martes, 26 de marzo de 2013

La vida Interior


-nosotros lo cristianos tenemos que ser conscientes de que nuestra vida tiene dos dimensiones: una natural y otra sobrenatural.
-la vida sobrenatural, que consiste en la participación de la vida divina, la llamamos también vida de la gracia, para subrayar su absoluta gratuidad, o bien “vida interior”, para distinguirla de la vida corporal, que es exterior o sensible.
-como la vida exterior, la del cuerpo, entra en  el contacto con el mundo externo o visible a través de los sentidos; así, por analogía, la “vida interior” la de la gracia, entra en contacto con el mundo divino a través de las virtudes sobrenaturales (fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza, templanza).
-en consecuencia, como desarrollando con el ejercicio los sentidos se mejora el contacto físico con el mundo externo, así desarrollando con el ejercicio las virtudes sobrenaturales mejoramos el contacto con el mundo divino.
-así como tenemos campeones en el plano de los sentidos –los atletas-, así tenemos los campeones en el plano de las virtudes –los santos.
-los santos son exactamente aquellos que se han comprometido en pensarse, buscarse, encontrarse, donarse; todo esto alimenta su amor y así en un crecimiento continuo. (Anécdota de Teresa de Calcuta).
-por eso, los santos son hombres y mujeres que han sabido muy bien interpretar la “ley de Dios”, que consiste en la “caridad”, por lo cual podemos siempre leer en nuestro interior cuales son los preceptos de vida que hemos de practicar.
-por eso nos dirá Jesús: “este es mi mandamiento, que se amen unos a otros”. A cerca de esta ley dice san Pablo: “amar es cumplir la ley entera”. Y también, “ayúdense a llevar mutuamente sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo”. Entonces lo que mejor define la ley de Cristo es la caridad.
-esta ley abarca muchos aspectos. Ya el mismo Pablo nos dice en qué consisten estos aspectos: la caridad es comprensiva, no presume ni se engríe, no es ambiciosa ni egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
-la caridad es comprensiva, porque tolera con ecuanimidad los males que se le infligen.
-la caridad es benigna, porque devuelve generosamente bien por mal.
-la caridad no es envidiosa, porque al no desear nada de este mundo, ignora lo que es la envidia por los éxitos terrenos.
-la caridad no presume, porque desea ansiosamente el premio de la retribución espiritual, y por esto no se vanagloria de los bienes exteriores.
-la caridad no se engríe, porque tiene por único objetivo el amor de Dios y del prójimo, y por esto ignora todo lo que se aparta del recto camino.
-la caridad no es ambiciosa, porque no siente deseo alguno de las cosas ajenas y exteriores.
-la caridad no es egoísta, porque considera como ajenas todas las cosas que posee aquí de modo transitorio, ya que solo reconoce como propio aquello que ha de perdurar junto con ella.
-la caridad no se irrita, porque aunque sufra injurias, no se incita a si misma a la venganza, pues espera un premio muy superior a sus sufrimientos.
-la caridad no lleva cuenta del mal, porque afincada su mente en el amor de la pureza, arrancando de raíz toda clase de odio, su alma está libre de toda maquinación malsana.
-la caridad no se alegra de la injusticia, porque anhelosa únicamente del amor para con todos, no se alegra ni de la perdición de sus mismos contrarios.
-la caridad goza con la verdad, porque amando a los demás como a sí misma, al observar con los otros la rectitud, se alegra como si se tratara de su propio provecho.
-los evangelios nos hablan exclusivamente de lo que Jesús “hizo”, sin embargo, nos permiten descubrir en sus “acciones” –ocultas por el silencio- un clima de profunda contemplación.

 A modo de conclusión.

 -no podemos quedarnos en lo puramente externo, sino que tenemos  que ser “espacios de vida interior” intensificando el cuidado de la espiritualidad, de la formación y la contemplación.
-de esta forma aprenderemos que nuestros éxitos y frutos apostólicos no estarán nunca en lo que hagamos sino en lo que nos dejemos hacer por el Señor, que es lo mismo decir, “si hacemos la voluntad del Señor”.

