miércoles, 11 de noviembre de 2015

Hablemos del pecado: su raiz


¿Puede el hombre ser o encontrar la felicidad plena en esta vida? La experiencia nos dice que no. Es cierto que nosotros estamos llamados a ser felices, pero es cierto también que esa felicidad plena no es posible, no es realizable en esta vida, en este mundo. Lo que podemos lograr es ir probando de esa felicidad para la cual fuimos creados. Es una ilusión prometer la felicidad plena y total en esta vida. Todos lo sabemos, pero aun así, seguimos prometiendo lo que sabemos que no vamos a cumplir. ¿Por qué esto es así? Porque el hombre por sí mismo no puede dar lo que él no tiene ni posee. La felicidad la posee Dios, y no sólo la posee sino que además “es” la felicidad; él nos la ha prometido. Dios es la fuente inagotable de todo, incluyendo la felicidad. Él es el que nos ha llamado a ella y es el único que nos la puede dar porque la tiene en plenitud. Por esto mismo, cuando el hombre decide apartar descaradamente a Dios de su vida, cada día está más lejos de encontrar las respuestas a sus interrogantes, lo quiera o no aceptar. ¿Qué dirían de esto los filósofos, los científicos, los hombres y mujeres de ciencia? Para muchos de ellos, esto no le suena más que a un absurdo. Si ellos no son capaces de recorrer el camino del espíritu, el camino de Dios…nunca podrán llegar a la raíz del problema ya que rechazan la verdad.

  El mal existe, ya hemos dicho. Es una realidad palpitante en la vida del hombre. Pero también es un misterio, ya que no está a nuestro alcance el comprenderlo, abarcarlo y dominarlo. No tenemos ni contamos con los remedios o elementos necesarios para controlarlo o eliminarlo. De ahí que insistamos en que es necesario que el hombre cuente con y busque a Dios para poder tratar con esta realidad. Por eso nos dice el apóstol san Pablo en 1Cor 2,14: “el hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios, son necedad para él. Y no las puede conocer pues solo espiritualmente pueden ser juzgadas”. Es necesario por tanto, que el hombre se auxilie de la fe si es que quiere profundizar en el misterio del mal. El conocimiento natural es limitado.

  Son muy ilustrativas a este respecto las palabras del matemático y filósofo Oliver Rey sobre “el límite de la razón”. Dice: “la ciencia moderna ha fracasado: ambicionaba darnos la verdad sobre la naturaleza; pero en cambio, nos ha alejado de ella… Ser racionales no significa considerar que la razón es competente con todo, sino reconocer que tiene sus límites… La razón aseguraba la libertad y en cambio, ha regalado el determinismo absoluto… La razón promovía la autonomía, y en cambio, elimina al sujeto mediante su objetivación… La razón prometía una humanidad más fuerte y poderosa gracias a la tecnología, y en cambio, junto al poder, ha creado, con las armas nucleares y químicas en particular, y la contaminación y degradación ambiental, las premisas para la autodestrucción del planeta… Por lo tanto concluye: Hoy disponemos de mucha más información que en el pasado, pero no poseemos más conocimiento; somos más ricos, longevos y poderosos, pero no sabemos más sobre el sentido de la vida”.

  El conocimiento natural no es contrario al conocimiento de Dios. Ambos se necesitan y se complementan. El conocimiento de Dios no va en contra de la libertad, ni de nuestra inteligencia; más bien tenemos que aprender a depositar nuestra confianza y nuestra adhesión a la verdad revelada por Dios. Ambas realidades, fe y razón, proceden del mismo y único creador, y en Él no puede haber ni hay contradicción. La fe es un don de Dios y es también un acto humano. Dios mismo es quien nos otorga la gracia para que podamos creer y acercarnos a Él, guiados por el Espíritu Santo.

Bendiciones.

Papa Francisco...el Papa de la misericordia


“Vayan, aprendan lo que significa misericordia quiero y no sacrificios…” (Mt 9,13).



  La palabra misericordia viene del latín “miser” (miseria, miserable, desdichado), y “cordis” (corazón). Es decir, se refiere a la capacidad de sentir desdicha de los demás.

