martes, 12 de febrero de 2019

Vio Jesús a un hombre llamado Mateo… y le dijo: Sígueme.


En el evangelio de san Mateo, leemos en el capítulo 9, 9-13, cuando Jesús se acerca a este “publicano” (pecador público), que está sentado en la mesa del cobro de los impuestos, y sin iniciar ningún diálogo le dirige una sola palabra: sígueme. Hemos de imaginarnos que Mateo quizá nunca había visto al Maestro en persona hasta ese momento; quizá sí oyó hablar de un tal Jesús que hacía milagros y que hablaba como ningún otro maestro, etc. Pero ya se le presenta la ocasión de conocerlo y tenerlo cara a cara. El mismo pasaje del evangelio nos dice que este hombre era un publicano cobrador de impuestos. Pero, ¿cobrar los impuestos es malo? No. Lo que sí es malo es cobrar lo injusto para después embolsillarse una buena parte; además, éste estaba al servicio del Imperio Romano, del Emperador, peor todavía. Entonces era señalado como un pecador público.

  Pensemos en las posturas que asumen tanto Jesús como Mateo. Primero, dice el pasaje evangélico que Mateo estaba “sentado” a la mesa de recaudación de los impuestos. Esa postura de estar sentado nos hace pensar que es la misma postura que asumimos nosotros de comodidad con respecto al pecado: mucha gente le gusta estarse revolcando como los cerdos en el lodo mal oliente, putrefacción, etc.; gente que se goza nadando en las aguas turbias; vigilando lo propio, lo suyo, sus pertenencias para que nadie se las toque, pero ellos sí tocan las de los demás y con la intención de despojarlos de las mismas, aun sabiendo que es injusto. Diciéndolo de una manera llana sería el “no cojo corte con lo mío, pero sí corto lo de los demás”. Jesús llega a él en ese momento y lo mira con una mirada fija, penetrante y de misericordia. Le dirige una palabra “sígueme”. Hay que pensar no tanto en la palabra que Jesús le dijo a Mateo, sino más bien es pensar y reflexionar en cómo Jesús le dijo esa palabra; a lo mejor se la dijo de una manera que caló en lo más profundo del corazón de este hombre que se sintió impulsado a dejarlo todo y aceptar la invitación a seguirlo. Jesús conoce muy bien la situación de aquel hombre, pero no le importa; lo llama a seguirle.

  Sigue narrando el pasaje evangélico que Mateo “se levanta y dejándolo todo, lo sigue”. Se levanta de aquello que significa esa mesa y oficio. Ya Jesús en una ocasión nos dirá que todo aquel que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que la pierda por Él y por evangelio, la encontrará. Esto fue lo que sucedió en Mateo: abandonó sus seguridades y las puso en Jesús. Así nos pasa a muchos de nosotros: queremos seguir al Señor, pero con nuestras seguridades; con nuestras cosas agarradas. Recordemos el pasaje del evangelio de san Juan del joven rico que le preguntó al Señor qué tenía que hacer para ganarse la vida eterna, el Señor le contestó que vendiera todas sus posesiones, la compartiera con los pobres y luego lo siguiera; pero aquel joven no quiso aceptar la invitación del Señor porque estaba muy aferrado a sus posesiones. No era él el que poseía las cosas; más bien, eran las cosas las que lo que lo poseían a él.

  El novelista inglés Aldous Huxley, en su novela Un mundo feliz, nos dice: “si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y esfuérzate por comportarte mejor la próxima vez. Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse”. Y es que nosotros también debemos de aprender a levantarnos del fango de nuestro pecado, para que, escuchando el llamado del Señor, aprendamos a dejarlo todo para seguirlo. Abandonar nuestras seguridades para asegurarnos en lo que nos da el Señor, porque es que el Señor es nuestro verdadero tesoro; es el tesoro que nada ni nadie puede robar ni destruir. Pues Mateo así empezó a acumular su tesoro en el cielo.

  La otra idea importante que nos dice este pasaje evangélico, es que Jesús, -como respuesta a los fariseos que lo criticaban por esta acción de juntarse y comer con publicanos y pecadores-, les dice que son los enfermos los que necesitan al médico, no los sanos. Bueno, pues es que nosotros estamos enfermos por la enfermedad del pecado, y Jesús es nuestra sanación. Fue la sanación de Mateo y tantos otros enfermos del pecado. Mateo, al escuchar el llamado del Señor, levantarse, dejarlo todo y seguirle, empezó a sanar. Lo mismo nosotros: hemos recibido un llamado del Señor a seguirle, pero es un llamado que exige nuestra respuesta personal y, al igual que Mateo, encontrar en Jesús aquel que nos puede y de hecho nos sana de la enfermedad de nuestro pecado. Mateo empezó así su cambio de vida, su proceso, camino de conversión. Mateo encontró su lugar en la comunidad cristiana, como lo podemos y encontramos cada uno de nosotros, porque Dios ama al pecador, pero rechaza el pecado; ama al enfermo, pero sana de la enfermedad del pecado.

  Los sacrificios que cada uno de nosotros hagamos tienen que ir acompañados del amor que nace de un corazón bueno, pues la caridad ha de informar toda la actividad del cristiano, y de modo particular, el culto a Dios.

viernes, 11 de enero de 2019

Tanto amó Dios al mundo…


Es de nosotros conocida la canción que dice el amor de Dios es maravilloso/tan alto que no puedo estar arriba de él/tan ancho que no puedo estar afuera de él/tan bajo que no puedo estar debajo de él. Y es que el amor de Dios es precisamente eso: es incomprensible, inabarcable. El amor de Dios nos desborda. Además, Dios en su infinita providencia, no le interesa que nosotros lo comprendiéramos en su amor, sino más bien, lo que nos pide y hasta exige, es que nos dejemos amar por Él; por eso nos dice san Juan que Él nos amó primero, para que podamos amarlo a Él, amarnos a nosotros mismos y amar a los demás.

