martes, 12 de marzo de 2024

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

 

  En el evangelio de san Juan, leemos en el capítulo 1,29, las palabras que pone el evangelista en boca de Juan Bautista: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La imagen del cordero no era ajena a los judíos. La conocían muy bien y sabían de qué se trataba. Ya en el Antiguo Testamento, en el libro del Éxodo 12,21-28, se nos narra el episodio donde el Señor instruye a Moisés para que las familias de Israel inmolen un cordero y unten con la sangre los dinteles de sus casas, porque el ángel del Señor pasará en la noche a herir a los primogénitos de Egipto, pero cuando vea la sangre en el dintel, pasará de largo y no hará daño.

  Pues los judíos tenían conocimiento de la imagen del cordero y sabían muy bien lo que significaba. Pero, la novedad que trae el Nuevo Testamento es que, estos no se imaginaban que ahora, con lo señalado por el Bautista, el cordero tomaría forma humana, en la persona de Jesús. Ya el mismo Jesús, en el camino de su predicación, se irá encargando de ir desvelando esta imagen. Pues este es el nuevo y definitivo cordero que quitará, borrará y limpiará a la humanidad de su pecado con su sacrificio en la cruz al derramar su sangre como pago por nuestros pecados: “Nos compró con el precio de su sangre”, nos dirá san Pablo.

  Fijémonos que el Bautista dice que “quita el pecado”; no dice “los pecados”. La palabra pecado es el concepto general. Pero ¿qué es el pecado? Dicho de una manera llana: el pecado es toda aquella acción nuestra que ofende a Dios. Es decir, toda acción que cometamos en contra de los mandamientos de Dios. Y es que la humanidad está herida de pecado o herida por el pecado. Es decir, la humanidad sigue cometiendo pecado. Y Dios Padre, que quiere que nosotros nos salvemos, por eso nos envió al médico con la medicina para sanar esa herida: el médico es Cristo y la medicina es su Gracia. Pero, lamentablemente, muchos se han negado a recibir tanto al médico como la medicina que nos trajo. Han preferido mejor seguir heridos de muerte, cometiendo pecado, y el desenlace de este es la muerte eterna. Ya lo dijo el mismo Señor al advertirnos que “al que debemos tener miedo es a aquel que después de dar muerte, tiene potestad para arrojar al infierno”, es decir, debemos temer al pecado.

  El pecado es muerte. Jesús se nos presentó como el médico que vino a sanarnos de esta enfermedad: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos” (Mt 9,12). La medicina que nos trajo es su Gracia, que se nos da por medio del don del Espíritu Santo, que recibimos en nuestro bautismo. Por medio de este, somos purificados y santificados. Pero no todos han dejado obrar en su corazón esta acción santificadora y salvadora. Es como ya lo dijo el mismo evangelista san Juan, al principio de su evangelio: “Prefirieron mejor seguir viviendo en las tinieblas y rechazaron la luz”. Es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, el que nos hará tener una vida nueva más justa y santa. Es el Espíritu el que nos da la vida, la verdadera vida de la gracia.

  El evangelista san Juan continúa diciéndonos que, después de haber señalado a Jesús como el cordero de Dios, dos de sus discípulos lo dejaron para seguirlo. El bautista no los detuvo; más bien los dejó libres para que tomaran su decisión. El Bautista comienza así a disminuir, a salir de la escena, para dar paso al que había de venir, al esperado, al redentor, al Mesías. Estos discípulos del Bautista siguen a Jesús, vieron dónde vivía y les cautivó su persona y su mensaje que decidieron, a partir de ese momento, quedarse con él. Pero no quisieron quedarse con ese descubrimiento para ellos solos, sino que lo comunicaron llenos de gozo a los demás: Andrés va al encuentro de su hermano Simón y le dice lo que han encontrado: al Mesías. Estas palabras no se las inventó Andrés, sino que fueron inspiración del mismo Espíritu Santo que ya empezaba a morar en ellos por comunicación del mismo Jesús. Así, vemos cómo empieza a desarrollarse el proceso de los seguidores de Jesús: pasan de ser discípulos para convertirse en sus apóstoles.

  Ya el mismo san Juan, en su primera carta, nos advertirá que somos hijos de Dios, y no del diablo. El diablo lo que busca es la muerte y sus hijos por igual. Nosotros somos hijos de Dios y debemos actuar como tales, es decir, buscar, promover, defender y proteger la vida.

  Así tiene que suceder en nosotros. Ya hemos sido revestidos por el don de la gracia del Espíritu Santo desde nuestro bautismo. En nosotros se realiza el proceso de purificación y santificación querido por Dios Padre a través de su Hijo Jesucristo. Debemos dejar que este médico nos sane con su gracia santificante de la enfermedad del pecado, para que así podamos seguirlo como discípulos suyos y convertirnos en sus apóstoles: que podamos comunicar con gozo, entusiasmo y fuerza la buena noticia de salvación que es el mismo Jesucristo y su evangelio.

viernes, 2 de febrero de 2024

Una Nación bajo Dios

 

  Al proclamar la Independencia Nacional en 1844, de la dominación haitiana, Juan Pablo Duarte y sus compañeros quisieron que los cimientos de la nueva nación se forjaran sobre la base del cristianismo y por eso asumieron como lema Dios, Patria y Libertad.

