martes, 22 de octubre de 2013

¿Con que todos somos Haiti?


“Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se resiste al orden divino, y los que resisten se atraerán sobre sí mismos la condenación” (Rm 13,1-2).

 

  Sigue el debate en nuestra sociedad por la sentencia del Tribunal Constitucional por el fallo emitido en cuanto a lo que tiene que ver con la ley de migración dominicana de extranjería. Son muchas las opiniones encontradas al respecto a favor y en contra. Lo cierto es que son pocos o casi ninguno los que se han tomado la molestia de leer completamente la sentencia del TC ya que la misma consta de aproximadamente 125 páginas. Pero eso sí, nos hemos afilado la lengua para despotricar y descalificar la misma sentencia. Se ha caído en criticar una sentencia que ni siquiera nos hemos tomado la molestia de conocer. Pero aquí ciertamente lo que prevalece no es más que un interés económico que se esconde muy por debajo de tantas opiniones de grupos y personalidades, pero que ya todos sabemos cómo se bate el cobre.

  Ha llamado la atención el percance al cual fue sometido el presidente de la República la semana pasada en la conferencia de la mujer auspiciada por la ONU-mujeres. Un grupo de mujeres que aprovecharon ese encuentro para enrostrarle en la cara al mandatario, y en su persona, a todo el pueblo dominicano, vociferando que “todos somos Haití”. Esa no fue más que una falta de respeto, una desconsideración y una intromisión en asuntos internos dominicanos de este grupo de mujeres irresponsables pagadas por ONGs y organismos internacionales que las dejaron en el ridículo. Aquí la pregunta obligatoria es, ¿Por qué estas mujeres no van a Estados Unidos, a Brasil, a México, Canadá, España… a bocearles a ellos en su patio que todos son Haití? Se dice que aquí hay democracia para manifestarse, y es cierto; pero también hay lo que se llama “respeto” a las leyes y soberanía de una nación. Muchos han dicho que de nada sirven al debate las groserías y malas palabras que se han emitido en varios programas en los medios de comunicación y prensa escrita; pero hay que entender también la indignación que fue el que vinieran un grupo de extranjeras a nuestra casa a bociarnos que todos somos Haití. Se equivocaron. Estos grupos no tienen la más mínima idea de los aspectos históricos de nuestras dos naciones para que vengan a desconsiderarnos de esa manera. Si ellas son Haití, pues que se vayan a Haití a luchar y defender a los haitianos de su mismas autoridades que no les dan ni proveen de lo básico para su subsistencia. No todos somos Haití, como tampoco somos ni Brasil, ni Perú, ni Canadá, ni España, ni Rusia, ni Panamá, etc. Somos República Dominicana. Yo soy dominicano y donde quiera que voy fuera de mi país me presento como dominicano, y con orgullo. Soy de la patria de Duarte, Sánchez, Mella, Luperón, Concepción Bona. Esto no es racismo ni patriotismo trasnochado. Yo respeto y honro la memoria de los hombres y mujeres que lucharon por la independencia de mi país.

  Otro punto que está complicando más esto es que ahora se ha dedicado el gobierno haitiano, en la persona de su canciller y otros políticos, a ir a diferentes escenarios internacionales a exigir que a la República Dominicana se le condene por esta sentencia de TC. Ya se ha manifestado el CARICOM y ahora se pretende llegar al ALBA, y así a otros más. Estos organismos se han expresado y a lo mejor se expresen sobre un tema que ellos ni conocen y que además tiene que ver con una decisión soberana de un Estado soberano como el nuestro. Tengan mucho cuidado. La República Dominicana no ha emitido ningún juicio ni opinión sobre el muro que está construyendo Haití en su línea fronteriza porque lo entendemos como una acción soberana. Pero lo cierto es que si ese muro fuera levantado por la parte dominicana, hace rato que estuviéramos en la hoguera.

  Es conocida por muchos la expresión del derecho romano: “la ley es dura, pero es la ley”. La ley hay que respetarla, todos tenemos que respetarla, aunque nos perjudiquemos con ello. El respeto a la ley beneficia el futuro y a la comunidad. El apóstol san Pablo dice en la carta a los Romanos: “Los magistrados no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal…Por tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia” (Rm 13, 3.5). Son muchos los que amparados en una falsa interpretación de los derechos humanos han violado y siguen y quieren que se viole la ley. En eso han incurrido incluso hasta sacerdotes. Y es incorrecto. Todos debemos someternos a la ley. Nadie está por encima de ella. Ya lo dice el mismo san Pablo en la cita que pusimos al inicio de este artículo: “debemos someternos a la autoridad legítimamente constituida”. Todos estamos de acuerdo en que hay que aplicarles la ley a esos grupos de mafiosos tanto haitianos como dominicanos que no son más que comerciantes de humanos; que se lucran con la miseria de una nación utilizando a su gente para su propio beneficio. Que tratan mejor al perro de su casa que a estos seres humanos que lo quieren es dejar la miseria en la que están hundidos. Que les caiga el peso de la ley.