  La misericordia es una de las características del creyente cristiano, del seguidor de Cristo y su evangelio. Ya el mismo Jesús en el evangelio de san Mateo 25, 31-46, nos habla del juicio final y también enseña de las obras o actitudes que se tomarán en cuenta para la salvación o condenación de los hombres: “tuve hambre y me dieron de comer; estuve desnudo y me vistieron; en la cárcel y me visitaron; enfermo y fueron a verme…” Estas actitudes que describe el Maestro de Nazaret es lo que la tradición de la Iglesia ha llamado o calificado como las “obras de misericordia”. Estas obras o actitudes son las que nos darán el pase o no al Reino de los cielos ya que Jesús deja bien claro que cuando actuamos a favor de las personas que están en estas situaciones, lo hacemos con Él. Por eso también en otra parte del evangelio Jesús nos advertirá que si nuestra justicia no es mejor que de la de los fariseos correremos la misma suerte que ellos. El poner en práctica estas obras de misericordia es lo que podríamos entender también como el “ir acumulando un tesoro en el cielo donde los ladrones no pueden robar ni la polilla destruir”.

  El Papa Francisco, como fiel custodio del evangelio y la tradición eclesial, ha insistido en su pontificado sobre este aspecto del auténtico cristianismo. Él mismo ha declarado que el próximo año 2016 sea el año de la misericordia. Nos conduce de esta manera a que fortalezcamos y profundicemos en este aspecto de nuestra fe no nada más en una forma teórica sino y, sobre todo, en la práctica. Debido a esta invitación, el santo padre concedió a todos los sacerdotes la facultad de absolver del pecado del aborto a quien se acerque a la confesión con una actitud de verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda.

  Ahora bien, volviendo al título de este escrito, el Papa Francisco ha realizado su décimo viaje pastoral fuera del Vaticano y esta vez volvió a América, específicamente a Cuba y Estados Unidos. Algunas de las pancartas que se utilizaron para promocionar esta visita en suelo cubano fue una que decía “Papa Francisco: el Papa de la misericordia”. Hay que decir aquí que, si bien es cierto que el santo padre es el Papa de la misericordia, lo cierto es también que no es el Papa del permisivismo. Lamentablemente esto es lo que, -principalmente-, los enemigos y detractores de la Iglesia Católica han querido presentar al mundo como la línea del pontificado de Francisco. Esto es un error y una manipulación tanto de la figura del Papa como del pontificado. El Papa no puede ir jamás en contra del evangelio y mucho menos de Jesucristo. El mismo Jesús dijo que Él vino a buscar y salvar al pecador, pero no al pecado. Es al pecador que hay que salvar, pero el pecado se rechaza; es al enfermo que hay que sanar de su enfermedad. Jesús nos reveló que Dios-Padre es el Dios misericordioso, pero no permisivo; Él mismo no lo hizo y esto lo dejó muy claro a sus apóstoles.

  Cuba ha sido un país que ha estado sometido a un régimen de gobierno comunista, dictatorial y por lo tanto represivo, en donde las libertades no existen. Ha pasado el tiempo, más de medio siglo, y las cosas en la isla están tomando otro giro. Recordamos la visita del Papa san Juan Pablo II cuando en una de sus homilías dijo las palabras “que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”; después el Papa Benedicto XVI,-peregrino de la caridad-, en su discurso de despedida invitó a los cubanos a crear una sociedad solidaria en la que nadie se sienta excluido. Por su parte, el Papa Francisco ha insistido en el mismo escenario en la práctica de la cultura del encuentro. El pueblo cubano ha sufrido mucho y tenemos que aprender a dolernos de su sufrimiento, pero no como algo puramente sentimental, sino más bien con la firme intención de ayudar a esa nación a que siga abriéndose al mundo. Tenemos que comportarnos como verdaderos prójimos de nuestro prójimo, como lo enseñó Jesucristo en la parábola del buen samaritano. No esperemos a que el otro se acerque; acerquémonos primero nosotros como lo hizo Jesucristo. Esto es ser prójimo de mi prójimo; y esto también es lo que ha hecho el Papa Francisco hacia el pueblo cubano.

  Seamos verdaderos creyentes-cristianos misericordiosos; pero rechacemos la permisividad, el libertinaje, la impiedad, la indiferencia, el sin sentido. El Papa Francisco nos sigue dando el ejemplo. Esto no es ideología; es más bien puro evangelio.


martes, 20 de octubre de 2015

Hablemos del pecado: el mal


Ya sabemos que el hombre es un misterio. El hombre es capaz de pensar y reflexionar por todo lo que le rodea, por lo que forma parte de su existencia. Hay un sin número de preguntas que el hombre se hace, como pueden ser ¿Quién soy? ¿Por qué y para que existo? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Qué es la felicidad y dónde está? Aquí son fundamentales las respuestas que podemos encontrar en las ciencias humanas, y en especial en la religión. Pero lo cierto es que estas respuestas no son siempre del todo satisfactorias o conclusivas.

