jueves, 2 de octubre de 2014

…Y ¿qué decir del orden del universo?


  “Miren las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni juntan en graneros; y su Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? (Mt 6,26).

  Yo creo que no hay ningún ser humano, creyente o no, que al contemplar la magnificencia de la creación, no haya quedado asombrado y admirado más de una vez por su belleza y orden que exhibe permanentemente. En más de una ocasión, por ejemplo, nos hemos asombrado por el orden que muestra el sol o la luna, que no han dejado de salir y ponerse cada uno a su tiempo desde el principio; o las estaciones del año que, cada una a su tiempo, está presta siempre para hacer su aparición… Y así podríamos seguir mencionando más ejemplos de la naturaleza. Lo que nos queda de todo este espectáculo de la naturaleza es su asombroso orden. De todo se desprende una máxima que dice que “todo orden necesita un ordenador”. Este orden que muestra la naturaleza en toda sus facetas, decimos que no lo pudo haber obtenido por pura casualidad. Ya el mismo apóstol san Pablo nos dice que “Dios es un Dios de orden; no de desorden”.

  El orden y la idea de la armonía contrastan con la concepción del caos original, y surge la interrogante: ¿cómo entra el orden en el caos? En el primer relato de la creación del génesis (1,1-2), leemos: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo…” Claro está que para un no creyente, estas palabras bíblicas no tendrán a lo mejor ningún sentido, y prefiere mejor seguir buscando el sentido de este orden por el lado de la ciencia o, como se dice también, por el lado de las ciencias exactas. Pensemos por ejemplo en el gran filósofo Aristóteles: para éste era totalmente inconcebible que de la nada surgiera algo y mucho menos orden. “De la nada, nada sale” reza la máxima filosófica. Para Aristóteles, del caos no puede surgir el orden, como de la oscuridad no puede surgir la luz. Nada se mueve al azar, sino que siempre tiene que haber algún motivo. Para Aristóteles, el orden tiene que ser anterior, no hay caos original, la raíz de todo es un principio ordenado y ordenador, la razón.

  Por parte el cristianismo también tenemos la idea o concepción de este orden que muestra la creación. Santo Tomas de Aquino es nuestra mejor carta en este sentido e interesante su planteamiento. Son muy conocidas las famosas cinco vías de la existencia de Dios de este gran teólogo. Santo Tomas distingue entre Dios y el mundo. Ambos son totalmente diferentes: “Dios no solo es el último fin de todo, la meta que atrae, también es origen”. Con estas palabras, se distancia de la concepción panteísta estoicista y aristotélica de Dios y el mundo. En la última de sus cinco vías es donde escribe su argumento teológico sobre este punto ya tratado, dice: “…Las cosas que no tienen conocimiento, no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia… Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas naturales son dirigidas al fin. Le llamamos Dios”.

  Quiero concluir citando las palabras del físico italiano Carlo Rubbia cuando le preguntaron si creía que Dios es necesario para entender la naturaleza; su respuesta fue: “No exactamente. En primer lugar, la religión es algo íntimo de cada uno. Sin embargo, la precisión, la belleza y el orden, -y subrayo la palabra orden-, de la materia es inmensa y cuanto más se adentra uno en las cosas más claro está que hay una inteligencia detrás, porque todo está construido de forma tan precisa que es imposible que sea el resultado de un accidente o de una fluctuación o algún tipo de combinación al azar. El esquema es tremendamente preciso y exacto y está en operación desde el principio del universo”.

  El orden del mundo sigue siendo un indicio tremendo para la existencia de Dios. Una vez  más, parece más racional creer en Dios que no creer (Martín Lenk, sj).

  Y san Buenaventura, contemporáneo de Santo Tomás de Aquino nos dice: “quien con el brillo de la hermosura de tantas criaturas no se ilumina, está ciego; quien no se despierta con tantos gritos y voces, está sordo; quien por todos estos efectos no alaba a Dios, esta mudo; quien a raíz de tantas pruebas no reconoce al primer principio de todo, es necio… Abre tus ojos; tus oídos espirituales acerca; suelta tus labios y ofrece tu corazón, para que en todas las criaturas veas, oigas, alabes, ames y veneres, proclames y honres a tu Dios”.

