jueves, 5 de junio de 2014

Padre Nuestro, que estas en el cielo...


El poeta alemán Reinhold Schneider escribe a propósito de su explicación del Padre Nuestro: “El Padre Nuestro comienza con un gran consuelo; podemos decir Padre. En una sola palabra como esta se contiene toda la historia de la redención. Podemos decir Padre porque el Hijo es nuestro hermano y nos ha revelado al Padre; porque gracias a Cristo hemos vuelto a ser hijos de Dios”.  Es a través de la praxis de Jesús como podemos intuir su relación con Dios.

  Jesús sale al encuentro del entorno que le envuelve con todo su sentido como todo ser humano. La creación entera se vuelve elocuente cuando es contemplado como algo, que simple naturaleza; es algo que nos lleva a creer en algo o alguien trascendente. Hay un desarrollo de la conciencia psicológica de Jesús, es decir, Jesús crece como todo ser humano normal. Jesús vive un ámbito interior de la intimidad con Dios que le hace hablar. Jesús tiene conocimiento de Dios en relación de su misión: misión que consiste en ser un siervo revelador del Padre. Jesús se relaciona con el Padre-Dios como creatura; por eso su necesidad de comunicarse a través de la oración con el Padre. La experiencia de creatura las percibe Jesús y por eso ora al Padre. A través de ella -la oración-, percibe la fuerza y el amor de Dios. Así puede interpretar y reaccionar a la voluntad de Dios. La autoridad  Jesús la adquiere precisamente de este conocimiento que tiene de Dios. Por eso no duda en entrar en comunicación, contacto con los pecadores y transmitirles el amor de Dios a ellos. A medida que se adentra más en su pueblo, se relaciona más íntimamente con Dios, y un Dios de su pueblo, el Dios que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto.

  En Lc 11,13 leemos: “… ¿Cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?” Según esto, para Lucas el gran don de Dios para nosotros es su misma persona. Esta es la “cosa buena” de que san Mateo habla en su evangelio cuando hace referencia a esto mismo que nos dice san Lucas. Es Dios mismo que se nos quiere dar. Es lo único necesario. Así, la oración es un camino para purificar poco a poco nuestros deseos, corregirlos e ir sabiendo lo que necesitamos de verdad: a Dios y a su Espíritu.

  Pero también decimos “nuestro”. Jesús no dijo “Padre mío”, sino “nuestro”. Cierto es que él es el único que tiene todo el derecho a decir “Padre Mío”,  porque solo él es el Hijo único de Dios, de la misma naturaleza que el Padre. Jesús es el Hijo de Dios, y nosotros hemos sido hechos hijos de Dios en su Hijo. Somos hijos de Dios por adopción; hemos sido hechos coherederos de Dios en el Heredero de Dios. Por esto, todos nosotros tenemos que decir “Padre nuestro”. Sólo en el “nosotros” de los discípulos podemos llamar “Padre” a Dios, pues sólo en la comunión con Cristo Jesús, nos convertimos verdaderamente en hijos de Dios (Benedicto XVI). Este “nosotros” nos exige entrar en la comunidad de los hijos de Dios; nos exige abandonar lo propio para entrar en lo comunitario; nos exige aceptar al otro, abrirles nuestros oídos, nuestros brazos, nuestro corazón. El Padre Nuestro es una oración muy personal y al mismo tiempo plenamente eclesial. A partir de este “nuestro”, podemos entender entonces la siguiente frase: “que estás en el cielo…” Todos procedemos de un mismo y único Padre. No es un Padre lejano, sino cercano.    

  Hay que decir a todo esto que, Jesús, como todo ser humano vive momentos de claridad y momentos de oscuridad en esta experiencia de Dios. Esa conciencia de su filiación divina, Jesús la expresa con la palabra “Abba”: palabra utilizada por los niños para referirse a su padre terreno, pero nunca la utilizaban para referirse a Dios.

  Por último hay que decir que en las Sagradas Escrituras hay textos que comparan a Dios a una “madre” (Is 49,15; 66,13). Hay que tener en cuenta sin embargo que, a pesar de esta comparación, ni en el AT ni en el NT, el pueblo se dirige a Dios como madre. En la Biblia, “madre” es una imagen, pero no un título de Dios. Claro que Dios no es hombre ni mujer. El mismo Jesús nunca se dirigió a Dios como “madre”, sino como “Padre”.

