martes, 23 de julio de 2013

¿Por qué confesarme? (4a. parte)


Hasta ahora hemos hablado del sacramento de la confesión. Pero sería bueno que habláramos un poco de los sacramentos en general.

De entrada es bueno definir los sacramentos. Son varias las definiciones que podemos citar aquí, por ejemplo: el autor Scott Hahn nos ofrece unas definiciones de esto en su libro Señor, ten piedad, nos dice que, “un sacramento es un signo interior de una realidad exterior”; también “un sacramento de la nueva alianza es un signo externo instituido por Jesucristo para dar la gracia”.

En el Código del Derecho Canónico encontramos una definición de sacramento mucho más elaborada y sobre todo, más dogmática: “Los sacramentos del Nuevo Testamento, instituidos por Cristo Nuestro Señor y encomendados a la Iglesia, en cuanto que son acciones de Cristo y de la Iglesia, son signos y medios con los que se expresa y fortalece la fe, se rinde culto a Dios y se realiza la santificación de los hombres, y por tanto contribuyen en gran medida a crear, corroborar y manifestar la comunión eclesiástica; por esta razón, tanto los sagrados ministros como los demás fieles deben comportarse con grandísima veneración y con la debida diligencia a celebrarlos” (can 840).

Es interesante comentar esta definición que nos ofrece este Código. Dice lo primero que “los sacramentos de la nueva alianza…” Esto no hay que entenderlo como que había algo que era viejo y necesitaba ser quitado para poner otro nuevo. Más bien, esto “nuevo” hay que entenderlo en el sentido de “renovación”; y Cristo es el que nos trae esta renovación; en Cristo los sacramentos son  nuevos.

Sabemos que existe una Antigua Alianza. Esta se realizaba por diferentes medios o se ratificaba con diferentes signos externos, como por ejemplo los matrimonios, la adopción de un niño, etc. Recordemos las alianzas que Dios hizo con el hombre, -con Adán, Noé, Abraham, Moisés y David. Cada una de ellas fue la renovación de la anterior donde Dios renovaba el vínculo familiar entre Él y su pueblo.

Lo segundo de la definición es “instituidos por Cristo, nuestro Señor…” Los sacramentos tienen su fundamento en la misma persona de Cristo. Los sacramentos no son inventos de la Iglesia. Cristo es el centro de ellos.

Tercero “encomendados a la Iglesia…” Cristo sigue realizando por medio y a través de su Iglesia la obra de la salvación. La Iglesia es la encargada por el mismo Cristo de ser canal, medio por el cual los hombres y mujeres pueden encontrar el camino de la salvación; la Iglesia es la administradora entonces de la gracia de Dios.

Cuarto “son signos y medios con los que se expresa y fortalece la fe…” La fe hay que testimoniarla, pero también hay que alimentarla para que se fortalezca y robustezca. La fe hay que celebrarla, y celebrarla como familia, porque lo somos: “un solo Padre tienen ustedes, por lo tanto todos ustedes son hermanos” nos dijo Cristo. Y lo más importante es que son para nuestra santificación, es decir, nos comunican la misma vida de Dios. De esta manera Dios nos hace partícipes de su misma vida. Por esto es que “Cristo es el camino, la verdad y la vida”; y también a eso vino al mundo “para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia”. Una vida que tenemos que experimentarla desde aquí, desde este mundo, ahora; en la medida en que abrimos nuestro interior, nuestro corazón a esa vida de la gracia de Dios por medio de su Hijo Jesucristo.

Por todo lo anterior dicho, por eso es que todos, -ministros y fieles-, debemos de ser  conscientes  de lo que celebramos en cada sacramento; ser conscientes de lo que recibimos en cada uno de ellos. No son cualquier cosa, sino que es el don de Dios, su gracia, su misma vida la que él nos comunica para que tengamos vida: “En Cristo, Dios ha hecho para nosotros todas las cosas nuevas” (Ap 21,5). Renovó todas las cosas con su alianza renovada. Por esto, los signos de la antigua alianza encuentran en los sacramentos su perfección.