  La situación haitiana tiene una dimensión humana y otra política. En cuanto a la humana, hay que ayudarles a buscarles soluciones humanas sin menoscabar o perjudicar nuestras leyes; y en esa parte la República Dominicana ha sabido tenderles las manos siempre en ayuda humanitaria, cosa que otras naciones más ricas y poderosas no han querido hacer; pero sí ponen sus recursos para financiar grupos e instituciones que denigren a nuestro país. Eso es una vagabundería y una desconsideración de su parte, y una violación a nuestra soberanía. Con el pueblo haitiano no ha habido un pueblo más solidario que el nuestro, a pesar de nuestras limitaciones y precariedades. El otro camino es de tipo político y hay que buscarle soluciones políticas, y ahí entra la parte migratoria. Nuestro país tiene el derecho de establecer sus propias leyes de acuerdo a lo que consideremos que es lo que más nos conviene. La República Dominicana no es una institución de beneficencia pública. Es una nación libre y soberana que establece sus propias normas y leyes por las cuales nos regimos los ciudadanos nacionales y todo aquel extranjero que quiera residir aquí. La República Dominicana no puede ocuparse del drama haitiano cuando en su misma casa hay tantos dominicanos y dominicanas que no tienen sus necesidades básicas solucionadas.

  Si queremos emitir juicios lo más certeros posible, lo mejor es que aprendamos a escuchar a los expertos en la materia. Una de la característica de nuestra gente es que nos gusta opinar de todo sin tener o saber los más elementales fundamentos de las cosas. No nos dejemos llevar por los excesos ni pasión que no nos conducen a un debate serio de las ideas. Pero tampoco nos dejemos pisotear nuestra dignidad y nuestra identidad como nación libre y soberana. No tenemos por qué permitir que nos vengan a pisotear nuestra bandera, nuestro himno, que mucha sangre costó. República Dominicana y Haití tenemos costumbres y visiones diferentes que son irreconciliables.

  Yo soy dominicano. Yo soy de la patria de Duarte, Sánchez, Mella, Luperón, Concepción Bona. María Trinidad Sánchez.

miércoles, 16 de octubre de 2013

¿Por qué confesarme? (5a. parte)


Ahora hablemos de la Gracia. Ya hemos dicho anteriormente, que los sacramentos instituidos por Cristo y encomendados a su Iglesia nos comunican la gracia de Dios. Pero, ¿Qué es la gracia? Igual que lo dicho anteriormente cuando definíamos los sacramentos y decíamos que hay varias definiciones, también hay que decirlo con respecto a la gracia. Son varias las definiciones que hay al respecto. Solo vamos a mencionar dos, sobre todo porque lo que queremos es que el lector tenga una idea clara y sencilla de la gracia sacramental.

Una primera definición de la gracia es: “la gracia es la vida de Dios, que El comparte con nosotros a través de esas acciones (sacramentos) que Cristo ha confiado a su Iglesia” (Scott Hahn). En el libro de Rollos y Meditaciones del Cursillo, del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, se nos propone otra breve y sencilla definición de la gracia parecida a la anterior pero con un elemento más, dice: “la gracia es la vida de Dios, comunicada gratuitamente a la persona, aceptada libremente por ésta mediante la fe” (pag. 26).

De estas dos definiciones ya citadas, podemos reflexionar lo siguiente. La gracia es el mismo Dios dándose a nosotros de una manera gratuita. La gracia es puro don (regalo) de Dios para el hombre. La gracia es pura gratuidad, nosotros no hemos hecho absolutamente nada para merecerla; Dios mismo nos ha hecho merecedores de ella, ¿Por qué? Pues porque nos ama. Y nos ama con un amor de predilección. Ya nos dice el evangelista san Juan que “Dios es el que nos ha amado primero”; y Cristo mismo nos dice que “el que ama al Hijo ama también al Padre… y así vendrán ellos y harán su morada en nosotros”. Esta gracia se nos es dada en cada uno de los sacramentos. Todos los sacramentos nos comunican la misma vida de Dios, su Gracia.