Bendiciones.

Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden...


El tema del perdón abunda en la predicación de Jesús y está presente a lo largo del evangelio. Esta petición nos hace pensar que en el mundo hay muchas ofensas: se ofende a los demás, a uno mismo y se ofende a Dios. Toda ofensa que se comete siempre es una afrenta al amor y la verdad de Dios. Para san Benito, hacer las paces y perdonar a otro puede exigir un gran esfuerzo espiritual que desafía a toda persona. Dice: “Perdonar no es nada fácil. No nos resulta particularmente difícil  cuando estamos de ánimo indulgente o nos sentimos motivados por los buenos sentimientos. Pero casi nadie escapa a la tentación de retirar pronto sus gestos de reconciliación. Lo que llamamos perdón, a menudo no es otra cosa que otorgar libertad condicional al otro... Esperamos impacientes los signos concretos de arrepentimiento... queremos estar seguros de que el arrepentido no reincidirá...” Con frecuencia hacemos depender nuestro perdón del arrepentimiento del culpable.

  La ofensa sólo se puede superar con el perdón; jamás con la venganza. En Jesús y en el diácono Esteban tenemos ejemplos impresionantes: ambos oran por sus enemigos pidiendo perdón para ellos, si bien éstos no desisten en absoluto de su obra homicida. Hay tres pasajes de las Sagradas Escrituras en que este tema del perdón va en ascenso: el primero es del génesis que nos presenta al violento Lámek, quien dice que se vengará setenta y siete veces por una ofensa (4,24); el segundo es la famosa ley del talión del ojo por ojo, y diente por diente. Y Jesús finalmente nos enseña que debemos de perdonar setenta veces siete (Mt 18,21).

  Aquí nos damos cuenta de lo exigente que es ser cristiano, cuán grande es la cuota de amor que se nos reclama. No extraña, entonces, que a menudo no cumplamos con tal exigencia. Lo que impide la aceptación del perdón no es la obstinación del otro, sino nuestro orgullo. Dios es un Dios que perdona porque ama a sus criaturas; pero el perdón sólo puede penetrar, sólo puede ser efectivo, en quien a su vez perdona. “Se recibe de lo que se da”, nos diría el Señor. Para poder perdonar, primero tenemos que ser perdonados. Pero, esto fue lo que no hizo aquel servidor malvado que le fue perdonada su tremenda deuda cuando se lo pidió a su señor, y  no fue capaz de perdonar a su compañero ante la risible deuda que tenía (Mt 18,23-35). De ahí que el mismo Señor nos insista que antes de presentar nuestra ofrenda ante el altar, primero debemos de reconciliarnos con nuestro hermano para que nuestra ofrenda sea agradable a Dios (Mt 5,23).

  El perdón no es un mero acto de la voluntad. Es también un proceso que necesita tiempo. Ese proceso tiene cuatro pasos: primero ha de permitir el dolor, sin disculpar precipitadamente al que ha ofendido. Segundo es permitir la cólera, que es la fuerza para distanciarse del otro. Tercero es percibir objetivamente lo que ha acontecido con esa herida. Y cuarto, ya es el perdón, que es un gesto activo (Anselm Grün).

  El perdón tiene una dimensión sanadora y liberadora. Por lo tanto, la persona que no perdona no puede sanar. Son personas que aun le dan demasiado espacio al rencor dentro de sí. El perdón tiene una importancia decisiva para la curación de las propias heridas.

