martes, 26 de septiembre de 2017

La dirección espiritual es camino y fuente de alegría (2)


Nos dice Anselm Grün en su libro sobre los diez mandamientos: “Nuestro mundo se hace cada día más complicado e incomprensible. Por eso mucha gente busca una clara orientación. Buscan buenas indicaciones para conseguir una vida plena.  ¿Qué podríamos responder a esas personas que se afanan en buscar este bienestar, esta orientación para alcanzar esa vida plena? Creo que la respuesta sería: Solo el Señor tiene el remedio. Únicamente Él puede arreglar nuestra vida, falta de armonía y de sentido de tantas ocasiones, y realizar una obra maravillosa. Solo Él”.

  Ya sabemos que el Señor Jesús se nos reveló como el único camino para llegar al Padre, cuando uno de sus discípulos le preguntó cómo podrían saber el camino. Pero el Señor Jesús también es la puerta que nos da acceso al Padre. Entonces, nuestra presencia en este mundo es un retorno al Padre puesto que de Él hemos venido y a Él vamos a volver. Pero tenemos que hacerlo tal como el mismo Jesús nos lo indicó, y que podríamos resumirlo en sus propias palabras cuando resumió todos los mandamientos en dos: amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús es nuestro Maestro y nos señala con verdad y autoridad el camino que conduce a la alegría, a la eficacia y a la salvación.

  Pero es ahí el punto. Recorrer el camino nos indica ya una acción. Los evangelistas nos presentan en ocasiones a Jesús “poniéndose en camino”. Nosotros también tenemos que ponernos en camino, ponernos en acción. Tenemos que gastar energía y acumular cansancio y fatiga en este recorrido de la vida. Ponernos en camino es ir hacia la meta de la vida, que es la salvación. Pero es que esta meta de la salvación ya implica para nosotros en este mundo un gozo y una alegría: “Les daré un gozo y una alegría que nada ni nadie se las podrá quitar”, nos dice el Señor. Por eso es que decimos, o más bien afirmamos, que la dirección espiritual es camino de alegría. Una alegría que no nos cae del Cielo, sino más bien es una alegría que tenemos que ir construyendo, edificando en nuestro día a día en esta vida, en la medida en que nos abrimos al Dios que es la fuente de ella: “Dichosos todos aquellos que al escuchar mis palabras no se sientan defraudados de mí”.

  En el transcurrir de nuestra vida en este mundo, son muchas las contrariedades y pruebas que tenemos que ir enfrentando y sorteando en el caminar. Muchas veces sentimos el cansancio, la fatiga y hasta la derrota de no querer seguir avanzando a pesar de que la meta a alcanzar es lo más grandioso que puede experimentar el creyente. Este cansancio y fatiga nos hace perder, -la más de las veces-, el rumbo y sentido de la vida. Nos hace caer también en una especie de enfermedad que atrofia todo nuestro ser; nos aparta y aleja de Dios y su mensaje de salvación. Por esto Jesús se nos presentó como el “médico”, que vino a buscar y sanar a los enfermos del alma por el pecado, ya que posee la ciencia y las medicinas necesarias para realizar en nosotros esta sanación. Pero, ¿cómo vamos a encontrar o dar con este doctor y su medicina si nos negamos a ir donde Él; si le cerramos las puertas de nuestra casa interior para que no entre porque nos creemos que estamos sanos?: “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré”, nos dijo.

  Nuestro Señor Jesucristo es el Dios cercano; es el Dios próximo a nosotros. El está siempre más cerca de nosotros que nunca, no importa la falta, el ánimo, la fatiga, el cansancio, etc. Y es que Cristo Jesús es el remedio a nuestros males; es el remedio a nuestra fatiga; a nuestro cansancio; a nuestra tristeza; a nuestro sin sentido en la vida. Por eso es que tenemos que ir siempre hacia Él para poder descansar en Él y renovarnos en Él. Es volver a llenarnos de la sabia suya porque Él es el tronco y nosotros los sarmientos, y si es que queremos experimentar de esa sabia tenemos que estar adheridos a Él.