La Gracia no se impone; se ofrece, se da, se dona…a alguien que puede ser agraciado. Esta donación o regalo no se impone, sino que se ofrece en diálogo, comunicación de Dios para con nosotros. Ya la misma palabra comunicación indica también “encuentro”; Dios viene y, -de hecho así lo ha querido desde el principio-, a encontrarse con el hombre; se acerca al hombre. Dios deja de ser ese Dios lejano y vienen a poner su morada entre nosotros. Pero también este ofrecimiento de Dios el hombre debe de aceptarlo con y en libertad, sin presión. Dios ha querido que el hombre lo acepte y ame libremente. Este don de la Gracia es algo que el hombre no puede percibir por los sentidos, tiene que experimentarla y vivirla mediante la fe, esa virtud teologal que Dios ha sembrado en el corazón de cada hombre y mujer para que crea en El.

Hablando del sacramento de la confesión, hay que decir que éste nos prepara para recibir la eucaristía más dignamente. San Pablo ya nos advierte al respecto: “quien se acerca a comer el cuerpo y sangre de Cristo indignamente, se está comiendo su propia condenación” (1Cor 11,27). Para que el sacramento de la confesión logre su efecto en el penitente, es necesario que este asuma unas actitudes previas, como lo es el arrepentimiento sincero de los pecados o faltas: que el penitente sienta dolor profundo de sus pecados, y la gracia completará lo que falta a ese dolor. A menos que el penitente este verdaderamente arrepentido, el sacramento no confiere en absoluto la absolución y los pecados no son perdonados. La Gracia no es magia; no actúa como si fuera un acto mágico. Para que la gracia actúe necesita la disposición, el esfuerzo de la persona; al respecto, san Agustín dijo: “la gracia supone la naturaleza”. Otra actitud es la de confesar los pecados: los pecados que se deben de confesar son aquellos cometidos después de la última confesión. La absolución sacramental es para absolver los pecados graves o mortales, es decir, aquellos que van en contra de cualquiera de los mandamientos de Dios. Hay una máxima en medicina que dice “la medicina no cura lo que ignora”. Si aplicáramos palabras parecidas al sacramento de la confesión se podría decir “pecado que no se confiesa, queda sin absolver”. Tenemos que confesar nuestros pecados, no los ajenos. Una tercera actitud es cumplir la penitencia impuesta, que es una forma de satisfacción por el mal causado.

El pecado o falta cometida contra Dios, es el pecado más grave que una persona puede cometer ya que por encima de Dios no hay nadie más grande que EL: su dignidad es infinita, y aunque nunca podremos compensar nuestras ofensas a EL, Cristo nos ayuda a compensar lo que nos hace falta por medio del sacramento de la confesión.

 

martes, 24 de septiembre de 2013

De Embaucadores y Manipuladores


“…Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce al error…” (Gal 4,14).

 

  Han transcurrido apenas unos días después de haberse publicado una entrevista extensa del Papa Francisco que le concediera al P. Antonio Spadaro, director de la revista jesuita Civitas Catolica. Una vez más el Papa vuelve a sorprender con sus palabras tan sencillas pero de una profunda sabiduría y enseñanza para toda la humanidad y de manera especial para todos los católicos. Pero también no deja de ser todo esto una pelea que ya raya en lo absurdo el hecho de que cada vez que el Papa habla de algo o dice algo, los medio de comunicación secular y muchos comunicadores inmediatamente vienen y distorsionan, malinterpretan o manipulan las palabras del Papa y esto crea un serio problema para muchos católicos que se dejan sorprender en su sano juicio y caen en dudas, angustias, etc., de lo que dijo el Papa. Claro está que hay muchas personas que solo les llega información por estos medios; pero también es cierto que hay otros mas que, teniendo a manos medios de comunicación católicos, en realidad no los usan para estar bien informados acerca de lo que ha dicho el Papa y no son capaces de formarse un sano juicio de sus palabras.

  Sabemos muy bien que muchos medios de comunicación secular, y muchos comunicadores y comunicadoras son adversos a la enseñanza de la Iglesia Católica y a su Jerarquía. Esto es lo que los lleva a ellos a estar sacando de contexto las palabras del Papa en cada caso porque así quieren influenciar y dar la impresión de hacer una iglesia a su medida. Han querido siempre presentar al Papa Francisco como el gran revolucionario de la Iglesia Católica, sobre todo en lo referente a materia sexual, (recordemos que una de las funciones principales del Papa es ser custodio del depósito de la fe); pero una revolución que nada tiene que ver con la verdad revelada por Jesucristo en el evangelio. Si las personas, principalmente los católicos, no somos capaces de leer completo lo que dijo el Papa en esta entrevista, de seguro que muchos seguirán creyéndose todo lo que estos embaucadores y manipuladores de la comunicación dicen. Textos que son sacados de contextos para así crear pretextos.