  En conclusión, tenemos que rezar y dirigirnos a Dios como Jesús nos enseñó a orar, sobre la base de las Sagradas Escrituras, no como a nosotros se nos ocurra o nos guste. Solo así oramos de modo correcto.

 

Bendiciones

viernes, 2 de mayo de 2014

Busquen al Señor, todos ustedes (Sof 2,3)


 
  San Juan Pablo II, - Papa-, en su carta encíclica “Fides et Ratio” (Fe y Razón), nos explicaba la relación que existe entre estas dos realidades del ser humano y que no hay contradicción entre ellas como han querido presentar muchas personas a lo largo del caminar de la humanidad. Nos dice el santo al inicio de la encíclica: “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo”.

  Como podemos leer en estas palabras introductorias del Papa, nos dice que ciertamente la fe y la razón parten del mismo Dios y están al servicio para que podamos descubrirlo, conocerlo y amarlo a Él ya que es nuestro fin, nuestra meta. En ellas no hay contradicción de ningún tipo, sino más bien complemento. Se ayudan mutuamente. Si se quiere: son hermanas, más no enemigas. Ambas están al servicio de la búsqueda de la verdad, que es el mismo Dios. Nuestro Señor Jesucristo ya había dicho: “busquen la verdad y serán realmente libres” (Jn 8,32). El hombre siempre ha buscado la verdad, y todos sus esfuerzos siempre han estado encaminado hacia este fin; es cierto que muchas veces ha equivocado ese camino y ha querido muchas de las veces buscar una verdad diferente a la que siempre ha existido. Debemos de tener confianza de que el uso de la razón no nos aparta de la fe en Dios, sino que nos ayuda a profundizar más en ella.

  Nos sigue diciendo el Papa en el número 3 de la encíclica: “El hombre tiene muchos medios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer cada vez más humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosofía, que contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta: ésta, en efecto, se configura como una de las tareas más nobles de la humanidad”. Así, la constante búsqueda de la verdad que caracteriza al espíritu humano se transforma en un imperativo a actuar y se perfecciona solo en el amor y servicio. Por esto entonces, la filosofía no se agota en el pensar, sino que llama al actuar a favor de la vida. Se puede argumentar razonablemente que la constante búsqueda de la verdad acaba hallando en todo al autor mismo de la vida: Dios (Martín Lenk, sj).

  La doctrina cristiana, -la Iglesia-, nunca se ha opuesto al desarrollo de la razón ni al uso de esta; pero también es consciente de los límites de la misma. La Iglesia siempre ha visto en la filosofía el camino para conocer las verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Y la considera como una gran ayuda para la profundización de la fe y poder así comunicar la verdad del evangelio a cuantos aun no la conocen.

  El Papa Juan Pablo II estaba convencido de que la búsqueda de la verdad ha estado muchas veces oscurecida. Por esto quiso ayudar, contribuir en este sentido y reconoce el mérito del aporte de la filosofía a este propósito. Es verdad que la filosofía ha contribuido a crear sistemas de pensamiento que han llevado al hombre a plantearse los interrogantes más profundos de su existencia. Pero también es cierto que parece que se ha olvidado que tiene que llevarlo a conocer la verdad que lo trasciende. De ahí que la filosofía moderna, dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la propia búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.

  Esto así, lo que ha provocado es que el hombre haya caído en una especie de agnosticismo y relativismo, es decir, de que ya no hay verdades absolutas; ya no hay bondad ni maldad, sino que todo depende con el cristal con se mire. Con razón ya el Papa Benedicto XVI se refirió a este punto cuando calificó a ésta como “dictadura del relativismo”.

  En definitiva, lo que tenemos que hacer es no sólo ni únicamente reflexionar sobre Dios, sino sobre todo hablar con Él y lanzarnos a la gran aventura de la búsqueda de Dios no sólo en los libros, sino sobre todo en nuestra vida. San Agustín dijo: “Nos hiciste para ti Señor, y nuestra alma estará inquieta hasta que descanse en ti”; y también: “No vayas mirando fuera de ti, entra en ti mismo, porque la verdad habita en el interior del hombre”.

viernes, 18 de abril de 2014

Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?


