y mujeres, los de a pie, los llamados de “altas esferas” y los que desempañan alguna función pública, dignifiquen el ejercicio profesional y político, y que la opinión pública esté siempre acorde con la verdad.

  Hay una fuerte y profunda crisis moral que caracteriza a nuestra sociedad dominicana. Estamos transitando la era de las redes sociales, en donde a muchos lo que más les interesa son los “likes o los me gusta” de sus publicaciones; donde cada día muestran sus intimidades y exponen sus cuerpos como cualquier mercancía en el mostrador para darse la oportunidad de engrosar su ego, su vanidad y su narcisismo; además de utilizar un lenguaje vulgar, soez y de falta de respeto, donde muchos de sus ciudadanos exigen a los demás lo que ellos nunca están dispuestos a dar: tolerancia. Es la sociedad de la apariencia. Seguimos inmersos en la discusión del Código Procesal Penal, - que es el cuento del nunca acabar -, en donde los intereses foráneos imponen su poder disuasivo mediante el dinero y el chantaje a nuestros legisladores, para que en nuestra sociedad se imponga un Código Penal que muy poco tiene que ver con nuestra realidad. Un código garantista más de las acciones del victimario y no de la víctima, y también garantista de los nuevos y falsos derechos humanos, como la ideología de género. En fin, es la implantación de la Agenda 2030, de las Naciones Unidas y sus Objetivos del Desarrollo Sostenible, que anula la soberanía de los estados, las libertades y los derechos de sus individuos, de la cual nuestro país es signataria.

  Tenemos que luchar contra la persecución, la discriminación y la prohibición que existen dentro de la misma iglesia de Cristo. En la actualidad, vivimos la división y confrontación a la que nos han sometido nuestras autoridades civiles, y otros grupos que siguen apostando, infundiendo y profundizando en la población el miedo, el pánico y el terror; que es mejor llamarlo brote psicótico; inoculación de ideas delirantes; mientras la sociedad dominicana está loca de miedo, hay grupos que están locos de codicia y de poder. Pues esta división y confrontación se han hecho presentes dentro de la Iglesia. Así como la sociedad la han dividido en categorías de ciudadanos, así también está sucediendo en gran parte de la Iglesia. Y todo por un tema que nada tiene que ver ni con la fe, ni con la moral, ni la doctrina católica. Me refiero al tema de las vacunas: tema que tiene dividida y enemistadas a muchas familias y amistades rotas. Un tema más difícil de conversar que el tema político, en donde la irracionalidad parece el denominador común. Un tema en que lo mejor es no hablarlo ya que nunca se llegará a un acuerdo común. Un tema basado para muchos, más en las percepciones personales y no en la ciencia; en donde nuestras autoridades lo que han hecho es asumir y aplicar unas resoluciones violatorias de los derechos fundamentales y libertades de los ciudadanos, y que privilegian a unos sectores y a otros los castiga. Se ha confundido el control con el cuidado. La obediencia está por encima de la capacidad de crítica.

  Como ejemplo de esta división que se está metiendo en la iglesia de Cristo, tenemos al cardenal-arzobispo de Luxemburgo, Jean Claude Hollerich que, además es el presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea, que ha pedido que se exija el llamado “pasaporte covid” a todo aquel que desee acceder a los servicios religiosos en Europa, en lo que supone el último paso, por ahora, hacia un respaldo general de la Iglesia a unos controles más estrictos. Su justificación, para semejante exigencia es: “En este momento en que la pandemia está resurgiendo, debemos salvar vidas, y este pase verde debería dar la bienvenida a la gente a la misa”. Hay que recordarle a este obispo, como a muchos otros, que la misión de la Iglesia es la salvación de las almas, y esta salvación se nos ha sido dada por medio de Jesucristo. El papa san Juan XXIII, en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, dijo: “En nuestro tiempo, la esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad… La Iglesia Católica quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella… La Iglesia no ofrece riquezas caducas a los hombres de hoy, ni les promete una felicidad sólo terrenal; los hace participantes de la gracia divina que, elevando a los hombres  a la dignidad de hijos de Dios, se convierte en poderosísima tutela y ayuda para una vida más humana; abre la fuente de su doctrina vivificadora que permite a los hombres, iluminados por la luz de Cristo, comprender bien lo que son realmente, su excelsa dignidad, su fin”; no podemos dejar de mencionar también la exhortación del papa Francisco cuando ha insistido en la “Iglesia de puertas abiertas”, que no rechaza a nadie y donde todo el mundo es bienvenido. Pero la quieren convertir en la “iglesia sólo de los vacunados”. No hay palabras más claras que las del Señor: “Vengan a mi todos: a nadie excluye Jesús: si alguien quiere acercarse a mí, yo no lo echaré fuera” (Jn 6,37). Tan sencillo es decir que “el que no quiera ir al templo por temor a contagiarse, que se quede en su casa y que siga viendo, como cualquier programa de televisión y en la comodidad de su hogar, las celebraciones litúrgicas.       