  Una buena dirección espiritual nos conduce a experimentar todo esto y más. Nos conduce a cambiar nuestro dolor, amargura y  tristeza en nuevos caminos de sanación, dulzura y alegría porque nos viene dada por el mismo Hijo de Dios, que le dijo a la samaritana “si sigues bebiendo del agua de ese pozo, seguirás teniendo sed; pero si tomas del agua que yo te doy nunca más tendrás sed”. Y nosotros tenemos que decirle como la samaritana: “Señor, dame de esa agua para nunca más tener sed”. Cristo es la fuente inagotable de toda nuestra existencia. Nos pide, nos invita a que vayamos hacia Él; que nos atrevamos a sumergirnos en su misma persona, que es la fuente inagotable de nuestra alegría y de nuestra salvación.

martes, 5 de septiembre de 2017

La dirección espiritual (I)


“Les dijo también una parábola: ¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en algún hoyo?” (Lc 6,39).

  Queremos hablar en los próximos números de nuestra revista acerca de un medio tan importante en nuestra vida cristiana como lo es la dirección espiritual. Hay muchas dudas y resistencia de muchos cristianos a utilizar este medio o recurso que nos ayuda a crecer en la vida de la fe. Muchos miran la dirección espiritual con cierta “sospecha”. Son muchos los cristianos que dicen a voz en grito que no necesitan  hablar con nadie acerca de lo que ocurre en sus vidas. Ya lo dice el dicho popular “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Una de las falsas visiones que se tiene del director espiritual es que a veces se le ve como si fuera una especie de “metiche”. Nada más falso. Por esto y otros malos entendidos es que queremos compartir en estos artículos el que podamos entender la verdadera y real necesidad que tenemos los cristianos de una ayuda en nuestro caminar de fe y espiritual. La necesidad que tenemos que existan otras personas que nos ayuden a ver cuando sentimos o sabemos que el camino se nos ha oscurecido. Dicen, y con razón, que dos cabezas piensan más que una; cuatro ojos ven más que dos, etc. Así, de esta manera, introducimos este apasionante tema y lo hacemos siempre con la única intención de aportar al crecimiento espiritual de todos los creyentes y también de todo aquel que lea estas líneas para su fortaleza  en la vida comunitaria.

  Es por todos nosotros sabido que el hombre no fue creado para estar solo, para vivir en soledad: “no es bueno que el hombre esté solo”, leemos en el libro del Génesis. Dios le crea al hombre la mujer para que le acompañe y le ayude. Pero también el hombre es compañía y ayuda para la mujer. Ambos fueron creados con la misma dignidad y con sus diferencias, y así surge entre ellos un complemento. Así vemos nosotros cómo se va desarrollando la vida de ambos en su caminar, en la vida en el paraíso del Edén.

  Si aplicamos esta voluntad divina a la vida espiritual, podemos también decir que no es bueno que el cristiano esté solo. De hecho, el mismo Jesús ya lo había previsto, y fue más lejos: Él mismo no quiso llevar a cabo la misión del Reino solo, sino que se hizo acompañar por un grupo de hombres elegidos por Él mismo para instruirlos en las cosas del Reino de Dios y después enviarlos a la misión de seguir o continuar su obra. Pero Jesús sabía a qué tipo de terreno o realidad los enviaba y por eso les dijo que los enviaba como corderos en medio de lobos. Sabía que iban a estar sometidos a muchas y diferentes pruebas en su caminar y que esto provocaría el que pudieran flaquear en el camino de la fe. Les insistió muchas veces en la necesidad de estar siempre unidos y de confiar plenamente en Dios para que les diera la fortaleza necesaria para cumplir con la misión. Él mismo prometió su presencia, su acompañamiento a los discípulos todos los días hasta el fin del mundo. Jesús así se convertiría en el guía, custodio, acompañante de los suyos y atestiguaría sus palabras con obras de sanación, liberación y salvación; haría creíbles con gestos concretos las palabras de los discípulos. Jesús mantendría en la dirección correcta a los discípulos para que no se desviasen del camino trazado y sería también el motivo de la fortaleza de los mismos. Por eso les prometió el Espíritu Santo, que era el que terminaría de comunicarles y revelarles lo que faltaba a la misión iniciada por Jesús.

