miércoles, 9 de mayo de 2018

¿Qué está pasando?


El autor del libro de los Hechos de los Apóstoles en 9,31 nos dice que la Iglesia se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo. Es sabido, sino por todos, pero sí por muchos que, uno de los males que ha sufrido y ha tenido que enfrentar la Iglesia de Cristo es el tema de la división a lo interno en ella. Esto lo leemos ya en el mismo evangelio y con el mismo Señor y Maestro, todo lo que tuvo que hacer para enfrentar y desterrar de sus discípulos esa actitud divisionista propia de todo grupo humano. En una ocasión el mismo Señor los conminó a que lucharan en contra de la división que el mismo satanás provocaría en su familia santa: “Todo reino dividido va a la ruina… entre ustedes no debe de ser así”; también tenemos la ocasión en la cual el Señor le pide a su Padre por la unidad de los suyos: “Que así, Padre, como tú y yo somos uno, que éstos también sean uno en mí, como yo en ti”. Así entonces, es enseñanza de nuestra Iglesia que la unidad querida por Jesús, -su familia santa, pueblo de Dios-, es un don y una tarea al mismo tiempo. Tarea esta que se debe de ir realizando en el tiempo; no es algo que se logra de la noche a la mañana. Primero está la gracia de Dios, porque sin él nada podremos hacer; y segundo esta nuestro esfuerzo, perseverancia y sacrificio. Es también sabido en la historia de la Iglesia que los peores enemigos suyos han salido de ella misma, de su interior: un ejemplo de esto, -y no es el único-, es el caso de José Stalin, que se formó en un seminario católico no porque sentía el llamado al sacerdocio ministerial, sino más bien para aprovecharse del nivel de formación académica que se recibe en estas instituciones.

  Todo esto viene al caso porque desde hace unos meses atrás hemos estado caminando en medio de una vorágine de acontecimientos que están soliviantando de alguna manera la misma doctrina eclesial con las consecuencias que esto provoca en los fieles católicos. Sabemos y tenemos conocimiento que dentro de la Iglesia hay diferentes grupos o corrientes con una marcada línea entre liberales y conservadores. Pero hemos perdido de vista que, no importa que seamos de un bando o de otro, lo cierto es que todos somos miembros de la Iglesia, la única Iglesia de Cristo y que por lo tanto debemos de guardar fidelidad a nuestro  Señor y fundador. Cuando el Papa Benedicto XVI anunció su renuncia al pontificado, una de las preguntas que le hicieron fue ¿qué pasaría ahora con la Iglesia? A lo que él, muy acertadamente respondió que la Iglesia no es suya, es de Cristo, y que él se encargaría de seguir llevando y guiando a su Iglesia por buen camino en medio de los embates que siempre ha padecido.

  En el continente europeo, más específicamente en Alemania, hemos venido escuchando afirmaciones, comentarios, sugerencias y hasta determinaciones por parte de la Conferencia Episcopal Alemana, -aunque no todos los obispos-, y algunos sacerdotes, sobre el asunto de aceptar que los divorciados vueltos a casar tengan acceso a la comunión sacramental aun sin haber anulado su anterior matrimonio; también un obispo llegó a afirmar que los homosexuales mientras más sexo tengan entre ellos, más santos serán; otra es que una gran parte de los obispos alemanes quieren permitir el acceso a la comunión sacramental de los luteranos casados con católicos. A esto, el Cardenal Gerhard Müller ha dicho que esta propuesta no puede contradecir la fe católica. Y la última es que el cardenal-arzobispo Marx, obispo de Múnich,  se opone a una determinación del primer ministro a que en los edificios públicos se ponga la cruz, porque dice que esto provocaría animosidad, divisiones y disturbios públicos; y el Cardenal arzobispo de Bélgica Jozet De Kesel, ha afirmado que a las parejas  homosexuales y lesbianas se les dé una especie de bendición simbólica a su relación pecaminosa, ya que la Iglesia debe respetar más a estas personas y su experiencia de la sexualidad. ¿Y entonces? ¿Qué está pasando? ¿A dónde queremos ir? Europa viene caminando por muchos años en una profunda descristianización y sumergiéndose en una islamización, y Alemania está muy a la delantera en esto. ¿A dónde quieren estos obispos y otros más llevar a la Iglesia de Cristo? Quieren acomodarse al mundo contraviniendo la misma enseñanza del Maestro y Señor. La Iglesia de Cristo no puede acomodarse al mundo. El Cardenal Eijk, de Holanda, ha dicho que la práctica de la Iglesia se basa en la fe y la tradición y no en el consenso de las mayorías; y esto corrobora lo que el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica Gaudete et Exultate, dijo al denunciar las modernas herejías del gnosticismo y pelagianismo. La Iglesia y sus miembros debemos de ser sal y luz para mundo, como lo enseñó y mandó el mismo Cristo; y además dijo que nosotros estamos en el mundo, pero no somos del mundo, y pidió a su Padre para que nos proteja del mundo. Lo que va a mantener a la Iglesia a flote en medio de toda esta tempestad es en la medida en que permanezca fiel a su Señor. Ya lo dijo el Papa Benedicto XVI y ratificado por el Papa Francisco: “la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción, por su fidelidad a Cristo y a su evangelio”. No es verdad que la gente quiere una Iglesia a tono con el mundo y sus pompas, una Iglesia dizque moderna. Quiere y anhela una Iglesia fiel, verdadera y que sea camino de santificación para todos. No se trata de provocar escándalo cambiando la enseñanza y doctrina cristiana ni de querer una Iglesia a nuestra imagen y semejanza.