  Pero, al evangelista hablar de ese amor de Dios, como no lo puede cuantificar, -como sí lo hacemos con cualquier producto en su valor económico-, pues decimos que lo que mejor se le ocurrió fue poder expresar en otras palabras la magnitud de ese amor divino, y aún así, se quedaría corto. De hecho, la palabra “tanto”, no hace referencia a la cantidad; es más bien una forma de expresar la inmensidad del amor de Dios, porque letra seguida, nos dice: “…que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”. Puede ser esta la máxima expresión de la manifestación de Dios para con nosotros: entregarnos a su Hijo único. Ya la palabra “entrega” conlleva un significado profundo. No dice el evangelista que fue un “envío”, como si fuera un simple mensajero o un mensajero más. En el ritual del sacramento del matrimonio, cuando los novios se están administrando el mismo, uno al otro se dicen: “…y me entrego a ti.” Esta palabra conlleva la profunda donación de todo el ser del amado a la persona amada: pongo en tus manos todo lo que soy como persona, todo lo que soy como hombre o como mujer, etc., porque te amo. Es una entrega que nace de lo más profundo e íntimo de la persona. Dios, de esta manera, nos entregó a su Hijo, pero a su “Único Hijo”, no dice el evangelista “a uno de sus hijos”; es su Único Hijo, el amado, el predilecto, el Hijo de sus complacencias, y al que hay que escuchar.

  Pero es que esta “entrega”, es también la entrega que asumió nuestra Madre Santísima con su hijo: ella también nos entregó a su único hijo. Ambos, -Dios y María-, nos lo dieron por completo, no fue por partes. Pero, ¿para qué nos lo entregaron? Pues para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Y es que si es cierto que Cristo vino a revelarnos el plan de salvación de Dios para nosotros y quiere que todos los hombres nos salvemos y lleguemos al conocimiento de la verdad, lo cierto es que  no todos han recibido o acogido este plan de salvación de Dios. Por eso, aunque la salvación nos ha sido dada a todos por voluntad divina, no todos se salvarán; sólo se salvará el que reciba este plan de Dios escuchando y poniendo en práctica la Palabra de Dios, revelada en su Hijo Unigénito. De ahí entonces, que a la pregunta de uno de sus discípulos: “¿serán muchos o pocos los que se salven?” La respuesta fue de que no importa si son muchos o pocos los que se salven, sino que se salvará el que quiera salvarse; puesto que la salvación departe de Dios ya está dada como un don o regalo, y lo que se necesita por parte de cada uno de nosotros es aceptarla o rechazarla; porque, “no todo el que me diga Señor, Señor, se va a salvar”.

  Por eso también, en principio, Cristo no vino al mundo a morir por nosotros, no. Cristo vino a revelarnos el plan de salvación de Dios para nosotros. Ahora, Cristo Jesús, fue tomando conciencia  de la consecuencia que el revelar y comunicar este plan de Dios le iba a traer: incomprensión, persecución, condenación a muerte, y muerte en la cruz. Es decir, nosotros por nuestro egoísmo matamos al Hijo de Dios. Así supo y quiso integrar esta realidad a su vida, a su misión; y por eso, si antes de Cristo, la muerte en cruz era tenida como la más indigna forma de morir y como maldición, a partir de Cristo, la cruz se convierte en signo de redención: Cristo, con su muerte en la cruz nos redime, es decir, nos libera de la esclavitud del pecado, nos sana de la enfermedad, del dolor y el sufrimiento que produce en nosotros el pecado y nos salva de la condenación que causa en nosotros el pecado. Por eso, la muerte de Cristo en la cruz, es muerte redentora.

  Cristo no vino a condenar al mundo, sino a que el mundo se salve por Él. Pero, ¿de qué mundo se trata? No es del mundo de la creación, que es obra de Dios; es más bien, del mundo como aliado del pecado; de ese mundo que, con sus criterios, sus instituciones de pecado (injusticia, opresión, esclavitud, guerras, envidias, odios, venganzas, etc.), se opone al plan de salvación de Dios.

  No nos rompamos la cabeza en tratar de comprender a Dios y su amor para con nosotros; más bien esforcémonos por creer en Él, tal y como su Hijo nos dijo: “crean en Dios y cran también en mi”; esforcémonos también por dejarnos amar por Él, por su infinito amor y poder así experimentar también su misericordia. Viviendo esto, todos los demás sabrán que somos discípulos suyos.

miércoles, 2 de enero de 2019

Homilía 1º. Enero 2019 P. Robert A. Brisman P.


Dos años después de haber concluido el Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI dirigió el primer mensaje a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tienen el sincero propósito de respetar la ley eterna de Dios, de acatar sus mandamientos, secundar sus designios; en una palabra, de permanecer en la verdad-; esta exhortación que  llamó “Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz”, y que fuera leído siempre el día primero del año, solemnidad de Nuestra Señora, Madre de Dios. A partir de entonces, se convirtió en una tradición de los sumos pontífices de dirigir este mensaje con este motivo al inicio de cada año. Estos mensajes constituyen todo un cuerpo de  doctrina católica sobre la paz y la convivencia humana internacional, iluminados desde la Palabra de Dios.

