miércoles, 12 de abril de 2017

Ustedes son la luz del mundo…


  Uno de los más versados asesores políticos estadounidenses y de descendencia japonesa, Francis Fukuyama, quien fuera asesor del presidente norteamericano George Bush-padre, en el 1990, y que es una abanderado, defensor y promotor del Nuevo Orden Mundial; ha escrito varios libros siendo el último de ellos su más célebre titulado El fin de la historia y el último hombre, donde hace un análisis de la historia contemporánea desde la perspectiva mundialista antes dicha. En el libro afirma que el hombre contemporáneo ya está sustancialmente satisfecho. Pero es su afirmación más tremendista ya que dice que los tres grandes enemigos que impiden la implantación de este NOM son la familia natural (porque es una institución opresora y hay que desplomar sobre todo la maternidad, de ahí que desde hace unos años atrás se esté presentando al mundo estos nuevos modelos de familias); el patriotismo (los Estados no deberían de existir ni sus fronteras, hay que destruir todo indicio de valores, identidad patriótica), y la religión, -principalmente el cristianismo católico por sus valores y moral que proclama. De hecho, dice que el cristianismo católico podría seguir existiendo si renuncia a creerse que es la verdad y pasara a ser una verdad más entre muchas o un pensamiento más y se recluye al ámbito de lo privado. Pero si la fe cristiana hiciera esto, caería nada más y nada menos que en traicionar a Jesucristo ya que Él mismo fue que dijo “soy el camino, la verdad y la vida”; y también “..Conocerán la verdad y serán verdaderamente libres”.

  Así entonces, los cristianos somos a los que se nos ha encomendado seguir anunciando la verdad de Cristo, no nuestra verdad. La Iglesia Católica nunca ha afirmado que sea dueña de la verdad, pero sí ha afirmado que está en la verdad de Dios revelada en y por Jesucristo a la humanidad. Esta es la verdad que proclama, promueve y defiende. No la impone, ya que el mismo Jesucristo mandó que se proclame a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, y el que crea y se bautice se salvará, y el que se resista a creer, se condenará. Esta verdad de Jesucristo es la que ilumina toda nuestra vida, y es la que tenemos que proclamar en fidelidad al discipulado cristiano, y tenemos que proclamarla tal cual la hemos recibido.

  Esta es la verdad que viene a nosotros como luz que ilumina toda nuestra tiniebla. La función de la luz es iluminar las tinieblas, no taparla: “no se enciende una lámpara para ponerla debajo de la mesa, sino sobre la mesa para que alumbre a todos los de la casa”. Pero es cierto que hay muchos cristianos que, a pesar de estar en el camino de la fe, no se dejan iluminar por esta luz porque no quieren que sus obras malas sean descubiertas. Hay cristianos que caminan en la fe pero lo hacen como si estuvieran arropados con un gran manto que impide el paso de la luz de Cristo. Y es que somos hijos del día, no de la noche. Se sigue dando en la vida de muchos creyentes aquello que nos dice el evangelista san Juan al principio del evangelio que lleva su nombre: “la luz vino a los suyos pero los suyos no la recibieron; prefirieron mejor seguir caminando en las tinieblas…” Ya el mismo Cristo nos dirá que Él es la luz verdadera que alumbra a todo hombre; el que viene hacia Él nunca caminará en las tinieblas; y también dijo: “alumbre así su luz a los hombres para que vean sus buenas obras y puedan glorificar a su Padre que está en el cielo”.

  Pues esta es la luz que los creyentes en Cristo tenemos que llevar a los demás y testimoniar. Pero para lograrlo, lo primero que tenemos que hacer es dejarnos iluminar por ella. Es la luz que debe de iluminar a este mundo que cada día camina en las tinieblas; es la luz que tiene que transformar el mundo, a la humanidad en una humanidad cada vez más humana y cristiana. Por eso la Iglesia, pueblo de Dios, es la que tiene que ir al mundo para ser éste transformado; pero no al revés: no es el mundo que hay que meter en la Iglesia, es la Iglesia la que tiene que ser llevada al mundo. Y es que muchos cristianos que viven en la oscuridad les exigen a los demás que se dejen iluminar, pero ellos no están dispuesto a hacerlo; se convierten muchas veces en jueces de los demás, y así contravienen las enseñanzas del Maestro de Nazaret que nos dijo que “la medida que usen con lo demás la usarán con ustedes”. Y es que nosotros somos muy rápidos para señalar a los demás sus errores y juzgarlos, pero somos muy tardos en reparar en los propios errores. Una cosa es ayudar al otro a que se corrija en sus errores, -que es corrección fraterna-, y otra muy diferente es señalarle sus errores y estrujárselos en la cara.