  Es por esto que aquí tenemos que pensar en el bien y el mal. Dos realidades que están siempre alrededor del hombre. Si se preguntara a las personas por estas dos realidades, de seguro que las respuestas serían muy variadas y por lo común estarían asociadas al placer y al sufrimiento. Pero serían muy limitadas las mismas ya que olvidarían por lo general su asociación con la dimensión espiritual del ser humano. No nos cabe la menor duda de que el bien y el mal existen, coexisten y se enfrentan. Podríamos decir que son dos caras de una misma moneda. Son inseparables del ser humano y de la historia de la misma humanidad. Son sombra una de la otra, y aunque el hombre busque siempre irse del lado del bien, sabe que el mal le acecha y en cualquier momento hace su entrada porque está siempre al acecho en cada instante de su vida.

  El mal es universal. La humanidad está arropada por problemas de diferentes índole: sociales, culturales, económicos, políticos, religiosos, falta de trabajo, enfermedades, dudas, miedos, guerras, etc. Es un trabajo permanente el que siempre se le esté buscando la vuelta o solución a cada uno de estos problemas, pero lo cierto es también que mientras esto sucede, más problemas aparecen y es una cadena interminable de situaciones calamitosas, y hasta desconocidas. Pensemos por un momento en la situación de los países: ¿Hay alguna nación en el mundo, por más rica y poderosa que sea, que no hayan pobres, donde no sean necesarias las cárceles ni los hospitales? ¿Hay algún país donde no sean necesarias las cerraduras en las puertas ni en los comercios ni los bancos, porque sus ciudadanos son respetuosos y obedientes de sus normas de la propiedad ajena? La vida de los seres humanos es una vida rodeada de problemas, de dolor, de sufrimiento, de limitaciones, etc., que nos lleva a estar en una constante y permanente lucha. Las riquezas, la abundancia no son cosas suficientes para garantizar la felicidad que el ser humano necesita vivir en esta vida, a pesar de que para muchas personas esta es su razón de ser y de su felicidad. El ser humano, por más riqueza material que posea, siempre se dará cuenta de que lleva en su interior un gran vacío. Porque lo cierto es que, aunque las cosas que nos rodean son buenas y son obra de Dios, no hemos sido creados para ellas, sino para “Alguien” que está más allá de esto que nos rodea. Las cosas no son para nosotros un fin en sí mismas, sino un medio para llegar a algo mucho mejor y más pleno.

  La lucha del hombre contra el mal existe desde que este hizo su aparición sobre la tierra. Todos los seres humanos la padecemos, sin importar color, raza, religión. Pero también es cierto que anhelamos borrar su presencia de nuestra existencia; luchamos por ello. Soñamos con una humanidad guiada plenamente por la justicia y la paz, donde todo lo que suene a negativo esté definitivamente ausente. De ahí que encontremos tantos caminos ofertados como los que nos pueden conducir a lograr estas metas de paz y bienestar, felicidad, amor y salud… que todos seamos capaces de alcanzar todos estos anhelos del ser humano. Los partidos políticos y sus miembros nos ofrecen caminos de bienestar aunque sabemos que en la realidad no se da y seguimos votando por ellos; los empresarios nos ofrecen también caminos de cierto bienestar con trabajos y sueldos, pero sabemos que eso tampoco es suficiente para saciar las necesidades más prioritarias de la población. Estos son los primeros que saben que estas ofertas son difíciles, -por no decir inalcanzables-, de lograr. Pero de algo o alguna manera hay que prometer a los demás lo que estos quieren oír y con lo que sueñan.

  No podemos tener un conocimiento profundo del mal, si no somos capaces de adentrarnos hasta su raíz. Muchas veces este conocimiento lo hacemos con miedo. ¿De dónde procede el mal? ¿Cómo se origino? ¿Cómo llego al mundo? ¿Quién lo tajo? Este conocimiento es necesario y hasta obligatorio si se quiere hacer frente a esta realidad que nos rodea. ¿Puede el hombre encontrar las respuestas al mal por sus propias fuerzas, por sus propios medios? Esto es algo que nos tenemos que preguntar seriamente.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Muchos siguen sin entender...