El momento más triste y desolador de la agonía de Cristo en el Gólgota fue el del abandono. Los dolores de Jesús son inmensos. Su cuerpo está totalmente agotado. Los brazos extendidos hacen cada vez más difícil su respiración. Las heridas de los clavos en las manos y en los pies continúan sangrando. La espalda, que roza el madero de la cruz, está hinchada por los golpes de la flagelación. Sin embargo, está consciente y experimenta una profunda soledad interior. Desde la cruz contempla el panorama: ve odio, incomprensión, falsedad, debilidad, soledad, abandono… No ha perdido la fe, pero como ser humano se siente abandonado por Dios; por eso grita reclamando su presencia y ayuda.

  Estas palabras dichas por Jesús, resuenan en el salmo 22 y son el grito y la queja suplicante de un hombre desamparado, abandonado, de un inocente que sufre, pero que no pierde la esperanza a pesar del dolor que padece. Este “¿por qué?”, es el grito de Job; es el grito de todos los que sufren; es el grito de todos los que beben el cáliz de la amargura hasta la última gota.

  Jesús no esquivó el sufrimiento de los hombres, sino que se enfrentó a sus enfermedades y necesidades, no huyó de su propio dolor; pero, tampoco lo buscó. Lo padeció cuando lo rechazaron los hombres, cuando los Saduceos preparaban su ejecución, cuando Judas lo traicionó y cuando lo abandonaron sus discípulos. El atravesó por todas las situaciones de sufrimiento que hay en la humanidad: la soledad, el abandono, el ser sentenciado, el rechazo, la ofensa, la humillación, la burla, la ridiculización; Jesús, que pasó en esta vida haciendo el bien, fue clavado en la cruz y crucificado en medio de dos bandidos. Cristo, antes de morir, se volvió a Dios con una plegaria llena de misterio. El que sufre puede convertir el sufrimiento en poderosa oración por las necesidades del mundo. La oración renueva a Jesús interiormente y le ayuda a fortalecer su confianza en el amor y la bondad del Padre. El silencio de Dios no es ausencia de Dios, y Jesús lo entiende perfectamente. Frente a las actitudes injustas y violentas de las autoridades judías y romanas, Dios calla pero no desaparece de la escena. Todo lo contrario, permanece a su lado, con él y en él, y lo acompaña en su sufrimiento con todo su amor de Padre. Jesús no solo sufría, sino que se sintió abandonado. Y se sintió abandonado nada menos que por su propio Padre. Sentirse abandonado es mucho peor que sufrir. Por eso se pregunta por qué su Padre lo ha abandonado.

  En el origen de este “¿Por qué?”, está el misterio del mal, del pecado y de la muerte. El pecado es separación de Dios, y esta separación es lo peor que nos puede suceder; el pecado es como un preludio de la muerte y del infierno. Nadie en el calvario, a excepción de su Madre María y Juan, el discípulo, fue solidario y sensible al doloroso abandono de Jesús. Estos no pueden cambiar la desgracia, pero compartiendo el sufrimiento se ponen del lado de Dios, que es amor. El eco de su dolor llegó a todos pero no impresionó a nadie. El gentío, insensible y malvado, seguía blasfemando y burlándose. Decían: “que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.

  Pero también es cierto que, aunque estamos ante un misterio, ante este “¿por qué?” de la soledad y del sufrimiento está también el misterio del amor, de la solidaridad y de la ofrenda de la propia vida. A veces nos preguntamos por qué tenemos que sufrir o para qué sirve el sufrimiento. En la carta a los Hebreos leemos: “Jesús, por medio del sufrimiento aprendió a obedecer y así consumado se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen a él” (Hb 5,8-9). El dolor nos aquilata, nos consagra, nos perfecciona. El sufrimiento tiene algo de misterio, y sólo a la luz de la fe se puede aceptar: El apóstol san Pablo dice: “En verdad, me parece que lo que sufrimos en la vida presente no se puede comparar con la gloria que ha de manifestarse después en nosotros” (Rm 8,18).