  Jesús es el gran reconciliador y nos invita a sus seguidores a que hagamos lo mismo, porque así es Dios con nosotros. Su mandato de “hacer las paces con nuestro adversario mientras vamos de camino…” (Mat 5,25); nos invita a que mientras estemos en movimiento, mientras estemos en esta vida, lo que más nos conviene es ponernos en paz con nuestro adversario para que después no seamos entregados al carcelero y no salgamos de ahí hasta que paguemos el último centavo. Ahora, ese adversario también abarca mi adversario interior con quien lucho constantemente y a quien muchas veces no puedo aceptar. Debo tratar de aceptar mis flaquezas, mis limitaciones. Mientras estoy de camino, mi tarea es perdonar-me; solo así estaré en capacidad de reconciliar-me con los adversarios que se crucen en mi camino.

   El amor a los enemigos no significa dejarnos hacer todo lo que el otro quiera. Amar al enemigo significa libertad, no ver al otro como enemigo, sino como una persona que desea la amistad. La invitación de Jesús a amar a los enemigos quiere sustituir el antiguo modo de pensar excluyente por medio de nuevos caminos de paz y de reconciliación.

martes, 9 de septiembre de 2014

El necesario diálogo entre fe, razón y ciencia


“Y los bendijo Dios con estas palabras: sean fecundos y multiplíquense, y llenen la tierra y sométanla…” (Gen 1,28ª).

 

  No podemos pasar desapercibido el gran avance que ha tenido la ciencia en el caminar de la humanidad y de sus grandes aportes a la misma y que esto ha representado un gran triunfo de la técnica que ha surgido de ella. Como señal de este avance y progreso científico tenemos el que algunas enfermedades que, en otros tiempos eran consideradas mortales, han podido ser combatidas con eficacia y se ha encontrado la cura; está también el desarrollo de la industria automovilística con la fabricación de vehículos cada vez más sofisticados y con tecnología que en tiempos atrás era impensable que pudiera ser posible; y qué decir con relación al transporte aéreo, ferroviario y marítimo; el desarrollo de la comunicación digital y lo rápido que podemos comunicarnos de continente a continente en cuestión de segundos, etc. No caben dudas de que nuestra vida hoy, sin los logros de la ciencia moderna, sería completamente impensable. Pero también es cierto que este progreso científico y tecnológico tiene su lado oscuro: el dominio del ser humano sobre la tierra significa, por primera vez en la historia del planeta, que tenemos en nuestras manos la posibilidad de destruirlo por completo.

  Ya el Papa Francisco nos alerta contra esta visión progresista de la ciencia y la tecnología cuando nos dice que “la  sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría” (EG 7). Esto es lo que el Santo Padre ha llamado como la “gran tentación” en la que ha caído la humanidad y que frecuentemente aparece como excusa y reclamo, para que fuera posible la alegría que busca y anhela el ser humano.

  En siglos anteriores, la Iglesia era la que dictaba lo que había que creer y muchas veces usurpó el lugar de la ciencia. Esto es lo que ha llevado a la misma ciencia a una especie de dictadura y de sospecha, e incluso a una actitud de condenación a todo planteamiento religioso, puesto que se levanta una especie de protesta contra una visión que ve el universo como un lugar de la manifestación divina. Pensemos en las famosas teorías del Big Bang y la evolución como estandartes de la contraposición entre ciencia y fe. Así entonces, la Iglesia no pretende detener el admirable progreso de las ciencias. Al contrario, se alegra e incluso disfruta reconociendo el enorme potencial que Dios ha dado a la mente humana. Cuando el desarrollo de las ciencias, manteniéndose con rigor académico en el campo de su objeto especifico, vuelve evidente una determinada conclusión que la razón no puede negar, la fe no la contradice (EG 243).

  Cuando la ciencia haya dicho todo lo que puede decir, todavía no nos habrá dicho lo que más queremos saber. Para el gran filósofo británico Ludwing Wittgenstein, aunque todos los problemas que hoy en día ocupan a los científicos de todas las ramas, fueran resueltos, las preguntas realmente importantes de nuestra vida quedarían sin tocar: sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales no se han rozado en lo mas mínimo.