  Debemos de seguir pidiendo a Cristo por la unidad y fortaleza de su Iglesia, y que la mantenga en la fidelidad. Tenemos que permanecer adheridos a él si queremos dar frutos abundantes y buenos; permanecer en su amor, en su palabra: “ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. Y lo que nos mandó fue predicar su evangelio y enseñarles a las gentes a cumplir todo lo que nos dejó como enseñanza de vida, santificación y salvación.

martes, 8 de mayo de 2018

Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate


El mes pasado fue publicada la nueva exhortación apostólica del Papa Francisco (la tercera, después de Evangelii Gaudium  y Amoris Laetitia), que lleva por título Gaudete et Exsultate, -Alégrense y Regocíjense-, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual. Recordemos que la Exhortación Apostólica es un  documento pontificio escrito por el Papa con la intención de dirigir un mensaje a la comunidad cristiana católica para llevar a cabo una actividad particular y escrito al terminar un Sínodo y es de tipo pastoral; pero sin definir la doctrina eclesial. Esta frase, con la cual se conoce este documento, se la dirigió el Señor Jesucristo a sus discípulos ante las persecuciones y humillaciones que les provocaría el seguimiento de su causa, que es la causa del Reino de Dios. El documento consta con cinco capítulos: 1- El llamado a la santidad; 2- Dos sutiles enemigos de la santidad; 3- A la luz del Maestro; 4- Algunas notas de la santidad en el mundo actual, y 5- Combate, Vigilancia y Discernimiento. Y es que el señor vino al mundo para que tengamos vida y vida en abundancia. Esta vida para la que fuimos creados y llamados por Dios Padre en su Hijo Jesucristo, es la santidad de Dios manifestada en sus hijos y para sus hijos. El Papa nos recuerda que es Dios, por medio de su Hijo Jesucristo, que nos ha creado y llamado a la santidad: “sean santos como su Padre celestial es santo”. La santidad no es un invento de la Iglesia, es un llamado divino; y si Dios nos ha llamado a ella, es porque podemos llegar; pero necesitamos de su ayuda. Esa ayuda que nos da es precisamente su Gracia; la Gracia que nos santifica. Así entonces, el Papa nos exhorta diciéndonos que Dios no se conforma con una existencia aguada, mediocre, licuada. El llamado a la santidad siempre ha estado presente en todas las Sagradas Escrituras. No es una novedad que nos trajo Jesucristo. El Hijo más bien le dio su verdadero y real sentido. Están las palabras que dirigió Dios a Abraham: “camina en mi presencia y sé perfecto” (Gn 17,1).

  El santo padre aclara en la misma exhortación que no pretende hacer ni elaborar un tratado sobre la santidad. Su verdadera, real y única intención es la de hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades (no.2). En otras palabras, sería el de ayudarnos a ser santos de este tiempo; porque es que la santidad es para todos los tiempos, lugares y épocas; mientras exista un ser humano sobre la faz de la tierra, estaremos en camino a la santidad. Hay que tener en cuenta que los santos no nacen, se hacen; y se hacen en el día a día de la cotidianidad, en medio de los errores, dificultades, tropezones, virtudes y cualidades. En la Biblia encontramos un sin número de testimonios que nos hablan de la santidad lograda por tantos creyentes y que nos animan a perseverar, con constancia en este camino haciendo lo que tenemos que hacer. Tenemos que lograr una vida de perfección en medio de las dificultades porque nuestra meta y fin es agradar en todo al Señor. Santos no son sólo los que nuestra Iglesia ha declarado como tales y elevado a los altares; santos son todos aquellos que, por su vida virtuosa en la tierra, lograron acumular ese tesoro en el cielo donde los ladrones no pueden robar ni la polilla destruir, y están gozando de la eternidad de Dios y con Dios. Nos une a ellos unos permanentes lazos de amor y comunión; es la comunión de los santos.