  Tenemos que recuperar y volver a vivir en la libertad de los hijos de Dios. Una gran oscuridad está arropando a la Iglesia con esas ideas de progresismo y modernismo que, muchos fieles, - incluidos muchos ministros ordenados -, están proclamando, defendiendo e imponiendo en sus comunidades. Tenemos el caso del vicepresidente de la Conferencia Episcopal alemana, Mons. Franz-Josef Bode, que dijo con relación al proceso sinodal que viene realizando la Iglesia Católica alemana y que está previsto que concluya en la primavera del 2023: “Quiere plantear de nuevo los argumentos a favor de la ordenación sacerdotal de mujeres y hombres casados, así como la bendición de parejas del mismo sexo; y añado yo: que es el paso previo para que se acepte esa unión como sacramento. Dijo además que las mujeres y los laicos deberían poder predicar con más frecuencia y celebrar sacramentos como el bautismo y ayudar con las bodas”. Este obispo añadió que, si uno exige estas cosas con puño en alto y con vehemencia, sólo evoca fuerzas contrarias, y que esa no es su mentalidad porque “no es un revolucionario”. Y yo pregunto, y entonces, ¿cómo se califica esa postura? Cristo fue ciertamente un revolucionario. Pero su revolución consistió en transformar el corazón de la persona. Esta postura progresista y modernista de este obispo, así como de muchos otros prelados y laicos que comparten dicha “revolución eclesial”, no es más que la protestantisación de la Iglesia Católica. No dividamos la Iglesia de Cristo. Somos hijos de Dios y hermanos de Cristo por el bautismo con que nos consagró para él. Es la gracia de Dios la que nos santifica y nos salva. Mantengamos la unidad querida por Cristo para su Iglesia. Si nos alejamos de Dios, si nos adaptamos al mundo y su proyecto de felicidad terrenal, enfrentaremos grandes desgracias. Seamos anunciadores de la esperanza cristiana, anunciar que Dios existe, que Dios nos ama infinitamente, que hay vida eterna, aunque nos señalen de locos y atrasados. Pues este es parte del precio que tenemos que pagar por ser discípulos fieles de Cristo y a Cristo.

  Hoy celebramos a nuestra madre celestial, en su advocación de la Altagracia, Protectora del pueblo dominicano. Nuestra señora asumió en sus vestidos los colores de nuestra bandera nacional; se identifica así completamente con nuestro pueblo, un pueblo que tiene muchas limitaciones, precariedades, y sufre dolores e injusticias, y que en muchas ocasiones ha perdido el rumbo de su camino para salir de sus problemas. Un pueblo que ha tenido y tiene que lidiar con las dificultades que le llegan desde fuera, pero, sobre todo, las dificultades que surgen desde su interior. Los enemigos de nuestro pueblo no sólo nos llegan de afuera, sino que están también dentro de nosotros, y éstos son peores. Debemos de seguir rogando a nuestra Madre Santísima de la Altagracia que proteja a nuestra nación y a sus hijos espirituales de todos estos embates a los cuales estamos siendo sometidos. Podríamos nosotros, como nación y como comunidad de fe, por causa del miedo y el pánico gritarle a nuestra Madre: ¿no te importa el que nos destruyamos? Y de seguro que ella nos responderá con aquellas mismas palabras que les dirigió a los sirvientes en las bodas de Caná: “Hagan lo que él les diga”.

  María de la Altagracia, Madre de Dios y Protectora nuestra, te veneramos como tal, nos alegramos de que así sea, no olvidamos que nosotros somos tus hijos y que nos debes enseñar a vivir la santidad que corresponde a tan dulce filiación. Amén.

 

Que Dios les bendiga.

 

jueves, 6 de enero de 2022

Bienaventurados los que luchen por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

 

  Dos años después de haber concluido el Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI dirigió el primer mensaje a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tienen el sincero propósito de respetar la ley eterna de Dios, de acatar sus mandamientos, secundar sus designios; en una palabra, de permanecer en la verdad-; esta exhortación que llamó “Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz”, y que fuera leído siempre el día primero del año, solemnidad de Nuestra Señora, Madre de Dios. A partir de entonces, se convirtió en una tradición de los sumos pontífices de dirigir este mensaje con este motivo al inicio de cada año. Estos mensajes constituyen todo un cuerpo de doctrina católica sobre la paz y la convivencia humana internacional, iluminados desde la Palabra de Dios. El tema de este mensaje para este nuevo año 2022 lleva por título “Educación, trabajo, diálogo entre generaciones: herramientas para construir una paz verdadera”.

  En las Sagradas Escrituras, y más específicamente en los libros del Génesis, los Salmos y la carta a los Hebreos, se hace referencia a un sacerdote de nombre Melquisedec, -cuyo significado es rey de justicia-, y que es rey de la ciudad de Salem, -cuyo significado es paz. Este sacerdote del AT es figura del mismo Cristo, puesto que es el que nos trae la paz de Dios. La paz es uno de los signos del Reino de Dios y también uno de los estandartes de todo discípulo de Cristo. En una ocasión Jesús mismo, al enviar a sus discípulos a predicar la buena notica del evangelio, les dio el mandato de desear la paz a todos los hogares donde ellos llegaran y si allí había gente anhelante de la paz, ese saludo de paz se quedaría permanentemente con ellos; pero, por otro lado, si encontraban que había gente que no quisiera esa paz que proclamaban, pues ese deseo de paz volvería a ellos. A partir del acontecimiento de la Resurrección, Jesús, cuando se les aparecía a los discípulos, su saludo era “La paz esté con ustedes”; para después decirles: “La paz les dejo, mi paz les doy; no se las doy como la da el mundo”. ¿Y cómo es esta paz que Dios-Padre nos da por medio y a través de Su Hijo? Pues es la paz como “don, como regalo”; es la paz que nace, que se gesta, que brota en lo más profundo del corazón de la persona creyente. A esto nos dice el Papa Francisco que esta casa mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente con sus características propias y con su historia; es, sobre todo, cada persona sin distinción ni discriminación.

  Hoy el hombre vive instalado en un mundo dominado por la mentira. Los intereses creados y ficticios de los distintos niveles de poder dan como resultado una sociedad global incapaz de satisfacer la necesidad de verdad y de paz del ser humano, que la necesita y la reclama a gritos, pero que no sabe dónde encontrarla. La finalidad de tanta mentira es la destrucción del espíritu de la persona y de la vida. Y es que siempre ha existido una tendencia de los que rigen los destinos de los pueblos de querer ejercer sobre sus gobernados un “absoluto control”, y para poder lograrlo hay que mantener al pueblo alejado del conocimiento y la verdad. El papa san Juan XXIII dijo: “La base de la paz es, ante todo, la verdad”.