  No hay dudas de las convicciones de fe que tenía y manifestaba Juan Pablo Duarte en el Dios de Jesucristo, el Dios de Israel. JPD, tenía una creencia religiosa profunda, fruto no del azar, sino de una educación y acompañamiento que se gestó desde su más tierna edad. Era un hombre de una manifiesta entrega, solidaridad, generosidad y sensibilidad. Pareciera que JPD encarnaba el más noble ideal del verdadero cristiano que asumía la enseñanza del Maestro de Nazaret, que no era indiferente ante el dolor y sufrimiento humano. La caridad cristiana era distintiva de su persona y de su vida. No era un hombre desencarnado. Por eso sigue siendo un ejemplo, no sólo en lo referente a la libertad de la opresión del yugo extranjero, sino que también es un ejemplo en obras de amor y sacrificio para sus semejantes. Este también fue parte del legado que nos dejó como dominicanos.

  JPD quiso dejar claro los cimientos cristianos de la naciente nación y por eso los plasmó en el credo patriótico de la sociedad secreta La Trinitaria. Podemos afirmar, de manera jocosa, que JPD no fue un cristiano de la secreta. Su fe cristiana fue cauce de expresión que hizo de él un gigante: “No es la cruz signo de padecimiento, sino símbolo de la redención”. Vivió una fe religiosa que lo llevó a servir a la Patria y no a servirse de ella. Leemos en su ideario: “Sigan, repito, y su gloria no será menor por cierto que la de aquellos que desde el 16 de julio de 1838 vienen trabajando en tan santa empresa bajo el lema Dios, Patria y Libertad, que son los principios fundamentales de la República Dominicana”.

  Dios es la fuerza creadora, el infinito, razón última de todo cuanto existe. Dios es Padre, Creador, Redentor, Salvador, Providencia. El Padre que no se olvida ni abandona a sus hijos; que reúne a sus hijos como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, para protegerlos y cuidarlos.

  Todo lo anterior viene al caso de que, ciertamente somos una “nación bajo Dios”. Pero debemos preguntarnos si vivimos y actuamos como tal. Recordamos aquí las palabras de uno de los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica, John Winthrop que, en un discurso a la nación dijo que, si los Estados Unidos seguía los caminos de Dios, se iba a convertir en la más bendecida, próspera y poderosa de las civilizaciones”. Pero les advirtió al mismo tiempo que, “si nuestro corazón se desvía, y no obedecemos, sino que somos seducidos, adoramos y servimos a otros dioses, a nuestro propio placer y a favor de nuestras ganancias, y servimos a todo eso… ciertamente pereceremos” (sermón Un Modelo de Caridad Cristiana, 1630).

  Pues el ADN espiritual nuestro, - como nación libre, soberana e independiente -, proviene nada más que del mismo pueblo de la alianza, de Israel: la ley, los salmos, los profetas de este pueblo son los que contiene la Biblia cristiana. Pero, así como Israel traicionó a Dios, también podemos decir que nuestra nación está en un camino de traición a Dios; nos estamos apartando poco a poco del camino de Dios; nos estamos alejando de Dios para acercarnos a los ídolos de la modernidad y el progresismo, que deviene en el ecologismo, el feminismo radical, la fiebre climática, la ideología de género, el veganismo, el indigenismo. Estamos abandonando la lucha con Dios para rendirnos a la seducciones y esclavitudes de este modernismo y progresismo idolátrico que nos impone sus esclavitudes para apartarnos del Dios verdadero.

  Nuestros valores, principios y fundamentos cristianos están siendo reemplazados por principios idólatras, la ética cristiana por una ética mundial-pagana y la cosmovisión cristiana por una cosmovisión de fraternidad universal. Podríamos afirmar, aunque suene fuerte, que nuestra sociedad dominicana viene avanzando en un proceso de paganización. Gran parte de nuestra nación viene arrodillándose a sus baales, que son sus amos, dueños y señores, ya que le han prometido prosperidad, fecundidad, aumento y ganancia. Y han caído en la tentación de adorarle y rendirse a ellos, a sus seducciones y engaños. Gran parte de las calamidades que vivimos como nación son causa de esta traición y alejamiento de Dios. Y es que no podemos negar que la palabra de Dios y su ley han servido como salvaguarda contra los poderes y dioses paganos, pero al ir echando a un lado a Dios, se han abierto las puertas de nuestra sociedad para que entre el enemigo. Nuestra nación dominicana está abandonando la edificación sobre la piedra angular, que es Cristo y su palabra, para edificar sobre arena. Las instituciones de nuestra nación están siendo vaciadas de la presencia de Dios, y ese espacio lo están ocupando otros espíritus paganos. Las consecuencias las estamos pagando.

domingo, 21 de enero de 2024

SOLEMNIDAD NTRA. SRA. DE LA ALTAGRACIA. PROTECTORA DEL PUEBLO DOMINICANO (ciclo B)

 

  Damos gracias a Dios, Padre Todopoderoso, por habernos permitido una vez más poder celebrar esta eucaristía, esta acción de gracias por todas las bendiciones que sigue derramando en nosotros, en nuestras familias, en nuestras comunidades cristianas y en nuestra sociedad dominicana. Hemos venido a este lugar santo con la intención de celebrar nuestra fe y, al mismo tiempo, pedir fortaleza y confianza en su palabra para poder aceptar su voluntad.

  Esta celebración eucarística tiene la particularidad de que nos regocijamos por habernos hecho el regalo de su Madre Santísima como nuestra Madre. Ya nosotros tenemos un Padre y un hermano mayor. Pero lo cierto es que no quiso dejarnos huérfanos de madre. Nos entregó a su misma Madre para que sea nuestra Madre; y para que, como hizo el discípulo amado, también cada uno de nosotros nos la lleváramos a nuestra casa. Pero, al igual que su Hijo que quiere morar en la habitación de nuestro corazón, ella también lo quiere hacer.