 

Bendiciones.

 

viernes, 12 de julio de 2013

María: testigo de la fe.



 “…María es la mujer de fe,

Que acogió a Dios en su corazón,

En sus proyectos, en su cuerpo

Y en su experiencia de esposa

Y madre. Es la creyente capaz

De captar en el insólito

Nacimiento del Hijo la llegada

De la plenitud de los tiempos,

En la que Dios, eligiendo

Los caminos sencillos de la existencia humana,

Decidió comprometerse personalmente

En la obra de la salvación” (Juan Pablo II).

 

 

  María se presenta como una sencilla síntesis de opuestos, a la luz de Dios: “es la esclava del Señor y la reina de los apóstoles; es discípula y maestra, Virgen y Madre…” por lo tanto, María es el perfecto instrumento de Dios y, por tanto, como el gran ideal para el desarrollo de la personalidad y para la eficacia de la misión apostólica.

  La Virgen fue la que más cerca estuvo de su Hijo y, al mismo tiempo, la que “hizo más que nadie por darlo al mundo”, escribía el beato Santiago Alberione. Y hacía este razonamiento: “se dice: a Jesús por María; pues también se podrá decir: a Jesús maestro por María maestra…Jesús es el único maestro; María es maestra por participación.” En realidad, María no escribió ningún libro, ni tuvo una cátedra para enseñar, ni se dedicó a predicar… y, sin embargo, fue maestra y formadora de Jesús y de la Iglesia, de los apóstoles y de todos los cristianos.

  Para este beato, María es maestra porque ha dado al mundo a Jesucristo Maestro. Ella es, según Epifanio, “el libro sublime que ha propuesto al mundo la lectura del verbo”. María es maestra por la santidad de su ejemplo; si queremos configurarnos con Cristo, el camino más fácil es María, libro que contiene todas las virtudes: la fe (dichosa tú que has creído Lc 1,45); la esperanza (hagan lo que él les diga, Jn 2,5); el amor (hágase en mi según tu palabra Lc 1,38); por la eficacia de sus oraciones; por la autoridad de sus consejos, pues la llena de gracia y sabiduría. María predica no con palabras, sino encarnando al verbo, “escribiendo un libro con su propia sangre”, concluía Alberione.

  Pero María es maestra por ser discípula, por estar totalmente abierta a la escucha y a la participación en el destino de su Hijo muerto y resucitado. En ella, escucha y seguimiento, están íntimamente unidos, como elementos indisolubles del verdadero discipulado.

  La verdadera grandeza de María no estriba tanto en su maternidad ni en otros privilegios, cuanto en haber sido fiel y fecunda escuchadora de la palabra de Dios. Jesús mismo lo reconoce cuando, ante el grito de la mujer entusiasmada por sus palabras, responde: “mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11,27). María es la primera en seguir a Jesús en su misión, compartiendo sus opciones, y así se convierte en la perfecta discípula del Señor.

  Además, ella es la mujer de la escucha de la voluntad de Dios expresada en los acontecimientos, que conserva y medita en su corazón (Lc 11,27-28; 2,19; 2,51). Su fe no era simple adhesión intelectual, sino experiencia vital. Ya Juan Pablo II lo afirmaba en Catechesi Tradendae: “ella fue la primera de sus discípulos: primera en el tiempo, pues ya al encontrarlo en el templo, recibe de su Hijo adolescente unas lecciones que conserva en su corazón; la primera, sobre todo, porque nadie ha sido enseñado por Dios con tanta profundidad. Madre y a la vez discípula, decía de ella san Agustín, añadiendo atrevidamente que esto fue para ella más importante que lo otro” (no. 73).

  Decía Pablo VI que ponernos a su escuela nos “obliga a dejarnos fascinar por ella, por su estilo evangélico, por su ejemplo educador y transformante: es una escuela que nos enseña a ser cristianos.” Nos enseña también a ser apóstoles, ya que, “apostolado es hacer lo que hizo María: dio a Jesús al mundo, a Jesús maestro, camino, verdad y vida. Dando a Jesús camino nos ha dado la moral cristiana; dándonos a Jesús verdad nos ha dado la dogmatica; dándonos a Jesús vida nos ha dado la gracia”, escribía el beato Alberione.