  El santo padre nos recuerda que la santidad es para todos; y ésta puede y tiene que ser vivida y testimoniada en cada una de las situaciones y realidades en las que desenvolvemos nuestra vida. Para ser santos no necesariamente hay que ser ministros ordenados, religioso o religiosa. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios. Dios quiso derramar su santidad en todo su pueblo; nadie se salva solo, como individuo aislado, sino en la dinámica de un pueblo (no.6). Así, la santidad se vive, en lo que el mismo santo padre ha llamado como “los santos de la puerta de al lado”; frase está muy novedosa y propia de nuestro Papa. Y dice el santo padre que le encanta ver la santidad de los padres que crían con tanto amor a sus hijos; hombres y mujeres que trabajan con tanto amor para llevar el pan a sus casas; los enfermos, religiosas ancianas. Es la santidad de vivir la vida sencilla o la sencillez de la vida. No debemos tener miedo a la santidad ni a ser santos.

  En definitiva, no se trata de conformarnos con una vida “presuntamente” cristiana; es más bien que esta siempre ha sido la vida del cristiano: llegar al cielo desde su propio estado de vida. Hay muchos medios conocidos para lograr la santificación, como son la oración, sacramentos, devociones, ofrendas de sacrificios, dirección espiritual, etc. La finalidad de la vida cristiana es la santidad, y el camino de la santidad es un camino de Gracia que se nutre de la oración y la vida sacramental.


La Dirección Espiritual: libertad y responsabilidad


“Así podré vivir en libertad, pues he elegido tus preceptos” (Sal 119,45).



  Estos son los dos pilares de la dirección espiritual del que busca esa ayuda. Dios nos ha creado libres y ha determinado que por esa misma libertad es que tenemos que acercarnos a Él, conocerlo para amarlo obedeciendo sus mandatos. Si el amor no es libre, no es amor verdadero. Dios mismo ha aceptado las consecuencias del uso de nuestra libertad y la respeta, aunque en muchos de los casos ese uso de la libertad nos lleve o conduzca por camino contrarios a los que Dios quiere. He ahí las consecuencias del mal que aqueja a la humanidad. Pero aún así, Dios no quiere que ninguno de sus hijos e hijas se pierda. Nosotros no somos como marionetas que nos movemos a merced y voluntad del manejador. Debemos movernos con libertad, responsabilidad, autonomía y determinación propias. Nos dice el mismo Francisco Fernández Carvajal que la tarea de la dirección espiritual hay que orientarla no dedicándose a fabricar criaturas que carecen de juicio propio, y que se limitan a ejecutar materialmente lo que otro les dice; por el contrario, la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio. Y el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu y educación de la voluntad.

  George Bernanos dice que el escándalo del universo no es el sufrimiento, sino la libertad. Y es que nosotros debemos en todo tiempo formarnos en la libertad. Podemos decir que, si bien es cierto que la libertad es un don de Dios a nosotros, también es una tarea; y la tarea consiste en irla ejerciendo bajo los criterios del Dios creador y Padre nuestro. La libertad, mientras más la referimos a Dios más libres somos: “corran tras la verdad y esa verdad los hará realmente libres”, dijo Jesucristo. La libertad hace de nosotros hombres y mujeres con criterio para saber aplicarlo con soltura, con espontaneidad y espíritu cristiano. Como ninguno de nosotros nace siendo un experto en vida espiritual, no podemos olvidar que el camino espiritual está lleno de situaciones adversas, imprevistas, y tenemos que hacerle frente con valentía, decisión y autonomía que nos acerque cada vez más al cumplimiento de la voluntad divina en nuestras vidas.

  La dirección espiritual nos tiene que conducir a desterrar de nosotros todo sentimiento negativo en la toma de decisiones y compromisos; tiene también que ayudarnos a alimentar nuestra vida interior. Dejar salir de nosotros, -testimoniar-, de nuestro interior ese Reino de Dios por medio de acciones apostólicas, formación en el estudio, en el modo de realizar nuestro trabajo, en la manera de santificar la familia y la misma comunidad cristiana, la vivencia de la gracia sacramental, etc. Esta vivencia es la que nos ayudará a ir formando y fortaleciendo las virtudes e ir madurando en el camino de la fe; llegar a la adultez espiritual tal y como lo señala san Pablo: “cuando yo era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño; pero al hacerme hombre, dejé atrás lo que era propio de un niño” (1Cor 13,11).