  En el pasaje del evangelio que hemos escuchado, vemos la figura de Herodes, que representa el poder político y su preocupación por retenerlo. Esto implica mantener todo lo que representa: los privilegios, las adulaciones y autoridad. Y siente miedo ante el anuncio del nuevo rey porque piensa que lo puede destronar. Como político al fin, utiliza la mentira disfrazada de verdad, diciéndole a los magos que averigüen bien el lugar donde nacerá el niño para ir él también a adorarlo; su estrategia es convertir a los magos, de mensajeros en espías; pero en realidad lo que quiere hacer es encontrarlo para matarlo. Para Herodes, el niño es una amenaza para sus ambiciones políticas. Herodes hace su elección: elige su voluntad y rechaza la voluntad de Dios. En segundo plano, tenemos a los escribas y sacerdotes, que conocen bien las escrituras y profecías al respecto del nacimiento del niño; saben el tiempo y lugar. Pero no hacen nada para buscarlo y encontrarlo, porque están acomodados y no quieren renunciar a su estatus. No mueven ni un dedo para buscar al Dios esperado y prometido.

  En tercer lugar, tenemos a los magos. Estos buscan a Dios; son los auténticos buscadores de Dios. Representan a todos aquellos que no son del pueblo elegido. Representan a los pueblos paganos, a la universalidad de la humanidad. Éstos buscan la verdad que le dará sentido a sus vidas; perseveran sin desfallecer porque están seguros de que darán con ella. Superan los obstáculos que se les presentan en el camino, la oscuridad que les envuelve al perder de vista la luz de la estrella que les guiaba; la soledad del desierto, las dudas. Cuando vuelven a encontrar la estrella que los guía y lleva al lugar donde nació el niño, no pueden ocultar la alegría, el gozo, la satisfacción de haberlo encontrado. Ven colmado sus esfuerzos, sacrificios y perseverancia. Llegando ante el niño-Dios, se arrodillan y le ofrecen sus mejores regalos: sus vidas, sus trabajos, sus corazones, le reconocen como su Rey, su Dios y Señor. 

   ¿Y qué podemos aprender nosotros de estos magos de oriente? Lo primero es que, como ellos, también nosotros debemos ser permanentes buscadores de Dios, de la Verdad, de la vida, de la verdadera alegría; lo segundo es que nos dejemos ayudar por diferentes medios de nuestra fe para realizar esa búsqueda y lograr encontrar al Señor en esta vida, que es el tiempo establecido para encontrarlo; lo tercero es que aprendamos a enfrentar y a superar los obstáculos en nuestro camino, el cansancio, las oscuridades, las dudas…, para que al final descubramos al Dios que quiere encontrarse con nosotros y cambiar nuestras vidas. El encuentro con Cristo, si es verdadero y sincero, jamás nos dejará igual; nos lleva por camino diferente al que nos encontró. Nos lleva a creer que, de una sociedad arropada por el materialismo y la increencia, puede pasar a ser una sociedad creyente y buscadora de Dios.

  Dios nos ama. Cristo nos ama. María, como discípula amada de Dios y Madre de Su Hijo, también nos ama. Nosotros, si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo y verdaderos hijos de la Virgen Madre, debemos aprender a amar como ella. Un amor lleno de generosidad, de paciencia, de ternura, de amabilidad, de devoción, de confianza y de misericordia; un amor inquebrantable que la llevó a estar de pie ante la cruz donde agonizaba su Hijo y no desfallecer, a pesar de la espada que en ese momento le traspasaba el alma, como lo profetizó el anciano Simeón cuando fue a presentar al niño al templo.

  Todo verdadero discípulo de Jesús, si es verdad que quiere dejarse guiar por él, tiene y debe de amar a su Madre. Ella es parte fundamental de la vida y predicación de Jesús: es la dichosa, la feliz y la bienaventurada discípula de Dios por haber escuchado y cumplido su voluntad. Debe amarla como Cristo la amó; escucharla como Cristo la escuchó; venerarla como su Hijo la veneró; respetarla como su Hijo la respetó. Porque ella es el camino para llegar al Hijo. Nadie como la Virgen María para enseñarnos cómo amar al Hijo de Dios, a su Hijo. Amar a la Madre del Hijo de Dios, nos mantiene unidos a él, ¡jamás separados! El corazón del Hijo está unido al corazón de la Madre y viceversa: son dos corazones que aman, que ríen, que perdonan y sufren juntos; ambos son inmaculados, limpios, compasivos, fuertes y santos.

  Pues esta es la Virgen Madre que hoy, de manera especial, celebramos en esta eucaristía como Protectora de nuestra nación dominicana. La Virgen María es la protectora del Hijo de Dios y también quiso ser, de manera particular, protectora del pueblo dominicano. Quiso identificarse con nuestro pueblo y por eso asumió en sus vestidos los colores de nuestra bandera nacional. Ella nos enseña a contemplar al Hijo de Dios que, en la imagen de un bebé, se pone en nuestras manos, a nuestro cuidado, a nuestra protección. Los brazos y manos de la Virgen Madre son como un trono y un altar que nos ofrece al mismo Dios hecho hombre para que lo adoremos, lo glorifiquemos y nos abandonemos a su providencia y voluntad. Es lo que le debemos a Dios Padre.