  Aprendamos a vivir la dimensión mariana, para que los creyentes estemos en condiciones de dejarnos formar en el misterio de Cristo, para que la palabra del Señor se cumpla en nosotros como se cumplió en María, y para poder darlo a conocer de manera integral en esta sociedad nuestra que tanto lo necesita.

 

martes, 11 de junio de 2013

¿Por qué confesarme? (3a. parte)


Alguien puede preguntarse: ¿por qué tanta insistencia departe de la Iglesia en la confesión? Quizá se dé a entender con esta pregunta que a la Iglesia, -y los sacerdotes-, le interesa saber o estar enterada de lo que hacen las personas, sobre todo, de los actos malos, quizá como una especie de “policía” de la conciencia, etc. Nada que ver este pensamiento con la realidad. O dicho de otra forma, nada que ver con la verdad revelada por Cristo a la humanidad con respecto al amor y misericordia de Dios. Y, ciertamente, este es el punto: “Dios desea nuestra confesión porque es una condición previa para su misericordia”.

Dios es el Dios de la misericordia infinita y ha querido hacer partícipe al ser humano de tan insigne don para su salvación. Claro que esta misericordia el mismo Dios nos la fue revelando gradualmente a lo largo del tiempo y de una manera definitiva en la persona de Hijo Jesucristo. Nos dice Scott Hahn: “la misericordia de Dios es su mayor atributo, no porque nos haga sentirnos mejor, o porque nos resulte más atractivo que su poder, sabiduría y bondad. Sino porque es la suma y esencia de su poder, sabiduría y bondad. La misericordia es poder de Dios, sabiduría y bondad manifestados en unidad”.

Un peligro que debemos de evitar es pensar que, por el hecho de que Dios es infinitamente misericordioso, eso es una licencia para pecar hasta al máximo. Recordemos que, si Dios es infinitamente misericordioso, es también infinitamente el Dios de la justicia. No podemos pensar en que por esto, podemos “pecar descaradamente”. La misericordia no elimina el castigo, sino más bien asegura que cada castigo servirá de remedio misericordioso. A este respecto decía Santo Tomás de Aquino: “la misericordia y la justicia están tan unidas que se atemperan (adecuan) la una a la otra: la justicia sin misericordia es crueldad, la misericordia si justicia es desintegración”; y la enciclopedia católica lo expresa de esta forma: “la misericordia no anula la justicia, sino mas bien la trasciende y convierte al pecador en un justo llevándole al arrepentimiento y a la apertura al Espíritu Santo”.

Si bien es cierto que uno de los pilares en donde descansa la enseñanza de la iglesia es la “tradición apostólica”, con respecto a la confesión hay que decir que ésta con el paso del tiempo ha ido adaptándose a los tiempos, pero manteniendo su esencia, tal y como lo quiso y enseñó el mismo Jesucristo: “la continuación, a lo largo del tiempo, de su ministerio de perdón y salvación” (Scott Hahn). Para esto, recordemos que el rito de la confesión ha variado con el paso del tiempo ya que siglos anteriores los cristianos hacían confesión pública de sus faltas y pecados en la asamblea. Esto hoy en día ya no es así; sino más bien que la confesión ha pasado al ámbito de lo privado entre el penitente y el sacerdote. Otro cambio que ha experimentado la confesión es que siglos atrás algunos obispos prohibían a los cristianos que se confesaran más de una vez en la vida. Hoy la Iglesia pide o recomienda a los cristianos bautizados que por lo menos se confiesen una vez al mes y exige que se confiesen una vez al año, sobre todo en el tiempo de cuaresma. Pero hay otros que somos más atrevidos y pedimos que los cristianos bautizados se confiesen cada vez que lo necesiten; teniendo en cuenta de que todos cometemos faltas y pecados todos los días. Claro que aquí no estamos diciendo que por esto hay que estar confesándonos todos los días. No hay que caer en exageraciones tampoco. El Papa Juan Pablo II llegó a decir que uno de los grandes problemas de la humanidad es que ha “perdido la conciencia de pecado”.