  Hay una estrategia para gobernar a base de miedo que es muy eficaz. El miedo hace que no se reaccione, que no se siga adelante. El miedo es, desgraciadamente, más fuerte que el altruismo, que la verdad, más fuerte que el amor. Ya lo dijo el escritor español José Luís Sampedro Sáez: “El miedo nos lo están dando todos los días en los periódicos y en la televisión”. Así nos mantienen manipulados, confundidos y perdidos. En definitiva, tenemos que liberarnos de estas ataduras que nos vienen de fuera y que muchos aquí adentro también son participes, defensores y promotores. Hay un enemigo exterior, por demás poderoso, que trabaja con un enemigo interior: son los traidores que trabajan para ese poder.

   La paz es un don de Dios y una tarea nuestra al mismo tiempo. Es verdad que nosotros solos no podemos resolver los problemas de nuestro mundo tan necesitado de paz, y tan lleno de guerras, hambres, injusticias y violencia. Pero sí podemos educarnos para la paz. Podemos, en nuestro entorno y en nuestra vida diaria, ser más tolerantes y comprensivos, más dialogantes y menos impositivos, podemos cuidar el modo de cómo decimos las cosas, podemos aprender a dominar nuestro temperamento y nuestras reacciones, podemos estar dispuestos a perdonar. Podemos ir haciéndonos sensibles para rechazar cualquier tipo de violencia y acostumbrarnos a vivir y a construir la paz. Así crearemos un ambiente en el que vaya creciendo la semilla de la cultura de la paz.

  Cuando una sociedad se fragmenta espiritualmente, son muchas más las posibilidades de que haya enfrentamientos. Mahatma Gandhi dijo: “No hay camino para la paz. La paz es el camino”. La paz no es el punto de llegada. La paz no se consigue actuando con violencia o recurriendo a ella. Si escogemos el camino de la paz, seremos poderosos y experimentaremos la libertad. El camino de la paz nos enseña que nadie es enemigo. El camino de la paz es nuestra única esperanza de seguridad. La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia es indudable que no puede establecerse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios.

  En el inicio de este nuevo año, nos encomendamos a nuestra señora, Madre de Dios. No puede haber mejor comienzo del año que estando muy cerca de ella. A ella nos dirigimos con confianza filial, para que nos ayude a vivir santamente cada día del año; para que nos impulse a recomenzar si, porque somos débiles, caemos y perdemos el camino; para que interceda ante su divino Hijo a fin de que nos renovemos interiormente y procuremos crecer en el amor de Dios y en el servicio a nuestro prójimo.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

ADVIENTO: Estar vigilantes mediante la oración, la mortificación y el examen de conciencia.

 

  “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: estén sobre aviso, velen y oren, porque no saben cuándo será el tiempo… Velen pues porque no saben cuándo vendrá el dueño de la casa: si a la tarde, o a medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana. No sea que cuando viniere de repente, los halle durmiendo. Y lo que a ustedes les digo, se lo digo a todos: estén en vela” (Mc 13,33-37).

  No podemos negar que el tiempo de adviento nos recuerda también el tiempo de la cuaresma; por lo menos en sus partes esenciales. El adviento es un tiempo de espera gozosa, pero que tenemos que prepararnos en el camino para ello. Por eso se nos invita también a que profundicemos y fortalezcamos la oración, la mortificación y el examen de conciencia. Para poder mantener estos pilares esenciales de este tiempo litúrgico que iniciamos, es necesario luchar contra todo aquello que, sobre todo en estos días festivos, nos lleva a mantener nuestra mirada en las cosas terrenas. El adviento no es un tiempo de preparación para una fiesta cualquiera o para pensar en qué es lo que me voy a comprar. Es el tiempo de preparación para disponer nuestro corazón, como un pesebre, al nacimiento del Hijo de Dios. Pero también es preparar el pesebre a ese nacimiento en nuestro hogar.

  Este tiempo de adviento debemos de cuidarnos, para no caer en lo que se ha hecho característica para muchos estos días en cuanto a la glotonería y embriaguez, para que no nos lleve a perder de vista todo lo sobrenatural que deben tener nuestros actos. Debemos ser como esos soldados que estamos en guardia, siempre vigilantes, con las armas listas para no dejarnos sorprender: “Este adversario, enemigo nuestro, por donde quiera que pueda procura dañar; y él no anda descuidado, no lo andemos nosotros” (Santa Teresa).

  La oración personal y comunitaria es uno de los medios por el cual nos podremos mantener en alerta y evitamos la tibieza. Recordemos las palabras del Apocalipsis 3,16, que nos advierten contra la tibieza espiritual: “Así, porque eres tibio, y no caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca”. La tibieza espiritual mata en nosotros los deseos de santidad: “Sean santos como su Padre celestial es santo”, nos dijo Jesucristo; y también recordemos que nosotros somos el pueblo santo de Dios. Por la tibieza, la vida interior, va sufriendo un cambio profundo: no tiene ya como centro a Jesucristo; las prácticas de piedad quedan vacías de contenido, sin alma y sin amor. Es el amor en decaimiento.

  A la oración de fe, debe también acompañarle la mortificación, que no necesariamente tienen que ser grandes, pero sí que nos mantengan despiertos y listos para las cosas de Dios. Necesario será también el que nos dejemos iluminar en nuestro interior, en nuestra conciencia, con la luz de Cristo para que nos haga ver y aceptar con humildad, las actitudes en las que nos hemos separado de su doctrina, - a lo mejor en muchas de ellas sin darnos cuenta -, apartados de su camino.

  San Bernardo, en su sermón sobre Los Seis Aspectos del Adviento, nos exhorta: “Hermanos, a ustedes, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a los sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación. Mediten en ellos con suma atención. Profundicen en el sentido de este adviento. Y, sobre todo, fíjense quién es el que viene, de dónde viene y a dónde viene; para qué, cuándo y por dónde viene. Tal curiosidad es buena. La Iglesia universal no celebraría con tanta devoción este adviento si no contuviera algún gran misterio.” Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey Supremo, porque está para venir y no tardará. Los dos pilares fundamentales del adviento son la Navidad y la Epifanía. Dios prefiere vivir con nosotros a pesar de nuestra ira, nuestra violencia y nuestra falta de amor mutuo. Encontramos a Dios aquí en la tierra.