Las funciones del Camarlengo



camarlengo papal

Figura de Origenes en un manuscrito antiguoEn los primeros siglos del cristianismo los diáconos tenían un papel importante en su papel de administradores Las funciones del de los bienes de la Iglesia.

El secretario personal de los papas era un archidiácono (un diácono de alta categoría) y se le respetaba mucho. De hecho los diáconos del papa llegaron a tener mucho poder, algo así como el Decano de Administración de una universidad puede ser el que determine lo que se hace, por encima del rector mismo, ya que él sólo establece si hay dinero o no para los proyectos.

Se dice que por esa razón a comienzos del segundo milenio el Papa Gregorio VII abolió el puesto porque sólo el Papa debía tener el poder de hacer y deshacer en la Iglesia. Entonces se comenzaron a nombrar unos "ayudantes de cámara", los camarlengos. En la ilustración se ve el escudo de armas del camarlengo, que normalmente es un cardenal. Con el tiempo también fueron desapareciendo sus funciones de secretario papal y terminó siendo el que administra durante el periodo de la sede vacante, es decir, el tiempo entre la muerte de un Papa y la elección de otro.

El procedimiento tradicional a la muerte de un Papa comienza cuando el camarlengo, situado al lado del lecho de muerte del Papa, llama a éste con sus nombres y apellidos de pila –tres veces, con una diferencia de tres minutos entre cada llamada. Acto seguido, golpea suavemente la cabeza del Papa tres veces con un martillo de plata. Después de que el Papa es declarado muerto, el camarlengo quita el Anillo de su dedo en presencia de los cardenales y luego procede a destruirlo con un martillo, junto con el sello oficial de plata del Pontífice. La idea es que nadie se apropie del anillo para certificar documentos estando el Papa muerto.

Estos actos simbolizan el final de la autoridad del Papa. Finalmente, el camarlengo procede a cerrar las puertas que dan acceso a los aposentos privados del Papa, ante la presencia de los cardenales prefectos y del Secretario de Estado. Esto obedece al hecho de que en ocasiones en el pasado los cardenales se dedicaron a saquear la habitación papal.

El camarlengo luego comunica la noticia a los dignatarios principales de la Curia romana, al Decano del Colegio de Cardenales y al Vicario General de Roma quien, a su vez, lo da a conocer a la opinión pública. Es en este momento cuando se da inicio a los preparativos de las exequias del Pontífice y el llamamiento a Cónclave o reunión para la elección del nuevo Papa. Esta última invitación la hace el Decano del colegio cardenalicio.

Maria, testigo de la fe.






 “…María es la mujer de fe,

Que acogió a Dios en su corazón,

En sus proyectos, en su cuerpo

Y en su experiencia de esposa

Y madre. Es la creyente capaz

De captar en el insólito

Nacimiento del Hijo la llegada

De la plenitud de los tiempos,

En la que Dios, eligiendo

Los caminos sencillos de la existencia humana,

Decidió comprometerse personalmente

En la obra de la salvación” (Juan Pablo II).

 

 

  María se presenta como una sencilla síntesis de opuestos, a la luz de Dios: “es la esclava del Señor y la reina de los apóstoles; es discípula y maestra, Virgen y Madre…” por lo tanto, María es el perfecto instrumento de Dios y, por tanto, como el gran ideal para el desarrollo de la personalidad y para la eficacia de la misión apostólica.

  La Virgen fue la que más cerca estuvo de su Hijo y, al mismo tiempo, la que “hizo más que nadie por darlo al mundo”, escribía el beato Santiago Alberione. Y hacía este razonamiento: “se dice: a Jesús por María; pues también se podrá decir: a Jesús maestro por María maestra…Jesús es el único maestro; María es maestra por participación.” En realidad, María no escribió ningún libro, ni tuvo una cátedra para enseñar, ni se dedicó a predicar… y, sin embargo, fue maestra y formadora de Jesús y de la Iglesia, de los apóstoles y de todos los cristianos.