  En la vida de la fe y de la espiritualidad no podemos caminar solos. Jesús lo sabía y por eso estableció la comunidad cristiana que es la Iglesia, su Iglesia, su pueblo santo. Vivir la vida cristiana en comunidad es la manera más fácil de poder llegar a la meta, que es la casa de Dios-Padre. Cuando Jesús resucitó y se le apareció a María Magdalena le dio el mandato de que le dijera a los discípulos que permanecieran juntos y así se les manifestaría resucitado y también vendría sobre ellos el Espíritu Santo. Así podrían caminar y cumplir con lo mandado por el Maestro de Nazaret. Estarían en sintonía con la voluntad de Jesús y en profundo discernimiento de las palabras del buen pastor. Esto les permitiría saber cuándo el buen pastor les habla y cuándo sería el lobo el que actúa. Y es que, sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar.



Bendiciones.

 



 

... Y formó Dio al hombre del polvo


  En el segundo relato de la creación que se nos narra en el capítulo segundo del Génesis, encontramos nosotros unos indicios muy interesantes para nuestra fe. A diferencia del primer relato del capítulo primero, en donde se nos va narrando lo que Dios iba haciendo día por día, y que cierra ese relato con la creación del hombre como culmen de la misma creación; en este segundo relato, más breve, nos encontramos con un Dios artesano, un Dios alfarero.

  Leemos en este pasaje bíblico que Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz un aliento de vida, y así el hombre se convirtió en ser viviente (2,7). Es interesante esto porque, si en el primer relato de la creación se presenta a Dios creador de todo: pone orden donde antes había caos, las dos lumbreras, el mar y la tierra, los seres vivientes del mar, las aves del cielo, las plantas, etc., y crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Pero en este segundo relato es muy específico al presentar a Dios como moldeador o una especie de alfarero que se detiene a darle forma al cuerpo del hombre, cosa que no hace con los demás seres vivientes. Podemos nosotros incluso pensar, sin que esto se vaya a interpretar como un atrevimiento de nuestra parte, que a lo mejor Dios tuvo que intentar varias veces la formación del cuerpo del hombre hasta darle la forma perfecta que Él quería. Pero dejémoslo ahí. Lo que sí es de resaltar es la actitud de Dios en detenerse a formar el cuerpo del hombre.

  Pero esto tampoco queda ahí. Se nos dice inmediatamente que, después de formar al hombre del polvo, insufló en sus narices el aliento de vida. Dios le dio la vida, y esto se interpreta como un don o regalo. La vida del hombre viene o procede de Dios, que es el Dios de la vida. La vida al hombre se le ha sido dada como don; el hombre no se ha dado la vida a sí mismo. La vida no le pertenece, sino a Dios. De aquí entenderemos entonces las palabras de Jesús cuando dijo “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos ustedes están vivos para Él; y también cuando dijo: “ustedes están en el mundo, pero no son del mundo, sino de Dios”. Por esto mismo y en base a esta enseñanza bíblica, la Iglesia defiende, protege y promueve la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Ella no puede renunciar a esta enseñanza ya que si lo haría traicionaría el mensaje evangélico. Esto lamentablemente es lo que muchos, incluyendo creyentes, no han entendido y por eso nos encontramos con esas ideas disque progresistas que niegan el primer derecho que es el fundamento de todos los demás: el derecho a la vida.

  Ahora bien, tengamos en cuenta que existe alma animal y alma humana. Los hombres tenemos alma humana; tenemos el aliento de la vida. Pero nos falta algo para poder ser y llamarnos hijos de Dios. Además del alma humana, se nos ha dado también el don del Espíritu. El Espíritu es lo que nos hace tener relación con Dios, a diferencia de los demás seres vivos. Sólo el hombre puede relacionarse con Dios a través del Espíritu. Tengamos en cuenta que cuando somos bautizados el gran don o regalo que recibimos es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Este Espíritu Santo es el que nos guiará hacia nuestra relación con Dios; es por el Espíritu Santo que nosotros, como lo dijo san Pablo, podemos dirigirnos a Dios como “Padre”; es el Espíritu Santo el que ora en nosotros y a través de nosotros. Es el Espíritu Santo el que nos impulsa a obrar de acuerdo a la voluntad de Dios. Es decir, no basta con que nosotros tengamos el don de la vida por medio del soplo divino, es necesario y hasta indispensable, que seamos revestidos por el Espíritu de Dios, y esto lo logramos por medio del sacramento del bautismo. Jesús mismo, -cuando elogió a Pedro cuando éste le reconoció como el Señor, el Hijo del Altísimo-, le dijo que eso no se lo había revelado ni carne ni sangre alguna, sino su Padre del cielo: ¿cómo fue o se da esta revelación en la persona? Pues por medio del Espíritu Santo.