  La Virgen María es la mujer del adviento. Es la persona que mejor se hace eco y revela la profundidad de lo que se ha llamado “Los dos advientos”: El primer adviento es la Encarnación, la Navidad y la Epifanía; el segundo adviento es la Venida de Cristo en la gloria para llevar a cumplimiento el reino que vino a la tierra en la persona de Jesús. Y este es el tiempo que la Iglesia anhela y espera el retorno del Señor Jesús, el rey de la gloria.

  Concluimos estas palabras uniéndonos a la oración de Nuestra señora del adviento, del P. McNichols: “Señora y Madre del que era y es y ha de venir, amanecer de la nueva Jerusalén, te suplicamos de todo corazón: concédenos por tu oración vivir de tal manera en el amor que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, pueda permanecer en la oscuridad de este mundo como icono ardiente de la nueva Jerusalén. Te pedimos que nos concedas esta gracia por medio de Jesucristo, tu Hijo y Señor. Amen”.

 

martes, 23 de noviembre de 2021

Prediquemos el evangelio, invitando a la conversión.

 

  En el capítulo 4,17 el evangelista san Mateo nos dice que Jesús llamó a sus primeros discípulos y que desde entonces comenzó a predicar diciendo que hay que arrepentirse porque el reino de los cielos está cerca. Pero ya el evangelista san Marcos en 6,7-13 nos dice que Jesús envió a los Doce de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos, poder para curar a enfermos, además de predicar la conversión.

  Fijémonos que, precisamente ésta sigue siendo la misión de la Iglesia. Para esto fue creada, fundada y es su razón de ser, según la voluntad de su fundador Jesucristo. La Iglesia es la prolongación de su fundador, maestro y Señor. La iglesia existe para evangelizar; no para gobernar a los pueblos. Esta es la única fuerza con la que cuentan los discípulos y seguidores de Cristo: la fuerza del Espíritu Santo. ¿Y por qué es la única fuerza? Pues porque no necesita de otra; con esta le basta y sobra: “Cuando los encarcelen no se preocupen por lo que van a decir, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir, ya que no serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu Santo hablará por ustedes con palabras que nadie podrá rebatir”, nos dijo nuestro señor Jesucristo.

  La predicación del Evangelio y la conversión no se circunscribe a un lugar y espacio específico, sino que abarca y llega a todos los hombres y mujeres de todos los lugares y tiempos hasta que el Señor vuelva en su gloria. Por eso es por lo que, a partir de la comunidad apostólica hasta el día de hoy, estamos en el tiempo de la Iglesia, en el tiempo de la evangelización; y este tiempo terminará con el regreso glorioso de nuestro Señor. El mensaje de salvación, de la buena noticia del evangelio tiene y debe de ser predicado, anunciado y proclamado para que todos los hombres y mujeres conozcan a Cristo. El evangelio es sobre todo una persona, la persona de cristo, el Hijo de Dios, nuestro redentor, nuestro salvador.

  El apóstol de Jesucristo es un envidado por Él y su Espíritu. Y así actualiza el único mensaje de salvación de Jesucristo ahora, aquí y para todos. El enviado va con los poderes del que lo envía: Cristo curó a muchos enfermos, liberó a muchos poseídos por espíritus inmundos, perdonó pecados, resucitó muertos. Y estos poderes los ejerce en su nombre y en razón de su misión. Otro elemento importante de esta predicación es el llamado e invitación a la conversión. Este era el tema central de su predicación. Esta conversión no sólo tiene y debe predicarse a los que están alejados de la Iglesia, sino que también tiene y debe de ser predicada a los que estamos dentro de ella. La Iglesia, que es la comunidad apostólica, siempre ha tenido presente esta dimensión del evangelio y siempre ha enviado a sus misioneros a aquellos lugares y países donde todavía no se ha proclamado el kerigma cristiano. La Iglesia es enviada a evangelizar; es una misionera, enviada a buscar las ovejas que se apartaron del redil, o que nunca pertenecieron a él porque lo desconocieron.

  Lamentablemente, muchos cristianos han olvidado esta dimensión de su bautismo. Han olvidado que también, en razón de nuestro bautismo, todos hemos sido enviados a anunciar, predicar y proclamar el evangelio de Jesucristo. Y es que también hemos sido elegidos por el señor para esta misión: el apóstol Pablo, en la carta a los Efesios 1,3-14, nos dice que “Dios nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos…” Dios-Padre, en su Hijo Jesucristo nos ha mirado con especial predilección. Por esto es por lo que el objetivo de nuestra vida es la de “ser santos”: sean santos, como su Padre celestial es santo; y también, “somo el pueblo santo de Dios”.  Pero para lograr esta santidad, debemos esforzarnos en pensar y actuar según la voluntad del Señor: “ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. La santidad no es para unos pocos, para un grupito de privilegiados. No. ¡Es para todos! Porque todos hemos sido elegidos y llamados por Dios a ser sus hijos.

  Tenemos que aprovechar los dones y las gracias que el Señor nos da y hacerlas fructificar en todos los ámbitos de nuestra vida, especialmente en nuestro diario vivir, comenzando por nuestra familia ya que, no todos sus miembros están en el camino de Dios ni escuchan su palabra. Tenemos que anunciar con fidelidad el mensaje del evangelio de Jesucristo; hacer el bien a todos y aliviar todo sufrimiento; ser transmisores de la paz y la esperanza cristiana a cuantos nos escuchen.