  Son muchas las cosas que nos hacen sufrir; que nos enfrentan al dolor, a la desesperanza, etc. El dolor siempre tiene algo que decirnos. Decía Dostoievski: “el verdadero dolor, el que nos hace sufrir profundamente, hace a veces serio y constante hasta al hombre irreflexivo; incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor”. El sufrimiento, las inquietudes, las turbaciones que Dios permite que nos lleguen, pueden ser a veces una excelente advertencia acerca de una insuficiencia de la vida en la tierra, como un aviso que nos recuerda que no confiemos en las fuentes pasajeras de la felicidad. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y en la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza. Sólo con el desarrollo de la libertad sabremos amar.

  Como consecuencia de este actuar responsable y libre, las indicaciones del director espiritual no son, de ordinario, mandatos, sino consejos, señales que no quitan espontaneidad ni libertad; por el contrario, potencian las iniciativas de la persona. La dirección espiritual nos señala el rumbo. Está para servir. Pero deja en total libertad al director espiritual para que con sabiduría y decisión tome o indique la ruta más segura para que la persona aterrice o despegue en su vida espiritual, dejándola siempre que asuma con responsabilidad su libertad con iniciativa, esfuerzo para dirigirse a Dios en cualquier circunstancia.

martes, 10 de abril de 2018

La dirección espiritual (5): Saber elegir la persona adecuada.


“Pide consejo a uno que respete siempre a Dios, que tú sepas que cumple los mandamientos y tiene sentimientos iguales a los tuyos, de manera que, si tropiezas, sufrirá contigo” (Eclo 37,11).



  Siempre está presente la duda o inquietud de a quién es que hay que dirigirse o con quién tengo que hablar cuando me siento sin salida en este intrincado camino de la vida espiritual. La respuesta a estas interrogantes es que puede ser con una persona que se considere que lo puede ayudar a encontrar esa salida que necesita. Por otro lado se recomienda, sobre todo, que si estamos hablando de dirección espiritual, pues lo más lógico es que sea con un sacerdote ya que él sabrá orientar a la persona no sólo desde la parte humana, sino también y sobre todo desde la parte espiritual o del alma. Recordemos que uno de los nombres que recibe el sacerdote es el de “cura”, y hace referencia a la “cura de almas”. El sacerdote, por causa de su consagración sacerdotal, puede ayudar a encontrar la cura del alma que está pasando por una situación difícil y además también orienta desde su condición humana, como persona que es.

  Si no se considera la posibilidad de hablar con un sacerdote para recibir esta ayuda espiritual, y más bien se busca a otra persona que realice esta función, no puede ser cualquier persona. De hecho, la persona que se elija para este servicio debe ser  alguien que sea digno de toda la confianza puesto que se van a tratar temas y situaciones muy personales y hasta íntimas y por ello se exige la mayor discreción; es casi parecido al sigilo sacramental de la confesión. Cuando se habla con el director espiritual se tiene que ser sincero, honesto, humilde, claro, directo, etc., para que también el director espiritual lo sea con el otro.

  Es de sabios buscar consejo. Es de sabio saber y aprender a escuchar a otras personas que tienen más experiencias acumuladas en la vida y que desde sus vivencias nos pueden ayudar a ver mejor las situaciones adversas y difíciles que se nos van presentando en el caminar, tanto en lo humano como en lo espiritual. Pero también es cierto que a muchas personas les cuesta buscar esta ayuda. Hay muchas personas que se niegan con su libertad y voluntad para escuchar el consejo de los sabios. Son personas que muchas de las veces se escudan en el pensamiento de que ellos no necesitan consejo de nadie ni mucho menos que le digan qué hacer en su vida o con su vida. Son personas más bien que no quieren escuchar lo que tienen que escuchar.