  La Virgen María, al ser dada a nosotros como Madre por su Hijo Jesucristo, también es Madre de la Iglesia. Ella es Madre de todos los que tienen nueva vida por el bautismo. María no se hizo un Dios a su medida. No practicó una fe ni una religión a la carta. María no fue la mujer creyente, Madre de Dios que dijo “Dios sí, Iglesia no”. María es modelo de amor a la Iglesia. Es camino seguro para saber cómo tenemos que vivir en la Iglesia, por la Iglesia y con la Iglesia.  Por eso, ella también es Madre y Maestra de la Iglesia; es Madre y Maestra nuestra. Ella nos arropa con su amor materno y nos protege con su santo manto de los peligros y acechanzas del enemigo de Dios, del diablo. Como Madre nos guía en la oración, nos fortalece con su ternura, nos cuida con su amor de Madre, nos abraza con sus suaves brazos y nos lleva en su regazo. Como Maestra nos enseña la vida de fe y de servicio; nos enseña a ser humildes; a confiar y a obedecer la voluntad de Dios; nos enseña a confiar en la esperanza divina.       María nos enseña que lo importante no es recibir honores y ocupar los primeros puestos, sino amar.

  Podemos afirmar que María fue la mujer creyente en la eucaristía. Así como ella contempló a su Hijo acostado en el pesebre, también lo pudo contemplar en el altar eucarístico. Después de la resurrección, tuvo que aprender a contemplar a su Hijo de una manera diferente, de una manera sacramental. Seguro que ella supo descubrir la presencia de su Hijo de esta manera eucarística en el altar porque estaba unidad a él en cuerpo y alma. Y es que la eucaristía es la presencia trinitaria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por eso, nosotros debemos aprender a vivir la eucaristía sabiendo que tratamos con una persona en particular: el mismo Cristo, nuestro Dios y Señor.

  Esta mujer creyente, Madre, discípula y servidora, es a la que hoy celebramos como nuestra Protectora. Como sus hijos espirituales, le pedimos que no quite su mirada de nuestra nación dominicana que tanto la necesita. Necesita de sus ruegos y oraciones. Necesita dejarse guiar por ella en este camino difícil, cubierto casi todo él por un manto de oscuridad. Esta oscuridad que se manifiesta de muchas y diferentes maneras. Nuestra sociedad dominicana, hoy está arropada por el manto de la violencia. Si algo debíamos de tener bien aprendido ya, es saber que la violencia es incompatible con el seguimiento de aquel que murió en la cruz perdonando a sus asesinos. Pero ¿cómo aprenderlo si cerramos nuestro corazón a Dios? ¿Si ya no escuchamos su voz? Los ídolos del materialismo, de la corrupción, del hedonismo, del egoísmo, de la indiferencia y la superficialidad están dejando su huella profunda en el corazón de gran parte de nuestra sociedad dominicana.

  Nuestra nación parece que muere. Nuestra vida se degrada en el irrespeto, la vulgaridad y la indecencia.  Hay unos grupos en nuestra sociedad que quieren arruinar nuestras vidas. Los hechos de muerte que estamos padeciendo parecen que están produciendo un hondo dolor en nuestra sociedad; nos sume en una angustia terrible y de desesperación; nos provoca un dolor insoportable. Y nos preguntamos: ¿Qué nos puede ayudar a soportar esta situación? Y al mirar a nuestra Madre del cielo, vemos que nos guía hacia la esperanza.

  Otro manto oscuro que arropa a nuestra sociedad dominicana es el de la mentira. Hemos elegido la mentira como camino y hemos rechazado la verdad. La mentira nos esclaviza; la verdad nos libera. La mentira se disfraza de piadosa y bonachona. Pero cuando se descubre, entonces el daño que hace es mucho mayor que el bien que se consiguió con ella. Pues ante este manto oscuro de la mentira, María de la Altagracia nos guía hacia la Verdad que nos hace libres.

  Un tercer manto de oscuridad que viene arropando a nuestra sociedad dominicana es el manto que se cierne sobre las familias. Dios quiso que su Hijo naciera y creciera en una familia, en un hogar. Pero, hoy en día, muchas familias dominicanas han sacado a Dios de su entorno. En muchas familias dominicanas hoy no se enseña a creer en Dios, a vivir el amor a Dios ni al prójimo, no se construye esperanza; no se edifica en la paz ni en la compasión; hay mucha violencia en el interior de muchas familias dominicanas; violencia que se traduce en tragedias de muertes espantosas. En muchas familias dominicanas hay poca solidaridad. Son familias que se vienen edificando sobre arena.

  ¿Y qué decir del manto de las ideologías, sobre todo la ideología de género, que viene avanzando a pasos acelerados y que nuestras autoridades la han venido imponiendo mediante medidas administrativas en el sistema educativo, judicial y cultural? Estamos enfrentando no una guerra armada, sino una guerra que se libra en el terreno de los valores, de la defensa de nuestros valores, de nuestra fe, de nuestras tradiciones. Una guerra cultural que inició hace décadas que no mata físicamente, de momento, pero sus bombas ideológicas destrozan nuestra sociedad. Es una guerra de ideas, y por tanto de formación, de educación. Ya no es una lucha por la familia, por el desarrollo económico, por la salud, la educación, sino por el deseo asesino de acabar con la vida de los más indefensos, desde el vientre materno. Son los Herodes modernos y progres, que ven en este genocidio un bien público y moralmente justificable. Sin dudas que esta guerra es contra los poderes satánicos. Nuestra nación dominicana está siendo arrodillada a los poderes oscuros de organismos internacionales que se han erigido, con sus agendas genocidas, en los todopoderosos al que hay que rendirles adoración, porque se creen que son dioses. Los magos de oriente nos enseñan, con su actitud, ante quién es que debemos arrodillarnos: ante nuestro Dios, Rey y Señor, Jesucristo. Nadie más. Sólo a él le debemos adoración, alabanza y agradecimiento, y a eso hemos venido a esta celebración eucarística. Sólo ante él debemos ser incondicionales. Ellos nos muestran la auténtica piedad. Es triste decirlo, pero, somos una sociedad que vive sin saber lo que nos pasa. Y es que, sólo los que aman la Patria, se la echan al hombro y la defienden.

