Por P. Robert A. Brisman P.
Estamos
en las vísperas de celebrar un aniversario más de nuestra Independencia: 182
años exactamente. Al llegar a esta fecha no podemos dejar de mirar hacia atrás
y ver el camino que hemos recorrido como nación libre, soberana e
independiente; para seguir construyendo el presente con intención de forjar una
nación edificada en la justicia y mirar al futuro para dejar a las venideras
generaciones un país edificado en los valores y principios que dan vida y
prosperidad.
Debemos seguir construyendo el país que
nuestros independentistas quisieron. La nación dominicana ha enfrentado muchas
crisis en su pasado y presente, y de todas ha sabido salir adelante, no sin
experimentar dolor y sufrimiento. Toda liberación política, económica, social,
cultural y espiritual es un proceso de desarrollo interna y externa de toda
sociedad y su gente. Es una lucha constante contra toda esclavitud de alma y
cuerpo, como son la ignorancia, la miseria, el temor, el vicio y desde luego el
pecado. Podemos afirmar que, el proceso de independencia y libertad de nuestra
nación dominicana no ha terminado. Es una independencia y libertad que se
vienen construyendo, edificando. Este proceso nos recuerda la enseñanza de
Jesús: “El que escucha mis palabras y las pone práctica…edifica su casa sobre
roca firme”. Esto es lo que viene sucediendo con nuestra nación. Pero esa
edificación debe contar con cada dominicano y dominicana de buen corazón para
que esta obra de Dios sea una realidad.
La práctica de la libertad exige compromiso
con la Patria. Nos debe de llevar a la vivencia de valores como son: la verdad,
el amor, el respeto mutuo, el trabajo, la honradez, la caridad, la solidaridad,
la fraternidad, la valentía, la constancia, etc., valores que deben ser
inculcados desde la niñez. Estos valores no son solamente para ser contemplados,
sino para ser vividos en nuestro diario comportamiento.
Hay una enfermedad moral que abunda en la
historia humana y de la cual nuestra nación dominicana no escapa, y es la
traición. Tenemos traidores que han abierto las puertas de nuestra nación a
nuestros enemigos, apostando por el caos, el desorden y el incumplimiento de
nuestras leyes. Cuando Duarte fundó la Trinitaria y, consciente de este mal
moral, la constituyó como organización dotada de un mecanismo protector, por
eso la fuerza vindicativa del juramento trinitario: “Si tal hago, Dios me
proteja, y de no ser así, que me lo tome en cuenta; y mis consorcios castiguen
el perjurio y la traición si los vendo”.
En el libro del profeta Joel 2,17, leemos:
“Perdona a tu pueblo, Señor”. Como
nación que ha sido fundada en los valores y principio cristianos, le hemos
fallado a Dios, lo hemos traicionado. Hemos desviado, - como hizo el rey
Salomón -, nuestros corazones del camino de Dios: “Se enojó el Señor contra
Salomón, por haber desviado su corazón del Señor Dios de Israel, diciéndole que
no fuera en pos de otros dioses. Pero no guardó lo que el Señor le había
ordenado. Por haberte portado así conmigo, siendo infiel al pacto y a los
mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un
siervo tuyo” (1Re 11,9-11).
Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos,
pero con tristeza que, nuestra nación dominicana vive una especie de posesión
demoníaca. En la Biblia, la serpiente es un símbolo de la oscuridad, del reino
satánico o demoníaco. En gran parte, la sociedad dominicana ha cerrado su
corazón a Dios y se ha rendido a los dioses, se ha fabricado sus propios
ídolos. Hay una especie de persecución contra Cristo y sus seguidores que
buscan procurar el fin de la fe en Jesús y la exterminación de los suyos.