  El Papa Francisco ha sido muy claro y reiterativo que él lo que ha dicho siempre es lo que enseña la Iglesia. Nada nuevo, pero sí palabras nuevas. Muchos comunicadores se fijan sobre todo en lo dicho por el Papa en lo referente a lo moral y social; otros más en lo primero que en lo segundo. Estos escritos seculares lo que provocan al buen lector con conciencia es repugnancia porque inmediatamente se da uno cuenta de que es una manipulación. Unos hablan de que el Papa está proponiendo un cambio en la moral católica para hacerla más atractiva y atrayente a las personas, sobre todo a los jóvenes. Es decir, sería una especie de religión o doctrina hecha a mi medida. Esto provoca entonces la reacción buscada en los demás, o sea, muchas personas se alegran porque piensan que el Papa va a relajar la doctrina del evangelio, pero después se dan cuenta de que no es así cuando escuchan al Papa referirse a estos temas y con la firmeza con que lo hace y de que no está cambiando nada. Por ejemplo, con el tema de la homosexualidad, el Papa ha sido reiterativo con lo que enseña la Iglesia Católica y que está muy especificado en el Catecismo; en el tema del aborto se quiere dar la impresión de que el Papa ya no quiere que se siga enfatizando en este tema para así provocar en la gente la visión de una Iglesia atractiva. Lo que sí dijo el Papa es que si se habla de este tema hay que hacerlo en un contexto, como lo hizo al día siguiente de la entrevista en una audiencia con ginecólogos católicos donde volvió a recordar la doctrina católica de defensa y promoción de la vida.

  No caben dudas de que debemos estar preparados para lo que seguirá llegando. Tenemos que informarnos mejor, sobre todo de lo que dice el Papa; no quedarnos con lo que dice en los medios de comunicación secular, sino mas bien irnos a los portales católicos que son abundantes en donde se esbozan las noticias de nuestra Iglesia Católica.

 

Bendiciones.

 

martes, 17 de septiembre de 2013

¿Queremos justicia o venganza?


“...Sean compasivos como su Padre celestial es compasivo. No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (Lc 6,36-37).

 

  En estos días que han transcurrido hemos sido testigos de situaciones escandalosas que han involucrado a algunos miembros de la jerarquía católica. Como era de esperarse, son muchas las opiniones que se han vertido en torno a estos casos bochornosos y vergonzosos no sólo para la misma jerarquía sino y, sobre todo, para toda la Iglesia Católica en nuestro país.

  Lo primero que debemos de tener en cuenta es el aclarar el uso de las palabras. Desde el principio de la controversia se ha dicho o señalado que la Iglesia Católica está envuelta en situaciones escandalosas de casos de pederastia. Hay que aclarar al respecto que, no es la Iglesia Católica la que está envuelta en estos casos, sino más bien algunos miembros de su jerarquía. Hay muchas personas que confunden la jerarquía católica con el conjunto de la Iglesia Católica. Y lo cierto es que, la Iglesia Católica no es sólo su jerarquía, sino que ésta es una parte de ella. La Iglesia Católica somos todos los bautizados en Cristo y que nos hemos adherido a vivir nuestra fe en El en esta familia religiosa. La jerarquía católica es parte del Pueblo de Dios, más no es el Pueblo de Dios. El santo Padre el Papa Francisco lo acaba de decir en una de sus catequesis sobre el año de la fe en el Vaticano: “la Iglesia es madre y todos somos parte de ella, no sólo los obispos y los curas”.