  Hoy más que nunca se hace indispensable que el evangelio de Cristo, su mensaje de salvación tiene que seguir siendo predicado. La humanidad está atravesando un evidente declive social y cultural que conlleva a otro declive profundo: el moral, destruyendo así la convivencia social. El historiador agnóstico Niall Ferguson reconoce que el cristianismo es un baluarte fundamental de la frágil civilización que habitamos; y el activista provida y comunicador canadiense Jonathan Van Moren en una recopilación de conversaciones que tuvo con varios ateos y publicadas en el portal digital Convivium, llegó a esta conclusión: “Si el cristianismo desaparece de la civilización occidental, ésta no sobrevivirá mucho tiempo”.

domingo, 10 de octubre de 2021

¿A Quién Iremos?

 

Todo el capítulo seis del evangelio de san Juan es conocido y enseñado por los biblistas y exégetas, así como transmitido por la doctrina eclesial católica como el “Discurso eucarístico de Jesús”. En este capítulo seis se nos presenta también una controversia entre Jesús y sus oyentes porque ha puesto y profundizado su enseñanza sobre el Pan de Vida y sobre la necesidad de comer su carne y beber su sangre, para tener vida. Sus oyentes, al escuchar esas palabras, se muestran escépticos, actitud ante la cual Jesús tiene que usar palabras más fuertes para profundizar más en el mensaje que quiere transmitir; a estas palabras del Maestro, la respuesta de los oyentes no se deja esperar y comentan que “esa enseñanza es dura, ¿quién puede escucharla?” (v 60); y en el versículo sesenta y seis, sigue diciendo el evangelista que “Desde ese momento, muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él”. Pero esta actitud o conducta de muchos de los creyentes y discípulos de Jesús sigue repitiéndose hoy, porque su mensaje y seguimiento comprometen toda la vida y todos los ámbitos de la vida.

  Esta breve introducción y, basándome en este pasaje bíblico del evangelio, viene a cuentas de echar una mirada a toda esta situación de crisis que nos está tocando vivir. Es una crisis en todos los aspectos o realidades de nuestra vida. Y qué más que partir de la misma Palabra de Dios que nos ilumina nuestra vida y nuestra realidad. Sin tratar de ser pretencioso en mi comentario, miremos lo que está sucediendo en el mundo en los diferentes ámbitos de la vida nuestra. El hombre de hoy, el hombre moderno mira con desprecio el pasado. Cree, afirma y defiende que su civilización es mejor que cualquier otra del pasado. Es una ilusión que se ha creado basándose sobre todo en el progreso científico-técnico. La intercomunicación que, desde que apareció el internet, ha venido desarrollando con el paso de los años, lo ha llevado a alimentar el orgullo de que el mundo está más y mejor comunicado.

  Se puede decir que el hombre moderno, al perder la memoria del pasado, vive hoy en una gran y profunda amnesia, en una profunda crisis de memoria que lo conduce por ello a otra gran y profunda crisis cultural. ¿Podemos nosotros en verdad romper, rechazar el pasado? Si esto fuera posible, ¿qué consecuencias nos traería de cara al futuro? ¿Podríamos afirmar que seríamos una sociedad, una civilización viva? ¿O más bien seríamos una sociedad, una civilización desmemoriada? ¿Cuál es el horizonte de la civilización moderna? Parece ser que el horizonte es el progreso. Aquí puede alguien preguntar ¿y es que tener como horizonte el progreso es malo? La respuesta puede ser: depende. ¿Depende de qué? Claro que el ser humano, al ser creado por su Señor, fue creado para que pusiera en práctica las capacidades dadas y pusiera a producir la tierra; el hombre no puede estancarse porque eso iría en contra de la voluntad de su Creador y Señor. Tiene que desarrollar sus capacidades. Pero cuando ese progreso se convierte para el hombre en una especie de ídolo, facilita la llegada de un hombre nuevo, y el nacimiento de una civilización puramente tecnológica, que ansía vivir, ocuparse en la opulencia y la sobreabundancia de unos bienes materiales que este mismo hombre moderno codicia ávidamente.

  El hombre moderno vive una especie de abrumadora y avasalladora saturación de información incapaz de digerir y, en muchos de los casos, hasta incapaz de discernir. Desde hace tiempo atrás se nos viene motivando a que demos el paso para irnos adaptando al cambio. Hoy más que nunca y, aprovechando la excusa perfecta de esta aparición del virus del covid-19, los amos y poderosos del mundo vienen insistiendo con más fuerza sobre la necesidad del cambio que debe asumir el mundo, y de su adaptación y aceptación por parte de la humanidad. Tenemos por ejemplo las palabras del director del Foro Económico Mundial o Foro de Davos, el señor Klaus Schwab que dijo: “La pandemia representa una ventana de oportunidad poco común pero estrecha para reflexionar, reimaginar y reiniciar nuestro mundo para crear un futuro más saludable, más equitativo y próspero”. Las preguntas aquí caen por su propio peso: ¿En verdad alguien se va a creer estas palabras de “buenas intenciones y de justicia social” de este señor y su camarilla de secuaces de querer, buscar y propiciar un mejor bienestar para la humanidad? ¿Cuándo se reunieron él y su camarilla para preguntarle a la humanidad qué es lo que necesitamos? ¿De dónde sacaron ellos o se adjudicaron esa autoridad para decidir lo que le conviene o no a la humanidad? Desde que esta “pandemia” hizo su aparición, lo cierto es que los gobiernos han implementado o impuesto encierros a sus ciudadanos; muchas industrias han colapsado y siguen colapsando; se ha generado una creciente desconfianza entre los ciudadanos y sus gobiernos; se ha producido una mayor adopción de tecnología de vigilancia biométrica; se ha profundizado la censura en las redes sociales en nombre de una falsa lucha contra la desinformación; se ha producido un desempleo masivo; disturbios, desórdenes en las calles.. y muchas otras fatalidades más.