Otro punto en el cual la confesión ha ido evolucionando es el concerniente a la severidad de las penas impuestas por la Iglesia.  Otro punto es la forma de confesarse. Siglos anteriores los monjes tenían la facultad de oír confesiones frecuentes y privadas. Ahora la Iglesia permite la confesión a través del confesionario por medio de una rejilla o tela metálica para así conservar el anonimato del penitente; pero también es cierto que muchos penitentes prefieren la confesión cara a cara con el confesor como si fueran dos amigos.

Podemos concluir todo lo anterior diciendo que, por más que haya variado y evolucionado la práctica de la confesión sacramental, lo cierto es que el sacramento de la confesión sigue manteniendo su esencia, sigue siendo el mismo. Esto es lo que ha mantenido y enseñado la Iglesia en toda su tradición hasta el día de hoy.

 

martes, 4 de junio de 2013

¿Por qué confesarme? (2a. parte)


“En la Iglesia (asamblea) confiesa tus pecados, ordena la “Didache”, y no te acerques a tu oración con mala conciencia” (4,14).

La “Didache” (didajé), es el documento judeo-cristiano más antiguo que existe, a parte de la biblia; y es donde están contenidas las enseñanzas de los apóstoles en materia de moral, doctrinal y litúrgica. La cita que acabamos de escribir está contenida al final de una extensa lista de mandatos morales y de instrucciones para la penitencia. A esto hay que añadir que la Iglesia Católica no abandonó la impactante práctica de sus antepasados.

En otro capítulo posterior, habla de la importancia de la confesión antes de recibir la eucaristía: “los días del Señor reúnanse para la participación del pan y la acción de gracias, después de haber confesado sus pecados, para que sea puro su sacrificio” (14,1).

Estos textos, más otros de la época, nos dan a entender que ya en los primeros cristianos existía la práctica de la confesión de los pecados públicamente. Claro que esta práctica, con el paso del tiempo se fue suprimiendo o cambiando por diversas razones, entre ellas: no poner en evidencia al penitente, no sea que después le acarreara algún tipo de abusos físicos por parte de otros.

Otro personaje que nos instruye al respecto de la penitencia es san Ignacio de Antioquía, en su carta a los fieles de filadelfia 8,1: “El Señor garantiza su perdón a todos los que se arrepienten, si, a través de la penitencia, vuelven a la unidad de Dios y a la comunión con el obispo”. Así entonces, según lo que nos dice san Ignacio, el sello del cristiano que persevera, es la fidelidad a la confesión. El Papa Clemente de Roma llego a decir: “es bueno para un hombre confesar sus transgresiones en vez de endurecer su corazón” (carta a los corintios 51,3).

 A todo esto hay que decir que, las palabras de Jesús con respecto a la reconciliación son muy provocadoras; y de hecho, provocaron mucha resistencia, sobre todo en el ámbito político.

Jesús dijo: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ahí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5,23ss).