  La verdadera ciencia no aleja de la fe, sino que ayuda a entenderla mejor. Aquí es muy ilustrativo la encíclica del Papa san Juan Pablo II “fides et ratio” (fe y razón), en donde nos muestra la relación que existe entre estas dos y de cómo se complementan una a otra. Y el Papa Francisco nos dice que la fe no le tiene miedo a la razón; al contrario, la busca y confía en ella, porque la luz de la razón y la de la fe provienen ambas de Dios, y no pueden contradecirse entre sí (EG 242).

  Necesitamos el uso científico de la razón que ha dado tantos bienes a la humanidad, pero no es cierto que este uso de la capacidad racional propio de las ciencias sea el único legítimo.

 

Bendiciones.

danos hoy nuestro pan de cada dia...


Esta petición tiene la característica de que es la más humana de todas: el Señor conoce nuestras necesidades y las tiene muy en cuenta. Ya en el libro del Éxodo leemos: “El Señor dijo a Moisés: haré llover pan del cielo para ustedes…” (16,4). Y el mismo Jesús dirá a sus apóstoles: “…no estén agobiados pensando qué van a comer… pues ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso” (Mt 6,31-32).

 El pan es fruto de la tierra y del trabajo del hombre, pero la tierra no da fruto si no recibe desde arriba la lluvia y el sol. Por lo tanto, no somos nosotros mismos los que nos damos de comer; el alimento nuestro nos viene dado por la misma voluntad de Dios que, así como hace salir su sol y lluvia para todos, lo hace también con el alimento. Es un Padre que vela por las necesidades de todos sus hijos. Al ser conscientes de esto, evitamos la tendencia de caer en la fatídica actitud de creernos que todo lo que hemos logrado con nuestro trabajo y esfuerzo es propiedad nuestra y sólo nuestra. Esto nos hace recordar además que, nosotros no somos los dueños de las cosas, aunque las obtengamos con nuestro trabajo, sino que somos sus administradores, porque uno sólo es el dueño, amo y señor de todo y éste nos pedirá cuenta de lo suyo.

  Jesús nos invita también a que no nos olvidemos de pedir. Si es cierto que Dios sabe y conoce de nuestras necesidades, también lo es el que quiere que se las presentemos en nuestra oración: “pidan y se les dará…” (Lc 11,9); y también: “si, pues, ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, el Padre del cielo no negará los bienes que sólo Él puede dar” (v 13). Fijémonos también que en esta petición, al igual que decimos Padre “nuestro”, también decimos danos hoy “nuestro” pan. Es decir, pedimos por el pan de todos, y no sólo por el propio, pedimos por el pan de los demás. Si todos somos hermanos, según nos lo enseñó Jesús, pues lo más lógico es que nos preocupemos y pidamos porque todos nuestros hermanos tengan su necesidad de pan cubierta. Esto es orar en la comunión de los hijos de Dios. Así entonces, el que tiene pan en abundancia está llamado a compartir: “denles ustedes de comer” (Mc 6,37), dijo Jesús a sus discípulos.

  San Cipriano nos hace caer en la cuenta y a la vez nos participa de una observación: “Con razón pide el discípulo lo necesario para vivir un solo día, pues le está prohibido preocuparse por el mañana. Para él sería una contradicción querer vivir mucho tiempo en este mundo, pues nosotros pedimos precisamente que el Reino de Dios llegue pronto”. Se pide el pan para el día presente. La oración presupone la pobreza del discípulo. El discípulo debe así confiar en su Señor que no se olvida ni de él ni de sus necesidades, porque a cada día le basta con sus preocupaciones y ajetreos: “No se procuren ustedes oro, ni plata ni cobre en sus bolsillos; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni bastón, ni sandalias; porque el obrero merece su salario” (Mt 10,9-10).

  Esta actitud se traduce en una total y plena confianza en la providencia de Dios. Es un claro testimonio de hombres y mujeres que comparten de los bienes que el mismo Dios les ha dado. Son personas, -creyentes-, que dan de comer a los demás porque se experimentan como hermanos de los demás y se preocupan también por sus necesidades. Por eso, la comunidad de discípulos, que vive cada día de la bondad del Señor, renueva la experiencia del pueblo de Dios en camino, que era alimentado por Dios también en el desierto (Benedicto XVI).