  Les comparto otras palabras dichas por este señor Schwab, en una entrevista que dio en el 2016, donde afirmó: “En los próximos diez años se presentará un microchip implantable de “pase sanitario global” para rastrear y controlar a toda la humanidad. Al principio los implantaremos en las ropas y luego podríamos imaginar que los implantaremos en nuestro cerebro, o en nuestra piel”. ¿Pueden relacionar estas palabras del señor Schwab con la creación del llamado “pasaporte verde, pasaporte de vacunas o pasaporte sanitario” que ya algunos países están implementando o imponiendo a sus ciudadanos para viajar y acceder a servicios y lugares públicos y privados y que la misma OMS ya se ha pronunciado en su contra y también de la obligatoriedad de la vacuna? Pero sabemos que, en estas opiniones del organismo mundial de salud, los gobiernos no hacen caso ¿por qué? Pues porque no les conviene. Esto ha dado paso a lo que estos amos del mundo, a la cabeza el señor Schwab están fomentando y acelerando su tan amado sueño del “gran reseteo”. Este concepto o idea, lamentablemente mucha gente no está enterada de lo que se trata y está ajena al mismo y mucho menos se va a dar cuenta de su relación con este tema de la pandemia. Tenemos las palabras del príncipe Carlos que ya había dicho “La pandemia es la oportunidad de pensar en grande y actuar ahora”. Por otro lado, la famosa revista de comunicación Time, publicaba “La pandemia covid 19 ha proporcionado una oportunidad única para pensar sobre el tipo de futuro que queremos”. Y algunos jefes de estado, como el primer ministro de Canadá, el señor Trudeau, dijo en una conferencia de la ONU: “La pandemia proporcionó oportunidad para un reseteo de todo el mundo en el 2020”.

  Pues a nivel mundial ya estamos viendo, viviendo y padeciendo lo que está sucediendo, sobre todo desde la aparición de este virus del covid-19. Hemos venido viendo el accionar de los organismos internacionales, - como la OMS sobre todo -, el de los gobiernos, el de los ciudadanos, la economía mundial y de los países, el accionar de los profesionales del campo de la salud, el accionar en el campo de la educación, etc. A esto hay que sumarle ahora el estado de guerra entre Israel y Palestina.

  Toda esta situación de calamidades y crisis nos hace exclamar “¿A quién iremos?”. El mundo, la humanidad está viviendo una gran crisis, una gran convulsión. Pero ¿qué es lo que ha llevado a la humanidad a vivir esta gran crisis o convulsión? Esta civilización moderna y progre, sigue apostando a que esta búsqueda compulsiva del progreso por ella misma es la solución a los grandes problemas de la humanidad. Se sigue olvidando de que es criatura y que necesita encontrarse con Su Creador, con su Señor, con Dios. Y es que el sentido de cualquier progreso auténtico es Dios.

  Pero, echemos una mirada a nuestra situación particular como nación. Estamos viviendo actualmente una situación en extremo desestabilizadora, angustiante y desesperante. Ya tenemos la crisis sanitaria mundial del virus del covid-19. Pero las situaciones de crisis que como país producimos, se vienen a añadir o a sumar a ésta y nos complica más la vida, la convivencia y también nuestra ya difícil salud mental.

  En términos políticos seguimos padeciendo los mismos males que antaño. Sabemos que la corrupción pública de nuestra nación es un cáncer que sigue haciendo metástasis y no se vislumbra manera, medios, formas ni métodos para detener o eliminar dicho cáncer. Nuestros líderes políticos nos marean con el discurso demagógico de que van a acabar con la corrupción, de que con ellos viene el cambio, etc. Y la población le compra el discurso. Aquí me viene a la mente el conocido refrán popular “No es lo mismo con guitarra, que con violín”. Cuando se está abajo las cosas se ven de una manera, pero cuando se está arriba se ven de otra. Sabemos que nuestro aparato o sistema político-´partidario carece de muchas herramientas para discernir la idoneidad de los candidatos a postularse a un cargo público; no se hacen las investigaciones de lugar de los candidatos, como tampoco se investiga el origen o procedencia del dinero que gastan o invierten en sus campañas políticas, así como las de los partidos políticos. Al mismo tiempo tenemos al estamento militar y policial que, según establece nuestra Constitución, son “apolíticas”; pero en la práctica sabemos que no es así y tampoco hay un régimen de consecuencias, a menos que se destape una situación profunda de corrupción, como el actual caso que estamos viendo. El dinero que se roban de las arcas públicas no tiene dolientes porque parece ser que el lema es “agarra lo que quieras que ese dinero no es de nadie” ¿No es de nadie? ¿Qué no es dinero del pueblo? ¿Dinero recaudado de los impuestos del pueblo? La política es un negocio. Los políticos son negociantes que invierten en sus campañas para poder llegar a una posición pública y recuperar con creces lo invertido, resolver sus problemas y los de los suyos. El Estado sigue siendo un botín, aunque otros quieran ocultarlo. La política no es la ciencia de lo ideal, sino la ciencia de lo posible, y como sociedad tenemos que esforzarnos en “hacer lo posible” una realidad. Como en todo, también hay sus excepciones.

  Estamos lidiando con el tema de la salud pública en medio de esta pandemia. Se une a ésta el tema de las vacunas. Las vacunas, que se ha venido denunciado por gran número de científicos de diferentes países especialistas en virología, epidemiologia, bioanalistas, y otros más, son de fase experimental. Esta verdad, un alto porcentaje de personas no la quieren escuchar porque están aferrados a que la vacuna es “la salvación”. Así se viene promoviendo en muchas sociedades y, últimamente ha tomado relevancia un anuncio expuesto en el Cristo Redentor de la ciudad de Sao Paulo-Brasil, que dice “la vacuna salva”. ¿Salva de qué? Creo que más bien lo correcto hubiese sido decir que “cura, protege”. Pero ni eso hacen. Vemos así cómo se ha utilizado una imagen religiosa del catolicismo en el país latinoamericano donde hay más católicos para transmitir un mensaje que nada tiene que ver con la fe cristiana. Bien lo dijo el doctor Fauci, director de los CDC de Estados Unidos, en una entrevista reciente en el mismo corazón del catolicismo, el Vaticano, que es conveniente el que los sacerdotes católicos convenzan a los feligreses para que se vacunen ya que a ellos los siguen y escuchan. Pues conmigo que no cuenten.

