“Dijo Jesús a sus discípulos: es
imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien viene el
escándalo! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le
arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Anden, pues, con
cuidado” (Lc 17,1-3).
Al leer este pasaje del
evangelista san Lucas, me viene a la mente la pregunta, ¿Qué está mal en el mundo?
Muchas veces hemos oído decir que la Iglesia no debe inmiscuirse en los asuntos
que no son de su competencia; que se ocupe de lo espiritual, y así quieren
relegar a la Iglesia al ámbito de lo privado. Le echan en cara que entre sus
miembros, -jerarquía-, hay abusadores, pederastas, violadores, etc. Bueno, hay
que decir, en honor a la verdad, que en la Iglesia hay miembros jerárquicos que
no han sabido ser fieles al llamado y compromiso asumido por ellos ante Dios y
la comunidad cristiana. Pero no se puede acusar a la Iglesia de eso sin más,
porque si a esa vamos, entonces tendríamos que aplicarle este mismo rigor a
cada una de las instituciones y grupos humanos que existen: a las fuerzas
armadas, policías, políticos, abogados, médicos, ingenieros, mecánicos,
arquitectos, ebanistas, incluso la familia, etc. En conclusión: tendríamos que
abandonar este mundo e irnos para otro planeta a recomenzar la vida, y donde
quiera que nos vayamos tendríamos los mismos problemas o quizá peores; porque
la realidad es que el problema no son las instituciones, somos más bien las
personas que somos parte de las instituciones. Ya lo dijo G.K. Chesterton: “el
problema soy yo mismo”. Viene a mi mente una anécdota de un niño que
quería jugar con su padre, pero éste estaba muy cansado y le dio al niño un
rompe cabezas con la imagen del mundo para que lo armara pensando que se
tardaría unas horas en ello y así descansaría. De pronto viene el niño a los
pocos minutos con el rompe cabezas armado y el padre sorprendido le pregunta
cómo lo había hecho, a lo que el niño le respondió: es que detrás del rompe
cabezas esta la figura de un hombre y arreglando al hombre arregle el mundo.
Aquí pues está lo que
podríamos decir que es la esencia de la confesión: confesar nuestras faltas o
pecados es aceptar la responsabilidad de nuestras acciones y sus consecuencias;
no echarle la culpa de nuestros actos a los otros, no querer justificar mis
malos actos señalando a los otros. Ya lo dijo el Señor: “no juzguen y no serán
juzgados, no señalen y no serán señalados; con la vara que midas a los demás,
con esa misma vara te medirán a ti”; y también, “¿por qué miras la paja en el
ojo ajeno sin antes sacar la viga que traes en el tuyo?”. ¿Qué anda mal
en el mundo? Es fácil ver el mal que hay en la Iglesia, la sociedad, el
planeta, etc. Hay una quiebra de los valores familiares, sociales, culturales,
pero, ¿qué vamos a hacer? Lo que hay que hacer es un reconocimiento del pecado
que hemos cometido de pensamiento, palabra, obra y omisión…POR MI CULPA.
Ya sabemos de los regaños y
llamadas de atención departe de Jesús a los fariseos; recordemos esas fuertes
palabras que les dirigió a ellos cuando les dijo “sepulcros blanqueados”.
El mal no está fuera de nosotros, está en lo más hondo y profundo de cada uno
de nosotros, en nuestro interior: “no es lo que entra al hombre lo que lo
hace impuro, es lo que sale de su boca, porque de su interior es que nacen las
pasiones desordenadas…” (Mt 15,19-20). Claro que hay de pecado a
pecado. Pero pecado al fin. La lista es larga, el mismo san Pablo nos enumera
varias listas de ellos (Gal 5,19-21; Rm 1,28-32; 1Cor 6,9-10; Ef 5,3-5; Col 3,
5-8; 1Tim 1,9-10; 2Tim 3,2-5).
Por esto, la tradición y
doctrina de la Iglesia distingue entre pecado mortal y pecado venial. Pecados
que ofenden a Dios, otros al prójimo y a sí mismo; pecados espirituales y
carnales; pecados de pensamiento, palabra, acción u omisión, etc.
¿Qué anda mal en el mundo?
Definitivamente “yo mismo” (es lo que cada uno tiene
que reconocer). Somos nosotros los seres humanos los que pecamos, y los pecados
brotan del propio mal que hay en nuestro corazón. Esto ya Dios lo sabe; Cristo
mismo lo sabe, y por eso nos ofreció y nos ofrece el remedio, la cura, para
sanar nuestros corazones desgarrados, heridos y manchados por el pecado.
Recordemos que el mismo Dios nos dice que “él no odia al pecador sino al pecado; o
también, ama al pecador pero no al pecado”. Esta es la enseñanza que
debemos de poner en práctica los cristianos si es que queremos ser fieles
discípulos de Cristo. Ya se lo dijo al apóstol Pedro, “hay que perdonar hasta setenta
veces siete”; o sea, hay que perdonar siempre, porque siempre Dios está
presto para perdonarnos.