  Para esta ocasión, este año que apenas lleva unas horas de inicio, el Papa Francisco, siguiendo la tradición pontificia, nos ha dirigido este mensaje con motivo de la 52 Jornada Mundial de la Paz, que lleva por título “La buena política está al servicio de la paz”. No es mi intención en esta ocasión de leer completo este mensaje, sino de hacer alusión a algunas frases y palabras que me han parecido interesantes y que nos pueden ayudar a profundizar e iluminar nuestra realidad actual como personas creyentes y también como sociedad dominicana. Quiero además, que estas palabras puedan ser una motivación para que todos nosotros nos interesemos en leer este mensaje del santo padre y que podamos seguir profundizando en el compromiso de nuestra fe, nuestro compromiso eclesial y nuestro compromiso como ciudadanos de esta nación.

  En las Sagradas Escrituras, y más específicamente en los libros del Génesis, Los Salmos y la carta a los Hebreos, se hace referencia a un sacerdote de nombre Melquisedec, -cuyo significado es rey de justicia-, y que es rey de la ciudad de Salem, -cuyo significado es paz. Este sacerdote del AT es figura del mismo Cristo, puesto que es el que nos trae la Paz de Dios. La paz es uno de los signos del Reino de Dios y también uno de los estandartes de todo discípulo de Cristo. En una ocasión Jesús mismo, al enviar a sus discípulos a predicar la buena notica del evangelio, les dio el mandato de desear la paz a todos los hogares donde ellos llegaran y si allí había gente anhelantes de la paz, ese saludo de paz se quedaría permanentemente con ellos; pero, por otro lado, si encontraban que había gente que no quisiera esa paz que proclamaban, pues ese deseo de paz volvería a ellos. A partir del acontecimiento de la  Resurrección, -Jesús-, cuando se les aparecía a los discípulos, su saludo era “la paz este con ustedes”; para después decirles: “Les doy la paz no como se las da el mundo, sino como es en realidad”. ¿Y cómo es esta paz que Dios-Padre nos da por medio y a través de Su Hijo? Pues es la paz como “don, como regalo”; es la paz que nace, que se gesta, que brota en lo más profundo del corazón de la persona creyente. A esto nos dice el Papa Francisco que esta casa mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente con sus características propias y con su historia; es sobre todo, cada persona sin distinción ni discriminación.

  El santo padre, al hablar sobre el desafío de una buena política, nos dice que, la política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción. Ninguna sociedad humana podría sostenerse si fuera lícito prevaricar al más débil, privar al otro de su propiedad legítima, mentir cuando hacerlo fuera ventajoso. La política, en su sentido original y etimológico se entiende como la ciencia que trata del gobierno y cómo se organiza la sociedad; y esta organización debe de realizarse en orden y como servicio. El político es aquel que debe ser servidor del pueblo (por lo menos es lo ideal); pero sabemos que la política está siendo usada no para servir, sino para servirse. Esta visión de la política contradice la enseñanza evangélica de “quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mt 9,35). Como subraya el Papa Pablo VI: “Tomar en serio la política en sus diversos niveles, -local, regional, nacional y mundial-, es afirmar el deber de cada persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad”. La función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los  que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él, y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo.

  Al hablar de la caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz, el santo padre recuerda las propuestas de las bienaventuranzas del político, del cardenal vietnamita Van Thuan, que son: bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel; bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad; bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés; bienaventurado el político que permanece fielmente coherente; bienaventurado el político que realiza la unidad; bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical; bienaventurado el político que sabe escuchar; y por último, bienaventurado el político que no tiene miedo.

  Al hablar de los vicios de la política, el santo padre nos dice que éstos son debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Otros vicios son la corrupción, la negación del derecho, la justificación del poder mediante la fuerza, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia (odio al extranjero), el racismo (odio al que es de otra raza), el rechazo al cuidado de la tierra, el desprecio a los exiliados. La libertad del ser humano se haya gravemente acorralada. La responsabilidad es una palabra maldita. Ningún político y ningún alto cargo financiero dimiten, a pesar de demostrarse sus corruptelas porque el sistema judicial está también corrompido y politizado. Y tampoco devuelven los recursos ni las riquezas robadas. Se aseguran su alimento y nos dejan las sobras de una sociedad que languidece. El ensayista francés Joseph Joubert dijo: “La justicia es la verdad en acción”. Se comprende que en el mundo, que en nuestra sociedad no haya justicia, porque lo que impera no es la verdad, sino la mentira. Ante esta triste y lamentable realidad, Martin Luther King dijo: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”. Y la escritora egipcia Nawal El Saadawi dijo: “Nada es más peligroso que la verdad en un mundo que miente”.

  Hoy el hombre vive instalado en un mundo dominado por la mentira. Los intereses creados y ficticios de los distintos niveles de poder dan como resultado una sociedad global incapaz de satisfacer la necesidad de verdad y de paz del ser humano, que la necesita y la reclama a gritos, pero que no sabe dónde encontrarla. La finalidad de tanta mentira es la destrucción del espíritu de la persona y de la vida. Y es que siempre ha existido una tendencia de los que rigen los destinos de los pueblos de querer ejercer sobre sus gobernados un absoluto “control”, y para poder lograrlo hay que mantener al pueblo alejado del conocimiento y la verdad. El papa san Juan XXIII dijo: “La base de la paz es, ante todo, la verdad”.