“Pero él les dijo: No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Hay eunucos que nacieron así desde el seno materno, otros fueron hechos tales por los hombres y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender que entienda.” (Mt 19,11-12).



  Una de las cosas que siempre se nos cuestiona a los sacerdotes y hasta en ocasiones  se nos estruja en la cara, es señalarnos el por qué hablamos de temas o realidades que no estamos viviendo, por ejemplo: por qué hablamos del matrimonio si no estamos casados; por qué hablamos de los hijos si no tenemos hijos; por qué hablamos del noviazgo si no tenemos novia; por qué hablamos del divorcio si nunca hemos pasado por ello, etc. Por un lado se podría decir que los que hacen este tipo de señalamientos tienen razón. Pero no es así. Lo primero que hay que tener en cuenta es que los sacerdotes no somos extraterrestres; no somos unos seres extraños, aunque a veces se nos mira así. Somos seres humanos como cualquiera de los demás mortales y por lo tanto estamos sometidos a las situaciones y realidades de cualquier ser humano. Si estos señalamientos fueran ciertos, entonces habría que aplicárselo también a los siquiatras y psicólogos, ya que ellos tratan situaciones de las personas que nunca han experimentado.  En la carta a los Hebreos leemos: “Porque todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Es capaz de comprender a ignorantes y extraviados, porque está también él envuelto en flaquezas. Y a causa de la misma debe de ofrecer por sus propios pecados lo mismo que por los del pueblo. (5, 1-3).

  Vemos aquí, en el texto citado, que el autor sagrado nos hace la salvedad de la condición humana del sacerdote. Dios- Padre, por mediación de su Hijo, no quiso delegar esta función sacerdotal en otros seres que no fuera el mismo hombre. ¿Quién más, si no el mismo hombre, puede comprender las limitaciones y carencias de sus semejantes? Podríamos plantearnos esta pregunta: ¿Por qué Cristo nos entiende a nosotros los seres humanos en nuestras limitaciones, faltas, alegrías, tristezas, angustias, dudas, etc.? Pues por la simple, sencilla y profunda razón de que él asumió nuestra condición humana: “se asemejó en todo a nosotros, menos en el pecado”, nos dice san Pablo.  Hay un principio teológico que dice “lo que no se asume no puede ser redimido”. Es decir, para que nosotros, hombres y mujeres, pudiéramos ser redimidos del pecado, Cristo tuvo que asumir nuestra condición humana para que así pudiera experimentar todo lo que vivimos. Por eso en los evangelios se nos presenta a Jesús viviendo en carne propia todas las situaciones por las que pasamos nosotros (tristeza, traición, duda, enojo, cansancio, gozo, etc.), y desde ahí ofrecernos liberación, sanación y salvación.

  Entonces, con respecto al sacerdote hay que decir que los mismos, aunque no estemos casados con una mujer, sí venimos de un matrimonio: nacimos, nos criamos, crecemos dentro de un matrimonio; tenemos hermanos de sangre, por lo tanto, somos parte de una familia; la gran mayoría hemos experimentado o vivido relaciones de pareja y hasta con planes de matrimonio muchos, y  hemos descartado esta opción de vida por el llamado que hemos experimentado de parte de Cristo al ministerio sacerdotal. Los sacerdotes servimos de guía y consejeros de nuestros padres y hermanos, ya sea en sus relaciones de pareja y matrimonial, y también en lo personal y laboral. Es decir, los sacerdotes, más que hablar de cosas que aprendemos en los libros, hablamos -y nuestros juicios se fundamentan-, de la experiencia que hemos acumulado en la vida.

  Otro punto con respecto a este tema es que los sacerdotes hablamos de estas realidades porque aquellos que están llamados a hacerlo, es decir, los laicos, muchos no lo hacen ya sea por miedo o por un falso respeto humano. Mientras esa actitud siga así los sacerdotes seguiremos hablando porque si callamos, hablarán las piedras.