  Si nos decimos que somos cristianos, discípulos de Cristo, pues que se nos note. Hoy en día la gente se convence más con los testigos de la fe, que con los maestros. Cristo nos bautizó con fuego y Espíritu. Llevemos ese fuego y Espíritu al mundo, a esta humanidad cada vez más descarriada, cada vez más arropada por las tinieblas del pecado. Pero llevemos la luz que ilumina nuestra vida, la luz de Cristo sin renunciar ni traicionar jamás su verdad en la que hemos sido bautizados y confirmados por su infinita misericordia.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Vivir con inteligencia


“Y habiendo llamado de nuevo a la muchedumbre, les dijo: Escúchenme todos con inteligencia” (Mc 7,14).



  Según el diccionario etimológico, la palabra inteligencia proviene del latín intelligentia, y está compuesta por el prefijo inter (entre), y el verbo legere (escoger, separar, leer). De modo que, la inteligencia es la cualidad del que sabe escoger entre varias opciones. Ser inteligente es saber escoger la mejor alternativa entre varias, y también saber leer entre líneas.

  En las Sagradas Escrituras y, sobre todo en los evangelios, nos encontramos con pasajes bíblicos en los cuales Jesucristo hace referencia a esta cualidad del ser humano. En ocasiones elogiándola, y en otras, haciendo críticas a las personas por no saber hacer un correcto uso de la misma: “¿A tal punto ustedes están también sin inteligencia?...” (Mc 7,18); en otras ocasiones los oyentes de Jesús se quedaban estupefactos al escuchar al Maestro hablar y se quedaban admirados de su inteligencia: “y todos los que lo oían, quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas” (Lc 2,47); otras veces era el mismo Maestro el que les regañaba cuando no entendía nada de lo que les enseñaba: “entonces les dijo: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas” (Lc 24,25).

  La doctrina católica nos enseña que la inteligencia es también uno de los dones que da el Espíritu Santo: el profeta Isaías lo incluye en la lista de los diferentes dones atribuidos al Espíritu de Dios (Is 11,2). La inteligencia humana tiene un aspecto intuitivo, tiene la capacidad de introducirse, de penetrar y ver desde dentro el sentido de las cosas. La inteligencia va unida a otro don del Espíritu que es la sabiduría, que es “un saber sabroso”, nos dice el p. Juan Luís Lorda en su libro sobre las virtudes. Y añade: “La sabiduría es un saber alto que da un gusto interior, el saber más profundo sobre el sentido del universo y sobre el sentido de la vida humana dentro de él”. En el libro de los Proverbios, que forma parte de la Biblia, nos dice que la sabiduría ha presidido la formación del universo porque, “desde la eternidad fui moldeada, desde el principio, antes que la tierra…y yo estaba allí como arquitecto” (Prov 8,30). Por lo tanto, es sabiduría descubrir el orden maravilloso del universo, como nos lo muestran las distintas ciencias. Y es sabiduría también descubrir el orden por el que tiene que guiarse la vida humana, el orden que tiene la inteligencia y el deseo y el amor.

  Hoy tenemos carros inteligentes, teléfonos inteligentes, semáforos inteligentes, edificios inteligentes, etc. Pero, parece ser cierto que cada vez más tenemos gente poco o menos  inteligentes. Pero lo más contradictorio de esta realidad es que todas estas “cosas inteligentes” quien las ha creado es el mismo ser humano con su inteligencia. Pero no parece que la esté usando como debiera para poder llegar a la fuente de toda inteligencia y sabiduría que es Dios. No está utilizando su inteligencia, en muchos de los casos, para escudriñar las cosas o misterios de Dios, sino más bien para ensoberbecerse cada vez más en su afán de creerse dios. A muchos se les han embotado los sentidos y se han cerrado al Dios Creador de todo, de toda sabiduría e inteligencia. Una inteligencia que a muchos los está conduciendo cada vez más a su alejamiento de Dios y por lo tanto a su perdición: “la ciencia más alabada es que el hombre bien acabe; porque al final de la jornada, aquel que se salva sabe y el que no, no sabe nada” (Gonzalo de Bercea, conocido como el poeta castellano), o como dijo el hombre de ciencia Luís Pasteur: “Poca ciencia aleja de Dios. Mucha ciencia acerca a Dios”.