  Al hacer referencia a negarnos a la guerra  y no dejarnos dominar ni fomentar el miedo, el santo padre dice que no son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza.   Puede que esta frase sea interpretada por muchos como un ataque del papa a todos aquellos políticos que han encarado de frente el tema de la migración con la aplicación de leyes duras y que quieren así proteger sus territorios y sus fronteras. Como dice el dicho popular: “Para los gustos se hicieron los colores”; o también este otro: “Todo depende con el color del cristal con que se mire”; no creo que el mensaje sea que el Vaticano esté de acuerdo o apoye que las fronteras tienen que estar abiertas para que todo el que quiera se mueva a sus anchas hacia el territorio que lo desee, y que nadie tiene derecho a pedirle ningún documento para entrar al país que llega. El secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolín, hablando sobre el proceso de integración de los inmigrantes, dijo: “La integración es un proceso bidireccional en el que los migrantes deben de respetar las leyes, la cultura y las costumbres locales del país que los recibe, mientras que los países de acogida deben respetar las tradiciones y cultura de los migrantes”; y también ha hablado del “derecho a no emigrar”, al afirmar que: “La Santa Sede hace un llamamiento a los gobiernos y a la comunidad internacional, para que fomenten las condiciones que permitan a las comunidades e individuos vivir en condiciones de seguridad en sus propios países”. Se ha referido también en varias ocasiones a que los Estados tienen el derecho soberano de poner controles y exigir a los extranjeros que llegan, de cumplir las normas y leyes del país que los acoge.

  Aplicando estas palabras a nuestra realidad particular, hay que decir que, la República de Haití no cabe en la República Dominicana. Todo extranjero que quiera venir a la República Dominicana debe de hacerlo bajo el estricto cumplimiento de las leyes migratorias dominicanas. La migración debe ser asunto exclusivo de cada estado de acuerdo a su realidad y necesidad. Si por un lado, hay quienes afirman que emigrar es un derecho humano, por otro lado, inmigrar está sujeto a la legislación soberana de los Estados y no a imposiciones de organismos internacionales. La República Dominicana debe de acoger con responsabilidad el recibimiento de inmigrantes de acuerdo a sus intereses y necesidades. El desorden migratorio que vive nuestro país en la actualidad provoca convulsiones, violencia, xenofobia y hasta perjudica a los migrantes. Nuestras autoridades deben de encarar y asumir este tema con valentía y orden. La porosidad y descontrol de nuestra frontera, y una falta de políticas migratorias claras, nos ha llevado por un largo y profundo derrotero en donde las autoridades se han visto maniatadas y hasta genuflexas ante los dictados de organismos internacionales que socavan los intereses, principios, fundamentos, identidad y soberanía nacional. No podemos seguir sometiendo ni manteniendo nuestro país a un desorden migratorio que después no podamos arreglar. Una política migratoria con sentido de caridad cristiana es esencial, pero al mismo tiempo con la condición de la justicia que, elimina las razones de discordia y de guerra, soluciona los conflictos, determina las atribuciones, precisa los deberes y, responde a los derechos de cada parte. Ningún extranjero puede llegar a otro país y hacer lo que se le pegue la gana. Debe de hacer el esfuerzo de integrarse a la sociedad que lo recibe, sin perder jamás su identidad propia, su cultura. Si esto no se da, pues será un obstáculo para que se dé la paz, porque una inmigración masiva y descontrolada genera más fragmentación de la sociedad que no puede reaccionar generalmente a las agresiones de los traidores.   La diferencia cultural provoca un miedo: el miedo de ser obligados a ser como el otro, a hacer lo que hace el otro, a creer lo que el otro cree. Resolver la diferencia no es nunca fácil: podemos fingir que no hay problema, podemos tratar de expresar nuestras exigencias y ponernos de acuerdo para mantener un cierto modo de vida. Pero siempre existe el temor de que una cultura se imponga a la otra.

  Hay una estrategia para gobernar a base de miedo que es muy eficaz. El miedo hace que no se reaccione, que no se siga adelante. El miedo es, desgraciadamente, más fuerte que el altruismo, que la verdad, más fuerte que el amor. Ya lo dijo el escritor español José Luís Sampedro Sáez: “El miedo nos lo están dando todos los días en los periódicos y en la televisión”. Así nos mantienen manipulados, confundidos y perdidos. En definitiva, tenemos que liberarnos de estas ataduras que nos vienen de fuera y que muchos aquí adentro también son participes, defensores y promotores. Hay un enemigo exterior, por demás poderoso, que trabaja con un enemigo interior: son los traidores que trabajan para ese poder.

   La paz es un don de Dios y una tarea nuestra al mismo tiempo. Es verdad que nosotros solos no podemos resolver los problemas de nuestro mundo tan necesitado de paz, y tan lleno de guerras, hambres, injusticias, violencia... pero sí podemos educarnos para la paz. Podemos, en nuestro entorno y en nuestra vida diaria, ser más tolerantes y comprensivos, más dialogantes y menos impositivos, podemos cuidar el modo cómo decimos las cosas, podemos aprender a dominar nuestro temperamento y nuestras reacciones, podemos estar dispuestos a perdonar. Podemos ir haciéndonos sensibles para rechazar cualquier tipo de violencia y acostumbrarnos a vivir y a construir la paz. Así crearemos un ambiente en el que vaya creciendo la semilla de la cultura de la paz. Cuando una sociedad se fragmenta espiritualmente, son muchas más las posibilidades de que haya enfrentamientos. Mahatma Gandhi dijo: “No hay camino para la paz. La paz es el camino”. La paz no es el punto de llegada. La paz no se consigue actuando con violencia o recurriendo a ella. Si escogemos el camino de la paz, seremos poderosos y experimentaremos la libertad. El camino de la paz nos enseña que nadie es enemigo. El camino de la paz es nuestra única esperanza de seguridad. Las paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios.