  Aclarada esta parte, permítanme entonces decir lo siguiente. Es muy triste y lamentable la situación por la cual está pasando nuestra Iglesia Católica en estos momentos en nuestro país. Pero es mucho más triste y más lamentable las actitudes que muchos, sobre todo muchos que se dicen que son católicos, están asumiendo ante la misma situación. Creo que como institución debemos ser lo suficientemente humildes para reconocer y aceptar que tenemos un problema serio dentro de nuestra familia y que afecta a una parte importante de la misma, que es nuestra jerarquía, nuestros guías, nuestros pastores (es bueno aclarar que son algunos). Un problema que tenemos que saber enfrentar para encontrarle solución y así quede arrancado de raíz. Estos problemas de algunos sacerdotes no han surgido de la noche a la mañana o de repente; más bien son problemas que se vienen arrastrando desde muy atrás: en la infancia, adolescencia. Son personas que cuando ingresaron al seminario ya traían ese mal dentro de ellos y supieron muy bien ocultarlos hasta que encontraran el momento oportuno para dejarlo salir. Aquí hay que reconocer también el fallo que los responsables de la formación, sobre todo, han tenido en no actuar a tiempo y tomar las debidas correciones para contrarrestar esos problemas. Y ya vemos las consecuencias.

  Nuestra jerarquía ha pedido perdón tanto a las víctimas como a la misma sociedad, y también a nuestros fieles, por el daño que se ha causado. Hay muchos que piensan y afirman que esto no es suficiente, y tienen razón. Pero también hay que decir que ya el hecho de pedir perdón y otorgar el perdón es signo de la justicia; claro que no es la justicia plena. Muchos creen que con esto es como si la jerarquía estuviera pidiendo un borrón y cuenta nueva. Nada más falso. Ya lo han dicho nuestros obispos: la jerarquía está totalmente dispuesta a colaborar con la justicia civil en el esclarecimiento de las acusaciones contra estos hermanos sacerdotes. El padre Lombardi, encargado de prensa de la Santa Sede ha dicho también lo mismo. La otra parte de la justicia es hacer las debidas investigaciones de las acusaciónes y realizar un juicio en donde se determine la inocencia o culpabilidad de los imputados, y si fueran hallados culpables tendrán que pagar la pena que la justicia civil les imponga.

  Esta situación de escándalo ha servido para que se levanten voces en una actitud de cebarse en contra de la institución eclesial, y sobre todo, de su jerarquía. Se ha aprovechado también para traer a colación temas que nada tienen que ver con la cuestión, como lo es el celibato sacerdotal y el Concordato suscrito entre la Santa Sede y el Estado Dominicano, como si estos fueran las causas por las que estos sacerdotes actuaran de esta manera. Nada que ver. Cuidado y no caigamos en actitudes farisaicas de hipocresía. Jesús mismo nos advirtió con respecto a ello cuando en una de sus parábolas del Reino de Dios dijo: “dos hombres subieron al templo a orar, uno era fariseo y el otro publicano….el fariseo, de pie, oraba a Dios diciendo: te doy gracias Señor porque soy bueno, no daño a  nadie, pago el diezmo, no soy injusto ni adúltero…y no satisfecho con esto, señaló al publicano diciendo que no era como él. Mientras que el publicano solo decía, perdóname Señor que soy un pecador”. Así mismo estamos muchos de nosotros hoy en día, en una actitud farisaica de soberbia, altanería, orgullosa. Nos creemos que somos los buenos, los que no fallamos, los que tenemos el derecho a  señalar al otro como un pecador, pero no reparamos en que todos nosotros somos pecadores; como dice el dicho popular: “todos llevamos nuestra música por dentro”. Nos convertimos así en jueces y verdugos de los demás. Pero recordemos que el Señor Jesús nos dijo: “con la vara que midas a los demás, con esa misma vara te medirán a ti”.

  No se trata entonces de poner a estos sacerdotes en un paredón y fusilarlos. Eso no es justicia, es más bien venganza, es ensañamiento. Contra Jesús hubo ensañamiento, y El no actuó en consecuencia, sino que enseñó y asumió la actitud contraria. Practicó la misericordia. En esta situación se aplica el dicho popular “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Es cierto que hay muchos, sobre todo, enemigos de la Iglesia y su jerarquía, que están aprovechando la ocasión para despotricar a la institución; y muchos fieles se están dejando atrapar en su sano juicio por éstos. A esos hermanos nuestros en la fe les quiero decir que si bien es cierto que en estos momentos nuestra fe está herida, más cierto es que no estamos vencidos, porque por encima de todo, nuestra fe quien la sostiene es Cristo y El no permitirá que nuestra fe desfallezca por más problemas que enfrentemos. En palabras dichas por nuestro obispo Víctor Masalles: “la Iglesia tiene mucho más luces que sombras, pero no debemos tapar esas sombras con la luz; la luz debe servirnos para iluminar esas sombras”.

  Quiero terminar este escrito recordando las palabra del Santo Padre el Papa Francisco en su encíclica La luz de la Fe: “La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona…El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee” (no. 34).