  ¿Qué está sucediendo con gran parte de la humanidad que cada día se aleja más de Dios y sigue sin entender los designios divinos revelados en Jesucristo? Se hace necesario e indispensable que vivamos con inteligencia. Que aprendamos a discernirlo todo, según la voluntad divina, para que aprendamos a escoger lo bueno y rechazar lo malo. Nuestra vida humana se ilumina cuando tiene ideales que la dirigen. Y se hace eficaz con el trabajo continuado y responsable. Dios, que es la fuente inagotable, nos ha dado la inteligencia para que así, junto al don de ciencia sepamos relacionar con Él los demás conocimientos y nuestra experiencia de la vida.




miércoles, 8 de febrero de 2017

Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

En el evangelio de san Juan 1,29 leemos que Juan Bautista al ver a Jesús que se acercaba exclamó: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.  Y es que esta imagen del Cordero era muy conocida y practicada por el pueblo de Israel desde la antigüedad, sobre todo desde el acontecimiento de su liberación de la esclavitud de Egipto: El pueblo elegido sacrificaba un cordero para la Pascua y así recordaba la intervención de Dios en favor de su liberación. Ya con el profetismo, principalmente con Isaías, Dios le irá recordando al pueblo esto mismo; sólo que el profeta le añadirá un elemento más: el Mesías no sólo será el cordero sino que también será el “siervo sufriente” que cargará con los pecados del pueblo y de la humanidad. Así entonces, estas serán las dos características fundamentales de Mesías de Dios.
  Ya el en Nuevo Testamento cuando Cristo da el paso a su vida pública después de ser bautizado por Juan en el Jordán, recaerán sobre Él estas dos características mesiánicas: Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es importante entonces entender que la palabra pecado va a ser referencia a todo aquello que vaya en contra de la voluntad divina, por eso se habla de pecado del mundo. No es sólo pensar que Cristo es el cordero que quita el pecado de los que cometen adulterio, o de los que dicen malas palabras, o de los que tienen malos pensamientos, o de los que tiene malos deseos, etc. Es sobre todo, el Cordero de Dios que quita el pecado que se anida, se gesta, se incuba en las estructuras de la humanidad. Es el Cordero que quita el pecado, sobre todo, institucional. Es lo que la Iglesia siempre ha denunciado como el pecado estructural: ese pecado que está presente en las instituciones humanas.
  Es el pecado que está presente en la estructura o institución política, financiera, militar, cultural, familiar y religiosa. Es conocida la frase “la soberanía reside en el pueblo, del cual dimana el poder del Estado”. Y es que es cierto que el soberano es el pueblo; el que quita y pone es el pueblo. Parafraseando el pasaje del evangelio de san Lucas 16,2: “Lo hizo venir y le dijo: ¿qué es eso que oigo de ti? Da cuenta de tu administración, porque ya no puedes ser mayordomo”.  Y es que es al pueblo que sus dirigentes políticos tienen que rendir cuentas claras de su administración. También el mismo san Lucas nos dirá que en una ocasión se le acercaron a Juan Bautista unos militares y le preguntaron qué tenían que hacer ellos para salvarse, y les contestó que no hicieran extorción a nadie, no denuncien falsamente a nadie, y que se contente con su paga (3,14). Este es el pecado estructural de la corrupción que, al igual que la violencia, son pecados estructurales o institucionales. Estos males de nuestra sociedad tenemos que hacer todo el esfuerzo posible por erradicarlos, y si no se puede erradicar, pues hay que reducirlo a su mínima expresión.
  Nadie tiene derecho a venir a destruir nuestra cultura. Y es que nuestros valores, principios, identidad y costumbres son sagrados y tenemos que defenderlos y protegerlos. No podemos ni debemos alinearnos jamás con los poderes oscuros que van en contra de Dios y su evangelio. La historia fundacional de nuestro país está cimentada en la fe cristiana católica, y por eso la primera palabra que resalta en nuestro escudo nacional es Dios, después la Patria y luego la libertad, y como centro la Biblia. El fundamento de todo es Dios. Una sociedad que se aleja de Dios está condenada a su decadencia y anulación. Hay sociedades que han sacado o han eliminado a Dios hasta por decreto. Nosotros somos una nación que cree en la vida y la defiende y la ha protegido en su Constitución desde la concepción, y esto se quiere burlar, porque a nuestras autoridades les ha parecido mejor alinearse con lo políticamente correcto. Pero lo más triste de esto es que muchas de estas leyes las propician y promueven personas que dicen que son cristianos.

  Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero es sobre todo el que nos bautiza con Espíritu Santo y fuego. El bautismo de Juan estaba incompleto, pero Jesucristo vino a completarlo: ya no es sólo para quitar el pecado, sino sobre todo, para darnos la vida de Dios, darnos su Gracia; Él dijo que no vino a condenar al mundo sino a que el mundo se salve por Él; que sus palabras dan vida y vida en abundancia. Tenemos que preguntarnos entonces: ¿Qué hemos hecho o estamos haciendo los bautizados con esa Gracia y fuego que recibimos de Dios? ¿Se ha o se está apagando en nuestro interior? ¿Cómo queremos que el pecado estructural de nuestra sociedad desaparezca si nosotros lo seguimos incubando en nuestro corazón? ¿Queremos que nuestra sociedad sea fuerte? Pues cimentemos sus instituciones sobre la roca firme de la persona  de Cristo y su Palabra.

martes, 10 de enero de 2017

Misericordia et Misera


El 20 de noviembre pasado, tuvo lugar en Roma la clausura del año santo de la misericordia que el Santo padre quiso llevar a toda la Iglesia y a sus hijos para que profundicemos en esta característica fundamental de nuestra fe Cristiana. Pero el Papa quiso, además de la celebración eucarística de clausura, escribir o dejarnos un legado o enseñanza permanente por medio de una carta apostólica a toda la Iglesia, que se titula “Misericordia et Misera”. Este es un título que algunos teólogos y autores laicos han calificado de poco inusual porque combina un nombre y un adjetivo: la misericordia y la miseria (miserable, alguien que está roto o quebrado, frágil, dañado, y que necesita en consecuencia de la misericordia), acompaña al sustantivo como un adjetivo. No está haciendo referencia al sentido del insulto.

  El Papa ha querido dejar bien claro que si por un lado la celebración del año santo de la misericordia llegó a su fin, por otro lado, la misericordia nunca acaba. Dios siempre está ofreciendo su misericordia al ser humano hasta el fin del mundo. La misericordia es por eso un don de Dios que nos ha sido revelado en su Hijo Jesucristo, y éste a su vez, lo ha entregado a su Iglesia para que la siga ejerciendo y ofreciendo, en su nombre, a todos los hombres y mujeres de todos los lugares y todos los tiempos. La misericordia de Dios es el gran tesoro de la Iglesia y como tal el Papa insiste y pide a los católicos que sigamos ejerciéndola y ofreciéndola incansablemente; la misericordia, las obras de misericordia tanto espirituales como corporales deben ser una práctica permanente nuestra. Debemos dejarnos guiar por el espíritu de piedad que está detrás de estas obras de misericordia. Debe de ser un verdadero y profundo amor a Dios el que nos conduzca a esta práctica siempre.

  Dice el Papa que si la Iglesia no muestra o no se manifiesta como ese vehículo de misericordia, no sirve para nada, no tiene sentido su misión para la salvación de todos los hombres; la Iglesia debe de ser camino seguro y puerta abierta de misericordia. Formar parte de la Iglesia no consiste en ser parte de una militancia específica, no se trata de cumplir un conjunto de leyes o normas específicas; es verdad que nuestra Iglesia tiene sus normas, principios, documentos, etc., pero todo existe para estar al servicio de esta gran obra de misericordia. Esto nos tiene que llevar a preguntarnos el por qué una persona que estaba alejada de la Iglesia viene o regresa a ella. Y lo más seguro es que esa persona se deja inundar toda por la misericordia que la Iglesia misma le proporciona, sobre todo a través de los sacramentos, medios por excelencia que nos dejó nuestro Señor Jesucristo para que sigamos experimentando su gran e infinita misericordia.