  Con esta solemnidad de nuestra señora, -Madre de Dios-, comenzamos este nuevo año. No puede haber mejor comienzo del año que estando muy cerca de ella. A ella nos dirigimos con confianza filial, para que nos ayude a vivir santamente cada día del año; para que nos impulse a recomenzar si, porque somos débiles, caemos y perdemos el camino; para que interceda ante su divino Hijo a fin de que nos renovemos interiormente y procuremos crecer en el amor de Dios y en el servicio a nuestro prójimo.



María, Madre de Dios y Reina de la Paz ¡Ruega por nosotros!



¡Que así sea!

 

  

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Estado Confesional y Libertad Religiosa (y 5ª parte)


Concluyendo. Hay dos modos fundamentales de violar la Libertad Religiosa. El primero es la persecución violenta que llega hasta matar a las personas a causa de su fe cristiana. Esta violación de la Libertad Religiosa no ha desaparecido en absoluto, sino todo lo contrario: en algunas regiones del mundo la profesión y expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida y la libertad personal. El segundo modo de violar la libertad religiosa está cada vez más generalizado y presente en nuestro mundo occidental. Consiste en la exclusión de la religión y, más concretamente, de la fe cristiana, de la vida civil pública. Muchos afirman: “eres libre de profesar tu fe cristiana, pero en tu vida privada; cuando entras en la esfera pública, debes dejarla fuera”. Esta es la fórmula con la que se expresan la progresiva discriminación de los creyentes, la negación del derecho de los ciudadanos a la pública profesión de la fe y las limitaciones al papel público de los creyentes en la vida civil y política.

  ¿Qué de malo tiene enseñar que hay que amar a tu enemigo? ¿Qué de malo tiene enseñar que debes de gobernar con justicia? ¿Qué de malo tiene enseñar que debemos orar por los gobernantes? ¿Qué de malo tiene enseñar que debemos honrar a nuestros padres? ¿Qué de malo tiene enseñar que debemos dar sin esperar? ¿Qué de malo tiene en enseñar que no debemos ser hipócritas? ¿Qué de malo tiene en enseñar que debemos dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios? ¿Qué de malo tiene el enseñar que no debemos codiciar la mujer de tu prójimo? ¿Qué de malo tiene enseñar que no debes retener el salario del obrero? ¿Qué de malo tiene enseñar que debemos cumplir las leyes?

  Por un lado podríamos decir que lo único que puede cambiar las sociedades es el evangelio, que es capaz de transformar el corazón y la mente del hombre, y que, por tanto, hasta que eso ocurra, cualquier otro esfuerzo será en vano. Pero, por otro lado, sabemos que muchas veces estas infracciones contra la integridad han sido cometidas por personas que ya han abrazado la fe cristiana, pero que aún no tienen una mente bíblica. Los cristianos bien informados y bien equipados con una cosmovisión bíblica podemos influir en una nación para la formulación de mejores leyes que estén más en conformidad con la ley de Dios.

  El apologista y evangelista norteamericano Josh McDowell, en su libro “Es bueno o es malo”, expresa las razones por las cuales él entiende que la sociedad está como está: “Pienso que una de las principales razones por la que esta generación está marcando nuevos records de deshonestidad, irrespeto, promiscuidad sexual, violencia, suicidio y otras patologías, es porque ha perdido sus lineamientos morales, sus creencias fundamentales; sus creencias fundamentales sobre moralidad y verdad se han erosionado”.

  La Iglesia debe ayudar al creyente a desarrollar una mente bíblica, de manera que sus pensamientos y sus acciones sean consecuentes con la verdad divina. Y que de esta forma él pueda impactar su entorno, y cumplir su rol de ser luz del mundo y sal de la tierra.

  El cardenal Carlo Caffarra, hablando sobre la persecución dijo: “Causa dolor, pero no asombra, constatar el despliegue de fuerzas utilizado para hacer pasar la idea de que el cristianismo, y el catolicismo en especial, son enemigos de la libertad, de las reivindicaciones justas, del progreso científico, de la laicidad y de la democracia. Todas las ideologías que no encuentran en la Iglesia a una aliada la persiguen ferozmente, ya sea asesinando a los cristianos o insultando lo que estos más aman. Y no les falta razón: en una Iglesia fiel al evangelio una ideología nunca encontrará el apoyo incondicional y ciego que las mentiras necesitan para sobrevivir”.

  Creo que el tema no es si se lee o no la biblia o algunos pasajes bíblicos en nuestras escuelas. Como la misma ley general de educación y su reforma del año 2000 lo establecen, es y debe de ser asignatura opcional y de exclusiva elección de los padres o tutores de acuerdo a sus convicciones religiosas y de conciencia. Tanto los que afirman que la lectura de la Biblia debe ser obligatoria en las escuelas, como lo que afirman que debe de prohibirse, invocando la laicidad del Estado, están equivocados. De lo que se trata es de cumplir la ley, ya que, ésta ni obliga ni prohíbe; se trata más bien es de no permitir que se ataque o malogre o destruya este derecho humano consignado en nuestra Constitución sobre la libertad religiosa, que es la que nos proporciona la libertad para la lectura de la Biblia. No se trata de pedir o exigir privilegios. Pero sí de pedir y exigir lo que legítimamente nos corresponde; más cuando se legisla en algo que nos afecta. Necesitamos convicciones profundas y actuar en consecuencia. El filósofo Edmund Burke, nos deja ver la necesidad de que actuemos conforme a nuestras convicciones. Dijo: “Lo único necesario para que triunfe la maldad es que los hombres buenos no hagan nada”.