  ¿Qué podemos concluir de esto? Pues que la salvación de Dios ha sido dada sólo a nosotros los seres humanos, porque somos las únicas criaturas destinada a ello. Sólo a nosotros los seres humanos vino el Hijo de Dios para llevarnos de regreso al Padre: “es mi voluntad que donde yo esté, estén también todos ustedes los que creen en mí, y  los que por su testimonio también creerán en mi”. Hay muchas personas que se preguntan si los animales se salvarán o llegarán a la vida eterna. Pues según las Sagradas Escrituras, eso no es así por las razones antes expuestas; es decir, los animales tienen aliento de vida, pero no tienen Espíritu. Cristo vino a rescatar a los enfermos por el pecado, y esos enfermos somos nosotros los seres humanos; no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores, y esos pecadores somos nosotros los seres humanos.

miércoles, 12 de julio de 2017

La cultura de lo inmediato

El ser humano, por una de las cosas que se ha destacado en el devenir de su historia ha sido siempre por querer hacer las cosas de inmediato. Claro que esta actitud se ha acentuado más en los últimos tiempos; es como si se tuviera la impresión de que cuanto más el hombre ha avanzado, sobre todo en el campo del saber humano, se ha hundido más en lo que muchos han llamado la cultura de lo inmediato: todo lo quiere rápido, al instante, de una vez…, la respuesta instantánea; dicho en otras palabras, y haciendo una analogía con muchos productos comestibles, sería aquello de lo “instantáneo”: café instantáneo, comida rápida, palomitas de maíz al instante, etc.
  Pero, ¿esta actitud funciona? ¿Es buena? ¿Es correcta? De pronto muchas personas caen en la certeza de que es todo lo contrario, es decir, se dan cuenta de que vivir así no funciona, no es correcto. Una de las actitudes que podemos decir y que es manifestación de esta inmediatez, es que muchas personas no son corteses ni amables ni respetuosas, no quieren esperar, hacer su turno. Esta actitud nos lleva siempre a caer en la violación del derecho de los demás, y esto exacerba los ánimos, quita la paz, etc. Ya lo dijo el benemérito de las Américas Benito Juárez “el respeto al derecho ajeno es la paz”. De esto nos damos cuenta en nuestro diario vivir: muchas personas les molesta que el otro sea amable, cortés y respetuoso. Pero esta molestia se da sobre todo cuando esa amabilidad, cortesía y respeto no son asumidas para conmigo; la molestia viene siempre cuando se asume con los demás; es lo que en muchas ocasiones hemos dicho: que las normas, leyes que yo exijo que cumplan los demás, son las mismas normas y leyes que yo no estoy dispuesto a cumplir. Y esto es hasta evangélico, porque el mismo Jesucristo dijo “trata a los demás como quieres que te traten a ti”. Nos atrevemos a decir que pareciera que no se nos está educando para la amabilidad, la cortesía y el respeto, porque parece que para el hombre de hoy, manifestar estas actitudes, -o virtudes humanas-, es sinónimo de cobardía y debilidad (por no decirlo con otra palabra). Es como si pareciera que estas actitudes o virtudes humanas fueran anticuadas y hoy están fuera de moda.
  Hay personas creyentes que muchas veces le reclaman a Dios el que no actúe de inmediato cuando ellos le exponen sus problemas y, al no recibir la respuesta que esperan y en el momento que esperan, muchos de esos reclamos terminan en un abandono de los caminos de Dios. ¡Y es que no hay solución mágica a los problemas! A Dios le exigimos que nos diga lo que queremos oír, pero Dios nos dice lo que tenemos que oír. Tenemos que aprender que la fe nos exige siempre paciencia y perseverancia; hay que regarla, cuidarla, abonarla… la fe no es magia.  Además de que tenemos que fortalecer la esperanza, tenemos que aprender a saber esperar en el tiempo de Dios. Tenemos que aprender a “aplacar esta urgencia” de nuestra vida de querer que las cosas se hagan cuando yo quiero, como yo quiero y donde yo quiero.
  Otro aspecto que no queremos dejar pasar es que una de las causas de este inmediatismo es la influencia que tienen los medios de comunicación; esta insistencia por estos medios de conducirnos por este camino de lo inmediato con su “¡llame ya, llame ahora mismo, qué espera!”; pareciera como si el mundo, la vida se nos va a acabar si no hacemos esa llamada en el momento, y caemos en la trampa. Y esto, claro está, es lo que contribuye a este consumismo que nos arrastra y nos convierte en compradores compulsivos en el que estamos inmersos y que nos lleva también por consecuencia a crearnos falsas necesidades. Recordemos que, según la lógica cristiana, rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita.
  Otro punto de este inmediatismo lo encontramos en la relación que muchas veces se establece entre el fetichismo y la religión: personas que llevan a su casa un determinado objeto o amuleto y lo ponen en un lugar determinado en el hogar para que se vayan las “malas vibras”, creyendo que esto provocará que los problemas familiares desaparezcan. La superstición está muy metida y arraigada en nuestra gente. Son muchas las personas que después de ir a misa el domingo o al culto, se dan su vueltecita donde el brujo o la señora adivina para que les lea la tasa, les lea la mano, le haga una limpia, le contacten con los espíritus del más allá, etc.
  Tenemos que recuperar la confianza en el Dios Todopoderoso, el Dios que Jesucristo nos vino a revelar y que no nos chantajea ni engaña. Jesús vino para que tengamos vida y vida en abundancia, vida eterna. Pero esta vida eterna cuesta y exige esfuerzo y sacrificio, y sólo los que se esfuerzan y se sacrifican logran alcanzarla; y es que el hombre de hoy  vive como si nunca fuera a morir, y muere sin haber vivido.

