Por P. Robert A. Brisman P.
Nos advierte Jesús en el evangelio: “Si su
justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino
de los cielos” (Mt 5,20).
Creo que todos, a estas alturas de nuestra
vida cristiana, debemos tener claro que no nos salvamos como quiera. Que
nuestra salvación está condicionada a la escucha y práctica de la palabra de
Dios: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los
cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos”
(Mt 7,21).
Ya sabemos que Dios quiere
salvarnos a todos y que lleguemos al conocimiento de la verdad (1Tm 2,4). Pero,
cada uno de nosotros debe querer también salvarse. Cristo dijo que el que se
condena, se condena porque quiere, porque lo ha decidido con su libertad y
voluntad. Pero que no diga que Dios lo ha condenado, porque Dios no condena a
nadie. De hecho, Dios Padre nos ha ofrecido la salvación como un don, un
regalo, y no como una imposición.
Los Fariseos y Escribas eran los doctores de
la ley. La conocían muy bien: la profundizaban, la investigaban, la enseñaban,
la defendían, se esforzaban en cumplirla y la hacían cumplir. Como sus
conocedores, se encargaron de añadirle más preceptos que hacían más difícil su
cumplimiento. Era una carga demasiado pesada e incómoda de llevar. Más que
ayudar a caminar en su intención de agradar a Dios, lo que hacía era impedir el
avance en el camino de la virtud y una auténtica vida religiosa: “En la
cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan y cumplan
todo cuanto les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos no hacen
lo que dicen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros
de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas” (Mt
23,2-4).
Por parte de estos grupos se daba una
presunción de ser fieles cumplidores de la ley religiosa, pero no eran más que
farsantes religiosos que sólo les importaba aparentar una piedad que en
realidad no vivían ni transformaba el corazón. Por esto el Señor ya había
denunciado al pueblo de su hipocresía religiosa a través del profeta Isaías
29,13: “Este pueblo me honra con los labios. Pero su corazón está lejos de
mí”.
Jesús siempre criticó y advirtió a sus
discípulos y demás oyentes sobre el peligro que es para el creyente en Dios
vivir una religión sólo basada en cumplimiento de normas, una religión
puramente legalista; y no una religión verdadera y auténtica que busca la
transformación del interior de la persona: de su corazón y de su mente, para
que pueda tener los sentimientos y los pensamientos de un verdadero hijo e hija
de Dios. Nos invita Jesús a esforzarnos a practicar una religión no de esfuerzo
mínimo, que nos lleve a exigirle un derecho a Dios para que cumpla nuestros
antojos y pareceres; más bien quiere Jesús que practiquemos una religión de
profunda generosidad y servicio.
La justicia que Dios quiere que practiquemos
es la puesta en práctica de su amor: un amor que nos lleva a amar sus
preceptos, mandatos y leyes; que nos lleva a vivir el santo temor de Dios, a
fortalecer nuestra oración y a vivirla como un verdadero encuentro de fe y amor
al Padre que ve en lo secreto de nuestro interior para ser recompensados. El
amor no tiene límites, no se conforma. Lo da todo sin medidas. Es el amor que
se entrega, que se da por entero a la persona amada, a ejemplo del mismo Jesús.
Es el amor que perfecciona. Esta es la nueva y definitiva ley que Jesús nos
dejó como camino a recorrer si es que queremos salvarnos: “En esto conocerán
los demás que son mis discípulos: en que se aman unos a otros” (Jn 13,35).
Jesús no fue un transgresor de la ley ni
enseñó tal cosa a sus discípulos. Él dijo que no vino a abolir la Ley y los Profetas,
sino a darle su plenitud. Y esa plenitud es la del amor de Dios: amar a Dios
sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
Nuestra fe en Cristo nos debe de llevar a
vivir de manera diferente. A no vivir como los demás, a no amar ni a juzgar a
la manera del mundo, a no insultarnos como lo hace el mundo y sus adeptos; a no
ser violentos, ni iracundos, ni vengativos. Si queremos ser y vivir diferente,
a la manera cristiana, tenemos que aceptar la invitación de Jesús: “No es
digno de mí el que no toma su cruz de cada día y me sigue” (Mt 10,38).
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