  En medio de este panorama tétrico y desolador, María de la Altagracia nos guía para que descubramos la voluntad de Dios. Y es que, para saber cuándo una cosa es voluntad de Dios, tenemos dos medios fundamentales para discernirlo: el primero es que nos provoca paz interior y el segundo, que nos impulsa a las buenas obras. Esto es lo que necesita nuestra sociedad dominicana. Y lo logramos en la medida en que obedecemos a Dios. Contemplar a nuestra Madre de la Altagracia es darnos cuenta de que ella nos dice que Dios quiere conquistar nuestro corazón. Por eso nos envió, a través de ella a su Hijo, para sentirnos amados y que empecemos a amarle; para dejar el miedo y fortalecer la alianza de amor divino.

  Me vienen a la mente recordar las palabras de libro de Samuel que, al escuchar la voz del Señor que le llamaba, este le respondió “Habla Señor, que tu siervo escucha”. Escuchar a Dios es obedecerle total y absolutamente. Obedecerle a él es garantía de que no nos equivocamos. Él nos sigue hablando por medio de la Madre de su Hijo y ella nos recuerda que debemos “hacer lo que él nos diga”.

  María de la Altagracia nos protege y nos guía en ese camino que nos libera de este poder del enemigo de Dios, de las ideologías, de la oscuridad y la mentira. Pero, al mismo tiempo nos dice que debemos escuchar a Dios. Con María y como María, la Iglesia se halla llamada a educar a sus hijos en la fe, manteniéndolos firmes ante las asechanzas de la serpiente y de sus aliados en el mundo, porque si nuestra nación se sigue apartando de Dios, caerá presa de los ídolos. Y es que donde está Dios, está la verdad.

 

María de la Altagracia, Protectora nuestra, ruega por nosotros. Amen  

viernes, 19 de enero de 2024

¡Aspiremos a la ciudad de arriba!

 

El Señor Jesús nos dijo que busquemos primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura; y san Agustín, en su escrito sobre las dos ciudades, dijo que “el verdadero amor de Dios no estará contigo si prevalece en ti el amor al mundo. Estate muy pegado al amor de Dios para que, así como Dios es eterno, tú también vivas para siempre”. Y es que nosotros fuimos creados para la eternidad, pero esa eternidad tiene dos caminos, para que cada uno elija uno de los dos, no se pueden elegir los dos al mismo tiempo: el primero es el de la eternidad con Dios (salvación), y el segundo es eternidad sin Dios (condenación). Ambos son eternos.

  Hay quienes no creen en Dios, ni en el cielo, ni en el infierno. Creen que la vida termina con la muerte; no creen en la trascendencia de la existencia humana. Son aquellos que viven la vida con un sentido meramente mundano, aferrados a este mundo; no creen en Dios, pero sí creen y se han construido sus pequeños diosecitos o ídolos. Porque el hombre no puede vivir sin Dios o sin un sustituto de Dios. Se crean sus propios baales. Así, el hombre se ha apartado de Dios y se está llenando de ídolos. Por lógica, el hombre que se vacía de Dios se empieza a llenar con sus ídolos. Rechaza buscar el Reino de Dios y sus tesoros, para llenarse de las añadiduras que le ofrece el mundo. Volvemos a citar a san Agustín, que dijo: “Hay dos amores, el amor a Dios y el amor al mundo. Si el amor del mundo toma posesión de ti, el amor de Dios no puede entrar en ti. Haz que el amor del mundo quede en segundo plano y que el amor de Dios more en ti. Deja que el amor de Dios tome la primacía”.

  Es decir que, si nada es Dios, entonces cualquier cosa y todo es Dios. Dijo G.K. Chesterton que “cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa”. Y esto es lo que está viviendo gran parte de la humanidad. Hoy se cree en tantos movimientos, causas, ideologías y sistemas de pensamiento que no pueden ser desafiados ni cuestionados, sin importar cuán irracionales sean. Estos también son los ídolos que la humanidad ha venido creando.

  Al apartarse de Dios, podemos afirmar que la humanidad ha caído en lo que podríamos calificar de una vida puramente carnal y vulgar. Y es que donde está Dios, está la verdad; donde no está Dios, está la mentira.

  El ídolo es creación personal, es manipulable, se le hace decir lo que uno quiere que diga y oír; al crear al ídolo, la persona se crea su propia verdad. Y vuelve san Agustín a decirnos que “el deseo de este mundo, incitador al mal, disminuye a medida que crece el amor de Dios, y desaparece cuando el amor de Dios alcanza la perfección”.

  Ya el mismo Jesús dijo que la verdad nos hará libres. Pero, hoy en día gran parte de la humanidad ha decidido vivir en la esclavitud, y dice que, mientras más verdadero se es, más libres serás. Y ya estamos viviendo las consecuencias de esta falacia modernista y progresista. Lo que antes era bueno, ahora es malo, y viceversa; lo que antes era santo, ahora es profano, y viceversa. Hay una alteración de los valores, principios y fundamentos de las sociedades. Ya no es Dios el gran alfarero de la humanidad; son más bien los ídolos que la humanidad se ha venido creando para someterse y arrodillarse a su adoración.

  La humanidad se ha tornado orgullosa y está siendo presa de sus pecados. Como rama que es, se ha desprendido del tronco, que es Cristo, ha caído al suelo, ha empezado a secarse y no sirve más que para arrojarla al fuego, ser destruida y morir.