  Aprendamos a ser humildes. La verdad duele, pero sana y libera; a diferencia de la mentira, que ni sana ni libera. Busquemos la verdad para que seamos verdaderamente libres. Hace ya siglos que la inquisición desapareció, pero parece que hay muchos que la están invocando de nuevo. No se trata de arrancar cabezas, sino más bien de buscar la verdadera justicia. Y toda justicia viene de Dios.

martes, 23 de julio de 2013

¿Por qué confesarme? (4a. parte)


Hasta ahora hemos hablado del sacramento de la confesión. Pero sería bueno que habláramos un poco de los sacramentos en general.

De entrada es bueno definir los sacramentos. Son varias las definiciones que podemos citar aquí, por ejemplo: el autor Scott Hahn nos ofrece unas definiciones de esto en su libro Señor, ten piedad, nos dice que, “un sacramento es un signo interior de una realidad exterior”; también “un sacramento de la nueva alianza es un signo externo instituido por Jesucristo para dar la gracia”.

En el Código del Derecho Canónico encontramos una definición de sacramento mucho más elaborada y sobre todo, más dogmática: “Los sacramentos del Nuevo Testamento, instituidos por Cristo Nuestro Señor y encomendados a la Iglesia, en cuanto que son acciones de Cristo y de la Iglesia, son signos y medios con los que se expresa y fortalece la fe, se rinde culto a Dios y se realiza la santificación de los hombres, y por tanto contribuyen en gran medida a crear, corroborar y manifestar la comunión eclesiástica; por esta razón, tanto los sagrados ministros como los demás fieles deben comportarse con grandísima veneración y con la debida diligencia a celebrarlos” (can 840).

Es interesante comentar esta definición que nos ofrece este Código. Dice lo primero que “los sacramentos de la nueva alianza…” Esto no hay que entenderlo como que había algo que era viejo y necesitaba ser quitado para poner otro nuevo. Más bien, esto “nuevo” hay que entenderlo en el sentido de “renovación”; y Cristo es el que nos trae esta renovación; en Cristo los sacramentos son  nuevos.

Sabemos que existe una Antigua Alianza. Esta se realizaba por diferentes medios o se ratificaba con diferentes signos externos, como por ejemplo los matrimonios, la adopción de un niño, etc. Recordemos las alianzas que Dios hizo con el hombre, -con Adán, Noé, Abraham, Moisés y David. Cada una de ellas fue la renovación de la anterior donde Dios renovaba el vínculo familiar entre Él y su pueblo.

Lo segundo de la definición es “instituidos por Cristo, nuestro Señor…” Los sacramentos tienen su fundamento en la misma persona de Cristo. Los sacramentos no son inventos de la Iglesia. Cristo es el centro de ellos.

Tercero “encomendados a la Iglesia…” Cristo sigue realizando por medio y a través de su Iglesia la obra de la salvación. La Iglesia es la encargada por el mismo Cristo de ser canal, medio por el cual los hombres y mujeres pueden encontrar el camino de la salvación; la Iglesia es la administradora entonces de la gracia de Dios.

Cuarto “son signos y medios con los que se expresa y fortalece la fe…” La fe hay que testimoniarla, pero también hay que alimentarla para que se fortalezca y robustezca. La fe hay que celebrarla, y celebrarla como familia, porque lo somos: “un solo Padre tienen ustedes, por lo tanto todos ustedes son hermanos” nos dijo Cristo. Y lo más importante es que son para nuestra santificación, es decir, nos comunican la misma vida de Dios. De esta manera Dios nos hace partícipes de su misma vida. Por esto es que “Cristo es el camino, la verdad y la vida”; y también a eso vino al mundo “para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia”. Una vida que tenemos que experimentarla desde aquí, desde este mundo, ahora; en la medida en que abrimos nuestro interior, nuestro corazón a esa vida de la gracia de Dios por medio de su Hijo Jesucristo.

Por todo lo anterior dicho, por eso es que todos, -ministros y fieles-, debemos de ser  conscientes  de lo que celebramos en cada sacramento; ser conscientes de lo que recibimos en cada uno de ellos. No son cualquier cosa, sino que es el don de Dios, su gracia, su misma vida la que él nos comunica para que tengamos vida: “En Cristo, Dios ha hecho para nosotros todas las cosas nuevas” (Ap 21,5). Renovó todas las cosas con su alianza renovada. Por esto, los signos de la antigua alianza encuentran en los sacramentos su perfección.

 

Bendiciones.

 

viernes, 12 de julio de 2013

María: testigo de la fe.