Siempre es saludable, cuando vamos al templo a celebrar nuestra fe por medio de los sacramentos o alguna otra actividad religiosa como la misma oración, tener en cuenta esto que nos dice Jesús. Es decir, es bueno que al ir a orar al Señor tengamos en cuenta cómo está nuestra relación con los demás para que así nuestro acto de fe tenga real sentido y pueda ser agradable a Dios, nuestro Padre. Ciertamente que no es nada fácil lo que nos pide Jesús en estos versículos ya citados. No se trata de pensar si yo tengo algo en contra de alguien; más bien es pensar si alguien tiene algo en  contra de mí, pues yo he de ir a ponerme en paz con esa persona. Definitivamente que esta enseñanza del maestro rompe totalmente con nuestra lógica humana. Por eso es que debemos de pedirle siempre su ayuda, su gracia para poder poner en práctica esto que nos pide. Recordemos que “lo que es imposible para nosotros, es posible para Dios” (Lc 18,27). Aquí se nos plantea una interrogante: si al acercarme a la persona y pedirle perdón por algún mal entendido o falta contra él, pero éste no quiere perdonarme, ¿qué debo hacer? La respuesta es sencilla, lo que cada uno debe de hacer es poner aquellos medios que están a su alcance, y si el otro no quiere perdonar, ese es su problema. Nadie está obligado a perdonar si no quiere. Lo que sí nos pide el Señor es que pidamos perdón y perdonemos por la gracia que él nos da: “sin mi nada podrán hacer”; y a san Pablo le dijo “solamente mi gracia te basta”. Yo no puedo ver mi relación con Dios sin considerar la relación que tengo con las personas, dice Anselm Grum.

Hay otro pasaje del evangelio igualmente provocador: “ponte enseguida en paz con tu adversario mientras vas con el por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, el juez al guardia, y te metan en la cárcel” (Mt 5,25).

El texto original griego dice: “mientras estés todavía en el camino”. Es decir, mientras viva y este en movimiento, me tengo que reconciliar con mi adversario; porque después, ya no se podrá hacer nada. Pensemos en el pasaje del evangelio de Lázaro y el rico (Lc 16,19-31).

Ahí está el reto del maestro para sus discípulos: “ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”, nos dijo Jesús. Jesús nos provoca; nos provocan su persona y su mensaje del evangelio. Tenemos que dejarnos interpelar por ambos para que así nuestra vida cristiana, nuestra vida de fe sea lo que debe de ser, de acuerdo a lo que el Señor nos enseño y la Iglesia nos recuerda.

Bendiciones.

lunes, 27 de mayo de 2013

¿Por qué confesarme? (1a. parte)


“…Jesús les dijo otra vez: la paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envio. Dicho esto, sopló y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados. Les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos” (Jn 20,21-23).

De entrada, podemos decir que la confesión no es un paso fácil para muchos católicos. Cuanto más parece que la necesitamos, menos la buscamos. No a todos nos gusta hablar de nuestros fallos o faltas morales, y esto hasta puede parecer natural. También es cierto que el pecado es un mal del cual debemos avergonzarnos; ya san Agustín decía: “¡Ay del hombre y de sus pecados! Cuando alguno admite esto tú te apiadas de él; porque tu lo hiciste a él, pero no sus pecados”. Hemos de saber que cuando pecamos estamos rechazando hasta cierto punto el amor de Dios, y nada queda oculto para Él.

Hay tantas opiniones encontradas de muchas gentes al respecto de la confesión. Lo primero que hay que decir al respecto es que, muchos creen que la confesión es un invento de la Iglesia Católica. Esto es falso. Ciertamente que el que esto afirma no ha leído bien el evangelio. La confesión es algo que ya existía en el Antiguo Testamento. La confesión existe desde que existe el pecado en el mundo. Pensemos en el pecado original que está al principio del Génesis. Es interesante un análisis de lo que se nos narra en el capítulo 2,16-17. En todo ese diálogo que Dios sostiene con los primeros seres humanos, podríamos decir que su única intención es llegar al punto de que “ellos reconozcan su pecado”, pero no lo hacen. Siempre utilizan la excusa y la justificación y hasta el señalamiento. Esto mismo podríamos decir de uno de los hijos de esta primera pareja, Caín. Este, al cometer su pecado o su falta contra su hermano Abel, es interrogado por Dios para inducirlo al reconocimiento de su culpa. Pero se niega a reconocerla.

Esto lo podemos aplicar al hombre y mujer de hoy: el hombre y la mujer de hoy tampoco estamos muy dispuestos a reconocer nuestros pecados o fallos. Es cierto que en nuestro interior se dan los resentimientos, vergüenza, dolor, etc., pero de ahí no pasa. Todo esto se queda  dentro de la persona.  Por lo regular siempre buscamos de manera injustificada la justificación; o dicho en otras palabras, siempre estamos buscando a quién echarle la culpa, y entre ellos está Dios; porque él es el culpable de nuestras circunstancias, descollos, mal herencia, etc.