 Pues parece ser que la ciencia es el nuevo dios, el nuevo salvador, el nuevo redentor. Hay mucha presión, - y yo diría que demasiada presión -, por parte de nuestras autoridades para que toda la población se vacune. Se ha llegado hasta a proponer una ley de vacunación obligatoria, que sería violatoria a nuestra Constitución y acuerdos internacionales de derechos humanos, que establecen que la vacunación no es obligatoria y deja más bien la decisión en la persona adulta.

  Tengo conocimiento y hasta lo he dicho como advertencia y denuncia que, tanto en el sector público como en el privado, se viene presionando y chantajeando a los empleados para que se vacunen obligatoriamente diciéndoles que, si en sus lugares de trabajo se producen contagios del virus, ellos tendrán culpa por no vacunarse y hasta podrían perder sus trabajos. Y como no pueden darse el lujo de perder su trabajo en medio de esta crisis, no les queda otra que vacunarse en contra de su voluntad. Pero el problema que veo aquí es que nadie protesta. Nos dejamos violar nuestras libertades y derechos fundamentales. El gobierno ha hecho una inversión millonaria en la compra de las vacunas, pero ese dinero ha venido de préstamos internacionales; no ha salido de las arcas del estado. Tenemos el reciente “escándalo”, - si se quiere -, de la compra de diez millones de vacunas a la farmacéutica Pfizer a un costo de    ciento veinte millones de dólares y que dicho contrato establece que el país renuncia a su “inmunidad soberana”, es decir, que renuncia irrevocablemente a cualquier derecho de inmunidad y regirá ante cualquier procedimiento legal iniciado para confirmar o ejecutar una decisión arbitral u orden. En pocas palabras, el estado dominicano no puede reclamar absolutamente nada ante la farmacéutica. No hay duda, nuestras autoridades arrodillan al país. ¿Y me vienen a hablar a mí que sea responsable y que me vacune sin yo saber ni nadie decirme qué contiene esa vacuna? Es decir, ¿quieren que me inocule una vacuna de la que nadie se hace responsable y que más bien les proporciona inmunidad y riquezas a sus fabricantes? Vacunas estas que incluso ya otros países de Europa y Estados Unidos han suspendido por sus efectos secundarios irreversibles y de muertes. Y ya se viene hablando por parte del ministro de salud de que habrá que aplicar una tercera dosis. ¿Por qué no se atreven a decir cuál es el negocio que hay detrás de todo este entramado con la compra de estas vacunas? ¿Por qué se vino a destapar ahora el asunto de la compra de las vacunas Pfizer? ¿No sabía el gobierno lo que ha estado sucediendo en otros países con esa empresa farmacéutica y sus vacunas, que no cumplen con lo acordado entre comprador y vendedor? Que revisen el caso de la Argentina para que entiendan. Pues a esto le añado las palabras dichas por el premio nobel de medicina, el francés Luc Montaigner: “Las nuevas cepas del covid-19 han sido creadas por las diferentes vacunas”. El que no quiera oír ni entender, pues que siga en las nubes.

  Cuidado con seguir dejándonos presionar y chantajear. Aquí han jugado y siguen jugando un papel preponderante los medios de comunicación y las redes sociales, que se han prestado, y no gratis, para proporcionar información que emana de los gobiernos, pero que nunca se ha pronunciado ni han exigido un debate científico-médico de esta pandemia. Desde la aparición de este virus, el lema que ha regido es “la autoridad es la verdad”, apoyados por médicos comprados. Pero tenemos que cambiar por el lema “la verdad es la autoridad”. Sin debate científico no hay ciencia. ¿Dónde está el papel que debe jugar aquí el Colegio Médico Dominicano? Ya lo dijo el periodista y editor Joseph Pulitzer “Con el tiempo, una prensa cínica, mercenaria, demagógica y corrupta formará un público tan vil como ella misma”. Ah, pero ahora resulta que se ha dado la voz de alarma con los supuestos rebrotes del virus que están apareciendo. Esto era algo que se sabía que venía en camino. En el vecino país de Haití se ha detectado que han llegado las cepas del virus que se detectó en Brasil e Inglaterra. Es el mismo guion de otras naciones. Pero resulta que ahora la consigna es que los culpables de estos rebrotes son los no vacunados. Se está creando así la división entre unos y otros, y hasta hay quienes están exigiendo que se pongan o establecer restricciones y limitaciones a lugares, servicios públicos y privados a los no vacunados. Esto no es más que una pura señal de lo que sería un Estado totalitario y dictatorial, violador de las libertades y derechos fundamentales de sus ciudadanos.

  Pero viene a ser el caso de que un alto porcentaje de esos nuevos casos son de personas ya vacunadas con sus dos dosis, y hay un alto porcentaje de no vacunados que hasta ahora ni una gripe normal les ha dado. ¡Más chantaje! Así no avanzamos. Todo aquel que esté convencido o se deje convencer de la bondad y efectividad de la vacuna, que se inyecte; pero el que está convencido de lo contrario, pues que se espere un tiempo o que no se inyecte. Ambas decisiones hay que respetarlas. Por otro lado, quien todavía sigue creyendo en lo que dicen otros de que con la vacuna volveremos más rápido a la normalidad, entiendan que no será así. Esto también ya lo sentenciaron los amos del mundo del Foro Económico Mundial, el señor Schwab nuevamente. (Como nota aclaratoria: estas afirmaciones del señor Klaus Schwab pueden encontrarlas en sus diferentes entrevistas que ha dado en estos años y que están en la plataforma de YouTube; así como en sus libros La Cuarta Revolución Industrial y Covid-19: El Gran Reinicio).