 “…María es la mujer de fe,

Que acogió a Dios en su corazón,

En sus proyectos, en su cuerpo

Y en su experiencia de esposa

Y madre. Es la creyente capaz

De captar en el insólito

Nacimiento del Hijo la llegada

De la plenitud de los tiempos,

En la que Dios, eligiendo

Los caminos sencillos de la existencia humana,

Decidió comprometerse personalmente

En la obra de la salvación” (Juan Pablo II).

 

 

  María se presenta como una sencilla síntesis de opuestos, a la luz de Dios: “es la esclava del Señor y la reina de los apóstoles; es discípula y maestra, Virgen y Madre…” por lo tanto, María es el perfecto instrumento de Dios y, por tanto, como el gran ideal para el desarrollo de la personalidad y para la eficacia de la misión apostólica.

  La Virgen fue la que más cerca estuvo de su Hijo y, al mismo tiempo, la que “hizo más que nadie por darlo al mundo”, escribía el beato Santiago Alberione. Y hacía este razonamiento: “se dice: a Jesús por María; pues también se podrá decir: a Jesús maestro por María maestra…Jesús es el único maestro; María es maestra por participación.” En realidad, María no escribió ningún libro, ni tuvo una cátedra para enseñar, ni se dedicó a predicar… y, sin embargo, fue maestra y formadora de Jesús y de la Iglesia, de los apóstoles y de todos los cristianos.

  Para este beato, María es maestra porque ha dado al mundo a Jesucristo Maestro. Ella es, según Epifanio, “el libro sublime que ha propuesto al mundo la lectura del verbo”. María es maestra por la santidad de su ejemplo; si queremos configurarnos con Cristo, el camino más fácil es María, libro que contiene todas las virtudes: la fe (dichosa tú que has creído Lc 1,45); la esperanza (hagan lo que él les diga, Jn 2,5); el amor (hágase en mi según tu palabra Lc 1,38); por la eficacia de sus oraciones; por la autoridad de sus consejos, pues la llena de gracia y sabiduría. María predica no con palabras, sino encarnando al verbo, “escribiendo un libro con su propia sangre”, concluía Alberione.

  Pero María es maestra por ser discípula, por estar totalmente abierta a la escucha y a la participación en el destino de su Hijo muerto y resucitado. En ella, escucha y seguimiento, están íntimamente unidos, como elementos indisolubles del verdadero discipulado.

  La verdadera grandeza de María no estriba tanto en su maternidad ni en otros privilegios, cuanto en haber sido fiel y fecunda escuchadora de la palabra de Dios. Jesús mismo lo reconoce cuando, ante el grito de la mujer entusiasmada por sus palabras, responde: “mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11,27). María es la primera en seguir a Jesús en su misión, compartiendo sus opciones, y así se convierte en la perfecta discípula del Señor.

  Además, ella es la mujer de la escucha de la voluntad de Dios expresada en los acontecimientos, que conserva y medita en su corazón (Lc 11,27-28; 2,19; 2,51). Su fe no era simple adhesión intelectual, sino experiencia vital. Ya Juan Pablo II lo afirmaba en Catechesi Tradendae: “ella fue la primera de sus discípulos: primera en el tiempo, pues ya al encontrarlo en el templo, recibe de su Hijo adolescente unas lecciones que conserva en su corazón; la primera, sobre todo, porque nadie ha sido enseñado por Dios con tanta profundidad. Madre y a la vez discípula, decía de ella san Agustín, añadiendo atrevidamente que esto fue para ella más importante que lo otro” (no. 73).

  Decía Pablo VI que ponernos a su escuela nos “obliga a dejarnos fascinar por ella, por su estilo evangélico, por su ejemplo educador y transformante: es una escuela que nos enseña a ser cristianos.” Nos enseña también a ser apóstoles, ya que, “apostolado es hacer lo que hizo María: dio a Jesús al mundo, a Jesús maestro, camino, verdad y vida. Dando a Jesús camino nos ha dado la moral cristiana; dándonos a Jesús verdad nos ha dado la dogmatica; dándonos a Jesús vida nos ha dado la gracia”, escribía el beato Alberione.

  Aprendamos a vivir la dimensión mariana, para que los creyentes estemos en condiciones de dejarnos formar en el misterio de Cristo, para que la palabra del Señor se cumpla en nosotros como se cumplió en María, y para poder darlo a conocer de manera integral en esta sociedad nuestra que tanto lo necesita.