Pedir perdón es una necesidad, es también necesario demostrarlo, y por lo tanto, necesario hacer algo para ello. El pecado causa la muerte: una auténtica pérdida de la vida espiritual, que es mucho más mortal que cualquier muerte física; Cristo mismo dijo: “no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien al que matando el cuerpo puede también matar el alma llevándola al infierno” (Mt 10,28).

Como ya hemos dicho, el pecado y la confesión ya existían desde el Antiguo Testamento. Cuando Jesús inició su misión de anunciar el Reino de Dios, él no vino a derogar lo que Dios ya había establecido desde la antigüedad. Él no vino a sustituir algo malo por algo bueno; vino más bien a darle su real y definitivo sentido o plenitud. La confesión, primero es un acto de fe, y la fe en el poder de Cristo para perdonar pecados es una señal del creyente. Ahora, Cristo ha querido ejercer ese poder de una manera muy peculiar (recordemos la cita bíblica del evangelio de Juan al inicio de nuestro escrito).  Jesús otorgó a sus apóstoles un nombramiento y una autoridad para perdonar los pecados en su nombre. Entonces, hay que entender bien esto: es cierto que el único que tiene poder para perdonar pecados es Dios y que por tanto, debemos de confesarnos con Él, pero del modo en que Él lo ha establecido a través de su Hijo Jesucristo, ¿cómo? Con un sacerdote. El apóstol Santiago nos enseña diciéndonos: “¿Está enfermo alguien de ustedes? Llame a los presbíteros (sacerdotes) de la Iglesia para que oren por él, después de ungirlo con óleo en nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor le curará; y si ha cometido pecado le perdonará. Por tanto, confiesen mutuamente los pecados y oren unos por otros para que sean salvados” (St 5,14-16).

Podemos decir que Santiago conecta la práctica de la confesión con la fuerza sanante del ministerio sacerdotal. Los sacerdotes son sanadores: los llamamos para que unjan nuestros cuerpos cuando estamos enfermos; y acudimos a ellos para recibir la fuerza sanadora y liberadora del sacramento del perdón cuando nuestras almas están enfermas por el pecado.

Bendiciones.

lunes, 20 de mayo de 2013

¿Derrota a la Iglesia Catolica?


“Jesús se volvió a ellas y les dijo: hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos” (Lc 23,28).

Ya el tribunal de lo civil y comercial dio su sentencia en contra del recurso de amparo que interpuso la pastoral familiar y pastoral de la salud, de la Arquidiócesis de Santo Domingo, y favoreciendo a la institución de la sociedad civil, la Ong PROFAMILIA. Como era de esperarse, se escuchan los tambores del triunfo departe de ésta y de aquellos que la apoyan en su cruzada de la promoción a través de la publicidad comercial en los medios de comunicación sobre los anticonceptivos, las relaciones sexuales independientemente de la edad y del estado civil de la persona, y la promoción del aborto. Ya lo dice el dicho “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Eso es lo que ha pasado en este caso, sobre todo con todos aquellos que se sumaron a favor de esta publicidad dañina.

Esta no ha sido una derrota ni de la Iglesia Católica ni de los “curitas”, como lo dijo un comunicador conocido. Esta es una derrota de la justicia dominicana y una afrenta a la familia dominicana, de todos aquellos padres y madres, comunicadores, periodistas, empresarios, profesionales de la conducta, etc.; que mostrando una mentalidad abierta, o como dicen en ingles, “open main”, y también de una mal llamada libertad que más bien es libertinaje, se han dejado confundir. San Agustín dijo: “Sostienen su opinión porque es la propia, no porque sea la verdadera; no buscan la verdad, sino el triunfo”. Eso es lo que ha sucedido con esta sentencia: han triunfado pero no han buscado la verdad. En el diálogo de Jesús con Pilatos, éste no quiso reconocer ni aceptar la verdad que estaba en frente de él en ese momento. Se cerró a ella. Prefirió mejor seguir esclavizado a los criterios de este mundo y sus pompas, que aceptar la libertad y felicidad que Cristo ofrece. Así mismo ha sucedido con estos grupos que han rechazado la verdad y se han confabulado con los criterios de esta institución que, aunque lleva el nombre de PROFAMILIA, es lo primero que no hace. Esta institución que disfraza la mentira de verdad.