  Creo que más que reclamarnos el que hablemos de estos temas, lo mejor es que nos ayuden a vivir la opción de vida que hemos elegido. Que recen a Dios para que los sacerdotes que ya estamos seamos buenos y santos y rezar por los que vienen detrás para que sean buenos y santos sacerdotes. El sacerdote no es una persona extraña o extraterrestre que vive desentendido de este mundo. Es todo lo contrario. La frase del dramaturgo romano Terencio “soy hombre, nada humano me es ajeno”; deja bien claro esto que queremos ser y hacer los sacerdotes, porque si no estaremos traicionando la enseñanza y mandatos de Cristo. Primero tenemos que agradar y obedecer a Dios antes que a los hombres, puesto que toda autoridad viene de Dios (San Pablo). No podemos callar ni ocultar la verdad que se nos ha sido revelada en y por Jesucristo. La voz de los sacerdotes tiene y debe de ser una voz profética en medio de este mundo plagado cada vez más de mentiras y oscuridad.

  Pidámosle al Espíritu Santo que nos dé sabiduría para poder entender, aceptar y practicar esta verdad revelada por Cristo para nuestra salvación. La palabra de Dios no es complicada, pero sí difícil de entender y por eso mismo Cristo nos prometió el Espíritu Santo para que nos guiara en este caminar hacia la casa de Dios-Padre.



Bendiciones.






martes, 6 de octubre de 2015

La experiencia del perdón


“Amen a sus enemigos… y serán hijos del Altísimo porque Él es benévolo con los ingratos y los malvados” (Lc 6.35).



  El apóstol es un enviado de Dios. De hecho, la misma palabra apóstol significa “enviado”. Jesús envía a sus discípulos a que hagan lo mismo que Él hizo y enseñó. Los envió a predicar el evangelio de la vida, de la misericordia, del perdón. El apóstol no es un juez, sino un mensajero de Cristo que su única misión es la misma que la de su Maestro, que no vino a buscar a los justos sino a los pecadores. Siendo esto así, de ahí se deduce que una de las tareas del apóstol de Cristo es precisamente ser medio, canal, instrumento de la misericordia y el perdón de Dios. Dios ama a todos por igual, por lo tanto, el apóstol de Cristo también tiene que ser un hombre de amor cristiano, recordando el mandamiento de Dios de que debemos amarnos unos a otros como Él nos ha amado. El amor de Dios es el amor capaz de perdonar no importa el color del pecado o la ofensa cometida, si hay verdadero arrepentimiento. Dios ama al hombre pecador de un modo gratuito e incondicional. Pero el hombre pecador tiene que saber corresponder de igual manera a este amor divino; este amor divino es un amor transformador.

  Sabemos, por lo que leemos en las Sagradas Escrituras, que el amor de Dios es donación para todos los seres humanos, y no es exclusivo de nadie en particular ni de ningún grupo. Por esto mismo es que hemos dicho más arriba que el amor de Dios es el amor que nos lleva a amar a nuestros enemigos. Esta es la radicalidad del evangelio y es también lo particular de nuestra fe cristiana. En esto se debe enfocar todo fiel cristiano, si es que quiere ser en verdad discípulo/a de Cristo. Esta es y debe de ser siempre la principal característica del apóstol de Cristo, de sus sacerdotes. El Papa Francisco nos ha insistido en esta actitud desde el inicio de su pontificado, y él es el primero que nos ha dado y sigue dando el ejemplo. Cristo murió por todos en la cruz para que por su Resurrección triunfáramos todos. La muerte de Cristo en la cruz es muerte nuestra al pecado, y  la Resurrección de Cristo es triunfo nuestro a la vida.

  Esto es lo que debe de anunciar el apóstol de Cristo. Pero debe hacerlo desde su experiencia personal de un encuentro vivo con Cristo, un encuentro transformador. A esto es lo que el Papa Francisco nos invita: a que renovemos día a día nuestro encuentro con Cristo. Un encuentro en el cual el apóstol experimenta profundamente el perdón de Dios por medio de su gracia santificante, para que así la pueda transmitir a los demás. El Papa Francisco, consciente de esta dimensión de la gracia de Dios, ha dedicado el próximo año a la vivencia de la misericordia y como una marcada manifestación de ésta, nos invita a la experiencia del perdón en todas sus dimensiones. El apóstol, el sacerdote debe de ser de esta manera el enviado del perdón divino, el administrador de la gracia, misericordia y perdón de Dios. Pero él también debe de experimentar el perdón de Dios. No es algo extraño que anunciará, sino una experiencia transformadora y profunda de la presencia de Dios en su vida. El sacerdote es el primero que debe sentirse amado, perdonado y salvado por su Señor y Maestro.