  Escuchar al otro requiere y exige una actitud de humildad; humildad que nadie nace con ella y que por eso es que tenemos que pedirla a aquél que nos la puede dar porque la tiene en plenitud: Dios. San Basilio dijo: “Pongan toda diligencia y la mayor atención para encontrar una persona que les pueda servir de guía seguro en la labor que quieran emprender hacia una vida santa; elíjanle tal que sepa señalar a las almas de buena voluntad el camino que conduce a Dios”. Esto es lo que se debe perseguir al buscar esta ayuda espiritual. Muchas veces en el sendero de la vida perdemos el sentido del camino, la dirección correcta que nos lleva hacia Dios y a poner en práctica su palabra; nos apartamos de la luz de Cristo que ilumina nuestras vidas. El director espiritual es una especie de amigo que el mismo Dios nos proporciona para que no caminemos solos. El libro del Eclesiástico nos dice que “un amigo fiel es una protección segura; el que lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio; su valor no se mide con dinero. Un amigo fiel protege como un talismán; el que honra a Dios lo encontrará” (6,14-16).

  La dirección espiritual ha de moverse en un clima sobrenatural y a la vez humano. Hay que saber elegir a la persona adecuada para este servicio. Cuando se está enfermo se sabe a quién acudir: al médico. Pero también no se acude a cualquier médico, sino a uno de confianza, que entiende nuestra enfermedad; lo mismo que cuando tenemos un problema legal, acudimos a un abogado, pero no a cualquier abogado. Pues cuando se trata de problemas del alma, -de Dios-, nos acercamos a quien sabemos que nos puede orientar por el camino que conduce a Dios. Importante y esencial será que quien dirija almas ha de ser una persona de oración. Para llevar almas a Dios no basta un vago y superficial conocimiento del camino. Es necesario que él también lo recorra y conozca sus dificultades. Es decir, debe luchar por tener vida interior, trato con Jesús, piedad. Y con la piedad, la ciencia debida y el ejemplo (Francisco Fernández Carvajal).

No seamos como Judas


No deja de ser interesante el que podamos reflexionar sobre la persona del apóstol Judas Iscariote y poder sacar enseñanzas que nos ayuden a profundizar y fortalecer cada vez más nuestro discipulado y pertenencia a la Iglesia. Son muchos los escritos y reflexiones que se han hecho de este personaje evangélico, hasta libros se han escrito sobre el mismo, abordando su figura desde lo psicológico y lo teológico-doctrinal. Hay estudios que se han hecho incluso en comparación con otro del grupo de los Doce: Pedro; y es interesante este estudio comparativo de ambos apóstoles.

  Para empezar, lo primero que tenemos que descartar es una idea que está muy arraigada en el pensamiento de muchos creyentes sobre Judas Iscariote. Hay quienes afirman todavía que Jesús eligió a Judas para que lo traicionara. Esto es falso. Más bien hay que afirmar que Jesús eligió a Judas con la misma intención con que eligió al resto de los Doce: para revelarle los misterios del Reino de Dios. Esto lo vemos muy claro en el pasaje de la parábola del sembrador que, después de estar solos con sus discípulos, éstos le preguntan qué significaba aquella parábola y el señor les dice que “a ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios”; y comienza a explicarles la parábola y en ningún momento se le invitó a Judas a salir del lugar para que no escuchara. Además, pensar o afirmar esto es tener o hacernos una imagen de Dios que sería injusta porque, parecería que ya hay quienes están destinados para la condenación, sin importar que hagan obras buenas; y otros están destinados a la salvación, sin importar que hagan obras malas. Otro dato interesante que no nos narran los evangelistas es que cada vez que Jesús hace referencia a la entrega o traición a las autoridades judías, nunca menciona el nombre de Judas; solo menciona la acción. Jesús mantuvo a su lado a Judas hasta el último momento que podía esperando a ver si este cambiaba de intención. Pero no sucedió así. Jesús en una ocasión habló de la corrección fraterna; pero los evangelistas no mencionan si Jesús en algún momento intentó hablar con Judas para disuadirlo de su intención traidora. A lo mejor lo intentó varias veces, pero Judas quizá lo evitaba. Lo cierto es que Jesús nunca lo expulsó del grupo.