  Para este beato, María es maestra porque ha dado al mundo a Jesucristo Maestro. Ella es, según Epifanio, “el libro sublime que ha propuesto al mundo la lectura del verbo”. María es maestra por la santidad de su ejemplo; si queremos configurarnos con Cristo, el camino más fácil es María, libro que contiene todas las virtudes: la fe (dichosa tú que has creído Lc 1,45); la esperanza (hagan lo que él les diga, Jn 2,5); el amor (hágase en mi según tu palabra Lc 1,38); por la eficacia de sus oraciones; por la autoridad de sus consejos, pues la llena de gracia y sabiduría. María predica no con palabras, sino encarnando al verbo, “escribiendo un libro con su propia sangre”, concluía Alberione.

  Pero María es maestra por ser discípula, por estar totalmente abierta a la escucha y a la participación en el destino de su Hijo muerto y resucitado. En ella, escucha y seguimiento, están íntimamente unidos, como elementos indisolubles del verdadero discipulado.

  La verdadera grandeza de María no estriba tanto en su maternidad ni en otros privilegios, cuanto en haber sido fiel y fecunda escuchadora de la palabra de Dios. Jesús mismo lo reconoce cuando, ante el grito de la mujer entusiasmada por sus palabras, responde: “mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11,27). María es la primera en seguir a Jesús en su misión, compartiendo sus opciones, y así se convierte en la perfecta discípula del Señor.

  Además, ella es la mujer de la escucha de la voluntad de Dios expresada en los acontecimientos, que conserva y medita en su corazón (Lc 11,27-28; 2,19; 2,51). Su fe no era simple adhesión intelectual, sino experiencia vital. Ya Juan Pablo II lo afirmaba en Catechesi Tradendae: “ella fue la primera de sus discípulos: primera en el tiempo, pues ya al encontrarlo en el templo, recibe de su Hijo adolescente unas lecciones que conserva en su corazón; la primera, sobre todo, porque nadie ha sido enseñado por Dios con tanta profundidad. Madre y a la vez discípula, decía de ella san Agustín, añadiendo atrevidamente que esto fue para ella más importante que lo otro” (no. 73).

  Decía Pablo VI que ponernos a su escuela nos “obliga a dejarnos fascinar por ella, por su estilo evangélico, por su ejemplo educador y transformante: es una escuela que nos enseña a ser cristianos.” Nos enseña también a ser apóstoles, ya que, “apostolado es hacer lo que hizo María: dio a Jesús al mundo, a Jesús maestro, camino, verdad y vida. Dando a Jesús camino nos ha dado la moral cristiana; dándonos a Jesús verdad nos ha dado la dogmatica; dándonos a Jesús vida nos ha dado la gracia”, escribía el beato Alberione.

  Aprendamos a vivir la dimensión mariana, para que los creyentes estemos en condiciones de dejarnos formar en el misterio de Cristo, para que la palabra del Señor se cumpla en nosotros como se cumplió en María, y para poder darlo a conocer de manera integral en esta sociedad nuestra que tanto lo necesita.

 

P. Robert Brisman.                                            

¿Que Papa es el que vamos a elegir?

  Ha llegado el día. Ya ha comenzado el cónclave en la ciudad del Vaticano. Este es el día que todos los católicos, de manera especial, y también, por qué no decirlo, el resto del mundo esperaba: el inicio del cónclave para elegir al sucesor del apóstol Pedro. No deja de ser un acontecimiento la elección del Papa por todo lo que ello implica. La atención de todos los católicos y del mundo está centrada en la ciudad del Vaticano mirando hacia la chimenea de donde saldrá el tan esperado humo blanco que nos anunciará que ya tenemos Papa y esperar con ansiedad su salida al balcón para recibir su primera bendición apostólica a la ciudad de Roma y al mundo.