  Esta fue la experiencia del apóstol Pablo: “Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo. Y si encontré misericordia fue para que en mí primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que hubieran de crecer en Él para obtener la vida eterna” (1Tm 1,15-16). Así entonces, vemos que el mismo Pablo es, en su misma experiencia personal, signo vivo de la magnanimidad de Dios. Él se reconoce así siempre un pecador perdonado.

  Podemos concluir citando las palabras del P. Ariel David Busso: “No hay hombre o mujer que lleve más razón que aquel que es capaz de perdonar sin pedir nada en cambio… El perdón que reclama lo suyo hiere. Y sus heridas suelen ser más profundas que el no perdonar”.



Bendiciones.


martes, 15 de septiembre de 2015

Hablemos del pecado (1a. parte)


Hay una cosa que es cierta, en nuestros días ya casi no se habla de pecado o, nadie o casi nadie le gusta oír esa palabra porque quizá parece algo desfasada o fuera de moda, etc. Es muy poca la reflexión que se hace de la misma o del mismo; de sus efectos devastadores  que causa en las personas y en la sociedad. Por supuesto que esto debe de hacernos entender que no significa que no exista el pecado. Se le puede llamar de cualquier otra forma, pero sea como sea que se le prefiera llamar, lo cierto es que existe. Es un mal que siempre ha estado y seguirá estando presente en la humanidad. Nadie se escapa de él.

  Al pecado no se le puede tratar con paños tibios. No se le puede andar con rodeos. Hay que ser incisivos, sin piedad ni miramientos. Es como dice el dicho popular “al pan pan y al vino vino”. Al pecado hay que tratarlo como lo que es, hay que llamarlo tal cual: como  el mal que destruye al hombre y a la sociedad. No podemos ser condescendientes con él, porque él no lo es. No podemos ser o actuar con prudencia ante él, porque él no lo hace.

  Pensemos, por ejemplo, en la generación de ahora. A la gente de este tiempo, principalmente a los jóvenes, no le gusta oír o escuchar la palabra “pecado”. Lo cierto es que en muchos de ellos cuando escuchan esta palabra lo que les provoca es risa y burla. Pienso en la “santidad”: ¿Por qué cuando escuchamos esta palabra lo que provoca en muchos es risa y burla? La respuesta salta a la vista: porque no han entendido su real y verdadero significado. Esto mismo se lo podemos aplicar al pecado: es cierto que muchos de nosotros todavía no hemos entendido el real significado del pecado.  Ante esta realidad hay que preguntarnos: ¿Qué hemos hecho o estamos haciendo los cristianos para ayudar a la comprensión, desde nuestra realidad o estado de vida, del pecado? Porque es cierto que a los creyentes en Cristo también nos arropa y abruma el espíritu del mundo; a muchos también nos tienen esclavizados las fascinaciones y pompas del mundo; esto muchas veces lo que provoca en nosotros es la huida o escapatoria porque no queremos enfrentarnos a este “monstruo”; a veces caemos o somos víctima de un silencio culpable frente al pecado. Recordemos que por eso es que Cristo nos puso como “luz para el mundo”. Pero si nosotros somos los primeros que no estamos iluminados, ¿cómo podremos iluminar a los demás?

  Ciertamente que esta no es la solución a tan grave problema, como lo es el pecado. Tenemos que proclamar con más fuerza que Cristo está vivo, que ha resucitado para ser Señor de vivos y muertos (Rm 14,9); que Dios es un Dios de vivos y no de muertos, y que por eso todos nosotros estamos vivos para Dios. Cristo mandó a sus discípulos, y por ende a su Iglesia, a predicar el evangelio de salvación a toda criatura. Pero también les prometió la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo. Él cumplió con lo prometido para que nosotros cumpliéramos con lo mandado. Este mandato durará toda la vida hasta que esto termine, ¿Cuándo será este fin? Nadie lo sabe, ni siquiera el Hijo del hombre ni los ángeles del cielo. Sólo el Padre celestial. Esta proclamación de esta buena noticia de liberación, sanación y salvación no tiene pausa ni tregua alguna, porque el pecado no las da ni cede un ápice en su embestida contra la humanidad.