  Por otro lado, la Biblia no es un simple libro o manual de moral; no es un libro de recetas sobre el comportamiento humano. Es verdad que encontramos en ella elementos para asumir actitudes de buen comportamiento. Pero, la Biblia es sobre todo, el libro sagrado de los cristianos que contiene todo lo necesario, en su mensaje, para la salvación de las almas, en la búsqueda y conocimiento de la verdad revelada por Dios en su Hijo Jesucristo.  Jesús dijo: “No todo el que me diga Señor, Señor se salvará; sino todo aquel que escuche mis palabras y las ponga en práctica… ese es mi hermano, mi hermana y mi madre; y también es el que sabrá edificar su casa sobre roca firme”.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Estado Confesional Y Libertad Religiosa (4ª. Parte)


  Ahora, partiendo de que el hombre es un ser religioso por naturaleza; que es una unidad de alma y cuerpo; que tiene inteligencia (para llegar a la verdad), y voluntad (para hacer el bien); cuando tiene que vivir en sociedad junto a otros que son creyentes en lo mismo que él o tienen otras creencias o no son creyentes… ¿tiene la sociedad que tener una religión? La enseñanza católica nos dice que sí. Si el hombre aislado tiene una religión, con mucho más razón al estar en sociedad; es decir, la religión no puede eliminarse porque se está en sociedad. Eso sería practicar la religión solamente en el ámbito privado.

  Santo Tomás de Aquino explica en su “Régimen de los príncipes”, el concepto de “bien común”. Aquí explica cómo es la sociedad política. Dice Santo Tomás: “El bien común se puede dividir en bien común temporal (salud, educación, trabajo, etc.), y bien común espiritual (es decir, el estado tiene que proveer a los ciudadanos de todo lo necesario para que se salven)”. Y así concluye santo Tomás diciendo que esta es la única forma de llegar a la felicidad.

  ¿Qué es un Estado Confesional Católico? Es el estado que cumple todas sus obligaciones para con Dios. Y estas están especificadas por los mandamientos de la ley de Dios y el evangelio. El estado tiene que ocuparse del bienestar temporal de sus ciudadanos, y permitirle a la Iglesia su trabajo de evangelización para la salvación de las almas. El Estado entonces debe subordinarse a la Iglesia en lo atenuante a lo espiritual, pero también en lo temporal que tenga que ver con relación a los temas de la salvación de las almas. El término doctrinal eclesial es “rationi pecatus” (en razón de pecado), la Iglesia tiene y debe de intervenir: en legislaciones sobre la educación, legislación familiar. En resumen: la Iglesia tiene jurisdicción absoluta sobre asuntos o cuestiones espirituales, y jurisdicción indirecta sobre asuntos o cuestiones temporales que tengan que ver con la salvación de las almas. Porque el fin de la Iglesia es la salvación de las almas.

  Y la relación del Estado con los no católicos o no creyentes: aquí ya entramos en lo que se llama la recta interpretación de la libertad religiosa. Y de principio, la libertad religiosa no hay que entenderla como creer cualquier cosa o profesar públicamente cualquier cosa. La doctrina católica dice que hay que prohibir todas aquellas manifestaciones religiosas que atenten contra la moral, el orden público y las buenas costumbres. En cuanto al culto privado de cada creencia, la Iglesia no opina ni interviene, no se puede obligar a nadie que abandone su fe ni violentarla para que profese o se adhiera a la católica.

Según el sacerdote Argentino Julio Meinvielle, en un artículo escrito por él sobre libertad religiosa, definió el concepto de Estado Confesional como: “El estado en el que la legislación, las costumbres y las instituciones están impregnadas del mensaje del evangelio”.

  Veamos ahora la ley general de educación 66-97 de la RD. Sobre los Principios y fines de la Educación dominicana, en su art. 4, letra e, dice: “Todo el sistema educativo dominicano se fundamenta en los principios cristianos evidenciados por el libro del evangelio que aparece en el Escudo Nacional y en el lema Dios, Patria y Libertad”. En la letra g, dice: “La familia, primera responsable de la educación de sus hijos, tiene el deber y el derecho de educarlos. Libremente decidirá el tipo y la forma de educación que desea para sus hijos”. En la letra i, dice: “La educación dominicana se fundamenta en los valores cristianos, éticos, estéticos, comunitarios, patrióticos, participativos y democráticos en la perspectiva de armonizar las necesidades colectivas con las individuales”. En el capítulo VI sobre la enseñanza moral y religiosa, en el art. 24 dice: “Las escuelas privadas podrán ofrecer formación religiosa y/o moral, de acuerdo con su ideario pedagógico, respetando siempre la libertad de conciencia y la esencia de la dominicanidad”. Y en el art. 25 dice: “Los alumnos de planteles públicos recibirán enseñanza religiosa como se consigna en el curriculum y en los convenios internacionales. A tales fines y de acuerdo con las autoridades religiosas competentes se elaborarán los programas que se aplicarán a los alumnos cuyos padres, o quienes hacen sus veces, no pidan por escrito que sean exentos”.

  En la reforma a esta ley  del 2000 y que pasó a ser la 44-00, se modificó el artículo 25, para que contenga los párrafos siguientes.

Párrafo I: Se establece a nivel inicial, básico y medio, después del izamiento de la Bandera y entonación del Himno Nacional, la lectura de una porción o texto bíblico.

Párrafo II: Se establece a nivel inicial, básico y medio la instrucción bíblica que se impartirá por lo menos una vez a la semana. Los programas y métodos de enseñanza bíblica serán propuestos por la Conferencia Episcopal Dominicana (CED), y el Consejo Dominicano de Unidad Evangélica (CODUE).