  El grito de Jesús en la oscuridad del calvario, este “¿por qué?” que no tiene respuesta, sintetiza todos los gritos de la humanidad doliente, todos los “por qués” que no tienen respuesta. Pensemos en todos aquellos hombres, mujeres, niños, niñas...que sufren en los hospitales y en las cárceles asinadas; las angustias de tantos padres y madres por no poder dar una alimentación y educación adecuadas a sus hijos; trabajadores que no reciben consideración como personas humanas ni un salario justo; el dolor y sufrimiento cuando un ser querido se nos va de este mundo; en la injusticia de una persona que está pagando un crimen que no ha cometido; la separación de los miembros de la familia por la emigración forzada; en los ancianos y ancianas desatendidos por sus familias; en tantos niños y niñas huérfanos y que son abusados; la imagen de nuestro país como un paraíso sexual; la vulgaridad, la grosería e indecencia a la que ha sido sometida nuestra sociedad a través de la música y algunos programas de radio y televisión en donde se exaltan vicios como la drogadicción, la violencia contra la mujer, la sexualidad como puro instrumento de placer y goce sin amor ni responsabilidad; el narcotráfico, la delincuencia en sus diferentes vertientes; tantas mujeres discriminadas y asesinadas. Personas e instituciones que por dinero atentan contra los valores en los cuales se ha venido forjando nuestra sociedad. Sí, somos una sociedad que muchas veces nos hemos sentido abandonadas de nuestras autoridades que no han sabido ni querido actuar tomando los correctivos que deben tomar, porque se dejan chantajear por una “libertad de expresión” mal entendida, que no toma en cuenta las normas y leyes establecidas, y se le utiliza para difamar e irrespetar o, pensando en el “costo político” que puede acarrearle determinada acción y que conlleva a profundizar el desorden en que vivimos. Nuestra sociedad sigue llenándose de violencia porque muchos de nosotros sucumbimos a las tentaciones a las que Jesús resistió en el desierto, vale decir la ambición de riqueza, prestigio y poder. Injustica y violencia son respondida con violencia. Definitivamente que hay mucho dolor y sufrimiento en nuestra sociedad dominicana; hay mucha soledad en muchos corazones; hay mucha tristeza en muchos rostros… cuantos porques sin respuestas.

  Nuestra sociedad necesita cambiar. Es necesario un cambio social, político, económico, que alivie la desesperación de tantos dominicanos y dominicanas; de tantos pobres. Por esto, el cristiano debe ser un artesano, promotor y propagador de este cambio para que todos puedan participar dignamente en el banquete de la vida y que puedan encontrar en sus hogares el pan y la educación. Tenemos que luchar en la promoción de nuestros jóvenes para que tengan oportunidades de capacitación y trabajo. Tenemos que decirle NO al despilfarro, al derroche, a la adoración del dios dinero, del placer, del lujo… Hay muchos bienes en manos de unos pocos.

  En definitiva, esta es una palabra desgarradora. Jesús tiene conciencia de estar abandonado, pero Dios no abandona a su Hijo aunque él lo hubiera sentido. El hombre puede experimentar el abandono de Dios. Sin embargo, Dios no abandona a nadie. Es el hombre quien se distancia de Dios. En la vida de muchas personas Dios está callado, silencioso; pero Dios no lo abandona porque él es Padre de todos. En el silencio, Dios no siempre quiere hablar; a veces prefiere callar con el hombre, porque Él quiere no sólo su voz, sino sobre todo su corazón.

  Jesús no cesa de enseñarnos, y lo hace siempre de manera clara y contundente para que no nos confundamos. A pesar de su sufrimiento extremo, ora, y en su oración hace un acto de fe y de confianza en Dios, su Padre, y le entrega lo poco que aún le queda. Jesús crucificado, amoroso y paciente, humilde y orante, es para todos nosotros una manifestación clara y visible del poder que tiene la oración cuando se hace con corazón sincero y abierto al don de Dios. Jesús nos dice que el sufrimiento no podemos evitarlo, no es algo perdido. Al contrario, unido a Jesús es causa de salvación.  El sufrimiento es potencial de vida.

  En la oración silenciosa y en el acompañamiento a los que sufren comenzaremos a descubrir que Dios es Padre, también cuando parece que calla y cuando parece que está ausente. La misericordia de Dios es inagotable. No hay pecado que prevalezca sobre su misericordia. Dios es la necesidad más grande del hombre. Es la fuente y origen de la vida y la paz. Cuando él está presente se experimenta sosiego, alegría, serenidad y paz. Dios hace del corazón del ser humano una morada de paz y de amor.