  Hoy en día, a pesar de la buya y ruido que hay en el mundo, estamos viviendo un gran silencio, y este silencio es un silencio culpable. Hoy no se dice lo que se tiene que decir. El mismo Jesús ya había advertido que si nosotros callamos, las piedras hablarían. Hoy muchos están buscando la manera de cómo ser complacientes con el pecado del mundo, hasta querer bendecirlo. El señor quiere nuestro arrepentimiento y conversión, por eso nos trajo su mensaje del evangelio. Él es la plenitud de la verdad: conocerlo a él para ser más creído, más amado y más proclamado como nuestro único salvador y redentor. San Agustín señalaba que “Dios envió a un médico, un salvador para los hombres. Cristo vino para premiar a los que serían curados por él. Cristo cura a los enfermos y a los que cura les da un don. El don que otorga es él mismo”.

  No hay dudas de que gran parte de la humanidad se ha dejado seducir por este amo del mundo. Ha cerrado sus oídos a la voz de Dios y está escuchando otras voces que no es la de Dios; por lo tanto, están desconociendo a su pastor. Ha caído en un terrible régimen carcelero. Cristianos que están dispuestos a elegir un régimen que los oprime, que no los deja desarrollarse, que contraría las aspiraciones más legítimas y nobles del bienestar humano. La triste realidad es que muchos de los bautizados presumimos de nuestro bautismo, pero no nos esforzamos por vivir como bautizados, no seguimos los mandamientos de la ley de Dios. Somos cristianos católicos de nombre, pero no por práctica.  ¡Busquemos primero el Reino de Dios y su justicia, y llegarán las añadiduras! ¡Esta es nuestra felicidad!

viernes, 12 de enero de 2024

Con el diablo no se dialoga (y 2)

 

Viene entonces el turno de la maldición, que la podemos dividir en tres partes, según la aparición de los actores: la serpiente, la mujer y el varón. A través de ella se explica la existencia de ciertos aspectos del mal en el mundo. Con respecto a la serpiente, el odio que el campesino siente hacia ella; con respecto a la mujer, sus dolores de parto y su puesto inferior en la sociedad; y, las mayores repercusiones están relacionadas al varón, ya que queda vinculada a la maldición de la tierra, el trabajo y la muerte.

  En resumen, podemos esquematizar todo este pasaje de la tentación y caída de la siguiente manera. Primero vemos aquí la entrada del mal en el mundo que es culpa del hombre y no forma parte de los planes iniciales de Dios; y segundo, el fenómeno del pecado, que se puede resumir así: el pecado se produce porque hay una ley que el hombre no observa, revelándose contra Dios; al pecado precede la tentación, donde lo más importante no es el orgullo satánico, el deseo de rebelarse, sino la debilidad  humana ante lo que atrae (caso de Eva); esta debilidad es tan grande en el caso de Adán que ni siquiera formula la menor objeción ante la propuesta de la mujer; el hombre se resiste a admitir la propia culpa y descarga la responsabilidad sobre otros, y, los resultados son funestos, aunque parezca que con el pecado se obtiene algo positivo.

  Visto todo lo anterior con respecto a la acción de la serpiente y lo que simboliza, que se nos narra en el Génesis, fijémonos todo lo que le vino a la humanidad por este “diálogo” con el enemigo de Dios. Podemos decir que ese diálogo no es nada ventajoso para el ser humano. De hecho, satanás es bien astuto para envolvernos de tal manera en sus redes que, nosotros quedamos a su merced. Ya el papa Francisco nos ha insistido, a modo de advertencia en varias ocasiones que “con el diablo no se dialoga”. Esta es una conversación o diálogo perdido para nosotros. Dice el santo padre que, en el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto, Jesús no entra en diálogo con satanás, sino más bien responde al tentador usando la palabra de Dios.

  Con esta actitud de “diálogo” que pretende entablar el demonio con el hombre, lo que busca nada más es ver la forma o manera de cómo engañar a todo el que pueda. En el capítulo primero del libro de Job, se nos narra la conversación entre Dios y sus hijos, y entre ellos estaba satán, donde éste le pidió permiso a Dios para acercarse a Job y tentarlo. Y Dios se lo concedió, pero con la advertencia de que a él no lo tocara. Es un texto bíblico con un profundo mensaje religioso de cómo podemos reaccionar ante las diferentes situaciones y pruebas que experimentamos en nuestro caminar y cómo debe de ser nuestra reacción desde nuestra fe y confianza en Dios.

  El mundo no va por buen camino. Gran parte de la humanidad se ha desviado del camino trazado por Dios; y esto se debe en gran parte a la gran influencia que tiene el maligno, satanás, sobre el mundo y la humanidad. Lo que hace y busca satanás es el mal y la perversión, usando la estrategia del engaño y penetra por medio del diálogo, cuando la persona no está advertida de su estrategia; mientras que, lo que quiere, hace y busca Dios es el bien y la paz: “Dichosos los que luchen por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”, nos dijo Jesucristo. 

  Hay mucha gente que cae y se deja seducir por estas ideas que siembra satanás en sus cabezas y corazón, y lo hace de una manera muy sutil. Podemos decir que gran parte de la humanidad vive en un gran engaño, dejándose seducir por el maligno: éste ha sembrado la cizaña en el corazón y mente de la humanidad incauta. Sigue el hombre cayendo en la tentación de “querer ser como Dios”. El diablo siempre busca la forma de generar un diálogo cada vez más profundo que baje nuestras defensas, para poder manipularnos y hacernos dependientes de él. En este diálogo del hombre con el diablo se nos impulsa a romper la solidaridad original entre la criatura y el Creador.

  Pero a pesar de las advertencias, gran parte de la humanidad de hoy sigue dialogando o buscando diálogo con satanás. Y es que el demonio es muy o demasiado astuto para nosotros. El demonio sabe incrustar con astucia ideas y pensamientos en nuestras mentes y corazón contrarias a los deseos y voluntad de Dios y su plan salvífico: odio a la Iglesia, desprecio al poder y amor de Dios, tentaciones de violencia y destrucción, regocijo por daño a otras personas, pensamientos oscuros.