  El tema del pan ocupa un lugar importante en el mensaje de Jesús, desde la tentación en el desierto, pasando por la multiplicación de los panes, hasta la última cena. Jesús mismo se autodenominó como el “pan vivo que ha bajado del cielo” (Jn 6,50). Todo el capítulo 6 del evangelio de san Juan nos evoca ya todo su contenido y relación con la eucaristía, y que guarda una estrecha relación con esta cuarta petición del Padre Nuestro. San Cipriano dice: “Nosotros, que podemos recibir la eucaristía como pan nuestro, tenemos que pedir también que nadie quede fuera, excluido del cuerpo de Cristo. Por eso pedimos que nuestro pan, es decir, Cristo, nos sea dado cada día, para que quienes permanecemos y vivimos en Cristo no nos alejemos de la fuerza santificadora de su cuerpo”. El Papa Francisco nos dice en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium: “La eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (n. 47).

 

hagase tu voluntad en al tierra como en el cielo...


El obispo auxiliar de la diócesis de Rottenburgo-Stuttgart, dijo: “Muchas personas no pueden decir sí, ni a sí mismas, ni a nuestro mundo, ni tampoco a Dios. Están urgidas por cuestiones abrumadoras: incertidumbre, duda, contradicción, protesta, miedo. Sus labios están más prontos a decir no que a decir sí. Por eso necesitamos hombres que con su vida nos den ejemplo del sí, que den testimonio de la esperanza que los colma”.

  El Papa Benedicto XVI afirma que con estas dos peticiones del Padre Nuestro, descubrimos dos cosas: la primera es que existe una voluntad de Dios para nosotros y con nosotros que debe convertirse en el criterio de nuestro querer y de nuestro ser. La segunda es que la característica del cielo es que allí se cumple indefectiblemente la voluntad de Dios; dicho de otra manera, que allí donde se cumple la voluntad de Dios, está el cielo. La tierra se convierte en cielo, sí y en la medida en que en ella se cumple la voluntad de Dios, mientras que solamente es tierra, sí y en la medida en que se sustrae a la voluntad de Dios. En otras palabras, el hombre puede convertirse o vivir como mundano, hombre del mundo; o puede vivir como seglar en el mundo. Por esto el Señor Jesucristo dijo: “ustedes están en el mundo, pero no son del mundo”.

  Según las Escrituras, el hombre puede conocer la voluntad de Dios, ya que está inscrita en lo más profundo de su corazón, y se da por medio de la conciencia. Se dice que la conciencia es la voz de Dios en el interior del hombre. Por ésta, Dios le habla al hombre y le descubre sus más profundos secretos. Pero también es cierto que muchas veces esta comunión con Dios ha quedado oscurecida por diferentes motivos y circunstancias que habitan en nuestro interior y otras nos vienen desde fuera. De ahí entonces que el mismo Dios sea el que en diferentes ocasiones y de diferentes modos nos haya iluminado desde nuestro interior para que podamos salir de la oscuridad que muchas veces nos domina y nos aparta de Él. De esto tenemos como muestra el decálogo que Dios entregó a Moisés en el Sinaí, que el mismo Jesús no vino a abolir, sino más bien a darle su plenitud: éstos nos revelan la clave de nuestra existencia, de modo que podamos entenderla y convertirlos en vida. La voluntad de Dios nos introduce en la verdad de nuestro ser, nos salva de la autodestrucción producida por la mentira (Benedicto XVI).