  Pero no todo es gozo, es decir, no han faltado una vez más quienes, en una abierta actitud anti papal, anti clerical, anti eclesial o anti católica, etc., empezaron a hacer sus conjeturas con respecto a esta carta apostólica. Son varias las opiniones a favor y en contra, y hasta de manipulación que se han estado emitiendo. Todo esto es sin duda una actitud más de desprecio que se manifiesta porque una gran parte de la humanidad no ha comprendido lo que significa la misericordia de Dios. Incluso muchos católicos opinan en contra de esta exhortación del Santo padre a seguir practicando la misericordia.   En esta carta, el Santo padre ha querido y mandado el que, la Iglesia, -como depositaria y dispensadora de la gracia divina-, sus sacerdotes sigan ofreciendo este don de Dios a todos los hombres que así lo necesiten y busquen. Por esto ha dado potestad a todos los sacerdotes, -en razón de su ministerio-, para que absuelvan válidamente el pecado del aborto. Con esto el Papa no ha dicho ni declarado que el aborto no sea malo o pecado; al contrario, el Papa ha reiterado en el mismo documento la gravedad y pecaminosidad del crimen del aborto. Con esta medida, el Papa lo que ha cambiado es una normativa de la Iglesia, pero no de la moral cristiana católica. La absolución del pecado del aborto estaba en la lista de los “pecados reservados”, es decir, la absolución del mismo estaba reservada sólo al obispo o a un sacerdote delegado por el obispo; pues a partir de ahora, la absolución del pecado del aborto puede y debe ser ejercida por cualquier sacerdote hasta que se dicte otra norma, según el Santo padre. Y es que esta medida es de gran valor para la práctica de la fe y el alivio espiritual y de conciencia de los fieles católicos que estén en la necesidad de experimentar la misericordia divina ejercida con autoridad por la Iglesia en nombre de Cristo.

  Leamos con detenimiento y un profundo espíritu de misericordia esta carta del Papa Francisco que nos entrega a los católicos como guía para el ejercicio de una verdadera piedad. La carta está disponible en muchos y confiables portales católicos en internet. No nos dejemos manipular por los enemigos de Cristo y su Iglesia. Recordemos que el mismo Señor nos dio un espíritu de discernimiento para que aprendamos a quedarnos siempre con todo lo bueno que él nos regala.

martes, 27 de diciembre de 2016

Respuesta a César Medina


  Señor Medina, he leído con detenimiento y atención en su columna de este prestigioso diario su escrito titulado “Wally Brewster…(1)”, de fecha 22/12/2016 en donde usted hace una defensa del señor embajador de los Estados Unidos y su esposo en cuanto a su labor diplomática y también en referencia a su condición sexual. Usted dice en el artículo que, y cito: “El que diga que no, miente: El embajador Wally y su esposo Bob harán falta cuando se marchen en enero y se despidan como embajadores de los Estados Unidos”. Que yo sepa, el embajador es el señor Wally, no su esposo. Pero a lo mejor será cuestión de semántica o jerga diplomática de la cual me declaro ignorante. Continúa usted diciendo de ellos que dominaron el debate público, dando de qué hablar, impusieron su agenda y cumplieron su misión…que es mucho para dos embajadores improvisados que llegaron a la defensiva con el estigma de su preferencia sexual en una sociedad homofóbica que aún cree que la homosexualidad se contagia por ósmosis. No sé si el término este bien usado aquí, pero creo que es más seguro y certero referirlo a lo que dice la ciencia con respecto a la conducta homosexual. Usted también menciona que “la Iglesia, y me imagino que se refiere a la Católica, que es más homofóbica aún, gritándole ¡maricones! desde el altar”.