  Pero aquí hay un detalle que es bueno resaltar. Esta elección, - si es cierto que nos atañe de manera especial a todos los católicos-, no es menos cierto que hay muchos católicos que no se sienten interpelados por la misma. Es cierto que la elección del Papa le toca a los 115 cardenales menores de ochenta años, pero recordemos que ellos no están actuando en nombre propio, sino en nombre de toda la Iglesia universal. Los cardenales no van a elegir a su superior mayor, sino que en ellos recae la responsabilidad de elegir al líder espiritual de casi 1,200 millones de católicos de todo el mundo. Por lo tanto, si semanas atrás se nos pedía que oráramos por los cardenales para que el Espíritu Santo les ilumine , ahora tenemos que intensificar más la oración para que el mismo Espíritu Santo se manifieste grandemente en los cardenales y nos presenten al Papa que la Iglesia de Cristo necesita. A partir de hoy, los cardenales estarán en la capilla Sixtina reunidos a puertas cerradas juntos a la virgen madre de Cristo esperando la manifestación del Espíritu Santo que de seguro se posará sobre cada uno de ellos y así les inspirará quién ha de ser el elegido para tan gran empresa de guiar la barca del apóstol Pedro, en un mundo tan convulsionado y cuyo capitán es el mismo Señor.

  Recordemos que a partir de hoy los cardenales se reúnen a puertas cerradas no para elegir a un presidente de un país (el Vaticano), sino para elegir al líder espiritual de todos los católicos del mundo y como añadidura a ese tan gran ministerio se le suma el que será el obispo de la ciudad de Roma y también el jefe del estado del Vaticano. Pero su primera y principal misión es la de “pastor universal” y como tal deberá emplearse a fondo para ejercer ese ministerio con dignidad  y humildad.

  Nuestros cardenales supieron, - en todos estos días previos al inicio del cónclave,- mantenerse al margen de todas esas discusiones superfluas y comentarios vacíos con respecto a su papel de electores. Se pasaron toda una semana estudiando, dialogando sobre los retos y problemas que presenta el mundo de hoy a la Iglesia, tanto hacia fuera y también hacia dentro. Fueron días de intensa oración y recogimiento espiritual porque ellos mismos saben que la Iglesia no es suya sino de Cristo.

  No podemos olvidar que estos últimos 50 años el Señor nos ha dado pastores que han sabido asumir con dignidad y humildad el ministerio a ellos encomendados. Recordemos al Papa Juan XXII, a quien se le llamó “el Papa bueno”; Pablo VI que llevó a la Iglesia a confrontarse con ella misma con su famosa frase “Iglesia, qué dices de ti misma”; un Juan Pablo I, que fue “el Papa de la sonrisa”; un Juan Pablo II, que fue conocido como “el Papa viajero”; nuestro querido y amado Benedicto XVI, “el Papa de la verdad”. Todos estos pastores, además de ser papas, tenían en común también de que fueron hombres de Cristo, santos, humildes, sencillos, hombres de oración profunda, de celo apostólico, que supieron tomar el timón de la barca de la Iglesia confiados al Señor; hombres de profunda fe en Cristo.

  Mis queridos hermanos y hermanas, intensifiquemos nuestras oraciones a partir de hoy por nuestros cardenales. Nosotros, al igual que los cardenales que manifiestan juramento de total y absoluta obediencia al Papa, también debemos jurar esa obediencia absoluta al nuevo pontífice, a nuestro pastor universal. Nosotros somos la Iglesia. En palabras de Benedicto XVI, “somos el verdadero rostro de la Iglesia”. Esforcémonos porque ese rostro no se desfigure, y así seamos esa luz para un mundo, una humanidad que cada día más se aleja y aparta al Señor de su camino.

 Bendiciones.

Querido hermano Francisco...

  Querido hermano Francisco, estas casi completando tu primer mes al frente de la Iglesia de Cristo ocupando la sede del apóstol Pedro. No me imagino, porque no estoy dentro de ti, lo que has de estar sintiendo en estos momentos después de haber sido elegido como Papa y haber aceptado tu elección al mismo; lo que sí puedo imaginar es que eres muy consciente de la gran responsabilidad que has aceptado y del compromiso que conlleva el ministerio petrino.