  Nuestra voluntad debe de estar unida a la voluntad de Dios. Esto es lo que nos enseñó el mismo Jesús cuando dijo: “mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4,34). Toda la existencia de Jesús se resume en estas palabras: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Jesús mismo es el cielo aquí en la tierra. Por medio de Él se cumple la voluntad de Dios. Somos justos por medio de Él, no por nuestras propias fuerzas. Cuando nos dejamos arrastrar por nuestra propia voluntad, nos alejamos de la voluntad de Dios, pero en Cristo somos elevados hacia Él, nos acoge dentro de Él, y en la comunión con Él, aprendemos también la voluntad de Dios.

 

Bendiciones.

viernes, 1 de agosto de 2014

Dios: Creador y presente en todas las cosas


El Papa Benedicto XVI dice que el mundo en que vivimos es obra del Espíritu creador. El mundo no existe por sí mismo; proviene del Espíritu creador de Dios, de la palabra creadora de Dios. El hombre quiere hacerse por sí solo y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de lo que le atañe. Pero de este modo vive contra la verdad, vive contra el Espíritu creador… Así, el testimonio en favor del Espíritu creador presente en la naturaleza en su conjunto y de modo especial en la naturaleza del hombre, creado a imagen de Dios, forma parte del anuncio que la Iglesia debe transmitir. Y san Ignacio de Loyola, en sus ejercicios espirituales, nos dice que nosotros debemos de ser capaces de buscar y hallar  a Dios en todas las cosas como actitud frente al mundo y a la historia.

  Ya sabemos que Dios se nos muestra como el Dios del total acceso. Su Hijo Jesucristo nos ha hecho posible, nos ha abierto la puerta para el total acceso a Dios-Padre: yo soy la puerta, nos dijo, y, también que El es el camino para llegar al Padre: nadie va al Padre si no es por Él. De esta forma Jesús nos pone en contacto directo con el Dios creador y Padre nuestro. Nos conduce a Dios-Padre para que aprendamos a depender de Él. Nos enseña de esta manera que no dependemos de nosotros mismos, sino de Dios. Nos recuerda de esta manera también que por eso fuimos creados a su imagen y semejanza. Dios, Creador y Padre, es así nuestro fin y nuestra verdad. Es nuestra felicidad. Esta es la verdad que encargó a su Iglesia transmitir.

  Para san Ignacio de Loyola Dios no solamente esta presente en todas las cosas, sino que trabaja en cada una de ellas: descubrir a Dios como creador de todas las cosas, y que está íntimamente en ellas, nos permite mirar cómo Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender, y así, en mí, dándome ser, animando, sensando, y haciéndome entender, asimismo haciendo templo de mí, siendo criado a la similitud e imagen de su divina majestad. El Dios que pasa trabajo para que todo se mantenga en existencia es el mismo que pasa trabajo en la historia para salvar a sus criaturas colmando estos trabajos en la pasión de la cruz. A esto el Papa Benedicto XVI dice que la teología de la cruz no es una teoría, sino que es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días, implica sufrimientos.

  San Juan De La Cruz, en su cántico espiritual explica que, Dios creó todas las cosas con gran facilidad y brevedad y en ellas dejó algún rastro de quien Él era, no solo dándoles el ser de la nada, más aún dotándolas de innumerables gracias y virtudes. Y más adelante también dirá: descubre tu presencia y mantenme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor que no se cura sino con la presencia y la figura (cántico espiritual 11). San Juan de la Cruz ora diciendo: descubre tu presencia, no porque Dios estuviera ausente, sino porque esta presencia es aún escondida. Y también prosigue rezando: mantenme tu vista y hermosura, pidiendo que la maravilla de la presencia velada de Dios en este mundo sea superada más allá de la muerte por la presencia desvelada del amor divino.

 

Bendiciones.

    

Venga a nosotros tu Reino...


La actividad más importante de Jesús es la proclamación el Reino de Dios. No hay un dato más seguro en los evangelios de que Jesús se dedicara a esta proclamación; no hay un tema más tratado en ellos que este Reino de Dios. Jesús proclama el Reino de Dios en continuidad con la historia de su pueblo, que ya se trataba en el antiguo testamento. Pero hay también una innovación: Jesús no sólo repite lo que ya hay, sino que lo enriquece.