  

martes, 23 de mayo de 2017

Los cien años de Nuestra Señora La Virgen de Fátima


En este mes de mayo, exactamente el 13 en Covadeiria-Portugal, se cumplen cien años de las apariciones de la Virgen de Fátima a tres pastorcitos: Lucía de Jesús (principal vidente), Jacinta y Francisco Marto (hermanos). Covadeiria es el lugar de las apariciones, mientras que Fátima era el nombre de la princesa hija de Mahoma. Desde el año pasado ya se están llevando a cabo celebraciones jubilares con indulgencias plenarias a todos los que participen de este acontecimiento de nuestra fe católica, y ya se ha anunciado la participación del santo padre el Papa Francisco el día propio de la aparición. La aparición de la Virgen de Fátima, más que ser entendida en sentido mariano, debe ser entendida más bien en sentido eucarístico; y esto debido a que, según las palabras que les dirigió el ángel a los niños videntes, les encaminó a recibir la sagrada comunión. Y es que para llegar a Jesús, el camino más corto es María, su santa Madre. La Virgen Madre se irá encargando de ir preparando, orientando y hasta educando a los pastorcitos para estas manifestaciones, sobre todo por medio de la oración y el sacrificio. El ángel les indicará a éstos la manera de cómo será el sacrificio: les indicará que levanten sus manos con las palmas hacia arriba y estará en ellas el copón y la hostia consagrada acompañada por esta oración: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no aman”. Cuenta la tradición de la aparición que Lucía vio algo que sus dos primos no vieron: un obispo vestido de blanco en gran sufrimiento. Y hemos de imaginarnos quién sería: el Papa. Jacinta murió a los once años y su hermanito Francisco a los diez años. El libro que escribió Lucía se titula Las memorias de Lucía.