  No puedo imaginar el gozo y alegría que han de estar sintiendo tus compatriotas argentinos luego de haberse enterado de que uno de sus hijos, uno de sus compatriotas fue elegido por Cristo por medio de los cardenales para ocupar la sede del apóstol Pedro y tomar el timón de la barca de la Iglesia y estar en firme obediencia del capitán, que es Cristo. Ese gozo también lo hemos experimentado todos los que somos vivimos en esta parte del mundo, de este continente. Eres argentino de nacimiento y eso nadie te lo puede quitar; te gusta el tango, la buena música y el futbol. Pero  ya no les perteneces únicamente a los argentinos; a partir de tu aceptación al ministerio petrino,  le perteneces al mundo, nos perteneces a los católicos. Sé que eres consciente de que tus enseñanzas y celo apostólico no solamente serán dirigidas para tus compatriotas sino que ahora van dirigidas a toda la humanidad; sé de tu gran celo por anunciar y vivir el evangelio con todos los que te rodean. Conozco muchos aspectos de tu trabajo pastoral a través del ministerio sacerdotal que has realizado en tu país Argentina,  y de manera especial en Buenos Aires; también de los enfrentamientos que protagonizaste con grupos e instituciones cuando les exponías la verdad del evangelio, porque eres un hombre convencido de que la palabra de Dios nos ilumina en nuestro caminar hacia una más y profunda fraternidad y comunión, no solo como creyentes sino también como seres humanos, porque todos somos hijos e hijas de Dios con igual dignidad.

  Querido hermano Francisco, todavía no se ha completado tu primer mes como pontífice y desde tu elección, los ataques no se han hecho esperar. Hasta hace unos días atrás la Iglesia estaba viviendo una relativa calma pero eso era más bien porque aquellos que no quieren saber de Cristo ni del evangelio, estaban esperando que surgiera la cabeza visible de la Iglesia para enfilar de nuevo sus cañones contra ti, como cabeza visible de la Iglesia. Me viene a la memoria aquellas palabras que Cristo le dirigió a Saulo cuando este iba camino a Damasco persiguiendo a los cristianos, “…Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? Estas gentes, grupos e instituciones todavía no se han dado cuenta de que están enfrentando una lucha nada más y nada menos  contra Dios. No se han dado cuenta –parece-, que nosotros no somos más que soldados de Cristo en medio de esta gran batalla con un mundo convulsionado por estar asumiendo como norma de vida sus propios criterios y normas.

  Querido hermano Francisco, sé que eres muy consciente de lo que te espera al frente de la Iglesia en este ministerio que Cristo te ha encomendado. Quiero recordarte aquellas palabras que el Señor le dirigió a Pedro: “Pedro, mira que Satanás ha solicitado el poder sacudirlos como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos en la fe (Lc 22,31-32).

  Querido hermano Francisco, esta batalla tú no la pelearas solo. Tienes a todo el rebaño a ti encomendado que estará siempre a tu lado para ayudarte a abrirte camino en el campo de batalla y también estaremos tapándote la retaguardia para que no des un paso hacia atrás. Estamos dispuestos a tomar la cruz, junto a ti, que nos llevará al calvario a morir por Cristo, porque si morimos por El y con El, viviremos también con El.

 

Bendiciones.

 

                                                                                               P. Robert Brisman.

Se veia venir...2

  No cabe duda que el anuncio de la renuncia del Papa al ministerio petrino ha causado un gran revuelo y sorpresa no solo entre los cristianos católicos, sino también en el resto del mundo, ya que no nos había tocado presenciar la renuncia de un Papa en casi setecientos años. Es cierto también que este hecho ha provocado que se hayan levantado voces de todos los estratos de la vida mundial queriendo presentar este hecho como si fuera  una “tragedia” para la Iglesia Católica. Pero más bien podríamos decir que el mismo es un gran acontecimiento. Ya sabemos que el Papa Benedicto XVI lo que ha hecho es hacer uso de la prerrogativa que le permiten las leyes de la Iglesia Católica (Código de Derecho Canónico no. 332 & 2), de presentar la renuncia al pontificado. Esto parece ser que todavía hay gente que no lo ha entendido ni mucho menos se ha dado por enterado. Esta situación es la que ha llevado a la jerarquía eclesiástica a estar edificando a los fieles –principalmente-, en el conocimiento y aclaración de la renuncia.