Párrafo III: En cada escuela pública, previo consenso de los órganos y autoridades religiosas competentes del párrafo II, se ofrecerá un programa de instrucción bíblica común o, en su defecto, se ofrecerán dos programas de instrucción bíblica individuales, uno por cada órgano o autoridad religiosa competente del párrafo II. Los padres de los alumnos, o quienes hagan sus veces, podrán escoger entre los dos programas de instrucción bíblica mediante una simple declaración escrita, pudiendo también optar por la exención de la materia, como la prescribe la ley general de educación.

Estado Confesional y Libertad Religiosa (3ª. Parte)


Hablando de las libertades, el Papa León XIII distinguía entre libertad física interna (soy libre para ir donde quiera y nadie me puede coartar); libertad psicológica (soy libre para pensar lo que quiera), y libertad moral (soy libre para hacer el bien, facultad para moverse hacia el bien, pero no para hacer el mal; hay una obligación moral para hacer el bien y evitar el mal; para hacer el bien tengo toda la libertad del mundo, para hacer el mal no tengo libertad, no tengo derecho a hacer el mal). Las primeras dos son del fuero interno de la persona y la Iglesia no puede emitir ningún juicio; la tercera es del fuero externo y en esta sí puede y debe intervenir.

  Ahora bien, dicho todo lo anterior, pasemos al asunto del Estado Confesional. Hay muchas personas, incluso pensadores modernos, que afirman que eso de estado confesional es algo obsoleto y pasado de moda, y que ya no tiene posibilidad alguna de realizarse en estos tiempos modernos. Eso es falso. Pues resulta que en estos tiempos modernos, son decenas de países que son confesionales; y no son sólo los estados islámicos. Desde el año 390 con el emperador Teodosio que estableció la religión cristiana-católica como religión oficial del estado romano, a partir de entonces todos los estados europeos empezaron a ser confesionales. Esta línea se corta con la Reforma Protestante, donde se aplicó el principio de “a cada príncipe su religión”. Pero aun con esto, siguieron existiendo estados confesionales. En segundo lugar está la Revolución Francesa de 1789 que, en relación a la religión cristiana, descristianizó a Francia. Pero después, Napoleón se retracta, no completamente, y firma un acuerdo o Concordato con la Santa Sede. La ruptura total de Francia con la Iglesia, en lo político, se da en 1905 en lo que se llamó “La Tercera República”, que se decreta esta separación.

  A pesar de esta ruptura, siguió habiendo estados confesionales: Inglaterra (anglicana), Dinamarca e Islandia (luterana), Grecia (cristianismo ortodoxo griego), Costa Rica, Malta, Mónaco (catolicismo); están los Estados islámicos (con su ley musulmana Sharia, que une el aspecto temporal con el espiritual), y en algunos casos, no sólo son confesionales sino que son teocracias (el rey o presidente es un iluminado de Dios). Esta idea es rechazada totalmente por la doctrina católica. Ya el Papa Benedicto XVI llegó a decir: “La misión de la Iglesia no es la de gobernar a los pueblos; eso le compete exclusivamente a la política y políticos. La misión de la Iglesia es la de evangelizar para la salvación de las almas”. Es el CIC que prohíbe a los sacerdotes incursionar en política: canon 285,3 dice: “Les está prohibido a los clérigos aceptar aquellos cargos públicos que llevan consigo una participación en el ejercicio de la potestad civil (legislativo, ejecutivo y judicial)”; y el canon 287,2 dice: “No han de participar activamente en los partidos políticos ni en la dirección de asociaciones sindicales, a no ser que, según el juicio de la autoridad eclesiástica competente, lo exijan la defensa de los derechos de la Iglesia o la promoción del bien común”. La aplicación de este canon no afecta al diaconado permanente

  Siguiendo con las teocracias islámicas, tenemos a Irak e Irán. Otros estados islámicos confesionales, pero sin teocracia, son: Mauritania, Afganistán, Pakistán, Yemen, Omán, Marruecos. En África tenemos estos estados confesionales de acuerdo a su Constitución: Argelia, Egipto, Libia, Mauritania, Marruecos, Somalia. En América: Costa Rica. En Asia: Afganistán, Arabia Saudita, Baren, Brunei, Camboya, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Irak, Jordania, Kuwait, Maldivas, Omán, Pakistán, Catar y Yemen. En Europa: Dinamarca, Reino Unido, Islandia, Mónaco, San Marino, Vaticano. Entonces tenemos que los estados confesionales no son cosas del pasado, sino que siguen siendo actuales. También es bueno saber que en los Estados Islámicos la separación Iglesia-Estado no existe; en otros, el Estado es totalmente opresivo a la religión como China, Corea del Norte; y en otros, el Estado margina la religión, como Japón.

  Una cosa es la separación Iglesia y Estado, y otra es la separación Iglesia y sociedad; que es lo que los detractores del cristianismo, especialmente del catolicismo, quieren y exigen que se aplique. No quieren que lo cristianos participemos en los debates de la sociedad. Se acusa a la Iglesia de que lo que promueve y defiende es antidemocrático. Mientras la Iglesia reconoce el derecho de estos grupos a opinar e intervenir en el ámbito público, estos mismos grupos no le quieren reconocer a la Iglesia y los cristianos el mismo derecho. Nos quieren tratar como ciudadanos de segunda categoría. Los cristianos somos ciudadanos de hecho y de derecho; no podemos ser ciudadanos para unas cosas y para otras no.