  Con esta petición se reconoce la primacía de Dios: donde Él no está nada puede ser bueno. Donde no se ve a Dios, el hombre decae y decae también el mundo. En muchos creyentes la búsqueda de Dios ha desaparecido de la vida diaria y parece ser asunto de pocos. Pero lo cierto es que la búsqueda de Dios se realiza comprometiendo toda nuestra humanidad. Esta búsqueda se nos presenta con muchos matices: se nos aparece como escuchar, orar, callar, obedecer, servir, velar… Toda búsqueda apunta a una percepción de Dios, del Dios que está aquí.

  El Reino de Dios quiere decir “soberanía de Dios”, y eso significa asumir su voluntad como criterio. Esa voluntad crea justicia, lo que implica que reconocemos a Dios su derecho y en Él encontramos el criterio para medir el derecho entre los hombres. La petición es “venga tu reino”, y no “venga nuestro reino”. Se necesita de un corazón dócil para que sea Dios el que reine y no nosotros. El Reino de Dios llega a través del corazón que escucha: “el que es de Dios escucha las palabras de Dios…” (Jn 8,47). Ese es su camino, y por eso nosotros hemos de rezar siempre: debemos de cambiar profundamente nuestra manera de pensar; aprender a pensar desde Dios y no desde el hombre, a fin de evaluar correctamente nuestra vida con sus oraciones escuchadas y nos escuchadas. Jesús no solamente proclamó el Reino de Dios, sino que donde está Él ahí está el Reino de Dios. Jesús es el Reino de Dios entre nosotros ya.

  Este Reino de Dios tiene varias connotaciones. Entre ellas podemos mencionar la que evoca un “nuevo orden social”: este nuevo orden social involucra al mismo Jesús y sus discípulos y a los demás de la comunidad (Iglesia). Es un nuevo orden social que sigue siendo un orden futuro. Sus elementos son: la purificación del templo, -ya que era el centro político y económico de Israel. Desde la monarquía, con el rey David, el pueblo de Israel se va constituyendo en el foco de todo con su capital Jerusalén. Aquí también entra la reforma religiosa del rey Josías que hace del templo el centro, la polarización de las actividades del pueblo. Hay una serie de actitudes de Jesús ante el templo que son desconcertantes para el pueblo: la expulsión de los vendedores del templo, por ejemplo; gesto profético que significa un cambio en la manera de cómo realizar los sacrificios y relacionarse con Dios. Con este hecho, Jesús anuncia que el orden presente está pasando, es decir, es un anuncio escatológico. El conflicto que se genera aquí no es solamente en contra de los dirigentes, sino que Jesús toca algo que está muy dentro del corazón del pueblo y no solamente de un grupo, es decir, la gente no acepta este gesto profético de Jesús. El nuevo orden que Dios está pidiendo no está en los sacrificios del templo, sino ahora en el cuerpo de Cristo resucitado: el templo no hecho por manos humanas.

  Un segundo elemento es la escogencia del grupo de los Doce, -que hace referencia a las doce tribus de Israel-, nuevo pueblo de Dios. Un tercer elemento es todo aquello referente al “banquete escatológico”: Jesús comienza a constituir un nuevo pueblo con lo que llamaríamos “banquete de mesa”. Esta imagen del banquete es interesante ya que nos habla de un orden social distinto en que su característica será “incluyente” y no excluyente: todos estaremos participando de él.

  Otra connotación es que nos presenta un “orden nuevo”: los principales destinatarios ahora no son solamente los ricos, sino los pobres; no sólo los justos, sino también los pecadores; no sólo los grandes, sino también los pequeños, etc.

  Rezar por el Reino de Dios significa decir a Jesús: déjanos ser tuyos Señor. Empápanos, vive en nosotros; reúne en tu cuerpo a la humanidad dispersa para que en ti todo quede sometido a Dios y tú puedas entregar el universo al Padre, para que Dios sea todo para todos (Benedicto XVI).

 

Bendiciones.