  El pecado está ahí; nos acompaña como un enemigo silente pero efectivo y dañino a la vez, porque ese es su fin y su cometido: hacer daño a la relación nuestra con el Dios Todopoderoso y dador de vida. El pecado es como si fuera nuestra sombra, no nos abandona, va con nosotros a todas partes; y si se retira lo hace hasta la ocasión en que vea que es bueno volver al ataque, como lo hizo con Jesús después de haber sido vencido en el desierto. Cristo no sólo fue tentado en esa ocasión, sino que toda su vida, todo su ministerio, toda su misión la tuvo que recorrer en medio de las tentaciones hasta el último aliento de de su vida en este mundo. El triunfo de Cristo ante el pecado, es también nuestro triunfo. Él mismo nos dijo que si él ha vencido el mundo, nosotros también lo podremos vencer, con la única condición de que tendremos que ir todos hacia Él, porque sin Él nada podremos hacer. Y en cuanto al pecado, a enfrentar el pecado y sus consecuencias, es mucho lo que tenemos que luchar.





Bendiciones.

Jesus "es" la vida


“…Yo he venido para que tengan vida y la tenga en abundancia” (Jn 10,10).

  Por último, nos toca reflexionar sobre esta tercera categoría que Cristo mismo se aplica a su persona. Si Cristo Jesús es la Vida para nosotros, es porque antes de Él el hombre vivía atado o dominado por la muerte. Cristo es el centro de los corazones y de todos los espíritus que anhelan vivir la bondad y el amor.  Cristo es la Vida, porque desde ahora hace participar a los seres humanos en la comunión con el Dios vivo.

  No se ama sino aquello que se conoce bien. Por eso es necesario que tengamos la vida de Cristo en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria los hechos y palabras del Señor (Francisco Fernández Carvajal). Así nos sentiremos metidos en su vida. Porque no se trata solo de pensar en Jesús, de representarnos aquellas escenas. Hemos de meternos de lleno en ellas, ser actores.

  El resumen de nuestra fe es precisamente este: Cristo está vivo. Esa es la vida que celebramos, anunciamos y defendemos. Creemos en el Dios que está vivo y quiere que nosotros también vivamos. Para esto nos ha creado y nos ha enviado a su Hijo unigénito: para que todo el que crea en Él se salve y llegue al conocimiento de la Verdad. El mensaje central de la predicación cristiana no puede ser otro. Es cuestión de decidirnos a llevar el mensaje de vida, salvación, amor, liberación, justicia; y no el de muerte, condenación, odio, esclavitud y  sufrimiento.

  Vivimos en un mundo que está cada vez mas hundido en la muerte. Esto es lo que propaga a los cuatro vientos. Hoy la tendencia es a fomentar y legalizar lo que el Papa san Juan Pablo II denunció como la “cultura de la muerte”: aborto, eutanasia, uniones homosexuales, adopciones por estas parejas, etc. Esta es parte de las grandes tinieblas que envuelve al mundo, a la humanidad. La vida hoy más que nunca experimenta innumerables y graves amenazas. Esto nos puede llevar a sentirnos con una gran impotencia: el bien nunca tendrá la fuerza para acabar con el mal. Pero este es el momento en que el pueblo de Dios, y en él cada creyente, estamos llamados a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo, Palabra de vida (1Jn 1,1). El evangelio de la vida no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana; ni solo un mandamiento  destinado a sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la sociedad. El evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, que consiste en el anuncio mismo de la persona de Jesús, el cual se presenta al apóstol Tomás y a los demás como “el camino, la verdad y la vida”. Verdad que le fue comunicada y revelada a Martha y a María cuando murió su hermano Lázaro: “yo soy la resurrección y la vida…el que cree en mí, nunca morirá”.

  En Cristo se anuncia definitivamente y se da plenamente aquel evangelio de la vida que, anticipado ya en la revelación del Antiguo Testamento, resuena en cada conciencia desde el principio, es decir, desde la misma creación.

  En Jesús, Palabra de vida, se anuncia y se comunica la vida divina y eterna. Gracias a este anuncio y este don, la vida física y espiritual del hombre, incluida su etapa terrena, encuentra plenitud de valor y significado: la vida divina y eterna es el fin al que esta orientado y llamado el hombre que vive en este mundo. El evangelio de la vida abarca así todo lo que la misma experiencia y la razón humana dicen sobre el valor de la vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva a término.

  Podemos concluir que, fuera de Cristo no hay más que error, sombras, muerte. Tenemos que procurar conocer bien a Jesucristo para seguirlo, imitando su vida, y para merecer de esta manera la vida eterna del cielo.