  El evangelista san Juan, que es muy característico en su estilo literario de usar los dualismos: luz-oscuridad, vida-muerte, etc.; nos ayuda a comprender un poco más esta actitud de Judas, y sacarle mayor provecho espiritual, de fe, de Iglesia…, que es en fin lo que nos debe de interesar. En el capítulo 13,21-33.36-38, leemos que Jesús estaba con el grupo de los Doce en lo que la tradición bíblica nos ha mostrado como la Última Cena. Interesante los elementos que encontramos en esta escena evangélica con respecto al Maestro y sus discípulos. Nos dice que estaban juntos y que el Maestro vuelve una vez más a hacer referencia a su muerte y la traición de uno de los suyos. Todos se inquietan y Pedro le hace señas a Juan para que le pregunte y saber de quién se trata. Jesús accede pero lo hace con gesto que, si por un lado no es muy claro, por otro lado, no deja de ser un gesto profundo de amor y confianza: darle un trozo de pan mojado. Esto sigue a las palabras de Jesús de “lo que tengas que hacer, hazlo pronto”. Y entonces entra en Judas el demonio y sale corriendo de la sala, y era de noche. Estas palabras pueden pasar desapercibidas por muchos, pero hay todo un sentido teológico-evangélico en ellas. Una de las características del Demonio es que es reconocido en la Biblia como el “príncipe de las tinieblas”. Al entrar en Judas, pues las tinieblas se apoderan de él; y como era de noche cuando salió, pues Judas abandonó la luz, -que es Cristo-, para irse a meter a las tinieblas. Recordemos que Cristo en otra ocasión había dicho que él era la luz que alumbra a todo hombre y que todo el que va hacia él no caminará en las tinieblas. Pero esto fue lo que hizo Judas: abandonó la luz, la vida, la libertad… para irse a meter en las tinieblas, la muerte, la esclavitud. Es de resaltar también que el evangelista menciona hasta este momento que es cuando el Demonio por fin entra en Judas, es decir, a pesar de que Judas venía pensando desde hace rato el entregar al Maestro, todavía el Demonio no entraba en él.

  En fin, de lo que se trata es que, mirando hacia a este personaje y sus actitudes, lo que debemos de hacer es no actuar como él. Podríamos pensar que si se hubiera arrepentido y pedido perdón a tiempo, a lo mejor el Maestro le hubiera perdonado. Recordemos que Pedro también negó al Maestro, y fue perdonado. La diferencia puede estar precisamente en que uno sí buscó y se dejó impregnar por la misericordia divina, pero el otro no. No debemos abandonar la luz que es Cristo. Abandonar a Cristo, el Dios vivo y verdadero, es empezar a vivir el infierno aquí en la tierra y ser presa del Demonio y de la muerte. Nosotros también hemos sido elegidos por Cristo para ser luz de las naciones, para que los demás, viendo nuestras buenas obras den gloria al Padre del Cielo. Cristo nos ha llamado a estar con él, para aprender de él los misterios del Reino de Dios en comunidad eclesial y de discipulado. Amemos a Cristo y su familia, que es su Iglesia, a la cual pertenecemos por el bautismo que hemos recibido.

martes, 13 de marzo de 2018

¿Qué enseñamos?


A raíz del viaje apostólico que hiciera el Papa Francisco el pasado mes de enero a Chile y Perú, se publicó en la prensa escrita un artículo que hacía referencia de cómo está el catolicismo en América, -sobre todo en América Latina-, y también cómo está valorada la figura del santo padre entre los católicos principalmente. Decía el artículo que el porcentaje de católicos en América ha descendido significativamente, que siguen saliendo feligreses de la Iglesia y que, la simpatía y seguimiento al Papa también han descendido mucho. Cabe señalar que este tipo de reportajes siempre tiene, -lo que se dice popularmente-, su segunda intención. Es decir, lo que busca en realidad este tipo de noticias es crear una percepción negativa y derrotista entre los feligreses católicos de presentar o dar la imagen de que la Iglesia Católica está en camino a desaparecer o de extinción, fomentar el pesimismo y provocar una avalancha hacia otros grupos religiosos o ninguno si no se “actualiza o moderniza”. Hay quienes se dejan arropar por esta idea, pero habemos otros, -y éstos somos los más-, que no caemos en ese gancho o treta de los enemigos de Cristo y su Iglesia. La Iglesia no es una institución meramente humana; es sobre todo, una institución divina; y Cristo prometió que no permitirá que su familia sea destruida ni desaparezca.