  Podemos decir que este diálogo del demonio con la humanidad se ha venido intensificando en estos tiempos actuales; ya lo dice el dicho popular: “el que no afinca bien el pie, se resbala”. ¿Y cómo tener bien afincado los pies? Pues en la medida en que fortalecemos los cimientos en nuestra confianza en Dios. A través del tarot, la lectura de carta, horóscopo, prácticas ocultistas, etc., el demonio se va metiendo en nuestras mentes llevando a muchos a asumir la idea de que hay que tener mente abierta: “Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen”, nos dijo Jesús.   

  Cuidado con seguirle el juego a satanás en ese diálogo tramposo. La mejor estrategia nuestra es abandonar esa actitud temeraria que afecta nuestra relación con Dios y su plan salvador. El demonio no hace distinción de personas; más bien le gusta atacar y seducir a aquellos que están más cerca de Dios. El demonio está influyendo cada vez más la mente de más personas. Debemos de intensificar la oración y la práctica sacramental y así estar preparándonos para seguir luchando esta guerra espiritual contra el demonio. 

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Con el diablo no se dialoga (1)

 

  En el capítulo 3 del Génesis, se nos narra la tentación y la caída de los primeros seres humanos, - Adán y Eva -, después de haber sido advertidos por Dios de que no debían de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque el día que lo hicieran, morirían. Pero, lo más curioso de este texto bíblico es la manera en cómo el escritor sagrado lo narra. Se podría decir que lo hace de una manera muy plástica o inverosímil, como quiera que se pueda calificar. No importa la manera en cómo lo ha hecho el escritor sagrado, porque lo importante de este texto es descubrir cuál es el mensaje religioso que quiso transmitir. Estos textos se califican también como “relatos teológicos” ya que son narraciones escritas con la intención de enviar un mensaje religioso.

  Según los estudios e investigaciones bíblicas que se han hecho al respecto, se sabe que los primeros once capítulos del libro del Génesis están escritos en el género literario conocido como “mito”. Pero, debemos tener cuidado en cómo entendemos esta palabra: al decir que son mitos, no se está refiriendo a que son escritos falsos o mentira. Nosotros, lamentablemente, tenemos una visión o costumbre errónea con respecto al uso correcto de esta palabra: decimos que algo es un mito para significar que es falso o mentira. De hecho, la palabra “mito”, en su sentido original se entiende como “un conjunto de historias narradas en forma poética que nos transmiten una verdad”. Pensemos por ello en toda la mitología griega.

  Pero volvamos a nuestro punto central. En el texto bíblico de la tentación y caída, narrada en el libro del Génesis, se nos presenta un diálogo entre la mujer Eva con la serpiente. Claro que no debemos de pensar que este diálogo se llevó a cabo tal cual se nos narra en el texto. No debemos ni podemos entender este texto bíblico de manera literal, ni siquiera posible. Los únicos seres vivos capaces de hablar y dialogar somos los seres humanos, nadie más. Sólo los seres humanos fuimos creados con inteligencia, voluntad y libertad. Recordemos que Dios, - después de haber creado a todas los vivientes (aves del cielo, peces del mar y animales terrestres) y, antes de crear al hombre -, no pudo entrar en relación con ellos, son su creación, porque algo faltaba, y esto que faltaba era precisamente encontrar la manera de cómo hacerlo a través de la misma criatura. Y es aquí cuando crea al hombre y lo dota de las capacidades y cualidades necesarias para dialogar, comunicarse y poder relacionarse con su creación. El texto bíblico dice bien claro que “sólo el hombre (varón y mujer), fueron creados a su imagen y semejanza”. Lamentablemente, la mujer entra en diálogo con el enemigo de Dios, satanás. Este se presentó en figura de serpiente. Lo que más bien debió hacer la mujer fue alejarse inmediatamente de la presencia de la serpiente.

  En este punto, es bueno que profundicemos en el significado bíblico de la serpiente. Este animal fue utilizado por el diablo como símbolo de la destrucción del plan perfecto de Dios; este animal simboliza la muerte, la mentira, la astucia y la venganza; físicamente se arrastra sobre la tierra y posee veneno mortal. En la Biblia se nombra a Lucifer como la serpiente antigua, porque es capaz de mentir, engañar y matar a quienes están prestos a escucharle. Pero también recordemos el texto del libro del Éxodo donde la serpiente es usada por Dios a través de Moisés para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto; también fue usada como castigo para hacer recapacitar al pueblo de Israel de sus pecados. Ya en el Nuevo Testamento, se nos señala la imagen de la serpiente como un signo espiritual de la Palabra de Dios comparando el carácter del ser humano, haciendo un llamado a ser astutos como la serpiente y sencillos como la paloma; a levantarse derecho como la serpiente en el desierto para hacer frente a las tribulaciones.

  Podemos decir que, de forma genial, el autor sagrado nos presenta el proceso que lleva al pecado. No lo escribe usando un lenguaje intelectual, sino más bien a través de en un diálogo vivo. La tentación comienza con una mentira, exagerando y falseando la prohibición de Dios. Presenta a Dios como alguien inhumano y cruel, que impone al hombre algo terrible. La tentación continua: niega la existencia del peligro. Y entonces surge la atracción por lo prohibido y la apetencia. Adán y Eva parecen no fijarse en el árbol. El simple pensamiento de morir los retrae de su contemplación: “la mujer vio que el árbol tentaba el apetito, era una delicia para los ojos y apetecible para adquirir conocimiento” (3,6). A partir de ese momento, está perdida y también su marido.

