martes, 17 de septiembre de 2013

¿Queremos justicia o venganza?


“...Sean compasivos como su Padre celestial es compasivo. No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (Lc 6,36-37).

 

  En estos días que han transcurrido hemos sido testigos de situaciones escandalosas que han involucrado a algunos miembros de la jerarquía católica. Como era de esperarse, son muchas las opiniones que se han vertido en torno a estos casos bochornosos y vergonzosos no sólo para la misma jerarquía sino y, sobre todo, para toda la Iglesia Católica en nuestro país.

  Lo primero que debemos de tener en cuenta es el aclarar el uso de las palabras. Desde el principio de la controversia se ha dicho o señalado que la Iglesia Católica está envuelta en situaciones escandalosas de casos de pederastia. Hay que aclarar al respecto que, no es la Iglesia Católica la que está envuelta en estos casos, sino más bien algunos miembros de su jerarquía. Hay muchas personas que confunden la jerarquía católica con el conjunto de la Iglesia Católica. Y lo cierto es que, la Iglesia Católica no es sólo su jerarquía, sino que ésta es una parte de ella. La Iglesia Católica somos todos los bautizados en Cristo y que nos hemos adherido a vivir nuestra fe en El en esta familia religiosa. La jerarquía católica es parte del Pueblo de Dios, más no es el Pueblo de Dios. El santo Padre el Papa Francisco lo acaba de decir en una de sus catequesis sobre el año de la fe en el Vaticano: “la Iglesia es madre y todos somos parte de ella, no sólo los obispos y los curas”.

  Aclarada esta parte, permítanme entonces decir lo siguiente. Es muy triste y lamentable la situación por la cual está pasando nuestra Iglesia Católica en estos momentos en nuestro país. Pero es mucho más triste y más lamentable las actitudes que muchos, sobre todo muchos que se dicen que son católicos, están asumiendo ante la misma situación. Creo que como institución debemos ser lo suficientemente humildes para reconocer y aceptar que tenemos un problema serio dentro de nuestra familia y que afecta a una parte importante de la misma, que es nuestra jerarquía, nuestros guías, nuestros pastores (es bueno aclarar que son algunos). Un problema que tenemos que saber enfrentar para encontrarle solución y así quede arrancado de raíz. Estos problemas de algunos sacerdotes no han surgido de la noche a la mañana o de repente; más bien son problemas que se vienen arrastrando desde muy atrás: en la infancia, adolescencia. Son personas que cuando ingresaron al seminario ya traían ese mal dentro de ellos y supieron muy bien ocultarlos hasta que encontraran el momento oportuno para dejarlo salir. Aquí hay que reconocer también el fallo que los responsables de la formación, sobre todo, han tenido en no actuar a tiempo y tomar las debidas correciones para contrarrestar esos problemas. Y ya vemos las consecuencias.

  Nuestra jerarquía ha pedido perdón tanto a las víctimas como a la misma sociedad, y también a nuestros fieles, por el daño que se ha causado. Hay muchos que piensan y afirman que esto no es suficiente, y tienen razón. Pero también hay que decir que ya el hecho de pedir perdón y otorgar el perdón es signo de la justicia; claro que no es la justicia plena. Muchos creen que con esto es como si la jerarquía estuviera pidiendo un borrón y cuenta nueva. Nada más falso. Ya lo han dicho nuestros obispos: la jerarquía está totalmente dispuesta a colaborar con la justicia civil en el esclarecimiento de las acusaciones contra estos hermanos sacerdotes. El padre Lombardi, encargado de prensa de la Santa Sede ha dicho también lo mismo. La otra parte de la justicia es hacer las debidas investigaciones de las acusaciónes y realizar un juicio en donde se determine la inocencia o culpabilidad de los imputados, y si fueran hallados culpables tendrán que pagar la pena que la justicia civil les imponga.

  Esta situación de escándalo ha servido para que se levanten voces en una actitud de cebarse en contra de la institución eclesial, y sobre todo, de su jerarquía. Se ha aprovechado también para traer a colación temas que nada tienen que ver con la cuestión, como lo es el celibato sacerdotal y el Concordato suscrito entre la Santa Sede y el Estado Dominicano, como si estos fueran las causas por las que estos sacerdotes actuaran de esta manera. Nada que ver. Cuidado y no caigamos en actitudes farisaicas de hipocresía. Jesús mismo nos advirtió con respecto a ello cuando en una de sus parábolas del Reino de Dios dijo: “dos hombres subieron al templo a orar, uno era fariseo y el otro publicano….el fariseo, de pie, oraba a Dios diciendo: te doy gracias Señor porque soy bueno, no daño a  nadie, pago el diezmo, no soy injusto ni adúltero…y no satisfecho con esto, señaló al publicano diciendo que no era como él. Mientras que el publicano solo decía, perdóname Señor que soy un pecador”. Así mismo estamos muchos de nosotros hoy en día, en una actitud farisaica de soberbia, altanería, orgullosa. Nos creemos que somos los buenos, los que no fallamos, los que tenemos el derecho a  señalar al otro como un pecador, pero no reparamos en que todos nosotros somos pecadores; como dice el dicho popular: “todos llevamos nuestra música por dentro”. Nos convertimos así en jueces y verdugos de los demás. Pero recordemos que el Señor Jesús nos dijo: “con la vara que midas a los demás, con esa misma vara te medirán a ti”.

  No se trata entonces de poner a estos sacerdotes en un paredón y fusilarlos. Eso no es justicia, es más bien venganza, es ensañamiento. Contra Jesús hubo ensañamiento, y El no actuó en consecuencia, sino que enseñó y asumió la actitud contraria. Practicó la misericordia. En esta situación se aplica el dicho popular “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Es cierto que hay muchos, sobre todo, enemigos de la Iglesia y su jerarquía, que están aprovechando la ocasión para despotricar a la institución; y muchos fieles se están dejando atrapar en su sano juicio por éstos. A esos hermanos nuestros en la fe les quiero decir que si bien es cierto que en estos momentos nuestra fe está herida, más cierto es que no estamos vencidos, porque por encima de todo, nuestra fe quien la sostiene es Cristo y El no permitirá que nuestra fe desfallezca por más problemas que enfrentemos. En palabras dichas por nuestro obispo Víctor Masalles: “la Iglesia tiene mucho más luces que sombras, pero no debemos tapar esas sombras con la luz; la luz debe servirnos para iluminar esas sombras”.

  Quiero terminar este escrito recordando las palabra del Santo Padre el Papa Francisco en su encíclica La luz de la Fe: “La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona…El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee” (no. 34).

  Aprendamos a ser humildes. La verdad duele, pero sana y libera; a diferencia de la mentira, que ni sana ni libera. Busquemos la verdad para que seamos verdaderamente libres. Hace ya siglos que la inquisición desapareció, pero parece que hay muchos que la están invocando de nuevo. No se trata de arrancar cabezas, sino más bien de buscar la verdadera justicia. Y toda justicia viene de Dios.

1 comentario:

  1. Un gran amen, Padre Robert. Sigamos orando por nuestra iglesia y haciendo nuestra parte, pero sobre todo, buscando la humildad que como decía Santa Teresa no es mas que andar en verdad. Dios le bendiga.

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