  Por otro lado, en la última semana de enero también se publicó un estudio que se realizó hace unos  meses atrás en los Estados Unidos, principalmente entre el público joven sobre las causas que les han motivado a salir de la Iglesia Católica para irse a otra iglesia o abandonar el camino de la religión. En este tipo de encuestas siempre salen dos causas que son constantes: la primera es que dicen que el culto, la liturgia católica es aburrida; y la segunda es lo relacionado a la doctrina católica, sobre todo en lo que respecta a la moral sexual. Pero, seamos sinceros y preguntémonos: ¿desde cuándo no se han ido gente de la Iglesia Católica? Da la impresión de que esta situación ha surgido hace unos años atrás; pero recordemos que ya en tiempos del mismo Jesús, muchos le abandonaron; ejemplo de esto es el capítulo 6 del evangelio de san Juan, conocido como el discurso eucarístico de Jesús. Y es que Jesús no vino a suavizarnos el evangelio; Jesús fue radical y este radicalismo fue el que muchos no aceptaron, no aceptan ni aceptarán; hasta el propio grupo de los Doce que Él mismo eligió, muchas veces no lo comprendía y les costaba aceptar su mensaje, y hasta lo abandonaron cuando lo apresaron, enjuiciaron y condenaron a muerte. Ya otra cosa será después de la Resurrección. Y es que somos nosotros los que nos tenemos que adaptar al evangelio, no al revés; es el evangelio el que tiene que iluminar nuestras vidas. Y en cuanto a la moral católica recordemos que el mismo Jesús fue el que calificó el adulterio como pecado, y el mismo san Pablo, apóstol guiado por el Espíritu Santo, dijo que todo el que se acerque a recibir el cuerpo y sangre de Cristo indignamente, se traga su propia condenación. Además, entendamos que a la Iglesia no vamos a divertirnos; el templo es un lugar sagrado, santo y de encuentro con Dios. No es un lugar social. Al templo vamos a orar, a celebrar nuestra fe personal y comunitaria, y esto nos exige asumir actitudes internas y externas para prepararnos a dicha celebración religiosa.

  Ya en el evangelio de san Marcos 6,1-6 leemos que a Jesús lo seguía una multitud porque “les enseñaba”. ¿Qué les enseñaba? Pues el evangelio, la buena noticia de salvación acerca del Reino de Dios. Y esto es lo que tenemos que hacer la Iglesia de Cristo: enseñar y testimoniar el evangelio. Hablar del evangelio de Cristo es hablar de la salvación, del infierno, del purgatorio, de las obras de misericordia, de la moral sexual, etc. Pero hablarlo como Jesús lo habló. La Iglesia enseña, predica el único evangelio de Jesús; no predica su propio evangelio. Si por un lado la Iglesia no es poseedora de la verdad, por el otro lado, sí está en la verdad revelada por Dios en su Hijo Jesucristo, y todo el que quiera estar en esta verdad se salvará y el que no quiera estar, se condenará. Hoy se necesita que todos los cristianos seamos verdaderos predicadores, anunciadores y, sobre todo, testigos del evangelio.

  Hoy en día se ven a algunos sacerdotes que han abandonado el sentido real y fundamental de su ministerio sacerdotal que es la de ser dispensadores de la Gracia de Dios para la salvación de las almas. Es verdad que tenemos que ser voz de los que no tienen voz; defender al pobre de las garras del opresor, etc. Pero esto no hacerlo a costa de descuidar lo esencial del ministerio sacerdotal. Hay sacerdotes que confunden a los feligreses predicando un evangelio distinto al de Jesús y poniendo en boca de Jesús cosas que Él nunca dijo, predicando una falsa misericordia. Jesús nunca nos dio carta blanca para pecar sin más pensando en que, como Dios es misericordioso y nos perdona; si es cierto que Dios es inmensamente misericordioso, también es cierto que es inmensamente justo. ¿Quién es el que se salva? El que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica… porque no todo el que le diga Señor, Señor se salvará. Hoy algunos sacerdotes parecen más unos sindicalistas que verdaderos ministros de Cristo.

  Recuperemos lo esencial de nuestra fe; recuperemos lo esencial de nuestro ministerio sacerdotal: prediquemos el único evangelio, prediquemos la sana doctrina eclesial, ser fieles al Magisterio de la Iglesia, prediquemos las verdades de nuestra fe. Esto es lo que tenemos que enseñar ya que es lo que atraerá a muchos hacia Jesús, que es el camino y la puerta para llegar y acceder a Dios Padre.

jueves, 8 de marzo de 2018

Iglesia que sirve


Una de las características de la iglesia es la del servicio. La Iglesia de Cristo, su familia, está en el mundo para servir al mundo. No es el mundo para la Iglesia, sino la Iglesia para el mundo, entendida esta afirmación como servicio. Pero, servir al mundo para qué o en qué sentido. Pues este servicio de la Iglesia al mundo se debe de entender en sentido de que es la Iglesia la que debe de guiar al mundo hacia Dios: la Iglesia, que es portadora de la luz de Cristo, debe de llevar al mundo esa luz para que éste sea iluminado: “ustedes son la luz del mundo”, dijo Cristo.