  Estas voces siguen insistiendo en que la Iglesia Católica debe abocarse a los nuevos tiempos. Son ya varios textos que se han citado de celebraciones y reuniones del Papa en la que se afirma que “él está invitando a la Iglesia a una profunda renovación”. No me cabe la menor duda de que muchas de estas ideas son tomadas y sacadas de contexto, y también se resaltan con una intención oculta detrás de las mismas (aquí hay que citar la máxima que reza así, “un texto fuera de contexto se convierte en un pretexto”). Ya he dicho en un escrito anterior que son muchos los que piden “la abolición del celibato sacerdotal, la ordenación sacerdotal de las mujeres, el matrimonio eclesiástico de los homosexuales, etc. Estos temas y otros más, no están en discusión dentro de la Iglesia. Pero la pregunta sería, ¿es ésta la renovación que necesita la Iglesia?  He oído a personas decir, y lo dicen con toda seguridad, que la Iglesia es una institución creada por los hombres y que como tal puede ser cambiada en sus más elementales estructuras y hasta en lo que enseña. Los que afirman estas cosas no tienen la más mínima idea o el mínimo conocimiento del evangelio, y mucho menos lo han estudiado. Estos siguen insistiendo en que la Iglesia debe adaptarse al mundo. No cabe duda de que quisieran ver una iglesia acomodada a nuestras necesidades y no al revés. Cristo mismo nos mandó que debíamos “enseñar a las gentes a cumplir todo cuanto él nos ha mandado” (Mateo 28, 20)… Y también dijo: “el que a ustedes los escucha a mí me escucha; y el que a ustedes los rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lucas 10,16).

  Todo esto nos tiene que llevar a pensar cuáles siguen siendo los retos del sucesor del apóstol Pedro en la guía de la Iglesia de Cristo aquí en la tierra. Este Papa ha invitado a creyentes y no creyentes a un diálogo sincero y respetuoso en lo que él ha llamado “un patio de los gentiles” renovado. Es una propuesta de diálogo en armonía con el Concilio Vaticano II, ese Concilio que el Papa ha pedido que se conozca mejor y se viva mejor, no como una nueva constitución que ha abolido una antigua ley (el evangelio), sino como un modo de anunciar y transmitir la fe de manera más eficaz. Porque la doctrina permanece cierta e inmutable, y no puede haber discontinuidad. Un mundo sin evangelio y sin Iglesia sería un mundo en el que la mentira pasara más fácil y se construiría la autoridad sobre una falsa libertad.

  Toda renovación de la Iglesia viene inspirada y guiada por el Espíritu Santo. Él es quien guía a la Iglesia por caminos seguros. La Iglesia, aunque está compuesta por hombres y mujeres, no es nuestra. Es de Cristo. Es de institución divina. Y somos nosotros los que tenemos que adaptarnos a ella y a su enseñanza, no al revés. En todo tiempo la cultura se construye sobre la búsqueda de Dios y la disposición a escucharlo. Si cumplimos esto, no solamente tendremos una Iglesia renovada, sino una humanidad cada vez más hecha a imagen y semejanza de Dios, que por amor nos ha creado.

 P. Robert Brisman

Se veia venir...

  Se veía venir, a raíz del anuncio de la renuncia del Papa al ministerio petrino, los comentarios y análisis de muchos “expertos en asuntos de la Iglesia”. Pero la verdad es que cuando uno lee o escucha sus argumentos, nos damos cuenta de que no tienen ni el más mínimo fundamento de conocer cómo funciona la Iglesia y cuál es su misión aquí en la tierra. Si por un lado se alaba la actitud del Papa de reconocer que ya no tiene las suficientes fuerzas físicas y espirituales para seguir al frente de la Iglesia Católica, por el otro lado, se aprovecha la ocasión para enrostrarle los pecados o errores de la Iglesia y pedir así que se avoque al tan esperado y deseado cambio que ameritan estos tiempos. Hay que recordar que con Juan Pablo II fueron muchas las voces  que le pedían que presentara la renuncia al papado, aduciendo su debilitamiento físico por su enfermedad del párkinson y el mismo Juan Pablo II llego a decir que “la Iglesia no se gobierna con los pies sino con la cabeza”. Ahora, este Papa actual anuncia su renuncia y también es criticado.