  Señor embajador Medina, permítame aclararle lo siguiente. Cuando el señor Brewster fue designado como embajador de los Estados Unidos ante el Estado dominicano y antes de que nuestro gobierno le diera el plácet, hubo manifestaciones en contra de ello no debido a su preferencia homosexual, sino más bien a que de ante  mano se sabía que venía con una agenda de imposición LGTB. Nuestra sociedad dominicana tiene sus principios, valores y costumbres propias y, absolutamente nadie, aún en su condición de embajador, tiene derecho a venir a imponernos cosas contrarias que atenten contra nuestra identidad cultural. Por otro lado, le recuerdo que no fue la Iglesia, como usted dice, que le gritó maricones a estos señores y mucho menos desde el altar. Me imagino que se refiere usted a unas palabras dichas por nuestro Cardenal López en una entrevista improvisada después de un acto religioso. Con todo el respeto que me merece y le debo a mi Cardenal, le aclaro que él no es la Iglesia; él es parte de la iglesia. La Iglesia la formamos todos los bautizados, por el hecho de ser bautizados. Pero cuidado, el ser bautizados no nos garantiza que ya estemos salvados, tenemos que vivir de acuerdo a ese regalo de Dios. Una de las cosas que muchas personas y, sobre todo muchos comunicadores, tienen que aprender  a distinguir es saber cuándo un obispo, cura o diácono hablan de manera personal y cuándo hablan en nombre de la Institución eclesial. Sepa usted que ninguno de éstos ministros anteriormente mencionados ostenta la voz oficial de la Iglesia Católica en la República Dominicana. La voz oficial de la Iglesia Católica en nuestro país es la Conferencia del Episcopado Dominicano, y es un organismo colegiado. Además, le remito al Catecismo de la Iglesia Católica nn. 2357-2359 sobre lo que nos enseña nuestra Iglesia con respecto a los homosexuales y la homosexualidad.

  Por otro lado, señor Medina, en varios diarios digitales, entre ellos “7 días.com.do”,-que no me extrañaría que los calificara de estiercoleros digitales-, aparece un escrito de la columnista Margarita Cordero, de fecha 15/06/2013, donde escribe un artículo titulado “España niega el plácet a Oscar Medina para sustituir a su padre César en la embajada”. Este artículo deja claro algunas aseveraciones que son atribuidas a su persona sobre el tema de su visión de la homosexualidad y del interés de su persona por ocupar la legación diplomática dominicana en los Estados Unidos. El artículo hace referencia que el gobierno español se negó a dar el plácet a su hijo alegando su consanguinidad como razón de su decisión inapelable, sobre todo cuando se conoció que usted pernoctaba más en nuestro país que en su puesto de trabajo. Pero con el tema sobre la homosexualidad, habla de su “furibunda homofobia”  a la briosa defensa de los LGTB: dice que por los pasillos se sabe de su interés por ocupar la embajada dominicana en Washington, y del cambio dado por usted de su más cerril homofobia al abanderamiento en la defensa de la homosexualidad del señor Brewster, y de cinco antológicos artículos escritos por usted comenzando el 2 de julio de ese año 2013 sobre el tema. Habla también de la utilización de sus programas y columna del Listín Diario para imputar a personas que no le agradan, con intención marcadamente insultante, la condición homosexual. Desórdenes hormonales, repetía cada vez más de las más recientes el 7/12/2012, para asimilar inmoralidad sexual y enfermedad. Su regodeo de la descalificación era patético pero a usted no le importaba.

  Señor embajador Medina, sea honesto y no manipulador. Usted tiene todo el derecho a hablar en defensa del señor embajador Brewster, pero hágalo con dignidad, respeto y decoro hacia el público; y sobre todo apegado a la verdad. Usted es primero un comunicador. No se trata de ocupar el primer lugar en la palestra pública, en este caso, de la comunicación. Comunique la verdad. Le recuerdo que andan en las redes sociales videos de usted despotricando contra el señor Danilo Medina cuando todavía no era candidato presidencial y, hoy presidente lo nombró a usted embajador. Cuidado con la hipocresía señor Medina. Hay que tener cuidado con lo que se habla hoy en día porque todo queda grabado y publicado. Y una cosa más señor Medina, estoy seguro que muchos que lean su artículo no estarán de acuerdo con su opinión, -derecho que también les asiste. Tenga la seguridad, y lo puede escribir con tinta indeleble, que yo soy uno de los que no extrañaré al señor Brewster y su esposo, y no estoy mintiendo. La misión diplomática del señor Brewster me recuerda a la también anterior misión de su compatriota el señor Robert Pastorino, a quien usted se refirió en uno de sus artículos titulado “Wally Brewster, Pastorino” (20/4/2016), como “un chicano embajador metiche que tuvo sus desavenencias con el ex presidente Joaquín Balaguer en el 1994”, y con nuestro señor Cardenal López Rodríguez.

  Yo también soy una especie de comunicador; tengo que comunicar la verdad, en mi caso, la verdad de Dios manifestada en la revelación divina en su Hijo Jesucristo porque creo y quiero ser libre como el Maestro de Nazaret lo enseñó.

jueves, 15 de diciembre de 2016

¿Nueva Tolerancia o Autoritarismo?