Como nación, le hemos abierto las puertas a
los espíritus demoníacos al apartarnos de Dios, de su palabra, de Jesús. ¿Qué
buscan estos ídolos espirituales? Ejercer su dominio sobre nuestra nación. Los
valores y principios cristianos que han forjado nuestra nación dominicana están
siendo sustituidos o reemplazados por principios idólatras, como la imposición
de políticas progresistas globalistas auspiciadas por organismos
internacionales mediante el chantaje económico; la ideología de género, con el
aborto y simulaciones matrimoniales de uniones homosexuales en la clase alta,
para ir influenciando y mentalizando a la población a que asumamos una conducta
que va en contra de nuestros valores y principios culturales y familiares, como
algo normal; otro ídolo es el multiculturalismo, haciéndonos creer que, porque
dos naciones compartimos una isla somos lo mismo; así quieren arruinar nuestro
país como han hecho con otros. Los dominicanos somos los únicos que debemos
decidir de manera soberana quién entra y quién no a nuestro país, y bajo qué
condiciones, porque la migración, primeramente es un tema de política
migratoria de los estados soberanos antes que un asunto de caridad y compasión,
y porque una migración masiva y descontrolada, no es beneficiosa ni es signo de
progreso ni de desarrollo; otros ídolos son la limitación de la libertad de
expresión que se quiere legalizar; la imposición de derechos humanos sin
fundamentos que se multiplican absurdamente hasta significar cualquier cosa; la
manipulación mediática, la difamación y la vulgaridad en los medios y redes
sociales de comunicación; la corrupción, la violación y profanación de nuestros
símbolos patrios, etc. Nuestra cultura e identidad dominicana están sufriendo
una especie de ataque constante que buscan su paganización. Necesitamos y
debemos exigir de nuestras autoridades que cumplan y hagan cumplir la ley con
determinación, sin abusos, sin privilegios, sin distinción; que entendamos
todos, - autoridad y ciudadanos -, que la aplicación de la ley no se dialoga;
que no expriman a los ciudadanos; que protejan sus derechos; que nos
concienticen sobre nuestros deberes; que fortalezcan nuestras instituciones.
Que, el tan cacareado crecimiento económico se traduzca en un verdadero
desarrollo y bienestar social.
Como nación fundada en los valores y
principios cristianos, hemos de reconocer que, con el paso del tiempo nos hemos
ido alejando de la palabra de Dios, de sus leyes y de sus caminos. George
Washington, después de su toma de posesión, dirigió al pueblo estadounidense
unas palabras proféticas y que nosotros podemos hacer nuestras: “Si Estados
Unidos alguna vez se apartaba de Dios y de sus leyes eternas, sus bendiciones
serían eliminadas”.
Pero no todo está perdido. Todavía tenemos
tiempo de volver nuestros pasos a Dios. Por eso, el salmista nos dice: “Dichosa
la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad” (Slm
33,12). Tenemos que arrodillarnos, no ante los ídolos que son seres de polvo
que no pueden salvar; sino arrodillarnos ante Dios, eso nos engrandece como
nación libre y soberana. No vendamos nuestra alma, ni nuestra identidad por un
plato de lentejas. Necesitamos fronteras seguras y bien vigiladas. Las fronteras
abiertas no traen ningún beneficio, ni progreso, ni desarrollo a los pueblos.
Todo lo contrario: traen desorden, pobreza, caos, violencia. No permitamos que
vengan de fuera a dictarnos e imponernos lo que tenemos que hacer, cómo hacerlo
y cuándo hacerlo. Luchemos, como nación, por ser un bastión, un muro de
contención ante estas agendas globalistas y genocidas, destructoras de las
soberanías de los estados. Para ser un país que progresa no tenemos que
renunciar a nuestros valores y principios. Seamos arquitectos de nuestro propio
destino. Busquemos juntos caminos para vivir en paz en medio de este caos que
vivimos. No permitamos que la soberbia sea la que nos marque el camino a
seguir. Estamos frente a una guerra espiritual en nuestra nación: el vudú, el
gaga, la brujería, el islam han hecho su entrada en nuestra casa porque le
hemos abierto las puertas y hemos dejado que avancen porque hemos entendido mal
la libertad de culto y libre asociación.
El Dios en el que nosotros creemos, nos dice
en el libro del Deuteronomio (30,15-18): “Hoy pongo ante ti la vida y el bien,
la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te
ordeno hoy, amando al Señor, tu Dios, marchando por sus caminos y guardando sus
mandamientos, leyes y normas, entonces vivirás y te multiplicarás: el Señor, tu
Dios, te bendecirá en la tierra que vas a tomar en posesión”. Queridos hermanos, no cortemos nuestras
raíces cristianas, porque si lo hiciéramos, a partir de ese día empezaremos a
morir. Venzamos, con la gracia de Dios, nuestros pecados sociales de idolatría,
de corrupción, de vulgaridad, de injusticia…porque Dios es compasivo y
misericordioso, y quiere hacer de nosotros una nación fuerte y santa. Que
nuestra Madre del cielo nos acompañe y que nos ayude a reconciliarnos con Dios,
nuestro Creador y Padre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario