martes, 9 de junio de 2015

Espiritualidad para un mundo desespiritualizado5: Efectos de una espiritualidad encarnada.


Una idea que debemos de tener bien clara es que la espiritualidad no es un camino para recorrerlo fuera de nuestra vida cotidiana. Es, más bien, un camino para recorrerlo dentro de ella. La espiritualidad no nos conduce fuera del fuego, sino más bien nos ayuda a caminar dentro del fuego. Nos ayuda a conducirnos dentro de nuestra realidad para que vivamos como personas espirituales y conformemos nuestra comunidad.

La oración tiene que transformar mi vida. Yo no puedo ser una persona orante y a la vez mi vida ser otra cosa. La oración tiene y debe de configurar mi vida: La oración debe de cambiar mi vida; si no, no es verdadera oración. Toda mi práctica espiritual debe de ir transformando mi vida toda: la oración, la eucaristía, los rituales, la meditación, las sagradas escrituras, etc. Todos estos medios de la vida espiritual nos deben de poner en contacto con el don del Espíritu Santo que habita en nosotros. Dejarnos iluminar, guiar por estos medios es lograr que nuestra vida tenga un nuevo sentido; que seamos, como dice el Señor  “luz para el mundo”, ya que nuestra vida es iluminada por la luz de Cristo. Esta fuente que nos proporciona el Espíritu Santo, en palabras de Anselm Grün, produce varios efectos en el que la vive, a saber: esta fuente refresca, sana, fortalece, fecunda y purifica.

Tenemos que abrirnos a Dios: “si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada” (Jn 14,23); para así conformar nuestra vida toda a partir de Dios, porque: “no todo el que me diga Señor, Señor, entrará en reino de los cielos, mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). Es importante para esto el que seamos capaces de entender y aceptar que en las demás religiones también “hay semillas del verbo”. Debemos de acercarnos con una actitud de diálogo con otras personas que profesan otra religión y también con los que no profesan ninguna creencia. El mejor ejemplo de ello lo tenemos en el mismo Jesús. Los primeros cristianos entendieron en las enseñanzas de su maestro que su mensaje es fascinante para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, y que vale la pena ser proclamado a todos porque es la plenitud de la vida; además, la salvación es para todos los hombres y mujeres. Pero debemos de tener mucho cuidado en no caer en un sincretismo religioso, es decir, hacer una mezcla de todo. Debemos de tener muy claro qué es lo particular de la fe y espiritualidad cristiana.

Dios vino a nuestro encuentro en la persona de su Hijo Jesucristo. De hecho, Jesús mismo se nos presentó como “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). En Cristo resplandece la verdad de Dios para nosotros. Cristo nos saca de las tinieblas y nos lleva a la luz admirable. Es necesario para todo cristiano entablar una relación con Cristo. No se trata nada más de meditar en su palabra sin más; la meditación de la palabra de Dios tiene que llevarnos a un encuentro vivo con el Dios vivo, porque: “Dios no un Dios de muertos, sino de vivos” (Mt 22,32). El encuentro con Cristo es necesario para así poder cambiar toda nuestra vida. Es necesario acercarnos a Jesús con nuestras limitaciones, defectos, heridas, dudas, con nuestro pecado, con nuestra ceguera…, para poder ser sanados por Él y poder aceptarnos a nosotros mismos y a los demás.

Cristo nos ha dado su Espíritu para poder estar unidos a Él: “reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22). Así su amor es pleno en nosotros y sus dones se manifiestan completamente para fortalecimiento de nuestra fe y de la comunidad. El Espíritu Santo  es el que nos hace exclamar ¡Padre! “Es el que ora en nosotros con gemidos que no se pueden expresar” (Rm 8,26). Pone palabras a las cuales el enemigo no podrá rebatir. El Espíritu Santo es el que nos inunda del amor de Cristo: “ámense los unos a los otros, como  yo les he amado” (Jn 15,17). En definitiva, por el Espíritu Santo, Cristo ha querido configurarnos con él.

Como vemos, la espiritualidad cristiana nos adentra en el mundo. Nos mantiene insertos en nuestra realidad; no nos empuja fuera del mundo, más bien, nos mantiene en él sin ser de él: “ustedes están en el mundo, pero no son del mundo” (Jn 17,15). La espiritualidad cristiana no es nada mas un mero asunto interno-personal, sino también externa. Tiene que ayudarme a transformar mi entorno en una actitud fecunda para el mundo que me rodea.

 

martes, 12 de mayo de 2015

El discípulo: hijo de la Palabra

“Escucharlo todo, olvidar mucho, corregir un poco” (san Juan XXIII).
  Para poder transformarnos en hombres y mujeres nuevos es necesario tener una verdadera intimidad con la Palabra que se predica. No podemos predicar un mensaje ni a un Dios que no conocemos, que no tratamos en la cotidianidad de nuestra intimidad y conversión espiritual. Esa Palabra tiene la característica de transformar la existencia del discípulo en la de su Maestro o, lo que es lo mismo, en la del que lo envía. Así, el discípulo otorga de una manera especial a su vida una orientación fundamental. Recordemos que el evangelio no es solo un libro sin más; es más bien una Persona. San Pablo, en los Hechos de los Apóstoles dice “ahora les encomiendo al Señor y a la Palabra de su Gracia” (2,32). Vemos aquí que san Pablo no confía la Palabra a los discípulos, sino que confía los discípulos a la Palabra. Es decir, antes de encomendar la misión a los discípulos, son ellos quienes son encomendados a la Palabra. Antes de ser portadores, son hijos de ella. Para ser guías en la fe, primero hay de acogerse a ella. Para poder ser salvados por la Palabra, primero tenemos que escucharla y después aceptarla.
  El Señor Jesús dio el mandato a los Apóstoles de anunciar a todos los pueblos el evangelio y bautizarlos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñarles a cumplir todo cuanto Él transmitió. Así, el bautismo es la puerta inevitable de toda la familia de Cristo que ha creído en Él y en sus promesas. Entre las misiones confiadas a los Apóstoles sobresale el encargo de predicar y de curar a los enfermos. Y en la misión confiada a sus discípulos después de la Resurrección se contiene esta promesa: “quienes crean en Él pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos sanarán” (Mc 16,18). El discípulo no está al costado del camino sembrando en un terreno ajeno. Siembra en los mismos campos que pisan sus pies y se moja en el mismo rocío que los suyos. San Pablo recuerda a todos que el evangelio es la fuerza de la Iglesia entera y de cada uno: “Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras, y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador” (Col 3,9-10). Y el Señor Jesús nos recordará al respecto de esto que “sin Él nada podremos hacer” (Jn 15,5).
  Esta gracia santificante es la fuerza que se nos ha sido dada como un don para que por ella y con ella podamos perseverar en el camino de la fe y podamos también amoldar nuestra vida lo más posible al ideal evangélico y ser así luz en medio de la oscuridad. Esta Gracia santificante es la que nos ayudará a perseverar y vencer en las tentaciones y glorificar a Dios en todo momento. Esta Gracia santificante constituye así para todos una llamada y un perseverante trabajo: “Es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompido por la seducción de la concupiscencia, para removerse en lo más íntimo de su espíritu y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4,22-24).  Podríamos decir junto a Francisco Fernández-Carvajal: “El Señor quiere a los cristianos corrientes metidos en la entraña de la sociedad, laboriosos en sus tareas, en un trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche. Jesús espera de nosotros que, además de mirarle y tratarle en los ratos dedicados expresamente a la oración, no nos olvidemos de Él mientras trabajamos, de la misma manera que no nos olvidamos de las personas que queremos ni de las cosas importantes de nuestra vida”.
  La condición primaria de todo discípulo es que es “fiel”. Ser discípulo no es un privilegio como si ya diera a entender que esta salvado. Tiene que sentirse y experimentarse como un fiel de Cristo, así todos lo que pertenecen al pueblo de Dios reciben el nombre de fieles. Esta es la condición común que la recibimos por nuestro bautismo.

Bendiciones.


  

Espiritualidad para un mundo desespiritualizado4: Las Sagradas Escrituras.

“Tu, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quienes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena” (2Tm 3,14-17).
  Uno de los elementos esenciales de la vida espiritual cristiana y que de ella no puede jamás prescindir, es la lectura asidua, profunda y meditativa de la palabra de Dios. Esto también es propio de las demás religiones que tienen sus libros sagrados y meditan y reflexionan sus enseñanzas. En el cristianismo de hace unos siglos atrás se había prohibido la lectura de la Biblia a los fieles, y solamente estaba reservada a la interpretación del magisterio eclesial. Lo que se buscaba con esa prohibición era impedir que los fieles, la gente sencilla, no cayeran en interpretaciones erróneas ni manipuladoras de los textos sagrados; pero gracias al Concilio Vaticano II (1965), esta prohibición desapareció y se dio apertura total a la lectura de la Biblia. Los textos bíblicos son leídos de manera primordial en la liturgia, pero también la gente lee los textos bíblicos y medita sobre ellos de manera personal y en grupos de oración; y también tienen acceso a un estudio más profundo de los mismos en lo que se llaman “escuelas de formación bíblica”; todo esto debido, como ya hemos dicho, a la apertura, por parte del Concilio Vaticano II, a la lectura de las Sagradas Escrituras.
  La idea fundamental al leer las Sagradas Escrituras no es convertirse en un experto en memorizar citas bíblicas, sino más bien el profundizar en el mensaje de Dios para nosotros y que de esa manera pueda iluminar nuestra vida de acuerdo a la realidad que estemos viviendo. Jesús dijo: “mis palabras son palabras de vida”; y también: “Las palabras que yo les he dicho, son espíritu y son vida” (Jn 6,63). Por lo tanto, las palabras de Cristo deben llegar al corazón. La palabra de Dios que llega a nuestra mente, deben ser bajadas al corazón para que así nos llenemos del fuego del Espíritu Santo: “Fuego vine a echar sobre la tierra, y cuanto deseo que ya este ardiendo” (Lc 12,49). La palabra de Cristo Jesús es una palabra purificadora: “ustedes ya están purificados por la palabra que yo les anuncié” (Jn 15,3). Pero también la palabra de Dios nos colma de alegría: “Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes y ese gozo sea perfecto” (Jn 15,11). En cada uno de nosotros hay una fuente de gozo, pero muchas veces esa fuente está cubierta por la tristeza.
  La palabra de Dios me ayuda a interpretar el mundo de acuerdo a su voluntad. Dios, por medio de su palabra, nos ayuda a superar y salir de nuestra enfermedad interior causada por el dolor, el sufrimiento… por el pecado. Hay personas que lo primero que hacen al levantarse cada día es acercarse a la palabra de Dios buscando en ellas la luz y la paz que necesita su interior; se encomiendan de esta manera a las manos de Dios para que les guie en todos sus afanes durante todo el día. Se busca también combatir por medio de la palabra de Dios el pesimismo y la negatividad que pueden estar en nuestro interior y que no nos permiten ver la vida con entusiasmo y positivismo. Pero lo que más se busca desde el comienzo del día al ponernos en contacto con la palabra de Dios es su bendición permanente, y que todo lo que haga la persona durante el mismo, esté  bajo la bendición de Dios; que Dios le acompañe y guie cada pensamiento, sobre todo en esos momentos de oscuridad (Slm 23).
  En este aspecto de la lectura de las Sagradas Escrituras, es muy practicado y difundida la “Lectio Divina”: tomar un texto sagrado, orar con él y meditar con él, y descubrir la voluntad de Dios y pedirle su gracia para poder ponerlo en práctica y así su palabra sea luz para nuestros pasos y luz en nuestro sendero. Las palabras de la Biblia son como una luz en nuestro camino de vida. Nos muestran todo lo que vivimos bajo una luz distinta: la luz de Dios. Iluminados por esta luz, podremos entender nuestra vida. Y solo cuando la entendemos podremos aceptarnos a nosotros mismos y a nuestro destino (Anselm Grün).

Bendiciones.



jueves, 16 de abril de 2015

YO SOY CRISTIANO


“Todos los odiarán por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de su cabeza. Con su perseverancia salvarán sus almas” (Lc 21, 17-19).

 

  Es la nuestra una época en la que Cristo necesita hombres y mujeres que sepan estar junto a la cruz, fuertes, audaces, sencillos, trabajadores, sin respetos humanos a la hora de hacer el bien, alegres, que tengan como fundamento de sus vidas la oración, un trabajo lleno de amistad con Jesucristo. De esto no caben dudas a la hora ver lo que está sucediendo con esta persecución y asesinatos de tantos cristianos, sobre todo en el medio oriente y parte de África precisamente por razón de su fe. Este genocidio religioso que está sucediendo en nuestras narices está siendo ignorado por las grandes potencias y los organismos internacionales que se hace de la vista gorda ante estos asesinatos viles y crueles.

  Hace unos meses atrás, el mundo fue testigo del atentado terrorista de que fue objeto la revista francesa Charlie Hebdo por unos radicales musulmanes que se sintieron ofendidos por una publicación de esta revista de su fundador Mahoma. Fueron varias las personas que murieron en ese atentado. Este hecho fue condenado por los más importantes líderes políticos y religiosos. Pero recordemos también que esto dio pie a que en gran parte del mundo, grupos, países e instituciones se solidarizaran con esta revista y hasta se hizo viral la frase “yo soy Charlie” en los diferentes idiomas. Recordemos también que este hecho provocó que algunos líderes políticos se reunieran en Francia y participaron en una gran marcha en repudio a este atentado contra la libertad de expresión para unos, y para otros contra el hecho mismo del atentado terrorista. Aquí en nuestro país fuimos testigos de que uno que otro líder político también se fotografió con la frase “yo soy Charlie” y fueron subidas a las redes sociales. Todo esto está muy bien. Aunque, claro está, unos tenemos nuestras reservas de opinión con respecto a la actitud de esta revista laicista y blasfema.

  Pero, ¿y qué pasa con la persecución, asesinatos y secuestros de cientos de cristianos en el Medio Oriente y parte de África? ¿Por qué no se hace la misma campaña de repudio y rechazo contra este genocidio? ¿Por qué esta masacre de personas que profesan el cristianismo no es objeto de que nos solidaricemos con ellos y veamos formas de ayudarles? El Papa, y junto a él, obispos, líderes religiosos de estas zonas perseguidas no se han cansado de llamar la atención y pedir la intervención de las grandes potencias y organismos internacionales para que este genocidio termine y se respete a estos seres humanos y sus creencias religiosas. Da la impresión de que lo que están matando es a la lacra de la humanidad por el solo hecho de ser cristianos. NO. Son personas a las que se están masacrando. Haciendo de su asesinato hasta un espectáculo o show, como si fueran animales rabiosos lo que están eliminando. La voz de nuestros líderes religiosos es la voz de los que claman en el desierto. Las grandes potencias y organismos internacionales lo que han dicho es que ellos no saben cómo ayudar a evitar esta persecución y matanzas de estos cristianos. Pero sabemos también que detrás de todo esto hay un tema político y de intereses particulares de unas naciones. Yo me pregunto, si estos grupos radicales islámicos hubieran asesinado un soldado de estas naciones poderosas, ¿no habrían hecho ya todo lo posible para dar con los culpables y si fuera posible hasta asesinarlos? Ahí tenemos el caso reciente del soldado chileno de los cascos azules en Haití que asesinaron, en donde la ONU y el gobierno chileno ya han exigido que se llegue a esclarecer ese hecho lamentable y que se castigue a los culpables. No estoy diciendo con esto que la vida del soldado no tenga valor. Claro que la tiene, también es un ser humano. Pero, ¿por qué no se actúa de igual manera cuando se trata de cientos de personas perseguidas, secuestradas y asesinadas por su fe?

  Yo no seré un cristiano al cien por ciento fiel a Cristo. Pero me esfuerzo cada día en serlo con su gracia. Yo lo único que puedo ofrecerle a esos hermanos en la fe son mis oraciones y sacrificios para que no sucumban al poder del mal y no renieguen de Cristo. “Yo soy cristiano”. Cristo es el único que puede salvarnos, y si esto me causa persecución y muerte pues Cristo mismo será mi fortaleza para poder enfrentarla. Hagamos de esta frase un tema viral en las redes sociales. Demos testimonio de nuestra fe en Cristo. Charlie Hebdo no ofrece salvación. Cristo sí, y por eso dijo que el que lo reconozca delante de los hombres, Él también lo reconocerá delante de su Padre.

miércoles, 1 de abril de 2015

Espiritualidad para un mundo desespiritualizado: La Meditación y Los Rituales.


Hemos hablado de la necesidad de la oración para el descubrimiento de la fuente de la espiritualidad que nos ofrece Dios por medio de su Hijo Jesucristo, y que esa fuente inagotable es precisamente el Espíritu Santo prometido por Jesús a sus discípulos. Ahora, junto a la oración va de la mano también la meditación. Van de la mano y sin embargo, son diferentes. Meditar es hacer silencio frente a Dios y concentrar todo mi ser en Él. Debo de lograr entonces que su Espíritu penetre todo mi ser. La meditación no es exclusivo ni un invento del cristianismo. De hecho, en todas las religiones existe y se practica la meditación, con diferentes nombres, pero meditación al fin y al cabo.

  En la meditación nos vaciamos de nosotros mismos para llenarnos de Dios. La meditación va unida al abandono. Este abandono, para que sea efectivo y logre su objetivo tiene que ser pleno; que pongamos todo, sin excepción, en las manos de Dios. El abandono nos implica una inevitable renuncia, y eso es lo más difícil. Nos dice el Señor: “el que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25). El que es capaz de renunciar, de abandonarse, de desprenderse de todo aquello que le impide llenarse de Dios, encuentra la verdadera vida. El Señor nos pide una actitud de desprendimiento en el corazón, una disposición a darlo todo, pero no necesariamente toma todo: “Dios lo pide todo y al mismo tiempo no quita nada (Papa Francisco).

  Con respecto a los rituales, hay que decir que éstos proporcionan y crean un tiempo sagrado y un lugar sagrado. Los rituales nos ayudan a transformar la vida diaria y nos abren el cielo en medio de nuestros afanes. Los rituales nos llevan a adentrarnos en nuestro interior y fortalecer nuestra relación con Dios. Los rituales nos recuerdan que la bendición de Dios siempre nos acompaña, transforman la realidad de nuestra vida.

  Los rituales nos ayudan a cerrar puertas y a abrir otras. Muchas veces, por lo común, el cansancio, el estrés acumulado durante todo el día, no somos capaces de dejarlo fuera y los convertimos en nuestros acompañantes inseparables y esto nos acarrea muchas dificultades en el ámbito familiar y laboral. En nuestra vida debemos de ser capaces de manejar estas situaciones para que no ocupen un lugar que no les corresponden en nuestro diario vivir: debemos de aprender a que lo que ocurra en el trabajo se quede en el trabajo, y lo que ocurre en el hogar se quede en el hogar. Así nos libraremos de muchos conflictos. Debemos de estar en apertura a los que nos rodean, ya sea con los miembros de la familia –esposa/o, hijos-; o con los compañeros del trabajo. Debemos aprender a salirnos del flujo de dos corrientes de aires que entran por dos puertas abiertas de nuestra vida, para poder estar en la paz y quietud del hogar y que éste pueda crecer a algo nuevo. Los rituales nos ayudan a lograr esto y más.

  Aquí no podemos dejar de mencionar los rituales que nos proporciona la Iglesia. Es cierto que a muchas personas estos rituales no les dicen nada, son vacíos, carentes de todo sentido y distante. Pero en realidad, “son rituales sanadores”. Entre los más importantes  y más significativos tenemos el ritual del bautismo: “este nos recuerda que Dios purifica y clarifica todas las sombras que oscurecen nuestra imagen más auténtica y original. Las imágenes de los padres, de la sociedad, las imágenes que nosotros mismos nos adjudicamos son lavadas para que la imagen pura de Dios resplandezca nuevamente en nosotros” (Anselm Grün).

  Otro ritual que nos ofrece la Iglesia es la eucaristía: que nos muestra el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es la fiesta de la transformación, donde no solamente es transformado el pan y el vino en cuerpo y  sangre de Cristo, sino que nuestra vida es también transformada. “En la comunión penetra en nosotros el amor de Cristo para sanar nuestras heridas… Llegamos a ser uno con Jesucristo, pero a través de él también somos uno con Dios, y uno con nosotros mismos:  para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).

 

Bendiciones.

 

Los dioses hechos por los hombres.


El Papa Francisco, en su exhortación apostólica post sinodal “El gozo del evangelio”, aborda en el capítulo segundo las diferentes formas de crisis que llevan a la humanidad a un no compromiso comunitario real. A ellas las enumera como desafíos del mundo actual, y va enumerando algunas: no a una economía de exclusión; no a la idolatría del dinero; no a un dinero que gobierna en lugar de servir; no a la inequidad que genera violencia. E inmediatamente nos habla de unos desafíos culturales que se deben de tener en cuenta a la hora de implementar y hacer más efectiva la tarea de la evangelización.

  Nosotros sabemos que desde siempre el hombre ha caído en la idolatría en sus más variantes formas. El hombre nunca ha podido ser totalmente fiel al Dios de Israel y de Jesucristo. La alianza que el Dios de Israel estableció con el hombre desde el principio, éste siempre la ha quebrantado y siempre es Dios el que tiene que venir a restablecerla. Recordemos las diferentes etapas de la Alianza: la alianza con Adán y Eva, cuyo signo era la alianza matrimonial; la alianza con Noé, cuyo signo fue el arco iris; la alianza con Abraham, cuyo signo era la circuncisión; la alianza con Moisés cuyo signo fue la pascua. Y la última y definitiva alianza de Dios con la humanidad por medio de su Hijo Jesucristo, que es una alianza definitiva e inquebrantable.

  Pero, ¿Por qué el hombre siempre es el que ha quebrantado la alianza establecida por Dios? Pues porque siempre se ha dejado llevar y caído en la idolatría. El Papa Francisco, en la encíclica Lumen Fidei nos dice: “En la historia de Israel, la idolatría dispersa al hombre en la multiplicidad de sus deseos y lo desintegra en los múltiples instantes de su historia, negándole la espera del tiempo de la promesa”. Hay muchos hombres y mujeres que no creen en Dios; pero también hay que decir que esos hombres y mujeres tienen sus pequeños dioses, hechos a su imagen y semejanza, hechura de sus propias manos. El ídolo es algo que podemos manipular a nuestro antojo, hacer que diga y haga lo que yo quiero, cuando quiero y como quiero y donde quiero. El ídolo es manipulable; el Dios único y verdadero, el Dios de Jesús no es nada de esto. Los hombres forman sus dioses según su propia imagen. La afirmación del Antiguo Testamento que habla del ser humano creado a imagen de Dios se ha invertido: el hombre ha creado un dios según su propia imagen. Estas imágenes de estos dioses son proyecciones del mismo hombre, no de Dios; no nos dicen nada de Dios.

  Ludwig Feuerbach nos habla en su teoría de la proyección: el hombre, lo que teme o venera, a quien adora y sacrifica no es a Dios, es a él mismo, es decir, a la humanidad. El ser humano se experimenta como débil, mortal, imperfecto, pecador, infeliz. Su deseo es ser fuerte, inmortal, perfecto, santo y feliz. Ya que el mismo ser humano ve, en su finitud, frustrados sus deseos, los proyecta fuera de sí como realidad en Dios: Dios es fuerte, inmortal, santo y feliz. Solo que este dios no es más que una proyección de los deseos del ser humano y manifiesta una división interna en el ser humano.

  Jesús es la imagen de Dios: “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre”, dijo Jesús. La imagen humana de Dios es Cristo. Pero esta imagen de Dios en Cristo, que es conducido al calvario, no es ni fuerte, ni poderoso ni inmortal ni siquiera parece ser perfecto ni feliz. Todo lo contrario. El Dios cristiano no es el Dios de la proyección de los deseos, es completamente otro y diferente, no es como nosotros lo podríamos desear. En los evangelios se nos narra los diferentes intentos por parte de los discípulos de disuadir a Jesús para que no fuera a Jerusalén después de éste anunciarles lo que allí iba a sucederle; de cómo llamó al apóstol Pedro: apártate de mí Satanás, porque tú piensas como los hombres no como Dios”. Los discípulos no pueden comprender quién es Jesús, porque no cumple con sus expectativas, ideas, deseos, propuestas. En el crucificado, se lleva al extremo la negación de las falsas imágenes de Dios. Ahora, Dios revela su rostro precisamente en la figura del que sufre y comparte la condición del hombre abandonado por Dios, tomándola consigo (Benedicto XVI).

  Jesús es el mesías que salva al mundo de una manera como no se había esperado. Salva al mundo no a base de poder o de irradiar una felicidad despreocupada, sino desde la debilidad y el sufrimiento. Esta es la verdadera imagen de Dios. No un Dios hecho a mi medida y según mis esquemas. Una verdadera espiritualidad nos llevará cada vez más a derrumbar las falsas imágenes del único y verdadero Dios.

 

Bendiciones.

 

martes, 3 de marzo de 2015

Espiritualidad para un mundo desespiritualizado: la oracion.