Etimológicamente la palabra tolerancia significa la actitud de la persona que respeta las opiniones, ideas o actitudes de las demás personas aunque no coincidan con las propias. El hablar de nueva tolerancia ya nos da la idea de que hay una vieja tolerancia o una tolerancia pasada de moda, etc. Esto, visto así, es un absurdo. El cristianismo en este punto es fundamental, ya que es y ha sido siempre desde sus inicios el fruto del carácter cristiano. El apóstol san Pablo la menciona en su carta a los Gálatas como una de las actitudes fundamentales de todo cristiano: capacidad de soportar sin quejarse, y como base de la convivencia.

  Actualmente, y desde hace mucho tiempo, podemos decir que estamos viviendo un despojamiento de la racionalidad, esto causado por la falacia de esta nueva tolerancia en nuestra cultura, y cada vez es más profundo. Francisco Goya, en su obra “Los caprichos”, -que es una crítica a la sociedad española-, en uno de sus grabados que es un auto-retrato, presenta al pintor durmiendo sobre su escritorio después de haberse agotado, y su frase lapidaria es que “el sueño de la razón produce monstruos”. Es decir, si nosotros suspendemos la  razón, llegamos a la monstruosidad. Así va naciendo esta nueva tolerancia. La humanidad hace tiempo que viene huyendo, escapándose de lo racional y adentrándose en lo absurdo; el sociólogo Juan José Sebreli, en  su libro “El olvido de la razón”, donde cuestiona a otros grandes pensadores como Freud, Nietzsche, Heidegger, etc., dice que éstos formulaban preguntas cuyas respuestas estaban alejadas de la racionalidad, y así nos conducen a un callejón sin salida. En este marco aparece entonces esta nueva tolerancia. El absurdo es la negación de la razón. Hoy se está dando prioridad al sentimiento por encima de la razón.

  Entonces, todo esto aplicado a lo que en la actualidad estamos viviendo, hay que decir y afirmar que todo este nuevo pensamiento o, mejor dicho, “pensamiento único”, que ha hecho su entrada al mundo y se nos está imponiendo, nos lleva a vivir, proclamar y defender este absurdo. Esta Ideología de género que se está imponiendo en las sociedades es el gran absurdo de la humanidad: ¿cómo se puede interpretar el hecho de que una persona que nace siendo hombre se le ocurra decir después de unos años, que se siente mujer y viceversa, que por tanto hay que cambiarle el nombre y todo lo demás? Es decir, la persona puede llegar a ser cualquier cosa. Y a esto es lo que muchos llaman “progreso”. Somos iguales ante la ley, pero no iguales mediante la ley: la igualdad jurídica no puede ni debe suplantar la desigualdad biológica. Por ende, las leyes positivas, -es decir, las leyes escritas-, deben subordinarse a las leyes naturales y no colisionar con ellas.  El Papa Francisco ha  afirmado y denunciado que imponer esta ideología de género, -o como él ha llamado colonización ideológica-, a los niños en las escuelas y colegios es una maldad. Se establecen leyes por pura subjetividad y esto no es más que un absurdo jurídico, porque no se legisla para un grupito sino para la mayoría, aunque lo quieran pintar de otra cosa que suene bonito. Nuestros legisladores, legisladoras, jueces y demás autoridades deben tener mucho cuidado en no caer y no dejarse chantajear por esta irracionalidad para que no construyan monstruos.

  En el mundo hay muchas idioteces y éstas las promueven, proclaman y defienden los idiotas; por lo tanto, en nuestro mundo hay muchos idiotas. Y al utilizar esta palabra no lo hacemos con intención de ofender a la sociedad, porque la idiotez, según los griegos, es la persona sin formación académica, la persona que no razona culturalmente. Vivimos en lo se ha llamado como la “idiotización de la cultura”: y es que estamos en medio de una batalla cultural que busca generar cambios reales a partir del cambio cultural. Así entonces, esa vieja tolerancia que preconizaba la valoración del individuo, el respeto y la aceptación del otro ya es obsoleta, y ahora hay que darle paso a la nueva tolerancia para abandonar así los viejos principios y valores e inventarse y asumir otros nuevos. En la vieja tolerancia se discutían las ideas para llegar a la verdad, mientras que en la nueva tolerancia estas discusiones están vedadas porque es discriminación: cada grupo e individuo tiene sus verdades éticas. Esto es un relativismo moral, no hay valores morales absolutos. Es cierto que todas las verdades de los demás son respetables, pero también es cierto que son discutibles. Y es que pensar distinto no es intolerancia. Estamos siendo llevados a vivir en una sociedad autoritaria, y eso es peligroso: ejemplo de esto son EE.UU, España, Argentina, Francia, México, Canadá, etc.