martes, 15 de abril de 2014

El sufrimiento y la enfermedad


A veces nos preguntamos por qué tenemos que sufrir o para qué sirve el sufrimiento. ¿Cómo puede Dios permitir el dolor? ¿A caso lo envía? ¿Cómo puedo aunar la imagen del Dios misericordioso con la del sufrimiento despiadado? Pensemos: una persona que es dedicada a su trabajo, se entrega a su familia, no le hace mal a nadie, etc. Pero se entera por su doctor que tiene cáncer, le asalta la duda: ¿por qué a mí? ¿Qué hice para merecer esto? Si soy una persona buena, cumplidora de la palabra de Dios, ¿por qué me envía esto? ¿Dios desea castigarme por algo? Pero ante esta realidad nuestra, la pregunta central será: ¿por qué Dios permite el sufrimiento? ¿Por qué no lo impide? ¿Dios es tan cruel? ¿No tiene compasión conmigo? ¿Es injusto? El sufrimiento es un misterio: muchos teólogos consideran que el sufrimiento no puede comprenderse, sino simplemente hay que soportarlo. Nosotros no podemos dar respuesta alguna sobre el por qué de una enfermedad que nos sobreviene o de un determinado destino que nos alcanza. Hemos de aceptar simplemente que no disponemos de explicación.

  En todas las religiones aparece la idea de que el hombre es el artífice de su propio sufrimiento, de que él mismo es el culpable de su enfermedad. El evangelio nos ilustra con esta concepción del sufrimiento: “Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego? Jesús contestó: Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifieste en él las obras de Dios” (Jn 9,1-3).

  El budismo enseña: “la causa de todo sufrimiento es el contacto con el mundo. Debemos liberarnos del mundo, y estaremos libres del sufrimiento. Sólo aquel que está apegado a la vida experimentará sufrimientos a través de la enfermedad”.

  El hinduismo ve la causa de todo sufrimiento en la particularidad del ser. Por esta razón, el hombre debe abandonar su separación de Dios y llegar a ser uno con él y con todo lo que es.

  Pare el islamismo, todo es destino. Responde a todo el sufrimiento que pueda ocurrirle al hombre con la frase “Alá lo quiso así”. Esto quiere decir que si Alá lo quiso así, al hombre sólo le queda someterse a su voluntad, y no debe jamás de cuestionarlo preguntándose el “por qué”.

  La mística cristiana, no elimina el sufrimiento sino que lo eleva en Dios. El sufrimiento se convierte en un camino hacia el amor de Dios. Por esto entonces, los cristianos hablamos de “visión cristiana del sufrimiento: Dios no evita el sufrimiento, pero puede transformarlo y mediante el sufrimiento provocar el bien”.  

  Nosotros los cristianos sí nos preguntamos el “por qué”. Pero tampoco debemos esperar una respuesta teórica. La resurrección de Jesús es, finalmente, la respuesta existencial de Dios a la pregunta del por qué en la cruz.

 

  Quiero ahora que pensemos y meditemos en la persona de Job. Job es el prototipo del “justo sufriente” (Anselm Grún). Sabemos que Job no es una figura histórica, sino más bien simbólica del hombre sabio y justo. El nombre de Job significa “el perseguido”. Siente que todo el mundo lo persigue, y no puede experimentar a Dios como su amigo y protector, sino como el incomprensible, que le sumerge en la desgracia.

  El libro de Job nos muestra el camino para no desesperar ni apartarnos de Dios cuando todo lo nuestro se desmorona. Ante el dolor, el sufrimiento, la enfermedad…comúnmente experimentamos la derrota. Cristo mismo, cuando le gritó a su Padre desde la cruz “Dios mío Dios mío, ¿por qué me has abandonado? No podemos descartar la posibilidad que se haya derrumbado. Sólo desde el crucificado, podemos aprender a manejar bien el sufrimiento. Jesús, desde la cruz, tuvo que luchar para aferrarse a Dios. Nosotros también debemos aprender a hacerlo en nuestro sufrimiento y enfermedad. Así, descubrimos que en el sufrimiento y en la enfermedad no estoy solo, experimento la comunidad con Jesús. El contemplar a Jesús sufriente, me ayuda a decir sí a lo que me molesta.

  Así el sufrimiento no me amarga, sino que me abre a mi verdadero YO que está en el fondo del alma y se encuentra invulnerable a toda enfermedad y necesidad.

  El sufrimiento no se ceba siempre en aquellos que lo han merecido, sino también, y con bastante frecuencia, en aquellos que han vivido con rectitud. El sufrimiento viene de fuera, sin que podamos determinar siempre las causas. Como Job, debemos combatir el sufrimiento y pelear y luchar con Dios. Debemos inculpar a Dios de que nos haya cargado con algo así.