  Contra la Iglesia juegan hoy varios intereses. Hay políticos y periodistas que quieren destruir la credibilidad de la Iglesia, abogados que se proponen causar daños financieros al Vaticano, laicos anticatólicos que no pierden la ocasión para culpar a la Iglesia, y católicos que persiguen la revolución nunca antes realizada: fin del celibato, ordenación sacerdotal de las mujeres, disminución de la autoridad episcopal, matrimonio eclesiástico de los homosexuales, aprobación del aborto, etc. El Papa Benedicto XVI ha incomodado a muchos y por diversos motivos. Sobre todo por dos: porque dice que existe una verdad,  y ésta desenmascara el relativismo que este Papa ha denunciado como la “dictadura del relativismo”; y segundo, porque hace un llamado a la justicia social. 

  El cardenal Carlo María Martini, al responder a la inquietud de un joven acerca de los abusos sexuales por parte de sacerdotes, dijo: “es verdad que quien sea hostil a la Iglesia católica (no simplemente comunista o laicista) se alegre quizá de esta concentración, que humilla a todo el clero y no se ocupa del hecho de que la mayoría de los casos de abuso sexual  y de pedofilia se da en el ámbito de la familia, es decir, allí donde están los primeros educadores del niño” (pensemos en el caso actual de la niña de 11 años que fue violada y embarazada por un cuñado).

  Estos “expertos en temas eclesiales”, exigen que la Iglesia se adapte a los nuevos tiempos o a las exigencias del mundo. Pero no saben ellos ni por asomo en sus mentes, que la Iglesia “está” en el mundo pero no es del mundo. No es el mundo el que tiene que cambiar o transformar al evangelio ni a la Iglesia; es el evangelio, y la Iglesia como parte de éste, que tienen que cambiar al mundo. Hay que preguntarnos qué ha pasado con las otras instituciones religiosas que se han adaptado a las exigencias o criterios del mundo. Ciertamente que no les ha ido muy bien. Se le acusa a la Iglesia que es una institución atrasada, si es así, entonces cómo explicar el que miles de feligreses, sacerdotes y obispos  católicos anglicanos estén pasado a la plena comunión con la Iglesia católica, reconociendo el primado del obispo de Roma? Esos acontecimientos no los mencionan y más bien se hacen de la vista gorda porque saben que ponen en entre dicho sus argumentos.

  Con todo esto, da la impresión de que existe una “iglesia buena” y otra “iglesia mala”. La primera desvinculada de la jerarquía eclesiástica, compuesta de excelentes sacerdotes y laicos que trabajan en las calles y entre los pobres; y la segunda, llena de hipocresía y de negocios sucios, representada por las jerarquías. Esto es falso. La Iglesia es UNA. Ciertamente desigual, incluso contradictoria, pero UNA, y comprometida desde hace siglos en profesar su ÚNICA FE.  Pero es precisamente esta unidad, representada por el Papa, la que molesta y la que algunos quisieran poner en tela de juicio. Se cree en Dios sin sentirse parte de una Iglesia; se dice que se cree, pero no se advierte la necesidad de seguir los dictámines indicados por la institución eclesiástica.

  Sólo en la comunión de la Iglesia construida sobre la sucesión de los apóstoles se renueva también la obediencia a la palabra de Dios. No podemos construir el “yo del cristiano” en oposición a la Iglesia, ya que esto sería una seria amenaza. Muchos ven a la Iglesia como un camino paralelo a Jesucristo para llegar a Dios Padre. Eso es falso. La Iglesia “es” por Jesucristo, no al revés. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y Cristo su cabeza. El cuerpo no puede ser sin la cabeza y la cabeza no puede ser sin el cuerpo. Cristo es el que guía a su familia, que es la Iglesia, y lo hace en su cabeza visible aquí en la tierra por medio del sucesor del apóstol Pedro, que es su pastor universal y con él los demás pastores (los obispos), que son los sucesores de los apóstoles.

Bendiciones.

 
P. Robert Brisman