Nosotros debemos anhelar siempre  no solo ver lo superficial, sino sobre todo lo verdadero y el motivo original de todo y en todo, y más cuando se trata de la persona. En este anhelo de luz e iluminación Jesús dice: “yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Se ha preferido una vez más las tinieblas a la luz; se ha preferido la mentira y no la verdad. Recordemos que las leyes deben hacer el bien a las personas. Esta fue una causa más donde los enemigos de la Iglesia salieron a la calle y a los medios; pero no solo es que son enemigos de la Iglesia, es que son enemigos de las familias, de sus valores y principios.

Queridos padres y madres, son ustedes los que se tienen que preparar para cuando lleguen esas lágrimas por causa de sus hijos. Son ustedes los que van a llorar cuando su hijo o hija le diga en su propia cara que usted no tiene derecho a marcarle a él ninguna pauta de comportamiento; serán ustedes los que llorarán cuando sus hijos les digan que usted les está violando sus derechos cuando los corrijan de su mal comportamiento; son ustedes los que llorarán cuando sus hijos se aparezcan a sus casas embarazados antes de tiempo, porque de seguro que PROFAMILIA no les brindará ningún apoyo para ello, más que el aborto, porque a ellos lo único que les interesa es el negocio que está detrás de todo esto.

Nos animan las palabras de Jesús en el evangelio de san Juan: “Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo… Santifícalos en la verdad: Tu palabra es verdad. Por ellos me santifico a mí mismo para que ellos también sean santificados en la verdad” (17, 14.17.19).

 

Bendiciones.

viernes, 10 de mayo de 2013

¿Por qué me persigues?


“sucedió que, yendo de camino , cuando estaba cerca de Damasco, de repente le envolvió una luz venida desde el cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? El preguntó: ¿Quién eres Señor? El respondió: yo soy Jesús, a quien tu persigues” (Hc 9,3-5).

La Iglesia ha hecho oír su voz en nuestra sociedad dominicana poniendo una demanda de inconstitucionalidad contra la campaña que está encabezando PROFAMILIA y ésta no ha tardado en reaccionar. Sabemos de esta campaña que hace ya unas semanas atrás está llevando a cabo esta institución de la sociedad civil en los medios de comunicación que, disfrazándola disque de “derechos sexuales”, lo que incita más bien es al inicio temprano en la vida sexual de nuestros adolescentes y jóvenes. Basta nada mas con observar detenidamente los anuncios para darse cuenta de cuál es el mensaje que transmiten. Sería buen ejercicio que los padres y madres le preguntaran a sus hijos cuando vean esa publicidad qué entienden ellos de los mismos, y se sorprenderán de la respuesta. Con esta campaña son muchas las cosas que se pueden desencadenar y que serían dañinas para nuestros jóvenes y adolescentes y, por ende, para las familias. Imagínense ustedes que si se le incita a los jóvenes y adolescentes a la tener relaciones sexuales a temprana edad, no nos sorprenda después cuando un adulto tenga relaciones sexuales con menores, por ejemplo.

A esta “defensa”, no se ha hecho esperar el que salgan las voces que defiendan esta campaña que denigra a estos grupos de personas de nuestra sociedad que se erigen como fieles defensores de estos derechos. Hace tiempo que los primeros que tenían que estar encabezando esta protesta debían de ser los mismos padres y madres, pero como no lo han hecho, ha sido la Iglesia, -la pastoral familiar arquidiocesana-, la que ha salido al frente. Una vez más la Iglesia católica se ha convertido en “la voz de los que no tienen voz”.