 

  La enfermedad tenemos que aprender a entenderla. De hacerlo, podemos luchar contra la enfermedad en un triple plano: en el plano médico (probar todos los medios que la medicina tiene a disposición contra la enfermedad); el plano psicológico (aprender a manejarme conmigo mismo para que la enfermedad no se incremente sino que retroceda y, quizá, se cure), y el plano espiritual (tomar la enfermedad como un desafío espiritual que me invita a construir mi casa de vida en Dios y avanzar hacia mi propio ser espiritual).

 

  La enfermedad obliga a preguntarnos sobre qué deseamos construir nuestra vida: ¿deseo hacerlo sobre la salud y la vida prolongada, sobre el rendimiento y el éxito, o sobre Dios? Si construyo sobre Dios, la enfermedad no podrá aniquilarme. Una y otra vez me remite al fundamento auténtico de mi vida, Dios.

  A través de la enfermedad puedo descubrir otros valores que se vuelven importante para mí: la oración, el silencio, la música, la naturaleza, buenas conversaciones que giran en torno del misterio del hombre y de Dios.

 

  Quiero dejar en nuestras mentes las siguientes preguntas:

 

¿Qué tanto esquivo el sufrimiento, sea el del prójimo o el propio?

¿Tienes miedo de que te pueda llegar el sufrimiento? si es así, ¿cómo manejas ese miedo?

¿Cómo tratas o manejas a una persona que está teniendo una aflicción o que está sufriendo una enfermedad? ¿Te puedes dedicar a ella?

martes, 8 de abril de 2014

A proposito de la canonizacion de los Papas Juan XIII y Juan Pablo II


A propósito de la canonización de los Beatos Juan XXIII y Juan Pablo II, -Papas; queremos compartir algunos de sus pensamientos que vienen acorde con el lema de este año de nuestro plan de pastoral, que nos invita a profundizar y resaltar la verdad.

  Decir la verdad es parte de la justicia porque es una injusticia con los demás engañarles, sobre todo

si mentimos para hacerles daño o aprovecharnos de ellos. Por esto mismo, el Papa Juan XXIII dijo: aquellos líderes espirituales y políticos que tienen principios que cambian continuamente según las circunstancias variables y el ánimo de los votantes no son verdaderos líderes. Tampoco son verdaderos líderes quienes no predican con el ejemplo. Subrayó la responsabilidad de todos, especialmente de los medios de comunicación, en la presentación de la verdad.

  La causa y raíz de todos los males que, por decirlo así, envenenan a los individuos, a los pueblos y a las naciones, y perturban las mentes de muchos, es la ignorancia de la verdad. Y no sólo su ignorancia, sino a veces hasta el desprecio y la temeraria aversión a ella. De aquí proceden de todo género que penetran como peste en lo profundo de las armas y se infiltran en las estructuras sociales, tergiversándolo todo, con peligro de los individuos y de la convivencia humana. Los que, empero, de propósito y temerariamente, impugnan la verdad conocida, y con la palabra, la pluma o la obra usan las armas de la mentira para ganarse la aprobación del pueblo sencillo y modelar, según su doctrina, las mentiras inexpertas y blandas de los adolescentes, esos tales cometen, sin duda, un abuso contra la ignorancia y la inocencia ajenas y llevan a cabo una obra absolutamente reprobable. Y, una comunidad humana era cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones.

  Juan Pablo II nos decía que, en América el fenómeno de la corrupción está también ampliamente extendido. La Iglesia puede contribuir eficazmente a erradicar este mal de la sociedad civil con una mayor presencia de cristianos laicos cualificados que, por su origen familiar, escolar y parroquial, promuevan la práctica de valores como la verdad, la honradez, la laboriosidad y el servicio del bien común. Promover la verdad como fuerza de la paz es emprender un esfuerzo constante para no utilizar nosotros mismos, aunque fuese para el bien, las armas de la mentira. Y concluye diciéndonos que, el empeño por la verdad, por la libertad, por la justicia y por la paz distingue a los seguidores del Señor Jesús. Por eso la paz debe realizarse en la verdad; debe construirse sobre la justicia; debe estar animada por el amor, debe hacerse en la libertad.

  Hoy y siempre démosle primacía a la “verdad”. Nos dice el Señor en el evangelio de san Juan: “el que obra la verdad va a la luz” (3,21). Si uno procura vivir honradamente, no necesita esconderse, ni aparentar, ni mentir, porque no tiene nada que ocultar. La verdad hace a las personas transparentes y a las sociedades respirables.

 

Bendiciones.

jueves, 20 de marzo de 2014

¿Por qué confesarme?


“Obedezcan a sus guías y sométanse a ellos, pues velan sobre sus almas como quienes han de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y no lamentándose, cosa que no les traería ventaja alguna” (Heb 13,17).

  Hay una pregunta que muchos católicos se hacen con respecto a la confesión, y es ¿Cuántas veces tengo que confesarme? ¿Una vez al año? ¿Una vez al mes? ¿Cada quince días? Etc. La mejor respuesta que podemos dar a esta pregunta es: “es bueno y saludable confesarnos cada vez que la necesitemos”. No hay que ponerle límites a la gracia de Dios. Pongo un ejemplo de nuestra vida cotidiana: nuestro cuerpo tiene que alimentarse diario porque lo necesita, y este “alimentarse” es incluso varias veces al día. Si nuestro cuerpo se alimenta diario porque lo necesita, entonces nuestro espíritu también tiene sus necesidades y por lo tanto también debe de ser alimentado frecuentemente. En otras palabras, debemos de acercarnos al sacramento de la confesión cada vez que la necesitemos; porque siempre estamos cometiendo faltas, -leves o graves-, pero faltas al fin y al cabo. Es cierto que la Iglesia manda que por lo menos nos confesemos una vez al año, pero eso no quiere decir que tenga que ser obligatoriamente así. Es más bien lo mínimo que podemos hacer, pero debemos de dar el máximo en el crecimiento de nuestra vida espiritual.

  Si esto es así, entonces es bueno y aconsejable que nosotros tengamos un confesor, ¿Por qué? Pues porque tener un confesor nos posibilita a nosotros el tener o contar con una persona que nos conozca y esté más consciente a veces que nosotros mismos de nuestro fallos y errores. Si lo fuéramos a parafrasear con un dicho popular, sería este: “él sabrá de la pata que cojeamos”. Pero es que también esto nos da a nosotros el poder crear una verdadera relación de amistad y de sinceridad para un mejor acompañamiento y crecimiento espiritual. Tener un confesor nos ayudaría a fijarnos metas para vencer el pecado y crecer en la virtud. El confesor sería como nuestro médico de cabecera, que está presto siempre a visitarnos y darnos la medicina que nuestra enfermedad necesita o requiere porque nos conoce.

  Algo que hay que tener en cuenta es que encontrar al confesor adecuado requiere de tiempo. El confesor no debe ser aquel sacerdote que te hace sentir solo bien, sino el que te ayuda con sinceridad a que tu vida espiritual  sea lo que debe de ser. El confesor no debe ser aquel que te diga que tus pecados no son pecados. Un confesor no hay que confundirlo con un director espiritual, aunque también puede hacer las veces de director espiritual. Hay personas que tienen un confesor distinto al director espiritual; hay otros que tienen de confesor y director espiritual al mismo sacerdote. Todo dependerá de la elección de la persona. Tanto una como otra opción puede ser valedera.

  Vayamos concluyendo con este tema de la confesión. Martín Lutero dijo: “indudablemente, la confesión de los pecados es necesaria y acorde con los mandatos divinos…Tal y como se guarda el secreto de confesión hoy…me resulta una práctica extremadamente satisfactoria. No desearía que cesara, más bien me alegraría de que existiera en la Iglesia de Cristo, por ser una medicina excepcional para las conciencias afligidas”. Lutero seguía fiel a la confesión, incluso aun después de abandonar la Iglesia Católica. Jesús es infinitamente misericordioso, y comparte infinitamente su misericordia a través de su Iglesia en el sacramento de la confesión.  La confesión no es una solución rápida, pero es una cura segura.

   A todo esto concluimos con las palabras del apóstol Santiago, que nos dice: “limpien, pecadores, las manos, purifiquen los corazones, hombres irresolutos. Lamenten su miseria, entristézcanse y lloren. Que su risa se cambie en llanto y su alegría en tristeza. Humíllense ante el Señor y él los ensalzará” (St 4,8b-10).

 

Bendiciones.

miércoles, 5 de marzo de 2014

¿Por qué pecamos?