  La serpiente ha sido identificada con satanás, con una figura simbólica, - el apetito humano, la curiosidad intelectual -, con una figura mitológica. Inmediatamente vienen las consecuencias del pecado, es decir, el pecado produce sus frutos. La serpiente había prometido que se les abrirían los ojos (3,5), y así sucede, pues adquieren un conocimiento nuevo (3,7). Pero lo que aprenden es que están desnudos, y eso provoca vergüenza mutua, vergüenza y miedo ante Dios. También surge el sentimiento de culpa y el ansia de descargar en el otro la propia responsabilidad. En su deseo de justificarse, el hombre culpa a la mujer, rompiendo con ello la solidaridad entre la pareja. La mujer, sin otra alternativa, culpa a la serpiente.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

“Hoy les ha nacido el Salvador: Cristo, el Señor”

 

  Hemos entrado ya en el último mes de este año. Hemos recorrido un camino largo, pero que a la vez a muchos nos ha parecido corto. Y es que el tiempo es el mismo, no cambia; lo que cambia es el ritmo de vida en el que estamos inmersos. Este aceleramiento nos parece que la vida se nos va sin darnos cuenta, se gasta, se diluye, se disuelve, se acaba. Por esto es por lo que se nos dice que debemos aprovechar el tiempo; y es que, ¡todo tiene su tiempo! Y para nosotros, es el tiempo de volvernos hacia Dios. Por esto nos preparamos en estos días para recibirlo con gozo y alegría, no solo en el pesebre que preparamos en una esquina de la casa o en otros lugares fuera, sino y, sobre todo, nos preparamos para recibirlo en el pesebre de nuestro corazón, porque es allí donde él quiere nacer y habitar de manera permanente.

  El Señor, en la figura de un niño indefenso, viene a tomar posesión de lo que le pertenece: nuestro ser. Pero, aunque somos hechura de sus manos, esa posesión se dará en la medida en que cada uno de nosotros se lo permitamos; si nos decidimos a abrir las puertas de nuestro corazón para que entre y con su luz nos ilumine para siempre, - y así dejar de ser posesión del maligno, de nuestros deseos impuros -, y dejar que la vida de la gracia que se nos manifiesta en estos días sea abundante en nuestros corazones, nuestros hogares, nuestras comunidades y nuestra sociedad.

  Este nacimiento nos tiene que llevar a presentarnos como los pequeños y humildes, para experimentar toda la gracia y bendiciones que la presencia del divino niño nos trae. Este niño no viene con las manos vacías, sino que nos trae el gran regalo del Reino de su Padre celestial: reino de justicia, amor, paz, misericordia, fraternidad, compasión, solidaridad, salud, liberación…, en definitiva, nos trae el regalo del Reino de la vida.

  Pues este niño es la luz del mundo que viene a iluminar la oscuridad de su pueblo santo; viene a liberarnos de las esclavitudes y posesiones de los espíritus inmundos y la idolatría. Viene para mostrarnos cuál es el camino que nos conduce hacia la libertad y la vida; viene para llevarnos de vuelta al Dios verdadero. Se hace uno de nosotros y uno con nosotros, para transformarnos en santos, como su Padre celestial es santo. Nos enseña, con su Encarnación, que el camino para tener acceso a la grandeza y eternidad de Dios es la humildad. Nos viene a enseñar a tener los pensamientos de Dios, a vivir como sus hijos, a acercarnos a él para tratarlo y llamarle Padre. En fin, se hace uno de nosotros para que lo conozcamos, creamos más en él, lo amemos más y lo testimoniemos más.

  Abramos nuestro corazón a esa presencia divina que se nos manifiesta en la imagen de este niño. Gran parte de la humanidad hoy está poseída por muchos dioses; hay mucho peligro en esa cercanía idólatra; estamos muy vulnerables a la posesión y dominio de los ídolos. Este Dios poderoso, en la figura de un niño, viene para liberarnos de la convulsiones, temblores y frenesís violentas que gran parte de la humanidad y de su Iglesia están experimentando en la actualidad.

  Dejemos que la presencia de Dios entre nosotros nos libere de la idolatría y posesiones demoníacas. Que ilumine nuestra nación; cuide y proteja nuestra cultura de las asechanzas del enemigo. Que la oscuridad no nos arrope y desvíe del buen camino que nos conduce a Dios. Dios viene a nosotros en la imagen de un niño, viene a nuestro encuentro, viene a estar con nosotros, a caminar con nosotros. Es el Señor que nos visita y nos trae la alegría que nada ni nadie nos podrá quitar; viene a ponerse en nuestras manos, se abandona a nuestro cuidado y protección; se confía a nosotros para que podamos confiarnos a él.

  Su presencia y su mensaje del evangelio nos traen y participan del amor y el perdón de Dios, que vence las potestades y principados de los ídolos y espíritus inmundos. Su persona y su palabra nos guían y llevan a la salvación para la que fuimos creados y llamados: esta es nuestra vocación divina y debemos esforzarnos por vivir de acuerdo con ella, como nos lo dice el apóstol san Pablo.

  Con su nacimiento, el Señor nos dice que toda vida es sagrada y hay que protegerla; las mujeres, los niños y los hombres somos iguales y heredamos la misma promesa: su reino eterno. Que los pobres y débiles no fueron creados a imagen de Dios a diferencia de los ricos y poderosos; que la sexualidad es un regalo sagrado de Dios y que tiene que ser vivida en el sagrado matrimonio; y que los gobernantes y sus gobiernos están sometidos a la voluntad divina.

 Así es queridos hermanos: ¡Dios nacerá y pondrá su morada entre nosotros y estamos alegres!