Los que tenemos un poco más de conocimiento de esta situación, sabemos muy bien cuáles son los intereses que se mueven detrás de esta campaña; sabemos cuáles son las ONGs  y otros organismos internacionales que están financiando dicha campaña. Porque nadie vaya a creer que esto es gratis. Se escuchan en los medios de comunicación, -radio, televisión, prensa escrita-, a muchos comunicadores y comunicadoras, defendiendo la publicidad y atacando a la Iglesia. Unos comunicadores que se dicen ellos mismos que son disque “independientes”, pero eso ni ellos mismos se lo creen. Son más bien comerciantes de la verdad. Venden la verdad al mejor postor. Y qué decir de los abogados que han contratado para enfrentar la demanda. Ellos saben muy bien lo que se está moviendo por debajo de todo eso y de los intereses económicos que están en juego.

Los ataques a la Iglesia no se han hecho esperar. La sociedad dominicana está viviendo unos días de “relativa calma” lograda por las autoridades con el acuerdo con la Barrick Gold. Ya ese tema está superado. Ya no se habla ni siquiera de la Loma de Miranda ni Bahía de las Águilas. Se necesitaba un tema para entretener a la sociedad, el circo no podía quedar sin funciones; y ese tema ahora lo está protagonizando la Iglesia Católica y Profamilia. Lo triste de esto es que muchos que se dicen católicos son los primeros que están atacando a la Iglesia. Se están escuchando los argumentos hasta más estúpidos para querer acallar a la Iglesia. Se le quiere hasta descalificar utilizando argumentos de todo tipo no importando que falten a la verdad. Pues si esos son los católicos, para qué querer enfrentar a los que no lo son. Ya lo dijo el mismo Señor Jesucristo: “en el rebaño hay lobos disfrazados de ovejas que no son míos porque no escuchan mi voz”. Estos son los lobos que habitan en nuestra sociedad y quieren imponernos sus criterios. Esta no es simplemente una lucha religiosa. Es más bien una lucha por mantener y defender nuestros valores humanos y también de asumir con conciencia nuestro compromiso por forjar una sociedad más humana y más justa.

¿Dónde están los hombres y mujeres de convicciones fuertes y profundas de nuestra sociedad? ¿No se dan cuenta de la manipulación a la que nos quieren someter? ¿Por qué callan? ¿Dónde están los hombres y mujeres que creemos en el evangelio y la verdad que nos ha sido revelada en el mismo y que nos conduce a la libertad de los hijos e hijas de Dios? No seamos cobardes. La fortaleza de Cristo esta de nuestra parte. Esta lucha no es contra nosotros, es contra Dios y su evangelio. No abandonemos a nuestros sacerdotes y abogados en esta lucha; se está enfrentando a un monstruo grande, que su poder es el dinero con el cual ya ha doblado muchas voluntades. Recordemos las palabras de Cristo: “a ustedes los van a perseguir, a injuriar, maltratar y condenar por mi causa; pero el que se mantenga firma hasta el final, ese se salvara”.

Salvemos nuestra sociedad de estos comerciantes de seres humanos. Defendamos nuestros valores humanos y cristianos de tantos farsantes que dicen que son cristianos y en realidad no lo son. Más bien son hombres y mujeres de mente y voluntad débil a quien el enemigo siempre esta acechando. A esto nos advierte el apóstol Pedro: “sed sobrios, estén despiertos, porque su enemigo, el Diablo, como león rugiente ronda buscando a quien devorar: resístanles firmes en la Fe” (1Pe 5,8-9). Esta es una prueba más para saber cómo está la unidad de la familia de Cristo, su Iglesia.  Católicos, no nos durmamos en nuestros laureles; estemos más bien despiertos, porque “si nosotros callamos, entonces hablarán las piedras”; “los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”.

Si ellos son astutos, nosotros tenemos el poder de Dios.

Bendiciones.