¿Qué hay tan atractivo en el pecado? ¿Por qué nos gusta pecar? Yo he leído el libro de las confesiones de san Agustín. Este pasó muchos años de su vida entregado al pecado, tanto carnal como espiritual. Entre sus narraciones de sus pecados, se centra en un insignificante pecado del robo de unas peras cuando tenía dieciséis años; y se pregunta qué fue lo que lo llevó a cometer aquel robo. No eran peras mejores que las de su casa ni tampoco tenía hambre: “porque robé cosas que tenía yo en abundancia y otras que no eran mejores que las que poseía. Y ni siquiera disfrutaba de las cosas robadas; lo que me interesaba era el hurto en sí, el pecado… lo importante era hacer lo que nos estaba prohibido” (Confesiones libro II cap. IV, 1). Una vez que las robaron, se las echaron a los cerdos. Entonces, ¿por qué pecó? A esta pregunta va dando respuesta tras respuesta y las va rechazando una a una. En conclusión, dice: “nadie comete un pecado porque sí; nadie comete un mal por cometer un mal sin más. La gente peca porque ve algo bueno”.

  San Agustín dice que la persona siempre busca lo bueno, aunque esto acarrea que se equivoque a la hora de la elección. Todas las cosas Dios las ha creado buenas, nos dice el Génesis (1,31). Las cosas no son buenas o malas en sí mismas; lo que hay son intenciones torcidas departe nuestra. Para Agustín, el problema es nuestra desviación incontrolada por las cosas, por el placer, por la gloria terrenal.

  Aquí tenemos que hablar de la tentación.  La carta a los Hebreos dice de Jesús: “pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado” (4,15). En las tentaciones de Jesús en el desierto después de su bautismo, nosotros fuimos tentados y también en su victoria nosotros somos victoriosos. Ya en otro momento nos dirá que “si Él ha vencido al mundo, nosotros también lo podremos vencer” (Jn 16,33). Jesús se identifica con nosotros porque es uno de nosotros, uno con nosotros y sufre con nosotros; de ahí que sea el Dios que nos entiende y nos comprende. Recordemos que Jesús no se disfrazó de ser humano, sino que asumió la condición humana con todo lo que ella implica. Por eso los evangelios nos presentan a Jesús enfrentando situaciones adversas en todo su ministerio y con todos los que le rodean, empezando por sus apóstoles. Jesús, muchas veces nos alertó con respecto a la tentación: “velen y oren para no caer en la tentación”. Su vida estuvo rodeada de situaciones de tentación desde el comienzo hasta el final. Jesús llevó a cabo su misión en medio de la tentación, y nunca sucumbió a ninguna de ellas.

  La tentación no es querida por Dios, pero sí es permitida por El. A esto san Pablo nos dice que “nadie diga que es tentado por Dios”, y también, “ninguno es tentado más allá de sus fuerzas”. Dios jamás puede tentarnos, porque en El no hay maldad, sino pura bondad. Dios es la suma bondad. Dios tampoco puede ser tentado. No hay tentación que le dé o le ofrezca a Dios algo que El ya no tenga. La tentación en Dios es imposible. El apóstol Santiago dice: “consideren como perfecta alegría, hermanos míos, cuando se vean cercados por diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce constancia” (St 1,2). El pecado empieza con nuestros deseos desordenados. El peor castigo que podemos recibir es la atracción que el pecado ejerce sobre nosotros. Ya el mismo san Pablo cuando se le quejó al señor por todas las pruebas que estaba experimentando en su ministerio, el Señor le dijo “solamente mi gracia te basta”. La Gracia de Dios nos basta, no para no tener la tentación, sino más bien para poder vencerla. El Señor Jesús no nos preservó de la tentación ni de los peligros; más bien nos advirtió de ellos y nos prometió su ayuda, su fortaleza, su Gracia: “sin mi nada podrán hacer”. Ya nos había dicho que podemos vencer al mundo, pero con la única condición de que tenemos que “ir hacia EL”.

  Tenemos que fortalecer nuestro amor a Dios y a su Hijo Jesucristo. San Agustín dijo: “haz que te ame con hondura y apriete tu mano con todas las fuerzas de mi corazón, y así me vea libre hasta el fin de todas las tentaciones” (confesiones libro I cap. XV, 1).

  Podríamos afirmar que si Dios ha permitido el mal en el mundo, es porque de Él espera sacar cosas buenas para  sus hijos e hijas. Todo obra para nuestro bien. Dios sabe escribir derecho en renglones torcidos.

Bendiciones.