  Pero sin dudas que lo que más llama la atención de esta manifestación divina, es lo que se llama como El secreto de Fátima, y que ha dado lugar a tantas especulaciones e interpretaciones, muchas de ellas manipuladas porque se ha querido hacer con ello un medio para infundir miedo o terror. Muchas veces, y hasta el día de hoy es así, se le ha señalado a la Iglesia el ocultar ese secreto a la humanidad o de no decir la verdad sobre el mismo; muchas veces se le ha dado hasta un cierto sentido de oscurantismo, si se quiere, a este hecho. Para algunos Fátima no es un mensaje apocalíptico ni del fin del mundo, mientras que para otros sí lo es. La Virgen nos invita a que no tengamos miedo ni estemos tristes, porque estamos todos en su Corazón Inmaculado. Este secreto de Fátima se ha ido comunicando por partes, -tres partes específicamente-; pero hay  que resaltar que lo más importante de la aparición de Fátima es el mensaje de la oración y la penitencia. Y es que la Virgen lo que entregó a partir de ese momento fue el medicamento de la misericordia a través del rezo del santo rosario para que lo recemos con fe, perseverancia y devoción por la conversión de la humanidad, ya que Rusia se encargará de esparcir sus errores, -el ateísmo, promoviendo guerras y persecuciones contra el santo padre y la Iglesia-, por todo el mundo.

  Pero, ¿qué es lo que quiere la Virgen?, pregunta Lucía. Pues en la segunda aparición, -13 de junio de 1917-, la Virgen le dice a Lucía que quiere establecer en la tierra la devoción a su Corazón Inmaculado. También en esta segunda aparición habla del Purgatorio. En 1941 Lucía escribe las dos primeras partes del secreto y añade que la Virgen le mostró el Infierno: aquí van las almas de los pobres pecadores por no recurrir a Dios ni al sacramento de la confesión. Pero para impedirlo, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi corazón inmaculado. Si el mundo hace lo que digo, se salvarán muchas almas y vendrá la paz. Vendré a pedir la comunión reparadora de los cinco primeros sábados de mes.

  Ya en la última aparición, -3 de octubre-, es donde ella revela quién es: “soy la Señora del rosario, y quiero que se levante en este lugar una capilla. No ofendan más a nuestro Señor, porque ya está muy ofendido”. Podríamos decir que este es el gran mensaje de la Virgen de Fátima. Pero lamentablemente esto no ha sucedido. Es como la voz del clama en el desierto. La tercera parte del secreto es el mismo ángel levantando el brazo con una espada de fuego listo para castigar al mundo, y la Virgen le dice que se detenga; entonces el ángel grita tres veces: ¡penitencia, penitencia, penitencia!

  Celebremos con gozo profundo este acontecimiento de nuestra fe cristiana y eclesial. Jesucristo no quiso dejarnos huérfanos de madre; nos entregó a su santa Madre para que no perdiéramos el camino de nuestra salvación. Recemos con devoción a tan insigne señora pidiendo su intercesión. El mensaje de Fátima sigue siendo actual. Como ya lo diría el p. Peyton: “familia que reza unida, permanece unida”.  Y es que la oración es la omnipotencia del hombre y la debilidad de Dios. Somos la gran familia de Dios, Jesucristo es nuestro hermano mayor y la Virgen María nuestra Madre.

 

miércoles, 12 de abril de 2017

Ustedes son la luz del mundo…


  Uno de los más versados asesores políticos estadounidenses y de descendencia japonesa, Francis Fukuyama, quien fuera asesor del presidente norteamericano George Bush-padre, en el 1990, y que es una abanderado, defensor y promotor del Nuevo Orden Mundial; ha escrito varios libros siendo el último de ellos su más célebre titulado El fin de la historia y el último hombre, donde hace un análisis de la historia contemporánea desde la perspectiva mundialista antes dicha. En el libro afirma que el hombre contemporáneo ya está sustancialmente satisfecho. Pero es su afirmación más tremendista ya que dice que los tres grandes enemigos que impiden la implantación de este NOM son la familia natural (porque es una institución opresora y hay que desplomar sobre todo la maternidad, de ahí que desde hace unos años atrás se esté presentando al mundo estos nuevos modelos de familias); el patriotismo (los Estados no deberían de existir ni sus fronteras, hay que destruir todo indicio de valores, identidad patriótica), y la religión, -principalmente el cristianismo católico por sus valores y moral que proclama. De hecho, dice que el cristianismo católico podría seguir existiendo si renuncia a creerse que es la verdad y pasara a ser una verdad más entre muchas o un pensamiento más y se recluye al ámbito de lo privado. Pero si la fe cristiana hiciera esto, caería nada más y nada menos que en traicionar a Jesucristo ya que Él mismo fue que dijo “soy el camino, la verdad y la vida”; y también “..Conocerán la verdad y serán verdaderamente libres”.