 

martes, 11 de junio de 2013

¿Por qué confesarme? (3a. parte)


Alguien puede preguntarse: ¿por qué tanta insistencia departe de la Iglesia en la confesión? Quizá se dé a entender con esta pregunta que a la Iglesia, -y los sacerdotes-, le interesa saber o estar enterada de lo que hacen las personas, sobre todo, de los actos malos, quizá como una especie de “policía” de la conciencia, etc. Nada que ver este pensamiento con la realidad. O dicho de otra forma, nada que ver con la verdad revelada por Cristo a la humanidad con respecto al amor y misericordia de Dios. Y, ciertamente, este es el punto: “Dios desea nuestra confesión porque es una condición previa para su misericordia”.

Dios es el Dios de la misericordia infinita y ha querido hacer partícipe al ser humano de tan insigne don para su salvación. Claro que esta misericordia el mismo Dios nos la fue revelando gradualmente a lo largo del tiempo y de una manera definitiva en la persona de Hijo Jesucristo. Nos dice Scott Hahn: “la misericordia de Dios es su mayor atributo, no porque nos haga sentirnos mejor, o porque nos resulte más atractivo que su poder, sabiduría y bondad. Sino porque es la suma y esencia de su poder, sabiduría y bondad. La misericordia es poder de Dios, sabiduría y bondad manifestados en unidad”.

Un peligro que debemos de evitar es pensar que, por el hecho de que Dios es infinitamente misericordioso, eso es una licencia para pecar hasta al máximo. Recordemos que, si Dios es infinitamente misericordioso, es también infinitamente el Dios de la justicia. No podemos pensar en que por esto, podemos “pecar descaradamente”. La misericordia no elimina el castigo, sino más bien asegura que cada castigo servirá de remedio misericordioso. A este respecto decía Santo Tomás de Aquino: “la misericordia y la justicia están tan unidas que se atemperan (adecuan) la una a la otra: la justicia sin misericordia es crueldad, la misericordia si justicia es desintegración”; y la enciclopedia católica lo expresa de esta forma: “la misericordia no anula la justicia, sino mas bien la trasciende y convierte al pecador en un justo llevándole al arrepentimiento y a la apertura al Espíritu Santo”.

Si bien es cierto que uno de los pilares en donde descansa la enseñanza de la iglesia es la “tradición apostólica”, con respecto a la confesión hay que decir que ésta con el paso del tiempo ha ido adaptándose a los tiempos, pero manteniendo su esencia, tal y como lo quiso y enseñó el mismo Jesucristo: “la continuación, a lo largo del tiempo, de su ministerio de perdón y salvación” (Scott Hahn). Para esto, recordemos que el rito de la confesión ha variado con el paso del tiempo ya que siglos anteriores los cristianos hacían confesión pública de sus faltas y pecados en la asamblea. Esto hoy en día ya no es así; sino más bien que la confesión ha pasado al ámbito de lo privado entre el penitente y el sacerdote. Otro cambio que ha experimentado la confesión es que siglos atrás algunos obispos prohibían a los cristianos que se confesaran más de una vez en la vida. Hoy la Iglesia pide o recomienda a los cristianos bautizados que por lo menos se confiesen una vez al mes y exige que se confiesen una vez al año, sobre todo en el tiempo de cuaresma. Pero hay otros que somos más atrevidos y pedimos que los cristianos bautizados se confiesen cada vez que lo necesiten; teniendo en cuenta de que todos cometemos faltas y pecados todos los días. Claro que aquí no estamos diciendo que por esto hay que estar confesándonos todos los días. No hay que caer en exageraciones tampoco. El Papa Juan Pablo II llegó a decir que uno de los grandes problemas de la humanidad es que ha “perdido la conciencia de pecado”.

Otro punto en el cual la confesión ha ido evolucionando es el concerniente a la severidad de las penas impuestas por la Iglesia.  Otro punto es la forma de confesarse. Siglos anteriores los monjes tenían la facultad de oír confesiones frecuentes y privadas. Ahora la Iglesia permite la confesión a través del confesionario por medio de una rejilla o tela metálica para así conservar el anonimato del penitente; pero también es cierto que muchos penitentes prefieren la confesión cara a cara con el confesor como si fueran dos amigos.

Podemos concluir todo lo anterior diciendo que, por más que haya variado y evolucionado la práctica de la confesión sacramental, lo cierto es que el sacramento de la confesión sigue manteniendo su esencia, sigue siendo el mismo. Esto es lo que ha mantenido y enseñado la Iglesia en toda su tradición hasta el día de hoy.