  Una vez más decimos, ante esta realidad ¿A quién iremos? ¿Iremos a los nuevos dioses que la civilización moderna se ha creado o iremos al encuentro del Dios único, vivo y verdadero? ¿En quién tenemos puesta nuestra esperanza? La muerte de Dios anuncia el fin de la humanidad. La civilización moderna y progre quiere vivir sin Dios y esto no es más que vivir en el vacío, en una inquietud y un sufrimiento permanentes. Si la civilización moderna y progre, el hombre de hoy deja de buscar a Dios, si sigue creando sus propios dioses al servicio de sus ideas y antojos individuales y personales, el Dios verdadero desaparece del horizonte del mundo. Una cosa es que la civilización moderna y progre quiera ser autónoma respecto a su Creador, y otra es que jamás podrá matar a su Creador. Ya lo dijo san Agustín “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Y con el apóstol Pedro decimos “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna, nosotros hemos creído y conocido que tú eres el santo de Dios”.

jueves, 7 de octubre de 2021

¡No tengan miedo!

 

“Mas Jesús se aproximó a ellos, los tocó y les dijo: Levántense; no tengan miedo” (Mat 17,7).

  El miedo es un sentimiento característico de nosotros los seres humanos. Hay quienes no les gusta y hasta evitan sentir miedo, pero por más que lo intenten, saben que esto es imposible porque sentir y experimentar el miedo es algo normal y natural. Hemos oído también a muchos decir y, hasta en ocasiones lo hacen como una actitud presumida, de que nunca han experimentado el miedo. Pero ni ellos mismos se lo creen. Personas que viven su vida con una cierta temeridad, pero que no pueden negar que de todas maneras han experimentado el miedo.

  ¿Y qué decir del miedo que experimentó el mismo Jesús? Recordemos que los evangelios no son una biografía, - en el sentido estricto del término -, sobre la vida, palabras y acciones de Jesús. Los evangelios son escritos para animar, alimentar la fe, la confianza, la fraternidad y el amor de la comunidad cristiana, para que así crean que Jesús es el Hijo y enviado de Dios para nuestra redención y salvación. Sabemos también que, - como lo dice las misma Sagradas Escrituras -, siendo Dios, asumió nuestra condición humana, se asemejó en todo a nosotros, menos en el pecado. Por lo tanto, por eso podemos ver en Jesús esas ocasiones en que él experimentó el miedo, y no en una o dos ocasiones. Los textos evangélicos son textos también paradigmáticos. Jesús no sólo experimentó el miedo en el huerto de los olivos antes de su prendimiento ni tampoco en su agonía en la cruz, cuando le reclamó a su Padre por qué lo había abandonado.

  Así entonces, si es cierto que es normal y propio del ser humano sentir y experimentar el miedo, no es menos cierto que tampoco es bueno dejarnos dominar por él, ya que nos paraliza. Y esto es lo que les sucede a muchos cristianos. El miedo los paraliza, no los deja avanzar en su caminar de fe y comunidad eclesial. Quizás cuando Jesús les dijo a sus discípulos que “no tengan miedo” se estaba refiriendo a eso mismo; y lo volvemos a ver en el mismo Jesús que, a pesar de haber sentido el miedo, no se dejó dominar por él ni se paralizó y más bien siguió avanzando en su misión de anunciar el Reino de Dios. Pues así mismo nosotros.

  Tenemos, por otro lado, la insistencia del papa san Juan Pablo II que, constantemente nos insistía en que “no tengamos miedo”. Son memorables aquellas palabras que dirigiera a todos los fieles de Cristo en su última Jornada Mundial de la Juventud que presidió en España cuando, en la misa solemne exhortó a todos con las palabras “No tengan miedo. Abran las puertas de su corazón de par en par a Cristo; porque Cristo lo pide todo y, al mismo tiempo, no quita nada”. Pero ¿por qué el papa polaco nos insistía mucho con estas palabras? ¿Acaso él sabía algo que se estaba fraguando contra la humanidad que nosotros no teníamos conocimiento o conciencia de ello? ¿Era ingenua esta exhortación suya para con nosotros? ¿Cómo nos exhortaba el papa para que disipáramos ese miedo?

  Recordemos que el pontificado del papa san Juan Pablo II ha sido uno de los pontificados más largos de la historia de la Iglesia Católica, el segundo para ser exactos (26 años, 5 meses y 18 días), después del pontificado del papa Pío IX, (31 años, 7 meses y 22 días). Pues este pontificado del papa polaco está muy relacionado al tercer secreto de Fátima. Hay que mencionar que, cuando el papa polaco fue objeto del atentado contra su vida en 1981 en la Plaza de san Pedro, durante su audiencia pública, fue al santuario de Fátima en Portugal a dar gracias a Dios por la intercesión de nuestra Madre y poner a los pies de la imagen bendita la bala que, según su testimonio, fue desviada para no quitarle la vida.

  Según el papa san Juan Pablo II, las profecías son condicionales, ya que su materialización depende de la respuesta del ser humano; si el ser humano se arrepiente y vuelve a Dios, él lo ve y no cumple la profecía de dejar pasar el castigo; también que las grandes tribulaciones que vinieran, los que estuvieran en amistad con Dios, que cumplieran sus mandamientos y se sacrificaran por la conversión de los pecadores, tendrían la protección de Dios; y, Dios quiere que vayamos al cielo, manteniendo nuestro estado de gracia y colaborar para la purificación de los pecadores.

  Pues cumplir con estas tres condiciones, nos lleva a nosotros a no tener miedo ante lo que se nos pueda venir y, de hecho, estamos viviendo en la actualidad. Tenemos que actuar y vivir como verdaderos cristianos, sobre todo en las tribulaciones, en las pruebas Por eso las advertencias que el Hijo de Dios nos ha hecho por medio de su santísima Madre durante los siglos. Nos ayuda mantenernos firmes en la promesa del Señor de que, así como él venció al mundo, nosotros también lo podemos lograr, si nos mantenemos adheridos a él como ramas pegadas al tronco para alimentarnos de sabia, de su gracia.