  El mismo Cristo se encargó de ir enseñando a sus discípulos la importancia y necesidad de esta actitud. Pero hay que distinguir también entre servilismo y servicio. La Iglesia y, en ella, los cristianos, debemos de ser servidores, pero no servilistas. Esto no fue lo que hizo ni enseñó Jesucristo. El pasaje evangélico paradigmático de esta enseñanza lo encontramos cuando Jesús está acompañado del grupo de los Doce en la última cena que, después de lavarles los pies a todos, les dijo: “Ustedes me dicen Maestro y Señor, y dicen bien porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y Señor, les he dado ejemplo de servicio, es para que ustedes hagan lo mismo”. Pero también hay otro pasaje evangélico interesante al respecto en el que leemos: “Quien quiera ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos”. Entonces, la Iglesia y los cristianos servimos al mundo de acuerdo a la voluntad de Cristo; estamos en el mundo como el que sirve, no como al que lo sirven.

  La Iglesia entonces es una comunidad de servicio y de servidores. Pero esta peculiaridad eclesial y cristiana, no ha sido muy entendida ni asimilada por todos los cristianos. Hay muchos cristianos que creen que su presencia y compromiso en la Iglesia se concreta nada más a ir a la misa o al culto el domingo o sábado y no más. Hay un dicho popular que dice que no todos servimos para todo, pero sí todos servimos para algo. Pues es deber de cada cristiano saber, descubrir y discernir qué es ese algo que yo puedo y debo de hacer en la Iglesia. En la Iglesia misma, a su interior, también debemos de servir. Si todos los cristianos asumiéramos con conciencia y compromiso esta actitud, pues muchas cosas en la Iglesia y el mundo se harían. Son muchos los cristianos que no quieren asumir el servicio en la comunidad eclesial y esto conlleva el que muchas cosas dentro y fuera de ella no se hagan.

  Pero es que también otra de las actitudes que impiden que muchos cristianos no sirvan en la comunidad, es su falta de generosidad. A veces se da la impresión de que si alguno hace algo en la Iglesia, lo hace quizá pensando en que le está haciendo un favor a Dios, o como si fuera una dádiva, y esto es falso. Sabemos que Dios no necesita de nuestros favores, sino que somos nosotros más bien los que necesitamos de los favores de Dios; otra actitud muy común en muchos cristianos es que dicen que el servicio en la Iglesia no es remunerado; también se escucha decir que los que sirven en la Iglesia no tienen más que hacer, etc. Pero es que Cristo nunca llamó a vagos a que le siguieran. El grupo de los Doce eran todos hombres de trabajo y a cada uno los llamó desde sus trabajos. Tiene mucho sentido entonces el dicho popular “el que no vive para servir, no sirve para vivir”; y tenemos tantos testimonios de hombres y mujeres que pasaron por este mundo sirviendo a los demás; pasaron por este mundo haciendo el bien, a ejemplo de Jesucristo.

  Ahora, es verdad, y no podemos evitarlo, que este servicio nos trae y provoca muchas desavenencias, dificultades, pruebas, incomprensiones, críticas, señalamientos, etc.; son cosas que no podemos evitar. Pero el Señor también nos dice que por eso es que tenemos que prepararnos, que mantengamos un corazón firme, que seamos valientes y que no nos asustemos; que nos adhiramos a Él y seremos bendecidos.  Y es que el servidor es una persona que está siempre a la vista de los demás y por eso lo que él haga va a estar sometido a la opinión de los otros. Pero es que esto es normal que suceda, y no podemos jamás dejarnos influenciar por estos comentarios que, muchas veces son dañinos y mal intencionados; porque es que nosotros estamos sirviendo a Dios y a la Iglesia, y es el Señor el que tiene que importarnos; no se trata de hacer las cosas para que nos vean, sino para glorificar a Dios y que Él sea el que nos de la recompensa debida; no se trata de ir repicando la campana para llamar la atención: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. El servicio tiene que ser impulsado siempre por el amor, y amor cristiano: san Pablo, en el su famoso himno al amor dice que el amor es servicial; y la madre Teresa de Calcuta dijo que hay que amar hasta donde nos duela; y servir duele.

  Pongamos en práctica siempre esta característica de todo buen discípulo de Cristo. Seamos sus servidores, siempre y en todo momento. Sirvamos a su Iglesia, a la cual pertenecemos por el bautismo que hemos recibido. Seamos así también servidores de Cristo en el mundo, pero sin dejarnos esclavizar por el mundo, porque Cristo nos ha liberado. Al servir al mundo conduzcámoslo por el camino que hacia Cristo lleva para que entremos por la puerta que nos da acceso al Padre celestial.