  Así entonces, los cristianos somos a los que se nos ha encomendado seguir anunciando la verdad de Cristo, no nuestra verdad. La Iglesia Católica nunca ha afirmado que sea dueña de la verdad, pero sí ha afirmado que está en la verdad de Dios revelada en y por Jesucristo a la humanidad. Esta es la verdad que proclama, promueve y defiende. No la impone, ya que el mismo Jesucristo mandó que se proclame a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, y el que crea y se bautice se salvará, y el que se resista a creer, se condenará. Esta verdad de Jesucristo es la que ilumina toda nuestra vida, y es la que tenemos que proclamar en fidelidad al discipulado cristiano, y tenemos que proclamarla tal cual la hemos recibido.

  Esta es la verdad que viene a nosotros como luz que ilumina toda nuestra tiniebla. La función de la luz es iluminar las tinieblas, no taparla: “no se enciende una lámpara para ponerla debajo de la mesa, sino sobre la mesa para que alumbre a todos los de la casa”. Pero es cierto que hay muchos cristianos que, a pesar de estar en el camino de la fe, no se dejan iluminar por esta luz porque no quieren que sus obras malas sean descubiertas. Hay cristianos que caminan en la fe pero lo hacen como si estuvieran arropados con un gran manto que impide el paso de la luz de Cristo. Y es que somos hijos del día, no de la noche. Se sigue dando en la vida de muchos creyentes aquello que nos dice el evangelista san Juan al principio del evangelio que lleva su nombre: “la luz vino a los suyos pero los suyos no la recibieron; prefirieron mejor seguir caminando en las tinieblas…” Ya el mismo Cristo nos dirá que Él es la luz verdadera que alumbra a todo hombre; el que viene hacia Él nunca caminará en las tinieblas; y también dijo: “alumbre así su luz a los hombres para que vean sus buenas obras y puedan glorificar a su Padre que está en el cielo”.

  Pues esta es la luz que los creyentes en Cristo tenemos que llevar a los demás y testimoniar. Pero para lograrlo, lo primero que tenemos que hacer es dejarnos iluminar por ella. Es la luz que debe de iluminar a este mundo que cada día camina en las tinieblas; es la luz que tiene que transformar el mundo, a la humanidad en una humanidad cada vez más humana y cristiana. Por eso la Iglesia, pueblo de Dios, es la que tiene que ir al mundo para ser éste transformado; pero no al revés: no es el mundo que hay que meter en la Iglesia, es la Iglesia la que tiene que ser llevada al mundo. Y es que muchos cristianos que viven en la oscuridad les exigen a los demás que se dejen iluminar, pero ellos no están dispuesto a hacerlo; se convierten muchas veces en jueces de los demás, y así contravienen las enseñanzas del Maestro de Nazaret que nos dijo que “la medida que usen con lo demás la usarán con ustedes”. Y es que nosotros somos muy rápidos para señalar a los demás sus errores y juzgarlos, pero somos muy tardos en reparar en los propios errores. Una cosa es ayudar al otro a que se corrija en sus errores, -que es corrección fraterna-, y otra muy diferente es señalarle sus errores y estrujárselos en la cara.

  Si nos decimos que somos cristianos, discípulos de Cristo, pues que se nos note. Hoy en día la gente se convence más con los testigos de la fe, que con los maestros. Cristo nos bautizó con fuego y Espíritu. Llevemos ese fuego y Espíritu al mundo, a esta humanidad cada vez más descarriada, cada vez más arropada por las tinieblas del pecado. Pero llevemos la luz que ilumina nuestra vida, la luz de Cristo sin renunciar ni traicionar jamás su verdad en la que hemos sido bautizados y confirmados por su infinita misericordia.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Vivir con inteligencia


“Y habiendo llamado de nuevo a la muchedumbre, les dijo: Escúchenme todos con inteligencia” (Mc 7,14).