  Aquí hay que mencionar otra consecuencia que está provocando esta nueva tolerancia, y es que se está llevando a la humanidad a un “vaciamiento espiritual”. Si todo es relativo, ¿qué valores les enseñaremos a nuestros hijos? ¿Qué valores enseñarán los maestros en las escuelas y colegios a los estudiantes? ¿Sobre qué se van a sustentar los valores de la sociedad en el futuro? Los cristianos, los que pensamos diferente, no podemos dejar que se nos avasalle; que se nos trate como ciudadanos de segunda, tercera o cuarta categoría.  Tenemos que seguir siendo tolerantes, pero de convicciones profundas,  proclamarlas y defenderlas; porque, como ya lo dijo Jesús “si callamos, las piedras hablarán” (Lc 19,40).

martes, 15 de noviembre de 2016

Hablemos del pecado: La prueba


“…Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro” (Gn 2,25).

  No caben dudas que la vida en el paraíso era buena, sencilla y gozosa. No había de que preocuparse. Como lo dice este versículo no había de que avergonzarse. Lo importante era vivir al máximo y en plenitud. La misma relación con Dios era plena. Dios mismo dialogaba con el hombre de sus cosas. Había una armonía plena con toda la creación. Pero, no todo ciertamente era perfecto. Más adelante, en el mismo pasaje bíblico, leemos: “Oyeron luego el ruido de los pasos del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista del Señor Dios entre los arboles del jardín (3,8)… Y al preguntarle el Señor por que había hecho eso, Adán contesto: estoy desnudo, por eso me escondí” (3,10). ¿Cuál fue la razón de este cambio repentino? Pues el pecado.

  El pecado nos desnuda ante Dios. Ante la presencia de Dios no se puede estar de cualquier manera, sino cuando nos presentamos ante Él en justicia y santidad. Jesús dijo: “Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, porque yo al elegirlos los he sacado del mundo, por eso los odia el mundo” (Jn 15,19). Pero lo cierto es que a Dios no podemos volver de cualquier manera: “No todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mt 7,21); y el apóstol Santiago nos dice: “muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe” (St 2,18). Si el pecado nos desnuda ante Dios, la fe nos mantiene cubiertos y con una coraza que nada ni nadie podrá destruir. La fe, hecha obras nos mantiene la gracia y por lo tanto nos encamina a la santidad y estar en la presencia de Dios.

  El pecado ha provocado muchas y desastrosas consecuencias en el mundo y, sobre todo, en el mismo ser humano. Podemos mencionar el sufrimiento. En le Génesis 3,16 leemos: “Con trabajo parirás los hijos”. Esta consecuencia del pecado está dirigida a Eva; pero a Adán también le tocó: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan” (Gn 3,17). Estas dos sentencias siguen vigentes para la humanidad hasta que termine de cumplirlas mientras dure. Una segunda consecuencia del pecado es la muerte. San Pablo dice: “por un solo hombre entró el pecado al mundo y por este la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres” (Rm 5,12); y el apóstol Santiago dice: “el pecado, una vez consumado, engendra la muerte” (1,15). Como vemos, el cuerpo del ser humano sufrió las consecuencias más sensibles para la persona y ante ella reaccionamos con mayor ímpetu a causa del sufrimiento que suelen originarnos. También el alma sufrió las consecuencias del pecado, así como la voluntad y la libertad humanas.

  Concluyendo esta parte podemos decir entonces que la naturaleza humana quedó muy golpeada por el pecado. No está totalmente destruida, pero si muy herida por el dolor, el sufrimiento, la muerte, la concupiscencia, etc. Por eso es que Dios Padre nos ha enviado a su Hijo para redimirnos, para curar nuestras heridas, como la oveja perdida que al ser encontrada por el pastor la carga en sus hombros y la regresa al redil.

Bendiciones.