  Existen dos formas de laicidad: una excluyente y otra inclusiva. La primera piensa que la laicidad es una forma de convivencia de la que deben excluirse todas las visiones de la vida, privando al espacio público de cualquier proyecto de vida buena. La segunda piensa que la laicidad es una forma de convivencia en la que, una vez supuesta la aceptación de algunos bienes humanos fundamentales tutelados por unas normas primarias, cualquier propuesta de vida, cualquier visión del mundo tiene derecho a ser ofrecida en el espacio público, siempre que se utilice el instrumento de la razón para argumentarla.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Estado Confesional y Libertad Religiosa (2ª. Parte)


Digamos algo con respecto al Estado laico y el Estado laicista o, señalemos la diferencia entre estos dos. Según el jurista mexicano Jorge Adame Goddard, “El Estado Laico es aquella organización política que no establece una religión oficial, es decir, que no señala una religión en particular como la religión propia del pueblo, que por lo mismo merece una especial protección política y jurídica. Así, la razón de ser del mismo es permitir la convivencia pacífica y respetuosa, dentro de la misma organización política, de diferentes grupos religiosos. El Estado Laico sin libertad religiosa es una contradicción, es en realidad un Estado despótico que pretende imponer al pueblo una visión agnóstica o a-religiosa de la vida y el mundo”. El Estado laico determina que las leyes civiles valen igual para todos, sin que importen las creencias o el rol que desempeñe el individuo en una organización eclesiástica. Ninguna entidad religiosa debe de ser privilegiada sobre las demás y así como ninguna debe de ser beneficiada tampoco ninguna debe discriminarse. Se respeta la pluralidad de creencias religiosas y al mismo tiempo, se respeta a la población agnóstica y atea. El Estado laico no es un enemigo de las religiones, sino que es respetuoso de ellas, las cuales no deben mezclarse con el ejercicio del poder público. Es decir, la visión laica del Estado es beneficiosa para el Estado y la Iglesia ya que, mantiene la autonomía e independencia de ambos. El Estado laicista es hostil e indiferente hacia la religión y su doctrina.

  La Declaración de los DD.HH de 1948, en su artículo 2, 1 establece: “Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración sin distinción alguna de religión”. Y el art. 18 indica además: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. Lo mismo establece el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; el artículo 14 de la Convención de los Derechos del Niño, y el artículo 9 de la Convención Europea de DD.HH. Entonces, el Estado debe garantizar, no reprimir ni menos aún obligar a recluir la religión al ámbito de lo privado. Cualquier prohibición es contraria a esta Declaración. El Estado que garantice a sus ciudadanos el ejercicio de la religión en todas sus manifestaciones sigue siendo, por ello, plenamente independiente de la influencia religiosa. Así también tenemos que, la Convención Americana de los Derechos Humanos, conocida como Pacto de San José de Costa Rica, dice: “Nadie puede ser objeto de medidas restrictivas que puedan menoscabar la libertad de conservar su religión o sus creencias  o de cambiar de religión o de creencia”. Tanto la Convención de San José como la Declaración Universal de los DDHH hablan del “derecho de los padres a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”.

  Veamos ahora lo que nos enseña el Concilio Vaticano II. Uno de los grandes aportes de este Concilio ecuménico, -convocado por el Papa Juan XXIII en el 1960 y concluido por el Papa Pablo VI en el 1965-, fue la proclamación, defensa y promoción de la Libertad Religiosa como uno de los derechos humanos fundamentales. Citando nuevamente a Jorge Adame Goddard, la libertad religiosa la define como: “La libertad de todo ser humano de relacionarse con Dios. Es propiamente la libertad de elegir una relación con Dios y decidir vivir conforme a ella”. El concepto de libertad religiosa es mucho más amplio que el concepto de libertad de culto. El segundo está incluido en el primero. Pero además, la libertad religiosa reconoce el derecho de las instituciones religiosas a tener escuelas, universidades, medios de comunicación, etc., para la propagación del mensaje; también reconoce la participación en la vida pública de los creyentes en la creación de leyes que no sean inmorales ni abusivas. En la Gaudium et Spes (Los Gozos y Esperanzas), cap. IV no. 73 dice: “La conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones del mundo surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que proteja mejor en la vida pública los derechos de la persona, como son el derecho de libre unión, libre asociación, de expresar las propias opiniones y de profesar privada y públicamente la religión”. En el documento Dignitatis Humanis (sobre La Dignidad Humana), n. 2 dice: “Este Concilio declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, sea por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto, de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado, con otros, dentro de los límites debidos”; en el n. 6 dice: “Pertenece esencialmente a la obligación de todo poder civil proteger y promover los derechos inviolables del hombre. El poder público debe asumir eficazmente la protección de la libertad religiosa de todos los ciudadanos por medio de justas leyes y otros medios adecuados y crear condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa a fin de que los ciudadanos puedan realmente ejercer los derechos de la religión y cumplir los deberes de la misma, y la propia sociedad disfrute de los bienes de la justicia y de la paz que provienen de la fidelidad de los hombres a Dios y a su santa voluntad”.

  Y en el n. 13 del mismo documento habla de que los cristianos, como los demás hombres, gozan del derecho civil de que no se les impida vivir según su conciencia. Por lo tanto, libertad de la Iglesia y libertad religiosa deben reconocerse como un derecho a todos los hombres y comunidades y sancionarse en el ordenamiento jurídico. En el n. 15 el Concilio reconoce lo necesaria que es la libertad religiosa sobretodo en la presente situación de la familia humana.

  En la Declaración Gravissimun Educationis (sobre la Educación Cristiana), en el n. 6, leemos: “Es necesario que los padres, cuya primera e intransferible obligación y derecho es educar a los hijos, gocen de absoluta libertad en la elección de las escuelas. El poder público, a quien corresponde amparar y defender las libertades de los ciudadanos, atendiendo a la justicia distributiva, debe procurar distribuir los subsidios públicos de modo que los padres puedan escoger con libertad absoluta, según su propia conciencia, las escuelas para sus hijos”.