Hemos dicho anteriormente que uno de los caminos para llegar a la fuente de la espiritualidad es el de la oración. Debemos de resaltar que es importante ante todo la oración personal. Los evangelios nos presentan a Jesús dedicando tiempo a la oración personal. Nos narran que se pasaba noches enteras en oración. Claro que no nos dice qué palabras utilizaba en ella, pero eso no interesa, sino mas bien la actitud: “por aquellos días se salió a la montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios” (Lc 6,12). Jesús mismo entonces insistirá a sus discípulos de la conveniencia de orar sin desanimarse.

Pero, ¿Cómo orar sin desanimarnos si no contamos con suficiente tiempo para practicarla? Es una realidad palpable que a muchas personas se les dificulta la oración y por lo regular siempre andan buscando excusas para justificar su poca disposición para hacerlo. Una cosa que debemos de tener muy en cuenta es que ninguno de nosotros, ninguna persona nace siendo un experto en oración; ni los grandes hombres y mujeres de la vida espiritual han nacido así. La oración es algo que cada creyente debe de ir aprendiendo a lo largo de su vida, de su caminar en la fe; y mientras más la practica es cuando más se va perfeccionando en ella. Pensemos por lo pronto en cualquier disciplina deportiva. El deportista, mientras más practica más se va perfeccionando en su disciplina deportiva. Llega un momento en que el deportista llega al tope máximo de su disciplina y ya no tiene nada más que buscar porque ya ha llegado a la cima y por eso se retira del deporte. En la vida espiritual, en la oración, también debemos de practicarla si es que queremos perfeccionarnos en ella, pero siendo conscientes de que por más que la practiquemos nunca llegaremos a la cima porque si así sucediera, pues ya no tendríamos nada que buscar en los caminos de Dios y se pensaría como  si después de Dios hubiera algo más. Es cierto que en la actualidad hay personas que se les dificulta la oración. Pero es más la dificultad de que muchas veces no se sabe qué palabras utilizar para hablar con Dios. La oración que más agrada a Dios es aquella que brota del corazón, ya que es una oración sincera y humilde.

Como sabemos, la oración es sobre todo un diálogo con Dios, diálogo de la criatura con su Creador; diálogo entre Padre con su hijo; diálogo entre dos amigos que se buscan, se conocen, se aman. Es un diálogo basado en la sinceridad y la verdad, en donde le expreso a Dios aquello que me preocupa; en donde descargo en las manos de Dios todos mis afanes, mis dudas, preocupaciones, mi cansancio…para encontrar descanso y alivio en Él: “vengan a mi todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré” (Mt 11,28). En la oración, de lo que se trata es de abrir mi corazón a la presencia divina de Dios; esta oración puede ser en silencio o en voz alta. Debe de haber en mí una plena confianza de que Dios me escucha y de que me responderá. Pero debo de estar atento a saber discernir la respuesta de Dios en cualquier acontecimiento en mi interior y mi exterior, ya que Dios se manifiesta en la sutileza de mi existencia; esto fue lo que le sucedió a Elías en el monte Horeb, que descubrió a Dios en el “susurro de una brisa suave”, y no en los huracanes ni fuertes vientos ni terremoto (1Re 19,9-12).

Nos dice Anselm Grün al respecto de la oración: “la oración es una lucha con Dios. Puedo decirle a Dios todos mis deseos y pedirle que los cumpla. Pero al mismo tiempo confío en que Él sabe qué es lo mejor para mí y para los demás”. Una de las cosas que debemos de tener cuidado en no caer cuando oramos es en no crearnos falsas necesidades. Por eso en la misma oración debemos pedir discernimiento para saber presentar a Dios nuestras reales y verdaderas necesidades. San Pablo nos dirá al respecto de esto: “Y de igual manera, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26). No deja de ser un reto para el creyente entonces cuando tiene que experimentar lo contrario a lo que le ha pedido a Dios.

Para el que se inicia en el camino de la oración, puede encontrar mucha ayuda en todo un conjunto de oraciones preestablecidas que le servirán como guía mientras se va perfeccionando en ella. Se me ocurre pensar en los salmos. En ellos presentamos a Dios nuestra miseria, debilidad, ira, anhelos, etc., pero también las necesidades de todo el mundo. La oración por excelencia, el “Padre Nuestro”, que contiene todas las características de toda verdadera oración: humildad, sencillez, perseverancia, devoción, fe. Esta oración nos dispone al perdón y a la reconciliación con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Es una oración que tiene su dimensión también comunitaria, por lo cual me llevará a manifestar mi espiritualidad en una actitud ética.

 

Bendiciones.