  Según el diccionario etimológico, la palabra inteligencia proviene del latín intelligentia, y está compuesta por el prefijo inter (entre), y el verbo legere (escoger, separar, leer). De modo que, la inteligencia es la cualidad del que sabe escoger entre varias opciones. Ser inteligente es saber escoger la mejor alternativa entre varias, y también saber leer entre líneas.

  En las Sagradas Escrituras y, sobre todo en los evangelios, nos encontramos con pasajes bíblicos en los cuales Jesucristo hace referencia a esta cualidad del ser humano. En ocasiones elogiándola, y en otras, haciendo críticas a las personas por no saber hacer un correcto uso de la misma: “¿A tal punto ustedes están también sin inteligencia?...” (Mc 7,18); en otras ocasiones los oyentes de Jesús se quedaban estupefactos al escuchar al Maestro hablar y se quedaban admirados de su inteligencia: “y todos los que lo oían, quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas” (Lc 2,47); otras veces era el mismo Maestro el que les regañaba cuando no entendía nada de lo que les enseñaba: “entonces les dijo: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas” (Lc 24,25).

  La doctrina católica nos enseña que la inteligencia es también uno de los dones que da el Espíritu Santo: el profeta Isaías lo incluye en la lista de los diferentes dones atribuidos al Espíritu de Dios (Is 11,2). La inteligencia humana tiene un aspecto intuitivo, tiene la capacidad de introducirse, de penetrar y ver desde dentro el sentido de las cosas. La inteligencia va unida a otro don del Espíritu que es la sabiduría, que es “un saber sabroso”, nos dice el p. Juan Luís Lorda en su libro sobre las virtudes. Y añade: “La sabiduría es un saber alto que da un gusto interior, el saber más profundo sobre el sentido del universo y sobre el sentido de la vida humana dentro de él”. En el libro de los Proverbios, que forma parte de la Biblia, nos dice que la sabiduría ha presidido la formación del universo porque, “desde la eternidad fui moldeada, desde el principio, antes que la tierra…y yo estaba allí como arquitecto” (Prov 8,30). Por lo tanto, es sabiduría descubrir el orden maravilloso del universo, como nos lo muestran las distintas ciencias. Y es sabiduría también descubrir el orden por el que tiene que guiarse la vida humana, el orden que tiene la inteligencia y el deseo y el amor.

  Hoy tenemos carros inteligentes, teléfonos inteligentes, semáforos inteligentes, edificios inteligentes, etc. Pero, parece ser cierto que cada vez más tenemos gente poco o menos  inteligentes. Pero lo más contradictorio de esta realidad es que todas estas “cosas inteligentes” quien las ha creado es el mismo ser humano con su inteligencia. Pero no parece que la esté usando como debiera para poder llegar a la fuente de toda inteligencia y sabiduría que es Dios. No está utilizando su inteligencia, en muchos de los casos, para escudriñar las cosas o misterios de Dios, sino más bien para ensoberbecerse cada vez más en su afán de creerse dios. A muchos se les han embotado los sentidos y se han cerrado al Dios Creador de todo, de toda sabiduría e inteligencia. Una inteligencia que a muchos los está conduciendo cada vez más a su alejamiento de Dios y por lo tanto a su perdición: “la ciencia más alabada es que el hombre bien acabe; porque al final de la jornada, aquel que se salva sabe y el que no, no sabe nada” (Gonzalo de Bercea, conocido como el poeta castellano), o como dijo el hombre de ciencia Luís Pasteur: “Poca ciencia aleja de Dios. Mucha ciencia acerca a Dios”.

  ¿Qué está sucediendo con gran parte de la humanidad que cada día se aleja más de Dios y sigue sin entender los designios divinos revelados en Jesucristo? Se hace necesario e indispensable que vivamos con inteligencia. Que aprendamos a discernirlo todo, según la voluntad divina, para que aprendamos a escoger lo bueno y rechazar lo malo. Nuestra vida humana se ilumina cuando tiene ideales que la dirigen. Y se hace eficaz con el trabajo continuado y responsable. Dios, que es la fuente inagotable, nos ha dado la inteligencia para que así, junto al don de ciencia sepamos relacionar con Él los demás conocimientos y nuestra experiencia de la vida.